Calor, tapas y monos

Día 7 – Viernes 3 de abril – De Jerez a Ronda  (331km) – [MAPA]

Se acabó el ponerse en ruta sin desayunar al despuntar el día a partir de aquí; Nat dejó clarísimo que le daba igual si teníamos que hacer 900 km a través del Sahara antes de que se pusiera el sol o lo que fuese, no pensaba subir a la moto sin haber desayunado como Dios manda. Así que con esas salimos del hotel a desayunar como la gente normal y luego nos cambiamos, cargamos la moto y nos dirigimos al sur rumbo a Cádiz.

Llegamos enseguida, no había mucho tráfico, y aprovechando que íbamos en moto fuimos hasta la entrada del Fuerte de San Sebastián, aparcamos allí mismo y dimos un paseo. Construido en 1706, contiene un faro de metal que fue el segundo faro eléctrico que se construyó en el país. Puede que reconozcáis el lugar de algunas escenas de “Muere otro día”, una de las entregas de la saga James Bond, en la que Pierce Brosnan viaja a La Havana. Seguramente era mucho más sencillo rodar aquí que en Cuba.

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Dimos una vuelta rápida por el casco antiguo con la moto y luego pusimos rumbo a Conil de la Frontera, donde teníamos la intención de dejar la carretera principal y seguir la costa hasta Tarifa mismo, el punto más al sur de la Europa continental. Intentamos parar en Conil, pero el tráfico era infernal, un montón de turistas intentando acceder a la playa, y además empezaba a hacer demasiado calor para negociar un atasco así en la moto, así que tiramos hacia nuestra siguiente parada: Zahara de los Atunes.

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Esto ya era otra cosa, a pesar de que el día era soleado y la temperatura alta si parábamos, la brisa proveniente del mar era fresca, así que estábamos bastante cómodos sobre la moto en las maravillosas carreteras que recorren la costa. Hacía un poco de viento y vimos mucha gente practicando kite surf en la playa. Atravesamos Barbate, famoso por su “pescaito frito” y pudimos ver cómo descargaban pescado de varios barcos y había algunos chiringuitos al lado de la carretera de donde emanaba un tentador aroma, pero era un poco temprano para comer, así que seguimos. Para cuando llegamos a Zahara sí que era buena hora, y viendo que el sitio era mucho más tranquilo que Conil, decidimos parar a por unas tapas. Nos refugiamos en la sombra y pedimos unas cañas, salmorejo con tortilla de camarones y chicharrones con nubes cítricas. No tengo palabras para describir lo delicioso que estaba todo. Intentamos dar un paseo después, pero con 34ºC de temperatura, ropa de moto y botas no nos pareció la mejor idea, así que después de ver la playa volvimos a subir en la moto, contentos de sentir de nuevo la brisa.

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Al acercarnos a Tarifa la brisa se convirtió en fuertes ráfagas que a su vez se convirtieron en un viento huracanado para cuando llegamos alcanzamos la ciudad después de atravesar unas bonitas colinas. Aparcamos la moto tan bien como pudimos para protegerla del viento y asegurarnos que no se cayese de lado y fuimos a dar un paseo por el estrecho paso que conecta Tarifa con la Isla de las Palomas.

La isla es el punto más al sur de Europa (si no contamos con territorios como las Islas Canarias o las Falkland) y me pareció en cierto modo poético haber llegado allí en la misma moto que en 2013 me llevó al punto más al norte de Europa, el Cabo Norte.

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Se podía ver África sin problemas desde allí, pero mi idea de dar un paseo hasta el otro lado de la isla y tener mejores vistas del otro lado del estrecho se vio truncada cuando descubrí que el gobierno tenía la isla cerrada, la pasarela que la conectaba a tierra firme solo llevaba hasta una verja. Volvimos a la moto con el Mediterráneo a nuestra derecha y el Atlántico a nuestra izquierda y un fuerte viento azotándonos la cara y lanzándonos arena y agua que hacía difícil andar recto.

La siguiente y última parada del día era Gibraltar, lugar que tenía mucha curiosidad por ver. El peñón se cedió a Gran Bretaña en 1713, al terminar la Guerra de Sucesión, como parte del tratado de Utrecht, y ha permanecido en manos británicas desde entonces. Hay que cruzar la frontera para acceder, y es bien sabido que se forman unas longas colas de coches en horas punta, problema que se ve exacerbado por el extraño hecho de que la carretera atraviesa la pista de aterrizaje del aeropuerto del peñón y la cierran como un paso a nivel cada vez que un avión va a tomar tierra.

Nos escabullimos hasta la cabeza de la cola, el procedimiento habitual en moto, enseñamos los pasaportes a los guardas de la frontera y nos dejaron entrar; era una sensación rara atravesar una pista de aterrizaje de verdad con mi moto. Queríamos subir hasta lo alto del peñón, pero es una reserva natural y aquellos que quieran subir deben abonar 10 libras esterlinas por persona más 2 libras por vehículo, un total de 22, poco más de 30 euros al cambio del momento. Demasiado, pensamos, y en cualquier caso ya se estaba haciendo tarde y quedaba un buen trecho hasta el destino final del día, Ronda; así que fuimos a visitar la Punta Europa, que da al estrecho desde el otro lado del peñón, y al final no tuvimos que pagar nada para ver los famosos monos de Gibraltar, había un montón de ellos de camino a la Punta.

A pesar de que era tarde me negaba a coger ninguna autovía hasta Ronda, ni que fuese un trocito, así que subimos por la A-405 y la A-369 desde Miraflores, y de inmediato supe que había sido la decisión correcta. La carretera era lo suficientemente buena para mantener un ritmo ligero, lo que significaba que no íbamos a tardar demasiado en llegar a Ronda, pero al mismo tiempo era lo suficientemente interesante, con una combinación de buen paisaje (colinas verdes salpicadas de los típicos pueblos blancos andaluces), buenas curvas y poco tráfico.

Llegamos a Ronda con la puesta de sol, y esta vez estuvimos de suerte: el hotel no estaba en medio de ninguna procesión, a pesar de que tuvimos que rodear la ciudad y acceder desde el norte para alcanzarlo. Con la moto en el párquing, un ducha y ropa limpia, salimos a la calle a buscar dónde cenar.

Ronda es una ciudad preciosa que ha cautivado el corazón de muchos escritores que a lo largo de los siglos se enfrentaron a los duros caminos para cruzar las montañas y descubrir sus encantos, como atestigua un mural en el casco antiguo con citas de sus novelas y poemas.

La ciudad está situada en un alto dividido en dos por una profunda garganta, por el fondo de la cual discurre el rio Guadalevín. Tres puente conectan ambos lados de la ciudad, el más impresionante de ellos el Puente Nuevo, un nombre curioso teniendo en cuenta que se construyó en 1751… Es una mole de piedra de 120 metros de alto iluminado por la noche, así que pudimos disfrutar de su magnífica presencia a pesar de que era ya tarde. No solo pudimos ver el puente, sino que tuvimos la suerte de coincidir con una procesión que justo lo atravesaba cuando llegamos; la mejor vista posible del puente.

El motero blasfemo

Día 6 – Jueves 2 de abril – De Carrapateira a Jerez (459km) – [MAPA]

Sabía que hoy iba a ser un día largo… No había llegado tan lejos como había planeado el día anterior (no me quejo, mi estancia en Carrapateira había sido maravillosa) lo que significaba que tenía un buen trecho por delante para llegar a Jerez a tiempo. Mi novia volaba desde Barcelona el primer día de sus vacaciones (y el día de su cumpleaños, además) y tenía que recogerla en el aeropuerto de Jerez después de haber pasado por el hotel a dejar las maletas y ponerme un poco presentable para recibirla; ya sabéis, ropa de civil, una ducha, afeitarme, quitarme los insectos de la barba…

El plan era pasar la mañana haciendo carreteras interesantes otra vez, visitar el Algarve y luego coger la autopista hacia España y llegar a Jerez lo antes posible.

Primero visité el faro en el Cabo de Sao Vicente. Está en la punta más al suroeste de Portugal, y a pesar de que era especialmente más bonito que cualquier cosa que hubiese visto el día anterior, el sitio mostraba más indicios de turismo de masas que todos los lugares de la costa de donde venía. Había una caseta de perritos calientes en el párquing al lado del faro, y un río constante de autocares vomitando hordas de turistas armados con selfie sticks que corrían a hacerse fotos con la costa tras de sí.

Las siguientes paradas fueron Sagres y Portimao, que eran aún más turísticos: muchos apartamentos, tráfico denso… no estaba disfrutando de esta parte de la ruta, y empezaba a tener dudas de si valdría la pena desviarme aún más de la ruta principal para visitar Albufeira y Faro. Al final, viendo que se me hacía tarde, decidí ceñirme a la ruta del interior, y resultó ser la elección correcta. Para mí el Algarve mostraba su mejor cara aquí. Colinas de rica vegetación, pueblos pequeños, sin tráfico, buenas carreteras… Lo pasé genial, incluyendo una parada en un restaurante de un pueblecito donde encontré la comida más barata de todo el viaje.

Cerca de Tavira la estimación de la hora de llegada que me daba el GPS empezaba a ser demasiado tarde, así que decidí finalmente entrar en la autopista por el resto de la jornada. Hay una línea más o menos recta siguiendo la costa hasta Jerez, pero el parque nacional de Doñana se encuentra en medio, con lo que hay que dar un largo rodeo vía Sevilla.

Tras casi 300 km de puro aburrimiento llegué a Jerez y seguí las indicaciones del GPS hasta el hotel. Eran las siete y media y las calles se encontraban sospechosamente desiertas. Unos minutos más tarde descubrí por qué. El jueves era el primer día de las vacaciones de Semana Santa en el sur de España, y para aquellos que no hayan visitado esta parte del país, se trata de una festividad religiosa que aquí se celebra a lo grande. Hay procesiones a distintas horas del día, especialmente por la tarde y noche, y ahí era donde estaba todo el mundo: en le centro de la ciudad, viendo las procesiones pasar justo por delante de la puerta de mi hotel. Me acerqué tanto como pude hasta la calle donde estaba el hotel, pero obviamente la policía había cerrado el tráfico; intenté convencer al policía de turno de que me dejara aparcar la moto un poco más cerca del hotel, pero había un montón de coches intentando pasar y no tenía tiempo para mí, así que me hizo gestos de que me largase de allí. Lo único que conseguí sacarle fue que las calles iban a estar cortadas durante al menos una hora y media o dos, así que decidí ir al aeropuerto y tomar un café y leer un rato mientras esperaba el avión de Nat. Ha, ha… El aeropuerto de Jerez es minúsculo, y a diferencia del de Barcelona no hay ningún sitio donde dejar la moto sin pagar, así que decidí intentar de nuevo acercarme al hotel, esta vez desde otra calle, con la esperanza de encontrar un policía un poco más comprensivo. Tuve suerte a la segunda intentona, y me dejaron aparcar la moto al otro lado de las barreras policiales para poder llevar las cosas a pie hasta el hotel, hacer el check in y luego meter la moto en algún otro sitio.

Imaginad la escena que siguió: una calle llena de acera a acera de abuelitas pías y respetables ciudadanos de bien enfundados en sus mejores galas, venidos a admirar la procesión en respetuoso silencio. Y de repente, un tío quemado por el sol y que huele a sudado, vestido como de astronauta sucio, con una mochila en un hombro y un casco colgando del otro, un petate impermeable rebozado de insectos aplastados en una mano y una bolsa de viaje en la otra, intentando abrirse paso entre la multitud, apartando abuelitas y chicas en vestidos de noche, que salta en medio de la calle y cruza por delante de la procesión mientras Jesús nuestro bendito redentor avanza solemnemente centímetro a centímetro al sonido de los tambores. Me miraron todos como si fuese el diablo mismo convertido en motorista, seguro que me gané unos cuantos billetes directos al infierno esa tarde…

Infierno o no, con tanto ir y venir e intentar llegar al hotel ya se había hecho la hora de ir al aeropuerto a recoger a Nat, así que no tuve tiempo para ducharme, afeitarme ni cambiarme. Ofendí a unas pocas abuelitas más intentando volver a la moto y me fui al aeropuerto con el cielo ya prácticamente oscuro.

Nat venía directa del trabajo y estaba encantada de estar ya de vacaciones, volvimos al hotel y a esa hora la procesión ya había terminado, así que no solo pudimos acercarnos al hotel, sino que pudimos dejar la moto en su párquing.

Tras una merecida ducha, salimos a la calle en busca de tapas y fino antes de que empezase la siguiente procesión. Iban a durar toda la noche, la última de ellas aún estaba terminando de recoger a la hora que saqué la moto del párquing a la mañana siguiente.

Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina

Día 5 – Miércoles 1 de abril – De Lisboa a Carrapateira (286km) – [MAPA]

Hoy iba a ser, otra vez, un día sin desayuno. Llevé las bolsas hasta la moto, que había dejado en un párquing al lado de una comisaria. Me habían dicho que saldría por unos 5€ por 24h, pero cuando fui andando hasta la moto me di cuenta de que lo único que separaba el aparcamiento de la calle era la acera, y había una pequeña rampa para sillas de ruedas del aparcamiento hasta la misma, así que estuve muy tentado de coger la moto, salir por la acera y largarme de la ciudad con 5€ extra en el bolsillo, pero cuando fui a validar el ticket en la máquina para ver el precio me di cuenta de que a esa hora de la mañana ya había una trabajadora en la caseta de control, así que me olvidé del plan y pagué como buen ciudadano respetuoso de las normas. De todos modos no quería dejar una mala imagen de los moteros en una ciudad que me había resultado tan agradable.

Crucé el Ponte 25 de Abril de nuevo, contento de ver que si bien había tenido que pagar algo más de un euro para entrar en la ciudad, no había casetas de peaje para salir, a pesar de que que tuve que pagar por la autopista un poco más lejos. Unos 50km separan la capital de Setúbal, a donde me dirigía para tomar un ferry que me llevaría a Troia, una pequeña población en el estrecho brazo de tierra que se extiende desde Comporta y separa el Estuario do Sado del océano. Había un ferry a y media cada hora, y si me daba tiempo y el proceso de comprar el billete y embarcar no era demasiado largo calculaba que podría llegar a tiempo de embarcar en el de las 10:30, así que pagué por la autopista una vez más a regañadientes y me di prisa hasta el puerto.

Compré el billete en una caseta a la entrada del puerto y me encontré con la típica larga cola de vehículos esperando el ferry, que justo estaba llegando. Paré detrás del último camión, pero tres hombres que estaban intentando vender gafas de sol baratas y otros trastos a la gente que esperaba en sus coches me indicaron que fuese hasta el inicio de la cola. La ventaja de ir en moto… Había otra moto allí, un hombre de Lisboa que iba a pasar el día en la playa en la otra orilla con su novia, y estuvimos charlando un rato mientras los coches salían del ferry que ya había atracado y nos daban la señal para subir a bordo.

El día empezaba soleado, y la travesía me brindó unas vistas magníficas del estuario mientras pasábamos de una orilla a la otra, cruzándonos con enormes cargueros en el camino. Había pensado desayunar en el ferry, pero estba tan absorto admirando las vistas y haciendo vídeos y fotos, y la travesía era tan corta que al final se me escapó la oportunidad.

El ferry nos dejó en un pequeño embarcadero donde había cuatro coches esperando para subir a bordo, me despedí del otro motero y su novia y giré a la derecha dejando atrás unas instalaciones militares en dirección al norte, donde había unas ruinas romanas que quería visitar. El asentamiento está en una pequeña península dentro de la península, cerca de la punta norte, y estuvo habitado hasta el siglo VI. Tenía unos baños, viviendas de dos pisos e instalaciones para secar pescado, que era probablemente la principal fuente de comida e ingresos del lugar.

Al otro lado de la carretera los cascos medio podridos de unos barcos de pesca yacían en la playa, ofreciendo al fotógrafo unos planos excelentes.

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El sol ya estaba bien alto cuando volví a subir a la moto y me dirigí al sur, así que quité las capas térmicas de la chaqueta y los pantalones por primera vez en el viaje. ¡Íbamos a la playa!

La península de Troia tiene más de 10 km de longitud, pero sólo unos pocos cientos de metros de anchura, y desde la carretera se pueden entrever las playas de arena blanca entre los pinos, con unos pocos valientes nadando y mucha gente pescando.

Comporta es un pequeño pueblo de pescadores donde la península conecta con tierra, y desde allí una pequeña carretera resigue la costa hasta el sur. Mi plan era hacer esa carretera, tomando algunas más pequeñas en algunos puntos para acercarme más a la costa para ver playas y acantilados y visitar alguna punta y faros.

Al salir de Comporta y mientras me dirigía al sur a través de los primeros pueblos me sorprendió lo tranquila que era la zona. El paisaje es precioso, y la costa ofrece una espectacular combinación de playas y acantilados, pero parecía haber bien poca industria del turismo para un lugar tan idílico. Había unos pocos hoteles pequeños y algún cartel anunciando habitaciones encima de algún restaurante o café, pero no mucho más.

Mi primera parada fuera de la ruta principal fue para visitar la Lagoa de Santo André, una laguna de agua dulce en la playa, un buen sitio para darse un baño en aguas más calmadas que las del Atlántico. Era una lástima que a pesar del sol la temperatura era un poco baja para un baño… Desde ahí fui hacia Sines, con la intención de hacer la carretera que la bordea y ver los acantilados al oeste de la ciudad. Me sorprendió descubrir que la ciudad se encogía a la sombra de unas refinerías enormes y que había una autopista de oleoductos desde la costa hasta las refinerías. No había mucho más que ver, así que decidí continuar.

Al salir de Sines el paisaje mejoró considerablemente; una vez dejada atrás la zona industrial comenzaba la reserva natural del Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina, que llega hasta la punta más sur del país. Me alegré de ver que toda esta zona era un área protegida y que no había enormes complejos de apartamentos afeando la costa como en la mayor parte del lado mediterráneo de la Península Ibérica. Solo había algún pueblo de pescadores aquí y allí, y a la hora de comer paré en Porto Covo. Es un pueblo minúsculo de casas blancas y calles tranquilas que llevan a la playa. Aparqué en lo que parecía la calle principal, una calle peatonal que bajaba en suave pendiente hasta la playa con un par de restaurantes y una sola tienda de recuerdos, elegí uno de los dos restaurantes y me senté en una mesa en la calle.

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Era mi tercera comida en Portugal, y empezaba a darme cuenta de que si bien los precios son similares a España, la cantidad de comida no lo es. Un plato alimenta sin problemas a dos personas, y de hecho es bastante común que dos personas pidan uno y lo compartan. Para cuando había conseguido dar cuenta de la comida estaba demasiado lleno para volver a subir a la moto, así que saqué mi libro y dediqué una hora a disfrutar de un café y leer a la sombra.

Me lo tomé con mucha más calma por la tarde, combinando la carretera principal hacia el sur (que tampoco es que fuese muy principal, era una carretera estrecha que subía y bajaba tranquilamente por las colinas) con algunos desvíos para ver cosas: un pequeño chiringuito abandonado en lo alto de un acantilado con vistas a una playa magnífica pasado Longueira, el cabo Sardao en Cavaleiro, una pequeña iglesia al lado del mar cerca de Sardanito… Desde allí volví a la carretera principal en Sao Teotónio, de bajada de las colinas que daban al mar, y fui hasta Aljezur, donde me volví a desviar colina arriba para hacer una ruta circular por la M-1003-1, en la punta de la cual hay unas ruinas de un asentamiento romano construido en lo alto de un acantilado.

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Había una parada más que quería hacer antes del último tramo de la ruta del día hasta Sagres, un pequeño rodeo para ver una playa y otro cabo cerca de Carrapateira. Ya se estaba haciendo tarde para cuando llegué, y antes de empezar la carretera hasta la playa vi un pequeño restaurante con un porche delante cubierto de cañas de bamboo y con hamacas meciéndose en la brisa; había un cartel pintado a mano que decía “habitaciones”, así que decidí que era el sitio perfecto para pasar la noche. Había considerado la posibilidad de acampar, pero todas las baterías de la GoPro estaban agotadas, y necesitaba cargarlas para el día siguiente. Y qué demonios, el sitio parecía acogedor y alojarme allí me daría la oportunidad de ver la puesta de sol desde lo alto de los acantilados cercanos.

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Hice el check-in, fui a dar un paseo por la playa y luego subí en moto a los acantilados al atardecer. Para cuando volví al hotel ya era de noche. Me dí una ducha y luego disfruté de una sabrosa cena a base de pulpo a la brasa, pescado esa misma mañana, con verduras cosechadas en el huerto de detrás del restaurante.

Bacalao y tranvías

Día 4 – Martes 31 de marzo – De Mérida a Lisboa (289km) – [MAP]

¡Nuevo día, nuevo país! Siempre se siente, al entrar en un país donde no se ha estado nunca, cierta inquietud, curiosidad, emoción… Sólo tenía un día para visitar Lisboa, y decidido a sacarle el mayor partido posible me puse en camino con las primeras luces del día (y sin desayuno) y decidí aguantar el aburrimiento de la autopista a cambio de una llegada temprana a la capital Lusa. La salida de Mérida fue la rutina habitual: dirección del hostal en el GPS, moto cargada, depósito lleno antes de la frontera (más barato), maldición por enésima vez por no traer el iPod… y poco bombo y platillo al llegar a la frontera, de hecho nada de bombo y platillo, ni siquiera se veían las típicas casetas de control fronterizo ya sin usar, solamente una pequeña señal a un lado de la carretera y ya estaba en otro país.

Me encanta la sensación de cruzar a otro país, incluso dentro de la UE, donde muchas cosas son parecidas, aún me produce placer fijarme en las pequeñas diferencias que me dicen que no me encuentro ya en casa. Las señales de la autopista tienen una forma y color ligeramente distintos, la gente se mueve de otra forma, los anuncios al lado de la carretera tienen otro aire… No me refiero al idioma, eso es obvio, sino a los miles de otros pequeños detalles que conforman el paisaje de un país.

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Poco después de la frontera la mañana soleada se volvió brumosa y luego directamente se tornó en niebla espesa y la temperatura cayó tanto que tuve que parar en un área de servicio a cambiar los guantes por los de invierno, poner la capa térmica del traje y sacar la braga de las maletas. Aproveché la oportunidad para comprar un mapa regional del sur de Portugal que no había podido encontrar en Barcelona (no estaba en stock, me dijeron).

Para cuando el GPS me dijo que ya me estaba acercando a Lisboa el tiempo había vuelto a cambiar: el calor y el sol acompañaron mi primera vista del majestuoso Ponte 25 de Abril salvando el Tajo y extendiéndose hacia la capital. Paré en las casetas de peaje, donde se negaron a aceptar ni Visa ni MasterCard, así que me tuve que quitar los guantes y rascarme los bolsillos para encontrar el euro y poco que costaba cruzar, lo que causó un pequeño atasco tras de mí.

Al otro lado del puente me recibió una ciudad fascinante: calles empinadas, muchas de ellas todavía de adoquines, que subían y bajaban, edificios decrépitos pero preciosos, tranvías amarillos, el río asomando aquí y allí de vez en cuando.

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Encontré el hostal fácilmente y la chica de recepción fue muy amable y aceleró el proceso de check-in a pesar de que había llegado antes de lo esperado. También me indicó cómo llegar a un párquing al lado de la comisaria, a un par de calles de allí, donde la moto estaría segura.

Tras una ducha rápida y ropa limpia, salí a la calle con ganas de encontrar los ascensores y el restaurante que una amiga me había recomendado. El mapa gratuito que me habían dado en el hotel no servía de gran cosa, así que opté por andar en dirección al centro, perdiéndome en las callejuelas y disfrutando del ambiente. Me metí en un parque con vistas a la ciudad desde donde podía contemplar el Barrio Alto y el ascensor de Santa Justa. Lo que parecía un parque pequeño resultó ser bastante grande, y descubrí que podía acceder a la parte baja de la ciudad directamente desde allí, rodeando lo que parecía una escuela (¡parte del parque estaba en el techo!) y bajando por un par de callejones. Me quedé de una pieza cuando al llegar abajo torcí una esquina y prácticamente me dí de bruces con el Ascensor do Lavra, uno de los funiculares que unen la parte baja y la alta de la ciudad. Estaba ahí, sin más, al girar la esquina de una calle estrecha, sin ningún cartel que indicase cómo llegar hasta él, solo un pequeño horario junto al vagón y el conductor apoyado al lado, fumando un cigarro.

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Estaba completamente cubierto de graffiti, lejos del amarillo inmaculado que habitualmente aparece en las guías de viajes y catálogos de vacaciones, y yo no terminaba de decidir si eso era bueno o malo. Me encanta la decadencia urbana, me gusta que una ciudad tenga una personalidad marcada, que no esté todo arreglado y con la manicura hecha, sitios como Berlín, y esta ciudad parecía el Berlín de Europa del sur. Quiero sitios especiales, quiero que el turista típico diga “ugh, está viejo y sucio” y se largue y deje estos sitios a los viajeros. Así que decidí que era bueno.

Subí andando por la vía para hacer algunas fotos y, no sé cómo, me acordé que tenía una aplicación de Geocaching en el móvil, y pensé que sería divertido encontrar uno en Lisboa. Miré y efectivamente, había uno justo ahí junto a las vías del ascensor. Buen escondite.

Di un paseo hasta el otro lado de la Avenida da Liberdade hasta encontrar el Ascensor da Glória, en mejores condiciones que su hermano del otro lado de la avenida, que cogí para subir al Barrio Alto y el restaurante Sinal Vermelho, uno de los muchos que llenan las callejuelas del barrio, donde di cuenta de un magnifico bacalao. No os lo perdáis si pasáis por Lisboa.

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Tras la comida visité el Ascensor de Santa Justa, y luego, sin muchas ganas de caminar con el estómago lleno de tan fabulosa comida, busqué el famoso eléctrico 28, uno de los viejos tranvías conocido por su ruta a través de la ciudad y espacialmente por la parte que cruza el barrio de Alfama, por donde pasa a toda velocidad por calles muy estrechas, a escasos centímetros de las casas.

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Al igual que muchos otros que llegan a la ciudad por primera vez, yo daba por hecho que el 28 era una atracción turística, pero no lo es. Es uno más de los muchos tranvías que conforman en sistema de transporte público de la ciudad  y que muchos ciudadanos usan para ir y volver del trabajo, teniendo que enfrentarse a hordas de turistas armados con cámaras para conseguir sitio en el pequeño vagón. Subí en uno cerca del final de la línea y tuve la suerte de conseguir un asiento al lado de la ventana, pero con la hora punta de la tarde se llenó rápidamente y me sentí culpable cada vez que llegábamos a una parada y no había sitio para que subiese más gente. Ahí estaba yo, otro turista más haciendo fotos desde el tranvía, impidiendo a la gente volver a casa después de un día de trabajo.

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Me bajé en Alfama, después de un trayecto propio de una montaña rusa durante el cual la conductora había mostrado bien poca compasión por los peatones, que tenían que apartarse de un salto cuando llegaba el tranvía y apretarse contra las paredes de las casa para dejar que la bestia amarilla pasase volando a un palmo de sus narices.

Al perderse en Alfama es fácil olvidar que uno está en una capital. Es un laberinto de callejones y pasajes, viejas casas construidas una encima de otra, con los sonidos, colores y olores de un pueblecito de costa más de que una ciudad.

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Cuando oscureció me senté en una de las dos mesas que una pequeña taberna tenía en la calle en un callejón y pedí algo de cenar. Para mí, era el sitio perfecto: perdido en el laberinto de Alfama, lejos de los bares turísticos, hablando con el propietario de la taberna y disfrutando del silencio y calma de la noche.

Para terminar un gran día decidí volver andando al hostal a pesar de que quedaba bastante lejos, pero quería contemplar las calles de esta maravillosa ciudad una vez más antes de partir.

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Una visita inesperada

Día 2 – Domingo 29 de marzo – De Villarroya de los Pinares a Toledo (384km) – [MAPA]

Me había costado mucho dormir la noche anterior por culpa de la cena pesada y del alcohol, y al levantarme para darme una ducha a las 7 de la mañana me prometí ser más responsable en la siguiente ocasión. Mi plan para el día era ir hasta Extremadura y dormir en un hostal llamado Vía de la Plata en Hervás que había visto en otro viaje y parecía interesante, pero el día anterior había llamado para asegurarme de que tuviesen sitio y descubrí que estaba cerrado, según parece porque había llegado el momento de renovar la concesión y no se la habían renovado al hombre que lo llevaba. Eso, el hecho de recibir un mensaje de un amigo mío explicando que había ido a Toledo a pasar unos días y el detalle final de tener que cubrir más de 100 km extras por no haber llegado a Teruel la noche antes me hicieron descartar Hervás y el Valle del Jerte y parar en Toledo. Al fin y al cabo, ya había visitado aquella zona hacía unos años, y todo lo que necesitaba era un punto intermedio de camino a Mérida, que era el lugar que realmente tenía ganas de visitar.

Nos pusimos en marcha con el frío de la mañana, todas las capas puestas en los trajes, y al cabo de poco de salir del pueblo llegamos al cruce donde nuestros caminos se separaban: Gerard se dirigía hacia el pueblo de Valdelinares, supuestamente el más alto de España, y yo me dirigía hacia el sur hasta Teruel y luego hacia el este hacia Toledo. Nos despedimos y nos deseamos buena ruta, y al cabo de poco menos de media hora ya estaba en Teruel.

No paré, he pasado incontables vacaciones de verano en esa zona y ya conozco bien la ciudad, pero al contrario de lo que mucha gente cree, es un lugar muy atractivo y hay un montón de sitios interesantes que visitar y muchas cosas que hacer en la zona, así que vale la pena pasar unos días allí.

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La carretera de Teruel a Cuenca estaba casi vacía y me regaló curvas rápidas y un asfalto excelente, así que me lo pasé en grande y al cabo de poco ya estaba dejando Cuenca atrás y entrando en la autovía para la segunda parte del viaje.

Esta autovía es testigo de cómo se derrochó dinero en infraestructuras completamente innecesarias cuando el país aún tenía acceso privilegiado a los fondos de la UE. No hay prácticamente nada entre Cuenca y Ocaña, pasado Tarancón, donde termina la autovía, y en todo el trayecto sólo vi dos coches.

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Huelga decir que fue mortalmente aburrido y que si no hubiese sido porque había quedado con mi amigo que llegaría a tiempo para comer la hubiese evitado e ido por carreteras secundarias.

Toledo es una ciudad con una historia y patrimonio riquísimos, y después de encontrarme con mi amig, dejar las maletas en el hotel y aparcar la moto, fuimos a buscar un buen sitio para comer y luego a pasear toda la tarde por sus callejuelas. La ciudad era un hervidero de actividad, con muchos turistas que habían venido a ver la festividad de Semana Santa, y había gente por todas partes. Caminamos hasta la noche, cuando nos sentamos en un pequeño bar en un callejón donde hacían unas hamburguesas excelentes con nombres inspirados en grupos de rock. Pedimos un par de AC/DC, que era una bastante apetecible, no demasiado eh… heavy. Curiosamente, la más sencilla se llamaba Bon Jovi.

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Ya me había olvidado de lo que me había prometido por la mañana y me apetecía un gintonic después de la cena, pero las calles estaban desiertas y la mayoría de bares estaban cerrando. Se me había olvidado que era domingo y que la mayoría de la gente trabajaba al día siguiente. Encontramos un bar abierto donde conseguimos un par de bebidas decentes antes de ir a dormir. Quería ponerme en camino antes de la salida del sol, mi intención era llegar a Mérida a mediodía para tener tiempo de visitar la ciudad y hacer algunas carreteras interesantes por la mañana, ya había tenido bastante autovía hoy.

Las llaves equivocadas

Día 1 – Sábado 28 de marzo – De Barcelona a Villarroya de los Pinares (415km) – [MAPA]

Eran las 8 de la mañana del sábado y estaba tardando más de lo previsto en cargar la moto… Además de todas mis cosas, tenía que llevarme el traje, las botas y el casco de Nat, y también había decidido coger el material de acampada por si acaso, ya que no había reservado hoteles ni hostales para todas las noches. Mi moto duerme en la calle, frente al portal, así que no podía dejarlo todo en la moto la noche anterior y simplemente levantarme y ponerme en camino. Para cuando estaba todo listo, ya llegaba tarde al encuentro con mi compañero de ruta para el primer día.

Un amigo mío acababa de comprarse una V-Strom y habíamos comentado la posibilidad de hacer algo juntos para Semana Santa, pero él sólo tenía cuatro días de vacaciones, así que le propuse venirse el primer día hasta la casa que mi familia tiene en Teruel, y luego volverse a Barcelona cuando yo siguiese hacia Hervás, al otro lado de la Sierra de Gredos.

Quedamos a las 8 de la mañana y yo llegué 20 minutos tarde… ¡para encontrarme con que no había nadie allí! Miré el móvil y vi que me había llamado y mandado un mensaje: se había dejado algunas piezas de su GoPro nueva y había vuelto a casa a por ellas. A mí también me habían regalado una GoPro para mi cumpleaños, y a diferencia de la que me robaron durante la gran ruta, esta tenía un mando a distancia que me había montado en el manillar para poder grabar en marcha sin arriesgarme a pegármela buscando el botón, y me moría de ganas de probarla en este viaje, así que no era quién para quejarme.

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Al final salimos sobre las nueve, un poco más tarde de lo previsto, pero no pasaba nada, teníamos donde dormir y todo el día por delante. Debo confesar que había sido excesivamente optimista a la hora de planear la ruta, y la idea inicial de usar sólo carreteras secundarias toda la ruta parecía exagerada ahora, sobre todo al no ir yo solo, ya que pararíamos a menudo a probar las cámaras, así que decidimos saltarnos la parte más cercana a Barcelona (siempre la podemos hacer cualquier finde) y coger la autopista de la costa para llegar más rápido a las partes interesantes.

Me arrepentí de esa decisión casi al instante… No era solamente que la autopista fuese mortalmente aburrida, sino que además hacía un viento tremendo, y tuvimos un par de sustos cuando una ráfaga imprevista casi nos tira de las motos. Finalmente llegamos a Reus, y de allí hasta Flix para comenzar con las primeras carreteras interesantes del día.

Pasado Flix hay una carretera que lleva a Riba-roja, primero bordeando el embalse con el mismo nombre, y luego subiendo por las montañas donde tuvieron lugar algunas de las batallas decisivas de la guerra civil. Es una carretera pequeña y revirada que no usa nadie, y después del aburrimiento de la autopista y ya sin viento, empezamos por fin a divertirnos. Al llegar a la parte alta de las montañas hay una pista forestal que sale a la derecha y lleva hasta los restos de unas trincheras que se construyeron para defender la zona durante la guerra. Parece ser que la falta de coordinación e información mala hicieron que nunca se llegaran a usar, a pesar de que las tropas franquistas penetraron las líneas por una zona cercana. El lugar bien vale una visita, no solo para ver las trincheras sino también para admirar las vistas al embalse.

Hicimos turnos para ir delante y grabarnos el uno al otro, y me alegré de ver que el invento del mando funcionaba. Al principio probé con la cámara montada en el top case, para que se me viese desde detrás sobre la moto, y luego la puse en el casco, que me gustó más, pues me daba más flexibilidad para encuadrar cosas distintas. Fue en una de estas paradas para comprobar las cámaras, mientras hurgaba en la bolsa del depósito, cuando me di cuenta de que me había llevado las llaves que no tocaban.

No podía creerlo… era casi la hora de comer, y estábamos demasiado lejos de Barcelona como para pensar en dar media vuelta. Llamé a mi padre por si algún vecino podía tener una copia de las llaves, pero nadie las tenía. Se lo expliqué a Gerard y decidimos seguir de todos modos y buscar un sitio donde dormir. Más aventura.

Su familia es de un pequeño pueblo en la zona donde estábamos llamado Bot, así que propuso parar a comer allí, ya que conocía un buen restaurante. Mientras dábamos cuenta de un asado excelente miramos algunos sitio as para pasar la noche con los móviles, pero todo era demasiado caro o estaba reservado ya. Al final conseguimos la dirección de un hostal en Teruel y decidimos hacer noche allí.

La copiosa comida nos pasó factura, y nos sentíamos un poco pesados sobre las motos bajo el sol de media tarde. Fuimos hasta donde empieza el Maestrazgo, un macizo que se extiende desde el sur de Cataluña hasta casi Teruel y que ofrece un laberinto de carreteras que suben y bajan por valles y gargantas y se elevan hasta planicies y puertos de montaña para ofrecer unas vistas excelentes. Es una zona muy despoblada, y uno puede pasar horas sin cruzarse con otro coche, lo que hace del lugar el sitio ideal para disfrutar a fondo de una moto.

Después de Valderrobres tomamos una carretera estrecha montaña arriba, donde cambiamos de moto. Era un experimento que tenía ganas de hacer, ya que ambas motos eran exactamente el mismo modelo de 2007 (incluso el color) pero la mía pasaba de los 130.000 km y la suya apenas estaba rodada (encontró un chollazo). Me alegré mucho de ver que aparte de que el acelerador y el embrague iban más suaves (mi culpa, debería haber cambiado o al menos lubricado esos cables hace mucho), no había apenas diferencias entre las motos. Me acordé de todos los artículos que había leído, alabando la “calidad” de materiales y acabados de otras motos y me pregunté qué sería de esa  calidad percibida si las trataran como ha vivdo la mía. Una diferencia que noté era que la suspensión de serie era mucho más blanda de lo que recordaba, hundiéndose de forma notable en las frenadas comparada con la mía que llevaba unos muelles Hyperpro más duros. Cambiar a unos mejores es sin duda una buena inversión en una V-Strom.

Nos las cambiamos de nuevo y seguimos hasta encontrarnos con las secuelas de las fuertes lluvias que habían afectado la zona. Por todas partes los campos estaban anegados, el barro había cubierto parte de la carretera, lo que hacía complicado el negociar curvas sin visibilidad, y había piedras y rocas en la carretera de vez en cuando. Al tomar una carretera aún más pequeña nos encontramos con un cartel que avisaba de que la carretera estaba cortada. Era sólo el cartel, no había ninguna barrera, así que decidimos arriesgarnos y pasar para evitar un largo rodeo. Fuimos con cuidado y al cabo de unos poco kilómetros vimos qué había pasado: había habido desprendimientos que tapaban la mitad de la ya de por sí estrecha carretera, así que un coche no hubiera podido pasar, solo un 4×4 con dos ruedas por el montón de barro. Al cabo de un rato también vimos un trozo de carretera que se había hundido en el torrente.

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Ya en una carretera más grande y de camino al sur, paramos en un lugar llamado Santuario de la Balma, un monasterio construido debajo de una roca enorme. Recuerdo cuando lo vi por primera vez en otro viaje por esta zona, pero en aquella ocasión había obras en la carretera de acceso y no pude visitarlo. Me temía que la situación se iba a repetir por culpa de la lluvia, pero esta vez estaba abierto.

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Al bajar de las motos casi nos damos una ducha por culpa del agua que goteaba de la montaña. Dentro del monasterio la situación era aún peor: el agua se filtraba a través de las paredes y goteaba del techo, sobretodo donde el techo se unía a la roca. Me sorprendió que mantuviesen el sitio abierto. De salida paramos a jugar con el perro “guardián” y a hacer algunas fotos y nos pusimos de nuevo en camino.

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A estas alturas estaba claro que no íbamos a llegar a Teruel de día, lo que era una lástima, ya que última parte del trayecto a través del Maestrazgo brinda unas vistas sensacionales de la puesta de sol. Nos dimos prisa, intentando conseguir algunas fotos del atardecer, pero poco después de Cantavieja, que está aproximadamente a medio camino, nos cogió la noche. La temperatura cayó rápidamente, y llegados a esta punto estábamos a suficiente altura para encontrar nieve en los bordes de la carretera. En un tramo largo y rápido de la carretera, yendo yo delante, un par de perros salieron de la nada justo delante de mí. Frené fuerte, y por suerte se dieron media vuelta y no se me cruzaron. Me fue de poco, los frenos de estas motos son poco más que una broma, y chocar contra un perro grande a esa velocidad es un accidente serio. Ese fue el momento de decidir que ya bastaba, nos quedaba aún una hora hasta Teruel, era negra noche y no tenía sentido seguir apretando en el primer día del viaje. Hora de buscar dónde dormir.

Pensaba que sería difícil, ya que hay sólo unos pocos pueblos en la zona y son todos pequeños, pero en el segundo que atravesamos después de tomar la decisión de parar a pasar la noche vi un cartel en la entrada del bar del pueblo que decía que tenían habitaciones, y paramos a preguntar. Los parroquianos nos miraron como si acabásemos de aterrizar de otro planeta, a esas horas de la noche y vestidos con todo el equipo de moto, entrando en un bar donde no había nadie aparte de los pocos que vivían en el pueblo. Conseguimos una habitación barata con dos camas y después de cenar la fritanga local, unas birras y un gintonic nos fuimos a dormir.

¡Quiero mi moto!

Intro

Ya hacía bastante tiempo del último viaje largo con la moto, y tenía muchas ganas de empezar este. Quería ver el sur de España, ya que nunca había estado allí, y sabía que tenía nueve días de vacaciones para Semana Santa, pero lo que no sabía era cuántos días iba a tener mi novia. Al final sólo le dieron cuatro días, así que empecé a pensar en una ruta de cinco días para poder estar de vuelta en Barcelona a tiempo de pasar unos días juntos, pero aparte de que cinco días parecían pocos para cubrir tanta distancia y además tener tiempo de ver algo, ella también quería visitar el sur. Por unos momentos le di vueltas a la idea de montar un viaje de cuatro días al sur con alguna compañía aérea de bajo coste y aparte de eso irme unos días con la moto, pero aún así me hacía gracia tener una moto para explorar el sur. Miramos el tema de alquilar una en varias empresas, pero el precio por día era demasiado caro, incluso para el tipo de moto más básica para dos personas más equipaje, hasta que al final me di cuenta de que la respuesta al dilema estaba ahí mismo, en los números que me daban las empresas de alquiler.

Si había considerado la posibilidad de pagar lo que costaba alquilar una moto, más la fianza, más correr el riesgo de tener algún percance con la moto, o que la robaran, etc. ¿por qué no llevarme la mía, usarla hasta el último día de vacaciones, volver a casa en avión y hacer que me llevasen la moto a Barcelona? Seguro que aún así iba a salir más barato que alquilar una cuatro días.

Un amigo mío se había comprado hacía poco una moto de segunda mano en Valencia, pero como aún se estaba sacando el carnet, se la hizo traer con una empresa de transporte de motos hasta la puerta de su casa por sólo 90€. Podría irme cinco días, encontrarme con Nat en algún punto del sur, pasar cuatro días más juntos por allí y luego volver a casa en avión (y ahorrarme dos días de viaje de vuelta). ¡Gran idea!

Al principio parecía que la cosa iba a ser más complicada de lo que pensaba, ya que resultó que todas las empresas con las que contacté solo ofrecían servicio de puerta a puerta, es decir, que recogerían la moto en una dirección específica, ya que no tenían instalaciones en Granda (que era de dónde íbamos a volar) donde yo pudiera dejar la moto el último día antes de coger el avión y tampoco conocíamos a nadie allí a quien dejar la moto hasta que hubiera un transporte lleno y listo para salir hacia Barcelona. Parecía que pintaban bastos… Si al menos pudiera encontrar un taller o un concesionario en Granada que estuviese dispuesto a tener la moto uno o dos días hasta que la recogieran la cosa podría funcionar, así que decidí probar suerte y preguntar a los chicos de Hamamatsu Motor, que ya me habían ayudado con la preparación de otros viajes, y me dieron el contacto de la empresa que lleva sus motos y también trabaja para otras marcas. Me dijeron que tenían una flota propia de camiones y que trabajaban para concesionarios de todo el país. Les llamé y me confirmaron que tenían un agente colaborador en Granada donde podía dejar la moto. Así que con los detalles arreglados, ¡el viaje podía empezar!

Reencuentro familiar

Día 6 – Jueves 31 de julio – De Broto a Benasque (110km)

Siempre me he llevado muy bien con mi hermana, y hacía casi un año que se mudó a Puerto Rico a trabajar en el consulado español por dos años. Este verano era la primera y única vez que iba a volver a casa de vacaciones, así que tenía muchas ganas de verla de nuevo. Había aterrizado en Barcelona la noche anterior, y hoy iba a subir hasta Benasque temprano para pasar un par de días con mis padres.

Dormí cerca de Benasque para poder llegar allí a tiempo de encontrarnos a mediodía, que era la hora a la que calculaban llegar, y me levanté temprano para el último tramo de mi viaje transpirenaico.

Un poco al sur de Broto hay una carretera minúscula que va hacia el este, la HU-631, que sube y baja por valles estrechos antes de recuperar la nacional en Ainsa. Me lo pasé muy bien en ese tramo, pero mi cabeza ya estaba pensando en nuestro encuentro familiar, así que una vez en la carretera principal me di prisa hacia Benasque, donde llegué antes de lo que esperaba. Escribí a mis padres, que me dijeron que aún estaban de camino, así que me fui al albergue donde habíamos hecho la reserva, descargué la moto, me duché, me cambié y salí a esperarlos.

Justo cuando dejaba el albergue en busca de una cerveza fresquita vi el 4×4 verde de mi padre entrar en el aparcamiento; apenas tuvo tiempo de parar y mi hermana ya había salido, nos abrazamos felices de volver a vernos.

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Al día siguiente nos esperaba una larga ascensión.

El tren de La Rhune y fotos desaparecidas

Día 5 – Miércoles 30 de Julio – Del cabo Higer a Broto (421km)

Ante todo, pido disculpas por este largo lapso en la historia… El final no era el Cabo Higer, a pesar de que llegado allí había cruzado los Pirineos de una punta a otra, pero como ya había dicho antes, Benasque, en medio de la cordillera, era donde había quedado con mi hermana. La razón por la que me había estado saltando un puerto de montaña de cada dos desde que sobrepasé ese punto de camino al oeste era que ahora iba a hacer el resto de puertos en el camino de vuelta a Benasque.

Cuando me puse a escribir los dos últimos días de este viaje me di cuenta de que todas las fotos que había hecho en esos dos días habían desaparecido. Me cabreé bastante, ya que algunas de ellas eran bastante buenas, especialmente las de La Rhune, y me pasé unas semanas buscando desesperadamente en todas las tarjetas de memoria, discos duros portátiles y pen drive que tenía, pero de nada sirvió. Al final terminaron las vacaciones, me lié con el trabajo y no encontré el momento de terminar la historia.

Aquí la tenéis:

El mar estaba cubierto de bruma cuando me desperté, y para cuando había terminado de desayunar, guardado la tienda y cargado la moto el sol aún no había conseguido penetrar la fina capa de nubes que cubría el cielo. No parecía que fuese a llover, pero sin duda iba a hacer fresco. Salí del camping y bajé a Hondarribia para llenar el depósito para la jornada. Al cabo de poco me encontré con el tráfico de hora punta de la mañana, y cuando estaba a medio atravesar el atasco empezó a llover. Menudo hombre del tiempo estaba hecho… Paré en la primera gasolinera que encontré, justo a la salida de la ciudad, cerca de la frontera, en ese conjunto habitual de tiendas de horteradas que se suelen encontrar entre países. Una chica muy habladora me llenó el depósito y aproveché para ponerme el mono de lluvia encima del traje mientras comentábamos la lluvia, el tráfico y como iba a empeorar con la lluvia.

Protegido de la fina lluvia y con el depósito lleno dejé atrás el atasco y salí volando del pueblo por la misma carretera paralela a la frontera con Francia que me había traído aquí el día anterior. Cuando llegué a Bera dejé la carretera principal y atravesé un polígono industrial. Pensé que a pesar de que era igual de feo que cualquier otro en cualquier otra parte del país, la lluvia, la abundante vegetación y el clima atlántico en general lo hacían más agradable a la vista. El polígono se convirtió en un pueblo mucho más bonito y gracias al GPS encontré en un momento la carreterita que atravesaba el bosque y me iba a llevar hacia el Collado de Ibardin, el primer puerto del día. Otra carretera espectacular y casi sin tráfico me llevó en el otro lado hasta la carretera principal en Francia, la D4, y la primera parada, poco antes de Sare, para la visita del día: el tren de La Rhune.

La Rhune, or Larrún en castellano, es un pico en la frontera entre Francia y España. Con 905 metros de altitud dista de ser el punto más alto de los Pirineos, pero se encuentra aislado, por lo que ofrece unas imponentes vistas de 360º de la región, con el mar de fondo. Hay una estación de antenas en la cumbre, y la apertura en 1924 de un pequeño tren de cremallera que sube hasta arriba del todo lo convirtió en una atracción turística importante.

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Ya sé que en repetidas ocasiones he criticado a los turistas en este blog, e intento mantenerme alejado de sitios como este, pero como me pasa con los aviones, soy un friki de los trenes, y no iba a perderme esta visita, así que dejé la moto en un parquing que empezaba ya a llenarse de autocaravanas y autocares (ay madre…) y me fui a comprar el billete. La estación y las vías eran originales de la época en la que se construyó la línea y las habían mantenido en excelentes condiciones. Tuve la suerte de conseguir un billete para el siguiente tren, que salía en diez minutos, ya que el trayecto dura 35 minutos en cada sentido y solo hay dos trenes haciendo el recorrido, así que hay una salida cada… exacto: 35 minutos.

Me sumé al nutrido grupo de familias con niños emocionados y autocares de jubilados y luché  por conseguir sitio al borde del andén para poder hacer unas fotos del tren entrando pausadamente en la estación. El material rodante también es original, una locomotora de cuatro ruedas y dos vagones, todo de madera, y al igual que el resto de elementos de la línea, estaban en excelente estado de conservación. Los vagones tienen techo pero no ventanas, así que iba a ser un viaje fresco; por suerte aún llevaba puesto el traje de moto… que también me protegía de los empujones y codazos de la abuelas que intentaban conseguir un sitio al lado de la ventana en los bancos de los vagones.

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El tren comenzó su lenta ascensión a la montaña con el engranaje en la cremallera desde la salida misma, ya que las vías tienen bastante desnivel incluso al principio del trayecto, y a una velocidad constante de 9 km/h dejamos la estación y nos adentramos en el bosque.

Dejamos los arboles atrás en un momento y al cabo de poco las vistas eran maravillosas. Desde este lado de la montaña podía apreciar el camino por donde había venido y el mar en la distancia. A medio trayecto el tren pasó al otro lado del monte, brindando vistas hacia el interior, antes de llegar al punto medio de la ascensión, donde se detuvo unos minutos para esperar que el tren que iba de bajada pasara antes de seguir con su lento subir.

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Tras un giro pronunciado a la izquierda la vía se inclinaba aún más en el tramo final hasta la cumbre, y vi desalentado que estaba cubierta de una espesa niebla que iba a impedir ver nada desde allí. Como si confirmase mis temores, el tren se metió en la niebla y la visibilidad se redujo a apenas unos metros, las siluetas de una vaca pastando o de unos excursionistas en el camino que iba cruzando las vías aquí y allí apenas visibles de vez en cuando.

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Lo único que estropeó un poco el viaje fue un grupo de abuelitas que estaban aún más emocionadas que los niños pequeños que también iban en el tren, y se dedicaban a comentar a viva voz todos y cada uno de los detalles que veían. Era un barullo constante de seis o siete voces, todas a la vez y sin escucharse las unas a las otras, hablando de marujeos, las familias, eventos a los que habían asistido o iban a organizar, oh mira una vaca, qué flor tan bonita oh mira ovejas otra vaca ohquebonitoestodoantoniamirauncaballo…

Había unos pequeños altavoces en los vagones que iban dando una explicación de la historia del tren en el trayecto de subida, pero como las abuelitas no entendían ni una palabra de francés habían decidido que no era interesante, ni para ellas ni para nadie más en el tren, y se dedicaron a arruinarla para los que eran franceses o podíamos entenderla…

Cuando me bajé al llegar a la cumbre vi enseguida que la niebla era tan densa que no había absolutamente nada que ver, y como no quería desperdiciar más de media hora esperando el siguiente tren, y sobretodo no quería volver a coincidir con las abuelitas, que habían corrido a refugiarse del frío en el único bar allí, di una vuelta rápida y me volví a subir al tren, que seguía en la estación y pregunté si podía bajar en el mismo. Me dijeron que sí, y puede disfrutar de un trayecto de bajada mucho más tranquilo en un vagón medio vacío. Lástima que no había explicación a la vuelta…

Me lancé a la carretera otra vez con el día mejorando rápidamente y al cabo de poco estaba atravesando el pintoresco pueblo de Zugarramurdi, famoso por sus brujas, antes de pasar por Elizondo otra vez y cruzar el Col d’Ispéguy, llegando a Saint-Jean-de-Pied-de-Port por segunda vez en el viaje – esta vez desde otra carretera, eso sí – para tomar la carretera que sigue la misma ruta que toman los peregrinos que son lo suficientemente valientes para hacer la versión dura del Camino de Santiago: a través de las montañas hasta Roncesvalles, el principal punto de partida del Camino en el lado español. El valle que lleva a Roncesvalles es una de las partes más bonitas de la región, y al pensar en los peregrinos avanzando pausadamente a pie entre los bosques pensé por primera vez en el viaje que la moto iba demasiado rápido para poder apreciarlo.

Llegué a una carretera principal que seguí durante un rato para cruzar al siguiente valle, esta vez en dirección al pueblo de Larraun y desde allí la intención era coger lo que en el mapa parecía una pista que pasaba por el Embalse de Irabiako, entraba por un instante en territorio francés y luego volvía a la carretera principal hasta el siguiente puerto, el de Larrau y el Col d’Erroymendi, pero resultó que la carretera pasaba por una zona protegida, y me paró un guarda desde una caseta de madera. Tuve que dar la vuelta y deshacer el camino hasta la carretera principal, saltándome esa parte. Al menos encontré una zona de acampada con área de picnic donde paré a prepararme la comida bajo un majestuoso roble.

Pasado el Col d’Erroymendi tuve que dar un largo rodeo en el lado francés para no repetir las carreteras que había hecho el día antes y atacar el siguiente puerto desde una carretera nueva, así que después de tomar la D918 hacia Aramits enflié la D132 hacia el sur, para subir de nuevo a la zona del Col de Soudet, esta vez desde el norte. Había estado allí el martes, temblando de frío y a punto de dejar correr la ruta. El tiempo era mucho mejor ahora, y paré a unos kilómetros del Col para descansar, mirar el mapa y tomar una carretera nueva. Estaba en un punto maravilloso, varios puertos de montaña uno muy cerca del otro en la frontera, a los que se puede llegar desde el norte, sur, este u oeste. Llegué aquí la primera vez desde el sur y seguí hacia el oeste, y ahora llegaba desde el norte e iba hacia el este.

Mientras estaba pensando en todo esto una autocaravana aparcó cerca y se me acercó el conductor. Resultó que era también motero, condenado a la autocaravana por su novia, y querían saber cuál era la carretera más paisajística para cruzar a España. Le mostré mi “GPS”, un montón de fotocopias de mapas grapadas juntas en las que había marcado la ruta en distintos colores, y le aconsejé tomar la misma que había hecho yo hacia el Bois d’Arbouty. No era aún España, pero era una ruta muy bonita. Ellos habían subido por la carretera que iba a tomar yo ahora, la D441, y me dijeron que era también preciosa. Les deseé buen viaje y me dirigí a una carretera muy estrecha que era poco más que una pista asfaltada.

Era posiblemente la parte más remota de toda mi ruta, y eso la hacía aún mejor. Si bien la carretera no era precisamente perfecta – era estrecha, el asfalto estaba en malas condiciones y había un montón de vacas sueltas – el paisaje era imponente. Valles estrechos y profundos, vegetación densa, una cabaña de piedra abandonada aquí y allí, y ni un alma a la vista.

Al cabo de un buen rato de diversión llegué a la N134, la carretera principal que llevaba a la frontera con España. Había estado aquí de vacaciones hacía muchos años, de pequeño, acampado un par de semanas en uno de los muchos valles que parten a ambos lados de la carretera, y habíamos pasado la mayor parte del tiempo haciendo montaña. Recuerdo dos cosas que en aquella época me fascinaron, y ninguna de las dos fueron las montañas.

A medida que escribo estas líneas me doy cuenta de que aparte de ser un friki de los aviones y los trenes, tengo muchas aficiones raras, una de las principales los lugares abandonados. Quizá porque son testigos de un tiempo que queda ya muy lejano y todos parecen tener historias interesantes que contar, quizá porque son un material excelente para algunas de las mejores fotos que se pueden hacer, pero siempre han tenido un atractivo irresistible para mi, y en esta zona había dos que dejaron una huella importante en mi infancia: el Fuerte de Portalet y la estación de Canfranc.

El primero era un fuerte construido en las rocas que dominan la carretera en el punto más estrecho del valle. Fue construido en 1842 para defender la frontera, y fue usado como cárcel para prisioneros políticos durante la segunda guerra mundial antes de ser abandonado. Cuando lo visité de niño estaba en un estado deplorable, y me pasé horas explorando todos los corredores, puntos de vigía, escaleras y mazmorras con una linterna. Tenía muchas ganas de volverlo a ver, pero cuando llegué al puente que cruzaba el torrente para llegar a él me encontré con una verja cerrada que no me dejó ir más lejos. Parece que estaban llevando a cabo obras, y me imaginé que seguramente lo estuviesen restaurando con vistas a una futura apertura al turismo. Más tarde descubrí que las autoridades locales lo habían adquirido en 1999 y ahora por fin habían decidido hacer algo con él.

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El segundo lugar era la estación de tren de Canfranc. La estación es un majestuoso edificio de 214 metros de largo, exponente de la arquitectura ferroviaria del siglo XIX, enmarcada en un entorno privilegiado con las montañas nevadas de fondo. Construida en 1928, tenía que ser la tercera conexión internacional entre España y Francia, sumándose a las dos ya existentes una a cada lado de los Pirineos, y cuenta con una historia fascinante.

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Durante la guerra civil española estuvo bajo control de las tropas franquistas, y durante la segunda guerra mundial la línea férrea ser utilizó para enviar wolframio a Alemania para reforzar el acero usado para construir tanques, y como pago se enviaban cargamentos de oro desde Suiza por el mismo camino. En 1970 un tren descarriló en el lado francés, causando daños a un puente, y la línea quedó cerrada en ese lado de la frontera. Sin una conexión internacional a la que dar servicio, el tráfico disminuyó rápidamente, y la estación cayó en un abandono casi total. Cuando la visité por primera vez solo había un tren regional al día, que terminaba su recorrido en la estación, y el patio de maniobras estaba lleno de vagones de carga y de pasajeros abandonados, descomponiéndose medio enterrados entre matojos.

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Al entrar con la moto en ese mismo patio de maniobras vi que la mayoría de los vagones seguían allí, y la mayoría de estructuras aún eran accesibles, pero la estación tenía una valla nueva alrededor. Tras años de estudios y propuestas, por fin habían empezado a limpiarla y restaurarla hacía unos años, y ahora el edificio tenía un nuevo tejado que evitaba que se deteriorase más y se podía visitar desde principios de 2014. Pasé un buen rato dando vueltas y haciendo fotos, y cuando me preparaba para ponerme en camino de nuevo vi algo que no había visto en la primera visita años atrás. Al final del patio de vías la entrada al túnel que atravesaba los Pirineos, que recordaba tapiada, estaba abierta, y se adivinaba una luz roja en su interior. Me acerqué con la moto y le pregunté a un hombre que estaba paseando su perro por allí qué había en el túnel.

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Me quedé de una pieza cuando me dijo que había un laboratorio subterráneo y que podía dejar la moto en la entrada y andar un trecho por el túnel hasta la puerta. Me costaba creer la historia, pero al cabo de un rato ahí estaba, a unos cien metros de la entrada del túnel, delante de una verja cerrada de un laboratorio enterrado a 850 metros de profundidad bajo la montaña que se dedicaba a estudiar la materia oscura y algo llamado fenómenos naturales poco comunes… ¡Parecía algo salido de una película de James Bond!

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Dejé Canfranc en dirección sur por el valle hasta llegar a la carretera principal entre Jaca y Sabiñánigo, y luego giré hacia el norte por la N-260a, una tramo de carretera que ya había hecho hacía unos días, pero sólo hasta Biescas. Allí la carretera iba hacia el este para el último tramo del día – 30 km de carretera estrecha y revirada a lo largo de una garganta hasta Broto, donde acampé esa noche.

Ya que no tengo fotos propias para esta parte el viaje, las he tomado prestadas de las siguientes webs:

http://francebalade.com/paysbasque/rhune2.jpg

http://aquitaine.media.tourinsoft.eu/upload/croisement-2-trains.JPG

http://a401.idata.over-blog.com/3/02/14/28/PAYS-BASQUE/La-Rhune-001.jpg

http://media-cdn.tripadvisor.com/media/photo-s/06/15/0f/03/le-petit-train-de-la.jpg

http://images.larepubliquedespyrenees.fr/images/2013/07/01/les-visites-debuteront-mercredi-3-juillet_957123_800x600.jpg

http://abandonedarea.com/wp-content/uploads/2014/11/canfranc_station_05.jpg

http://www.pasarlascanutas.com/paisajes_pirineo/estacion_de_canfranc/estacion_canfranc_2588.JPG

http://www.abc.es/Media/201205/02/CANFRANC–644×362.jpg

https://fronterasblog.files.wordpress.com/2011/08/canfranc3.jpg

El otro faro

Día 4 – Martes 29 de Julio – Del Refugio Casa de Piedra al Cabo Higer (362 km)

El martes por la mañana me levanté muy temprano, a las 6, porqué quería llegar a la otra punta de los Pirineos ese día y porqué es la hora a la que todo el mundo se levanta en un refugio de montaña si no se quieren perder el desayuno. Miré por la ventana, que daba a la garganta por la que había llegado el día anterior y que era también la ruta por la que me iba a ir hoy, y el día parecía soleado.

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Sin embargo, una vez hube acabado el desayuno y salí por la puerta para prepararme, vi que estaba lloviendo y que la mayoría de los montañeros estaban sentados en el porche esperando que se despejase el día. Hacía sol hacia el sur, pero justo por encima de nuestras cabezas y en las montañas a nuestras espaldas había una densa capa de nubes. Mi ruta me llevaba hacia el sol, así que esperé a que pasase la lluvia al menos en el refugio, ya que no quería ponerme el mono solo para quitármelo 10km más adelante, pero al cabo de media hora la situación seguía igual. Algunos montañeros se habían puesto los impermeables y se aventuraban ya montaña arriba, y como no quería perder más tiempo, hice lo propio y me puse en camino.

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Como era de prever, ni siquiera había llegado a la carretera principal cuando la lluvia quedó atrás y me tuve que detener a meter el mono otra vez en las maletas. Para cuando llegué a la A-136 en dirección a Sabiñánigo ya hacía sol y la temperatura iba subiendo rápido, parecía que iba a ser un buen día para ir en moto. En Sabiñánigo giré hacia el oeste por la A-23, el único tramo de autovía en todo el viaje y por suerte uno corto, ya que sólo estaba terminada hasta Jaca, y pasado la población volvía a ser carretera nacional, que en este tramo transcurría paralela a la ruta del Camino de Santiago, por donde pude ver unos cuantos pelegrinos cargando con mochilas. En Puente de la Reina de Jaca paré a llenar el depósito y a comprobar las presiones de las ruedas y el nivel de aceite, y mirando el mapa decidí que en vez de ir recto hacia arriba hacía Ansó Y Zuriza iba a tomar el valle a la derecha de ese, ir hasta Hecho y luego hacer la carretera que cruzaba hasta Ansó y luego otra para llegar a la NA-137 y tirar hacia la frontera francesa.

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Fue sin duda una decisión acertada, ya que no había ningún otro coche en la carretera y las vistas eran espectaculares. La carretera transcurría mayoritariamente por bosques de abetos, y pronto llegué al límite entre Aragón y Navarra, ganando cada vez más altura Pirineo adentro. El tiempo seguía siendo bueno, pero la temperatura había caído en picado a medida que ganaba altura y empecé a darme cuenta de que había cometido un grave error de cálculo. Cuando salí de Barcelona, pensando que era verano y que las temperaturas no iban a ser muy bajas, y como me llevé la chaqueta y los pantalones buenos (no iba en chaqueta de verano y vaqueros) no había cogido la capa térmica ni la impermeable. Ya tenía el mono impermeable por si hacía mal tiempo; también me había llevado solo los guantes de verano. Durante los primeros días esta combinación había funcionado perfectamente, incluso llegué a pasar mucho calor el primer día, y no había pasado frío en la lluvia y la niebla el día anterior, pero a medida que bajaba hacia la NA-137 iba haciendo cada vez más frío y empecé a echar de menos mejor equipo. Antes de empezar a subir el puerto hacia Francia me tuve que poner el mono de lluvia, en parte porque empezaba a nublarse, pero sobre todo para mantener la temperatura, y conecté los puños calefactados. Empezaba a notar también el frío en el cuello, y tuve que improvisar y ponerme una camiseta fina alrededor.

La subida al Col de la Pierre St Martin era preciosa, pero la temperatura y la niebla que se aferraba a las montañas estropearon el día hasta el punto que cuando hube llegado al lado francés empecé a replantearme la ruta. De bajada paré en el Col de Soudet, a unos pocos kilómetros del otro, donde la carretera se bifurcaba. Era hora de tomar una decisión. Estaba completamente congelado, y si quería seguir con la ruta planeada iba a tardar mucho en llegar a Hondarribia, ya que iba serpenteando por la frontera. Consideré la posibilidad de simplemente coger una nacional y tirar directo para llegar a primera hora de la tarde, per al mirar el mapa vi que en este punto del viaje estaba lo más alejado posible de vías principales. Decidí seguir con el plan hasta Saint-Jean-Pied-de-Port y allí ya decidiría si continuaba o tiraba directo hacia la costa.

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Oh, y ahora puedo decir sin dudarlo que fue la decisión correcta. Al bajar del puerto las nubes quedaron atrás rápidamente, la niebla se abrió y ante mi vi uno de los valles más bonitos que he visto. Era el principio de la mejor parte del día. Bajé por el estrecho valle contemplando uno de los mejores paisajes que he visto en el Pirineo, era espectacular, y no dejaba de mejorar. La minúscula carretera bajaba en picado hasta llegar a la D26 al fondo del valle, donde paré a comprobar de nuevo el mapa. Mientras lo hacía, un par de chicas en Monkey Bikes con remolques enganchados pasaron de largo y vi que tenían matrículas holandesas. No tuve la oportunidad de hablar con ellas, y me pregunto en qué tipo de viaje se habían embarcado (no pude encontrar nada en internet cuando volví a casa) pero sin duda eran muy valientes sólo por haber llegado hasta allí con esas motos. Tomé la D26 hacia el suroeste en dirección a Larrau. Allí, en vez de cruzar el puerto de Larrau (ese lo dejaba para más tarde), fui al oeste por la estrecha D19 a través del Col Bagargui, el Col de Burdincurutcheta y el Col d’Haltza hasta llegar a Saint-Jean-Pied-de-Port.

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Esta población es el punto de inicio para muchos peregrinos que se aventuran hacia Santiago, así que esperaba que fuese fácil encontrar una tienda de material de deporte donde poder comprar algo decente que ponerme alrededor del cuello. Encontré una cerca del centro, pero estaba cerrada. Era mediodía, así que me esperé un rato con la esperanza de que estuviese cerrada por la hora, no porque fuese un festivo. Por suerte, al cabo de unos 20 minutos una mujer aparcó delante de la tienda y la abrió. Me compré una braga fina y seguí con la ruta.

Dejé Saint-Jean-Pied-de-Port por la D918, que iba siguiendo el río. En algunos puntos donde la carretera se acercaba al agua vi que debía haber habido fuertes lluvias en los días anteriores, pues había claras señales de que el agua había subido y en algunos puntos desbordado el cauce e inundado los campos e incluso la carretera, y había muchas ramas y árboles arrancados y esparcidos por las orillas.

Había también una vía que seguía la carretera, y al cabo de un rato llegué a un puente metálico que la llevaba al otro lado del río. Había visto que las catenarias eran viejas y estaban cubiertas de óxido, así que imaginé que hacía ya un tiempo que no pasaban trenes por esa línea. Como soy un poco friki de los trenes, dejé la moto debajo del puente y me encaramé entre arbustos para subir a la vía y hacer algunas fotos. Los raíles también estaban oxidados, lo que confirmó mis sospechas de que la línea llevaba tiempo abandonada, pero las pesquisas que hice más tarde, ya de vuelta a casa, revelaron dos hechos interesantes: las inundaciones que había visto hacía un momento no eran tan recientes, y la línea no llevaba tanto tiempo cerrada como pensaba. Era una línea que unía Sain-Jean-Pied-de-Port con Bayona, y a pesar de que la deselectrificaron en 2010, aún la operaban trenes diesel-eléctricos hasta marzo de 2014, tan solo cuatro meses antes, cuando las fuertes lluvias que habían causado las inundaciones causaron también un desprendimiento que cerró la línea. Me sorprendió bastante, pues visto desde encima, el puente y las traviesas estaban en muy mal estado, lo que hacía difícil imaginar que un tren pudiese haber circulado con seguridad por allí hacía tan solo cuatro meses.

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La carretera se volvía de nuevo interesante cuando, al llegar a Cambo-les-Bains, giré hacia el sur para encaminarme de nuevo a las montañas, que para ahora eran ya colinas, y el Puerto de Otxondo, donde encontré un área de picnic para parar a comer.

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El resto de la tarde me llevó a Elizondo para tomar la N-121B y luego la N-121ª, que me hubiese llevado directo hasta el final de mi viaje, pero quería hacer un par de puertos más antes de llegar allí, así que al pasar de Berrizaun giré a la derecha y enfilé por la NA-4400 para subir al Puerto de Lizarreta, bajé hasta Sare, rodeé el pueblo y volví a subir en dirección al Collado de Lizuniaga y bajar en dirección a la N-121A de nuevo.

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Era un rodeo que valía mucho la pena, y aparte de un par de camiones hormigonera que aparentemente iban de ninguna parte a ninguna parte y me estropearon las primeras curvas del recorrido, el resto fue fantástico.

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El bosque era tan denso que pude tomar pocas fotos, ya que había poca luz dentro.

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Al cabo de poco de volver a la N-121A llegué por fin a Hondarribia, y como ya había estado allí hacía poco, crucé la ciudad directamente hacia el Cabo Higer, donde el faro que marcaba el final de mi viaje me esperaba. Había tardado cinco días y recorrido 1.247km.

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Justo al lado del faro, y mirando al océano, hay un camping con lo que deben ser unas de las mejores vistas de las que he disfrutado jamás desde mi tienda. Acampé junto a una valla de madera en el borde mismo del acantilado y me senté a contemplar la puesta de sol mientras cenaba.

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