Resaca, teterías y tapas

Día 9 – Domingo 5 de abril – Granada (0km)

El plan para el domingo era levantarse temprano, coger la moto y subir a Sierra Nevada, disfrutar de las vistas de la cordillera donde se encuentra el pico más alto de la Península y luego bajar por el otro lado a la región de Almería, visitar aquello y volver a Granada por la tarde a través de alguna ruta de montaña, porque el lunes iba a dejar la moto en un concesionario desde donde ya había arreglado el transporte hasta Barcelona y aprovecharíamos ese día para visitar la ciudad a pie. El problema era que después de “la última birra” de la noche anterior, teníamos una resaca monumental y nos levantamos bastante tarde… No solo eso, sino que después de 9 días de carretera, también me apetecía un día tranquilo sin moto, así para regocijo de Nat, decidimos tomarnos las cosas con calma y pasear por la ciudad.

Mucha gente me había hablado de Granada y de cuánto les había gustado, y puedo decir que supero con creces mis expectativas. Esa una ciudad con mucha vida y mucho que ofrecer: hay una vida estudiantil y nocturna muy activa, tiene una historia rica, un importante patrimonio cultural y arquitectónico, una gastronomía y ambiente excelentes, teterías acogedoras, callejones y pasajes pintorescos en el casco antiguo, y en general un carácter relajado que invita al viajero a disfrutarla con calma.

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Pasamos el día paseando por las estrechas calles del barrio histórico, subimos al mirador de San Nicolás en lo alto del barrio de Albaicín donde pasamos un buen rato contemplando la inolvidable vista de la Alhambra, paramos aquí y allí a tomar una caña y una tapa, la tarde se convirtió en noche y el desfilar de tapas pasó sin interrupción a ser la cena.

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Nos retiramos al hotel relativamente temprano, al menos comparado con la noche anterior, ya que habíamos decidido levantarnos temprano al día siguiente para hacer la visita a Sierra Nevada antes de dejar la moto en el concesionario.

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Corrupción en Marbella

Día 8 – Sábado 4 de abril – De Ronda a Granada (276km) – [MAPA]

Otro madrugón, otro desayuno en toda regla, y como no me iban a dejar subir a la moto hasta haber desayunado, estaba resuelto a hacerlo como Dios manda. Nos sentamos en una terraza en una de las calles peatonales del centro de Ronda y pedí un desayuno completo que incluía dos rebanadas del pan artesanal típico de la zona, una con lechuga y tomate, la otra con bacon y un huevo frito, café y zumo de naranja recién exprimido.

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Con el estómago lleno fuimos a visitar lo que ya habíamos visto la noche anterior, pero esta vez a plena luz del día para poder apreciar la profundidad de la garganta que salva el Puente Nuevo. Las vistas desde la mitad del puente, con más de 100 metros de caída a plomo bajo nuestros pies, eran impresionantes. A pesar de que la mayoría de fotos de la ciudad que uno puede encontrar por internet muestran un plano del puente a cierta distancia y desde abajo, cuando se llega a la ciudad por las carreteras principales el puente no se ve por ningún lado, yo que había esperado salir de una curva bajando de la montaña y ver aparecer el puente delante de mí… pero desde donde estábamos ahora vi una pequeña carretera que bajaba hasta el punto donde se abría la garganta, así que decidimos buscar la manera de llegar allí y disfrutar de la vista más famosa del puente.

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No costó mucho, al salir por una de las puertas en la antigua muralla hay una calle que sale a la derecha, la calle de los Molinos. Es una calle adoquinada y tuvimos que ir con cuidado ya que era empinada y resbalaba bastante. Cerca del fondo hay un poco de sitio donde aparcar y dejamos la moto y anduvimos un poco garganta arriba para admirar el puente desde debajo, que es una vista aún más impresionante si cabe, pues se puede apreciar en toda su enormidad. De vuelta al aparcamiento vimos un par de amigos que acababan de dejar el coche y se estaban preparando con material de escalada, y nos contaron que hay una via ferrata debajo del puente, además de muchas otras en la región. Tomé nota para una futura visita.

La carretera solo llevaba hasta unos campos y los molinos que dan nombre a la calle, así que tuvimos que subir de nuevo y esta vez la dificultad fueron los coches y peatones que iban de bajada, pues el sol ya estaba alto y animaba a la gente a salir a visitar el lugar.

Habíamos llegado a Ronda el dia anterior por la A-369, una carretera fantástica, y el plan hoy era tomar otra carretera principal desde el sur de la ciudad, la A-397 hasta Marbella. En el mapa aparecía marcada como más importante, así que no me esperaba gran cosa, pero resultó ser maravillosa, opinión que vino a confirmar la presencia de muchos moteros que nos encontramos de subida. Por suerte parecía que la mayoría de gente venían en esa dirección para visitar Ronda o hacer la carretera y el tráfico sería mucho más denso de bajada por la tarde, así que nos alegramos de no encontrar prácticamente a nadie en nuestro lado de la carretera.

Yo no tenía muchas ganas de visitar Marbella, un lugar famoso por aparecer en las noticias siempre en relación a historias de corrupción, y que da cobijo a la riqueza más hortera, decadente y turbia del país, pero Nat me acusó de tener prejuicios y dijo que no podía juzgar un lugar sin verlo primero. Tenía su parte de razón. Llegamos a Marbella, aparcamos la moto y fuimos a dar un paseo. Era exactamente como me esperaba. Un “te lo dije” y una hora perdida más tarde, volvíamos a estar en la carretera camino de Málaga.

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Fuimos por la carretera de la costa para disfrutar de las vistas, pero de todo lo que había visto hasta el momento, este era el único lugar donde no volvería a poner los pies en la vida. El paisaje (si es que merece ese nombre) era más o menos así: urbanización, urbanización, urbanización, polígono, urbanización, camping, urbanización, campo de golf, urbanización, camping, campo de golf, urbanización, polígono, camping, polígono, campo de golf, centro comercial, urbanización, camping, centro comercial, urbanización, urbanización, polígono, centro comercial, urbanización, campo de golf… Supongo que en algún momento debió ser una costa preciosa, pero el dinero fácil del negocio del ladrillo y una falta de respeto total por el entorno la habían destruido hacía mucho.

Llegamos a Málaga a la hora de comer y paramos en el primer sitio que vimos, llamado “La casita de la patata”. Tenía una terraza y podía aparcar la moto delante, así que ya bastaba. Servían unos bocadillos que son típicos de la ciudad, llamados “camperos”, hechos de un tipo concreto de pan que lleva el mismo nombre. Pedí uno de carne y Nat una pizza vegetariana “individual”. También quería algo para picar, así que pidió lo que pensaba que eran unas patatas bravas. Al cabo de poco me trajeron un bocadillo enorme con forma de döner, a ella una pizza que fácilmente daba de comer a dos personas y las patatas resultaron ser una patata enorme hecha al horno y rellena de carne, ensalada y salsa. Pues vaya con la comida ligera antes de volver a la moto… Intentamos terminarlo todo, pero era imposible, y los que me conocen pueden dar fe de cuánto como. Esto era demasiado. Evidentemente al terminar tuvimos que arrastrarnos al otro lado de la calle y estirarnos un rato en un parque que daba al puerto deportivo, Nat sumida en una profunda siesta y yo leyendo mi libro.

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Una vez capaces de montar en moto de nuevo, salimos de Málaga siguiendo aún la línea de la costa, pero la cosa estaba mucho mejor aquí. Los pueblos de pescadores no habían desparecido todos sustituidos sin piedad por bloques de apartamentos y la playa era visible desde la carretera. Cierto es que no era tan bonito como otras partes de la costa en el sur, pero era una mejora considerable después de Marbella. Sin embargo nuestro destino final del día era Granada, que está en el interior, pero yo no quería ir hasta Motril y tomar la autovía desde allí, así que cuando llegamos a Nerja nos apartamos de la costa y empezamos a ascender por una de las estrechas carreteras que cruzan la reserva natural de la Sierra de Tejeda.

Estos montes son bastante altos a pesar de su proximidad al mar, y la carretera que lleva hasta arriba era estrecha y serpenteante, resiguiendo la forma de cada saliente, valle y garganta del rocoso terreno. Era un paisaje fascinante, sobretodo al llegar arribar del collado y ver el otro lado. El contraste entre sur y norte era tan sorprendente como abrupto el paso de uno a otro; la cara sur prácticamente desnuda de vegetación, dura y agresiva, con afiladas formaciones rocosas, la norte una serie de suaves montículos cubiertos de hierba, con bosquecillos aquí y allí tornándose más densos a medida que bajábamos hacia Granada.

La carretera de montaña se unía a la autovía justo en las afueras de la ciudad, así que llegamos en cuestión de minutos, y conseguimos adentrarnos bastante cerca del centro antes de encontrar la calle cortada de nuevo al tráfico por las procesiones y de que nos informaran de que nuestro hotel estaba justo en medio de todo. Nos metimos por una calle lateral, aparcamos la moto a unas cinco calles del hotel y fuimos a pie. Por suerte las cosas estaban mejor organizadas que en Jerez y había puntos donde cruzar controlados por la policía local para permitir a la gente pasar de un lado a otro sin molestar a la procesión.

Ya se había hecho bastante tarde, así que justo tuvimos tiempo de darnos una buena ducha y ponernos algo de ropa decente antes de salir de nuevo para ir a ver la atracción turística por excelencia de la ciudad: la Alhambra. Nos habían advertido de la cantidad de turistas y aconsejado que reservásemos las entradas con tiempo, pero incluso así solo conseguimos encontrar entradas para una visita nocturna de los jardines, no la visita completa. Aun así, era mejor que no poder ver nada, y era un opción bastante romántica verlo por la noche.

No teníamos tiempo de ir a pie hasta la entrada, que es un agradable pero empinado paseo colina arriba desde el centro, y en el hotel nos dijeron que debido a las procesiones sería imposible coger un autobús, así que solo quedaba el taxi. El taxista también nos advirtió de que no podía hacer gran cosa más que los autobuses para cruzar el centro, y que tendría que salir de la ciudad, rodearla un poco por la autovía y entrar por el otro lado. Al final solo costó 12€ y llegamos a la entrada 10 minutos antes de empezar la visita, así que la cosa no salió tan mal.

El mundo es un pañuelo, y un amigo nuestro de Barcelona que estaba en Granada visitando una antigua amiga del instituto esas mismas fechas había reservado la misma visita que nosotros, así que nos encontramos con él, su amiga y su novio que nos hicieron un poco de guías locales durante la visita.

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Los jardines eran un rincón muy relajante, con una iluminación tenue, el sonido del agua corriendo por las fuentes y las luces de la ciudad a nuestros pies.

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Una vez terminada la visita y ya sin ninguna prisa pudimos pasear tranquilamente de bajada hasta el centro en busca de un buen lugar para disfrutar de las famosas tapas granadinas. Tener ayuda nativa fue vital una vez más, y nos llevaron a sus sitios favoritos, lejos de las trampas para turistas, donde gozamos en primera persona de lo que tantas veces nos habían contado: se puede vivir en Granada sin pagar una sola cena. Basta con pedir una caña y te sirven una tapa generosa y normalmente bastante elaborada completamente gratis, lo que significa que uno puede salir por la tarde o noche con los amigos, tomar algo y volver a casa cenado.

La amiga de nuestro amigo estaba embarazada y al día siguiente madrugaban para ir a la playa, así que se retiraron después de las tapas, pero él se quedó a tomar la última. Y como suele ser el caso cuando se dicen cosas como “la última birra”, “esta noche me lo tomo con calma” o “esta noche no bebo”, perdimos la cuenta de las cervezas, que luego pasaron a ser gintonics, y nos pasamos la noche bailando y bebiendo. Para cuando volvimos al hotel empezaba a amanecer y teníamos la sensación de llevar ya una semana en la ciudad.

Rider1000 2015 – Intro

Voy a interrumpir la crónica del viaje de Semana Santa para explicar el evento en el que voy a participar este fin de semana.

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La Rider1000 es un evento no competitivo que empezó en 2013 y consiste en hacer 1000 km en carreteras abiertas al tráfico por toda Cataluña. Saldremos desde Manresa, más o menos en el centro del país, y tenemos que pasar por 13 puntos de control e ir sellando un pasaporte. No hay rutas establecidas entre los controles, así que cada motero es libre de elegir las carreteras que quiera para llegar hasta ellos.

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Los participantes tomarán la salida en grupos de 6, a razón de un grupo por minuto, en orden de inscripción, para evitar atascos. El primer grupo saldrá a las 6 am, así que son los que tendrán más horas de sol, pero yo me enteré de la Rider1000 bastante tarde y me apunté poco antes de que cerrasen las listas (tengo el número 634 de 641…), lo que significa que salgo con los últimos grupos, entre las 7:45 y las 7:50.

Hoy me he pasado la mañana planeando la ruta y calculando el tiempo estimado entre controles y para completar el recorrido. Esta es la ruta prevista:

01 https://goo.gl/maps/p5Ooa

02 https://goo.gl/maps/Om2lZ

03 https://goo.gl/maps/T1cOv

04 https://goo.gl/maps/hvFyH

05 https://goo.gl/maps/Z6mcC

06 https://goo.gl/maps/8CmVZ

07 https://goo.gl/maps/A6usW

08 https://goo.gl/maps/G6Dxl

09 https://goo.gl/maps/Lcv2n

10 https://goo.gl/maps/hY3ky

11 https://goo.gl/maps/Gy2Td

12 https://goo.gl/maps/6E9ZY

13 https://goo.gl/maps/m88o1

Y aquí la estimación de tiempo y distancia:

Roadbook

Contrastaré estos números con el tiempo y distancias reales obtenidos el sábado una vez termine.

Intentaré informar en directo durante todo el sábado a través del Facebook de Stroming The World. Mañana tenemos que subir a Manresa para las verificaciones técnicas y a recoger la documentación, así que aprovecharé para ver si puedo mandar actualizaciones sin problemas.

¡Nos vemos mañana!

Calor, tapas y monos

Día 7 – Viernes 3 de abril – De Jerez a Ronda  (331km) – [MAPA]

Se acabó el ponerse en ruta sin desayunar al despuntar el día a partir de aquí; Nat dejó clarísimo que le daba igual si teníamos que hacer 900 km a través del Sahara antes de que se pusiera el sol o lo que fuese, no pensaba subir a la moto sin haber desayunado como Dios manda. Así que con esas salimos del hotel a desayunar como la gente normal y luego nos cambiamos, cargamos la moto y nos dirigimos al sur rumbo a Cádiz.

Llegamos enseguida, no había mucho tráfico, y aprovechando que íbamos en moto fuimos hasta la entrada del Fuerte de San Sebastián, aparcamos allí mismo y dimos un paseo. Construido en 1706, contiene un faro de metal que fue el segundo faro eléctrico que se construyó en el país. Puede que reconozcáis el lugar de algunas escenas de “Muere otro día”, una de las entregas de la saga James Bond, en la que Pierce Brosnan viaja a La Havana. Seguramente era mucho más sencillo rodar aquí que en Cuba.

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Dimos una vuelta rápida por el casco antiguo con la moto y luego pusimos rumbo a Conil de la Frontera, donde teníamos la intención de dejar la carretera principal y seguir la costa hasta Tarifa mismo, el punto más al sur de la Europa continental. Intentamos parar en Conil, pero el tráfico era infernal, un montón de turistas intentando acceder a la playa, y además empezaba a hacer demasiado calor para negociar un atasco así en la moto, así que tiramos hacia nuestra siguiente parada: Zahara de los Atunes.

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Esto ya era otra cosa, a pesar de que el día era soleado y la temperatura alta si parábamos, la brisa proveniente del mar era fresca, así que estábamos bastante cómodos sobre la moto en las maravillosas carreteras que recorren la costa. Hacía un poco de viento y vimos mucha gente practicando kite surf en la playa. Atravesamos Barbate, famoso por su “pescaito frito” y pudimos ver cómo descargaban pescado de varios barcos y había algunos chiringuitos al lado de la carretera de donde emanaba un tentador aroma, pero era un poco temprano para comer, así que seguimos. Para cuando llegamos a Zahara sí que era buena hora, y viendo que el sitio era mucho más tranquilo que Conil, decidimos parar a por unas tapas. Nos refugiamos en la sombra y pedimos unas cañas, salmorejo con tortilla de camarones y chicharrones con nubes cítricas. No tengo palabras para describir lo delicioso que estaba todo. Intentamos dar un paseo después, pero con 34ºC de temperatura, ropa de moto y botas no nos pareció la mejor idea, así que después de ver la playa volvimos a subir en la moto, contentos de sentir de nuevo la brisa.

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Al acercarnos a Tarifa la brisa se convirtió en fuertes ráfagas que a su vez se convirtieron en un viento huracanado para cuando llegamos alcanzamos la ciudad después de atravesar unas bonitas colinas. Aparcamos la moto tan bien como pudimos para protegerla del viento y asegurarnos que no se cayese de lado y fuimos a dar un paseo por el estrecho paso que conecta Tarifa con la Isla de las Palomas.

La isla es el punto más al sur de Europa (si no contamos con territorios como las Islas Canarias o las Falkland) y me pareció en cierto modo poético haber llegado allí en la misma moto que en 2013 me llevó al punto más al norte de Europa, el Cabo Norte.

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Se podía ver África sin problemas desde allí, pero mi idea de dar un paseo hasta el otro lado de la isla y tener mejores vistas del otro lado del estrecho se vio truncada cuando descubrí que el gobierno tenía la isla cerrada, la pasarela que la conectaba a tierra firme solo llevaba hasta una verja. Volvimos a la moto con el Mediterráneo a nuestra derecha y el Atlántico a nuestra izquierda y un fuerte viento azotándonos la cara y lanzándonos arena y agua que hacía difícil andar recto.

La siguiente y última parada del día era Gibraltar, lugar que tenía mucha curiosidad por ver. El peñón se cedió a Gran Bretaña en 1713, al terminar la Guerra de Sucesión, como parte del tratado de Utrecht, y ha permanecido en manos británicas desde entonces. Hay que cruzar la frontera para acceder, y es bien sabido que se forman unas longas colas de coches en horas punta, problema que se ve exacerbado por el extraño hecho de que la carretera atraviesa la pista de aterrizaje del aeropuerto del peñón y la cierran como un paso a nivel cada vez que un avión va a tomar tierra.

Nos escabullimos hasta la cabeza de la cola, el procedimiento habitual en moto, enseñamos los pasaportes a los guardas de la frontera y nos dejaron entrar; era una sensación rara atravesar una pista de aterrizaje de verdad con mi moto. Queríamos subir hasta lo alto del peñón, pero es una reserva natural y aquellos que quieran subir deben abonar 10 libras esterlinas por persona más 2 libras por vehículo, un total de 22, poco más de 30 euros al cambio del momento. Demasiado, pensamos, y en cualquier caso ya se estaba haciendo tarde y quedaba un buen trecho hasta el destino final del día, Ronda; así que fuimos a visitar la Punta Europa, que da al estrecho desde el otro lado del peñón, y al final no tuvimos que pagar nada para ver los famosos monos de Gibraltar, había un montón de ellos de camino a la Punta.

A pesar de que era tarde me negaba a coger ninguna autovía hasta Ronda, ni que fuese un trocito, así que subimos por la A-405 y la A-369 desde Miraflores, y de inmediato supe que había sido la decisión correcta. La carretera era lo suficientemente buena para mantener un ritmo ligero, lo que significaba que no íbamos a tardar demasiado en llegar a Ronda, pero al mismo tiempo era lo suficientemente interesante, con una combinación de buen paisaje (colinas verdes salpicadas de los típicos pueblos blancos andaluces), buenas curvas y poco tráfico.

Llegamos a Ronda con la puesta de sol, y esta vez estuvimos de suerte: el hotel no estaba en medio de ninguna procesión, a pesar de que tuvimos que rodear la ciudad y acceder desde el norte para alcanzarlo. Con la moto en el párquing, un ducha y ropa limpia, salimos a la calle a buscar dónde cenar.

Ronda es una ciudad preciosa que ha cautivado el corazón de muchos escritores que a lo largo de los siglos se enfrentaron a los duros caminos para cruzar las montañas y descubrir sus encantos, como atestigua un mural en el casco antiguo con citas de sus novelas y poemas.

La ciudad está situada en un alto dividido en dos por una profunda garganta, por el fondo de la cual discurre el rio Guadalevín. Tres puente conectan ambos lados de la ciudad, el más impresionante de ellos el Puente Nuevo, un nombre curioso teniendo en cuenta que se construyó en 1751… Es una mole de piedra de 120 metros de alto iluminado por la noche, así que pudimos disfrutar de su magnífica presencia a pesar de que era ya tarde. No solo pudimos ver el puente, sino que tuvimos la suerte de coincidir con una procesión que justo lo atravesaba cuando llegamos; la mejor vista posible del puente.

El motero blasfemo

Día 6 – Jueves 2 de abril – De Carrapateira a Jerez (459km) – [MAPA]

Sabía que hoy iba a ser un día largo… No había llegado tan lejos como había planeado el día anterior (no me quejo, mi estancia en Carrapateira había sido maravillosa) lo que significaba que tenía un buen trecho por delante para llegar a Jerez a tiempo. Mi novia volaba desde Barcelona el primer día de sus vacaciones (y el día de su cumpleaños, además) y tenía que recogerla en el aeropuerto de Jerez después de haber pasado por el hotel a dejar las maletas y ponerme un poco presentable para recibirla; ya sabéis, ropa de civil, una ducha, afeitarme, quitarme los insectos de la barba…

El plan era pasar la mañana haciendo carreteras interesantes otra vez, visitar el Algarve y luego coger la autopista hacia España y llegar a Jerez lo antes posible.

Primero visité el faro en el Cabo de Sao Vicente. Está en la punta más al suroeste de Portugal, y a pesar de que era especialmente más bonito que cualquier cosa que hubiese visto el día anterior, el sitio mostraba más indicios de turismo de masas que todos los lugares de la costa de donde venía. Había una caseta de perritos calientes en el párquing al lado del faro, y un río constante de autocares vomitando hordas de turistas armados con selfie sticks que corrían a hacerse fotos con la costa tras de sí.

Las siguientes paradas fueron Sagres y Portimao, que eran aún más turísticos: muchos apartamentos, tráfico denso… no estaba disfrutando de esta parte de la ruta, y empezaba a tener dudas de si valdría la pena desviarme aún más de la ruta principal para visitar Albufeira y Faro. Al final, viendo que se me hacía tarde, decidí ceñirme a la ruta del interior, y resultó ser la elección correcta. Para mí el Algarve mostraba su mejor cara aquí. Colinas de rica vegetación, pueblos pequeños, sin tráfico, buenas carreteras… Lo pasé genial, incluyendo una parada en un restaurante de un pueblecito donde encontré la comida más barata de todo el viaje.

Cerca de Tavira la estimación de la hora de llegada que me daba el GPS empezaba a ser demasiado tarde, así que decidí finalmente entrar en la autopista por el resto de la jornada. Hay una línea más o menos recta siguiendo la costa hasta Jerez, pero el parque nacional de Doñana se encuentra en medio, con lo que hay que dar un largo rodeo vía Sevilla.

Tras casi 300 km de puro aburrimiento llegué a Jerez y seguí las indicaciones del GPS hasta el hotel. Eran las siete y media y las calles se encontraban sospechosamente desiertas. Unos minutos más tarde descubrí por qué. El jueves era el primer día de las vacaciones de Semana Santa en el sur de España, y para aquellos que no hayan visitado esta parte del país, se trata de una festividad religiosa que aquí se celebra a lo grande. Hay procesiones a distintas horas del día, especialmente por la tarde y noche, y ahí era donde estaba todo el mundo: en le centro de la ciudad, viendo las procesiones pasar justo por delante de la puerta de mi hotel. Me acerqué tanto como pude hasta la calle donde estaba el hotel, pero obviamente la policía había cerrado el tráfico; intenté convencer al policía de turno de que me dejara aparcar la moto un poco más cerca del hotel, pero había un montón de coches intentando pasar y no tenía tiempo para mí, así que me hizo gestos de que me largase de allí. Lo único que conseguí sacarle fue que las calles iban a estar cortadas durante al menos una hora y media o dos, así que decidí ir al aeropuerto y tomar un café y leer un rato mientras esperaba el avión de Nat. Ha, ha… El aeropuerto de Jerez es minúsculo, y a diferencia del de Barcelona no hay ningún sitio donde dejar la moto sin pagar, así que decidí intentar de nuevo acercarme al hotel, esta vez desde otra calle, con la esperanza de encontrar un policía un poco más comprensivo. Tuve suerte a la segunda intentona, y me dejaron aparcar la moto al otro lado de las barreras policiales para poder llevar las cosas a pie hasta el hotel, hacer el check in y luego meter la moto en algún otro sitio.

Imaginad la escena que siguió: una calle llena de acera a acera de abuelitas pías y respetables ciudadanos de bien enfundados en sus mejores galas, venidos a admirar la procesión en respetuoso silencio. Y de repente, un tío quemado por el sol y que huele a sudado, vestido como de astronauta sucio, con una mochila en un hombro y un casco colgando del otro, un petate impermeable rebozado de insectos aplastados en una mano y una bolsa de viaje en la otra, intentando abrirse paso entre la multitud, apartando abuelitas y chicas en vestidos de noche, que salta en medio de la calle y cruza por delante de la procesión mientras Jesús nuestro bendito redentor avanza solemnemente centímetro a centímetro al sonido de los tambores. Me miraron todos como si fuese el diablo mismo convertido en motorista, seguro que me gané unos cuantos billetes directos al infierno esa tarde…

Infierno o no, con tanto ir y venir e intentar llegar al hotel ya se había hecho la hora de ir al aeropuerto a recoger a Nat, así que no tuve tiempo para ducharme, afeitarme ni cambiarme. Ofendí a unas pocas abuelitas más intentando volver a la moto y me fui al aeropuerto con el cielo ya prácticamente oscuro.

Nat venía directa del trabajo y estaba encantada de estar ya de vacaciones, volvimos al hotel y a esa hora la procesión ya había terminado, así que no solo pudimos acercarnos al hotel, sino que pudimos dejar la moto en su párquing.

Tras una merecida ducha, salimos a la calle en busca de tapas y fino antes de que empezase la siguiente procesión. Iban a durar toda la noche, la última de ellas aún estaba terminando de recoger a la hora que saqué la moto del párquing a la mañana siguiente.

Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina

Día 5 – Miércoles 1 de abril – De Lisboa a Carrapateira (286km) – [MAPA]

Hoy iba a ser, otra vez, un día sin desayuno. Llevé las bolsas hasta la moto, que había dejado en un párquing al lado de una comisaria. Me habían dicho que saldría por unos 5€ por 24h, pero cuando fui andando hasta la moto me di cuenta de que lo único que separaba el aparcamiento de la calle era la acera, y había una pequeña rampa para sillas de ruedas del aparcamiento hasta la misma, así que estuve muy tentado de coger la moto, salir por la acera y largarme de la ciudad con 5€ extra en el bolsillo, pero cuando fui a validar el ticket en la máquina para ver el precio me di cuenta de que a esa hora de la mañana ya había una trabajadora en la caseta de control, así que me olvidé del plan y pagué como buen ciudadano respetuoso de las normas. De todos modos no quería dejar una mala imagen de los moteros en una ciudad que me había resultado tan agradable.

Crucé el Ponte 25 de Abril de nuevo, contento de ver que si bien había tenido que pagar algo más de un euro para entrar en la ciudad, no había casetas de peaje para salir, a pesar de que que tuve que pagar por la autopista un poco más lejos. Unos 50km separan la capital de Setúbal, a donde me dirigía para tomar un ferry que me llevaría a Troia, una pequeña población en el estrecho brazo de tierra que se extiende desde Comporta y separa el Estuario do Sado del océano. Había un ferry a y media cada hora, y si me daba tiempo y el proceso de comprar el billete y embarcar no era demasiado largo calculaba que podría llegar a tiempo de embarcar en el de las 10:30, así que pagué por la autopista una vez más a regañadientes y me di prisa hasta el puerto.

Compré el billete en una caseta a la entrada del puerto y me encontré con la típica larga cola de vehículos esperando el ferry, que justo estaba llegando. Paré detrás del último camión, pero tres hombres que estaban intentando vender gafas de sol baratas y otros trastos a la gente que esperaba en sus coches me indicaron que fuese hasta el inicio de la cola. La ventaja de ir en moto… Había otra moto allí, un hombre de Lisboa que iba a pasar el día en la playa en la otra orilla con su novia, y estuvimos charlando un rato mientras los coches salían del ferry que ya había atracado y nos daban la señal para subir a bordo.

El día empezaba soleado, y la travesía me brindó unas vistas magníficas del estuario mientras pasábamos de una orilla a la otra, cruzándonos con enormes cargueros en el camino. Había pensado desayunar en el ferry, pero estba tan absorto admirando las vistas y haciendo vídeos y fotos, y la travesía era tan corta que al final se me escapó la oportunidad.

El ferry nos dejó en un pequeño embarcadero donde había cuatro coches esperando para subir a bordo, me despedí del otro motero y su novia y giré a la derecha dejando atrás unas instalaciones militares en dirección al norte, donde había unas ruinas romanas que quería visitar. El asentamiento está en una pequeña península dentro de la península, cerca de la punta norte, y estuvo habitado hasta el siglo VI. Tenía unos baños, viviendas de dos pisos e instalaciones para secar pescado, que era probablemente la principal fuente de comida e ingresos del lugar.

Al otro lado de la carretera los cascos medio podridos de unos barcos de pesca yacían en la playa, ofreciendo al fotógrafo unos planos excelentes.

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El sol ya estaba bien alto cuando volví a subir a la moto y me dirigí al sur, así que quité las capas térmicas de la chaqueta y los pantalones por primera vez en el viaje. ¡Íbamos a la playa!

La península de Troia tiene más de 10 km de longitud, pero sólo unos pocos cientos de metros de anchura, y desde la carretera se pueden entrever las playas de arena blanca entre los pinos, con unos pocos valientes nadando y mucha gente pescando.

Comporta es un pequeño pueblo de pescadores donde la península conecta con tierra, y desde allí una pequeña carretera resigue la costa hasta el sur. Mi plan era hacer esa carretera, tomando algunas más pequeñas en algunos puntos para acercarme más a la costa para ver playas y acantilados y visitar alguna punta y faros.

Al salir de Comporta y mientras me dirigía al sur a través de los primeros pueblos me sorprendió lo tranquila que era la zona. El paisaje es precioso, y la costa ofrece una espectacular combinación de playas y acantilados, pero parecía haber bien poca industria del turismo para un lugar tan idílico. Había unos pocos hoteles pequeños y algún cartel anunciando habitaciones encima de algún restaurante o café, pero no mucho más.

Mi primera parada fuera de la ruta principal fue para visitar la Lagoa de Santo André, una laguna de agua dulce en la playa, un buen sitio para darse un baño en aguas más calmadas que las del Atlántico. Era una lástima que a pesar del sol la temperatura era un poco baja para un baño… Desde ahí fui hacia Sines, con la intención de hacer la carretera que la bordea y ver los acantilados al oeste de la ciudad. Me sorprendió descubrir que la ciudad se encogía a la sombra de unas refinerías enormes y que había una autopista de oleoductos desde la costa hasta las refinerías. No había mucho más que ver, así que decidí continuar.

Al salir de Sines el paisaje mejoró considerablemente; una vez dejada atrás la zona industrial comenzaba la reserva natural del Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina, que llega hasta la punta más sur del país. Me alegré de ver que toda esta zona era un área protegida y que no había enormes complejos de apartamentos afeando la costa como en la mayor parte del lado mediterráneo de la Península Ibérica. Solo había algún pueblo de pescadores aquí y allí, y a la hora de comer paré en Porto Covo. Es un pueblo minúsculo de casas blancas y calles tranquilas que llevan a la playa. Aparqué en lo que parecía la calle principal, una calle peatonal que bajaba en suave pendiente hasta la playa con un par de restaurantes y una sola tienda de recuerdos, elegí uno de los dos restaurantes y me senté en una mesa en la calle.

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Era mi tercera comida en Portugal, y empezaba a darme cuenta de que si bien los precios son similares a España, la cantidad de comida no lo es. Un plato alimenta sin problemas a dos personas, y de hecho es bastante común que dos personas pidan uno y lo compartan. Para cuando había conseguido dar cuenta de la comida estaba demasiado lleno para volver a subir a la moto, así que saqué mi libro y dediqué una hora a disfrutar de un café y leer a la sombra.

Me lo tomé con mucha más calma por la tarde, combinando la carretera principal hacia el sur (que tampoco es que fuese muy principal, era una carretera estrecha que subía y bajaba tranquilamente por las colinas) con algunos desvíos para ver cosas: un pequeño chiringuito abandonado en lo alto de un acantilado con vistas a una playa magnífica pasado Longueira, el cabo Sardao en Cavaleiro, una pequeña iglesia al lado del mar cerca de Sardanito… Desde allí volví a la carretera principal en Sao Teotónio, de bajada de las colinas que daban al mar, y fui hasta Aljezur, donde me volví a desviar colina arriba para hacer una ruta circular por la M-1003-1, en la punta de la cual hay unas ruinas de un asentamiento romano construido en lo alto de un acantilado.

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Había una parada más que quería hacer antes del último tramo de la ruta del día hasta Sagres, un pequeño rodeo para ver una playa y otro cabo cerca de Carrapateira. Ya se estaba haciendo tarde para cuando llegué, y antes de empezar la carretera hasta la playa vi un pequeño restaurante con un porche delante cubierto de cañas de bamboo y con hamacas meciéndose en la brisa; había un cartel pintado a mano que decía “habitaciones”, así que decidí que era el sitio perfecto para pasar la noche. Había considerado la posibilidad de acampar, pero todas las baterías de la GoPro estaban agotadas, y necesitaba cargarlas para el día siguiente. Y qué demonios, el sitio parecía acogedor y alojarme allí me daría la oportunidad de ver la puesta de sol desde lo alto de los acantilados cercanos.

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Hice el check-in, fui a dar un paseo por la playa y luego subí en moto a los acantilados al atardecer. Para cuando volví al hotel ya era de noche. Me dí una ducha y luego disfruté de una sabrosa cena a base de pulpo a la brasa, pescado esa misma mañana, con verduras cosechadas en el huerto de detrás del restaurante.

Bacalao y tranvías

Día 4 – Martes 31 de marzo – De Mérida a Lisboa (289km) – [MAP]

¡Nuevo día, nuevo país! Siempre se siente, al entrar en un país donde no se ha estado nunca, cierta inquietud, curiosidad, emoción… Sólo tenía un día para visitar Lisboa, y decidido a sacarle el mayor partido posible me puse en camino con las primeras luces del día (y sin desayuno) y decidí aguantar el aburrimiento de la autopista a cambio de una llegada temprana a la capital Lusa. La salida de Mérida fue la rutina habitual: dirección del hostal en el GPS, moto cargada, depósito lleno antes de la frontera (más barato), maldición por enésima vez por no traer el iPod… y poco bombo y platillo al llegar a la frontera, de hecho nada de bombo y platillo, ni siquiera se veían las típicas casetas de control fronterizo ya sin usar, solamente una pequeña señal a un lado de la carretera y ya estaba en otro país.

Me encanta la sensación de cruzar a otro país, incluso dentro de la UE, donde muchas cosas son parecidas, aún me produce placer fijarme en las pequeñas diferencias que me dicen que no me encuentro ya en casa. Las señales de la autopista tienen una forma y color ligeramente distintos, la gente se mueve de otra forma, los anuncios al lado de la carretera tienen otro aire… No me refiero al idioma, eso es obvio, sino a los miles de otros pequeños detalles que conforman el paisaje de un país.

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Poco después de la frontera la mañana soleada se volvió brumosa y luego directamente se tornó en niebla espesa y la temperatura cayó tanto que tuve que parar en un área de servicio a cambiar los guantes por los de invierno, poner la capa térmica del traje y sacar la braga de las maletas. Aproveché la oportunidad para comprar un mapa regional del sur de Portugal que no había podido encontrar en Barcelona (no estaba en stock, me dijeron).

Para cuando el GPS me dijo que ya me estaba acercando a Lisboa el tiempo había vuelto a cambiar: el calor y el sol acompañaron mi primera vista del majestuoso Ponte 25 de Abril salvando el Tajo y extendiéndose hacia la capital. Paré en las casetas de peaje, donde se negaron a aceptar ni Visa ni MasterCard, así que me tuve que quitar los guantes y rascarme los bolsillos para encontrar el euro y poco que costaba cruzar, lo que causó un pequeño atasco tras de mí.

Al otro lado del puente me recibió una ciudad fascinante: calles empinadas, muchas de ellas todavía de adoquines, que subían y bajaban, edificios decrépitos pero preciosos, tranvías amarillos, el río asomando aquí y allí de vez en cuando.

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Encontré el hostal fácilmente y la chica de recepción fue muy amable y aceleró el proceso de check-in a pesar de que había llegado antes de lo esperado. También me indicó cómo llegar a un párquing al lado de la comisaria, a un par de calles de allí, donde la moto estaría segura.

Tras una ducha rápida y ropa limpia, salí a la calle con ganas de encontrar los ascensores y el restaurante que una amiga me había recomendado. El mapa gratuito que me habían dado en el hotel no servía de gran cosa, así que opté por andar en dirección al centro, perdiéndome en las callejuelas y disfrutando del ambiente. Me metí en un parque con vistas a la ciudad desde donde podía contemplar el Barrio Alto y el ascensor de Santa Justa. Lo que parecía un parque pequeño resultó ser bastante grande, y descubrí que podía acceder a la parte baja de la ciudad directamente desde allí, rodeando lo que parecía una escuela (¡parte del parque estaba en el techo!) y bajando por un par de callejones. Me quedé de una pieza cuando al llegar abajo torcí una esquina y prácticamente me dí de bruces con el Ascensor do Lavra, uno de los funiculares que unen la parte baja y la alta de la ciudad. Estaba ahí, sin más, al girar la esquina de una calle estrecha, sin ningún cartel que indicase cómo llegar hasta él, solo un pequeño horario junto al vagón y el conductor apoyado al lado, fumando un cigarro.

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Estaba completamente cubierto de graffiti, lejos del amarillo inmaculado que habitualmente aparece en las guías de viajes y catálogos de vacaciones, y yo no terminaba de decidir si eso era bueno o malo. Me encanta la decadencia urbana, me gusta que una ciudad tenga una personalidad marcada, que no esté todo arreglado y con la manicura hecha, sitios como Berlín, y esta ciudad parecía el Berlín de Europa del sur. Quiero sitios especiales, quiero que el turista típico diga “ugh, está viejo y sucio” y se largue y deje estos sitios a los viajeros. Así que decidí que era bueno.

Subí andando por la vía para hacer algunas fotos y, no sé cómo, me acordé que tenía una aplicación de Geocaching en el móvil, y pensé que sería divertido encontrar uno en Lisboa. Miré y efectivamente, había uno justo ahí junto a las vías del ascensor. Buen escondite.

Di un paseo hasta el otro lado de la Avenida da Liberdade hasta encontrar el Ascensor da Glória, en mejores condiciones que su hermano del otro lado de la avenida, que cogí para subir al Barrio Alto y el restaurante Sinal Vermelho, uno de los muchos que llenan las callejuelas del barrio, donde di cuenta de un magnifico bacalao. No os lo perdáis si pasáis por Lisboa.

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Tras la comida visité el Ascensor de Santa Justa, y luego, sin muchas ganas de caminar con el estómago lleno de tan fabulosa comida, busqué el famoso eléctrico 28, uno de los viejos tranvías conocido por su ruta a través de la ciudad y espacialmente por la parte que cruza el barrio de Alfama, por donde pasa a toda velocidad por calles muy estrechas, a escasos centímetros de las casas.

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Al igual que muchos otros que llegan a la ciudad por primera vez, yo daba por hecho que el 28 era una atracción turística, pero no lo es. Es uno más de los muchos tranvías que conforman en sistema de transporte público de la ciudad  y que muchos ciudadanos usan para ir y volver del trabajo, teniendo que enfrentarse a hordas de turistas armados con cámaras para conseguir sitio en el pequeño vagón. Subí en uno cerca del final de la línea y tuve la suerte de conseguir un asiento al lado de la ventana, pero con la hora punta de la tarde se llenó rápidamente y me sentí culpable cada vez que llegábamos a una parada y no había sitio para que subiese más gente. Ahí estaba yo, otro turista más haciendo fotos desde el tranvía, impidiendo a la gente volver a casa después de un día de trabajo.

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Me bajé en Alfama, después de un trayecto propio de una montaña rusa durante el cual la conductora había mostrado bien poca compasión por los peatones, que tenían que apartarse de un salto cuando llegaba el tranvía y apretarse contra las paredes de las casa para dejar que la bestia amarilla pasase volando a un palmo de sus narices.

Al perderse en Alfama es fácil olvidar que uno está en una capital. Es un laberinto de callejones y pasajes, viejas casas construidas una encima de otra, con los sonidos, colores y olores de un pueblecito de costa más de que una ciudad.

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Cuando oscureció me senté en una de las dos mesas que una pequeña taberna tenía en la calle en un callejón y pedí algo de cenar. Para mí, era el sitio perfecto: perdido en el laberinto de Alfama, lejos de los bares turísticos, hablando con el propietario de la taberna y disfrutando del silencio y calma de la noche.

Para terminar un gran día decidí volver andando al hostal a pesar de que quedaba bastante lejos, pero quería contemplar las calles de esta maravillosa ciudad una vez más antes de partir.

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