La ciudad sagrada

Día 9 – 3 de enero – de Kasba Tadla a Moulay Idriss (308km)

Hoy teníamos una jornada corta por delante, así que armados con las recomendaciones de nuestro huésped partimos temprano y dejamos la carretera principal para adentrarnos en el Atlas Medio a través de unas carreteras muy atractivas. Esto no quiere decir que la nacional fuese aburrida como el día anterior, esta vez atravesaba campos verdes, tenía más curvas y mejor paisaje, haciendo del inicio del día una experiencia especialmente agradable.

Cuando alcanzamos la ciudad de Kenifra nos desviamos a la derecha y empezamos a ganar altura por carreteras estrechas en busca de a nuestra primera parada, un lago llamado Aguelmame Azigza. Los espacios abiertos de campos verdes dejaron lugar a bosques de cedros, y el paisaje estaba salpicado de placas de nieve aquí y allí, incluso encontré hielo al parar en un cruce para comprobar si íbamos por buen camino.

img_1974Me detuve en el espacio sin asfaltar en medio de la bifurcación entre las dos carreteras sin advertir que había una placa de hielo debajo de mí y al poner el pie en el suelo casi caemos la moto y yo. Por suerte, salvé el resbalón a tiempo y avancé unos metros hacia terreno más seguro.

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Encontramos el lago unos pocos kilómetros más adelante por una carretera aún más estrecha que terminaba por convertirse en una pista sin asfaltar unos centenares de metros antes del agua. Estaba al fondo de un valle abierto con unas pocas tiendas de pastores nómadas en sus laderas, desde donde nos llegaban los balidos de algunas ovejas. Dejamos las motos en la pista y bajamos a pie hasta la orilla. Enseguida vimos que había sido una buena idea no intentar meter las motos hasta allí, pues lo que a primera vista parecía terreno seco era en realidad una arcilla grisácea muy resbaladiza, tanto que incluso a pie casi vamos al suelo en numerosas ocasiones.

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Cuando volvimos a las motos descubrimos que teníamos visita. Un mono había salido del bosque y estaba curioseando alrededor de las motos, probablemente buscando comida. Gerard le dio unos dátiles que había comprado en Ouarzazate y cuando fuimos a subir a las motos nos dimos cuenta de que se había subido a las tres, dejando manchas de barro en los asientos. Suerte que no habíamos dejado los guantes, bragas, cascos, etc. sueltos en la moto, o seguramente se los hubiera llevado.

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Una vez dejado el lago atrás, la carretera se volvía peor, aún con asfalto, pero con la superficie tan rota que nos obligaba a ir lentos. En uno de los peores socavones la suspensión delantera de la moto de Gerard se comprimió por completo y el guardabarros se enganchó en la barra que une ambos lados de las defensas, de modo que no podía extenderse de nuevo. En un momento de puro pánico, sintió que había perdido la dirección casi por completo, pero, afortunadamente, iba bastante lento y se pudo detener sin problemas. Cuando estaba a punto de bajar de la moto, el guardabarros se liberó y la suspensión se extendió de golpe, haciéndole perder el equilibrio y casi tirándole a él y a Raluca al suelo.

Unos meses atrás, había tenido un accidente en esa misma moto. Nada serio, pero tras reparar la moto notaba vibraciones en el manillar y la había llevado a dos mecánicos distintos que habían comprobado la rueda y no habían encontrado nada. En el viaje de bajada a Marruecos, sin embargo, yendo a su lado en rectas mientras hacíamos vídeos, se podía apreciar a simple vista que la rueda no giraba como debería. Mientras arreglaba el problema con el faro en Errachidia estudié las barras de la suspensión desde arriba y estoy bastante seguro de que estaban ligeramente dobladas hacia atrás. El incidente con el guardabarros confirmó mi sospecha. La suspensión se había doblado lo justo para que el guardabarros se acercara demasiado a la barra de las defensas.

Estábamos a tan solo unos kilómetros de nuestro siguiente destino, los manantiales de Oum-er-Rbia, así que decidimos seguir con precaución y ocuparnos del problema allí.

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Los manantiales están situados en unas gargantas rocosas y hay 47 puntos distintos de donde mana el agua. 40 de ellos son de agua dulce, y los otros 7 son de agua salada por los minerales en esa parte de la montaña.

img_2008Había algo de infraestructura de cara a los turistas, con paradas hechas de madera y paja, pero la mayoría estaban vacías; era un lugar apartado de las rutas principales y parecía que no estábamos en temporada alta. Había un par de mujeres vendiendo pan y algunos sitios ofrecían un Tajín que olía a cielo, pero habíamos desayunado abundantemente y no íbamos a comer de nuevo hasta llegar al destino final de día, así que tuvimos que rechazar educadamente las insistentes ofertas de nuestro guía, un tipo que había insistido en enseñarnos el lugar desde el momento en que habíamos aparcado las motos.

De vuelta a ellas, sacamos las herramientas y nos pusimos manos a la obra para desmontar el guardabarros de Gerard. Se supone que hay que sacar la rueda delantera para hacer esto en una V-Strom, pero con un poco de estira y afloja y fuerza de voluntad, salió sin demasiados problemas, y lo amarramó a una de sus maletas para el resto del viaje, furioso con los mecánicos que no habían visto nada raro con la suspensión. A mí también me sorprendió, era un problema serio, potencialmente peligroso y una de las primeras cosas a comprobar tras un accidente… O bien ambos mecánicos eran tremendamente incompetentes, o bien habían decidido, juntamente con el perito de la aseguradora, que los daños no eran para tanto y habían dejado la moto tal cual, cosa que me parece aún peor.

Tras comprobar que la rueda ya no tocara con la barra, seguimos por carreteras aún más bonitas, atravesando de nuevo el Forêt des Cèdres, esta vez algo más al oeste que en nuestra ruta de bajada, cuando lo cruzamos por primera vez de camino a Errachidia. En Azrou giramos hacia el noroeste, atravesamos Meknes y con las últimas luces del día llegamos a Moulay  Idriss, donde habíamos encontrado alojamiento para esa noche.

Moulay Idriss es un lugar muy importante para el pueblo marroquí, pues se considera el lugar donde se originó el Islam en Marruecos. Es aquí donde Moulay Idriss I, que da nombre a la ciudad, llegó trayendo con él la religión del Islam. Al ser considerado un lugar sagrado, los turistas no tenían permitido quedarse tras la puesta de sol hasta 2005. En la práctica, esto significa que aún hoy hay pocos sitios donde alojarse, y el lugar no está infestado de las habituales trampas para turistas que uno encuentra en las medinas de Fez o Marrakech. Teníamos una reserva en un pequeño hotel y los habíamos contactado para preguntar si había lugar para dejar las motos y, cuando llegamos a la plaza donde se supone que se encontraba el hotel, un hombre ya nos estaba esperando para indicarnos donde aparcar. El hotel estaba en realidad en un callejón y solo se podía acceder a él por unas escaleras, así que las motos se tenían que quedar en la plaza, que también cumplía las funciones de estación de taxi y bus de la ciudad. Era un sitio bastante transitado, y había un tipo que se ocupaba de vigilarlas por 50 dirhams, así que no nos preocupó demasiado dejarlas allí, especialmente porque el lugar daba mucha mejor impresión que Marrakech.

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A estas alturas del viaje teníamos muy claro ya que el país no está preparado para el invierno. Las casas están diseñadas para un clima mucho más cálido la mayor parte del año, de modo que las ventanas no ajustan, los edificios tienen grandes espacios abiertos, hay cortinas en lugar de puertas en muchos sitios, no hay calefacción y apenas hay agua caliente. Al menos este hotel tenía una bomba de calor en condiciones en las habitaciones, pero el tema del agua caliente en la ducha era el mismo que en el resto de sitios: agua fría.

Ya había oscurecido, pero aún tuvimos tiempo de visitar la medina y el mercado antes de cenar, y descubrimos que, al igual que el día anterior en Kasba Tadla, eran auténticos y muy agradables, sin otros turistas ni tiendas de recuerdos ni gente acosándonos para que compráramos algo.

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Las cascadas de Ouzud y el motero solitario

Día 8 – 2 de enero – de Marrakech a Kasba Tadla (276km)

Tras la experiencia de Marrakech decidimos que lo mejor era evitar las ciudades, así que en lugar de pasar la siguiente noche en Beni-Mellal encontramos un riad en una pequeña población llamada Kasba Tadla, 30 kilómetros más al norte. A pesar de ello teníamos una jornada más corta sobre la moto, así que por primera vez en el viaje íbamos a aprovechar para parar a visitar cosas en vez de ver el país desde la moto.

Dejamos las estrechas calles del casco antiguo en formación cerrada y nos zambullimos en el tráfico de hora punta de la mañana sin desayunar, pues no estaba incluido y nuestro escritor bohemio pedía demasiado por él. Al entrar en la avenida principal de salida de la ciudad las dos otras motos quedaron un poco rezagadas detrás de algunos coches, de modo que cuando vi una gasolinera un poco más adelante me detuve a un lado, esperé a ver el faro de Gerard y entré hasta los surtidores. Cuando bajé de la moto y vi que Esteve no estaba con nosotros le pregunté a Gerard, que dijo que lo acababa de ver detrás suyo. Esperamos un rato, pero parecía que no nos había visto girar y había seguido adelante. Fui un rato a ver si lo encontraba, pero no lo vi y cuando volví a la gasolinera, donde Gerard se había quedado esperando, tampoco había aparecido allí de modo que, por si acaso, desandamos el camino hasta la rotonda anterior para asegurarnos de que no hubiera pasado nada.

Estaba claro que estaba delante nuestro, así que tarde o temprano pararía cuando viese que iba solo. Decidimos tirar hasta la intersección donde íbamos a dejar la nacional para iniciar la ruta paisajística, a unos 7 kilómetros a las afueras de Marrakech.

Tampoco estaba allí, y mientras debatíamos qué hacer recibí un SMS suyo en el que decía que estaba bien y que nos encontraríamos en las cascadas de Ouzud, a medio camino de Kasba Tadla.

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Lo encontramos esperando al lado de la carretera, con cara de haber disfrutado de una mañana entera con la carretera para él solito, apoyado en la moto y escuchando a un tipo que le estaba hablando de sus dos casas, su mujer y cómo tenía una para él y guardaba la mujer en la otra.

Llegamos a las cascadas en un momento, y empezamos el ritual habitual de los lugares turísticos: los tipos que te guían hasta un lugar donde aparcar, elegir uno, pagar al que te dice que te va a vigilar la moto y el casco, declinar las ofertas de los que te quieren guiar, encontrar el camino a lo que quieres ver tu solito e ir hacia el sitio.

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A pesar de que los lugareños nos ofrecían excursiones guiadas de dos horas, las cascadas estaban a cinco minutos del aparcamiento. Me las esperaba al final de una estrecha garganta, pero en realidad el camino llevaba a la parte superior, y la garganta se abría a nuestros pies. Había tres cascadas distintas vertiendo agua al río al fondo y, a juzgar por el aspecto del terreno, debía haber unas cuantas más en época de lluvias. Anduvimos alrededor de la parte superior de las cascadas para tener otra vista y luego volvimos a las motos para seguir con el viaje.

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Había sido un placer estirar las piernas un rato, incluso en ropa de moto, y ahora teníamos una buena carretera y un día cálido, así que disfrutamos de la vuelta hasta la nacional. Usamos carreteras secundarias durante un buen rato, incluyendo el ascenso de una serie de horquillas que ni tan solo aparecían en el mapa de papel que llevábamos.

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Las cosas cambiaron al llegar a la nacional, y a pesar de que quedaba poca distancia hasta nuestro destino, el tráfico era denso y la carretera monótona, así que teníamos unas ganas locas de terminar el día. La carretera tenía otras intenciones, y nos hizo atravesar Beni Mellal antes de dejarnos llegar a Kasba Tadla. Quizá era porque ya estábamos cansados, pero atravesar esta ciudad se me hizo más largo que cualquier otra, y nos alegramos mucho de llegara destino.

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Kasba Tadla era un lugar pequeño y de aspecto amable, con poco tráfico, y encontramos el riad enseguida. Me gustaba el sitio y, tras Marrakech, la amabilidad de nuestro huésped fue muy bienvenida. Aparcamos las motos dentro del riad, descargamos y como aún nos quedaban un par de horas de luz (por primera vez en el viaje) nos fuimos a visitar el centro.

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Estaba claro que no estábamos en un sitio turístico, cosa que se agradecía tras la gran ciudad. Este era el Marruecos que habíamos encontrado en Errachidia, una visión más realista del país. Fuimos hasta el mercado y el contraste con Marrakech no podía ser mayor: era un sitio pequeño, con la gente del pueblo haciendo sus compras y preocupándose de sus asuntos, sin nadie que intentara vendernos algo a cada paso.

img_1962De hecho, aquí la atracción turística éramos nosotros, todo el mundo parecía mirarnos y preguntarse qué hacíamos allí. Encontré una pequeña tienda que vendía accesorios para los escúteres y ciclomotores que forman la mayor parte del parque móvil del país y fui hacia ella a ver si tenían una pegatina del país para la moto. El chico de detrás del mostrador no hablaba francés, inglés ni español, pero tras señalar y gesticular un rato me entendió y sacó una pegatina de debajo del mostrador. Era mucho mejor que las que había visto el día anterior, con purpurina y otras horteradas, que parecían ser la única opción disponible en todo Marrakech, y tenía forma de bandera ondeando al viento, de modo que encajaría a la perfección el hueco entre Bulgaria y Kosovo, que era demasiado pequeño para una normal. Gerard y Ralu querían comprar especias desde hacía unos días, y encontraron una tienda de alimentación con un hombre que había vivido en España y que les estuvo explicando los distintos tipos que había.

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De vuelta al riad, cenamos mientras nuestro anfitrión nos daba algunos consejos de cosas que visitar al día siguiente. ¡Y tenía cerveza!