El viaje – días 11 a 20

Ensaladas de verduras orgánicas y panales de abejas

Día 11 – Viernes 5 de julio – De Kiev a Rus’ka Lozova (517km)

Hoy fue un día tranquilo y agradable. Salir de Kiev me costó mucho menos de lo que esperaba, ya que el tráfico no era tan malo y no tuve que atravesar el centro de nuevo. El único problema que tuve fue que había perdido una de las cintas Touratech que amarran el petate impermeable a los neumáticos de recambio, seguramente cuando ya había dejado las cosas en casa de Sofia y su amigo me guió hasta su parking con su coche. Tengo repuestos, así que tampoco pasa nada.

La carretera era pasable, y a pesar de ser bastante distancia pasó muy rápido, el único problema el calor. Había quitado la capa impermeable y abierto toda la ventilación del traje, pero seguía teniendo calor. El agua en los botellines de plástico se había vuelto imbebible, y cuando paré a poner gasolina compré agua fría, pero en una hora volvía a estar caliente, a pesar del aire.

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Llegué al pueblecito cerca de Kharkov donde iba a alojarme por la tarde y llamé a mi anfitrión, que aún estaba en el trabajo. Llegó en media hora, lo que me dio tiempo para aprovechar y sentarme a leer un libro en la entrada de la iglesia, cosa que no había hecho aún desde que empecé.

Denys llegó y me guió hasta su casa, que estaba subiendo un camino estrecho y complicado en el pueblo, un buen reto con la moto bien cargada y después de un día largo, pero era buena práctica de off-road. Me dejó meter la moto en su jardín y tuve tiempo de limpiar y engrasar la cadena y comprobar la fuga de aceite (que no había ido a peor) mientras me preparaba una ensalada con las verduras que había cogido de su enorme huerto, en la parte de detrás de su casa.

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También tenía tres panales de abejas y estaba haciendo miel. Era una persona genial, y después de cenar me llevó a dar una vuelta por el bosque que rodea el pueblo y me habló de las plantas y animales que viven en él.

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De vuelta a la casa, me enseño algunas fotos de sus vacaciones en las montañas Altai, en Rusia. Pasaré por era región antes de cruzar la frontera a Mongolia, pero desgraciadamente no tendré tiempo de visitarla bien, y a juzgar por las fotos, que mostraban paisajes de una belleza imponente, será una verdadera lastima. Hablamos de ello en español, lo que se hacía raro después de casi dos semanas usando el inglés en todas partes, y debo decir que su habilidad para el idioma era excelente. Solo había estudiado durante seis meses para preparar unas vacaciones de un mes en Suramérica, y su español era perfecto.

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El club de motos de Luhansk

Día 12 – Sábado 6 de julio – de Ruz’ka Lozova a Luhansk (362km)

Bueno, otro día que se suponía tranquilo y corto y resultó ser increíble. Dejé Ruz’ka Lozova temprano para intentar tener tiempo de visitar un poco Luhansk, ya que Anna, mi anfitriona, me había dicho que había visitas a las antiguas industrias de la ciudad y me apetecía mucho verlo.

Llegué a la ciudad bastante temprano, y mientras iba por las afueras adelanté un convoy de un club de motos. Eran las primeras motos de verdad que veía en el país y me sorprendieron bastante. Cuando paré en el primer semáforo antes de entrar en la ciudad, uno de ellos, que aparentemente había dejado el grupo para atraparme, se me paró al lado y me preguntó de dónde venía. Empecé a contarle la historia, pero el semáforo cambió y seguimos adelante. Poco después el resto del convoy nos atrapó y me hicieron señas de que parase en la cuneta. Vladimir, el presidente, hablaba inglés, y tenían curiosidad por saber de dónde venía. Me dijeron que habían ido a una reunión a unos 100km de la ciudad y me preguntaron dónde me alojaba. Les enseñé la libreta donde llevaba apuntada la dirección y el teléfono de mi anfitriona, y entonces el presidente sacó su móvil, se lo dio a otro miembro y le dijo que la llamase. Hablaron en ruso un rato y luego me presentó a uno de sus hombres, el “Veterinar”, y me dijo que lo siguiese, que me enseñaría el camión para llegar al centro y me llevaría a un lugar donde había quedado con Anna.

Así que entré en la ciudad de Luhansk escortado por el club de moteros local, y una vez en el centro, la mayoría de ellos se fueron para casa. Mi guía y otro miembro, con sus respectivas artilleras, me llevaron al centro, y en unos 20 minutos llegó Anna. Los moteros me desearon buena suerte con el resto del viaje y se fueron, y yo le dije a mi anfitriona que necesitaba dejar las bolsas y aparcar la moto en un lugar seguro antes de visitar la ciudad. Resultó que vivía a unos siete kilómetros de allí y si cogía el autobús, llegaría más tarde que yo, así que, estando en Ucrania, la senté encima de las bolsas y los neumáticos de repuesto y fuimos hasta su casa así, sin casco.

Una vez aparcamos la moto y me pude duchar, me llevó a visitar una fábrica de trenes muy importante en la ciudad. Normalmente no se pueden visitar lugares así, pero estaban celebrando el día de la industria de la ciudad, y muchos de los sitios estaban abiertos al público. Una oportunidad que no quería dejar escapar. La visita fue genial, nos llevaron por una fábrica enorme al más puro estilo soviético al atardecer, con el sol anaranjado brillando a través de los enormes ventanales de las naves y regalándome unas fotos maravillosas.

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Después de eso fuimos a comer algo y a un bar que servía la cerveza local, que era excelente. Se hizo tarde, y tras un día tan largo estaba agotado y la idea de levantarme a eso de las 6 de la mañana para ir hasta la frontera, enfrentarme a todo el papeleo para entrar en Rusia, y luego hacer 400 km hasta Volgogrado no me resultaba para nada atractiva. Además había un museo que realmente quería ver, una antigua escuela de pilotos militares que habían convertido en un museo que tenía una colección de aviones soviéticos, así que decidí quedarme una día más en la ciudad.

 

Viejos pájaros soviéticos

Día 13 – Domingo 7 de Julio – Luhansk (0km)

Para un friki de los aviones como yo, hoy ha sido el día perfecto. El lugar al que fuimos era aparentemente un de las tres mejores escuelas de pilotos militares de la antigua USSR, y el enorme complejo que ocupaba está hoy en parte abandonado, en parte habitado por gente de la ciudad, en parte usado por el ejército, en parte un museo del aire. El autobús nos dejó en la entrada principal, donde un antiguo reactor soviético se alzaba orgulloso, como para recordar a la gente lo que el lugar había sido en el pasado.

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Atravesamos las puertas y observé que los edificios del punto de control de la entrada habían sido convertidos en pequeños comercios y kioscos. Los bloques de pisos que flanqueaban la avenida principal estaban habitados hoy por gente de la ciudad que los había comprado baratos porque habían sido construidos hacía tiempo. Hacia el interior del complejo, los árboles y la vegetación habían crecido más, y de vez en cuando se podía vislumbrar un edificio o una nave que formaron parte de la escuela de pilotos.

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Pronto estábamos caminando a través de maleza y edificios medio hundidos, y me pareció extraño que allí hubiese un museo, pero hay que tener en cuenta que Ucrania no ha desarrollado una industria del turismo en la mayoría de lugares. Al cabo de un rato nos habíamos perdido y no había a quién preguntar. Al final encontramos lo que parecían los garajes de otro bloque de pisos, y Anna le preguntó a un hombre mayor que salía cómo llegar al museo. Nos envió a través de un camino estrecho que cruzaba un pequeño bosque que después se convirtió en campo abierto, y seguimos caminando hasta que me di cuenta de que estábamos en la pista de aterrizaje de la escuela. A lo lejos a nuestra derecha, se veían las colas de los aviones del museo. Le pregunté a Anna qué uso le daba la gente a la pista en la actualidad, y me dijo que mucha gente llevaba a los niños allí con el coche de la familia para enseñarles a conducir, y que también había gente que hacía carreras pero de vez en cuando algún avión privado pequeño aterrizaba. Me sorprendió mucho que se permitiese a la gente entrar en una pista que a veces estaba activa, y le pregunté si había algún tipo de control aéreo o autoridad responsable del tema, pero no lo sabía. Hice un par de fotos (uno no se pasea por una pista activa a menudo) y fuimos hacia el museo.

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Resulta que habíamos encontrado la puerta trasera, y había un guarda viejo que costó una barbaridad convencer de dejarnos entrar. Después de asegurarle que íbamos a ir directos al edificio principal a pagar, nos dejó pasar. Anna le preguntó por lo de la pista, y dijo que ellos eran responsables del museo y los militares de la estación de radio que había al lado, si alguien decidía plantar su avión en la vieja pista, era su responsabilidad vigilar que no aterrizase encima de nadie. ¡Qué locura de país!

Una vez en el museo, me lo pasé en grande a pesar del horrible calor. Había muchos aviones que me encantan, como un Ilyshin Il-76, un Tupolev Tu-95, un Mig 29, un Sukhoi Su-27, un Beriev Be-12 y muchos otros. El guarda de la puerta trasera volvió, aparentemente arrepentido de su comportamiento anterior y nos dio una extensa explicación de los aviones y helicópteros que tenían allí, aunque fue en ruso… Anna hizo lo que pudo para traducirlo.

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Volvimos al piso para comer algo y darme una ducha que necesitaba desesperadamente, y por fin encontré un momento para escribir para el blog. Por la tarde fuimos otra vez al centro para ver la puesta de sol desde un parque con vistas a la parte vieja de la ciudad. Fue una magnífica última vista de Luhansk.

Mañana entraré en Rusia, y ya estoy nervioso por tenerme que enfrentar a la temible burocracia soviética.

 

Tres moteros en Volgograd

Día 14 – Lunes 8 de Julio – de Luhansk a Volgograd (506km)

Ningún problema en la frontera hoy. La burocracia rusa fue más fácil de lo esperado, simplemente tardé un rato en cumplimentar todos los formularios de inmigración e importación temporal de la moto y luego me dieron la bienvenida a Rusia, los guardias de frontera eran mucho más simpáticos que los ucranianos. Las carreteras eran bastante buenas durante casi toda la mañana, y cuando me paré en una pequeña área de descanso, un camionero que pasaba paró el camión y dio marcha atrás hasta donde yo estaba. En ruso, me preguntó de dónde venía y cuando le expliqué que venía de Barcelona e iba a Mongolia se sorprendió mucho y me deseó suerte. Al cabo de un rato un hombre mayor y su hijo detuvieron su viejo Lada, se bajaron y me dijeron algo señalando la moto. De los gestos que hacía el hombre entendí que él también tenía una moto en su pueblo, y luego cogió mi libreta de direcciones, que había sacado para llamar a mi anfitrión en Volgogrado, y apuntó su nombre y dirección, haciendo gestos que daban a entender que podía dormir en su casa si lo necesitaba. Solo llevaba unas horas en Rusia, pero la gente que había encontrado eran de lo más agradable y servicial que había visto.

Un par de horas más tarde llegué a Volgogrado para encontrar un atasco enorme, y cuando miré el GPS no podía creer mis ojos: ya estaba en la ciudad y el trasto decía que aún me quedaban 30km hasta casa de mi anfitrión. Al cabo de una hora de locura circulatoria rusa llegué allí y descubrí que Volgogrado es una ciudad enorme; se extiende a lo largo de unos 80km en ambas orillas del río Volga a pesar de tener sólo 1,5 millones de habitantes.

Me paré enfrente de la puerta de mi anfitrión y esperé que llegase alguien, y me sorprendió mucho ver que la novia de mi anfitrión llegaba acompañada de otros dos couch surfers que también estaban en el piso… ¡y que eran también moteros!

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Uno de ellos, Lex, de Holanda, iba en su vieja Transalp hacia Georgia y Turquía, y Martin, de la República Checa, iba en su GSA más o menos por la misma ruta que yo, pero a diferencia de mí, iba a visitar todos los Stans, mientras que yo solo haré Kazakhstan. La novia de nuestro anfitrión me dijo que dejase las cosas en el piso t me duchase y nos llevó a dar una vuelta. No cogí el teléfono ni nada más, ya que pensaba que sería una rato, pero nos embarcamos en un tour nocturno de la ciudad de Volgograd y no volvimos al apartamento hasta bien pasadas las dos de la madrugada. Estaba totalmente agotado, pero había valido la pena sin lugar a dudas; visitamos los monumentos más importantes de la ciudad conmemorando la batalla de Stalingrado, y eran algo imponente de ver a esa hora de la noche, sin calor y sin turistas. Una experiencia maravillosa.

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Mecánicos rusos

Día 15 – Miércoles 10 de julio – Volgogrado (0km)

Me levanté temprano y mandé un mensaje a mi contacto en la ciudad, Vitali, del club de motos Ferrum, que había encontrado en HUBB antes de salir de Barcelona. Me dio la dirección de un taller de motos donde podían hacerme la revisión y mirar el tema de la fuga de aceite, así que puse la dirección en el GPS y salí, sin el traje de moto, ya que el calor en la ciudad era insoportable y no tenía ganas de pelearme con los atascos con toda la armadura puesta. Lex, el chico holandés, se había ido una hora antes, en dirección a Astrakhan, donde ya tenía anfitrión.

Quizá el tráfico era mejor o quizá ya me estaba acostumbrando a él, pero me pareció que los 30km que tenía hasta el taller fueron bastante fáciles. Cuando llegué metí la moto en el patio delantero y un ruso enorme salió a recibirme. Le dije que venía de parte de Vitali, pero no parecía entender de qué le estaba hablando, y gritó a una chica que saliese de dentro del taller. Era Kate, la secretaria, y hablaba algo de inglés. Le expliqué que me habían dicho que fuese allí, pero tampoco parecía saber quién era Vitali. Lo llamé por teléfono y se lo pasé y hablaron un rato en ruso. Cuando colgó, me dijo que metiese la moto en el taller y me preguntó qué necesitaba. Le expliqué a Kate que quería cambiar los neumáticos por los que llevaba, cambiar las bujías, cambiar el aceite y mirar lo de la fuga. Me dijeron que no habá problema, y se pusieron a hacer la revisión mientras llegaba el “maestro”, como llamaban al mecánico jefe. Acostumbrado a los talleres en España, pensaba que tardaría todo el día, así que estaba preparado para coger un autobús de vuelta al apartamento y volver al día siguiente a por la moto cuando el ruso enorme señaló un sofá de piel en la oficina con aire acondicionado y me dijo “sit”. Me senté y saqué un libro. Al cabo de cinco minutos ya estaba aburrido, así que me metí en la oficina y empecé a hablar con Kate. A los diez minutos ya estábamos en el ordenador de la oficina y quería ver todas las fotos de casa que tuviese en Facebook. Era muy, muy simpática y me hizo sentir como en casa todo el rato que estuve allí. Hablamos mucho, me preparó té y a mediodía incluso pidió comida y comimos juntos en la oficina.

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Poco después de las cuatro la moto estaba lista, con la fuga reparada y todo. Resulta que era la junta del tensor de la cadena de distribución, y el “maestro” había recortado una nueva y la había sustituido. Todos los mecánicos y Kate se hicieron fotos con la moto y conmigo y me desearon buena suerte, eran gente fantástica.

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De vuelta al apartamento, Martin y yo fuimos a darnos un baño en el río Volga a última hora de la tarde, y luego tomamos una cerveza al lado del río viendo la puesta de sol. Fue un momento fantástico y me hizo pensar en lo poco que hubiese imaginado estar haciendo algo así un año atrás.

Martin es informático, y trabaja desde su portátil mientras viaja. Su intención era quedarse en la ciudad hasta el viernes, pero hoy pudo adelantar algo de trabajo y mañana me acompañará hasta Astrakán, será genial tener compañía para variar.

Por la noche, Andrey, nuestro anfitrión, nos llevó a comer una versión rusa del kebab, e hice una nueva amiga.

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Fin de la primera parte

Día 16 – Miércoles 10 de julio – De Volgogrado a Astrakán (425km)

El libro que me llevé conmigo de viaje es “Las uvas de la ira”, de Steinbeck, y al atravesar los parajes desolados, casi desiertos entre Volgogrado y Astrakán y ver los pequeños pueblos de casas de madera polvorientas, con montones de paja que casi parecían barro y se confundían con el paisaje no he podido evitar pensar en la historia.

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Al ver un sitio tan seco y polvoriento mientras me cocía a casi 40ºC en la moto, es difícil imaginar que la temperatura llega a -20ºC en invierno y la nieve lo cubre todo. La vida aquí debe ser muy dura.

Viajé con Martin hasta Astrakán, y fue un día fantástico. Por fin tengo fotos y vídeos donde salgo yo y la moto para variar, y yo también le hice algún vídeo a él.

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La carretera era muy buena y llegamos a Astrakán a las cuatro de la tarde. La noche anterior había enviado una solicitud de Couch a una pareja que vive en la ciudad, y resultó que son los mismos con quien se alojaba Lex, el holandés, así que nos hemos vuelto a encontrar. Valentin, el chico que nos aloja, tenía que trabajar hoy, pero hay una comunidad muy activa de Couch Surfers en la ciudad y tenían muchas ganas de conocernos, así que organizó un encuentro en el centro. Nos dio el móvil de un par de personas y nos dijo que fuésemos a verlos.

Dimos un paseo de unos 20 minutos hasta el centro y los esperamos en el parque. Éramos unas ocho personas, y otros más se unieron mientras íbamos a través del centro hasta el río Volga para ver la puesta de sol.

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Parece que cada vez que pienso que una ciudad va a ser aburrida o poco interesante y que sólo voy a pasar una noche antes de seguir adelante, resulta ser un sitio genial que me sabe mal dejar tan rápido. Astrakán es mucho más pequeña que Volgogrado, y es la ciudad más bonita que he visto hasta el momento en Rusia y Ucrania. Al contrario que la mayoría de ciudades, está bien cuidada y es muy bonita, el centro tiene muchos edificios antiguos y casas tradicionales de madera, y el Kremlin era impresionante, lástima que estuviese cerrado por obras.

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Tras un buen paseo volvimos al parque donde habíamos quedado y Martina, una chica alemana que trabaja para una ONG y que lleva 10 meses en la ciudad, montó una cuerda floja y todos intentamos caminar en ella. ¡Bastante difícil!

Mañana Martin y yo nos dirigiremos hacia Kazakstán, lo que significa que la parte fácil del viaje ha terminado. No más camas, duchas ni internet. Haremos unos 400km y luego acamparemos para pasar la noche. Después de eso, cada uno seguirá su camino, él hacia el sur para ir a Uzbekistán, yo hacia el norte y después al Mar de Aral. Seguiré escribiendo, pero no sé cuándo tendré conexión para publicar los posts, seguramente no antes de Almaty.

Estas dos primeras semanas han sido increíbles, he vivido tantas experiencias y conocido a tanta gente que aún necesitaré tiempo para absorberlo todo. Ahora empieza la parte difícil. Nos vemos pronto.

 

Camellos y pozos de petróleo

Día 17 – jueves 11 de julio – de Astrakán a Dossor (455km)

Esta vez Martin y yo nos pusimos en camino temprano, y a las 8 de la mañana ya estábamos en la carretera, después de una parada para comprar algo de zumo y pastelería para desayunar. Salimos de la ciudad y poco después llegamos al río Buzan, que discurre paralelo al Volga. Había leído en HUBB que no había puente, y que necesitaríamos guardarnos algunos rublos antes de entrar en Kazakstán para pagar el ferry para cruzarlo. Resultó que había un puente, uno de esos montado sobre pontones que flotan sobre el río, y tuvimos que pagar 50 rublos para cruzarlo. La superficie del puente estaba hecha de planchas de metal, dobladas y abolladas, y resbalaba muchísimo, pero conseguimos cruzar sin caernos de la moto.

Desde allí solo teníamos unos pocos kilómetros hasta la frontera, que fue sorprendentemente fácil de cruzar. Había cola, pero nos colamos con las motos hasta delante y el guarda nos dejó pasar. Pasamos el lado ruso sin problemas, a pesar de que no nos habíamos registrado con las autoridades al entrar en el país, y no nos pidieron los papeles de importación temporal de la moto que nos habían dado cuando entramos el país desde Ucrania. En el lado kazajo los guardas eran muy amables y tenían curiosidad sobre nuestro viaje, es una pena que no se pudiesen hacer fotos. Usando un poco de lenguaje de manos, me dijeron que se podía cambiar dinero justo allí en el edificio de aduanas, y justo pasada la frontera había mucha gente ofreciendo cambiar dinero y vender seguro para automóviles. Ya que mi seguro europeo no cubría más allá de la parte Europea de Rusia, compré un seguro para 20 días por unos 27€.

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La carretera se volvió mala de inmediato, con un montón de agujeros que nos obligaban a ir de pié y prestar mucha atención para no pillarlos, ya que eran profundos y con los bordes vivos. Al cabo de aproximadamente una hora en el país, paramos a por gasolina en un pequeño pueblo y desde allí la carretera mejoró bastante, permitiéndonos viajar a unos 80km/h, pero aún con cuidado para evitar algún socavón de vez en cuando. Queríamos llegar a Dossor, que está unos 100km más lejos de lo que yo había planeado ir al principio, pero llevábamos un buen día y la  carretera no era tan mala como nos pensábamos, así que pensamos que podíamos llegar. Poco antes de Atyrau paramos a poner gasolina por última vez, ya que debería ser suficiente para completar el día.

El paisaje en Kazakstán era bastante aburrido, kilómetros y kilómetros de nada, sólo desierto, camellos y caballos y de vez en cuando un pueblo o un pozo de petróleo.

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La carretera de después de Atyrau era sorpredentemente buena, y pudimos ir rápido hasta Dossor.  Paramos una última vez para comprar agua y Martin compró también unas gafas de sol para poder llevar debajo de las de protección, ya que le molestaba mucho. Mientras nos preparábamos para volver a subir en las motos, un Belga en una bici muy rara entró en la gasolinera. Estaba participando en una carrera de bicis de energía solar desde Francia hasta Astana, y en ese momento era el líder.

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Se dedicaba al tema de la energía solar y había diseñado la bicicleta él mismo, nos dijo que había dos de sus prototipos participando en la carrera. Le deseamos buena suerte y le avisamos del mal estado de las carreteras, pero parece que estaba bastante seguro de que no sería un problema en su bici.

Llegamos a Dossor sobre las 7 de la tarde, y paramos a repostar en una gasolinera en el cruce donde a la mañana siguiente nos separaríamos, Martin continuando hacia el sur hasta Uzbekistán y yo hacia el norte hasta Aktobe. Preguntamos al hombre de la gasolinera dónde podíamos acampar, y nos dijo que mejor hacerlo detrás del edificio, ya que no sería seguro hacerlo más lejos del pueblo.

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Plantar las tiendas con el viento que hacía fue bastante difícil, y había muchísimo polvo. En sólo media hora el interior de las tiendas estaban llenas de arena del desierto que dejaba una fina capa sobre todas nuestras cosas. Preparé un risotto en el hornillo y me senté con la espalda contra la pared de la gasolinera a cenar y contemplar la puesta de sol en el desierto.

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Problemas en el desierto

Día 18 – Viernes 12 de julio – De Dossor a algún lugar en el desierto a Astrakán (655km)

Nos despertamos al amanecer, poco después de las 5 de la madrugada, y para cuando habíamos sacudido el polvo de todas nuestras cosas y desmontado las tiendas, ya empezaba a hacer calor. Mientras nos preparábamos para partir, le preguntamos al hombre de la gasolinera por el estado de las carreteras, y señaló a mi ruta y dijo “problem, problem”. Parece que la carretera estaba en muy malas condiciones, y la gente daba un rodeo de 1500km para evitar los 600km a Aktobe. Había hablado con otra gente en HUBB que habían hecho esta carretera y pensé que me tomaría dos días e intentaría hacerla.

Me entristeció despedirme de Martin, habíamos pasado unos días geniales juntos en las motos y me hubiese gustado seguir teniendo compañía. Quizá debería haber seguido la misma ruta que él a través de los “estanes”, hubiese tenido la oportunidad de hacer la Pamir Highway y el paisaje hubiese sido sin dudarlo más variado que en Kazakstán. En todo caso, era demasiado tarde ahora, no tenía los visados, así que me tocaba hacer el desierto kazajo.

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La carretera seguía siendo buena los 10km al norte de Dossor, y luego volvía a ser el tipo de asfalto lleno de socavones que habíamos encontrado en la frontera. La moto vibraba tanto que no podía ni leer el GPS, así que alargué el brazo para sostenerlo con la mano izquierda para poder ver la distancia y para horror mío, me quedé con todo el conjunto, GPS y soporte en la mano. Paré a ver qué había pasado y después de desmontar la cúpula descubrí el problema. LA cúpula está fijad con cuatro tornillos, y había sustituido los dos de arriba por un par más largo porqué el soporte del GPS va montado ahí. Parecía que las vibraciones habían hecho que el peso de todo el conjunto actuase de palanca y los tornillos se habían aflojado y caído. Volvi a poner todo en su sitio, lo aguanté con un par de trozos de cable y esperé que aguantase.

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Seguí adelanta y al cabo de un rato la carretera se convirtió en la pesadilla de la que me habían advertido. Es relativamente fácil ir por pistas o carreteras de gravilla, pero el problema aquí es que aquello había sido una carretera asfaltada en algún momento del pasado y ahora no quedaba nada, solo algunos pedazos aquí y allí, que aparecían y desaparecían, y era muy difícil intentar evitar golpear los cantos vivos. Avancé muy lentamente, y en un momento dado me metí por uno de los caminos que los camiones habían hecho paralelos a la carretera para evitarla. Era arena fina, y al cabo de diez minutos, la moto patinó de delante y me fui al suelo.

No me pasó nada, así que quité la bolsa del depósito e intenté levantar la moto con todo el equipaje. Resultó más fácil hacerlo en la arena que en el asfalto, y pude levantarla solo. Suerte, porque no había nadie más por allí. Seguí, entrando y saliendo de la carretera principal, y a unos 100km de Dossor pensé que llevaba buen ritmo y que podría llegar al destino que me había marcado para ese día a una hora decente a pesar de la mala carretera, cuando de repente la moto empezó a comportarse de forma extraña y tuve que parar, pensando que había pinchado.

Lo comprobé y efectivamente, la rueda de detrás estaba deshinchada, así que saqué el compresor, lo enchufé y la hinché. Cuando acabé empecé a girarla, para ver qué la había pinchado, pero no vi nada a pesar de darle varias vueltas. Empezaba a preguntarme qué la había deshinchado cuando lo vi – la llanta estaba abollada.

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Había cambiado los muelles de la moto para prepararla para el viaje, intentando darle un poco más de capacidad fuera del asfalto, pero no se puede escapar del hecho de que esta moto es sobretodo para carreteras y pistas en relativo buen estado, no una verdadera máquina de enduro, y a la suspensión le falta el recorrido que tiene por ejemplo una KTM o una BMW, e hice topes más de una vez en los tramos más difíciles, la llanta debió dañarse en una de esas ocasiones. El neumático parecía retener el aire, así que sopesé mis opciones. Podía intentar llegar a Aktobe, pero era un viaje de dos días en el mismo tipo de carretera o peor, y claramente necesitaba reparar o sustituir la llanta, cosa que podía ser difícil en Kazakstán. Parecía que la mejor opción era volver a Rusia, donde tenía un lugar donde dormir y acceso a internet para poder hacer los trámites para encontrar un recambio. Me lo pensé un buen rato bajo el sol, pues esa opción significaba que no podría volver a intentar esta ruta, ya que mi visado para Kazakstán sólo me permite una entrada.

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Al final, decidí dar media vuelta. Empecé a deshacer el camino lentamente y con cuidado, y a los diez minutos noté que el neumático se había vuelto a deshinchar. Aún no me había entrado el pánico, ya que lo había podido hinchar y pensaba que podía volver hasta Rusia sin demasiados problemas, pero cuando volví a sacar el compresor, lo enchufé, le di al botón y vi horrorizado que no se ponía en marcha, noté como empezaba a formarse una sensación de pánico en mi interior. Estaba en medio de la nada, a 100km de la población más cercana, y no tenía forma de hinchar la rueda otra vez. Las cosas se ponían feas.

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Pensé que quizá podía encontrar la forma de hacer llevar la moto hasta un taller, y paré una furgoneta para intentar conseguir ayuda. Eran trabajadores de una planta de petróleo, y un de ellos hablaba un poco de inglés. Me dijo que no había ningún tipo de grúa en ningún sitio cercano, así que no podían hacer nada. Entonces me dibujó un mapa rudimentario en mi libreta que mostraba que había una planta de petróleo o una refinería o algo por el estilo a unos cinco o seis kilómetros de distancia, y me dijo que intentase llegar hasta allí y pedir ayuda. Me subí a la moto y avancé muy lentamente, en primera, intentando evitar las peores partes, pero era imposible no dar con algún canto feo de vez en cuando, incluso yendo en primera. Sudado y miserable, llegué a la entrada de la planta casi una hora más tarde. Llamé al guarda de seguridad e intenté explicarle el problema. Pasamos casi media hora, yo intentando explicarle que necesitaba volver a Astrakhan y él intentando decirme que no había manera de conseguir transporte. La única cosa que pasaba por esas carreteras eran camiones cisterna que iban y venían de las pozos de petróleo, y era imposible subir la moto a uno de ellos. Entonces me preguntó si tenía dólares, y pareció hacerme entender que podía reparar la rueda. Hizo algunas llamadas y me indicó que desmontase la rueda, así que saqué las herramientas y me puse a desmontar la rueda bajo el insoportable calor a la entrada de la planta.

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Llegó otro hombre, aparentemente un mecánico que trabajaba allí, y se llevó la ruda hacia el interior de la planta. Volvió al cabo de media hora, con el neumático inflado pero con algunos cachos de labio rotos donde había intentado enderezar la llanta. Lo examiné y parecía que aguantaba el aire, así que lo volvía a montar en la moto, les pagué y volvía a la carretera lo más rápido posible.

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Pensaba que la chapuza no iba a aguantar mucho, y me estaba arrepintiendo de haberles pagado, cuando vi una moto que se acercaba en la distancia. Paramos y resulto ser un tal Wesley, de Gran Bretaña, que iba en misma dirección a la que me dirigía yo antes de romper la llanta. Se quejó del estado de la carretera (y eso que iba en una moto mucho más preparada que la mía para eso) descubrimos que conocíamos a Stephen Stallebrass y nos dimos los detalles de contacto. Me deseó suerte y nos separamos.

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La chapuza me llevó hasta Dossor, donde paré a por gasolina y pregunté a varias personas, pero obtuve la misma respuesta, no grúa, no transporte, no manera de llevar la moto a Rusia. Viendo que el neumático aguantaba, decidí intentar llegar por mí mismo, sobretodo porque el cielo se estaba oscureciendo y el viento soplaba con fuerza, se estaba preparando una tormenta de arena. Pasé entre los enormes camiones cisterna que estaban esperando para llenar los depósitos de diesel en el último pueblo antes de adentrarse en el desierto y la tormenta, y seguí el camino de vuelta. El neumático aguantó el aire hasta Atyrau, donde paré a comprobar la presión. Estaba bien, así que seguí hacia la frontera, esperando llegar a Astrakhan antes del anochecer.

Conseguí evitar la tormenta de arena en Dossor, pero el cielo se estaba oscureciendo y parecía que llovía con fuerza hacia mi derecha. Aún hacía muchísimo calor y no quería perder el tiempo parando para sacar y poner la capa impermeable del traje, así que decidí arriesgarme. Al cabo de una media hora, la lluvia me pilló, gotas enorme que me empaparon el traje rápido. Por surte, no duró mucho rato y antes de acercarme a la frontera ya me estaba secando. Empezaba a tener confianza en llegar, pero entonces volvía a encontrar la parte mala de carretera hasta la frontera y me dí con un par de socavones; naturalmente, la rueda se deshinchó de nuevo. Me arrastré hasta unas barracas al lado de la carretera, pero no tenían nada con que hincharla. Otra vez en la carretera, paré una par de cabezas tractoras de Ucrania que conectaron una manguera al compresor del camión y me hincharon la rueda. Conseguí avanzar unos 10 km antes de que se deshinchase otra vez, la cosa se ponía fea. El sol se había puesto, estaba agotado y el neumático no parecía poder aguantar el aire más de 10km cada vez. Me arrastré 10 km más hasta la frontera con la rueda deshinchada y mientras esperaba que comprobasen los papeles hable con otro camionero que me hinchó la rueda. Estaba a sólo 30 km de la ciudad, pero la rueda se volvió a deshinchar cuando llegué al puente de pontones. Cruzarlo con la moto en perfectas condiciones fue complicado, cruzarlo ahora sin aire en la rueda fue terrorífico. La moto patinaba por todos los lados, y estuve a punto de ir al suelo más de una vez. Sudado y temblando, llegué al otro lado. Sólo me quedaban 20km para llegar, e intenté parar un coche para enchufar mi compresor a su toma de 12V, quizá sólo era el enchufe en la moto lo que fallaba y no el compresor, pero no se paró nadie. Al cabo de un rato vi una gasolinera y una chica que había parado a llenar el depósito me dejó intentarlo en su coche. Funcionó, y esa última carga fue suficiente para llegar al apartamento, donde Lex y Valentin me estaban esperando. Era casi medianoche y nunca en la vida me había alegrado tanto de ver a alguien. Me dieron de cenar, me duché y caí muerto en la cama.

 

Seguro y tarjetas SIM

Día 19 – Sábado 13 de julio – Astrakhan (0km)

Hoy pasé la mayor parte del día al teléfono, hablando con mi aseguradora en España para ver qué opciones tenía y cuál sería la solución más barata. Al final dijeron que podían hacer transportar la moto hasta España o repararla aquí, pero si elegía la segunda opción tendría que encontrar un taller y la pieza yo mismo.

Había estado mirando las opciones y decidí que no podía permitirme otra avería similar, pero no quería cancelar el viaje, sería una pena. Resulta que tengo otra llanta en Barcelona, y la aseguradora dice que me reembolsarían los gastos de enviarla a Astrakán, así que me decidí por esa opción. Después de más llamadas y whatsapps, me puse de acuerdo con mis padres para que me envíen la llanta via UPS o DHL, ya que ambas empresas tienen oficinas en Astrakán. El problema es que era sábado, así que todo estaba cerrado. Tendré que esperar al lunes para ver cuánto tardarán en enviarla. Entretanto, encontré un par de talleres que podrían cambiar la rueda y cuando llegue solo tengo que volver a llamar a la aseguradora para que lleven la moto a uno de ellos.

Así que estoy atrapado en Astrakán, pero al menos hay CouchSurfers muy simpáticos que harán mi espera en la ciudad más llevadera. Cuando llegue la llanta, veré cuánto tiempo y dinero me queda y decidiré cómo continuar el viaje.

Mientas espero, estoy intentando encontrar un sitio para desbloquear mi móvil y hacer que acepte tarjetas SIM rusas, ya que voy a pasar la mayor parte del resto del viaje en este país y las llamadas en roaming me han costado ya una fortuna, pero otra vez, no hay nada abierto hasta el lunes.

Entretanto, me fui a dar una vuelta y tomar unas cervezas y mañana iré a nadar.

 

Otro baño en el Volga y un tatuaje

Día 20 – Domingo 14 de julio – Astrakán (0km)

Hoy me pasé la mañana actualizando el blog, contando días y kilómetros para ver lo que puedo hacer una vez la moto esté reparada y envié un correo a Stephen Stallebrass, que hizo la misma ruta que estoy considerando yo ahora.

Por la tarde Dasha, una de los CouchSurfers de la cidad, me llevó a nadar en el Volga. Habíamos quedado en una parada de autobús al principio del puente que cruza el río a través de una isla que es donde están las playas, y caminé durante más de 6km en un calor de 40ºC para llegar porqué quería pasar por el centro andando en vez de coger un autobús.

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La playa fluvial hubiese sido un sitio genial si no fuese por el hecho de que había botellas vacías y plásticos por todas partes, parece que los rusos son incapaces de mantener un sitio limpio a parte de sus propias casas, lo que es una lástima, pues era un sitio muy bonito. Me di un baño y luego Dasha sacó un tubo de henna y empezó a practicar dibujando un tatuaje en su pierna. Me contó que quería sacarse un dinero extra haciendo tatuajes a la gente en la playa en verano, y cuando terminó me preguntó si podía hacerme uno en el brazo, así que me llevo un souvenir de Astrakán.

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De vuelta al apartamento, comprobé mi correo y vi que Stephen me había respondido, con algunos consejos sobre la ruta que tomó. También intenté encontrar información sobre cómo desbloquear el teléfono yo mismo, que puede ser más fácil que intentar explicar a un ruso en una tienda de telefonía lo que necesito. Más noticias sobre eso mañana.

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