El puente a ninguna parte

El pueblo de Riba-roja, en la provincia de Tarragona, se encuentra prácticamente en un callejón sin salida en lo que a comunicaciones por carretera se refiere.

La C12 es una carretera principal que siguiendo el Ebro deja atrás Ascó, con sus dos centrales nucleares, y llega a Flix, que hace una década hizo una triste aparición en los medios de comunicación cuando se descubrió que la planta química junto al río había estado contaminándolo con lodos altamente tóxicos, lo que dio pie a una operación de limpieza de la que aún hoy es visible el dique que se construyó para intentar contenerlos. Hacia el norte, la C12 lleva hasta la autopista y la autovía que conectan Barcelona y Madrid, la A2 y AP2. Hacia el noroeste, una carretera más pequeña sigue el río y las vías del tren Tarragona-Zaragoza hasta Riba-roja.

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El plan de emergencias nucleares de Tarragona, PENTA, preveía una ruta de evacuación hacia el norte en caso de que se produjera un incidente en las centrales de Ascó. Flix tiene la C12, pero el pueblo de Riba-roja no tiene nada más aparte de una estrecha carretera de montaña que serpentea hacia el oeste subiendo por la Serra de la Fatarella, por donde es complicado circular a más de 30 o 40 km/h, lo que implica que la única ruta de escape para los habitantes de Riba-roja es desandar el camino en dirección a las nucleares hasta Flix para poder tomar la C12.

Para resolver esta contradicción, en 1997 se construyó un nuevo puente. Con un coste de 800 millones de las antiguas pesetas, sus 350 metros de longitud salvan el Ebro y conducen hasta… nada. No se construyó absolutamente nada al otro lado del río, de modo que el único uso práctico del puente era que a partir de entonces los agricultores podían acceder fácilmente a sus huertos en la ribera norte sin tener que ir río abajo hasta el puente más cercano en Flix. Muy útil si uno vive en Riba-roja y tiene sus manzanos en la otra orilla, no tanto si lo que se quiere es salir pitando de la zona en caso de catástrofe nuclear en Ascó.

Yo había pasado por la zona varias veces, pero mi ruta siempre me llevaba hacia la carretera que sube a las montañas de Fatarella, y nunca había prestado atención a qué había al otro lado del puente, hasta que hace unos meses oí hablar de él en las noticias. Siento un tipo curioso, eché una ojeada a varios mapas y decidí que la próxima vez que estuviera por allí cruzaría el puente a ninguna parte e intentaría descubrir si de algún modo se podía conectar con Maials y de allí a Mequinenza sin tener que subir hasta Fraga. En los mapas parecía haber una serie de pistas y caminos al otro lado del río, del tipo que lleva a campos y huertos, así que imaginé que si encontraba la ruta adecuada, podría conseguirlo.

Unos meses más tarde estaba in situ, en la orilla norte del Ebro, contemplando el puente que acababa de cruzar y haciendo fotos para el blog. Desde debajo suyo se aprecia la magnitud de la obra y el desperdicio de dinero que había supuesto construirlo y no terminar la carretera al otro lado.

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Me sorprendió ver que al contrario de lo que había leído, la carretera no terminaba justo al final del puente, sino que seguía un medio kilómetro hasta encontrar una señal que advertía de que la carretera estaba sin pavimentar a partir de ese punto. Curiosamente, sí que lo estaba, simplemente era asfalto en muy estado, del tipo que se va desintegrando y convirtiéndose en gravilla, y un poco más adelante vi un indicador que confirmaba mis sospechas de que era posible conectar hasta Maials: un cartel que decía ‘Almatret’, que según los mapas es un pequeño pueblo en medio de la red de pistas que había visto.

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Sin embargo la cosa no iba a ser tan fácil, tras unos kilómetros de carretera estrecha y solitaria, el asfalto terminaba y desde aquel punto en adelante era sencillamente una pista en no demasiado buen estado, del tipo que un turismo ya no puede hacer. Avancé con cuidado, ya que iba solo con una moto pesada y sin cobertura de móvil por una pista que nadie parecía usar.

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El camino se fue empinando a medida que se alejaba del río y ascendía las colinas, y me empecé a preguntar cuánto faltaba para encontrar el pueblo o que el tema se tornase demasiado complicado y tuviera que dar la vuelta y regresar al puente. Por suerte la pista parecía haber llegado a una cota más alta y volvía a allanarse. Enfrente de mi vi una granja con un turismo aparcado en la entrada, lo que significaba que la pista a partir de allí tenía que ser más sencilla.

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Lo era. Unas curvas más adelante encontré una carretera bien asfaltada que empezaba a las afueras del pueblo que había estado buscando. En el centro pregunté a un abuelo sin camisa y una barriga imponente si era posible llegar a Mequinenza desde allí. Me alegré de escuchar que lo era y presté atención a las indicaciones, intentando recordar los detalles. Salí del pueblo por una buena carretera en dirección a Maials, que imaginé que era la carretera a la que tenía que llevar el puente algún día.

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Allí tenía que girar a la izquierda y encontrar una pista que llevase a un lugar llamado La Granja d’Escarp. En el GPS la pista que se supone que tenía que tomar era una de muchas entre Maials y donde yo quería ir, así que antes de llegar a Maials me la jugué y me metí en la primera pista que parecía en buen estado para atajar.

Mala idea. Me metí en un laberinto de pistas y caminos que no hacían más que empeorar hasta que se convertían en caminos que se perdían. Daba igual cuál tomara, ninguno parecía llevar a ninguna parte y mucho menos al pueblo que quería encontrar. No queriendo tener que desandar el camino hasta Almatret, tuve que meter la moto por algún paso complicado y seguí el mapa lo mejor que pude para llegar a la carretera principal justo pasado Maials.

Justo antes de llegar a esa carretera, encontré otra más pequeña y asfaltada y un poco más al oeste encontré un indicador a La Granja d’Escarp. Era la carretera que había estado buscando, debería haber ido hasta Maials en vez de meterme en las pistas.

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A pesar de estar asfaltada era poco más que una pista con algo de pavimento, pero era mucho mejor que los caminos por los que había llegado. Tras una suave y larga pendiente, llegué a La Granja d’Escarp, a orillas del Segre, que seguí hacia el sur hasta llegar al punto donde confluye con el Ebro y donde encontré Mequinenza.

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Había sido un recorrido emocionante, pero no podía imaginar que la ruta que había seguido por pistas forestales fuese de mucha ayuda en caso de un incidente nuclear, por mucho puente que hubiese. Afortunadamente, la razón por la que había oído hablar del puente en las noticias era que el proyecto para terminar la carretera se había reactivado y ya se habían hecho los estudios del terreno y ambientales necesarios para la aprobación del proyecto. Esperemos que Riba-roja no sea un callejón sin salida por mucho más tiempo.

Las llaves equivocadas

Día 1 – Sábado 28 de marzo – De Barcelona a Villarroya de los Pinares (415km) – [MAPA]

Eran las 8 de la mañana del sábado y estaba tardando más de lo previsto en cargar la moto… Además de todas mis cosas, tenía que llevarme el traje, las botas y el casco de Nat, y también había decidido coger el material de acampada por si acaso, ya que no había reservado hoteles ni hostales para todas las noches. Mi moto duerme en la calle, frente al portal, así que no podía dejarlo todo en la moto la noche anterior y simplemente levantarme y ponerme en camino. Para cuando estaba todo listo, ya llegaba tarde al encuentro con mi compañero de ruta para el primer día.

Un amigo mío acababa de comprarse una V-Strom y habíamos comentado la posibilidad de hacer algo juntos para Semana Santa, pero él sólo tenía cuatro días de vacaciones, así que le propuse venirse el primer día hasta la casa que mi familia tiene en Teruel, y luego volverse a Barcelona cuando yo siguiese hacia Hervás, al otro lado de la Sierra de Gredos.

Quedamos a las 8 de la mañana y yo llegué 20 minutos tarde… ¡para encontrarme con que no había nadie allí! Miré el móvil y vi que me había llamado y mandado un mensaje: se había dejado algunas piezas de su GoPro nueva y había vuelto a casa a por ellas. A mí también me habían regalado una GoPro para mi cumpleaños, y a diferencia de la que me robaron durante la gran ruta, esta tenía un mando a distancia que me había montado en el manillar para poder grabar en marcha sin arriesgarme a pegármela buscando el botón, y me moría de ganas de probarla en este viaje, así que no era quién para quejarme.

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Al final salimos sobre las nueve, un poco más tarde de lo previsto, pero no pasaba nada, teníamos donde dormir y todo el día por delante. Debo confesar que había sido excesivamente optimista a la hora de planear la ruta, y la idea inicial de usar sólo carreteras secundarias toda la ruta parecía exagerada ahora, sobre todo al no ir yo solo, ya que pararíamos a menudo a probar las cámaras, así que decidimos saltarnos la parte más cercana a Barcelona (siempre la podemos hacer cualquier finde) y coger la autopista de la costa para llegar más rápido a las partes interesantes.

Me arrepentí de esa decisión casi al instante… No era solamente que la autopista fuese mortalmente aburrida, sino que además hacía un viento tremendo, y tuvimos un par de sustos cuando una ráfaga imprevista casi nos tira de las motos. Finalmente llegamos a Reus, y de allí hasta Flix para comenzar con las primeras carreteras interesantes del día.

Pasado Flix hay una carretera que lleva a Riba-roja, primero bordeando el embalse con el mismo nombre, y luego subiendo por las montañas donde tuvieron lugar algunas de las batallas decisivas de la guerra civil. Es una carretera pequeña y revirada que no usa nadie, y después del aburrimiento de la autopista y ya sin viento, empezamos por fin a divertirnos. Al llegar a la parte alta de las montañas hay una pista forestal que sale a la derecha y lleva hasta los restos de unas trincheras que se construyeron para defender la zona durante la guerra. Parece ser que la falta de coordinación e información mala hicieron que nunca se llegaran a usar, a pesar de que las tropas franquistas penetraron las líneas por una zona cercana. El lugar bien vale una visita, no solo para ver las trincheras sino también para admirar las vistas al embalse.

Hicimos turnos para ir delante y grabarnos el uno al otro, y me alegré de ver que el invento del mando funcionaba. Al principio probé con la cámara montada en el top case, para que se me viese desde detrás sobre la moto, y luego la puse en el casco, que me gustó más, pues me daba más flexibilidad para encuadrar cosas distintas. Fue en una de estas paradas para comprobar las cámaras, mientras hurgaba en la bolsa del depósito, cuando me di cuenta de que me había llevado las llaves que no tocaban.

No podía creerlo… era casi la hora de comer, y estábamos demasiado lejos de Barcelona como para pensar en dar media vuelta. Llamé a mi padre por si algún vecino podía tener una copia de las llaves, pero nadie las tenía. Se lo expliqué a Gerard y decidimos seguir de todos modos y buscar un sitio donde dormir. Más aventura.

Su familia es de un pequeño pueblo en la zona donde estábamos llamado Bot, así que propuso parar a comer allí, ya que conocía un buen restaurante. Mientras dábamos cuenta de un asado excelente miramos algunos sitio as para pasar la noche con los móviles, pero todo era demasiado caro o estaba reservado ya. Al final conseguimos la dirección de un hostal en Teruel y decidimos hacer noche allí.

La copiosa comida nos pasó factura, y nos sentíamos un poco pesados sobre las motos bajo el sol de media tarde. Fuimos hasta donde empieza el Maestrazgo, un macizo que se extiende desde el sur de Cataluña hasta casi Teruel y que ofrece un laberinto de carreteras que suben y bajan por valles y gargantas y se elevan hasta planicies y puertos de montaña para ofrecer unas vistas excelentes. Es una zona muy despoblada, y uno puede pasar horas sin cruzarse con otro coche, lo que hace del lugar el sitio ideal para disfrutar a fondo de una moto.

Después de Valderrobres tomamos una carretera estrecha montaña arriba, donde cambiamos de moto. Era un experimento que tenía ganas de hacer, ya que ambas motos eran exactamente el mismo modelo de 2007 (incluso el color) pero la mía pasaba de los 130.000 km y la suya apenas estaba rodada (encontró un chollazo). Me alegré mucho de ver que aparte de que el acelerador y el embrague iban más suaves (mi culpa, debería haber cambiado o al menos lubricado esos cables hace mucho), no había apenas diferencias entre las motos. Me acordé de todos los artículos que había leído, alabando la “calidad” de materiales y acabados de otras motos y me pregunté qué sería de esa  calidad percibida si las trataran como ha vivdo la mía. Una diferencia que noté era que la suspensión de serie era mucho más blanda de lo que recordaba, hundiéndose de forma notable en las frenadas comparada con la mía que llevaba unos muelles Hyperpro más duros. Cambiar a unos mejores es sin duda una buena inversión en una V-Strom.

Nos las cambiamos de nuevo y seguimos hasta encontrarnos con las secuelas de las fuertes lluvias que habían afectado la zona. Por todas partes los campos estaban anegados, el barro había cubierto parte de la carretera, lo que hacía complicado el negociar curvas sin visibilidad, y había piedras y rocas en la carretera de vez en cuando. Al tomar una carretera aún más pequeña nos encontramos con un cartel que avisaba de que la carretera estaba cortada. Era sólo el cartel, no había ninguna barrera, así que decidimos arriesgarnos y pasar para evitar un largo rodeo. Fuimos con cuidado y al cabo de unos poco kilómetros vimos qué había pasado: había habido desprendimientos que tapaban la mitad de la ya de por sí estrecha carretera, así que un coche no hubiera podido pasar, solo un 4×4 con dos ruedas por el montón de barro. Al cabo de un rato también vimos un trozo de carretera que se había hundido en el torrente.

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Ya en una carretera más grande y de camino al sur, paramos en un lugar llamado Santuario de la Balma, un monasterio construido debajo de una roca enorme. Recuerdo cuando lo vi por primera vez en otro viaje por esta zona, pero en aquella ocasión había obras en la carretera de acceso y no pude visitarlo. Me temía que la situación se iba a repetir por culpa de la lluvia, pero esta vez estaba abierto.

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Al bajar de las motos casi nos damos una ducha por culpa del agua que goteaba de la montaña. Dentro del monasterio la situación era aún peor: el agua se filtraba a través de las paredes y goteaba del techo, sobretodo donde el techo se unía a la roca. Me sorprendió que mantuviesen el sitio abierto. De salida paramos a jugar con el perro “guardián” y a hacer algunas fotos y nos pusimos de nuevo en camino.

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A estas alturas estaba claro que no íbamos a llegar a Teruel de día, lo que era una lástima, ya que última parte del trayecto a través del Maestrazgo brinda unas vistas sensacionales de la puesta de sol. Nos dimos prisa, intentando conseguir algunas fotos del atardecer, pero poco después de Cantavieja, que está aproximadamente a medio camino, nos cogió la noche. La temperatura cayó rápidamente, y llegados a esta punto estábamos a suficiente altura para encontrar nieve en los bordes de la carretera. En un tramo largo y rápido de la carretera, yendo yo delante, un par de perros salieron de la nada justo delante de mí. Frené fuerte, y por suerte se dieron media vuelta y no se me cruzaron. Me fue de poco, los frenos de estas motos son poco más que una broma, y chocar contra un perro grande a esa velocidad es un accidente serio. Ese fue el momento de decidir que ya bastaba, nos quedaba aún una hora hasta Teruel, era negra noche y no tenía sentido seguir apretando en el primer día del viaje. Hora de buscar dónde dormir.

Pensaba que sería difícil, ya que hay sólo unos pocos pueblos en la zona y son todos pequeños, pero en el segundo que atravesamos después de tomar la decisión de parar a pasar la noche vi un cartel en la entrada del bar del pueblo que decía que tenían habitaciones, y paramos a preguntar. Los parroquianos nos miraron como si acabásemos de aterrizar de otro planeta, a esas horas de la noche y vestidos con todo el equipo de moto, entrando en un bar donde no había nadie aparte de los pocos que vivían en el pueblo. Conseguimos una habitación barata con dos camas y después de cenar la fritanga local, unas birras y un gintonic nos fuimos a dormir.