Preparados, listos… ¡ya!

Día 12 – 6 de enero – de Algeciras a Barcelona (1151km)

Eso es más o menos lo que Esteve quería hacer en el momento en que bajara la rampa del ferry: retorcer el puño del acelerador y no soltarlo hasta llegar a Barcelona. Era un trayecto muy largo, más de lo que habíamos hecho hasta Almería al inicio del viaje, que habían sido poco más de 800km y nos había llevado más de lo esperado. Estábamos hablando de casi 1.200km, una distancia que habíamos previsto cubrir en dos días, con una parada en Ademuz, donde tenemos una casa de la familia, cosa que nos permitiría ahorrarnos el coste de una noche de alojamiento.

Esteve, sin embargo, ya estaba cansado de tantos días sobre la moto e insistió en que quería llegar a casa lo antes posible, y si eso suponía hacerlo del tirón, pues que así fuera, tendría todo el fin de semana para deshacer las maletas, relajarse y prepararse para la vuelta al trabajo el lunes, una vuelta que preveía estresante. Intenté disuadirlo, pero había otros factores a tener en cuenta. ¿Os acordáis del problema con la suspensión de Gerard? Tanto él como Raluca no estaban demasiado entusiasmados con la idea del largo camino de regreso, incluso si era en dos jornadas, así que le estaban dando vueltas a la idea de llamar al seguro de la moto con el pretexto de la chapuza de la reparación, mandarla de vuelta a casa y viajar hasta Barcelona a cargo del seguro, incluso pasar un día visitando Granada antes de todo ello. Además, debo confesar que en este punto yo tenía parte de culpa de los planes que estaban haciendo tanto Gerard como Esteve, pues unos días atrás había descubierto que me había dejado las llaves de la casa, de modo que si volvíamos en dos etapas nos teníamos que costear una noche de hotel de todos modos.

La noche anterior Esteve ya había decidido que volvía del tirón, y yo empezaba a plantarme hacer lo mismo. Gerard y Raluca dijeron que tomarían la decisión al bajar del ferry, de modo que decidimos que lo mejor sería despedirnos en el barco y empezar la vuelta nada más salir del puerto.

Teníamos ya las tarjetas de embarque que recogimos el día anterior, de modo que esta vez no fue necesario madrugar tanto; el ferry salía a las 9am y solo era necesario estar en el puerto media hora antes. Además, era el día de reyes, así que todo el mundo estaría en casa abriendo los regalos con la familia, con lo que no esperábamos colas para embarcar ni tráfico para cruzar la península.

Una vez atravesadas las cabinas de control de las tarjetas de embarque me esperaba ir directo a la cola para subir al ferry, pero en lugar de ello vimos que había que pasar un control de aduanas. Pensé que este tema ya estaba zanjado al haber atravesado la frontera de entrada a Ceuta pues, al fin y al cabo, ya estábamos en España y territorio comunitario, pero parece que las autoridades tenían otro punto de vista.

La barrera estaba bajada y no parecía que hubiera nadie en la caseta, así que nos tocó esperar hasta que apareció un guardia civil medio dormido y claramente frustrado por tener que trabajar en tan señalada fecha en lugar de estar en casa con los niños. El único vehículo delante nuestro era una furgoneta grande con matrícula belga y con un solo ocupante de aspecto árabe. Creí que la policía iba a hacer un control rutinario rápido, pues faltaban 10 minutos para la salida del ferry, había muy pocos coches en la fila y, como ya he dicho, ya estábamos en España. Sin embargo, de dentro de la caseta apareció otro policía con un perro y le pidieron al de la furgoneta que abriera la parte posterior, hicieron subir al perro y éste se dedicó a olisquear toda la caja. En ese preciso momento recordé que la noche anterior había dejado lo poco que sobró del bocadillo en el bolsillo de mi chaqueta, que estaba plegada y guardada en la maleta izquierda. ‘Vale’, pensé. ‘No pasa nada, es una minucia, para uso propio y tal puedo decir si el perro huele algo… esas cantidades se toleran habitualmente en España.’

El perro terminó con la furgoneta, el conductor arrancó y se fue hacia el barco. El policía con el perro miró las tres motos, el perro estaba mirando al mar, el policía miró al resto de coches en la corta cola, nos volvió a mirar y nos hizo el gesto de que pasáramos. El perro no dejó de mirar al mar en ningún momento.

Con un suspiro de alivio seguimos adelante hasta topar con otro control antes del maldito barco, esta vez con una empleada de la naviera y otro agente de aduanas, comprobando los pasaportes. Ya había guardado el mío, y cuando paré la moto y empecé a abrir cremalleras para sacarlo de nuevo, el policía me miró, yo con el casco y las gafas de sol puestas, solo con el bigote asomando un poco, y me preguntó con un espeso acento del sur: ‘¿Tu eres español?’ ‘Sí’, le dije, y me respondió ‘pues tira’. Seguridad de la buena.

El ferry era un catamarán rápido y en menos de una hora de trayecto bien movido a través del estrecho estábamos en Algeciras. Nos habíamos despedido ya y estábamos listos para salir, al final iba a volver del tirón con Esteve.

Bajaron la rampa, abrimos gas y salimos al muelle, listos para lanzarnos a la carretera y devorar kilómetros lo antes posible, eran las 10 de la mañana y teníamos al menos unas 12 horas de moto por delante. Giramos hacia la salida del puerto y encontramos… otro control de aduanas. ¡Otra vez! Esta vez había cinco o seis coches delante de mí, y el policía con el perro (sí, había otro perro) lo estaba haciendo olisquear cada coche en la fila. Cuando hubo terminado con el coche de delante, miró la moto y me hizo el ya familiar gesto de que pasara, tras lo cual se puso a examinar el coche siguiente. Pasar fronteras en moto es lo mejor.

Finalmente salimos del puerto y comenzamos la larga vuelta a casa. Usamos una combinación de autopistas y autovías en busca de la forma más rápida y barata de volver a Barcelona, y decidimos que pararíamos solo a repostar y una vez para comer a mediodía. El cielo estaba nublado y había posibilidad de lluvia en el sur de España, pero en cuanto dejamos atrás la costa el cielo se aclaró y nos dejó un día perfecto para ir en moto, si bien la temperatura no subió en ningún momento de los 12ºC. En la segunda parada para llenar el depósito me tuve que poner toda la ropa que había usado en el trayecto de bajada, llevábamos una hora a 1.000m por encima del nivel del mar y me estaba congelando. La cosa mejoró a medida que volvimos a acercarnos a la costa pasado Murcia, pero duró poco. La noche nos cogió al sur de Valencia, y finalmente llegué a la puerta de casa a las 10:20pm, tras haberme separado de Esteve en Vilafranca. Habíamos hecho 1151km en 10 horas y 26 minutos según el GPS, el trayecto más rápido en las dos semanas de viaje.

Al levantar la vista del GPS vi a Nat, que llegaba a casa con pizza y cerveza como regalo de bienvenida. ¡Eso sí que es amor!

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Espejito, espejito

Día 11 – 5 de enero – de Chefchaouen a Ceuta (104km)

Visitamos de nuevo la medina por la mañana para ver más con luz natural; ofrecía un contraste interesante con la tarde anterior. Era temprano y casi todas las tiendas estaban aún cerradas o empezaban a abrir, y las calles estaban muy tranquilas.

Esta vez la atravesamos hasta el límite este de la ciudad, donde hay unas pequeñas cascadas con un sistema de captación de aguas muy antiguo, un buen ejemplo de ingeniería hidráulica por la que destacó en su día la cultura árabe, y un par de fregaderos públicos. Estas instalaciones se encuentran aún con relativa facilidad en muchos pueblos de España, aunque casi ninguno cumple ya su función original. Algunos están en secos y en ruinas, otros han sido restaurados como parte del patrimonio del pueblo, pero aquí seguían en uso: unas pocas mujeres estaban lavando a mano mantas, sábanas y alfombras en el agua helada.

Poco después de tomar la carretera principal hacia la frontera con Ceuta encontramos gente al borde de la carretera gesticulando y haciendo ofrecimientos obvios a que les compráramos material para bocadillos. El día anterior había leído en un blog una advertencia contra una estafa común: esa gente ofrecía cantidades considerables del producto a precios muy bajos, de modo que los turistas caían en la tentación de comprarlo, sobre todo los que iban hacia el sur a empezar su periplo marroquí, no hacia la frontera como nosotros. Una vez han escondido el material en el vehículo y siguen con su ruta, el vendedor llama por teléfono o por radio a una patrulla policial con la que tiene un acuerdo y que paran al iluso turista en un control un poco más adelante. Encuentran el material de inmediato, cuya cantidad es suficiente para suponer problemas serios, incluso una visita a un calabozo, y exigen un soborno a cambio dejar en libertad a la víctima. Los turistas suelen tener que aflojar entre 300 y 400 euros a cambio de poder seguir con su camino, y la policía devuelve el material requisado al vendedor para volver a iniciar la estafa con el siguiente grupo de chavales en búsqueda de la experiencia marroquí.

Yo me había olvidado por completo de nuestro propio material; tan solo queríamos comprar un poco, lo justo para la noche anterior, porque sabíamos que hoy íbamos a la frontera y, naturalmente, no queríamos arriesgarnos, pero nos habían dado suficiente para varios bocadillos y tras el primero nos habíamos ido todos a la cama sin pensar más en el asunto.

Entretanto, en la carretera principal de camino a Tetuán, mi moto acusó finalmente el estado de las carreteras de Marruecos. Hasta el momento habíamos tenido incidentes con la moto de Gerard (el tema del guardabarros y del faro) y con la de Esteve (su cuentarrevoluciones había decidido recalibrarse a sí mismo 2.000rpm por encima de donde debería estar durante buena parte del viaje). El país estaba resulto a no dejarme ir sin pasar por el tubo yo también, y a pocos kilómetros de la frontera, mientras iba el último del grupo, se me aflojó el retrovisor izquierdo. Era como llevar una banderola en el manillar y no podía ver el tráfico detrás de mí, algo bastante peligroso en estas carreteras, así que adelanté al grupo y paramos para apretarlo.

Tetuán fue larga de cruzar, y eso que íbamos por una avenida que la rodeaba, ni siquiera nos acercamos al centro, pero el denso tráfico y controles policiales cada pocos cientos de metros ralentizaban nuestro avance. Decidimos evitar la autopista hasta la frontera para ahorrar algo, ya que la nacional suponía tan solo unos minutos de más, y la ruta que tomamos nos brindó unos contrastes interesantes. A lo largo de unos 40km fuimos paralelos a la costa, con vistas a algunas de las edificaciones con diferencia más caras que habíamos visto en todo el viaje. Eran resorts de playa encadenados uno tras otro a ambos lados de la carretera, nada que ver con los edificios decrépitos en la zona de la frontera en Melilla, pero el contraste más fuerte estaba en las colinas a nuestra izquierda, más allá de los resorts. En algún lugar de esas montañas, en condiciones infrahumanas en campos improvisados, miles de personas que habían cruzado gran parte del continente africano en busca de una vida mejor aguardaban con la esperanza de poder cruzar la frontera con Ceuta y pisar territorio de la UE. Habíamos visto en la prensa que tan solo unos días antes de llegar nosotros un grupo de más de 1.000 subsaharianos habían asaltado la valla que separa Ceuta de Marruecos, situación que había requerido la intervención de la policía de ambos países. La técnica es intentar saltar la valla en grandes números, de modo que al menos algunos tengan la oportunidad de llegar al otro lado. La cosa terminó con varios heridos en ambos bandos y tan solo dos inmigrantes logrando superar la valla, para terminar en el hospital a causa de las heridas.

En estas fechas, al menos en España, todo el mundo compra lotería; es una tradición muy extendida y la gente intenta conseguir boletos de todas partes, víctimas de esa especie de chantaje psicológico: “¿y si cae aquí, y si cae allí…?” Se compran boletos en el trabajo, en el bar de toda la vida, en la escuela de los chavales, a dónde sea que viajan en las semanas previas al sorteo, en todo tipo de clubes y agrupaciones… Hace tiempo que yo he dejado de malgastar dinero en ello porque me di cuenta de que ya me ha tocado el gordo en la lotería de la vida. Mientras avanzaba hacia la frontera de Ceuta pensaba que yo no era distinto de toda la gente que había encontrado viajando por países menos afortunados que el mío. Podría haber nacido en cualquier lugar del mundo, pero tuve la increíble suerte de ir a parar al primer mundo, a una buena ciudad, a una maravillosa familia. No somos conscientes del enorme privilegio que eso supone, de que la realidad que vivimos no es la realidad del planeta Tierra. Somos una minoría afortunada y lo olvidamos demasiado a menudo. Todos deberíamos tomarnos unos instantes para apreciar lo que tenemos.

Esta vez la frontera estaba mucho mejor organizada que en Melilla. También encontramos tipos intentando vendernos formularios de inmigración y conseguir dinero para ayudarnos a rellenarlos, pero teníamos todos los papeles listos y pasamos de largo hacia el interior del recinto, donde, a diferencia de Melilla, no se les permitía la entrada, de modo que pudimos hacer cola en paz hasta que nos sellaron los pasaportes y tramitamos la salida de las motos del país.

El trámite completo duró una media hora, y la entrada en España tan solo requirió enseñar el pasaporte. No fue hasta ese momento cuando, con un destello de pánico, me acordé del material para bocadillos y me pregunté si Gerard lo había cogido o lo había abandonado en el apartamento para evitar riesgos en la frontera. Por suerte, nadie parecía interesado en registrar a cuatro tipos en moto y con cara de cansado, y pasamos sin incidente alguno. Cansado y con ganas de pillar la ducha del hotel, se me olvidó de nuevo rápidamente preguntar por el asunto.

El día siguiente era 6 de enero, y encontramos la ciudad preparada para dar la bienvenida con el habitual desfile por sus calles a los Reyes Magos de Oriente, que vienen a traer regalos al niño Jesús o algo así. Resulta que sus Majestades ya habían llegado a Ceuta a media tarde y se alojaban con todo su séquito en nuestro hotel, de modo que a nuestra llegada encontramos una horda de críos y padres haciéndose fotos con ellos en el vestíbulo antes del desfile. Tras una merecida ducha nos escapamos a cenar, a por unas cervezas y un bocadillo.

Fue entonces, mientras celebrábamos el fin de nuestro viaje con las muy ansiadas cervezas y sentados  en una terraza con vistas al mar desde donde se adivinaba la silueta de las colinas que rodean Chefchaouen en el horizonte, cuando le pregunté a Gerard qué había hecho con los ingredientes. Me dijo que lo había escondido en la punta del dedo meñique del guante de la moto.

Volubilis y Chefchaouen

Día 10 – 4 de enero – de Moulay Idriss a Chefchaouen (181km)

Los cortos días de invierno hacían que pasáramos la mayor parte de las horas de luz en la moto con poco o nada de tiempo para visitar cosas una vez llegados a destino, de modo que desde Marrakech habíamos empezado a hacer jornadas más cortas y hacer turismo durante el recorrido.

Hoy teníamos un tramo particularmente corto y teníamso previsto ver dos cosas. La primera eran las ruinas de Volubilis, un importante asentamiento romano dos kilómetros a las afueras de Moulay Idriss, antigua capital del reino de Mauritania y el sitio exacto en el que Moulay Idriss I llegó en el siglo VIII y estableció el Islam en Marruecos, pues la actual ciudad de Moulay Idriss Zerhoun no se construiría hasta dos siglos más tarde.

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Gran parte del material empleado en la construcción de la nueva ciudad se tomó de Volubilis, y actualmente los restos más importantes que han quedado son la basílica y el templo de Júpiter Capitolino, así como el arco de triunfo.

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La ciudad pasó a formar parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1997, y a la hora en que llegamos nosotros se encontraba desierta, sin otros turistas ni nadie ofreciéndose a hacernos de guía. Pasamos más de una hora deambulando entre las ruinas, apreciando la extensión del lugar, la situación privilegiada al pie de las colinas, entre dos arroyos (llamados wadis aquí), con una amplia extensión de tierra fértil más allá de sus muros.

El sol iba ganando altura y con toda la ropa de moto que llevábamos encima decidimos que empezaba a hacer demasiado calor para la visita y enfilamos la carretera hacia nuestro próximo destino; Chefchaouen, la ciudad azul.

Durante la siguiente hora la carretera era bastante monótona, pero pasado Ouzzane entramos en la zona del Riff y las cosa mejoró mucho: valles verdes, carreteras de curvas, buen paisaje… todo lo necesario para un trayecto interesante hasta Chefchaouen.

img_0045Una vez a las afueras, viendo que era solo la una del mediodía y que Ceuta, donde se supone que íbamos a pasar la siguiente noche antes de tomar el ferry de vuelta a casa, estaba a tan solo 100km más, tuvimos un debate entre seguir con el plan establecido y quedarnos en Chefchaouen o visitarla rápido y seguir hasta Ceuta. Gerard y Esteve estaban ya cansados de tantos días sobre la moto y la idea de llegar a casa un día antes les resultaba tentadora, pero yo quería visitar Chefchaouen sin prisas y descansar un poco. En cualquier caso, avanzar el plan un día suponía cancelar la reserva en Chefchaouen, avanzar la de Ceuta y cambiar el billete de ferry, sin garantías de que pudiéramos recuperar el dinero en ninguno de los tres casos. Esto pareció razón suficiente para convencerlos de seguir con el plan y entramos en Chefchaouen en busca de nuestro alojamiento.

Esta vez habíamos reservado en un sitio llamado Villa Rita, una casa de huéspedes a 15 minutos a pie de la medina. Tardamos un buen rato en encontrarla, pues no teníamos una dirección exacta y la situación en el GPS era aproximada. Además, cuando llamamos a la puerta no había nadie. Por suerte, tras una llamada, el encargado apareció y la cosa mejoró muy rápido. Teníamos sitio para aparcar las motos dentro de la casa, en lugar de habitaciones teníamos un apartamento entero para nosotros, había calefacción, una chimenea en el comedor, wifi que funcionaba bien en todas las habitaciones y agua caliente en el baño. De lejos el mejor sitio de todo el viaje.

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Con unas cuantas horas de sol aún por delante bajamos a visitar la famosa ciudad azul, llamada así porque prácticamente todas las casas están pintadas de este color y algo de blanco, dándole un aire único y precioso a la medina. Nos contaron que el motivo es porque se supone que el color azul repele los mosquitos, mientras que el blanco cumple la ya conocida función de mantener los edificios frescos durante el calor del verano.

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La medina era mucho más grande de lo que nos esperábamos y, a pesar de ser una de las atracciones más grandes de la parte del país donde nos encontrábamos, no había demasiada gente en la calle, así que disfrutamos de un agradable paseo hasta el anochecer.

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Chefchaouen también es conocida por ser el centro de una de las principales regiones productoras de cannabis del país, y los turistas reciben ofrecimientos sin tapujos para comprar el producto por todas partes de la medina, así como la posibilidad de visitar las plantaciones.

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Al contrario de lo que cree la mayoría de la gente, no es fácil, por no decir imposible, encontrar cannabis fuera de esta región, y no es legal plantarlo ni venderlo en Marruecos. Sin embargo, siglos atrás, algunas familias obtuvieron un permiso especial del rey en el Riff, y en la actualidad la región se sigue valiendo de ello.

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Como parte de nuestra experiencia en Marruecos decidimos comprar un poco de… ¡Epaaaa! Un momento. Se supone que esto es un blog para todos los públicos. OK, a modo de guiño a How I Met Your Mother, digamos que decidimos comprar “bocadillos” de uno de los tipos en la plaza principal.

Se fue a buscar a un amigo, que nos dijo que le siguiéramos a un rincón menos concurrido e inmediatamente empezó a charlar. Nos contó que era algo así como la celebrity local, ya que había aparecido en un clásico del cine español de finales de los 80, ‘Bajarse al moro’. Para aquellos que no lo recuerden, en la película una jovencísima Verónica Forqué, que se gana la vida vendiendo bocadillos en Madrid viaja a Chefchaouen a por ingredientes. Nuestro amigo había hecho el papel del niño que se ofrece a llevarla a la montaña a ver las plantaciones y comprar material. Como hablaba español, el director encargó además al chaval la tarea de encontrarle todos los extras para las escenas con gente, y desde entonces, los turistas españoles asocian su cara con los bocadillos, así que, según él, se vio ‘forzado por la vida a dedicarse a ese negocio’.

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No queríamos comprar mucho, solamente para probarlo, pues íbamos ya de vuelta y al día siguiente pasábamos la frontera, así que conseguimos convencerle para comprar poca cantidad y de vuelta al apartamento vimos que era tan bueno que con solo bocadillo tuvimos suficiente y caímos rendidos en la cama.

La ciudad sagrada

Día 9 – 3 de enero – de Kasba Tadla a Moulay Idriss (308km)

Hoy teníamos una jornada corta por delante, así que armados con las recomendaciones de nuestro huésped partimos temprano y dejamos la carretera principal para adentrarnos en el Atlas Medio a través de unas carreteras muy atractivas. Esto no quiere decir que la nacional fuese aburrida como el día anterior, esta vez atravesaba campos verdes, tenía más curvas y mejor paisaje, haciendo del inicio del día una experiencia especialmente agradable.

Cuando alcanzamos la ciudad de Kenifra nos desviamos a la derecha y empezamos a ganar altura por carreteras estrechas en busca de a nuestra primera parada, un lago llamado Aguelmame Azigza. Los espacios abiertos de campos verdes dejaron lugar a bosques de cedros, y el paisaje estaba salpicado de placas de nieve aquí y allí, incluso encontré hielo al parar en un cruce para comprobar si íbamos por buen camino.

img_1974Me detuve en el espacio sin asfaltar en medio de la bifurcación entre las dos carreteras sin advertir que había una placa de hielo debajo de mí y al poner el pie en el suelo casi caemos la moto y yo. Por suerte, salvé el resbalón a tiempo y avancé unos metros hacia terreno más seguro.

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Encontramos el lago unos pocos kilómetros más adelante por una carretera aún más estrecha que terminaba por convertirse en una pista sin asfaltar unos centenares de metros antes del agua. Estaba al fondo de un valle abierto con unas pocas tiendas de pastores nómadas en sus laderas, desde donde nos llegaban los balidos de algunas ovejas. Dejamos las motos en la pista y bajamos a pie hasta la orilla. Enseguida vimos que había sido una buena idea no intentar meter las motos hasta allí, pues lo que a primera vista parecía terreno seco era en realidad una arcilla grisácea muy resbaladiza, tanto que incluso a pie casi vamos al suelo en numerosas ocasiones.

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Cuando volvimos a las motos descubrimos que teníamos visita. Un mono había salido del bosque y estaba curioseando alrededor de las motos, probablemente buscando comida. Gerard le dio unos dátiles que había comprado en Ouarzazate y cuando fuimos a subir a las motos nos dimos cuenta de que se había subido a las tres, dejando manchas de barro en los asientos. Suerte que no habíamos dejado los guantes, bragas, cascos, etc. sueltos en la moto, o seguramente se los hubiera llevado.

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Una vez dejado el lago atrás, la carretera se volvía peor, aún con asfalto, pero con la superficie tan rota que nos obligaba a ir lentos. En uno de los peores socavones la suspensión delantera de la moto de Gerard se comprimió por completo y el guardabarros se enganchó en la barra que une ambos lados de las defensas, de modo que no podía extenderse de nuevo. En un momento de puro pánico, sintió que había perdido la dirección casi por completo, pero, afortunadamente, iba bastante lento y se pudo detener sin problemas. Cuando estaba a punto de bajar de la moto, el guardabarros se liberó y la suspensión se extendió de golpe, haciéndole perder el equilibrio y casi tirándole a él y a Raluca al suelo.

Unos meses atrás, había tenido un accidente en esa misma moto. Nada serio, pero tras reparar la moto notaba vibraciones en el manillar y la había llevado a dos mecánicos distintos que habían comprobado la rueda y no habían encontrado nada. En el viaje de bajada a Marruecos, sin embargo, yendo a su lado en rectas mientras hacíamos vídeos, se podía apreciar a simple vista que la rueda no giraba como debería. Mientras arreglaba el problema con el faro en Errachidia estudié las barras de la suspensión desde arriba y estoy bastante seguro de que estaban ligeramente dobladas hacia atrás. El incidente con el guardabarros confirmó mi sospecha. La suspensión se había doblado lo justo para que el guardabarros se acercara demasiado a la barra de las defensas.

Estábamos a tan solo unos kilómetros de nuestro siguiente destino, los manantiales de Oum-er-Rbia, así que decidimos seguir con precaución y ocuparnos del problema allí.

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Los manantiales están situados en unas gargantas rocosas y hay 47 puntos distintos de donde mana el agua. 40 de ellos son de agua dulce, y los otros 7 son de agua salada por los minerales en esa parte de la montaña.

img_2008Había algo de infraestructura de cara a los turistas, con paradas hechas de madera y paja, pero la mayoría estaban vacías; era un lugar apartado de las rutas principales y parecía que no estábamos en temporada alta. Había un par de mujeres vendiendo pan y algunos sitios ofrecían un Tajín que olía a cielo, pero habíamos desayunado abundantemente y no íbamos a comer de nuevo hasta llegar al destino final de día, así que tuvimos que rechazar educadamente las insistentes ofertas de nuestro guía, un tipo que había insistido en enseñarnos el lugar desde el momento en que habíamos aparcado las motos.

De vuelta a ellas, sacamos las herramientas y nos pusimos manos a la obra para desmontar el guardabarros de Gerard. Se supone que hay que sacar la rueda delantera para hacer esto en una V-Strom, pero con un poco de estira y afloja y fuerza de voluntad, salió sin demasiados problemas, y lo amarramó a una de sus maletas para el resto del viaje, furioso con los mecánicos que no habían visto nada raro con la suspensión. A mí también me sorprendió, era un problema serio, potencialmente peligroso y una de las primeras cosas a comprobar tras un accidente… O bien ambos mecánicos eran tremendamente incompetentes, o bien habían decidido, juntamente con el perito de la aseguradora, que los daños no eran para tanto y habían dejado la moto tal cual, cosa que me parece aún peor.

Tras comprobar que la rueda ya no tocara con la barra, seguimos por carreteras aún más bonitas, atravesando de nuevo el Forêt des Cèdres, esta vez algo más al oeste que en nuestra ruta de bajada, cuando lo cruzamos por primera vez de camino a Errachidia. En Azrou giramos hacia el noroeste, atravesamos Meknes y con las últimas luces del día llegamos a Moulay  Idriss, donde habíamos encontrado alojamiento para esa noche.

Moulay Idriss es un lugar muy importante para el pueblo marroquí, pues se considera el lugar donde se originó el Islam en Marruecos. Es aquí donde Moulay Idriss I, que da nombre a la ciudad, llegó trayendo con él la religión del Islam. Al ser considerado un lugar sagrado, los turistas no tenían permitido quedarse tras la puesta de sol hasta 2005. En la práctica, esto significa que aún hoy hay pocos sitios donde alojarse, y el lugar no está infestado de las habituales trampas para turistas que uno encuentra en las medinas de Fez o Marrakech. Teníamos una reserva en un pequeño hotel y los habíamos contactado para preguntar si había lugar para dejar las motos y, cuando llegamos a la plaza donde se supone que se encontraba el hotel, un hombre ya nos estaba esperando para indicarnos donde aparcar. El hotel estaba en realidad en un callejón y solo se podía acceder a él por unas escaleras, así que las motos se tenían que quedar en la plaza, que también cumplía las funciones de estación de taxi y bus de la ciudad. Era un sitio bastante transitado, y había un tipo que se ocupaba de vigilarlas por 50 dirhams, así que no nos preocupó demasiado dejarlas allí, especialmente porque el lugar daba mucha mejor impresión que Marrakech.

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A estas alturas del viaje teníamos muy claro ya que el país no está preparado para el invierno. Las casas están diseñadas para un clima mucho más cálido la mayor parte del año, de modo que las ventanas no ajustan, los edificios tienen grandes espacios abiertos, hay cortinas en lugar de puertas en muchos sitios, no hay calefacción y apenas hay agua caliente. Al menos este hotel tenía una bomba de calor en condiciones en las habitaciones, pero el tema del agua caliente en la ducha era el mismo que en el resto de sitios: agua fría.

Ya había oscurecido, pero aún tuvimos tiempo de visitar la medina y el mercado antes de cenar, y descubrimos que, al igual que el día anterior en Kasba Tadla, eran auténticos y muy agradables, sin otros turistas ni tiendas de recuerdos ni gente acosándonos para que compráramos algo.

Las cascadas de Ouzud y el motero solitario

Día 8 – 2 de enero – de Marrakech a Kasba Tadla (276km)

Tras la experiencia de Marrakech decidimos que lo mejor era evitar las ciudades, así que en lugar de pasar la siguiente noche en Beni-Mellal encontramos un riad en una pequeña población llamada Kasba Tadla, 30 kilómetros más al norte. A pesar de ello teníamos una jornada más corta sobre la moto, así que por primera vez en el viaje íbamos a aprovechar para parar a visitar cosas en vez de ver el país desde la moto.

Dejamos las estrechas calles del casco antiguo en formación cerrada y nos zambullimos en el tráfico de hora punta de la mañana sin desayunar, pues no estaba incluido y nuestro escritor bohemio pedía demasiado por él. Al entrar en la avenida principal de salida de la ciudad las dos otras motos quedaron un poco rezagadas detrás de algunos coches, de modo que cuando vi una gasolinera un poco más adelante me detuve a un lado, esperé a ver el faro de Gerard y entré hasta los surtidores. Cuando bajé de la moto y vi que Esteve no estaba con nosotros le pregunté a Gerard, que dijo que lo acababa de ver detrás suyo. Esperamos un rato, pero parecía que no nos había visto girar y había seguido adelante. Fui un rato a ver si lo encontraba, pero no lo vi y cuando volví a la gasolinera, donde Gerard se había quedado esperando, tampoco había aparecido allí de modo que, por si acaso, desandamos el camino hasta la rotonda anterior para asegurarnos de que no hubiera pasado nada.

Estaba claro que estaba delante nuestro, así que tarde o temprano pararía cuando viese que iba solo. Decidimos tirar hasta la intersección donde íbamos a dejar la nacional para iniciar la ruta paisajística, a unos 7 kilómetros a las afueras de Marrakech.

Tampoco estaba allí, y mientras debatíamos qué hacer recibí un SMS suyo en el que decía que estaba bien y que nos encontraríamos en las cascadas de Ouzud, a medio camino de Kasba Tadla.

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Lo encontramos esperando al lado de la carretera, con cara de haber disfrutado de una mañana entera con la carretera para él solito, apoyado en la moto y escuchando a un tipo que le estaba hablando de sus dos casas, su mujer y cómo tenía una para él y guardaba la mujer en la otra.

Llegamos a las cascadas en un momento, y empezamos el ritual habitual de los lugares turísticos: los tipos que te guían hasta un lugar donde aparcar, elegir uno, pagar al que te dice que te va a vigilar la moto y el casco, declinar las ofertas de los que te quieren guiar, encontrar el camino a lo que quieres ver tu solito e ir hacia el sitio.

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A pesar de que los lugareños nos ofrecían excursiones guiadas de dos horas, las cascadas estaban a cinco minutos del aparcamiento. Me las esperaba al final de una estrecha garganta, pero en realidad el camino llevaba a la parte superior, y la garganta se abría a nuestros pies. Había tres cascadas distintas vertiendo agua al río al fondo y, a juzgar por el aspecto del terreno, debía haber unas cuantas más en época de lluvias. Anduvimos alrededor de la parte superior de las cascadas para tener otra vista y luego volvimos a las motos para seguir con el viaje.

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Había sido un placer estirar las piernas un rato, incluso en ropa de moto, y ahora teníamos una buena carretera y un día cálido, así que disfrutamos de la vuelta hasta la nacional. Usamos carreteras secundarias durante un buen rato, incluyendo el ascenso de una serie de horquillas que ni tan solo aparecían en el mapa de papel que llevábamos.

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Las cosas cambiaron al llegar a la nacional, y a pesar de que quedaba poca distancia hasta nuestro destino, el tráfico era denso y la carretera monótona, así que teníamos unas ganas locas de terminar el día. La carretera tenía otras intenciones, y nos hizo atravesar Beni Mellal antes de dejarnos llegar a Kasba Tadla. Quizá era porque ya estábamos cansados, pero atravesar esta ciudad se me hizo más largo que cualquier otra, y nos alegramos mucho de llegara destino.

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Kasba Tadla era un lugar pequeño y de aspecto amable, con poco tráfico, y encontramos el riad enseguida. Me gustaba el sitio y, tras Marrakech, la amabilidad de nuestro huésped fue muy bienvenida. Aparcamos las motos dentro del riad, descargamos y como aún nos quedaban un par de horas de luz (por primera vez en el viaje) nos fuimos a visitar el centro.

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Estaba claro que no estábamos en un sitio turístico, cosa que se agradecía tras la gran ciudad. Este era el Marruecos que habíamos encontrado en Errachidia, una visión más realista del país. Fuimos hasta el mercado y el contraste con Marrakech no podía ser mayor: era un sitio pequeño, con la gente del pueblo haciendo sus compras y preocupándose de sus asuntos, sin nadie que intentara vendernos algo a cada paso.

img_1962De hecho, aquí la atracción turística éramos nosotros, todo el mundo parecía mirarnos y preguntarse qué hacíamos allí. Encontré una pequeña tienda que vendía accesorios para los escúteres y ciclomotores que forman la mayor parte del parque móvil del país y fui hacia ella a ver si tenían una pegatina del país para la moto. El chico de detrás del mostrador no hablaba francés, inglés ni español, pero tras señalar y gesticular un rato me entendió y sacó una pegatina de debajo del mostrador. Era mucho mejor que las que había visto el día anterior, con purpurina y otras horteradas, que parecían ser la única opción disponible en todo Marrakech, y tenía forma de bandera ondeando al viento, de modo que encajaría a la perfección el hueco entre Bulgaria y Kosovo, que era demasiado pequeño para una normal. Gerard y Ralu querían comprar especias desde hacía unos días, y encontraron una tienda de alimentación con un hombre que había vivido en España y que les estuvo explicando los distintos tipos que había.

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De vuelta al riad, cenamos mientras nuestro anfitrión nos daba algunos consejos de cosas que visitar al día siguiente. ¡Y tenía cerveza!

The Wanderess y la llamada de África

Día 7 – 1 de enero – Marrakech (0km)

No haber pasado la noche de fiesta salvaje tenía sus ventajas, entre ellas que no me costó nada madrugar para acompañar a Nat al aeropuerto. En el taxi, el conductor nos contó que se había producido un atentado terrorista en una discoteca en Turquía. Malas noticias para empezar el año, pensé, y me pregunté qué nos deparaba el 2017.

El aeropuerto estaba muy tranquilo y Nat pasó por los redoblados controles de seguridad en un momento. Tan buen punto desapareció por la puerta de la zona de embarque empecé a sentir esa familiar sensación de vacío que me invade cada vez que sigo adelante solo. Este vez era diferente, sin embargo, aún tenía compañía, pero por primera vez desde hacía años Nat y yo habíamos decidido comprar intercomunicadores para hacer las distancias más tolerables y nos habíamos acostumbrado a ellos muy rápidamente; estaba seguro de que los largos momentos de silencio sobre la moto se iban a notar mucho más ahora.

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Me reuní con el resto del grupo en el vestíbulo del hotel y Gerard, Esteve y yo salimos a visitar un riad que habíamos encontrado cerca mientras Raluca terminaba de hacer las maletas. Se supone que estaba a tan solo un par de calles de donde estábamos, cosa que nos ahorraría arrastrar las maletas mucho rato o tener que buscar otro sitio para aparcar las motos pero, sospechosamente, habíamos encontrado distintas ubicaciones: los mapas de Booking.com y Maps.me lo situaban a dos esquinas al este de nuestro riad, mientras que Google Maps indicaba que estaba justo en la dirección opuesta, cerca de la plaza donde habíamos aparcado las motos. Comprobamos la primera ubicación, pero no fuimos capaces de encontrar ningún sitio con el nombre del lugar que habíamos reservado: Riad Jakoura. Preguntamos a unos cuantos lugareños, dimos vueltas y vueltas alrededor de la ubicación que teníamos metiéndonos en todos los callejones del laberinto de la medina, pero no fuimos capaces de dar con él. Preguntamos en otro riad cercano, pero no habían oído hablar de tal sitio. Llamamos al número de teléfono de nuestra reserva, pero no nos respondió nadie.

Cuando nos pareció evidente que la ubicación no era la correcta decidimos ir a comprobar la otra. Esta vez teníamos un nombre de calle y un número, pero cuando llegamos solo encontramos un restaurante que también se anunciaba como riad. El encargado no había oído hablar del tal Riad Jakoura, pero cuando nos pidió que le enseñáramos las fotos en Booking.com para ver si reconocía el sitio, nos dimos cuenta de que las imágenes tenían una marca de agua que decía Riad Calypso. Ese nombre sí le resultaba familiar, y nos dio indicaciones para llegar a una dirección que no era ninguna de las dos que teníamos. Al final, encontramos una pequeña puerta de madera con el nombra Calypso en un pequeño cartel colgando sobre ella. Llamamos varias veces y, al cabo de un buen rato, un tipo vestido con ropa negra algo andrajosa y una espesa mata de pelo negro brillante despeinado apareció tras la puerta y nos miró con ojos confundidos.

Dos cosas nos parecieron evidentes desde el primer momento; una: no era marroquí, aunque era difícil precisar de dónde podía venir y, dos: tenía una resaca de las que hacen historia.

Le costó un rato entender que teníamos una reserva ahí y, cuando por fin lo procesó, nos invitó a pasar y se sentó tras su escritorio en una minúscula estancia sin ventanas. Se inclinó sobre un portátil al que le faltaban varias teclas, su cara iluminada por el resplandor naranja de una estufa eléctrica junto al ordenador, a escasos centímetros de su cabeza, y empezó a teclear y hacer clics, murmurando para sus adentros, entrecerrando los ojos y pidiéndome que le deletreara mi nombre varias veces mientras hablaba con una chica joven que estaba de pie justo detrás suyo en la semioscuridad del despacho y que, dedujimos, era una empleada nueva que estaba formando.

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Esteve y Gerard estaban esperando en la puerta, y mientras yo estaba teniendo escasa suerte intentando hacer entender al tipo qué clase de habitaciones habíamos reservado, Gerard estaba teniendo mucha mejor suerte en algo completamente diferente. Justo en ese momento, de pie en el minúsculo vestíbulo del riad, sintió la ‘llamada de África’ tras seis días seguidos sin haber podido ir al baño y, dispuesto a no dejar escapar la oportunidad, se coló en un lavabo que encontró tras una puerta de madera bajo la escalera e hizo las paces con el mundo.

Para cuando salió, el sr. Resaca había conseguido por fin encontrar nuestra reserva, y ya estaba listo para enseñarnos las habitaciones. La de Esteve y mía estaba en la planta baja, en el patio, y la de Gerard y Ralu en el primer piso pero, aparentemente, no era la que él creía: cuando abrió la puerta para enseñársela a Gerard se encontró con un huésped durmiendo a pata suelta. Parece que se había olvidado de que esa habitación estaba ya ocupada y, tras disculparse profusamente, llevó a Gerard a la correcta.

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Lo dejamos volver a su mazmorra a cuidar su resaca pegado a la estufa y salimos a buscar los trastos del otro riad, no sin antes de que un desprevenido Esteve entrase un momento en el baño y casi necesitara asistencia médica tras encontrar el resultado de la ‘llamada de África’ de Gerard.

También teníamos que pagar a los de la plaza otra noche de aparcamiento por las motos, y una vez saldada la deuda y hecha una rápida comprobación de las motos, uno de ellos empezó a preguntarme algo en árabe que al principio no entendí. Estaba señalando la moto de Gerard y luego a mí, y caí en que me estaba preguntando si era la mía. Le dije que no, y señalé a Gerard. Entonces el tipo se sacó un manojo de llaves de debajo de la chilaba y las sacudió frente a él, riendo.  ¡Gerard se había dejado las llaves puestas el día anterior! Cuando volvimos a pasar por allí con las maletas de camino al otro riad, el tipo aún reía.

Mientras Gerard y Ralu terminaban de llevar sus cosas a la habitación me entretuve hablando con nuestro anfitrión. Tenía curiosidad para ver de dónde era, pues hablaba un francés fluido pero con acento inglés, sin embargo, cuando lo oí disculparse en inglés al pobre tipo que había despertado no había sido capaz de identificar su acento.

Resultó que era un escritor y poeta de Seattle, donde había vivido hasta los 21. Se mudó a París hasta la mitad de la treintena, y luego a Grecia, dónde tuvo una novia. Tras romper con ella, vivió en distintos lugares a lo largo de la costa mediterránea española hasta que su última novela, llamada The Wanderess, se convirtió en un éxito de ventas. Aparentemente, había sacado bastante dinero de ello y de ‘vender algunos poemas a una estrella del pop’, según sus propias palabras, y había pensado que era el momento de hacer una inversión de futuro, así que había decidido comprar un riad en Marrakech. Hacía tan solo 10 meses que lo tenía, cosa que explicaba el cambio de nombre (pero no los problemas con la ubicación).

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Pasamos el resto del día en el embriagador caos de la medina, comprando algunos recuerdos y disfrutando del ambiente. Tras tantas horas seguidas en las motos era maravilloso pasar un día entero a pie, solo para relajarse. Comimos un kebab en la plaza Jemaa el-Fna, tomamos un café y un gofre en una de las terrazas con vistas a la plaza y volvimos al riad a contemplar la puesta de sol desde la terraza.

img_1922Teniendo en cuenta el estado en el que habíamos encontrado a nuestro anfitrión por la mañana, estábamos seguros de que esta vez por fin íbamos a conseguir algo de cerveza para disfrutar de la terraza, y no nos equivocamos: el riad tenía cerveza marroquí que nos supo a gloria después de tantos días de abstinencia.

La breve descripción del propietario del riad, el sr. Payne, no hace justicia a su vida. Echad un vistazo a su biografía aquí.

Tizi n’Tichka y fin de año en Marrakech

Día 6 – 31 de diciembre – de Ouarzazate a Marrakech (221km)

A pesar de que el sol ya había salido para cuando empezamos a cargar las motos la temperatura que indicaba el cuadro era tan solo cuatro grados centígrados. Hoy iba a ser el gran día, el último reto antes de empezar la vuelta a casa. Había dos puntos en nuestra ruta que habíamos considerado potencialmente difíciles: cruzar el Atlas Medio de camino al sur hacia Merzouga, y cruzar el Alto Atlas en la subida hacia Marrakech. El primero no había planteado ningún problema, tuvimos buen tiempo y a pesar de haber encontrado nieve en los puntos más altos, las carreteras estaban limpias y las temperaturas eran bajas pero dentro de lo razonable. Esta vez, sin embargo, íbamos a subir más alto, a través del famoso puerto de Tizi n’Tichka. En los últimos días había ido recibiendo algunas fotos y vídeoimg-20161231-wa0000s de gente que estaba de ruta en distintos puntos del Atlas y el denominador común era nieve y frío. La habitual imagen de una carretera serpenteante sobre un trasfondo rocoso y ocre había sido sustituida por un manto blanco con una delgada línea negra haciendo eses montaña arriba. A pesar de que nos habían asegurado que la carretera era una ruta principal a través del Atlas y, como tal, se mantenía limpia de nieve, temíamos que las temperaturas pudieran ser demasiado bajas, así que por primera vez en el viaje saqué la artillería pesada: unas mallas de correr de invierno para llevar debajo de los pantalones de moto, calcetines de seda para llevar debajo de unos calcetines de esquí de lana gruesa, sotoguantes de seda y una capa extra entre el polar y la camiseta térmica.

Antes del asalto al puerto queríamos visitar Ait Benhaddou, la famosa ciudad de barro fortificada que ha aparecido en incontables películas.

img_1820Hacía muy buen día y, para cuando aparcamos las motos y cruzamos el río hacia la entrada de la ciudad, la temperatura era bastante alta.

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Lo primero que visitamos fue una kasbah, un frío y oscuro laberinto de corredores estrechos, escaleras y habitaciones, pero en cuanto salimos y empezamos a ascender por las callejuelas de la ciudad vestidos para el frío extremo nos arrepentimos de nuestra decisión de habernos puesto tanta ropa.

img_1834Al menos la visita bien valía sudar un poco, y no tardamos en volver a las motos, así que nos la dejamos puesta.

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Un par de días antes, un amigo me había recomendado una ruta con mejores paisajes como alternativa para subir al Tizi n’Tichka: en lugar de regresar a la carretera principal tras la visita a Ait Benhaddou, hay una pequeña carretera local que sigue pasada la ciudad y atraviesa varias aldeas de montaña antes de unirse a la nacional justo antes del puerto. Con tan buen tiempo pensamos que valía la pena arriesgarse y tomamos esta ruta.

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Al cabo de poco no quedaba ni rastro de lo más turístico y nos encontramos en una carretera estrecha y sin tráfico que subía a través de un valle rocoso con preciosos pueblecitos de barro que iban apareciendo y desapareciendo. En todos ellos, los niños salían corriendo a darnos la bienvenida en la carretera en cuanto oían las motos acercarse a sus casas; da igual en qué lugar del mundo se encuentre uno, a todos los críos les encantan estas máquinas. El paisaje cambiaba de polvo y rocas a arcilla oscura a medida que ganábamos altura y más adelante el valle se abría en una llanura fértil donde nuestra ruta viraba al oeste, permitiéndonos atisbar las montañas que íbamos a cruzar por primera vez.

img_1865Parecía haber mucha menos nieve de la que habíamos anticipado, y las temperaturas se mantenían dentro de un margen tranquilizador mientras íbamos ganando altura. Al cabo de poco empezamos a ver abetos al lado de la carretera y encontramos nieve aquí y allí, pero estaba claro que la mayor parte de lo que habíamos visto en fotos de las semanas anteriores ya se había fundido.

img_1894Estábamos ya cerca de la carretera principal cuando se me pasó por la cabeza una idea: ésta era una carretera muy pequeña y estaba seguro de que no quitaban la nieve tan a menudo como en la nacional del puerto. Lo único que haría falta llegados a este punto sería una placa de nieve que cruzara la carretera, simplemente unos 20 o 30 metros, y nos veríamos obligados a deshacer todo el camino hasta Ait Benhaddou para dar la vuelta por la nacional, perdiendo un tiempo precioso.

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Afortunadamente, llegamos al a nacional sin problemas y pronto estábamos culminando el Tizi n’Tichka.

img_1885Habíamos tenido mucha suerte y gozado de un tiempo inmejorable y unas de las mejores vistas de todo el viaje. Ahora era el momento de enfrentarnos al siguiente reto: el temido tráfico de Marrakech, una perspectiva nada halagüeña teniendo en cuenta que nuestro hotel estaba dentro del casco antiguo, un laberinto de callejuelas estrechas infestadas de escúteres suicidas.

Tras un largo descenso de la cara sur del Atlas y una breve parada para quitarnos varias capas de ropa llegamos a las afueras de la ciudad. Al principio el tráfico era bastante razonable; visto por primera vez puede parecer caótico y peligroso, pero hay cierto orden en ese caos, con escúteres, peatones, coches, camiones, autobuses y taxis avanzando a milímetros los unos de los otros pero, milagrosamente, sin tocarse.

Llegamos a una de las puertas en la muralla que cerca la medina y la cosa se puso mucho más interesante. El GPS nos enviaba por una calle estrecha llena de gente y escúteres, y nuestras motos parecían torpes elefantes avanzando en un río de frenético movimiento. Alcanzamos una pequeña plaza llena de coches aparcados y paramos a un lado un momento para localizar el riad.

Por suerte, éste se encontraba justo a la vuelta de la esquina, pero no nos alegró tanto que, cuando descargamos las motos y preguntamos dónde las podíamos aparcar, nos dijeran que no disponían de aparcamiento en el riad. No las queríamos dejar en la calle en un sitio tan caótico, y tras mucho discutir, el encargado de recepción nos dijo que siguiéramos a un amigo suyo que tenía otro riad con un patio accesible desde la calle y que había accedido a dejarnos meter las motos dentro. Bajamos por un callejón aún más estrecho donde nos abrieron una pequeña puerta de madera y nos hicieron gestos para meter la moto por ella. Era evidente que era claramente demasiado estrecha para meter el manillar y había un escalón bastante pronunciado, de modo que cuando intenté meter primero la rueda y girar el manillar para pasar primero un lado y luego otro, lo único que conseguí fue quedarme atascado.  El amigo tuvo que empujarme desde dentro mientras otros dos tiraban desde fuera para volver a sacar la moto al callejón. Era imposible dejar las motos allí, y la única alternativa era la plaza, donde teníamos que pagar 50 dirhams y una especie de vigilantes montaban guardia toda la noche. El vigilante del hotel, que nos había estado ayudando con todo este movimiento, nos garantizó que las motos estarían seguras, y los de la plaza nos enseñaron un par de motos grandes tapadas con mantas entre escúteres polvorientos, así que al final tuvimos que acceder a dejarlas allí.

La segunda decepción con el riad vino cuando les dijimos que habíamos pensado pasar una noche de más para tener tiempo de visitar la ciudad después de dejar a Nat en el aeropuerto y no mostraron interés alguno en nuestra solicitud. ‘Mira si hay sitio a través de Booking’, nos dijo el de recepción. Estábamos cansados después de un día largo en la carretera y de dar vueltas intentando aparcar las motos, así que decidimos darnos una ducha, cambiarnos y luego ya buscaríamos alternativas para la noche siguiente. Tras ponernos de acuerdo un par de sitios que tenían buena pinta, fuimos a buscar dónde cenar y visitar la medina.

Si las calles que llevaban al riad nos habían parecido caóticas, adentrarse en la medina era aún peor. Las calles eran más estrechas, había miles de tenderetes vendiendo de todo a los turistas, cada uno de ellos con un comerciante ansioso por hacer entrar a la gente en el suyo al son de ‘amigo, amigo’ o el equivalente en cualquiera que fuera el idioma que necesitaran, mientras los chavales del lugar pasaban zumbando con sus motillos de dos tiempos, haciendo el aire irrespirable. Encontramos un restaurante tranquilo y cenamos temprano antes de ir hacia la plaza principal a ver si había algo organizado para celebrar el año nuevo, pero resulta que la fiesta estaba en la parte nueva de la ciudad, no aquí. Intentamos esperar hasta la medianoche para celebrarlo en las calles, pero a medida que iba pasando el tiempo los tenderetes iban cerrando, los callejones se vaciaban y nos sentíamos cansados y con frío, así que decidimos volver al hotel a dar la bienvenida al nuevo año allí.

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La medina estaba completamente desierta a estas horas y las calles vacías tenían un aire inquietante. Era imposible identificar ningún punto de referencia para volver al riad ahora que las tiendas estaban cerradas y todas las persianas metálicas lucían el mismo aspecto. Para empeorar nuestra desorientación, algunas calles cerraban, lo que implicaba tener que dar largos rodeos simplemente para llegar al otro lado de un portalón de madera. Finalmente conseguimos salir y llegar al riad a tiempo de pillar las campanadas del Big Ben en una cadena extranjera, pero no teníamos champán para brindar por el nuevo año. Es complicado celebrar estas cosas en un país musulmán…