Las llaves equivocadas

Día 1 – Sábado 28 de marzo – De Barcelona a Villarroya de los Pinares (415km) – [MAPA]

Eran las 8 de la mañana del sábado y estaba tardando más de lo previsto en cargar la moto… Además de todas mis cosas, tenía que llevarme el traje, las botas y el casco de Nat, y también había decidido coger el material de acampada por si acaso, ya que no había reservado hoteles ni hostales para todas las noches. Mi moto duerme en la calle, frente al portal, así que no podía dejarlo todo en la moto la noche anterior y simplemente levantarme y ponerme en camino. Para cuando estaba todo listo, ya llegaba tarde al encuentro con mi compañero de ruta para el primer día.

Un amigo mío acababa de comprarse una V-Strom y habíamos comentado la posibilidad de hacer algo juntos para Semana Santa, pero él sólo tenía cuatro días de vacaciones, así que le propuse venirse el primer día hasta la casa que mi familia tiene en Teruel, y luego volverse a Barcelona cuando yo siguiese hacia Hervás, al otro lado de la Sierra de Gredos.

Quedamos a las 8 de la mañana y yo llegué 20 minutos tarde… ¡para encontrarme con que no había nadie allí! Miré el móvil y vi que me había llamado y mandado un mensaje: se había dejado algunas piezas de su GoPro nueva y había vuelto a casa a por ellas. A mí también me habían regalado una GoPro para mi cumpleaños, y a diferencia de la que me robaron durante la gran ruta, esta tenía un mando a distancia que me había montado en el manillar para poder grabar en marcha sin arriesgarme a pegármela buscando el botón, y me moría de ganas de probarla en este viaje, así que no era quién para quejarme.

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Al final salimos sobre las nueve, un poco más tarde de lo previsto, pero no pasaba nada, teníamos donde dormir y todo el día por delante. Debo confesar que había sido excesivamente optimista a la hora de planear la ruta, y la idea inicial de usar sólo carreteras secundarias toda la ruta parecía exagerada ahora, sobre todo al no ir yo solo, ya que pararíamos a menudo a probar las cámaras, así que decidimos saltarnos la parte más cercana a Barcelona (siempre la podemos hacer cualquier finde) y coger la autopista de la costa para llegar más rápido a las partes interesantes.

Me arrepentí de esa decisión casi al instante… No era solamente que la autopista fuese mortalmente aburrida, sino que además hacía un viento tremendo, y tuvimos un par de sustos cuando una ráfaga imprevista casi nos tira de las motos. Finalmente llegamos a Reus, y de allí hasta Flix para comenzar con las primeras carreteras interesantes del día.

Pasado Flix hay una carretera que lleva a Riba-roja, primero bordeando el embalse con el mismo nombre, y luego subiendo por las montañas donde tuvieron lugar algunas de las batallas decisivas de la guerra civil. Es una carretera pequeña y revirada que no usa nadie, y después del aburrimiento de la autopista y ya sin viento, empezamos por fin a divertirnos. Al llegar a la parte alta de las montañas hay una pista forestal que sale a la derecha y lleva hasta los restos de unas trincheras que se construyeron para defender la zona durante la guerra. Parece ser que la falta de coordinación e información mala hicieron que nunca se llegaran a usar, a pesar de que las tropas franquistas penetraron las líneas por una zona cercana. El lugar bien vale una visita, no solo para ver las trincheras sino también para admirar las vistas al embalse.

Hicimos turnos para ir delante y grabarnos el uno al otro, y me alegré de ver que el invento del mando funcionaba. Al principio probé con la cámara montada en el top case, para que se me viese desde detrás sobre la moto, y luego la puse en el casco, que me gustó más, pues me daba más flexibilidad para encuadrar cosas distintas. Fue en una de estas paradas para comprobar las cámaras, mientras hurgaba en la bolsa del depósito, cuando me di cuenta de que me había llevado las llaves que no tocaban.

No podía creerlo… era casi la hora de comer, y estábamos demasiado lejos de Barcelona como para pensar en dar media vuelta. Llamé a mi padre por si algún vecino podía tener una copia de las llaves, pero nadie las tenía. Se lo expliqué a Gerard y decidimos seguir de todos modos y buscar un sitio donde dormir. Más aventura.

Su familia es de un pequeño pueblo en la zona donde estábamos llamado Bot, así que propuso parar a comer allí, ya que conocía un buen restaurante. Mientras dábamos cuenta de un asado excelente miramos algunos sitio as para pasar la noche con los móviles, pero todo era demasiado caro o estaba reservado ya. Al final conseguimos la dirección de un hostal en Teruel y decidimos hacer noche allí.

La copiosa comida nos pasó factura, y nos sentíamos un poco pesados sobre las motos bajo el sol de media tarde. Fuimos hasta donde empieza el Maestrazgo, un macizo que se extiende desde el sur de Cataluña hasta casi Teruel y que ofrece un laberinto de carreteras que suben y bajan por valles y gargantas y se elevan hasta planicies y puertos de montaña para ofrecer unas vistas excelentes. Es una zona muy despoblada, y uno puede pasar horas sin cruzarse con otro coche, lo que hace del lugar el sitio ideal para disfrutar a fondo de una moto.

Después de Valderrobres tomamos una carretera estrecha montaña arriba, donde cambiamos de moto. Era un experimento que tenía ganas de hacer, ya que ambas motos eran exactamente el mismo modelo de 2007 (incluso el color) pero la mía pasaba de los 130.000 km y la suya apenas estaba rodada (encontró un chollazo). Me alegré mucho de ver que aparte de que el acelerador y el embrague iban más suaves (mi culpa, debería haber cambiado o al menos lubricado esos cables hace mucho), no había apenas diferencias entre las motos. Me acordé de todos los artículos que había leído, alabando la “calidad” de materiales y acabados de otras motos y me pregunté qué sería de esa  calidad percibida si las trataran como ha vivdo la mía. Una diferencia que noté era que la suspensión de serie era mucho más blanda de lo que recordaba, hundiéndose de forma notable en las frenadas comparada con la mía que llevaba unos muelles Hyperpro más duros. Cambiar a unos mejores es sin duda una buena inversión en una V-Strom.

Nos las cambiamos de nuevo y seguimos hasta encontrarnos con las secuelas de las fuertes lluvias que habían afectado la zona. Por todas partes los campos estaban anegados, el barro había cubierto parte de la carretera, lo que hacía complicado el negociar curvas sin visibilidad, y había piedras y rocas en la carretera de vez en cuando. Al tomar una carretera aún más pequeña nos encontramos con un cartel que avisaba de que la carretera estaba cortada. Era sólo el cartel, no había ninguna barrera, así que decidimos arriesgarnos y pasar para evitar un largo rodeo. Fuimos con cuidado y al cabo de unos poco kilómetros vimos qué había pasado: había habido desprendimientos que tapaban la mitad de la ya de por sí estrecha carretera, así que un coche no hubiera podido pasar, solo un 4×4 con dos ruedas por el montón de barro. Al cabo de un rato también vimos un trozo de carretera que se había hundido en el torrente.

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Ya en una carretera más grande y de camino al sur, paramos en un lugar llamado Santuario de la Balma, un monasterio construido debajo de una roca enorme. Recuerdo cuando lo vi por primera vez en otro viaje por esta zona, pero en aquella ocasión había obras en la carretera de acceso y no pude visitarlo. Me temía que la situación se iba a repetir por culpa de la lluvia, pero esta vez estaba abierto.

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Al bajar de las motos casi nos damos una ducha por culpa del agua que goteaba de la montaña. Dentro del monasterio la situación era aún peor: el agua se filtraba a través de las paredes y goteaba del techo, sobretodo donde el techo se unía a la roca. Me sorprendió que mantuviesen el sitio abierto. De salida paramos a jugar con el perro “guardián” y a hacer algunas fotos y nos pusimos de nuevo en camino.

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A estas alturas estaba claro que no íbamos a llegar a Teruel de día, lo que era una lástima, ya que última parte del trayecto a través del Maestrazgo brinda unas vistas sensacionales de la puesta de sol. Nos dimos prisa, intentando conseguir algunas fotos del atardecer, pero poco después de Cantavieja, que está aproximadamente a medio camino, nos cogió la noche. La temperatura cayó rápidamente, y llegados a esta punto estábamos a suficiente altura para encontrar nieve en los bordes de la carretera. En un tramo largo y rápido de la carretera, yendo yo delante, un par de perros salieron de la nada justo delante de mí. Frené fuerte, y por suerte se dieron media vuelta y no se me cruzaron. Me fue de poco, los frenos de estas motos son poco más que una broma, y chocar contra un perro grande a esa velocidad es un accidente serio. Ese fue el momento de decidir que ya bastaba, nos quedaba aún una hora hasta Teruel, era negra noche y no tenía sentido seguir apretando en el primer día del viaje. Hora de buscar dónde dormir.

Pensaba que sería difícil, ya que hay sólo unos pocos pueblos en la zona y son todos pequeños, pero en el segundo que atravesamos después de tomar la decisión de parar a pasar la noche vi un cartel en la entrada del bar del pueblo que decía que tenían habitaciones, y paramos a preguntar. Los parroquianos nos miraron como si acabásemos de aterrizar de otro planeta, a esas horas de la noche y vestidos con todo el equipo de moto, entrando en un bar donde no había nadie aparte de los pocos que vivían en el pueblo. Conseguimos una habitación barata con dos camas y después de cenar la fritanga local, unas birras y un gintonic nos fuimos a dormir.

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