Reparar una llanta – Barcelona vs. Astrakán

¡Hora de reparar la llanta! He pensado que es una buena ocasión para hacer una útil comparativa para aquellos que en algún momento se sus vidas se encuentren con la clásica disyuntiva de hacer reparar una llanta en España o en Rusia. Ya se sabe, el dilema habitual… ¿Dónde es más fácil? Astrakán, una ciudad de medio millón de habitantes en la desembocadura del Volga totalmente desconocida para mí y con un idioma del que no hablo ni una palabra, o Barcelona, mi ciudad natal. Vamos a comparar experiencias.

Encontrar un taller para reparar la llanta resultó mucho más fácil que en Astrakán. Una simple búsqueda en Google, comparar opiniones en foros de motos y a elegir uno. En Astrakán tuve que dar vueltas hasta encontrar un grupo de moteros, convencer a uno de ellos, Arkan, para que me ayudase y confiar ciegamente en que sabría lo que hacía, porque no hablaba ni una palabra de inglés. Así que el primer punto es para Barcelona.

Me puse en contacto con XR Llantas, que reparan y fabrican llantas de todo tipo, tanto para particulares como para equipos de competición. Tienen buena reputación y confiaba en que harían un buen trabajo.

Les mandé fotos de los desperfectos en la llanta para ver si era posible repararla o no. Dijeron que necesitaban ver la llanta en persona para asegurarlo, pero que parecía factible. Una vez hube desmontado el neumático, la llevé a su taller en Barcelona un lunes por la mañana.

El sitio era más pequeño de lo que me esperaba, y había llantas de todos los tipos y tamaños ocupando cada centímetro libre del espacio, pero parecía que eran expertos en la materia. Le dejé la llanta a un hombre que la inspeccionó meticulosamente y dijo que tendrían que hacer algunas pruebas (habló de infrarrojos y ultrasonidos) para ver si era reparable. Comparado con la chatarrería a la que me llevó Arkan, esto parecía la NASA. Barcelona 2 – Astrakán 0.

Me dijeron que tenían mucho trabajo y que no podrían hacer nada hasta el jueves. Entretanto tenía la AT para ir a trabajar, así que me pareció razonable. Al menos no estaba atrapado en el calor asfixiante del verano en Astrakán.

Una semana más tarde aún no había tenido noticias suyas, así que llamé. Dijeron que la habían estado mirando pero lo habían dejado porque tenían otros encargos más urgentes. Parece que el tipo con el que hablé por teléfono no estaba en el taller; me dijo que creía que estaría lista al día siguiente y que me llamaría para avisarme. Eso eran ya ocho días, mientras que en Astrakán la cosa estuvo solventada de lunes a viernes por la mañana. Barcelona 2 – Astrakán 1.

El martes llegó y pasó sin noticias de la llanta, y yo no me pude escapar de las clases en horario de oficina para llamar. En Astrakán Arkan llamó puntualmente como prometido. Barcelona 2 – Astrakán 2.

Llamé al taller el miércoles por la mañana y el hombre con quien hablé parecía sorprendido de que no me hubieran llamado el día anterior, pues creía que la llanta ya estaba lista. Prometió preguntar y volver a llamarme.

Media hora más tarde recibí la llamada prometida, pero no con las noticias que esperaba. Habían hecho sus pruebas y determinado que el golpe era demasiado serio para poder repararlo, intentar enderezarla debilitaría el aluminio en exceso y cabía el riesgo de que se agrietara y causara un accidente. Conclusión: no era reparable. En Astrakán cogieron una rueda en bastante peores condiciones, la repararon sin rechistar en cuatro días y siguió cumpliendo con su cometido a diario hasta dos años más tarde, cuando se formó un poro uqe dejaba escapar el aire y la cambié. Barcelona 2 – Astrakán 3.

Conclusión: si necesitáis una reparación, que os la haga un mecánico ruso.

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En casa

Día 35 – Jueves 1 de septiembre – Barcelona (6,2km)

Barcelona es una ciudad relativamente pequeña en extensión, su crecimiento se ha visto limitado por un río en cada lado, una cadena de colinas detrás y el mar delante, pero eso es una de las muchas cosas que la convierten en un lugar excepcional; tiene un tamaño que la hace cercana a habitantes y visitantes por igual, si no te importa andar uno puede llegar a la mayoría de lugares a pie en no más de una hora. La otra consecuencia positiva de su tamaño es que, para los viajantes, es una ciudad con una de las mejores llegadas que existen.

Cuando se llega a otras ciudades el avión suele sobrevolar extensiones de campos anónimos, zonas industriales y poblaciones satélite antes de aterrizar en un aeropuerto que está a bastantes kilómetros de la ciudad. Es imposible reconocer el destino desde el aire, y uno solo se da cuenta de que ha llegado tras atravesar una periferia que suele ser por lo general bastante gris. Para los que llegan en barco la historia es parecida. Los puertos no suelen ser lugares especialmente atractivos, y la preciosa ciudad que uno viene a ver se encuentra tras un páramo salpicado de depósitos de gas y petróleo, almacenes de contenedores marítimos y patios de vías.

Barcelona es otra historia. La ruta de aproximación al aeropuerto sigue la costa y pasa directamente por delante de la ciudad, y los que tengan la suerte de estar sentados a estribor del avión se ven recompensados con una de las mejores vistas de la ciudad que hace que sea fácil reconocer los edificios más emblemáticos que tantas ganas tiene de visitar. La experiencia de llegar por mar es parecida, y el puerto de pasajeros está en la ciudad mismo, de modo que al desembarcar uno ya se encuentra prácticamente en el centro, nada de atravesar polígonos.

Nunca había llegado a mi ciudad por mar, y cuando la tripulación anunció que estábamos a una hora del puerto subí a cubierta para intentar ver tierra y disfrutar de la aproximación. No tardó en aparecer una difusa línea de montañas en el horizonte, y antes de lo que pensaba ya pude reconocer la característica silueta de las montañas de Montserrat unos kilómetros tierra adentro.

img_1373El segundo hito que se hizo reconocible fue la torre de Collserola, seguida de la montaña de Montjuïc, la sierra del Montseny en la distancia y finalmente los primeros edificios altos de Barcelona en primera línea de la costa.

img_1376Poco a poco los edificios se fueron haciendo más reconocibles, y la torre Mapfre y el hotel Arts, la torre Agbar… un niño italiano que visitaba la ciudad por primera vez soltó un grito de emoción cuando su padre le señaló la Sagrada Familia y, mucho más rápido de lo que me esperaba, empezamos las maniobras de amarre en la terminal del puerto.

img_1387Saqué la moto del ferry y me vi rodeado al momento del tráfico de hora punta de la tarde. Tras tantos kilómetros en lugares donde no parece haber normas de tráfico, tuve que recurrir a grandes dosis de autocontrol para no empezar a adelantar donde no se podía e ir en contra dirección para llegar a casa más rápido.

img_1396Una vez vi este pequeño cartel en un hostel en Suecia, y al poner la cabeza sobre mi añorada almohada me vino la imagen a la cabeza y pensé ¡qué gran verdad!

La etapa más larga jamás

Día 8 – Martes 1 de septiembre – De Bruselas a Barcelona (1.352km)

Ya había hecho este viaje antes, cuando vivía en Bélgica, pero en coche. Tardé unas doce horas y aparte de ser tremendamente aburrido, no tenía ninguna otra dificultad. Sin embargo las cosas en la autopista son muy diferentes en moto: no hay música, no puedes cambiar mucho de postura, necesitas parar más, el viento y las turbulencias son molestas a altas velocidades (el límite legal en las autopistas francesas son 130km/h), etc. De camino a Normandía había dividido el viaje en dos días, parando pasado Burdeos a dormir, y ese era el plan también a la vuelta.

No salí particularmente temprano, nos levantamos, desayunamos bien y salí cuando mi amigo se fue a trabajar, alrededor de las 9. Tuve que vérmelas con un denso tráfico de hora punta para salir de Bruselas, y luego un atasco causado por un accidente de moto – se me olvidaba decir que estaba lloviendo intensamente.

Una vez fuera de Bruselas las cosas fueron mejor. Sin lluvia, casi sin tráfico, sin viento… así que comencé a acumular kilómetros sin problemas. El deflector que había instalado hacía unas semanas funcionaba bien, y por primera vez llevaba tapones para los oídos. Es algo que había oído recomendar a muchos moteros, pero que nunca había tenido necesidad de usar. Sin embargo, para viajar durante ratos largos a velocidad sostenida, son esenciales. Reducen considerablemente el ruido del viento y por ende la fatiga.

En el viaje Stroming The World original conocí a un checo en Volgogrado que iba con una GSA, Martin, que me dijo que había venido haciendo etapas de 800km al día para llegar hasta allí, intentando quitarse de en medio Europa lo más rápido posible para llegar a lo interesante. En aquella época yo iba haciendo 500km al día con mi V-Strom, y me quedé de piedra al oír hablar de esas distancias. Ahora, en 2015 y sentado en la Yamaha, podía constatar que iba muy relajado a una velocidad de crucero de 130km/h (reales, no indicados) y que no me estaba cansando. Para la hora de comer ya me acercaba a Clermont-Ferrand, y seguía fresco. Fue en ese punto cuando empecé a considerar la idea de seguir tirando hasta Barcelona el mismo día. Si me paraba a dormir un poco más adelante ya estaría cerca de la frontera, y no me apetecía pagar un hotel ya tan cerca de casa. Además, la ruta a partir de este punto se volvía bastante interesante para ser una autopista. Mi experiencia en viajes previos a través de Francia había sido por la ruta este – Montpellier, Lyon, Dijon, Nancy, Metz… o la oeste – Toulouse, Burdeos, Nantes… y había encontrado las dos tremendamente aburridas. Esta vez había tirado por la ruta central, yendo desde Bruselas hasta Paris por la A2 y A1 y luego la A6 y A77 hasta Clermont-Ferrand. Hay un tramo entre Magny-Cours y Nevers que no es autopista, y después de Clermont-Ferrand la A75 pasa a través de montañas, cerca de los volcanes de Auvergne y a través del parque natural de Cévennes. Es una autopista de montaña, con curvas, rampas empinadas y un paisaje precioso, y lo mejor de todo, el viaducto de Millau, una imponente obra de ingeniería que vale la pena ver. En resumen, un viaje mucho más entretenido de lo que me esperaba, y barato además, hay tramos largos sin peaje. Oh, y en una muestra más de que Francia es un país muy agradable con los moteros, las motos pagan una tarifa reducida en los peajes, casi el 50% menos en algunos casos. Es normal que esta sea la ruta favorita de la gente que baja de vacaciones de la capital a España.

Llegué a la frontera a las 8pm y la crucé en reserva (la gasolina es más barata del lado español). El sol se puso mientras repostaba, y a las 9:30pm ya estaba en Barcelona. Había tardado 12 horas y 31 minutos, paradas incluidas. Esto me hizo ver que lo que había estado haciendo Martin era perfectamente factible con la moto nueva, y que el día que vuelva hacia Rusia, Kazajstán, etc. podré atravesar Europa occidental más rápido.

Bueno, había sido una semana interesante, y con más tiempo y dinero hubiera podido pasar al menos otra semana explorando la costa de Normadía, hay mucho que ver allí. Si estáis pensando en visitar la zona, no os lo penséis dos veces, id. Naturalmente mi consejo es ir en moto, pues es la mejor manera de disfrutar de las carreteras y se ahora mucho dinero en aparcamientos y peajes, pero si no sois moteros, una buena alternativa (no me puedo creer que vaya a decir esto) es una autocaravana. Hay muchos sitios especialmente preparados para aparcar y pasar la noche gratis, ahorrando mucho en alojamiento, que no es barato allí arriba, tienes tu propio medio de transporte para desplazarte y visitar cosas, y si no tienes una o no quieres llevar una hasta Normandía, hay muchos campings que las alquilan a precios muy razonables. No recomendaría el coche, pues tiene cero ventajas respecto a la moto: tienes que pagar por aparcar en todas partes, y mientras que es tan aburrido de conducir como la autocaravana, ésta al menos te da donde dormir. Animaos a visitar Normandía.

Nos vemos en la carretera.

En casa

Día 70 – Lunes 2 de septiembre – De St. Thomé a Barcelona (611km)

Podría haberme ido del camping sin pagar. Me levanté temprano, pero no creí que fuese tan temprano que tanto la recepción como el bar aún estarían cerrados. Imaginé que era porqué ya había empezado la temporada baja, al menos a juzgar por el ambiente que se respiraba en el sitio. Había un aroma de melancolía post-vacacional en el aire: quedaban pocas caravanas, esparcidas entre los árboles de la extensa zona de acampada, no había niños correteando arriba y abajo, no coches llenos de veraneantes yendo y viniendo. Incluso el aire parecía más frío que en las primeras mañanas del viaje, pero quizá era solo porque era temprano y mi mente me estaba haciendo una jugarreta. Sea como fuere, el aspecto del lugar me tocó el ánimo y noté como la fría mano de la melancolía me acariciaba el alma. Sabía que cada uno de los gestos que estaban por venir ese día iba a ser el último: cargar la moto, salir a la carretera, sentir el olor de la mañana por las carreteras secundarias, buscar un sitio donde desayunar, parar a media mañana a quitarme ropa a medida que el día se volviera más cálido, encontrar una gasolinera, buscar un sitio donde comer, parar a ver si el GPS me daba una ruta más bonita si tenía tiempo…

La puerta del bar/recepción estaba abierta, pero sólo había una chica limpiando y preparando las cosas para abrir más tarde. Cuando le dije que me iba y que quería pagar me dijo que la recepción aún no estaba abierta, como tampoco lo estaba el bar, lo que significaba que si me tenía que esperar, iba a ser con el estómago vacío, cosa que no quería hacer. Le di a ella el dinero de la estancia, le dije que había estado acampado en la plaza 83 y que le diese el dinero a quien correspondiese.

Las motos tienen descuento en las autopistas francesas, y como había decidido que no quería entrar en mi país por la autopista de la costa sino por los Pirineos, cogí la autopista para la primera parte de la jornada de vuelta. Poco después de entrar en la autoroute, paré a desayunar en una de las maravillosas áreas de servicio francesas, donde me encontré de nuevo con mi viejo amigo, el viento.

Me había sentado en la terraza del restaurante para disfrutar de mi desayuno al sol, pero una vez había dado cuenta del bocadillo y el zumo sólo pude dar un par de sorbos al café antes de que una ráfaga de viento se llevase la taza entera. Bueno, al menos no me lo tiró encima…

No me había encontrado con vientos tan fuertes desde el principio del viaje a excepción de la tormenta de arena en Kazakstán que se llevó mis guantes de piel. Al cabo de unas horas de pelear con el viento en la autopista, llegué a la conclusión de que de todas las condiciones meteorológicas que me había ido encontrando durante el viaje, esta era, sorprendentemente, la que más detestaba. El fuerte viento se veía empeorado por las turbulencias provocadas por los camiones y furgonetas, y me al final me cansé del tema y dejé la autopista mucho antes de lo que tenía previsto y me volví a las carreteras secundarias esperando estar más protegido del viento y encontrar menos turbulencias del tráfico, que iría más lento.

La cosa no mejoró demasiado… Francia es un país genial con muchas cosas que ver, pero por desgracia la mayoría de ellas no están en el centro del país. Hice kilómetros y kilómetros a través de pueblos aletargados, campos, polígonos industriales, más campos y mas pueblos aletargados, acompañado todavía por el viento y teniendo que aguantar los centenares de abuelos que se pasean por esas carreteras de campo con sus Berlingos a 20km/h. Si uno va a Francia como turista, hay mucho que ver. En mi caso, estaba haciendo un tour muy largo saliendo desde Barcelona, lo que significaba que Francia era un país que tenía que atravesar para llegar a cosas más interesantes. Si vuelvo a hacer esto, creo que iré con ferry a Italia y luego a los Balcanes para evitarlo.

Finalmente llegué a Perpiñán, donde quería girar al oeste para enfilar hacia los Pirineos. Era ya la hora de comer, así que para cuando dejé la ciudad y sus políginos industriales detrás empecé a buscar un sitio donde comer. Quería encontrar un restaurante de pueblo y regalarme una buena última comida en la carretera, pero parece que no iba a ser posible. Me pregunto si era festivo o simplemente a los franceses no les gusta trabajar un lunes, pero no conseguí encontrar absolutamente nada abierto en ninguno de los pueblos por los que pasé. También necesitaba llenar el depósito, así que me dirigí a una gasolinera de supermercado que había encontrado en el GPS, y ya que no había ni un solo bar o restaurante abierto, decidí que compraría algo allí y me buscaría la vida en algún rincón agradable cerca de la carretera ahora que ya me acercaba a la montaña. Esa opción también quedó descartada en cuanto entré al parking del supermercado. No había ni alma a la vista, todas las persianas estaban bajadas y solo había un par de surtidores de los que funcionan con tarjeta a pleno sol para darme la bienvenida. Llené el depósito, y como aún llevaba la capa térmica del traje (hacía frío por la mañana) empecé a desmontarla sin ni tan solo apartar la moto del surtidor. Naturalmente, tan pronto como empecé a bajarme los pantalones, aparecieron no uno sino tres coches, una moto y un hombre a pie con un bidón de gasolina en la mano que querían usar el maldito surtidor. ¿¡De dónde salían!? ¡Acababa de atravesar un pueblo donde no había ni gatos! Empujé la moto para dejar sitio y terminé de cambiarme mientras una mademoiselle de cierta edad ponía a prueba la paciencia de los otros cuatro clientes mientras se tomaba su tiempo para descubrir cómo usar su tarjeta para pagar la gasolina.

Seguí mi camino intentando encontrar un sitio donde comer y al final me tuve que rendir y parar en el único lugar abierto que encontré. Un McDonald’s. Sí. Una hamburguesa del McDonald’s. En Francia. En mi último día. Yo tampoco podía creérmelo.

Al menos el día mejoró radicalmente a partir de ahí. Atravesé Prades y enfilé por la N116 en dirección a la frontera. Había estado incontables veces en esa carretera vinendo de mi lado de la frontera, ya que normalmente voy a esa zona a esquiar, y es una carretera fenomenal, pero nunca había pasado de Mont-Louis. En un día claro se puede ver el valle extendiéndose hasta la planicie y el mar al fondo, y siempre había querido hacer esta parte de la carretera hasta Perpiñán. ¡Que carretera y que forma de volver a mi tierra! Subí por la carretera serpenteante hasta el tramo que ya conocía, disfrutando de la tarde y del paisaje que me ofrecían estas montañas, viejas conocidas. Ya en la Cerdanya, en el otro lado, atravesé la última frontera del viaje y volví a mi tierra natal.

Como ya he dicho, normalmente vengo aquí en invierno a esquiar o en verano a hacer montaña. Desde Barcelona, hay un túnel que lleva hasta aquí más rápido, pero es de peaje y no es barato. Sin embargo, la mayoría de la gente, yo incluído, prefiere pagar y tomar ese camino que hacer el puerto que pasa por encima de la montaña, ya que es mucho más largo y cansado de conducir. Hacía tiempo que no pasaba por el puerto, pues, y se me había olvidado que maravilla de carretera es. Ya que era lunes, no había nadie más y la tuve para mi solito. Me lo pasé en grande subiendo la Collada, estirando el motor en cada cambio, tumbando en las curvas y disfrutando de la carretera y el paisaje.

Paré en lo alto del puerto a contemplar las vistas y pensé que no había un camino mejor para volver a casa.

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Es curioso como viajar distancias tan grandes pone las cosas en perspectiva. Cuando vengo aquí, le viaje de vuelta a casa al final de día parece largo, estás en la frontera, en la montaña, lejos de Barcelona. Cuando me volví a subir en la moto vi que el GPS indicaba que me quedaban 140km hasta mi casa. Durante todo el viaje, cuando veía en el GPS que me quedan 150-100km hasta el destino tenía la sensación de que ya había completado la jornada, y que sólo me quedaba hacer los pocos kilómetros que me separaban del centro y del sitio donde me tocaba dormir esa noche. Me reí y tomé la primera curva de bajada por esa carretera que tanto conocía.

Llegué a Barcelona muy rápido y me encontré con el tráfico de última hora de la tarde. La moto y el traje estaban cubiertos con la suciedad, el polvo y los insectos de los últimos 14 países, yo tenía la cara sin afeitar y requemada por el sol, y una sonrisa de felicidad tonta de lado a lado de la cara. En los semáforos la gente me miraba como si me hubiese perdido de camino al Dakar. Cogí la Gran Vía para ir hacia el centro, y cuando llegué a la rotonda elevada de la plaza de Glòries, donde se cruza con la Diagonal, el sol ya estaba bajo, bañando la ciudad en una cálida luz anaranjada. Me puse de pie en la moto, miré al sol que empezaba a descender más allá de la Sagrada Família y pensé “ya estoy en casa”.

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Visado ruso y el consulado ruso

He leído mucho sobre la burocracia rusa en todos los foros de viajes de aventura que he visitado, así que cuando empecé a buscar información sobre el tipo de visado que necesitaré para entrar varias veces en Rusia en moto, sin fechas exactas, de entrada ni salida, reservas de hotel, ni cartas de invitación, ya me esperaba cierto grado de dificultad.

Tras haber leído sobre los distintos tipos de visados y empresas que se dedican a hacer todos los trámites, decidí hacerlo por mi cuenta para ahorrarme unos cuantos euros, así que fui al consulado de Rusia en Barcelona.

Como se puede esperar de un país así, el consulado no es una oficina en el segundo piso de un bloque en el centro, sino una imponente mansión en la parte alta de la ciudad. Su página web advierte claramente de que es imposible visitarla sin una cita previa, así que me conecté e introduje toda la información necesaria para concertar una. Resultó que el sistema es tan inflexible como Rusia, y la única opción disponible en el listado de razones para visitar el consulado es “visados”. Imagino que hay que ser alguien importante y conocer a las personas adecuadas para poder visitar el consulado por otras razones. Conseguí hora para un jueves por la mañana y cuando llegó el día, fui hacia allí con la esperanza de conseguir información sobre tipo de visado que necesitaba exactamente para este tipo de viaje y si la persona que me atendía era simpática, quizás también información sobre pasos fronterizos, estado de las carreteras, etc. ¡Nada más lejos de la realidad!

La entrada al patio delantero del edificio consistía en una jaula con dos puertas, con cámaras de seguridad, un interfono y un guardia de seguridad corpulento. El guardia estaba dejando salir a alguien y rápidamente cerró la puerta detrás suyo cuando me vió acercarme. Cuando llegué a la primera puerta barboteó algo en ruso y le dije que tenía hora (en español, naturalmente, mi ruso es inexistente y si está destinado al consulado en Barcelona, doy por hecho que entiende el idioma local…) a lo que respondió “¿nombre?” Le di mi nombre y DNI y comprobó una lista impresa que llevaba en una carpeta. Asintió y presionó un botón que me dejó entrar por la primera puerta hacia dentro de la jaula. Tuve que esperar a que se cerrase la primera puerta y entonces alguien abrió la segunda puerta desde algún otro lugar. El guarda señaló la entrada principal de la mansión y dijo “izquierda”.

El arco de la entrada daba a un recibidor amplio, donde había gente sentada, aparentemente esperando que les llamasen. La puerta que llevaba del recibidor al interior del edificio estaba abierta y ví fugazmente gente sentada en escritorios y hombres de traje yendo y viniendo. Me estaba preguntando si ellos también habrían tenido que pedir cita a través de la página web y cómo se las habrían apañado para que el menú les diese alguna otra opción aparte de “visados” cuando la voz del guarda de seguridad diciendo “izquierda” otra vez me devolvió a la realidad. Estaba detrás mío, señalando una puerta más pequeña a la izquierda del recibidor. Entré y encontré una sala pequeña con un par de mesas para rellenar formularios y una ventanilla a la derecha. Era evidente que el resto de la mansión no era territorio accesible a los meros mortales.

No había nadie haciendo cola en la ventanilla, así que me acerqué. Detrás de un cristal antibalas había un funcionario soviético con pinta de aburrido sellando papeles. Levantó la vista, me vió y me dijo “¿papeles?” Empecé a explicarle mi historia: de viaje en moto, entrando varias veces en el país, sin invitación, bla, bla… y creo que lo desbordó la cantidad de palabras que estaba malgastando; todo el mundo con quien había tenido contacto en el edificio de momento parecía usar solo una palabra cada vez que abrían la boca. Dijo “allí te informarán” y señaló detrás de mí. Me giré esperando encontrar una joven rusa sonriente detrás de un mostrador de información, pero no había nadie mas en la sala. Le miré y señaló de nuevo. Esta vez me dí cuenta que estaba señalando un tablón de anuncios colgado en la pared donde había un póster que anunciaba una empresa llamada Central de Visados Rusos que tramitaba visados. Había visto otras empresas online, y algunas personas me habían recomendado Real Russia, pero quería evitar pagar  una empresa si podía hacer el papeleo yo mismo. Sin embargo, estaba claro que aquello era toda la información que iba a conseguir en el consulado, y las oficinas de la empresa estaban cerca de casa, así que decidí ir y ver si podían aclararme un poco cómo conseguir el visado que necesitaba.

A la salida no había ningún guarda de seguridad, así que fui hasta la primera puerta y pulsé el botón del interfono. Alguien ladró unas pocas palabras en ruso y yo contesté “quiero salir”. La puerta vibró y se abrió y entré en la jaula. Una vez la primera puerta se hubo cerrado, la segunda vibró. La empujé pero no se abría. Esperé que la volvieran a abrir, pero se negaba a moverse. No había nadie en el patio y estaba atrapado entre las puertas. Genial. Pulsé el botón del interfono y pedí otra vez que me dejasen salir. La misma voz gritó algo en ruso y volvió a abrir la puerta, pero no había manera de que se abriese, por mas que empujase con todas mis fuerzas. Empezaba a sentirme un poco idiota atrapado entre las puertas cuando una mujer subió por la calle hasta la puerta, dijo algo en ruso al interfono y la puerta volvió a vibrar. Tiró de ella y la abrió sin ningún esfuerzo desde el exterior, y yo aproveché para escabullirme de tan encantador lugar.

Encontré la joven rusa sonriente que esperaba en la empresa de gestión de visados. Escuchó lo que quería hacer y me explicó que el único visado multientrada para Rusia es el de negocios, el de turismo solo permite entrar al país dos veces en un mes, mientras que uno de negocios permite múltiples entradas en un período de seis meses. Me dijo que no importaba que no fuese allí por motivos laborales, solamente necesitaba una carta de invitación de una empresa rusa para obtener el visado. Cuando le pregunté cómo iba a conseguir una sin contactos, sonrió, me dio un formulario y me dijo “las hacemos nosotros por 50€”.

Empezaba a estar claro que no iba a conseguir llevar a cabo la gestión del visado yo solo, y encima eran la única empresa que el consulado ruso en Barcelona tenía oficialmente aprobada para llevar solicitudes de visados, y aún me quedaba tramitar los de Kazakstán y Mongolia, así que decidí ahorrar tiempo y pagar por el servicio.

2013-04-11 12.07.28

Después de hacerme fotos, contratar un seguro de viaje en una de las compañías de seguros aprobada por el consulado, rellenar una solicitud de carta de invitación y un formulario descargado de su pagina web, asegurarme de que mi pasaporte no caduca en los siguientes seis meses y de que tiene al menos dos paginas en blanco consecutivas, entregué por fin los papeles esta semana, y espero tener un visado multientrada para Rusia para el martes de la semana que viene.

El Consulado de Kazakstán en Barcelona existe!

Hace un mes empecé a reunir información sobre los visados y todo el papeleo necesario y visité los consulados en Barcelona. Necesito visados para Rusia, Kazakstán y Mongolia. Encontré toda la información que necesitaba en los consulados de Rusia y Mongolia (mas información sobre el tema en otro post), pero encontré el consulado de Kazakstán cerrado las tres veces que fui a visitarlo, fuese cual fuese el dia y la hora.

Por surte, hoy ha sido un día muy productivo y he encontrado un número de teléfono de contacto del consulado. He llamado esta mañana y, efectivamente, están en Barcelona, pero solo reciben visitas concertadas previamente. Emiten visados, pero lo hacen a través del consulado de Madrid, y cobran 120€ por el servicio. Si llevo los documentos a Madrid yo mismo solo costaría 35€, así que aprovecharé que mi hermana vive allí y tengo amigos que van y vienen entre Barcelona y Madrid a menudo e intentaré hacerlo por mi cuenta.

Entretanto, he descargado estos formularios con una pinta muy oficial:

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