La Pointe Sommeiller y el Tunnel du Parpillon

Día 6 – Sábado 5 de Agosto – Rutas offroad y vuelta a Briançon (278km)

 

“No muchos llegan arriba, ya que la carretera suele estar cubierta de nieve”.

“Algunas partes difíciles, que te harán preguntarte sí seguir adelante”.

“Dificultad de hasta 8 sobre 10, 10 siendo imposible”.

“Lo más alto a lo que puedes llegar con un vehículo en Europa”.

Estos son algunos de los comentarios que encontré online sobre la Pointe Sommeiller cuando estaba preparando el viaje. Era todo un reto enfrentarme a esta ruta solo, pero me sentía a la altura después del éxito de las rutas del día anterior, y sentía que no podía irme de la zona sin al menos intentar completar una de las rutas más más míticas de la región.

Esta pista de montaña se abrió en 1962 y no es una ruta militar, ya que termina sin salida, no conecta con el lado francés y no hay ninguna fortificación, sino que se construyó con vistas a abrir unas pistas de esquí. El proyecto fue abandonado en 1980, pero la pista sigue ahí.

La ruta empieza en el mismo punto que el túnel de Fréjus, justo pasado el pueblo de Bardonecchia. La primera parte, que lleva a la aldea de Rochemolles, está asfaltada, pero eso no la hace más fácil; es una carretera muy estrecha a través del bosque con algunas de las horquillas más cerradas e inclinadas que he visto jamás. Pasado Rochemolles la pista empieza, y en su mayor parte no es un recorrido difícil, hay algunas horquillas, pero el piso es suficientemente bueno como para pasar con todo tipo de coches. El bosque empieza a aclararse a la altura del Lago di Rochemolles, una presa a medio subir el valle. La parte de la pista que lleva de allí al fondo del valle es la más fácil, ganando altitud con mucha suavidad hasta llegar a un aparcamiento y una caseta de madera que marca el inicio de la parte complicada.

Una chica en la caseta me dijo que había que pagar un peaje de cinco euros para acceder al resto de la ruta, una medida que me pareció razonable para mantener el tráfico controlado y la carretera abierta y con un mantenimiento adecuado como ruta turística. También se aseguraba de que no se metiesen vehículos no adecuados pasado ese punto, pues era a partir de ahí que las cosas se ponían difíciles: un primer tramo con una serie de horquillas muy cerradas con algunas piedras sueltas y surcos justo en los peores lugares. Después de esto venía una llanura donde la pista se nivelaba y aparecían las primeras nieves.

Al fondo de la llanura las cosas se volvían a complicar. La carretera subía los últimos cientos de metros por un terreno muy rocoso, que hacía que la moto rebotase por todas partes. Recordando el consejo de los moteros alemanes del día anterior en el Forte Jafferau, paré a deshinchar un poco los neumáticos. Fue como la noche y el día: la moto era ahora mucho más controlable e iba exactamente por dónde yo quería que fuese, sin rebotar nada.

Un par de horquillas más arriba llegué al final de la pista, una explanada desierta con una valla de madera que la separaba del lago en lo alto del collado. A mi derecha, el glaciar el Sommeiller, donde nacía el agua del lago.

Anduve pasada la valla y me encontré un hombre con una GS de las primeras al lado del lago que estaba recogiendo las cosas. Me acerqué y me contó que había pasado la noche allí arriba, toda una experiencia.

Los únicos otros vehículos allí arriba eran un par de 4×4 muy preparados, pero había otro que me llamó la atención. Contra todo pronóstico, una familia holandesa había conseguido llegar hasta allí arriba ¡con una Volkswagen California! Vale, era la versión Syncro 4×4 y le habían puesto neumáticos BF Goodrich de tacos, peró no por ello me resultó menos sorprendente.

La bajada fue más fácil de lo que me esperaba, o quizá simplemente tenía más confianza después del descenso del Forte Jafferau por las pistas de esquí el día anterior. En cualquier caso, la única dificultad que me encontré es que a la hora que empecé el descenso ya llegaba más tráfico de subida, así que tenía que ir con más cuidado, pues no había mucho sitio en la pista. A medio camino del tramo final de horquillas vi una larga hilera de Jeep Wranglers que subía, así que me aparté en una cornisa amplia y paré a hacer algunas fotos y esperar que pasaran antes de arriesgarme a encontrármelos de cara en una curva cerrada.

Desde el fondo del valle el resto del descenso no ofrecía ninguna dificultad aparte de la cantidad de gente que sube por este tramo más fácil, algunos de ellos un poco demasiado rápido y ocupando todo el espacio en la pista.

Al llegar abajo, saqué el compresor para devolver los neumáticos a la presión correcta antes de tomar la carretera hasta la segunda ruta off del día: el Tunnel du Parpillon.

Tenía que volver a Briançon y luego ir hacia el sur por la carretera principal hasta Montdaufin, donde una carretera más pequeña lleva a Guillestre y a través del Col de Vars, una ruta que iba a repetir al día siguiente como continuación de la Route des Grandes Alpes. Al fondo del valle en el otro lado del puerto el pueblo de La Condamine-Châtelard marca el punto de inicio de la carretera alpina D29, la pista que sube hasta el Tunnel du Parpillon, a 2.637m.

 

La carretera y el túnel conectan el valle de Ubaye con Embrun y fueron construidos por el ejército francés en 1891, ya que el paso se consideraba de importancia estratégica. Se ha cerrado al tráfico varias veces a lo largo de los años, pero algunos de los moteros que me encontré en Forte Jafferau acababan de hacerlo, así que no imaginaba que tuviera problemas. La ruta que iba a hacer, aproximadamente de sur a norte, era la que la mayoría recomendaba, pues el ascenso desde este lado es más complicado y hay menos probabilidades de encontrarse con tráfico aparte de ciclistas y algún motero o 4×4. Al igual que el último tramo del Sommeiller, esta no es una ruta para intentar en un turismo.

Cuando dejé la carretera principal vi un cartel que decía “Tunnel du Parpillon FERMÉ”. Mi francés es mucho mejor que mi italiano, así que este lo pillé sin problemas pero, como tenía información reciente de que estaba abierto, simplemente lo ignoré y tiré para arriba. Había por lo menos una señal más como esa antes de que la carretera se convirtiera en pista, así que cuando me encontré con un grupo de ciclistas recogiendo las cosas al lado de su coche paré a preguntarles por el túnel. Me confirmaron que estaba abierto, justo bajaban de allí. También me dijeron que tenía bastante agua en el interior. Vaya, vaya…

La subida tenía puntos comparables a la Pointe Sommeiller, mucha piedra, buen desnivel, curvas cerradas… Buena idea que hubieran puesto carteles al principio avisando de que no era una ruta apta para turismos.

Sin embargo, a media subida vi un vehículo bajando. Tenía luces diurnas en forma de C en el parachoques, así que al principio pensé que era un Renault Captur de los nuevos, y me dije que el conductor era un valiente metiéndose con un SUV de tracción delantera y ruedas de carretera en un sitio así, pero cuando me acerqué me quedé boquiabierto al ver que era ¡un Passat GTE! Un híbrido deportivo con muy poca distancia al suelo. Si fuese mi propio coche no lo hubiera metido ahí ni por todo el dinero del mundo. Imaginé que debían haber subido por el otro lado, que se supone que era mucho más fácil, y habían decidido seguir por este valle. Mala idea.

Unas curvas más adelante llegué a la entrada del túnel. Era un túnel estrecho, con unos portalones de metal donde se leía con pintura desgastada “cirulation interdite”. No parecía demasiado “interdite”, pues en unos pocos minutos varios 4×4 y motos emergieron de su interior.

Uno de ellos, un holandés en una GS1200 Adventure, se paró a hacer algunas fotos y me acerqué a preguntarle por el estado del túnel y nos pusimos a charlar. Iba de viaje con su mujer y estaban alojados en Creveux, el primer pueblo al bajar. La había dejado allí y había subido a ver si la pista era factible para volverla a subir con pasajera. Era la primera GS1200 que veía en todo el viaje con gomas de tierra (TKC80) y haciendo pista. El hombre era muy simpático, y ya que íbamos en la misma dirección me nombró “su amigo durante la siguiente hora” y propuso hacer la bajada juntos.

El ancho túnel solo permitía el paso de un coche, así que esperamos para asegurarnos de que no viniera nadie y nos metimos. Tenía medio kilómetro de longitud y el piso estaba lleno de barro y charcos que negociamos en la oscuridad total, pero los neumáticos se portaron de maravilla y no tuve problemas.

Una vez al otro lado del túnel y de bajada, entendí por qué los de Tarragona me habían recomendado hacer la ruta en este sentido – las vistas eran mucho más bonitas de bajada por esta vertiente, con algunas paredes impresionantes ante nuestro.

Cuando encontramos asfalto de nuevo nos paramos a darnos los detalles de contacto para enviarnos los vídeos que habíamos hecho a la bajada, y él llamo a su mujer para decirle que se preparara para subir con él y que pidiera un par de coca colas para nosotros, tras lo cual me invitó a seguirle hasta el hotel. ¡No podía decir que no!

Estuvimos charlando un rato en la terraza de la casa rural donde se alojaban en el pueblecito de Creveux y, cuando me puse en camino hacia Briançon, ellos enfilaron de nuevo hacia el túnel.

Cuentapuertos:

28. Col de l’Echelle 1762m

29. Col du Sommeiller (off) 2993m

30. Col du Parpillon (off) 2637m

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El Forte Jafferau y la Strada dell’Assietta

Día 5 – Viernes 5 de agosto – Rutas offroad y vuelta a Briançon (259km)

 

En realidad, no me apetecía salir a hacer pistas hoy. Viajaba solo, lo que siempre conlleva un riesgo añadido, y en menos de dos semanas empezaba las vacaciones con mi pareja, un viaje que ella llevaba mucho tiempo planeando, así que sabía a ciencia cierta que, si sufría una caída en medio de la nada en los Alpes y me lesionaba, mi mayor problema no iba a ser cómo conseguir ayuda allí, sino tener que enfrentarme a su ira cuando descubriera que nuestra aventura asiática no iba a poder ser. Sin embargo, a las cuatro de la tarde estaba volando por una de las mejores pistas que he visto, con unas vistas magníficas a ambos lados de mí, y pensando que esto era sin duda alguna lo mejor que alguien puede hacer con una moto.

Casi todas las rutas offroad que había encontrado estaban en la misma zona de Italia, justo al otro lado de la frontera desde Briançon, todas ellas bien conocidas en el mundillo. De hecho, un par de alemanes que conocí más tarde ese día en la montaña me confirmaron que esta es la única zona donde se puede hacer pistas en moto, el resto de los Alpes está muy protegido.

Mi exhaustiva investigación online (media hora en ADVrider mientras mis alumnos del curso de verano hacían exámenes) había revelado seis rutas interesantes. Pensé que podía hacer tres que estaban cerca unas de las otras por la mañana y dos más en otra zona por la tarde, incluso una tercera si estaba inspirado.

Una vez más, como los chicos de Top Gear dicen (los buenos, no sus sustitutos), “ambitious but rubbish”.

La primera ruta que elegí era la subida al Forte Jafferau. El fuerte es una impresionante construcción en la cima de una montaña de 2.775 metros de altura, Monte Jafferau, fue construido por los italianos en 1896 y se mantuvo operativo hasta el fin de la segunda guerra mundial, cuando fue destruido por los franceses como parte de las condiciones del tratado de paz. No queda rastro del teleférico que subía provisiones desde el valle, pero la carretera militar que llevaba hasta él sigue ahí y aún pertenece al ejército italiano. Abierta al tráfico, es una ruta por pista hasta uno de los puntos más altos que uno puede alcanzar con un vehículo.

Hay tres vías posibles para llegar al fuerte: dos salen del pueblo de Millaures, una mediante las pistas de servicio de una estación de esquí y la otra a través de la carretera militar, la strada militare n.218. La otra vía es la otra punta de al strada militare, que sale del pueblo de Moncellier. Quería hacer esta última porque tiene un elemento que la hace particularmente interesante: un poco antes de conectar con la pista que sube de Millaures, esta ruta atraviesa un túnel cavado en la roca bajo unos impresionantes acantilados, un túnel sin asfaltar y con un fuerte desnivel que siempre está mojado y resbaladizo, con una buena reputación por su dificultad, conocido como la Galleria del Siguret.

Fui hasta el pueblo de Moncellier a primera hora de la mañana para evitar el calor que parecía haberse instalado por todos los Alpes y, justo en el desvío que marcaba el inicio de la ruta, me encontré con esta señal:

Mi italiano es bastante limitado, pero entendí que el túnel estaba cerrado a todo tipo de tránsito, incluyendo peatones, por riesgo de hundimiento. Lo que no tenía tan claro era lo de “divieto di transito” entre los kilómetros 13 y 14. ¿Se refería a la parte que estaba cerrada en el túnel? ¿Quería decir que había un desvío que lo evitaba? No tenía cobertura, así que no podía usar Google para traducirlo, ni escribir a mi hermana, que domina el italiano. Pensé que, ya que había ido hasta allí, al menos podía subir y descubrir por mí mismo si la ruta estaba cortada del todo o no.

Como con cualquier otro deporte, necesito un rato para calentarme y sentirme cómodo haciendo pistas. Desconecté el ABS y el control de tracción y enfilé por el camino, pensando que era un poco más complicado de lo que me apetecía. Era estrecho, algunas partes empinadas y había bastante piedra suelta. Pero eso era solo porque estaba frío y necesitaba estirar un poco.

Al cabo del rato me fui sintiendo más cómodo y empecé a disfrutarlo. La mayor parte de la pista transcurría por dentro del bosque, pero de vez en cuando se entreveía el fondo del valle y podía intuir el calibre de la caída. ¡Suerte que el bosque era denso! Mi mente ya estaba en pleno modo offroad cuando alcancé un pequeño collado donde una hilera de piedras bloqueaba el paso y otra señal más anunciaba que la carretera estaba cortada (esta era la tercera que encontraba, por si aún no lo había pillado) así que, en un arranque de valentía, decidí ignorar las piedras y la señal y, arriesgándome a ser multado por el ejército italiano (los carteles decían que se había cortado por orden suya), seguí adelante para ver si el túnel era transitable.

Al pasar las rocas vi de inmediato que esa parte de la pista no había sido mantenida igual: había más surcos, piedras y algunos árboles caídos, probablemente derribados por avalanchas, que se metían un poco en la pista en algunos puntos. Fui avanzando tan lejos como pude, pero a medio camino de la entrada del túnel, un pequeño desprendimiento bloqueaba la pista. Si hubiese ido con más gente probablemente podríamos habernos ayudado unos a otros a superarlo. Lo intenté yo solo, pero el paso estaba demasiado cerca del borde de la pista para mi gusto, un pequeño error supondría una buena caída por la ladera de la montaña, y sin cobertura y sin haber visto ni un alma en este lado de la ruta en toda la mañana (la gente debía de hacer más caso a las señales que yo) no era una idea que me resultara especialmente atractiva, así que le di la vuelta a la moto como pude y abandoné esa vía, volviendo a la carretera mucho más rápido ahora que ya iba suelto offroad.

Menos de una hora más tarde me encontraba en un desvío en Millaures mirando la misma señal: Galleria del Siguret chiusa, pericolo crollo, bla bla… pero el camino por este lado llegaba al fuerte sin tener que pasar por el túnel así que, ¡para arriba! Una buena señal era que aquí había mucha más actividad: bicis de montaña, varios 4×4 aparcados por la pista, un equipo de mantenimiento trabajando en la pista… El primer tramo ya imponía un poco, unas cuantas curvas de 180º muy empinadas que, si bien no eran demasiado problema a la subida, podían ponerme en aprietos a la bajada. En el punto en que el bosque empezaba a clarear había un pequeño fuerte que dominaba el valle, y paré a hacer algunas fotos. Mientras husmeaba por el lugar, un tipo en una Africa Twin de primera generación apareció pista abajo, entró en el fuerte, enfiló por una pendiente imposible en la colina tras de él, bajó por un camino aún más imposible y se marchó por donde yo había llegado. Me sentí un novato total.

Seguí y al cabo de poco me encontré con un grupo de cuatro motos, dos alemanes y dos italianos, que se habían parado en el desvío donde la pista bajaba hacia el túnel. Desde allí tenía una vista perfecta del collado a donde había llegado por la mañana, la carretera que atravesaba la ladera y la entrada al túnel, con una pila de tierra que bloqueaba la entrada de modo que, aunque hubiese podido pasar del desprendimiento, no hubiese podido cruzar el túnel. Me uní al grupo para el resto de la subida hasta el fuerte, que era más sencilla que el primer tramo en el bosque.

La parte alta de la montaña estaba bastante ocupada: varios 4×4, muchas bicis de montaña y un rebaño de ovejas cuyos enormes mastines intentaron llevarse mi pierna de trofeo al pasar. El último trecho hasta el fuerte había estado pavimentado con piedras en su día, pero ahora estaba tan roto que era horrible circular por él, la moto sacudiéndose con tal violencia que pensaba que se iba a desmontar, pero aguantó como una campeona y llegué al collado sin problemas.

Siendo montañero además de motero pensé que lo decente era hacer a pie los últimos metros hasta la cumbre, así que aparqué la moto allí y llegué andando hasta el pico del Mont Jafferau a pie.

Desde arriba era fácil ver por qué los italianos habían construido esta fortificación aquí. Se dominaba un panorama de 360º y sus ocho cañones debían haber llegado lejos dentro de territorio francés. Mientras disfrutaba de las vistas llegaron una KTM y una Africa Twin y oí a los moteros hablar catalán. Si hay una cosa de la que se puede estar seguro, es que vayas donde vayas, vas a encontrar algún turista catalán, pero ¡no esperaba encontrarlos también aquí arriba! Resulta que eran de Tarragona, y ya llevaban unos días haciendo algunas de las pistas de la zona. También habían intentado meterse en el túnel, pero por este lado, sin más éxito que yo.

Al despedirnos llegó un gran grupo de quads por la otra ladera. Habían subido por las pistas de esquí por esa vertiente, una ruta que yo estaba considerando para no tener que volver por donde había venido, así que les pregunté por el estado de la pista, pues los alemanes que me había encontrado antes me habían dicho que ellos la recordaban muy vertical y con mucha roca suelta cuando la habían hecho algunos años atrás, pero estos me dijeron que hacía poco que la habían nivelado con excavadora y que no había problema para bajar por ahí.

Vale, la pala la podría haber nivelado, o sea que no había piedras de por medio, pero eso no la hacía menos vertical. No solo eso, sino que la tierra estaba suelta del paso de quads y 4×4, así que la bajada era de infarto. Usé la primera, frené con la rueda trasera, toqué lo menos posible el freno delantero, y sudé y solté tacos casi todo el camino. No soy para nada un experto en offroad, más bien al contrario, y estoy seguro de que todo el mérito de llegar abajo de una pieza es de la moto y los neumáticos Mitas, que se comportaron ambos de maravilla en esas condiciones.

Encontré una mesa de picnic a la sombra justo a la entrada de Millaures y me miré la lista de rutas offroad que había hecho mientras comía. Mis piernas, brazos y espalda acusaban la bajada, y por un segundo estuve tentado de dejarlo ahí, pero aún tenía tiempo y sería una pena no hacer al menos otra ruta, así que elegí una que no estaba demasiado lejos y no parecía complicada en base a lo que había leído: la Strada dell’Assietta, una pista a lo largo de las crestas entre los valles de Val Chisone y Val di Susa, también construida por el ejército. Mas o menos en las montañas enfrente de donde estaba, decían que tenía unas de las mejoras vistas de la zona.

 

Fui hasta la estación de esquí de Sestriere y, justo donde empezaba la ruta, me encontré con otra señal anunciando que la pista estaba cerrada. ¡Maldita sea! Leí la letra pequeña (solo en italiano) y me pareció entender que lo que decía era que estaba cerrada los miércoles y sábados. ¿O era de miércoles a sábado? En cualquier caso, nada me impedía el acceso, así que me metí.

Las crónicas que había encontrado sobre esta pista la ponían al mismo nivel de dificultad que la del Forte Jafferau, pero no era para nada así. Quizá es que ya estaba en modo offroad total, pero me pareció una pista muy sencilla con algunas de las mejores vistas de los Alpes. Con más de 30km, también había tiempo de sobra de disfrutarlas, y eso es lo que hice. Me paré a menudo a ver el paisaje, me lo pasé en grande en los tramos más rápidos y, para cuando había terminado, era el tío más feliz del planeta.

Volví a la carretera en Pourrieres, bajé de vuelta a Sestriere y desde allí a Francia por el Col de Mongenèvre de nuevo. De bajada a Briançon me encontré atrapado detrás de un Audi A4 Allroad con un conductor muy, muy lento y mientras me aburría tuve una idea: debería fundar una ONG que se dedique a rescatar coches buenos de conductores pésimos. Es una pena que tantos coches magníficos terminen en manos de conductores desastrosos que nunca los conducirán como se merecen, así que esta organización se dedicaría a quitarles estos coches, encontrarles un nuevo hogar con un conductor entusiasta que se asegure de darle el uso y el cuidado adecuados, y sustituirlos por algo más coherente con su nivel de talento al volante, un utilitario coreano, por ejemplo, un Kia Truño o un Daewoo Larva. ¿Qué os parece?

En el cámping me esperaba una última sorpresa para redondear el día. Justo cuando me sentaba en la terraza del bar, preparado para disfrutar una merecida cerveza, vi a Harald, el alemán que había conocido en Séez y que me había recomendado este sitio. Se sentó en mi mesa y compartimos unas cuantas cervezas e historias.

Cuentapuertos:

21.Col de Montegenèvre 1850m

22. Colle Basset (off) 2424m

23. Colle Bourget (off) 2299m

24. Colle Costa Plana (off) 2313m

25. Colle Blegier (off) 2381m

26. Colle Lauson (off) 2497m

27. Colle della Assietta (off) 2474m

El puerto más alto de los Alpes

Día 4 – Jueves 3 de agosto – de Séez a Briançon (227km)

 

Tomarse las cosas con más calma vale sin duda la pena. Hoy hice la segunda parte de la ruta hasta Briançon, que originalmente quería hacer en un dia. ¿Es factible? Sin duda. ¿Vale la pena? En absoluto. Se puede cubrir esa distancia en un día, sobre todo si disfrutas dándole candela subiendo los puertos, pero entonces no hay tiempo de parar al llegar arriba de cada uno y hacer fotos, disfrutar del paisaje, hablar con otros moteros, tomar algo, estudiar el mapa, estirar las piernas y descansar…

Así que tomármelo con calma es lo que hice. A pesar de recorrer solo 227km hoy, llegué al cámping en Briançon prácticamente a la misma hora que los días anteriores, pero mucho más relajado, habiendo disfrutado de todos y cada uno de los puertos de la ruta del día.

Me puse en camino una hora más tarde porqué quería secar un poco la tienda de la humedad de la noche, no me gusta nada guardarla así, y aproveché el rato para charlar con un motero alemán que había acampado al lado. Estuvimos hablando del calor, de las rutas por la zona, de motos, etc. y me recomendó un buen cámping en Briançon.

Nada más dejar Séez la D902 iba llena de tráfico. Casi de inmediato me encontré con una larga cola de coches, camiones, furgonetas, etc. que avanzaban a paso de tortuga y me dediqué a irlos pasando uno a uno cada vez que había un poco de espacio. Resulta que el motivo del tapón era un camión de transporte especial que llevaba una excavadora; una vez adelantado la carretera era toda mía, y la disfruté como merecía… hasta que oí la GoPro emitir unos agónicos pitidos que indicaban que la batería había muerto. “¡Ahora no!” pensé. La subida al Col de l’Iseran, el más alto de la ruta, estaba a punto de empezar y no quería que el camión y la docena de coches que lo seguían se me pusieran delante de nuevo. Aceleré con la esperanza de abrir un hueco lo suficientemente grande para poder hacer una parada en boxes rápida y aún mantener los rivales por detrás, al estilo de la F1. Paré a llegar al Lac de Chevril, pero resulta que las vistas eran tan cautivadoras que no puede evitar hacer unas cuantas fotos, dando al traste con la ventaja que había conseguido acumular.

Efectivamente, al poco rato el camión emergió de un túnel carretera abajo con el motor gruñendo por el esfuerzo de arrastrar tanto metal montaña arriba y, sorprendentemente, se paró donde estaba yo. Estaba dejando pasar al resto del tráfico, un gesto de cortesía que ya había visto hacer a otros camiones y del que muchas autocaravanas podrían aprender. Por primera vez en el viaje empezaba a tener frío, sobre todo con toda la ventilación del traje abierta así que, viendo que no iba a hacer más calor arriba, aproveché la parada y me puse a cerrar clips y cremalleras. Estaba a punto de acabar cuando oí los frenos del camión resoplar, me giré y vi cómo se ponía en marcha de una sacudida y salía a la carretera por delante de mí mientras lo miraba como un idiota con la chaqueta a medio poner. ¡Maldita sea! Las buenas noticias eran que al llegar a Val d’Isère, el famoso resort de esquí, la mayor parte del tráfico, incluyendo el camión, desapareció, dejando la carretera a los que íbamos a dos ruedas.

Col de l’Iseran, con 2.764m (el cartel allí dice 2,770m), es el puerto asfaltado más alto en los Alpes y ofrece unas vistas espectaculares sobre el parque nacional de La Vanoise.

Muchos moteros se habían congregado allí, pero entre tanta maquinaria lo que más me llamó la atención fueron un par de motos de 125cc que habían conseguido llegar hasta allí, así como una pareja en una BMW que viajaban ¡con perro! Con un par de Doggles, por supuesto.

De bajada la carretera atraviesa Bonneval-sur-Arc, un puñado de casas de madera típicas de los Alpes que es de lo más representativo de este tipo de arquitectura que he visto. Pasado el pueblo el valle se abre y la carretera atraviesa bosques de abetos perdiendo altitud con mucha suavidad. Con tanta suavidad que casi me pierdo el siguiente puerto, uno por el que sentía especial curiosidad: según el mapa, se llamaba Col de la Madeleine, pero ya había atravesado un puerto con ese nombre hacía dos días. Siendo un completo ignorante en lo que al Tour de France se refiere, no sabía cuál era el famoso, así que tocaba compararlos. Este no era más que un bulto al final del valle antes de que la carretera iniciara el descenso a Lanslevillard, un tramo bastante plano que pasaría totalmente desapercibido si fuera por el cartel que indica su existencia, así que supuse que el famoso era el otro.

Pasado Lanslevillard dejé la ruta y me desvié a la izquieda. Tenía tiempo y había un puerto en una de las rutas alternativas que quería ver, el Col du Mont St-Cenis. No sé por qué había decidido que valía la pena el rodeo, no sabía nada sobre él, quizá era solo instinto pero, sin duda alguna, valía la pena. La carretera era interesante y sin tráfico, ganando altura por un bosque con algunas pistas de esquí, y el puerto ofrecía unas buenas vistas al valle del que venía de subir, pero lo mejor estaba del otro lado: hay un precioso lago con varias fortificaciones a sus orillas. Decidí bajar hasta la pared de la presa y comer cerca de unas ruinas cerca de la orilla, y así fue como terminé haciendo la primera incursión offroad del viaje.

Una pista salía de la carretera por encima de las ruinas y vi coches aparcados cerca el agua, así que imaginé que sería fácil bajar por allí y me metí. Los primeros metros no tenían dificultad, pero luego me encontré con surcos que normalmente no serían un problema, pero iba de bajada y con la moto cargada, así que no estaba cómodo del todo. Sin embargo, no había espacio para girar, así que seguí abajo. Por suerte, era solo ese tramo, y la pista volvía a ser fácil pasadas las ruinas. Paré a comer disfrutando de las vistas sobre el lago y felicitándome por mi destreza offroad.

Volví por el mismo camino a la carretera principal, que durante un tramo era más bien poco interesante. Paré a por provisiones en Modane (queso y vino, ¡bien sûr!) y luego fui a por los dos siguientes puertos del día: Col du Télégraphe y uno simplemente llamado “Le Col”.

Un poco soñoliento después de la comida, decidí hacer una pausa en la terraza del bar del Col du Télégraphe y pedir una Coca Cola. Mientras estaba allí, llegaron tres abueletes de buen calibre en Suzuki Intruders 250, se sentaron en el bar y se pidieron tres cervezas. ¡Así se hace! Los dejé a lo suyo y llegué al pueblo de Valloire sin haber visto el curiosamente bautizado “Le Col”.

Dos puertos más para terminar el día: Col du Galibier y Col du Lautaret. El ascenso al primero era cosa seria, horquillas muy cerradas, tramos bastante verticales y caídas terroríficas sin ninguna protección, pero ya se sabe, sin riesgo no hay gloria, y éste resultó ser mi puerto favorito. Quizá no sea el más alto, pero el Col de l’Iseran solo le saca 100m y tiene unas vistas fantásticas a ambos lados, con un último tramo tan empinado que hay un túnel para evitarlo unos centenares de metros antes del collado. Tampoco es que el túnel ayude mucho… Con unas pesadas puertas de madera que cierran la boca, es tan estrecho que solo tiene un carril, de modo que el tráfico está regulado por semáforos. Ah, y las caravanas, vehículos más altos de 4m y/o más pesados de 19 toneladas no pueden usarlo, de modo que tiene que enfrentarse a las últimas curvas de infarto para subir al collado. Un puerto de leyenda.

La carretera baja desde allí al Col de Lauteret, que había cruzado en 2013 de camino a conquistar (o fracasar en el intento) las carreteras de Mongolia. Era el único puerto que crucé de viaje al este y me había parecido espectacular. Bajando del Galibier, sin embargo, era algo menos impresionante.

Todo lo que me quedaba por hacer hoy era bajar por la carretera principal a Briançon y encontrar el cámping que Harald, el motero alemán que había conocido en Séez, me había recomendado. Oh, y encontrar un taller que me dejara un par de alicates. El hornillo se estaba quedando sin gasolina y tanto subir y bajar de puertos había provocado que la diferencia de presión hiciera imposible desenroscar el tapón para llenarlo.

Paré en una gasolinera en La Salle-les-Alpes, llené el depósito, metí un poco de gasolina en una botella de plástico para el hornillo y me acerqué a un taller al lado a pedir unos alicates. Solo cuando volvía a la moto me di cuenta de que el sitio me resultaba familiar. ¡Había repostado en esta misma gasolinera en 2013!

El cámping estaba justo pasado Briançon, pero primero tenía que atravesar la ciudad, y era un infierno. La temperatura superaba los 30ºC, incluso a esta altura, y había un atasco interminable en el centro. El cámping era muy agradable por lo menos, y planté la tienda con la intención de pasar más de una noche en el mismo sitio por primera vez en el viaje. Al día siguiente desmontaría las maletas de la moto y me iría a buscar unas rutas offroad que quería hacer.

Cuentapuertos:

14. Col de l’Iseran 2764m

15. Col de la Madeleine 1746m

16. Col du Mt-Cenis 2081m

17. Col du Télégraphe 1566m

18. Le Col 1530m

19. Col du Galibier 2642m

20. Col du Lautaret 2058m

La Route des Grandes Alpes

Día 3 – Miércoles 2 de agosto – de Bellecombe-en-Bauges a Séez (292km)

 

El cámping, llamado Les Framboisiers (de ahí el nombre del perro), era maravillosamente tranquilo y dormir sobre césped mullido era mucho más cómodo que la tierra seca y dura de la noche anterior, así que me desperté fresco y preparado para un día largo sobre la moto.

Primero tenía que recorrer los 90km restantes hasta Thonon-les-Bains, donde la ruta en sí empieza. Tras dejar el cámping atravesé el segundo puerto en la zona, el Col de Leschaux, y luego bajé hasta Annecy. La ciudad era preciosa (una vez más mi GPS decidió tomar la ruta turística a través del centro) pero el tramo desde allí hasta Thonon-les-Bains tenía mucho menos interés; principalmente autopista y luego un trayecto lento por una route nationale atiborrada de camiones de reparto, caravanas y abuelos en Peugeots pequeños.

Esta vez el GPS hizo lo correcto y me llevó directamente al punto de inicio de la ruta, en la D902, en lugar de algún barrio residencial en Thonon-les-Bains (¿quizá no lo estoy programando bien?)

Estaba ansioso por empezar la ruta al fin pero, comparado con las carreteras que había hecho hasta entonces, el inicio era algo decepcionante; la D902 es una vía relativamente importante y, al menos hasta Montriond, había mucho tráfico. Pero no desesperéis si venís a hacer esta ruta, las cosas mejoran rápido. Tened paciencia e id con cuidado, hay muchos lugareños usando esta carretera y algunos de ellos con prisas; en unos pocos kilómetros vi adelantamientos bastante al límite, así que no os arriesguéis.

Este tramo de la carretera atraviesa el Col de Gets, el primero de la ruta, pero es más bien poco destacable (de hecho no me di cuenta de que lo había cruzado hasta más tarde, de modo que no tengo ninguna foto). La carretera desciende entonces hasta Cluses, donde la mayor parte del tráfico desaparece en dirección a la A40 hacia Ginebra o Chamonix. Desde ese punto, la ruta pasa a una carretera mucho más pequeña, la D4, en ascenso hacia el Col de la Colombière. Una vez más, esto era terreno de motos y bicicletas, los pocos coches que se interponían en mi camino despachados rápidamente con un golpe de gas en cuanto tenía unos metros de carretera libre por delante. En vías tan estrechas es importante asegurarse de que los coches sepan que estás detrás suyo y tienes intención de sobrepasarles, pues no hay mucho espacio, justo en el borde de la carretera suele haber una ladera casi vertical sin protección alguna y los conductores suelen estar absortos contemplando las imponentes vistas, de modo que podrían echarte de la carretera fácilmente mientras les adelantas. Usad siempre los intermitentes, haced ráfagas e incluso dad un toque a la bocina antes de empezar la maniobra, siempre en la marcha más corta posible y vigilando que no hay ciclistas.

El puerto en sí era bastante estrecho y había muchos coches aparcados en lo más alto, pues es el punto de inicio de muchas rutas a pie. Paré a descansar un poco y comer algo de fruta mientras disfrutaba de las vistas antes de empezar la bajada por el otro lado.

El siguiente puerto era Col des Aravis, también un punto de inicio de muchas excursiones y, en la distancia, cubierto con sus nieves perpetuas, vi cómo se alzaba majestuoso el Montblanc.

La bajada por el otro lado era suave, a través de vastos campos de hierba con ganado y casas de madera salpicando el paisaje. Al fondo del valle atravesé el pueblo de Notre-Dame-de-Bellecombe y empecé la subida hacia el Col des Saisies.

Este era amplio y abierto, y tenía una estación de esquí que, a diferencia de otras que había visto, estaba abierta y hervía de actividad con excursionistas y bicicletas de descenso. Paré a la sombra de un abeto para leer el mapa y estudiar la situación. Ya había pasado el mediodía y empezaba a acusar el cansancio, estas carreteras pasan factura, hacer 500km al día no es una opción por aquí. Había estado dando vueltas a la idea de dividir el trayecto hasta Briançon en dos días, y concluí que eso me daría más tiempo para tomármelo con calma y tener más tiempo para escribir al final del día, así que decidí hacer un puerto más y buscar cámping.

De bajada del Col des Saisies vi que me quedaba solamente una barra en el indicador de combustible, así que tenía que encontrar una gasolinera cuando llegara al fondo del valle. Una vez llegué, sin embargo, no había ni rastro de la gasolinera que indicaba mi GPS ni ninguna otra, al menos en la dirección en la que yo iba, así que decidí arriesgarme y enfilar el siguiente puerto con la gasolina que me quedaba. Para mi sorpresa, atravesé el precioso Lac de Roseland, el puerto de Cormet de Roseland y llegué a Bourg-de-St-Maurice con gasolina de sobra. Esperaba que la reserva se encendiera de bajada, pues ya pasaba de 300km, pero no lo hizo. No solo eso, cuando fui a llenar el depósito solo entraron algo más de 14 litros, así que aún quedaban más de cuatro dentro.

Era media tarde cuando dejaba atrás Bourg-de-St-Maurice, pero el calor por debajo de 1000m era considerable y el siguiente puerto de la lista era el Col de l’Iseran, el más alto de la ruta y uno que quería disfrutar, así que decidí dejarlo allí y paré en un cámping en Séez. Era un sitio grande, el primero con bar, así que me regalé una cerveza, cosa que no ayudó con el blog.

Cuentapuertos:

8. Col de Leschaux 897m

9. Col des Gets 1170m

10. Col de la Colombière 1613m

11. Col des Aravis 1486m

12. Col des Saisies 1650m

13 .Cormet de Roseland 1967m

Soy de Barcelona

Pasan bastante de las dos de la madrugada casi en el otro lado del mundo y llevo las últimas cuatro horas pegado a la pantalla del teléfono siguiendo las noticias. Apenas una hora antes de enterarme del ataque terrorista en mi ciudad estaba hablando con un japonés que acababa de conocer y mencionó el problema de ISIS en Europa. Le dije que Barcelona se había librado hasta el momento. Hasta el momento.

Me siento profundamente triste por este acto de violencia sin sentido, pero al mismo tiempo orgulloso de las muestras de solidaridad que la gente de Barcelona ha dado en estos momentos tan duros, y más orgulloso aún de ver los mensajes de apoyo que llegan de todo el mundo. Aún tengo que encontrar el sitio donde al mencionar el nombre de mi ciudad no me hayan recibido con una sonrisa. Ese espíritu jamás será destruido. El mundo es bienvenido en Barcelona y Barcelona es bienvenida en el mundo.

Framboise

Día 2 – Martes 1 de agosto – de Sahune a Bellcombe-en-Bauges (404km)

¿Un trayecto corto hasta el lago Leman?

No. Para nada. De hecho, mientras escribo estas líneas antes de acostarme estoy aún a casi 100km del lago, pero no me quejo de nada, la ruta de hoy ha sido maravillosa.

Mi colchón Exped murió y para cuando decidí montar este viaje ya era demasiado tarde para pedir uno nuevo, así que me llevé una de esas colchonetas auto hinchables. Ocupa el doble de espacio plegada que el Exped, y una vez hinchada es cinco veces más fina, de modo que si duermes de lado, como yo, es muy incómoda. Súmadle a eso que el suelo del cámping era tirando a duro y que el calor no dio tregua en toda la noche, y podéis imaginar cuánto dormí. A las 8:00 ya tenía todo empaquetado, había desayunado y estaba listo para partir.

La noche anterior había estado mirando el mapa y vi que a pesar de que según él la ruta pasa por 21 puertos, de hecho no es posible hacerlos todos sin tener que volver atrás en algunos puntos, pues hay rutas alternativas a la principal que llevan a esos otros puertos. Mientras planificaba la ruta el día anterior pensé que sería una pena perderme algunos de los míticos, como el Col de la Madeleine, así que decidí planear una ruta más paisajística.

El trayecto hasta Gap fue de lo mejor que hay; al poco de salir de Sahune la carretera era una maravilla, el aire fresco y la música en el iPod ideal para el momento. Este tramo de la D94 entre Sahune y Serres es una fiesta. Cuando llegué a Gap el GPS me llevó por la carretera de circunvalación, cosa que está muy bien, si no fuera porque no hay ninguna, así que se inventó una a través de barrios residenciales. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo ignoré sus instrucciones y seguí la ruta correcta (que pasa por el centro) con un poco de sentido común y leyendo las señales. Salí hacia el norte por la mítica Route Napoleón (sí, la misma de las películasa de James Bond, pero no el tramo de Cannes) que va hasta Grenoble, pero yo la dejé antes, en Corps, para tomar una carretera más pequeña que me llevó a Sainte-Luce y el primer puerto del día, el Col de l’Holme.

Desde allí un carretera más estrecha que subía y bajaba por el bosque me descubrió dos puertos más, Col de Parquetout y Col d’Ornon, antes de devolverme a la carretera principal en Allemond, desde donde empezaba la subida a los dos primeros puertos importantes: el Col du Glandon y el Col de la Croix de Fer.

Justo pasado Allemond estaba claro que estaba en el paraíso de las curvas. La carretera que ascendía por el valle dejando atrás el impresionante lago de Grand Maison y su presa era zona exclusiva de moteros y cicilistas.

Había algún coche de vez en cuando, pero nunca había visto un coche tan fuera de lugar en una carretera. En lo alto de ambos puertos, decenas de ciclistas agotados pero exultantes se hacían fotos junto a las señales. Yo también me hice algunas fotos pero viéndoles a ellos me sentía poco merecedor del recuerdo. Debo decir que tengo la más gran admiración y respeto por toda la gente que vi conquistar esos puertos a pedal.

Desde arriba del Col de la Croix de fer se veían nubes de tormenta congregándose sobre mi camino, así que me di prisa en bajar por el otro lado, esperando escapar la lluvia que parecía venir inexorablemente. La bajada hacia St-Jean-de-Maurienne era, si cabe, aún más impresionante que el ascenso, estrecha, pronunciada, con barrancos profundos. Había menos ciclistas intentando el ascenso por este lado, pero los pocos que me crucé debían ser superhombres.

Una vez al fondo del valle podría haber tomado la A43 e ir directo al norte a mi destino final, pues se empezaba a hacer tarde, el cielo se cerraba y yo ya acusaba el cansancio; además, los músculos del pectoral izquierdo me dolían, seguramente de dormir en mala postura la noche anterior, pero mi ruta paisajística no estaba terminada aún, me quedaban tres puertos más, entre ellos un nombre reconocible por todos: la Madeleine. Dejé la A43 y empecé el ascenso por una carretera de curvas a través de bosque denso. Las horquillas eran muy cerradas, pero la carretera no era tan estrecha como la de los primeros puertos de la mañana. Más arriba se abría en un suntuoso valle verde que la carretera atravesaba hasta llegar al collado, con unas vistas magníficas. Las nubes de tormenta me seguían persiguiendo, pero hasta ahora había conseguido esquivarlas.

Mientras hacía fotos en lo alto del puerto vi dos parejas en dos Super Ténéré con matrícula española, una de ellas una First Edition como la que me robaron. Me acerqué a hablar con ellos y cuando les conté la historia el tipo me dijo que le sonaba de algo. ¡Resulta que compró la moto en el mismo taller que me la vendió a mí, y el mecánico le había contado la mi historia! El mundo es un pañuelo.

Subir a la Madeleine me suponía un rodeo hasta Albertville y luego bajar un poco hacia el sur antes de volver a encarar hacia el norte y Annecy. Mientras bajaba vi cortinas de lluvia frente a mí; la lluvia de la que había estado escapando me estaba esperando allí delante. El asfalto estaba empapado, señal de que se trataba del clásico chubasco de verano que me iba a dejar empapado en cuestión de segundos. Por suerte, justo cuando llegaba a la lluvia, el GPS me indicó que girase a la derecha hacia otro valle donde el cielo no estaba tan negro. Era la subida a los dos últimos puertos del día, Col de Frêne y Col de Leschau. Eran parte de otro de los recorridos alternativos en la Route des Grandes Alpes, y estaban en una pequeña carretera sin tráfico. Tras pasar el Col de Frêne paré a repostar en el pueblo de Le Châtelard y, justo cuando terminaba de llenar el depósito y me preparaba para seguir los cielos se abrieron y la lluvia que hacía horas que me perseguía finalmente me atrapó. Corrí a refugiarme bajo el porche de la entrada de un Carrefour al lado de la gasolinera y esperé que pasara la tormenta mirando el radar meteorológico en el móvil.

Las nubes avanzaban rápido hacia detrás de mi posición, y podía ver que el cielo estaba más despejado hacia adelante, en dirección al siguiente puerto, así que en cuanto la lluvia paró me puse en marcha. Poco después de la salida del pueblo la carretera volvía a ascender entrando y saliendo del bosque y en una larga curva a la derecha que rodeaba un gran montículo cubierto de hierba vi un pequeño cámping por encima de mí. Aún me faltaban 90km hasta el lago Leman, pero generalmente confío en mi instinto en cuanto a elegir sitio para dormir se refiere, y algo me decía que ese lugar era el bueno. Además, eran ya las 18:00 y estaba cansado, así que di media vuelta y enfilé el camino al cámping.

Era un sitio diminuto, con tan solo un puñado de parcelas colgadas en lo alto de la loma con vistas a los valles del parque natural del Massif de Bauges. Planté la tienda casi al final, con unas vistas magníficas, y me fui a dar una ducha y disfrutar de los lujos que ofrecía el lugar.

Por lujos me refiero a que, al contrario que el cámping anterior, aquí había una mesa de picnic donde podía cenar, un enchufe para cargar baterías, wifi y una especie de sala de lectura donde podía sentarme a escribir.

Mientras cortaba el primer trozo de fuet de la cena noté una presencia cercana. Me giré, con el trozo de fuet aún en la mano y vi esto:

Quería convertirse en mi mejor amigo a sabiendas de que tenía fuet y queso, y no apartó sus ojos de mí ni un segundo. Hipnotizado, no pude evitar darle un poco, lo que no hizo más que empeorar la cosa. Un niña vino a buscarla (era una perra, me dijo la niña, y se llamaba Framboise), pero se negó a irse. Solo cuando hube acabado de cenar y guardado la comida respondió a las insistentes llamadas de su dueña.

Cuentapuertos:

1. Col de l’Holme 1207m

2. Col de Parquetout 1382m

3. Col de l’0rnon 1371m

4. Col du Glandon 1924m

5. Col de la Croix de Fer 2064m

6. Col de la Madeleine 1993m

7. Col du Frêne 950m

Escuela de calor

Día 1 – Lunes 31 de julio – de Barcelona a Sahune (555km)

 

Viajar en moto atrae buenas vibraciones. He descubierto que es sin duda una de las mejores maneras de conocer gente nueva e interesante y, mientras cargaba la moto, aparcada delante de mi portería, pensaba que tenía ganas de pasar los siguientes días en la carretera. Lo que no me esperaba era que el primer encuentro tendría lugar antes incluso de subirme a ella.

“¿Vives aquí, verdad?” oí que me preguntaban. Me volví algo sorprendido, pues la mayoría de la gente suele preguntar por la moto, y me encontré con un chico joven y alto con un casco bajo el brazo. Señaló a una KTM 1150 Adventure R aparcada del otro lado de la calle y me dijo “esa es la mía”. La había visto en la acera muchas veces y siempre me preguntaba de quién sería. Tenía ruedas de tacos y manchas de barro, lo que demostraba que se le había dado buen uso. El chico se presentó como Marc, y resulto que éramos vecinos del mismo bloque. Charlamos un rato y quedamos que haríamos alguna salida tras las vacaciones.

Me negaba a pagar peajes aquí, así que me puse en ruta hacia Ripoll para cruzar la frontera con Francia por Prats de Motlló, que es una ruta mucho más agradable que la que hacen todos los que parten de vacaciones por la A7. Los primeros kilómetros me llevaron exactamente por el mismo camino que hago para ir al trabajo, saliendo de la ciudad con la habitual marea de la hora punta de los lunes por la mañana pero, en lugar de ser un conductor anónimo más, noté que la gente se fijaba en la moto y en mí, sabían que iba a algún lugar más allá. Una vez lejos de la ciudad el sol salió y pensé que hacía un día perfecto: cielo claro, la temperatura subiendo suavemente pero siempre a un nivel agradable a medida que ganaba altura hacia los Pirineos… Estaba perdido en estos pensamientos cuando vi que un Alfa negro con dos chicas preciosas se había puesto en paralelo a mí. La pasajera me sonrió, hizo una foto y me deseó buen viaje con los pulgares levantados. ¡Eso es empezar bien!

Paré a repostar justo antes de enfilar la subida del Coll d’Ares, el puerto de montaña por el que miles de personas huyeron desesperadas hacia el exilio el invierno de 1939, huyendo del avance de las tropas fascistas en los últimos meses de la guerra. Enfrente de la estación, una patrulla ed de los Mossos multaba a un motorista francés pillado por un radar móvil escondido a la salida de una pueblo dos kilómetros más abajo. Por suerte, una furgoneta que venía en el otro sentido me había avisado y aflojé a tiempo.

Bajé hacia Francia por las gargantas del río Tech, una ruta que siempre es un placer. Cuando llegué a Ceret enfilé hacia el norte por carreteras locales para ir un poco más lejos antes de coger la autoroute, y descubrí unos cuantos pueblos preciosos. Tras comer en uno de ellos (Llauro) con unas vistas estupendas sobre la llanura que desemboca en el Mediterráneo empezó a hacer demasiado calor para disfrutar de la moto, así que entré en la autopista cerca de Perpiñán. El plan era ir hasta Grenoble, encontrar dónde dormir y hacer carreteras de montaña el resto del camino hasta Thonon-les-Bains, a orillas del lago Leman, donde empieza la Route des Grandes Alpes.

Sin embargo, cerca de Nîmes ya no tenía tan claro que pudiera llegar tan lejos. La temperatura había ido subiendo sin tregua y ya llevaba rato anclada por encima de los 40ºC, me encontré con el clásico atasco donde la autopista se bifurca hacia Marsella, y el calor, lejos de mejorar cuando tomé la A7 hacia el norte, empeoró. A la altura de Bolène ya estaba harto y decidí cortar hacia el este en dirección a Gap por carreteras secundarias. Buscaría un lugar para dormir y al día siguiente terminaría el camino hasta Thonon-les-Bains.

Al poco de dejar la autoroute la cosa cambió radicalmente. Entré en la zona del parque natural de las Baronnies Provençales, la temperatura bajó, el tráfico desapareció y la maravillosa Francia rural se desplegó ante mí. Normalmente digo que no me gusta tener que atravesar toda Francia para ir a cualquier destino más lejano, pero eso es solamente porque se hace por autopista. Viajando a través de estos pequeños pueblos irresistiblemente franceses recordé lo bello y variado que es este país.

Pasé de largo unos cuantos cámpings antes de encontrar lo que buscaba: un pequeño cámping municipal al lado del río en Sahune. Tranquilo, barato y al lado de un sitio para bañarse. Gap aún quedaba lejos, pero ya estaba sudado y cansado, así que decidí quedarme aquí.