The Wanderess y la llamada de África

Día 7 – 1 de enero – Marrakech (0km)

No haber pasado la noche de fiesta salvaje tenía sus ventajas, entre ellas que no me costó nada madrugar para acompañar a Nat al aeropuerto. En el taxi, el conductor nos contó que se había producido un atentado terrorista en una discoteca en Turquía. Malas noticias para empezar el año, pensé, y me pregunté qué nos deparaba el 2017.

El aeropuerto estaba muy tranquilo y Nat pasó por los redoblados controles de seguridad en un momento. Tan buen punto desapareció por la puerta de la zona de embarque empecé a sentir esa familiar sensación de vacío que me invade cada vez que sigo adelante solo. Este vez era diferente, sin embargo, aún tenía compañía, pero por primera vez desde hacía años Nat y yo habíamos decidido comprar intercomunicadores para hacer las distancias más tolerables y nos habíamos acostumbrado a ellos muy rápidamente; estaba seguro de que los largos momentos de silencio sobre la moto se iban a notar mucho más ahora.

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Me reuní con el resto del grupo en el vestíbulo del hotel y Gerard, Esteve y yo salimos a visitar un riad que habíamos encontrado cerca mientras Raluca terminaba de hacer las maletas. Se supone que estaba a tan solo un par de calles de donde estábamos, cosa que nos ahorraría arrastrar las maletas mucho rato o tener que buscar otro sitio para aparcar las motos pero, sospechosamente, habíamos encontrado distintas ubicaciones: los mapas de Booking.com y Maps.me lo situaban a dos esquinas al este de nuestro riad, mientras que Google Maps indicaba que estaba justo en la dirección opuesta, cerca de la plaza donde habíamos aparcado las motos. Comprobamos la primera ubicación, pero no fuimos capaces de encontrar ningún sitio con el nombre del lugar que habíamos reservado: Riad Jakoura. Preguntamos a unos cuantos lugareños, dimos vueltas y vueltas alrededor de la ubicación que teníamos metiéndonos en todos los callejones del laberinto de la medina, pero no fuimos capaces de dar con él. Preguntamos en otro riad cercano, pero no habían oído hablar de tal sitio. Llamamos al número de teléfono de nuestra reserva, pero no nos respondió nadie.

Cuando nos pareció evidente que la ubicación no era la correcta decidimos ir a comprobar la otra. Esta vez teníamos un nombre de calle y un número, pero cuando llegamos solo encontramos un restaurante que también se anunciaba como riad. El encargado no había oído hablar del tal Riad Jakoura, pero cuando nos pidió que le enseñáramos las fotos en Booking.com para ver si reconocía el sitio, nos dimos cuenta de que las imágenes tenían una marca de agua que decía Riad Calypso. Ese nombre sí le resultaba familiar, y nos dio indicaciones para llegar a una dirección que no era ninguna de las dos que teníamos. Al final, encontramos una pequeña puerta de madera con el nombra Calypso en un pequeño cartel colgando sobre ella. Llamamos varias veces y, al cabo de un buen rato, un tipo vestido con ropa negra algo andrajosa y una espesa mata de pelo negro brillante despeinado apareció tras la puerta y nos miró con ojos confundidos.

Dos cosas nos parecieron evidentes desde el primer momento; una: no era marroquí, aunque era difícil precisar de dónde podía venir y, dos: tenía una resaca de las que hacen historia.

Le costó un rato entender que teníamos una reserva ahí y, cuando por fin lo procesó, nos invitó a pasar y se sentó tras su escritorio en una minúscula estancia sin ventanas. Se inclinó sobre un portátil al que le faltaban varias teclas, su cara iluminada por el resplandor naranja de una estufa eléctrica junto al ordenador, a escasos centímetros de su cabeza, y empezó a teclear y hacer clics, murmurando para sus adentros, entrecerrando los ojos y pidiéndome que le deletreara mi nombre varias veces mientras hablaba con una chica joven que estaba de pie justo detrás suyo en la semioscuridad del despacho y que, dedujimos, era una empleada nueva que estaba formando.

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Esteve y Gerard estaban esperando en la puerta, y mientras yo estaba teniendo escasa suerte intentando hacer entender al tipo qué clase de habitaciones habíamos reservado, Gerard estaba teniendo mucha mejor suerte en algo completamente diferente. Justo en ese momento, de pie en el minúsculo vestíbulo del riad, sintió la ‘llamada de África’ tras seis días seguidos sin haber podido ir al baño y, dispuesto a no dejar escapar la oportunidad, se coló en un lavabo que encontró tras una puerta de madera bajo la escalera e hizo las paces con el mundo.

Para cuando salió, el sr. Resaca había conseguido por fin encontrar nuestra reserva, y ya estaba listo para enseñarnos las habitaciones. La de Esteve y mía estaba en la planta baja, en el patio, y la de Gerard y Ralu en el primer piso pero, aparentemente, no era la que él creía: cuando abrió la puerta para enseñársela a Gerard se encontró con un huésped durmiendo a pata suelta. Parece que se había olvidado de que esa habitación estaba ya ocupada y, tras disculparse profusamente, llevó a Gerard a la correcta.

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Lo dejamos volver a su mazmorra a cuidar su resaca pegado a la estufa y salimos a buscar los trastos del otro riad, no sin antes de que un desprevenido Esteve entrase un momento en el baño y casi necesitara asistencia médica tras encontrar el resultado de la ‘llamada de África’ de Gerard.

También teníamos que pagar a los de la plaza otra noche de aparcamiento por las motos, y una vez saldada la deuda y hecha una rápida comprobación de las motos, uno de ellos empezó a preguntarme algo en árabe que al principio no entendí. Estaba señalando la moto de Gerard y luego a mí, y caí en que me estaba preguntando si era la mía. Le dije que no, y señalé a Gerard. Entonces el tipo se sacó un manojo de llaves de debajo de la chilaba y las sacudió frente a él, riendo.  ¡Gerard se había dejado las llaves puestas el día anterior! Cuando volvimos a pasar por allí con las maletas de camino al otro riad, el tipo aún reía.

Mientras Gerard y Ralu terminaban de llevar sus cosas a la habitación me entretuve hablando con nuestro anfitrión. Tenía curiosidad para ver de dónde era, pues hablaba un francés fluido pero con acento inglés, sin embargo, cuando lo oí disculparse en inglés al pobre tipo que había despertado no había sido capaz de identificar su acento.

Resultó que era un escritor y poeta de Seattle, donde había vivido hasta los 21. Se mudó a París hasta la mitad de la treintena, y luego a Grecia, dónde tuvo una novia. Tras romper con ella, vivió en distintos lugares a lo largo de la costa mediterránea española hasta que su última novela, llamada The Wanderess, se convirtió en un éxito de ventas. Aparentemente, había sacado bastante dinero de ello y de ‘vender algunos poemas a una estrella del pop’, según sus propias palabras, y había pensado que era el momento de hacer una inversión de futuro, así que había decidido comprar un riad en Marrakech. Hacía tan solo 10 meses que lo tenía, cosa que explicaba el cambio de nombre (pero no los problemas con la ubicación).

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Pasamos el resto del día en el embriagador caos de la medina, comprando algunos recuerdos y disfrutando del ambiente. Tras tantas horas seguidas en las motos era maravilloso pasar un día entero a pie, solo para relajarse. Comimos un kebab en la plaza Jemaa el-Fna, tomamos un café y un gofre en una de las terrazas con vistas a la plaza y volvimos al riad a contemplar la puesta de sol desde la terraza.

img_1922Teniendo en cuenta el estado en el que habíamos encontrado a nuestro anfitrión por la mañana, estábamos seguros de que esta vez por fin íbamos a conseguir algo de cerveza para disfrutar de la terraza, y no nos equivocamos: el riad tenía cerveza marroquí que nos supo a gloria después de tantos días de abstinencia.

La breve descripción del propietario del riad, el sr. Payne, no hace justicia a su vida. Echad un vistazo a su biografía aquí.

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Tizi n’Tichka y fin de año en Marrakech

Día 6 – 31 de diciembre – de Ouarzazate a Marrakech (221km)

A pesar de que el sol ya había salido para cuando empezamos a cargar las motos la temperatura que indicaba el cuadro era tan solo cuatro grados centígrados. Hoy iba a ser el gran día, el último reto antes de empezar la vuelta a casa. Había dos puntos en nuestra ruta que habíamos considerado potencialmente difíciles: cruzar el Atlas Medio de camino al sur hacia Merzouga, y cruzar el Alto Atlas en la subida hacia Marrakech. El primero no había planteado ningún problema, tuvimos buen tiempo y a pesar de haber encontrado nieve en los puntos más altos, las carreteras estaban limpias y las temperaturas eran bajas pero dentro de lo razonable. Esta vez, sin embargo, íbamos a subir más alto, a través del famoso puerto de Tizi n’Tichka. En los últimos días había ido recibiendo algunas fotos y vídeoimg-20161231-wa0000s de gente que estaba de ruta en distintos puntos del Atlas y el denominador común era nieve y frío. La habitual imagen de una carretera serpenteante sobre un trasfondo rocoso y ocre había sido sustituida por un manto blanco con una delgada línea negra haciendo eses montaña arriba. A pesar de que nos habían asegurado que la carretera era una ruta principal a través del Atlas y, como tal, se mantenía limpia de nieve, temíamos que las temperaturas pudieran ser demasiado bajas, así que por primera vez en el viaje saqué la artillería pesada: unas mallas de correr de invierno para llevar debajo de los pantalones de moto, calcetines de seda para llevar debajo de unos calcetines de esquí de lana gruesa, sotoguantes de seda y una capa extra entre el polar y la camiseta térmica.

Antes del asalto al puerto queríamos visitar Ait Benhaddou, la famosa ciudad de barro fortificada que ha aparecido en incontables películas.

img_1820Hacía muy buen día y, para cuando aparcamos las motos y cruzamos el río hacia la entrada de la ciudad, la temperatura era bastante alta.

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Lo primero que visitamos fue una kasbah, un frío y oscuro laberinto de corredores estrechos, escaleras y habitaciones, pero en cuanto salimos y empezamos a ascender por las callejuelas de la ciudad vestidos para el frío extremo nos arrepentimos de nuestra decisión de habernos puesto tanta ropa.

img_1834Al menos la visita bien valía sudar un poco, y no tardamos en volver a las motos, así que nos la dejamos puesta.

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Un par de días antes, un amigo me había recomendado una ruta con mejores paisajes como alternativa para subir al Tizi n’Tichka: en lugar de regresar a la carretera principal tras la visita a Ait Benhaddou, hay una pequeña carretera local que sigue pasada la ciudad y atraviesa varias aldeas de montaña antes de unirse a la nacional justo antes del puerto. Con tan buen tiempo pensamos que valía la pena arriesgarse y tomamos esta ruta.

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Al cabo de poco no quedaba ni rastro de lo más turístico y nos encontramos en una carretera estrecha y sin tráfico que subía a través de un valle rocoso con preciosos pueblecitos de barro que iban apareciendo y desapareciendo. En todos ellos, los niños salían corriendo a darnos la bienvenida en la carretera en cuanto oían las motos acercarse a sus casas; da igual en qué lugar del mundo se encuentre uno, a todos los críos les encantan estas máquinas. El paisaje cambiaba de polvo y rocas a arcilla oscura a medida que ganábamos altura y más adelante el valle se abría en una llanura fértil donde nuestra ruta viraba al oeste, permitiéndonos atisbar las montañas que íbamos a cruzar por primera vez.

img_1865Parecía haber mucha menos nieve de la que habíamos anticipado, y las temperaturas se mantenían dentro de un margen tranquilizador mientras íbamos ganando altura. Al cabo de poco empezamos a ver abetos al lado de la carretera y encontramos nieve aquí y allí, pero estaba claro que la mayor parte de lo que habíamos visto en fotos de las semanas anteriores ya se había fundido.

img_1894Estábamos ya cerca de la carretera principal cuando se me pasó por la cabeza una idea: ésta era una carretera muy pequeña y estaba seguro de que no quitaban la nieve tan a menudo como en la nacional del puerto. Lo único que haría falta llegados a este punto sería una placa de nieve que cruzara la carretera, simplemente unos 20 o 30 metros, y nos veríamos obligados a deshacer todo el camino hasta Ait Benhaddou para dar la vuelta por la nacional, perdiendo un tiempo precioso.

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Afortunadamente, llegamos al a nacional sin problemas y pronto estábamos culminando el Tizi n’Tichka.

img_1885Habíamos tenido mucha suerte y gozado de un tiempo inmejorable y unas de las mejores vistas de todo el viaje. Ahora era el momento de enfrentarnos al siguiente reto: el temido tráfico de Marrakech, una perspectiva nada halagüeña teniendo en cuenta que nuestro hotel estaba dentro del casco antiguo, un laberinto de callejuelas estrechas infestadas de escúteres suicidas.

Tras un largo descenso de la cara sur del Atlas y una breve parada para quitarnos varias capas de ropa llegamos a las afueras de la ciudad. Al principio el tráfico era bastante razonable; visto por primera vez puede parecer caótico y peligroso, pero hay cierto orden en ese caos, con escúteres, peatones, coches, camiones, autobuses y taxis avanzando a milímetros los unos de los otros pero, milagrosamente, sin tocarse.

Llegamos a una de las puertas en la muralla que cerca la medina y la cosa se puso mucho más interesante. El GPS nos enviaba por una calle estrecha llena de gente y escúteres, y nuestras motos parecían torpes elefantes avanzando en un río de frenético movimiento. Alcanzamos una pequeña plaza llena de coches aparcados y paramos a un lado un momento para localizar el riad.

Por suerte, éste se encontraba justo a la vuelta de la esquina, pero no nos alegró tanto que, cuando descargamos las motos y preguntamos dónde las podíamos aparcar, nos dijeran que no disponían de aparcamiento en el riad. No las queríamos dejar en la calle en un sitio tan caótico, y tras mucho discutir, el encargado de recepción nos dijo que siguiéramos a un amigo suyo que tenía otro riad con un patio accesible desde la calle y que había accedido a dejarnos meter las motos dentro. Bajamos por un callejón aún más estrecho donde nos abrieron una pequeña puerta de madera y nos hicieron gestos para meter la moto por ella. Era evidente que era claramente demasiado estrecha para meter el manillar y había un escalón bastante pronunciado, de modo que cuando intenté meter primero la rueda y girar el manillar para pasar primero un lado y luego otro, lo único que conseguí fue quedarme atascado.  El amigo tuvo que empujarme desde dentro mientras otros dos tiraban desde fuera para volver a sacar la moto al callejón. Era imposible dejar las motos allí, y la única alternativa era la plaza, donde teníamos que pagar 50 dirhams y una especie de vigilantes montaban guardia toda la noche. El vigilante del hotel, que nos había estado ayudando con todo este movimiento, nos garantizó que las motos estarían seguras, y los de la plaza nos enseñaron un par de motos grandes tapadas con mantas entre escúteres polvorientos, así que al final tuvimos que acceder a dejarlas allí.

La segunda decepción con el riad vino cuando les dijimos que habíamos pensado pasar una noche de más para tener tiempo de visitar la ciudad después de dejar a Nat en el aeropuerto y no mostraron interés alguno en nuestra solicitud. ‘Mira si hay sitio a través de Booking’, nos dijo el de recepción. Estábamos cansados después de un día largo en la carretera y de dar vueltas intentando aparcar las motos, así que decidimos darnos una ducha, cambiarnos y luego ya buscaríamos alternativas para la noche siguiente. Tras ponernos de acuerdo un par de sitios que tenían buena pinta, fuimos a buscar dónde cenar y visitar la medina.

Si las calles que llevaban al riad nos habían parecido caóticas, adentrarse en la medina era aún peor. Las calles eran más estrechas, había miles de tenderetes vendiendo de todo a los turistas, cada uno de ellos con un comerciante ansioso por hacer entrar a la gente en el suyo al son de ‘amigo, amigo’ o el equivalente en cualquiera que fuera el idioma que necesitaran, mientras los chavales del lugar pasaban zumbando con sus motillos de dos tiempos, haciendo el aire irrespirable. Encontramos un restaurante tranquilo y cenamos temprano antes de ir hacia la plaza principal a ver si había algo organizado para celebrar el año nuevo, pero resulta que la fiesta estaba en la parte nueva de la ciudad, no aquí. Intentamos esperar hasta la medianoche para celebrarlo en las calles, pero a medida que iba pasando el tiempo los tenderetes iban cerrando, los callejones se vaciaban y nos sentíamos cansados y con frío, así que decidimos volver al hotel a dar la bienvenida al nuevo año allí.

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La medina estaba completamente desierta a estas horas y las calles vacías tenían un aire inquietante. Era imposible identificar ningún punto de referencia para volver al riad ahora que las tiendas estaban cerradas y todas las persianas metálicas lucían el mismo aspecto. Para empeorar nuestra desorientación, algunas calles cerraban, lo que implicaba tener que dar largos rodeos simplemente para llegar al otro lado de un portalón de madera. Finalmente conseguimos salir y llegar al riad a tiempo de pillar las campanadas del Big Ben en una cadena extranjera, pero no teníamos champán para brindar por el nuevo año. Es complicado celebrar estas cosas en un país musulmán…

Las gargantas del lado sur del Atlas

Día 5 – 30 de diciembre – de Merzouga a Ouarzazate (424km)

El sonido de voces delante de nuestra habitación me despertó justo pasadas las siete y, cuando salí, vi un grupo numeroso de personas con pinta de tener mucho frío abalanzándose sobre el bufet del desayuno. ¿De dónde habían salido? El riad era bastante pequeño, de ningún modo había habitaciones para toda esa gente. Resulta que habían pasado la noche en el desierto para ver la puesta y la salida del sol; la mayoría de riads tienen un campamento en algún lugar del Erg Chebbi y los huéspedes pueden elegir pasar la noche allí en lugar del riad. Tras una hora a camello, la gente cena, ve la puesta de sol, duerme en una tienda bereber, ve la salida de sol y vuelve al riad a desayunar.

De camino a Merzouga habíamos tomado una carretera nueva que cortaba desierto a través y nos había ahorrado media hora de moto y la molestia de atravesar Rissani, pero nos habíamos perdido la población que había sido capital del país en el siglo XIV y una de las muchas recomendaciones que nos había hecho nuestro anfitrión de Errachidia: la pizza bereber. Sin embargo, la ruta hacia Ouarzazate nos llevaba de paso por allí, así que al menos hicimos un rápido tour en moto de la ciudad. La lástima fue no poder probar la pizza, pues en el único lugar que encontramos abierto a esa hora de la mañana nos dijeron que teníamos que esperar al menos una hora para poder tener una para llevar y, con una larga jornada aún por delante, decidimos continuar.

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Las vistas que encontramos en la carretera pasado Rissani nos lo compensaron con creces, sin embargo. El paisaje era imponente, con el Atlas cubierto de nieve a nuestra derecha y desierto pedregoso con preciosas formaciones rocosas y colinas bajas a nuestro alrededor.

Cuando llegamos a Alnif nos desviamos hacia el norte por una carretera regional más pequeña hasta Tinghir, desde donde enfilamos siguiendo el río Todra para llegar a las gargantas del mismo nombre, las Gorges du Todra. Son un estrecho cañón con la carretera serpenteando al fondo e impresionantes paredes de roca a ambos lados. Bordeamos el río hasta que el cañón se abría de nuevo y paramos a admirar las vistas y estudiar el camino hacía el siguiente destino, las Gorges du Dades.

img_1777Cuando miramos el mapa nos dimos cuenta de que la carretera seguía río arriba, se adentraba en las montañas y luego bajaba por las Gorges du Dades, lo que a todas luces iba a ser una ruta más interesante que regresar a la nacional y luego subir al cañón.

img_1775El problema era que habíamos contado con ello e íbamos justos de gasolina. Si queríamos hacer la ruta teníamos que volver a Tinghir a llenar los depósitos, lo que añadiría al menos media hora a un rodeo de casi dos horas, y ya íbamos contrarreloj para llegar de día a Ouarzazate, así que muy a nuestro pesar decidimos seguir adelante por la ruta normal.img_1782

Ya empezábamos a acusar el cansancio cuando nos adentramos en las Gorges du Dades, así que cuando encontramos un café con terraza y vistas a la formaciones rocosas al otro lado del río paramos a por un merecido descanso y un té caliente.

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Volvimos a la nacional, contentos de ver que solamente faltaban 90km hasta el hotel, pero poco sabíamos que iban a ser 90km duros… Íbamos directamente de cara a la puesta de sol y, a diferencia del primer día de viaje en España, aquí no había colinas ni curvas que nos diesen un descanso ni estábamos en la relativa seguridad de una autopista europea, así que nuestros ojos estaban expuestos a una tortura constante y a duras penas podíamos ver el tráfico que venía de frente, los socavones o lo que es peor, los peatones, ciclistas, ciclomotores y animales que invadían nuestro lado de la calzada. La moto de Esteve y la mía tienen cúpulas bajas, pero Gerard había puesto una más alta en la suya hacía poco, así que tenía que mirar a través de ella, cosa que le hacía prácticamente imposible ver la carretera. Para terminar de empeorar las cosas, la carretera atravesaba incontables pueblos, ralentizando aún más el ritmo.

Las cosas mejoraron al esconderse el sol, pero entonces nos quedaba media hora escasa de luz para llegar a destino. Por suerte llegamos a Ouarzazate justo a tiempo y encontrar el hotel fue muy sencillo, nada de tráfico ni callejear por el centro.

El último problema fue que las ‘instalaciones de aparcamiento’ que mencionaba la web era un descampado al otro lado de la calle.

img_1805Les dijimos que no queríamos dejar las motos allí y retiraron unas cuantas mesas y sillas de la terraza del bar del hotel para que pudiéramos aparcar debajo de la ventana de recepción y dentro del campo visual de una cámara de seguridad.

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La vuelta al Erg Chebbi

Día 4 – 29 de diciembre – de Errachidia a Merzouga y la vuelta al Erg Chebbi (239km)

Tras una noche bien fría en nuestra Gite d’Étape, nos levantamos con el sol y partimos hacia Merzuouga, el destino de todos aquellos que quieren vivir la experiencia sahariana por primera vez. Expediciones en 4×4, quads, motos, turistas a camello, gente que quiere pasar una noche en las dunas y ver la magia de la puesta y la salida del sol… todos convergen en esta pequeña población de calles polvorientas y riads familiares donde ha florecido todo un sector dedicado a dar respuesta a tal demanda.

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Tardamos un rato en encontrar nuestro riad, pero valía la pena. Este era el mejor sitio donde nos habíamos alojado hasta el momento, todo lujo e instalaciones de primera y, tras dejar los bártulos, nos dedicamos a planificar el día.

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Queríamos meternos en el desierto y quizá probar las dunas, así que quitamos todas las maletas de las motos y las chicas se fueron a alquilar unos quads. Llevábamos un track en el GPS que rodeaba las dunas del Erg Chebbi, una ruta que debía estar justo por debajo de los 50km, y nos pusimos en camino hacia el sur por la carretera y luego nos metimos por una pista de tierra dura y roca. Sin embargo, al cabo de tan solo un par de kilómetros encontramos arena blanda y las ruedas delanteras de nuestras pesadas motos se hundieron.

merzouga-2Siendo inexpertos en la materia como somos, decidimos volver a la carretera y seguir hacia el sur, en busca de terreno más duro para poder dar la vuelta completa a las dunas, que era nuestra intención.

Un poco más adelante encontramos otra pista que tenía buena pinta y que se adentraba en el desierto; era terreno fácil, y al cabo de poco ya estábamos disfrutando del imponente paisaje, con unas colinas muy suaves donde nos encontramos las ruinas de lo que debía haber sido un pueblo en medio de la nada. Al atravesarlo vimos que al menos una casa seguía habitada. Más allá del pueblo el paisaje se convertía en una vasta llanura con colinas rocosas en la distancia y, mucho más cerca, las majestuosas dunas del Erg Chebbi a nuestra izquierda.

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Íbamos hacia el norte por la cara este de las dunas y, al haber comenzado la ruta bastante más al sur de lo que habíamos previsto, nos marcamos un límite de tiempo y/o gasolina, llegados al cual deberíamos decidir si podíamos seguir y completar la vuelta o deshacer el camino.

Unos cuantos kilómetros más adelante encontramos terreno blando; no dunas, sino zonas donde la primera capa del suelo era arena gorda en vez de roca, que requerían más prudencia, y vimos algunas tiendas bereberes salpicando el paisaje. Un 4×4 que también iba hacia el norte, pero más rápido que nosotros, nos atrapó y aprovechamos para preguntar sobre la distancia y el tipo de terreno, y nos aseguraron que era factible pasar con nuestras motos. Cuando ya se había ido, apareció de la nada un bereber que iba en una moto pequeña y se puso a nuestro lado, mostrándonos el camino para evitar los trozos blandos y las ondulaciones en las partes más duras.

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Seguimos adelante durante lo que parecía horas y horas, y empezamos a encontrar cada vez más arena blanda, dificultando nuestro avance. Nuestro amigo bereber, en un francés muy básico, nos dio a entender que ya estaba cerca de casa (debía vivir en alguno de los campamentos que vimos) pero que si queríamos se ofrecía a guiarnos el resto del camino hasta encontrar la carretera de vuelta a Merzouga. Nos pusimos de acuerdo en que sería mejor tenerlo con nosotros, pues conocía el terreno y sabía por dónde ir para evitar lo peor de la arena, que cada vez era más abundante, y negociamos un precio que equivalía a unos 6 euros.

A partir de este punto había mucha arena, y empezábamos a acusar el cansancio. Todos tuvimos más de un susto en el que estuvimos a punto de comer arena, pero todos conseguimos mantener las motos de pie, con más o menos estilo. Finalmente, llegamos al extremo más al norte de la ruta y empezamos a girar hacia el sur. El terreno se fue endureciendo a medida que nos alejábamos de la punta norte del Erg Chebbi, pero cuando quedaban solamente unos pocos kilómetros para el final, Esteve se encontró con un trozo blando al final de una pequeña subida, la moto se le fue de detrás y terminó en el suelo. Al verlo, di gas a fondo para llegar a él y ayudarlo, pero ya estaba levantando la moto él solo. No se había hecho nada y los únicos desperfectos en la moto habían sido un pedal de freno doblado que intentamos enderezar lo mejor posible para que pudiera llevar bien la moto.

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Tras el incidente llegamos a la carretera que lleva a Merzouga en cuestión de minutos, nos despedimos del guía y fuimos hacia el pueblo a buscar un sitio donde enderezaran el pedal como es debido.

Preguntamos en nuestro Riad y nos mandaron a un taller de confianza donde repararon el pedal mientras Gerard y yo limpiábamos y engrasábamos las cadenas, que estaban completamente cubiertas de polvo.

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Las chicas nos habían escrito diciendo que ya habían terminado el tour en quad por el interior del Erg Chebbi, que lo habían pasado en grande y que se habían ido a dar una vuelta por el pueblo. Cuando la reparación estuvo terminada vimos que aún estábamos a tiempo de ver la puesta de sol desde las dunas detrás de Merzouga, así que arrancamos las motos y nos metimos un poco por el desierto hasta que encontramos una duna donde nos sentamos a contemplar el sol esconderse en el horizonte más allá del pueblo.

Cruzando el Atlas

Día 3 – 28 de diciembre – de Fez a Errachidia (356km)

La mayoría de gente cree que el mayor inconveniente de viajar en moto en invierno es el frío y razón no les falta, pero hay otro factor a tener en cuenta que muchos olvidan: las horas de luz. Si bien es posible aprovechar el día al máximo e ir de Fez hasta Merzouga directamente en primavera o verano, ahora teníamos que parar antes de las 5 de la tarde porque empezaba a anochecer y las temperaturas caían de forma notable, así que tuvimos que dividir el trayecto en dos días. Como queríamos pasar tanto tiempo como fuera posible del día siguiente en el desierto en Merzouga, decidimos ir tan lejos como fuera posible hoy y dejar solo un par de horas para la siguente jornada. Así que a madrugar otra vez.

El tráfico que habíamos encontrado al llegar a Fez la tarde anterior era el caos habitual por estos lares, pero hoy la cosa estaba bastante calmada a pesar de ser hora punta por la mañana. Dejamos el palacio, dirigiéndonos hacia el sur por la parte nueva de la ciudad, y nada más dejarla atrás, la carretera empezó a ganar altura hacia las montañas del Atlas Medio. Íbamos a pasar casi todo el día bien por encima de los 1.000 metros y, preocupados por el frío, nos habíamos equipado con varias capas adicionales.

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La siguiente población importante era Ifrane, conocida como la Suiza marroquí, y era fácil ver por qué. Si la palabra que te viene a la cabeza al pensar en Marruecos es “desierto”, piénsatelo de nuevo. A 1.600 metros sobre el nivel del mar encontramos un pintoresco lugar cubierto de nieve y con lujosas casas que no desentonarían en una ladera de los Alpes, con un resort de esquí pasado el pueblo.

Más allá de Ifrane, la carretera nos llevó cerca de Azrou y luego al bosque de los Cedros, un espeso bosque con una maravillosa carretera de montaña que nos regaló un buen rato de curvas y donde este fascinante país nos dio otra sorpresa: ¡monos! El bosque está lleno, y resulta que son una atracción turística en la zona, juntamente con un cedro llamado Cèdre Gouraud, que tiene más de 800 años.

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A medida que íbamos ganando altura el bosque fue desapareciendo hasta que no quedaban más árboles y una vasta extensión nevada se abría ante nuestros ojos. La temperatura fue cayendo hasta una mínima de 6 grados centígrados mientras cruzábamos el punto más alto de la jornada, el Col du Zad, a casi 2.200 metros sobre el nivel del mar.

img_1590La nieve formó parte del paisaje hasta que empezamos a perder altura y fue sustituida por llanuras de desierto rocoso de camino ya a Midelt, donde hicimos una parada rápida para tomar un muy necesario té caliente antes de afrontar la última etapa del día.

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Con el sol ya bajo seguimos el valle del río Ziz, que nos llevó a través del túnel del Legionario, cavado en la roca, y a las Gorges du Ziz, un cañón espectacular que desemboca en un embalse construido en 1976 para proteger de inundaciones los palmerales en la llanura más al sur.

Justo antes de la puesta de sol llegamos a las afueras de Errachidia, donde dejamos la carretera principal y nos adentramos por una pista hasta un puñado de casas de barro y paja; íbamos a pasar la noche en una de ellas: la Gite d’Étape Khettara Oasis.

img_1607Un grupo de niños, fascinados como siempre con las motos, nos indicó dónde estaba nuestra casa, y una pequeña puerta de madera se abrió y un hombre nos invitó a pasar a un bonito patio interior. Nos dejaron meter las motos dentro para pasar la noche y, tras maniobrar las tres bestias por la apertura, descargamos y vimos la habitación.

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Antes de instalarnos nos ocupamos del faro de la moto de Gerard, que había dejado de funcionar por la mañana. Por suerte, yo había sufrido el mismo problema en mi V-Strom hacía unos meses y sabía cómo arreglarlo: la culpa era de un problema en el interruptor de arranque, que necesitaba que se limpiara y se ajustara.

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El propietario de casa llegó al cabo de un rato y nos habló de la región y su historia. Había nacido en esa misma casa, pero tras varios años de duras sequías su familia se había visto forzada a trasladarse a la ciudad e intentar sobrevivir allí. Por suerte, su padre insistió en que no dejara la escuela, y años más tarde se graduó en física. Sintiendo que le debía algo a su pueblo natal, volvió y convirtió la casa familiar en un alojamiento que era parte de una red de turismo sostenible en la región del río Ziz. Dan trabajo a los lugareños, usan los productos locales y reinvierten los beneficios en desarrollar y mejorar las infraestructuras de agua y riego para la población.

img_1599Disfrutamos de una cena excelente delante de la chimenea en la estancia central de la casa y nos acostamos temprano, pensando en nuestra primera experiencia en el desierto, que nos aguardaba al día siguiente.

Primer contacto con África

Día 2 – 27 de diciembre – Ferry de Almeria-Melilla y de Melilla a Fez (317km)

Otro madrugón no era precisamente lo que Gerard necesitaba para recuperarse, y para cuando entramos en el puerto a las 6 de la mañana empezaba a dudar si comenzar o no el viaje, pero teníamos todos la esperanza que un buen chute de medicamentos comprados la noche anterior y cuatro horas extras de sueño durante la travesía hasta Melilla le ayudarían a encontrarse mejor.

img_1455El resto pasamos el tiempo en la cubierta superior, los únicos locos que se enfrentaban al frío y el viento para ver el sol salir sobre el mar.

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Cuando desembarcamos la temperatura era ya mucho más alta y, tras llenar los depósitos para aprovechar el régimen fiscal especial de Melilla, atravesamos la ciudad en busca de la frontera, donde entramos ya oficialmente en territorio africano.

Bueno, de hecho primero teníamos que meter las motos a través de una marea humana intentando cruzar la frontera. No los inmigrantes o refugiados que aparecen en las noticias, intentando poner pie en este pequeño enclave de territorio europeo en el norte de África, sino una horda de marroquíes que cruzan la frontera para comprar cosas que son más baratas aquí o imposibles de encontrar en Marruecos y luego se las llevan de vuelta a su país para venderlas. Para evitar que las instalaciones de la frontera se colapsen de gente cargada de cajas y fardos, los guardias solo abren el acceso para peatones cada cierto tiempo, y toda la gente que está esperando corre para intentar colarse antes de que vuelvan a cerrar. Íbamos con la moto detrás de una furgoneta cuando, cerca ya de la entrada de vehículos, vimos un gran número de personas sentadas por todas partes esperando. Entonces, con toda la mala suerte de la que las coincidencias son capaces, justo cuando la furgoneta pasaba por un paso de peatones, los guardias debieron abrir las puertas, porque todo el mundo se puso en pie de repente, agarraron sus bártulos y salieron a toda prisa hacia la entrada. En cuestión de segundos nos vimos rodeados por una masa humana y temí que alguien tropezara o le empujaran y se diese contra la moto, que cargada y con pasajero sería imposible de mantener de pie, y ya me veía de narices en el suelo en medio de semejante caos.

Una vez conseguimos atravesar el gentío y entrar en el recinto de la frontera el caos seguía; habíamos preparado los papeles de importación temporal de la moto, pero aún teníamos que rellenar un pequeño formulario de inmigración, hacer que nos sellaran el pasaporte y nos firmaran y sellaran el formulario de la moto en la frontera y en la aduana. Los formularios de inmigración no se veían por ninguna parte, y la razón era que los ‘ayudantes’ que pululan por la mayoría de fronteras los tenían todos ellos. Aquí eran especialmente persistentes, y la actitud del personal de fronteras no hacía sino fomentar la situación: no había señales, indicaciones ni explicaciones en ninguna parte.

Pasamos por el tubo con la ‘ayuda’ de uno de los tipos que nos entraron nada más parar la moto y en cuestión de minutos ya teníamos todos los papeles hechos y solo quedaba esperar al resto del grupo mientras presenciábamos un curioso espectáculo: un coche cargado a más no poder intentaba pasar la frontera con más bártulos que los que imagino que las normas de importación permiten, y un agente de aduanas se había puesto al volante para llevar el coche a un área aparte, mientras un grupo de hombres iba sacando fardos del maletero apresuradamente con el coche en movimiento y lanzándolos por encima de la verja que separaba el acceso peatonal a sus colegas para evitar que los confiscaran.

Cuando ya estábamos todos listos salimos del complejo fronterizo, cambiamos algo de dinero y tomamos la carretera hacia el sur. Había mucha policía, pero nadie nos paró y, una vez lo peor del tráfico de Nador quedó atrás, pudimos disfrutar de buenas carreteras hasta que empalmamos con la autopista hacia Fez.

img_1531Tras haber descansado y comido algo en el ferry Gerard se encontraba mejor y había decidido seguir adelante con el viaje. Nos habíamos puesto en camino bastante tarde a causa de todos los trámites en la frontera, y nos preocupaba que cayese la noche antes de llegar a la ciudad y encontrar el sitio donde íbamos a pasar la noche, pero conseguimos llegar justo tras la puesta de sol y sumergirnos en un laberinto de callejuelas por encima de la medina, buscando la casa donde nos teníamos que alojar.

Habíamos reservado habitaciones en una propiedad a través de AirBnB que estaba anunciada como ‘un palacio’, pero la puerta lisa de metal ante la que acabamos no parecía en absoluto lujosa. El propietario salió y nos dijo que íbamos a estar más abajo en la misma calle y nos indicó que le siguiéramos.

¡Y vaya si era un palacio! Ya había oscurecido y, tras atravesar una gran puerta metálica, dejamos las motos en el garaje de un edificio apartado y nos llevamos las maletas calle abajo, a través de un patio, por otra puerta grande, a lo largo de un callejón… tras pocas horas de sueño y muchas de moto, me sentía completamente desorientado y tenía la sensación de flotar de un lugar a otro, hasta que otra puerta enorme, esta vez de madera, se abrió y dimos a un patio que bien podría haber pertenecido a la Alhambra.

img_1552Lo atravesamos y subimos por unas escaleras que nos llevaron a la habitación, un vasto espacio de más de 100 metros cuadrados, con techos de por lo menos seis metros de altura decorados con madera tallada y pintada, tapices y espesas cortinas… era increíble.

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Según nos contó, el abuelo del propietario había sido el Pachá de Casablanca y esta era su segunda residencia, donde mantenía a sus cuatro esposas y 12 concubinas mientras se reunía con personajes de la talla de Winston Churchill y Theodore Roosvelt.

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Intentando aún procesar todo lo que habíamos vivido en las últimas 24 horas, caímos rendidos bajo varias capas de mantas y nos dormimos al instante.

Frío y aburrimiento

Día 1 – 26 de diciembre – De Barcelona a Almería (825km)

6 de la mañana. Cielo negro sobre la ciudad. Un par de turistas borrachos tambaleándose calle abajo cantando esta especie de himno que todos los turistas borrachos cantan en el extranjero. Un guarda de seguridad dormido en su caseta. De pronto, el sonido agudo de una sirena rebota por las paredes del garaje y el guarda abre los ojos sobresaltado. Una especie de astronauta raro está dándole al timbre, pidiendo que le abran la entrada. Se frota los ojos y ve que es un friki vestido con equipo de moto. ‘Por amor de Dios’, gruñe. ‘¿Qué hace este tío aquí a estas horas? Hoy es festivo, debería estar en la cama, intentando digerir la comilona de Navidad.’

Diez minutos más tarde la moto estaba cargada y salíamos de la ciudad de camino a encontrarnos con el primero de nuestros compañeros de viaje, Esteve, en Vallirana. Para hacer la ruta algo más interesante y barata combinamos nacionales y autopista durante las primeras horas hasta que salimos de Cataluña y nos reunimos con los dos miembros restantes de nuestra expedición en el área de descanso de Benicarló, Gerard y Raluca.

Con el grupo completo, todo lo que quedaba por hacer el resto de la jornada era cubrir la distancia que faltaba hasta Almería, donde haríamos noche antes de tomar el primer ferry hacia Melilla.

800km de autopista no iban a ser interesantes, y a pesar de que tuvimos suerte y el tiempo era bueno, hizo frío la mayor parte del día. Había estado pensando en cambiar el neumático trasero para esta viaje, pues tenía ya casi 12.000km, pero al final lo desestimé, no quería empezar una rueda nueva con tantos kilómetros de autopista con la moto cargada, así que iba con calma para ahorrar gasolina y preservar los tacos, cosa que hizo que el viaje se alargara. LA intención era llegar al hotel a media tarde, pero la puesta de sol nos encontró aún lejos de nuestro destino, cegándonos sin piedad durante media hora.

Tras interminables horas de viaje en la oscuridad, y con Gerard sufriendo una combinación de fuerte resfriado y alergia, conseguimos llegar a Almería, encontramos el hotel y nos dimos una ducha caliente. Gerard dijo basta y se retiró a la cama, con la esperanza de encontrarse mejor al día siguiente y poder continuar el viaje, y el resto salimos a disfrutar de unas merecidas cervezas y tapas.