Preparados, listos… ¡ya!

Día 12 – 6 de enero – de Algeciras a Barcelona (1151km)

Eso es más o menos lo que Esteve quería hacer en el momento en que bajara la rampa del ferry: retorcer el puño del acelerador y no soltarlo hasta llegar a Barcelona. Era un trayecto muy largo, más de lo que habíamos hecho hasta Almería al inicio del viaje, que habían sido poco más de 800km y nos había llevado más de lo esperado. Estábamos hablando de casi 1.200km, una distancia que habíamos previsto cubrir en dos días, con una parada en Ademuz, donde tenemos una casa de la familia, cosa que nos permitiría ahorrarnos el coste de una noche de alojamiento.

Esteve, sin embargo, ya estaba cansado de tantos días sobre la moto e insistió en que quería llegar a casa lo antes posible, y si eso suponía hacerlo del tirón, pues que así fuera, tendría todo el fin de semana para deshacer las maletas, relajarse y prepararse para la vuelta al trabajo el lunes, una vuelta que preveía estresante. Intenté disuadirlo, pero había otros factores a tener en cuenta. ¿Os acordáis del problema con la suspensión de Gerard? Tanto él como Raluca no estaban demasiado entusiasmados con la idea del largo camino de regreso, incluso si era en dos jornadas, así que le estaban dando vueltas a la idea de llamar al seguro de la moto con el pretexto de la chapuza de la reparación, mandarla de vuelta a casa y viajar hasta Barcelona a cargo del seguro, incluso pasar un día visitando Granada antes de todo ello. Además, debo confesar que en este punto yo tenía parte de culpa de los planes que estaban haciendo tanto Gerard como Esteve, pues unos días atrás había descubierto que me había dejado las llaves de la casa, de modo que si volvíamos en dos etapas nos teníamos que costear una noche de hotel de todos modos.

La noche anterior Esteve ya había decidido que volvía del tirón, y yo empezaba a plantarme hacer lo mismo. Gerard y Raluca dijeron que tomarían la decisión al bajar del ferry, de modo que decidimos que lo mejor sería despedirnos en el barco y empezar la vuelta nada más salir del puerto.

Teníamos ya las tarjetas de embarque que recogimos el día anterior, de modo que esta vez no fue necesario madrugar tanto; el ferry salía a las 9am y solo era necesario estar en el puerto media hora antes. Además, era el día de reyes, así que todo el mundo estaría en casa abriendo los regalos con la familia, con lo que no esperábamos colas para embarcar ni tráfico para cruzar la península.

Una vez atravesadas las cabinas de control de las tarjetas de embarque me esperaba ir directo a la cola para subir al ferry, pero en lugar de ello vimos que había que pasar un control de aduanas. Pensé que este tema ya estaba zanjado al haber atravesado la frontera de entrada a Ceuta pues, al fin y al cabo, ya estábamos en España y territorio comunitario, pero parece que las autoridades tenían otro punto de vista.

La barrera estaba bajada y no parecía que hubiera nadie en la caseta, así que nos tocó esperar hasta que apareció un guardia civil medio dormido y claramente frustrado por tener que trabajar en tan señalada fecha en lugar de estar en casa con los niños. El único vehículo delante nuestro era una furgoneta grande con matrícula belga y con un solo ocupante de aspecto árabe. Creí que la policía iba a hacer un control rutinario rápido, pues faltaban 10 minutos para la salida del ferry, había muy pocos coches en la fila y, como ya he dicho, ya estábamos en España. Sin embargo, de dentro de la caseta apareció otro policía con un perro y le pidieron al de la furgoneta que abriera la parte posterior, hicieron subir al perro y éste se dedicó a olisquear toda la caja. En ese preciso momento recordé que la noche anterior había dejado lo poco que sobró del bocadillo en el bolsillo de mi chaqueta, que estaba plegada y guardada en la maleta izquierda. ‘Vale’, pensé. ‘No pasa nada, es una minucia, para uso propio y tal puedo decir si el perro huele algo… esas cantidades se toleran habitualmente en España.’

El perro terminó con la furgoneta, el conductor arrancó y se fue hacia el barco. El policía con el perro miró las tres motos, el perro estaba mirando al mar, el policía miró al resto de coches en la corta cola, nos volvió a mirar y nos hizo el gesto de que pasáramos. El perro no dejó de mirar al mar en ningún momento.

Con un suspiro de alivio seguimos adelante hasta topar con otro control antes del maldito barco, esta vez con una empleada de la naviera y otro agente de aduanas, comprobando los pasaportes. Ya había guardado el mío, y cuando paré la moto y empecé a abrir cremalleras para sacarlo de nuevo, el policía me miró, yo con el casco y las gafas de sol puestas, solo con el bigote asomando un poco, y me preguntó con un espeso acento del sur: ‘¿Tu eres español?’ ‘Sí’, le dije, y me respondió ‘pues tira’. Seguridad de la buena.

El ferry era un catamarán rápido y en menos de una hora de trayecto bien movido a través del estrecho estábamos en Algeciras. Nos habíamos despedido ya y estábamos listos para salir, al final iba a volver del tirón con Esteve.

Bajaron la rampa, abrimos gas y salimos al muelle, listos para lanzarnos a la carretera y devorar kilómetros lo antes posible, eran las 10 de la mañana y teníamos al menos unas 12 horas de moto por delante. Giramos hacia la salida del puerto y encontramos… otro control de aduanas. ¡Otra vez! Esta vez había cinco o seis coches delante de mí, y el policía con el perro (sí, había otro perro) lo estaba haciendo olisquear cada coche en la fila. Cuando hubo terminado con el coche de delante, miró la moto y me hizo el ya familiar gesto de que pasara, tras lo cual se puso a examinar el coche siguiente. Pasar fronteras en moto es lo mejor.

Finalmente salimos del puerto y comenzamos la larga vuelta a casa. Usamos una combinación de autopistas y autovías en busca de la forma más rápida y barata de volver a Barcelona, y decidimos que pararíamos solo a repostar y una vez para comer a mediodía. El cielo estaba nublado y había posibilidad de lluvia en el sur de España, pero en cuanto dejamos atrás la costa el cielo se aclaró y nos dejó un día perfecto para ir en moto, si bien la temperatura no subió en ningún momento de los 12ºC. En la segunda parada para llenar el depósito me tuve que poner toda la ropa que había usado en el trayecto de bajada, llevábamos una hora a 1.000m por encima del nivel del mar y me estaba congelando. La cosa mejoró a medida que volvimos a acercarnos a la costa pasado Murcia, pero duró poco. La noche nos cogió al sur de Valencia, y finalmente llegué a la puerta de casa a las 10:20pm, tras haberme separado de Esteve en Vilafranca. Habíamos hecho 1151km en 10 horas y 26 minutos según el GPS, el trayecto más rápido en las dos semanas de viaje.

Al levantar la vista del GPS vi a Nat, que llegaba a casa con pizza y cerveza como regalo de bienvenida. ¡Eso sí que es amor!

Anuncios

Cómo llevar las motos a Marruecos

Una de las primeras cosas que nos miramos una vez teníamos las fechas y una idea general de la ruta eran las opciones que teníamos para llegar hasta Marruecos. Hay más de 1.000 km de autopista y autovía hasta el ferry que cruza el estrecho de Gibraltar, demasiado para hacer en un día.

La primera alternativa que consideramos era el ferry de Barcelona a Tánger; nos ahorraríamos una larguísima jornada, gasolina, peajes, desgaste de neumáticos… pero el ferry no sale todos los días, y la mala suerte quiso que no hubiera ferry disponible para nuestra fecha de partida prevista, el 26 de diciembre.

La segunda alternativa era poner las motos en un remolque y conducir hasta Algeciras. Nos podríamos turnar al volante para mitigar el cansancio y pagar gasolina y peajes por un solo vehículo. Parecía un buen plan, si no fuera por un par de detalles… uno: no tenemos remolque y dos: ninguno de nuestros coches tiene bola. Entonces Gerard dijo que su familia tienen un remolque en el pueblo; no uno de motos, pero al menos uno grande, quizá lo bastante para llevar tres motos trail. Como no somos de los que se desaniman fácilmente nos fuimos a la otra punta de Cataluña para verlo y probar si las motos entraban. Si era así, entonces podríamos empezar a mirar precios para poner una bola en mi coche y repartir el coste entre los cinco.

El remolque era grande, sin duda, pero no pensado para motos. Era bastante alto y no tenía rampa, así que tuvimos que improvisar. Gerard encontró un escritorio que parecía suficientemente resistente para aguantar el peso de mi moto (la más grande) y poco a poco la hice subir jugando con el gas y el embrague andando desde el lado mientras el resto vigilaba que no se cayera.

Con ella en el remolque se hizo evidente que no iba a haber manera de meter tres motos allí.

img-20161016-wa0005

Eso hubiera sido el final de la historia de los remolques, pero un amigo nos ofreció el suyo, que sí que era específico para motos. Con renovadas esperanzas, fui a pedir presupuestos para montar la bola en el coche, pero para desesperación mía, el coste era muy superior a lo que habíamos imaginado. No solo eso, sino que habría que sumarle el coste de homologarla en la ITV, ampliar el seguro, el papeleo, la placa de matrícula adicional… Además de todo eso, el remolque está diseñado para tres motos, pero no tan grandes (enduro, de circuito…); no teníamos la seguridad de que tres trails grandes fueran a caber. Todo eso, más el tiempo que nos iba a tomar encontrar un lugar donde dejar el coche y el remolque durante dos semanas en Algeciras y lo que podría costar, nos hizo desistir finalmente de la idea.

img-20161016-wa0008

También pensamos en mandar las motos como hice cuando visité el sur hace un par de años, pero el precio de mandarlas de ida y vuelta más los billetes de avión era demasiado elevado comparado con la gasolina y peajes.

Finalmente, nos dijeron que hay otra línea de ferry que une Almería con Melilla y Nador, lo que nos ahorraría unos 300km, rebajando la primera etapa a unos 800, algo más razonable. Si salimos temprano podríamos estar en Almería a media tarde, a tiempo de descansar bien y disfrutar de unas tapas antes de tomar el ferry a primera hora del día siguiente.

En casa

Día 35 – Jueves 1 de septiembre – Barcelona (6,2km)

Barcelona es una ciudad relativamente pequeña en extensión, su crecimiento se ha visto limitado por un río en cada lado, una cadena de colinas detrás y el mar delante, pero eso es una de las muchas cosas que la convierten en un lugar excepcional; tiene un tamaño que la hace cercana a habitantes y visitantes por igual, si no te importa andar uno puede llegar a la mayoría de lugares a pie en no más de una hora. La otra consecuencia positiva de su tamaño es que, para los viajantes, es una ciudad con una de las mejores llegadas que existen.

Cuando se llega a otras ciudades el avión suele sobrevolar extensiones de campos anónimos, zonas industriales y poblaciones satélite antes de aterrizar en un aeropuerto que está a bastantes kilómetros de la ciudad. Es imposible reconocer el destino desde el aire, y uno solo se da cuenta de que ha llegado tras atravesar una periferia que suele ser por lo general bastante gris. Para los que llegan en barco la historia es parecida. Los puertos no suelen ser lugares especialmente atractivos, y la preciosa ciudad que uno viene a ver se encuentra tras un páramo salpicado de depósitos de gas y petróleo, almacenes de contenedores marítimos y patios de vías.

Barcelona es otra historia. La ruta de aproximación al aeropuerto sigue la costa y pasa directamente por delante de la ciudad, y los que tengan la suerte de estar sentados a estribor del avión se ven recompensados con una de las mejores vistas de la ciudad que hace que sea fácil reconocer los edificios más emblemáticos que tantas ganas tiene de visitar. La experiencia de llegar por mar es parecida, y el puerto de pasajeros está en la ciudad mismo, de modo que al desembarcar uno ya se encuentra prácticamente en el centro, nada de atravesar polígonos.

Nunca había llegado a mi ciudad por mar, y cuando la tripulación anunció que estábamos a una hora del puerto subí a cubierta para intentar ver tierra y disfrutar de la aproximación. No tardó en aparecer una difusa línea de montañas en el horizonte, y antes de lo que pensaba ya pude reconocer la característica silueta de las montañas de Montserrat unos kilómetros tierra adentro.

img_1373El segundo hito que se hizo reconocible fue la torre de Collserola, seguida de la montaña de Montjuïc, la sierra del Montseny en la distancia y finalmente los primeros edificios altos de Barcelona en primera línea de la costa.

img_1376Poco a poco los edificios se fueron haciendo más reconocibles, y la torre Mapfre y el hotel Arts, la torre Agbar… un niño italiano que visitaba la ciudad por primera vez soltó un grito de emoción cuando su padre le señaló la Sagrada Familia y, mucho más rápido de lo que me esperaba, empezamos las maniobras de amarre en la terminal del puerto.

img_1387Saqué la moto del ferry y me vi rodeado al momento del tráfico de hora punta de la tarde. Tras tantos kilómetros en lugares donde no parece haber normas de tráfico, tuve que recurrir a grandes dosis de autocontrol para no empezar a adelantar donde no se podía e ir en contra dirección para llegar a casa más rápido.

img_1396Una vez vi este pequeño cartel en un hostel en Suecia, y al poner la cabeza sobre mi añorada almohada me vino la imagen a la cabeza y pensé ¡qué gran verdad!

Autostrada

Día 34 – Miércoles 31 de agosto – De Brindisi a Civitavecchia (660km)

El ferry llegó a Brindisi a las 6:00, justo cuando el sol salía por detrás de las gigantescas grúas del muelle. Salí de sus entrañas, aparqué junto a la verja de salida y regalé a los adormilados ojos de todos aquellos que desembarcaban un magnífico espectáculo de striptease mientras me quitaba la ropa que me había puesto para la travesía y me ponía de nuevo el equipo de moto.

img_1370Tenía que estar en Civitavecchia a las 20:00 como muy tarde para sacar los billetes y embarcar en el ferry de las 22:00 hacia Barcelona. Pero tras la experiencia en la terminal del puerto de Igoumenitsa prefería llegar más temprano, así que decidí que por primera y única vez en todo el viaje, hoy iba a ser día de autopista.

img_1369Salí del muelle, dejé atrás rápidamente esa zona fea que rodea todos los puertos y enseguida me encontré en la autopista. Ya empezaba el día cansado; no había dormido mucho en el ferry, hacía demasiado calor y había demasiado ruido, así que decidí parar a menudo y tomármelo con calma.

Comparada con las carreteras y autopistas que había usado en Grecia, la autostrada hacía que Italia pareciese Suiza: asfalto en perfecto estado, conductores civilizados (sí, en el sur de Italia), Wi-Fi gratis en todas las gasolineras y áreas de descanso… Hasta el paisaje no estaba mal, especialmente en la parte central del trayecto, cuando la autopista cruzaba entre dos parques naturales, el Parco Regionale di Monti Picentini y el Parco Nazionale di Cilento Vallo di Diano. De allí descendía hasta Nápoles, lo rodeaba e iba hacia Roma, como todos los caminos.

Paré muy a menudo a descansar, comer, leer del libro que llevaba conmigo y, al principio al menos, repostar. Pero la gasolina es tirando a cara en Italia, y decidí descubrir hasta dónde podía llegar con un depósito con la moto nueva. Teóricamente debería alcanzar los 400km, pero nunca había visto unos resultados de consumo tan buenos en un uso a diario. Esta vez, sin embargo, iba por autopista, en terreno principalmente llano y sin prisas. Estaba a unos 380km del puerto de Civitavecchia la segunda vez que paré a repostar, así que me impuse el reto de hacer el siguiente repostaje ya en Barcelona. Llené el tanque hasta el borde y me dispuse a recorrer el resto del camino aplicando todo lo que sabía de conducción económica, que eran nociones aprendidas con el coche, porque nunca se me había ocurrido eso de la conducción económica en una moto…

img_1371Mantuve unos 100km/h, sin acelerones para adelantar, dejando la moto ir con un punto de gas en las bajadas, anticipando las maniobras de los demás conductores para evitar frenadas, etc.

Fue una experiencia mortalmente aburrida, pero ir por la autopista siempre lo es, así que ir más rápido o de forma más agresiva no iba a mejorar mucho las cosas. Sea como fuere, a las 19:00 estaba a tan solo dos kilómetros de Civitavecchia cuando se encendió el chivato de la reserva. Habitualmente esto pasa entre los 270 y los 300km, según el uso. Esta vez fue a los 383km. Había logrado un consumo indicado de 4,4l/100km, y según el ordenador de a bordo, quedaba autonomía para otros 66km más, aunque este dato suele ser optimista.

El edificio de la terminal en Civitavecchia estaba mucho más tranquilo que el de Igoumenitsa, no había colas, las oficinas de Grimaldi estaban bien señalizadas, había sitio donde sentarse cómodamente por todas partes y había Wi-Fi gratis. Bueno, al menos los primeros 15 minutos. Saqué los billetes y me esperé más o menos una hora hasta que pude ir hacia el muelle.

De nuevo, las motos fuimos los primeros en embarcar, así que conseguí encontrar un rincón perfecto con un enchufe y me instalé cómodamente a ver una película antes de pasar la noche. Al día siguiente por la tarde vería Barcelona de nuevo.

Máquinas expendedoras de porno

Día 3 – Domingo 31 de julio – De Terni a Ancona; ferry a Zadar; de Zadar a Korenica (311km)

No hace mucho leí un artículo que se titulaba Mis 25.000 maravillas del mundo. El título jugaba con el de la guía de Rough Guides 25 maravillas del mundo, y la autora lo abría describiendo un viaje que había hecho para ver la puesta de sol en Ayers rock, la famosa roca en Australia. Tras un viaje larguísimo, la experiencia de 10 minutos la había dejado más bien fría y con la sensación de haber ido hasta allí solo para poder tachar un nombre más de la lista de cosas que hay que ver que todos los turistas llevamos con nosotros. Algo más tarde decidió pasar por alto la oportunidad de ver la Gran Barrera de Coral porque prefería relajarse y tomar unas cervezas en un chiringuito y tras un momento de culpa pasajera por haber viajado tan lejos y no visitar la maravilla de la naturaleza, llegó a la conclusión de que si tuviera que escribir un libro sobre sus maravillas del mundo, éste contendría 25.000, no 25. La razón, explicaba, era que lo que hace especial un viaje, lo que ella recordaba pasados los años eran los pequeños detalles y vivencias que capturan nuestra imaginación y dan a cada país esa personalidad única y especial, como el hecho de que los billetes de dólares australianos estén impresos en una especie de plástico, de modo que uno puede pasarse el día surfeando y al terminar sacarse unos cuantos del bolsillo y comprar una cerveza fresquita en el chiringuito.

Nos pusimos en camino temprano, a las 7:00, porque según los billetes teníamos que estar en la terminal de ferries a las 9:30, tres horas antes de la hora de salida. Había llenado el depósito en Barcelona con la esperanza de llegar de costa a costa en Italia y repostar en Croacia, donde la gasolina no es tan cara como en este lado del Adriático, pero no preví las largas colas de embarque ni el trayecto rápido la noche anterior para llegar al hotel a tiempo, así que tuvimos que hacer un repostaje antes de Ancona. Fue en ese momento cuando descubrí una de las ‘maravillas’ que yo incluiría en un libro: una máquina expendedora que vendía DVDs porno. Al igual que las máquinas expendedoras de tabaco, había que enseñar un documento de identidad en la tienda para que la conectaran, y apoyada contra la pared de una gasolinera desierta a primera hora de la mañana cantaba una triste oda a la soledad de los camioneros de larga distancia.

20160731024313Durante la mayor parte del trayecto de Terni a Ancona el paisaje era sorprendentemente montañoso y, con poco tráfico, el viaje fue agradable y en su mayor parte tranquilo; solo vimos tres o cuatro conductores italianos adelantar a coches mas lentos con doble línea continua. Nosotros también lo hicimos, claro. A donde fueres haz lo que vieres, Sancho.

20160731042211Llegar temprano a Ancona tuvo su recompensa, y no encontramos cola ni para recoger los billetes ni para cambiar dinero, cosa que se agradece teniendo en cuenta el calor que hacía. Tampoco había cola para subir la moto al ferry, y embarcamos con un grupo variopinto, algunos de ellos ataviados para el viaje de forma… curiosa.

20160731051403_120160731060010Encontramos una buena mesa al lado de una ventana, en una cubierta con aire acondicionado y nos preparamos para lo que parecía que iba a ser una travesía tranquila, con el barco lejos de estar lleno. A penas había pasado ese pensamiento por mi cabeza cuando mi tranquilidad se hizo añicos. ¿Qué, esta vez? Os preguntareis. ¿Bebés berreando? ¿Camioneros borrachos? ¿Hordas de adolescentes sobreexcitados? No. Un grupo de evangelistas italianos.

20160731082950Empezaron a entrar en tropel en la zona del comedor donde estábamos y pronto nos encontramos rodeados y sin posibilidad de escape, pues estábamos en la esquina opuesta a la salida. Justo habíamos empezado a comer y, para desconsuelo nuestro, se sacaron de alguna parte una guitarra y unos timbales y empezaron a cantar, levantar los brazos, sacudir sus cabezas y alabar al Señor en general de forma bastante escandalosa. En cuanto terminamos de comer nos abrimos camino entre ellos mascullando unos cuantos ‘scusi’ y nos fuimos a buscar un café y un sitio más tranquilo. Como dicen: ‘La religión es como un pene. Es totalmente aceptable tener uno y sentirse orgulloso de ello pero, por favor, no vayas mostrándolo en público.’

20160731125710Llegamos a Zadar puntuales, y sobre las 19:00 ponía las ruedas sobre las carreteras Croatas por tercera vez en mi vida. La red viaria parecía ir mejorando con cada visita, y no tardamos mucho en llegar a nuestro destino en Korenica, pero lo que no parecía haber cambiado era el calor; estábamos bastante por encima de los 30ºC a pesar de ser ya ultima hora de la tarde. Por suerte Korenica está en las montañas, a casi 700m sobre el nivel del mar, y la temperatura era mucho más agradable.

20160731133706Nuestro alojamiento para los siguientes dos días era una pequeña casa de tres habitaciones, House Tony, donde Marine, nuestra anfitrión, nos recibió con un par de cervezas y un plato de galletas de chocolate.

20160801131610p.s. Espero que incluir la palabra ‘porno’ en el título atraiga más visitas a este post. Porno.

Balkan Adventure 2016

Día 1 – Viernes 29 de julio – Ferry de Barcelona a Civitavecchia (0km)

Hacía ya tres meses que tenía la moto; había servido honorablemente en su papel de transporte diario al trabajo y había hecho su salida ocasional algún fin de semana, pero día tras día podía notar que me pedía, que ansiaba un viaje más largo, la bestia quería alejarse de la ciudad. Cuando por fin llegaron las vacaciones pues, era hora de llevarla a su primer gran viaje. ¿Dónde? A los Balcanes.

El plan era coger un ferry a Italia, cruzar el país, coger otro ferry y empezar desde Croacia, desde allí bajar hacia Montenegro, Albania, Kosovo, Macedonia, Bulgaria, Grecia y de allí a Italia de nuevo mediante otro ferry.

20160730132925Empecé mis vacaciones al final de Julio, cosa que tenía dos consecuencias inmediatas sobre el inicio de mi viaje.

Una, recibí un crudo recordatorio de la temperatura y humedad que reinan en la ciudad a estas alturas del verano mientras cargaba con más de 40kg de equipaje bulto a bulto desde el piso hasta el garaje donde duerme la moto. Tras mucho sudar, tirar de pulpos y cintas y atar nudos, completé la partida de Tetris y la moto quedó cargada.

Dos, experimenté el gozo de iniciar mis vacaciones al mismo tiempo que millones de otras personas, materializado en colas interminables en la terminal de ferries.

IMG-20160729-WA0019Una vez a bordo, el ferry estaba lleno hasta los topes, con gente voceando, niños y camioneros de Europa del este de aspecto cuestionable, uno de los cuales intentó empezar una pelea en el bar de cubierta. Al menos el retraso de dos horas antes de zarpar se hizo más llevadero gracias a una pareja de argentinos que llevan más de dos años viajando por el mundo en moto y que tenían un montón de historias que contar. Podéis leer su historia aquí y aquí.

¡Corre al ferry!

Día 63 – Lunes 26 de agosto – De Omis a Hvar a Omis (199km – 150 en ferry)

No nos levantamos exactamente temprano, para ser sinceros. Para cuando llegamos a la terminal de ferries en Split eran casi las 11 am y no las teníamos todas de poder coger el ferry que salía a esa hora. Paré la moto en la parada de taxis de delante de las taquillas, justo enfrente de cuatro guardias urbanos que se afanaban a indicar a los coches que se dirigiesen a la zona de embarque del ferry o saliesen de allí para no provocar atascos, pero no pareció importarles la moto. Nat fue a por los billetes y volvió corriendo, le habían dicho que aún podíamos embarcar en el ferry de las 11 si nos dábamos prisa. Fuimos con la moto a la zona de embarque y directamente al hombre que controlaba los billetes. Había una cola de coches embarcando, pero cuando le pregunté si aún nos daba tiempo nos preguntó si teníamos billetes, y al decir que si señaló a la rampa de embarque y dijo “bye-bye”. Entramos directamente en la cubierta de vehículos, saltándonos la cola de coches que aún no habían embarcado, pero no pareció molestar a nadie, otra de las ventajas de ir en moto. La dejamos en un lado, un miembro de la tripulación la amarró para la travesía y subimos a la cubierta superior mientras el ferry se alejaba lentamente de la ciudad. Hacía un día precioso y teníamos una vista privilegiada de la ciudad desde el mar.

IMG_1264

Había varios barcos que conectaban las islas con el continente, pero el ferry solo iba oa Brac o a Hvar, así que teníamos que elegir. Nos habían dicho que Hvar era más bonita, y también la que tenía mejores playas, pero una vez allí costó encontrar una, ya que la costa era casi toda rocas. El paisaje era precioso sin embargo, pueblos muy pequeños con casas de piedra, una carretera muy estrecha que subía y bajaba por valles y colinas y la isla tenía muy poca población y aún menos turistas. Paramos en un pequeño pueblo con una playa de piedras tranquila y tomamos el sol un rato y nos dimos un baño. El agua era muy diferente aquí, ya estábamos de frente a mar abierto, y se notaba que la costa no tenía delante la protección de las islas. Las olas eran más altas y el color del agua ya no era completamente transparente, sino un tono más oscuro debido a las algas que el oleaje levantaba del fondo.

IMG_1308

Nos quedamos en el mismo pueblo después del baño y comimos pescado en un restaurante con una terraza encantadora que daba a la playa antes de ir hacia Hvar, donde visitamos la fortaleza que dominaba el pueblo desde la colina y disfrutamos de las vistas. Después fuimos al pico más alto de la isla, donde había un observatorio. Me imaginé que, lejos de la costa y con tan poca población, la vista del cielo por la noche debía ser espectacular desde allí.

IMG_1348

Estaba oscureciendo, así que empezamos a tirar hacia los dos otros pueblos principales de la isla, pero tras ver que no había mucho que visitar tras la puesta de sol en el primero, decidimos volver a Stari Grad, donde estaba la terminal del ferry, e intentar coger el de las 8:30, ya que no había otro (de hecho el último) hasta casi medianoche.

IMG_1423

Para cuando llegamos al puerto ya pasaban unos minutos de la hora de salida, pero el ferry seguía amarrado con las puertas abiertas y con dos miembros de la tripulación de pie frente a ellas. Había un par de coches terminando de embarcar, así que fui directo hasta ellos con la moto y les pregunté si podíamos comprar los billetes a bordo. Negaron con la cabeza y señalaron al edificio de la terminal, indicando que teníamos que comprarlos allí. Crucé la explanada y Nat se fue corriendo a las oficinas, mientras yo esperaba fuera con la moto. Quedaba un vehículo que aún no había embarcado, a unos veinte metros de donde yo estaba parado, en la punta opuesta de la explanada respecto al ferry. Era un furgoneta azul hecha polvo, con un par de hombres que parecían una mezcla de viejos hippies y gitanos, y por lo que vi, el ferry les estaba esperando a ellos cuando nosotros llegamos. Se les acercó una mujer mayor con una muleta, que deduje que iba con ellos y venía de comprar los billetes, pero cuando intentaron poner en marcha la furgoneta, el motor no arrancaba. Lo intentaron una y otra vez, pero no había manera. Mientras los dos hombres seguían intentando revivir la furgoneta, la mujer empezó a cruzar lentamente la explanada con la muleta en una mano y los billetes en la otra; Nat aún no había vuelto con nuestros billetes, los dos hombres decidieron empezar a empujar la furgoneta para subirla al ferry y en ese momento comenzó una extraña carrera que parecía sacada de uan película de los hermanos Cohen. La mujer iba cojeando ya a dos tercios de la distancia que nos separaba del ferry, los hombre habían empujado la furgoneta aproximadamente un tercio, y por el rabillo del ojo vi a Nat salir de las oficinas con los billetes en una mano y el casco en la otra y empezar a correr hacia la moto. Me dio los billetes, que me metí directamente en la boca mientras arrancaba y ella saltaba detrás de mí. Abrí el gas de golpe y salimos disparados a través de la explanada mientras la mujer le daba los billetes a la tripulación y los dos hombres se acercaban ya a la rampa empujando la furgoneta. Me metí con la moto delante de ellos, le di los billetes al de la rampa (con las marcas de mordiscos incluidas) y entramos en un ferry medio vacío que cerró las puertas justo detrás nuestro mientras los gitanos conseguían empujar la furgoneta a bordo en el último segundo.

Para entonces ya era negra noche sobre el mar, y tal como me había imaginado esa misma tarde en el observatorio de la colina, el cielo nocturno era espectacular, con miles de estrellas parpadeando sobre nuestras cabezas mientras navegábamos hacia Split.