El viaje – días 61 a 70

Playas rocosas y marisco

Día 61 – Sábado 24 de agosto – Omis (0km)

Nos levantamos muy tarde, contentos de no tener que despertarnos al son del despertador a las 7 am para otra jornada encima de la moto, y pasamos el día haciendo lo que había venido a hacer a Croacia: nada.

Cogimos las colchonetas de la tienda y los nuestros respectivos libros y bajamos a la playa. Estábamos en una zona a sólo dos kilómetros de Omis, con muchos apartamentos, y teníamos un poco de miedo de encontrar la playa abarrotada, ya que las playas son algo difíciles de encontrar en Croacia, la mayor parte de la costa son rocas escarpadas que hacen difícil encontrar un sitio donde darse un baño, pero por suerte descubrimos que había mucha menos gente de la que nos habíamos temido y el ambiente era muy tranquilo y relajado. Extendimos las colchonetas y nos pasamos el día tomando el sol, leyendo y nadando en las aguas del mar Adriático.

Por la noche fuimos hasta el centro en moto para buscar un sitio donde cenar una mariscada. Había pasado unas de las mejores vacaciones de mi vida en Croacia hacía años, y una de las cosas que recordaba con más cariño era una cena así en Omis.

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Encontramos un restaurante en una de las callejuelas estrechas del casco antiguo y nos dimos el gusto de una cena a base de pescado y marisco. Tras la cena compramos un par de helados y subimos por un camino estrecho y empinado cortado en la roca hasta la fortaleza del pueblo, donde justo terminaba un concierto. Ya era oscuro y desde allí arriba teníamos una vista privilegiada de la ciudad.

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De vuelta al apartamento en la moto recordé como, cuando estaba preparando el viaje y ya no me quedaba presupuesto para unas luces extra para la moto, me dije que no iba a conducir por la noche, y sin embargo aquí estaba, no solo conduciendo por la noche, sino conduciendo en pantalones cortos, sandalias, camisa de manga corta y con pasajera. Tras tantos días de calor asfixiante y frío intenso metido en el aparatoso traje, sentir la cálida brisa del mar en mis brazos y piernas era un verdadero placer.

 

Soprendente belleza

Dia 62 – Domingo 25 de agosto – De Omis a Split a Omis (50km)

Las expectativas no suelen ser algo bueno, especialmente cuando uno viaja. Cuando nos dicen una y otra vez lo bonito que es un lugar no crean unas expectativas tan altas que a menudo cuando llega el momento de ver el lugar con nuestros propios ojos nos sentimos, sin no decepcionados, poco impresionados. “Parece Bellvitge”, observó Nat mientras entrábamos en Split a primera hora de la tarde después de haber pasado otra mañana relajándonos en la playa. Y tenía razón. Años atrás esa había sido exactamente mi primera impresión cuando conducíamos a través de las afueras de la ciudad, a pesar de que en aquella ocasión teníamos cero expectativas pues nadie nos había dicho una palabra sobre el lugar.

Es de justicia decir entonces, que cuando un sitio verdaderamente tan bonito que aún consigue impresionar al visitante a pesar de las expectativas, tiene que ser algo especial, y Split es sin duda uno de esos sitios. El hecho de que se tenga que atravesar unas afueras tan grises y anodinas no hace más que incrementar la sorpresa. El casco antiguo se construyó sobre las ruinas del palacio de Diocleciano, que era un complejo enorme, y es un lugar único e impresionante. No se escapa de ser un lugar bastante turístico, evidentemente, pero no tanto como Dubrovnik, menos cruceros hacen escala allí y el turismo es principalmente local. Disfrutamos de un paseo por el centro y luego nos acercamos a la terminal de ferries para pedir información sobre precios y horarios de los barcos que iban a Brac y Hvar, las dos islas enfrente de la ciudad, que eran una de las cosas que me perdí en mi anterior viaje y que tenía muchas ganas de ver. Los precios resultaron ser muy razonables, así que decidimos volver a la mañana siguiente para visitarlas.

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¡Corre al ferry!

Día 63 – Lunes 26 de agosto – De Omis a Hvar a Omis (199km – 150 en ferry)

No nos levantamos exactamente temprano, para ser sinceros. Para cuando llegamos a la terminal de ferries en Split eran casi las 11 am y no las teníamos todas de poder coger el ferry que salía a esa hora. Paré la moto en la parada de taxis de delante de las taquillas, justo enfrente de cuatro guardias urbanos que se afanaban a indicar a los coches que se dirigiesen a la zona de embarque del ferry o saliesen de allí para no provocar atascos, pero no pareció importarles la moto. Nat fue a por los billetes y volvió corriendo, le habían dicho que aún podíamos embarcar en el ferry de las 11 si nos dábamos prisa. Fuimos con la moto a la zona de embarque y directamente al hombre que controlaba los billetes. Había una cola de coches embarcando, pero cuando le pregunté si aún nos daba tiempo nos preguntó si teníamos billetes, y al decir que si señaló a la rampa de embarque y dijo “bye-bye”. Entramos directamente en la cubierta de vehículos, saltándonos la cola de coches que aún no habían embarcado, pero no pareció molestar a nadie, otra de las ventajas de ir en moto. La dejamos en un lado, un miembro de la tripulación la amarró para la travesía y subimos a la cubierta superior mientras el ferry se alejaba lentamente de la ciudad. Hacía un día precioso y teníamos una vista privilegiada de la ciudad desde el mar.

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Había varios barcos que conectaban las islas con el continente, pero el ferry solo iba oa Brac o a Hvar, así que teníamos que elegir. Nos habían dicho que Hvar era más bonita, y también la que tenía mejores playas, pero una vez allí costó encontrar una, ya que la costa era casi toda rocas. El paisaje era precioso sin embargo, pueblos muy pequeños con casas de piedra, una carretera muy estrecha que subía y bajaba por valles y colinas y la isla tenía muy poca población y aún menos turistas. Paramos en un pequeño pueblo con una playa de piedras tranquila y tomamos el sol un rato y nos dimos un baño. El agua era muy diferente aquí, ya estábamos de frente a mar abierto, y se notaba que la costa no tenía delante la protección de las islas. Las olas eran más altas y el color del agua ya no era completamente transparente, sino un tono más oscuro debido a las algas que el oleaje levantaba del fondo.

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Nos quedamos en el mismo pueblo después del baño y comimos pescado en un restaurante con una terraza encantadora que daba a la playa antes de ir hacia Hvar, donde visitamos la fortaleza que dominaba el pueblo desde la colina y disfrutamos de las vistas. Después fuimos al pico más alto de la isla, donde había un observatorio. Me imaginé que, lejos de la costa y con tan poca población, la vista del cielo por la noche debía ser espectacular desde allí.

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Estaba oscureciendo, así que empezamos a tirar hacia los dos otros pueblos principales de la isla, pero tras ver que no había mucho que visitar tras la puesta de sol en el primero, decidimos volver a Stari Grad, donde estaba la terminal del ferry, e intentar coger el de las 8:30, ya que no había otro (de hecho el último) hasta casi medianoche.

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Para cuando llegamos al puerto ya pasaban unos minutos de la hora de salida, pero el ferry seguía amarrado con las puertas abiertas y con dos miembros de la tripulación de pie frente a ellas. Había un par de coches terminando de embarcar, así que fui directo hasta ellos con la moto y les pregunté si podíamos comprar los billetes a bordo. Negaron con la cabeza y señalaron al edificio de la terminal, indicando que teníamos que comprarlos allí. Crucé la explanada y Nat se fue corriendo a las oficinas, mientras yo esperaba fuera con la moto. Quedaba un vehículo que aún no había embarcado, a unos veinte metros de donde yo estaba parado, en la punta opuesta de la explanada respecto al ferry. Era un furgoneta azul hecha polvo, con un par de hombres que parecían una mezcla de viejos hippies y gitanos, y por lo que vi, el ferry les estaba esperando a ellos cuando nosotros llegamos. Se les acercó una mujer mayor con una muleta, que deduje que iba con ellos y venía de comprar los billetes, pero cuando intentaron poner en marcha la furgoneta, el motor no arrancaba. Lo intentaron una y otra vez, pero no había manera. Mientras los dos hombres seguían intentando revivir la furgoneta, la mujer empezó a cruzar lentamente la explanada con la muleta en una mano y los billetes en la otra; Nat aún no había vuelto con nuestros billetes, los dos hombres decidieron empezar a empujar la furgoneta para subirla al ferry y en ese momento comenzó una extraña carrera que parecía sacada de uan película de los hermanos Cohen. La mujer iba cojeando ya a dos tercios de la distancia que nos separaba del ferry, los hombre habían empujado la furgoneta aproximadamente un tercio, y por el rabillo del ojo vi a Nat salir de las oficinas con los billetes en una mano y el casco en la otra y empezar a correr hacia la moto. Me dio los billetes, que me metí directamente en la boca mientras arrancaba y ella saltaba detrás de mí. Abrí el gas de golpe y salimos disparados a través de la explanada mientras la mujer le daba los billetes a la tripulación y los dos hombres se acercaban ya a la rampa empujando la furgoneta. Me metí con la moto delante de ellos, le di los billetes al de la rampa (con las marcas de mordiscos incluidas) y entramos en un ferry medio vacío que cerró las puertas justo detrás nuestro mientras los gitanos conseguían empujar la furgoneta a bordo en el último segundo.

Para entonces ya era negra noche sobre el mar, y tal como me había imaginado esa misma tarde en el observatorio de la colina, el cielo nocturno era espectacular, con miles de estrellas parpadeando sobre nuestras cabezas mientras navegábamos hacia Split.

 

Relatividad

Día 64 – Martes 27 de agosto – De Omis a Ljubljana (577km)

Algunos días parecen tener menos de 24 horas, otros parecen tener muchas más. Imagino que depende de dónde estés, lo que estés haciendo y con quién estás compartiendo tu día. Hoy fue uno de esos días que parecen tener 36 horas o más, no porque se hiciese largo, sino por al final de la jornada, con una copa de vino para relajarme, parecía increíble que hubiésemos tenido tiempo para hacer tantas cosas en un solo día.

Para empezar, fue uno de los días largos en la moto. Ya hacía tiempo que había olvidado el límite de 300km al día que me impuse al principio y estaba acostumbrado a ir más lejos, pero Nat, para quien éste era el primer viaje en moto de su vida, había insistido en no superar ese límite. Sin embargo, por mucho que quisiéramos tomarnos las cosas con calma y tener tiempo de ver cosas, la vida real nos esperaba de vuelta en casa, y teníamos un calendario que seguir. Eso significaba que si queríamos tener tiempo para disfrutar de los Alpes nos tocaba dejar Croacia hoy y llegar hasta Ljubljana en un día.

Yo quería seguir una línea lo más recta posible, tanto para ahorrar kilómetros como para disfrutar de mejor paisaje, pero el GPS indicaba que tardaríamos todo el día y habiendo visto hacía unos años las carreteras en la península de Istria, no tenía razón para dudar de la información. Ir por autovías y autopistas reducía la jornada a siete horas, pero añadía más de 100km, ya que hacía falta ir hasta Zagreb. Era un buen rodeo, y no me hacía gracia pasar el día en la autopista, pero al final decidimos tomar esa ruta.

Nos pusimos en camino por la mañana, algo tristes de dejar atrás el confort del apartamento y los días de playa, pero con ganas de volver a estar en las montañas. Habían alargado la autopista desde la última vez que estuve aquí, y no tuvimos que perder tanto tiempo por la carretera de la costa para cogerla. Hacía un día precioso, pero había nubes grises  de aspecto amenazador tras las montañas, que era hacia donde nos dirigíamos. Visto lo visto, empecé el día con las fundas de lluvia puestas, pero me las tuve que quitar la primera vez que paramos a repostar, ya que me estaba cociendo. Mientras estaba la lado de la moto en calzoncillos, paró al lado una pareja en una Yamaha; eran de Eslovenia e iban camino a casa después de un viaje de dos semanas por los Balcanes. Estuvimos hablando de Serbia y Bosnia i Herzegovina y nos recomendaron visitar Albania y Macedona también. Más países a la lista de cosas por ver.

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Pasamos el resto del trayecto hasta Zagreb jugando al juego de intentar anticiparnos a la lluvia, leyendo el cielo e intentado y hacer coincidir las paradas para repostar o descansar con el ponernos o quitarnos el equipo de lluvia para no tener que hacer paradas de más. Tuvimos bastante suerte y nos escapamos de lo peor, aunque hubo un momento en el que nos pilló lluvia fuerte sin estar preparados y tuve que salir rápido de allí, viendo que el cielo estaba despejado por delante. Por suerte no duró mucho y nos secamos rápido.

Paramos por última vez a por un café en la frontera con Eslovenia, habiendo pasado por las afueras de Zagreb. Yo ya había vist ola ciudad, pero era una pena no tener tiempo de pasar una noche allí para que Nat la conociese también. Compramos la única viñeta de todo el viaje para poder usar la autopista hasta la capital y en un par de horas, entre lluvia intensa y el tráfico de la hora punta de la tarde, llegamos a Ljubljana.

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El hostal parecía sacado de una sitcom adolescente de los 90 (al estilo Parker Lewis Can’t Lose) y quedaba un poco lejos del centro, pero era agradable y había sitio para aparcar la moto en la entrada. Como sólo íbamos a quedarnos una noche, elegimos lo más barato y nos quedamos con una habitación compartida. Aún era temprano, la lluvia había parado y teníamos un par de horas hasta el anochecer, así que dejamos las cosas y dimos un largo paseo hasta el centro.

A Nat le encantó la ciudad, y a mí me produjo una sensación extraña volver a estar aquí por segunda vez. Había llegado a Ljubljana en lo que era el tercere día de mi viaje, con mi equipo nuevo y reluciente, y aquí estaba de nuevo, después de miles de quilómetros. Paseamos un rato disfrutando de la vida que había en las calles y cuando oscureció nos sentamos en uno de los bares que había a la orilla del río a tomar una copa de vino.

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La lluvia volvió a hacer su aparición mientras estábamos allí, pero al final paró el tiempo suficiente para dejarnos volver al hostal a pie. Nos fuimos a la cama tarde, con la mente puesta en los Alpes.

 

Un Spritz en Cortina

Día 65 – Miércoles 28 de agosto – de Ljubljana a Cortina d’Ampezzo (296km)

Tenía muchas ganas de volver a los Alpes y  poder pasar un poco más de tiempo en las algunas de las mejores carreteras de Europa, ya que mi primera experiencia allí se me quedó corta, pero no pude evitar sentir cierto arrepentimiento al dejar Ljubljana. Eslovenia es un país precioso y hay muchas cosas que dejábamos atrás sin descubrir: el Castillo de Predjama y su cueva, las montañas del Triglav, Ljubljana, donde me hubiese quedado tranquilamente un par de días más… Es sin duda un lugar donde podría pasar unas vacaciones enteras. Sin embargo, lo que más mal me supo fue no haber tenido la oportunidad de volver a ver a Metka y Franci, mis anfitriones la primera vez que pasé por la ciudad. Nuestra agenda de viaje era bastante improvisada, lo que suponía que no estábamos seguros cuándo íbamos a llegar allí, y había sido bastante difícil tener conexión a internet en los días previos a nuestra llegada  a la ciudad, así que no había podido ponerme en contacto a tiempo de confirmar si iban a estar allí o de vacaciones, y para terminar de arreglarlo solo pasamos una noche allí antes de seguir la ruta.

De camino a la frontera paramos a visitar el castillo de Bled, construido en un acantilado sobre el lago que lleva el mismo nombre. Era un sitio precioso, fue una pena que hubiésemos perdido tanto tiempo intentando entrar y salir del pueblo por culpa de los atascos causados por los enormes camiones que intentaban atravesar el centro.

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Mi lengua maternal es el catalán, y como la ruta que habíamos estado siguiendo Nat y yo nos había mantenido alejados de los principales centros turísticos europeos nos habíamos acostumbrado ya a poder hablar sobre cualquier cosa sin preocuparnos demasiado que la gente a nuestro alrededor nos pudiese entender, ya que las posibilidades de toparse con paisanos eran más bien bajas. Sin embargo, de bajada por el camino que llevaba de la puerta del castillo al aparcamiento estábamos enfrascados en una conversación sobre temas digamos “interesantes” cuando nos cruzamos con un grupo de turistas que iban hacia arriba. En el punto álgido de la conversación, uno de ellos nos soltó “¡bon dia!” en tono jocoso y callamos de golpe antes de partirnos de risa. Bueno, parece que estamos por todas partes.

Volvimos a tomar la autopista durante un rato antes de girar a la izquierda por una carretera más pequeña que seguía el río Belca para evitar pasar por Austria y tener que pagar peajes. Tardaríamos un poco más en llegar a la frontera italiana, pero valía la pena. Fuimos rodeando las montañas del Triglav por el norte, y el paisaje era imponente. Por desgracia, la lluvia nos atrapó justo en la frontera y tuvimos que hacer una parada de emergencia para ponernos el material impermeable.

Sin embargo, una vez en Italia, la lluvia paró al cabo de poco rato, así que decidimos aprovechar la oportunidad para comer y descansar antes de que el tiempo se volviese a girar.

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Por suerte aguantó, y pudimos disfrutar del recorrido a lo largo del rio Fella; había una autopista, pero como teníamos tiempo de sobra decidimos tomar la SS13, que ofrecía un camino mucho más interesante. Al acercarnos a Tolmezzo la cosa se tornó algo aburrida, pasamos por una zona industrial y luego hicimos un tramo de carretera bastante aburrido, pero al cabo de no mucho llegamos a Dolomitas y enfilamos carreteras mucho mejores hasta Cortina.

El paisaje en esta zona era maravilloso. Podría haberme pasado semanas recorriendo estas carreteras en moto una y otra vez, por no hablar de las múltiples vías ferratas que se pueden encontrar en estas montañas o las posibles excursiones. Es un sitio fantástico y estoy completamente seguro de que volveré a pasar unos días en el futuro.

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Llegamos a Cortina y empezamos a buscar un sitio donde dormir. Ya que los hoteles eran tremendamente caros y no había hostales, decidimos buscar un camping. Sin embargo yo estaba bastante cansado (el último tramo de carreteras de montaña había sido divertido pero agotador), el tener que buscar un sitio donde dormir estaba resultando frustrante y para terminar de arreglarlo había empezado a tener algo de alergia que me hacía estornudar constantemente y no me dejaba pensar con claridad.

Encontramos un par de campings, pero no eran tampoco exactamente baratos, yo necesitaba un buen descanso y una ducha caliente y Nat había cogido frío tras cruzar las montañas. Al final, dada la pequeña diferencia de precio entre un sitio donde plantar la tienda y alquilar una habitación en el edificio de recepción y disfrutar de una cama como dios manda y una ducha, optamos por la segunda opción. Cuando ya habíamos pagado y estábamos esperando a que nos diesen las llaves, el hombre del camping nos dijo que su hermana ya había alquilado la habitación pero no lo había actualizado en el sistema, así que hizo un par de llamadas y nos mandó hacia una bonita casa en la loma de la colina que llevaba a la ciudad, donde una abuelita alquilaba una habitación, y nos dijo que había quedado en que podíamos dormir allí por el mismo precio.

Un vez instalados en casa de la sra. Maria me di una ducha rápida y nos fuimos a terminar el día en un bar del centro de Cortina con un Spritz.

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El Stelvio

Día 66 – Jueves 29th of August – de Cortina d’Ampezzo a Sta. Maria (237km)

Los que seáis seguidores de Top Gear recordareis que Clarkson y compañía declararon que el paso Stelvio era la mejor carretera “in the wooooorld” hasta que descubrieron la Transfagarasan en su visita a Rumanía. Tuve el privilegio de hacer esa carretera hace casi dos meses y no puedo estar más de acuerdo con ellos, es una carretera increíble y un destino imprescindible para cualquier motero que viaje por Europa. Hoy, sin embargo, nuestra ruta iba a llevarnos a través del Stelvio y yo estaba ansioso por poder compararlo con la Transfagarasan y ver si merecía ese segundo lugar.

Tenía muchas ganas de hacer otra carretera mítica, lo que no sabía era que los dos días de viaje que nos quedaban hasta Interlaken iban a ser un festival de puertos de montaña maravillosos y que al final iba a ser difícil llegar a una conclusión y elegir uno como el mejor.

Había comprado un mapa en papel de los de toda la vida en Eslovenia que tenía un nivel de detalle excelente, e íbamos a usarlo para orientarnos en los días siguientes, usando el GPS sólo como ayuda extra para ir de un waypoint al siguiente y programándolo a medida que fuésemos avanzando, ya que no quería depender la ruta que el aparato decidiese de A a B y perderme alguna cran carretera.

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Salimos de Cortina bajo un cielo azul sin una sola nube, mi alergia había desaparecido completamente y al cabo de poco estábamos subiendo un puerto llamado Di Sella. El asfalto era excelente, no había mucho tráfico aparte de otras motos y la carretera ascendía haciendo eses a través de prados de verde intenso en una combinación de curvas rápidas y virajes lentos a 180º. Aquí fue donde vi por primera vez que los italianos numeran las curvas de sus puertos de montaña, para que la gente se entretenga a ver cuántas les quedan.

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Paramos en lo más alto del puerto, donde había cientos de coches aparcados. Estaba claro que era un punto de inicio importante de muchas rutas de excursionismo y escalada, y el sitio estaba lleno. Por suerte pudimos dejar la moto justo al lado de la carretera junto a un par de GSs, y decidimos andar un poco montaña arriba para disfrutar de las vistas. Nat tenía un poco de frío tras el trayecto en el aire frío de primera hora del día, per una caminata a ritmo ligero con toda la ropa de moto nos hizo entrar en calor rápido.

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Después de tomar unas cuantas fotos volvimos a la moto e hicimos el otro lado del puerto, que resultó ser aún mejor.

Carreteras así hacen que tengas una perspectiva diferente, y una vez al pie del puerto y de camino a Bolzano lo que en otro caso hubiese considerado un carretera bastante decente me pareció lo más aburrido del mundo. Dejamos atrás la ciudad, cogimos un tramo de autovía hasta Merano y luego volvimos a carreteras secundarias, rumbo al Stelvio. Faltaban unos 50km para el desvío donde comenzaba la carretera que ascendía al puerto, y el tráfico era bastante denso. Para empeorar las cosas, no había demasiados sitios donde poder adelantar, al menos no de forma legal, y empecé a preocuparme. Adelantamos algunos camiones fácilmente, pero no me gustaba nada el ver que había bastantes autocaravanas en la carretera. Imaginé que los camiones no tenían razón alguna para subir por el Stelvio, pero me daba miedo que los turistas pasando con sus caravanas decidiesen pasar a visitarlo y amargasen la experiencia al resto de aficionados en motos o deportivos que se verían atrapados detrás suyo arrastrándose carretera arriba a 20km/h.

Mientras adelantaba a tantos como podía no puede evitar pensar que estaba de acuerdo con Clarkson. Puede que un camión vaya lento, pero está desempeñando una función útil para la sociedad, mientras que una caravana no es más que un obstáculo móvil en la carretera conducido por alguien que se cree demasiado bueno para dormir en una tienda pero es demasiado tacaño para dormir en un hotel. Y lo que es más, esos trastos son caros, especialmente las autocaravanas, ¿¡por qué no se compran un coche decente, disfrutan de la carretera y se gastan la diferencia de precio en un hotel!?

Sea como sea, para cuando llegamos al desvío ya las habíamos dejado a todas detrás, y teníamos la carretera limpia por delante nuestro. Tras pasar un par de pueblos me tranquilizó ver señales que prohibían el acceso al puerto a vehículos que sobrepasasen cierto peso y longitud, lo que suponía que no iba a haber caravanas, autocaravanas o autocares llenos de turistas entorpeciendo en camino. ¡Genial! Bajé un par de marchas y me lancé a por la primera curva seria.

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¡Que carretera! Esto era muy diferente de la Transfarasan: una curva cerrada tras otra, todas a 180º, tenía que tomarlas en primera, usando toda la ancura de la carretera para mantener suficiente inercia para evitar que la moto se tumbase o se calase. Hay que recordar que no es una deportiva, sino una trail cargada hasta los topes y con dos personas a bordo. A pesar de ello estuvo más que a la altura de las circunstancias, el motor rugiendo carretera arriba y aguantando el tipo frente a máquinas mucho más potentes.

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Nat hizo un excelente trabajo de copilotaje, controlando la carretera en cada curva para ver si bajaba alguien y diciéndome si podía usar o no toda la anchura disponible, y los pocos coches lentos que nos encontramos fueron rápidamente adelantados en los tramos rectos entre horquillas. Oh, y hablando de coches lentos, sentí mucha lástima por un convoy de Lotus Elises espectaculares que se pasaron la última parte del puerto atascados sin remedio tras un RAV4 conducido a 10km/h por una familia de turistas que se miraban cada curva con horror dibujado en sus caras.

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Había cientos de moteros en el collado, y mientras que las GS parecían ser las máquinas más populares, la gente había subido hasta aquí en toda clase de monturas, incluyendo una abuela que había llegado en un Vespa clásica.

Compré una pegatina del Stelvio para poner en la moto y luego me senté a meditar sobre si esta carretera era mejor que la Transfagarasan o no.

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El paisaje era, sin duda alguna, espectacular: altísimas montañas rocosas cubiertas de nieve, valles profundos, bosques de abetos de un verde profundo en la parte más baja… pero las curvas eran demasiado cerradas para mi gusto, al menos en la vertiente este, lo que hacía que fuese menos divertido de conducir que la carretera rumana, que tenía curvas más rápidas. Esto era todo primera y segunda marcha. Naturalmente el Stelvio es un nombre mítico para los moteros Europeos, y tiene algo mágico, pero la fama tiene un precio, que me lleva a la segunda razón por la que prefiero la Transfagarasan. Al contrario que ésta, el Stelvio atrae a mucha gente, lo que no es ningún problema en cuanto a deportivos y motos se refiere, pero también hay mucha gente conduciendo muy lentamente en la carretera, lo que puede arruinar completamente la experiencia si te ves atrapado detrás de uno de ellos demasiado rato. Además, sufre de un mal que afecta a la mayoría de carreteras míticas en Europa occidental: ciclistas. Cientos de ellos, soñando con el mallot azul en el Giro. La Transfagarasan no tiene prácticamente nada de tráfico excepto unos cuantos aficionados al motor, y esa es razón suficiente para estar de acuerdo con los chicos de Top Gear y ponerla por delante del Stelvio.

Lo que no significa que sea la mejor carretera…

Para ser completamente justo, debo confesar que no hicimos la otra cara del Stelvio, así que mis impresiones pueden ser incompletas. Íbamos en dirección a la zona de Davos, así que una vez empezamos a bajar tomamos una carretera más pequeña que bajaba por un valle en dirección al norte, ya en Suiza. Era genial, sin tráfico, con curvas más rápidas, e incluso con un poco de offroad, ya que el asfalto desaparecía a medio camino y se convertía en una pista hasta el final. Las caras de unos moteros que iban de subida en deportivas y de la pareja que nos cruzamos en un Porsche no tenían precio.

Una vez en el valle empezamos a buscar un camping, pero sólo había uno en la zona y no tenía muy buena pinta. Además la noche iba a ser bastante fría a esa altura, así que decidimos ir hasta el primer pueblo e intentar encontrar alojamiento.

El pueblo se llamaba Santa María, y tenía un hotel y un albergue, pero para decepción nuestra el albergue estaba lleno y el hotel era demasiado caro. Estábamos al lado de la moto en el centro del pueblo, cansados y con frío, pensando que no iba a ser nada divertido pasar el resto de la tarde buscando dónde dormir cuando un camión enorme llegó y empezó a intentar pasar por el poco espacio que había entre dos de las casas más antiguas. Los laterales del camión estaban a pocos centímetros de las paredes en ambos lados, y estábamos mirando el espectáculo cuando oí una voz que decía “impresionante, ¿eh?” Me giré y vi una mujer contemplando la escena a nuestro lado. Empezamos a charlar del tema y nos explicó que pasaban camiones así por el centro bastante a menudo. Entonces se fijó en la moto y en el aspecto que teníamos y nos dijo: “¿buscáis dónde dormir?”

Resultó que vivía en una casa antigua justo a la vuelta de la esquina y había acondicionado una habitación en la planta baja para alquilarla a turistas. Nos hizo un buen precio para esa noche, así que metimos la moto en su jardín y pasamos la noche allí. Era mucho, mucho mejor que lo que nos esperábamos al llegar al pueblo. La habitación era grande y muy acogedora, el baño era casi tan grande como la habitación y lo mejor de todo… el suelo estaba calefactado. Era mejor que muchos hoteles en los que he estado.

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Puertos de montaña

Día 67 – Viernes 30 de agosto – De Sta. Maria a Interlaken (305km)

En mi último post dije que estaba de acuerdo con la conclusión de Top Gear que dejaba la Transfagarasan por delante del Stelvio, pero eso no significa que sea la carretera de la que más disfruté durante mi viaje. Ese honor recae en el trayecto que hicimos hoy desde Sta. Maria a Interlaken, que nos llevó a través de no menos de cinco puertos de montaña.

Comenzamos a subir el primero solo salir de Sta. Maria, era el Ofenpass, y a esa hora de la mañana no había tráfico en la carretera. Puede que no fuese tan visualmente espectacular como el Stelvio, pero como carretera para disfrutar en moto era perfecto. Curvas rápidas, un bonito paisaje, asfalto de calidad suiza… hay pocas carreteras mejores.

Llegamos al otro lado con el depósito casi vacío, así que paramos en una gasolinera en el primer pueblo que encontramos. Había unas cuantas motos haciendo cola, y parecía que no había nadie atendiendo los surtidores ni en la caja, teníamos que usar la tarjeta de crédito o billetes para pagar la gasolina. Varios moteros, incluyéndonos a nosotros, intentamos instertar diferentes tarjetas en la máquina, que las rechazaba todas y tampoco quería coger los billetes de nadie. Frustrados y con el depósito prácticamente vacío, seguimos con la esperanza de encontrar otra gasolinera antes de tomar el desvío hacia el siguiente puerto, que quedaba ya muy cerca. Programé el GPS para que buscase una (es una de las cosas que hace bien) y nos llevó a una que estaba a pocos metros pasado el desvío hacia la carretera del puerto.

Con el depósito lleno empezamos la subida al siguiente puerto, el Albulapass, que nos iba a llevar a la zona de Chur. Desde allí la carretera se tornó algo monótona, era agradable y con curvas, y el paisaje precioso, pero sin la diversión y las vistas de los puertos y con bastante más tráfico, pues era una carretera principal. El trayecto hasta los siguientes tres puertos era algo largo, pero se nos hizo entretenido gracias a la presencia de un convoy de coches clásicos que encontramos, cerrado por un Ferrari 575 que nos brindó una magnífica banda sonora para disfrutar del paisaje.

Paramos antes de subir al siguiente puerto, el Oberalpass, y me tomé una lata de bebida energética para mantener el ritmo, ya que estaba siendo un día largo. Hacía sol y buena temperatura, las carreteras eran excelentes y no íbamos a hacer demasiados kilómetros hasta Interlaken, pero ir por carreteras tan divertidas era agotador y aún nos quedaban tres puertos.

Poco después del Oberalpass empezamos a subir el Furkapass y el Grimselpass, que estaban uno tras otro. De subida al primero vimos un espeso humo negro ascendiendo del fondo del valle. Paramos a hacer unas fotos unas cuantas curvas más arriba y vimos que se trataba de un tren de vapor que estaba subiendo trabajosamente por el valle. Iba avanzando muy lentamente, escupiendo una densa columna de humo. Paramos a comer al coronar el puerto y lo vimos acercarse a la boca del túnel que lo iba a llevar al otro lado de la montaña, muchos metros por debajo nuestro. Había estado pensando en lo interesante que sería atravesar las montañas por esas vías en un viejo tren turísitico de vapor, pero al ver la cantidad de humo que salía de la chimenea de la máquina mientras se metía en el túnel pensé que no sería tan divertido para los pasajeros que iban a tener que respirar hollín durante la travesía.

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Comimos sobre la hierba en la ladera de la montaña por encima de la carretera, contemplando los magníficos coches que pasaban en ambas direcciones; cualquiera que se os pueda ocurrir, pasó por allí. Desde los típicos Ferraris, Porsches y Lamborghinis a Lotuses, Caterhams, TVRs y algunos deportivos artesanales que no fui capaz de identificar. En cuanto a las motos, había cientos de GSs, uno creería que son baratas de comprar vista la cantidad que pueblan las carreteras de toda Europa.

La carretera nos llevó por un valle profundo donde vimos una antigua estación de tren donde la línea que subia del otro valla terminaba y los pasajeros cambiaban a los trenes de vapor para el resto de la ascensión. La carretera que bajaba del Furkapass iba cruzándose con la vía del tren, y una vez llegaba al fondo del valle empezaba inmediatamente a ascender de nuevo hacia el Grimselpass, el último que íbamos a cruzar antes de Interlaken. Desde la parte de arriba de la última sección del Furkapass gozamos de una vista de conjunto privilegiada que incluía la vía hasta el fondo del valle, la estación, la carretera que subía al siguiente puerto e incluso parte del lago que había allí arriba, todo bañado en la luz de última hora de la tarde. Pasamos por otro lago de bajada del Furkapass, por una carretera que nos ofrecía aún más vistas magníficas en lo que era nuestro último tramo en el corazón de los Alpes.

Tras ese maravilloso trayecto puedo extraer mis propias conclusiones y elegir la carretera que va del Furkapass al Grimselpass como la mejor carretera que he hecho.

Sé que me perdí otros grandes nombres como el puerto de San Gothardo o el de San Bernardino, pero simplemente no teníamos tiempo de explorar la zona más en profundidad. Bueno, es una buena excusa para volver en el futuro.

Paramos en un pueblo llamado Innertkirchen para hacer un poco de compra para cenar y luego hicimos los últimos kilómetros hasta Interlaken, donde no tardamos mucho en encontrar un camping genial justo al lado del canal que conecta los dos lagos, a pocos minutos a pie del centro.

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Hubiese sido más fácil subir a la Jungfrau a pie

Día 68 – Sábado 31 de agosto – Interlaken (0km)

La principal atracción turística en Interlaken es la Jungfrau. Con 4.185m por encima del nivel del mar, es el pico más alto de la región,  y a unos 600m por debajo hay un observatorio que ofrece a los visitantes unas vistas únicas de los picos de los alrededores y del glaciar que se extiende por el valle. Lo que hace este sitio especial, aparte del hecho de ser el edificio construido a más altura de toda Europa, es que los turistas no necesitan escalar ninguna montaña para llegar, hay un ferrocarril que sube hasta los 3.454m a través del interior de la montaña y lleva a la estación de Jungfraujoch, un complejo subterráneo digno de una película de James Bond. Desde allí, un trayecto en ascensor sube a la gente hasta el observatorio.

Es un sitio espectacular y sin duda vale la pena verlo, pero hay un par de cosas que uno debe tener en cuenta antes de animarse a subir. Primero, no es barato. Un billete de ida y vuelta cuesta algo más de 160€. Segundo, a esa altura el tiempo es muy caprichoso, lo que significa que uno puede terminar pagando una pequeña fortuna solo por un viaje en tren y descubrir que al llegar arriba la visibilidad es cero.

Yo ya había estado allí hace años (costaba unos 60€ entonces, lo que seguía siendo caro para un estudiante haciendo un Interrail), así que decidimos hacer algo diferente con el día que nos quedaba antes de volver a casa. El camping alquilaba kayaks, algo que no había hecho nunca, y pensamos que sería una buena forma de ver el lago.

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Nos dieron un par de chalecos salvavidas, un barril estanco para mantener nuestras cosas secas, y nos dijeron que no nos alejásemos de la orilla izquierda ya que los barcos y otras embarcaciones con las que íbamos a compartir las aguas no trataban con demasiada consideración a los turistas que se les cruzaban. Arrastramos el kayak al canal, lo metimos en el agua, atamos el barril y conseguimos subir sin que volcase, cosa que ya consideré todo un éxito.

Nos apartamos de la orilla de un empujón y empezamos a remar por el canal que lleva al lago. Habíamos decidido coger un kayak doble, ya que pensábamos que iba a ser más divertido que dos individuales, pero pronto se hizo patente que era un error. Sin ningún tipo de experiencia, el maldito trasto era imposible de llevar recto. Intentamos coordinar las remadas, pero era inútil, íbamos haciendo eses de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, todo el rato intentando mantenernos alejados de los barcos que pasaban.

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Cada vez que conseguíamos mantener el cacharro recto unos pocos metros, o Nat o yo dábamos una palada demasiado fuerte o del lado que no tocaba y el kayak giraba rápidamente en la dirección incorrecta. Después de experimentar un rato descubrimos que si sólo remaba uno era bastante fácil de mantener recto,  también descubrí que Nat remaba más fuerte con el brazo izquierdo que con el derecho, lo que significaba que sola iría dando vueltas en grandes círculos en el sentido de las agujas del reloj. También descubrimos que los dos habíamos estado intentando remar y dirigir el kayak, cuando lo correcto es dejar que el de delante sólo reme y el de detrás se encargue de remar y de girar.

Con la lección aprendida y tras aguantar la sonrisa condescendiente de otros kayakeros con más experiencia que nos cruzamos y de la gente que miraba el espectáculo desde la orilla, conseguimos avanzar bastante y empezamos a disfrutar del paisaje. La orilla del lago estaba llena de casitas típicas medio escondidas entre los árboles y la mayoría tenían un pequeño embarcadero y una barca. Hacía un día precioso y había mucha gente tomando el sol al lado de la orilla o lanzándose al lago desde su jardín. Al cabo de un par de horas llegamos a una zona pública de baño con una plataforma flotante y decidimos que era un buen lugar para nadar un rato antes de empezar a volver. El agua estaba bastante fría, pero daba gusto nadar en aguas tan cristalinas.

De vuelta hacia el camping conseguimos llevar el kayak recto como una flecha, como verdaderos profesionales, y avanzamos rápidamente, lo que hizo que nos sorprendiera aún más el darnos cuenta cuánto faltaba para llegar. Teníamos la sensación de que no habíamos hecho mucha distancia del camping a la plataforma, es cierto que habíamos tardado un par de horas, pero habíamos seguido una línea muy errática, sufriendo para ir recto, y ahora veíamos cuánta distancia habíamos recorrido, lo que nos hizo sentir más orgullosos.

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Nos hicimos unas fotos antes de devolver el kayak y luego fuimos a dar un paseo por Interlaken en lo que nos quedaba de tarde. En el centro vimos un convoy de Nissan Skylines antiguos que estaban participando en un rally de Kuwait a Marrecos, parecía que lo estaban pasando en grande.

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Compramos algo de comer y un par de cervezas para cenar y volvimos al camping a organizar las maletas y decidir qué se quedaba en la moto y qué se iba a llevar Nat en el avión.

Mientras hacíamos las maletas caí en la cuenta de que el viaje tocaba a su fin. Al principio Nat había planeado unirse solo para la etapa suiza el viaje, ya que yo pensaba que llegaría a Europa mucho más tarde, y como no quería hacer muchos kilómetros en su primer viaje en moto, había decidido volver en avión a Barcelona, así que iba a llevarla a Ginebra a la mañana siguiente. Al final, sin embargo, mi cambio de planes supuso que nos encontrásemos en Helsinki, e hicimos 4,400km juntos en la moto. No está mal, teniendo en cuenta que no tenía ropa de moto y tenía que llevar varias capas y un impermeable debajo de una chaqueta de moto de verano que le dejé, así como un par de botas de montaña que no eran exactamente impermeables. Fue muy, muy valiente.

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El principio del fin

Día 69 – Domingo 1 de setiembre – De Interlaken a Ginebra a St. Thomé (559km)

Hoy comenzó la larga vuelta a casa. Recogimos las cosas e intentamos ponernos en camino temprano, ya que quería cubrir tanta distancia como fuese posible después de dejar a Nat en el aeropuerto de Ginebra para evitar tener que pasar mucho rato sobre la moto al día siguiente, pues no quería tener que coger la autopista para mi último día en la carretera.

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Decidimos evitar la autopista que pasa por Berna y cortar por las montañas por la nacional 11, que nos llevóa a Aigle, y desde allí seguimos la orilla sur del lago Leman hasta Ginebra. Hacía una mañana precisa y había poco tráfico, lo que nos permitió disfrutar de las últimas horas de viaje juntos.

Llegamos al aeropuerto de Ginebra a buena hora y nos despedimos delante de la terminal. Bajé la vista hasta el GPS y en vez de introducir las coordenadas para el siguiente destino, como llevaba más de dos meses haciendo, esta vez pulsé la opción “ir a casa”. Como estaba programado para evitar autopistas y peajes me dio una ruta larga, pero tenía dos días por delante. Dije adiós y me puse en marcha. Que Nat me acompañase tanto tiempo había sido una grata sorpresa, y me sentí un poco solo mientras dejaba atrás Ginebra.

Me estaba quedando sin gasolina, pero pensé que pararía a repostar una vez hubiese salido de la ciudad. Resultó ser un error. Pasó bastante rato sin que viese ni una gasolinera, y empezaba a ponerme nervioso, el depósito estaba prácticamente vacío y no tenía gasolina en la lata, ya que la había usado toda cuando volví a Europa, pensando que aquí no iba a tener problemas. Programé el GPS para que buscase una gasolinera, incluso si tenía que dejar la carretera que estaba usando, y me mandó a un pueblo aletargado ya en Francia donde encontré una gasolinera de supermercado desierta. Por suerte, la máquina aceptó mi tarjeta y pude llenar el depósito. Sin embargo, al volver a subir a la moto vi que ahora el GPS me estaba dando una ruta mucho más larga que al principio. Intenté reprogramarlo, pero me decía que la ruta era demasiado larga y no podía calcularla. Salí del pueblo siguiendo la dirección general en la que sabía que tenía que ir, con la esperanza de poder programarlo más adelante, pero no hubo manera, se negaba a darme una ruta que no fuese por la autopista. No tenía un mapa en papel, y encontrar el camino por el laberinto de carreteras secundarias francesas sin dar mil vueltas es una pesadilla si no sabes dónde vas. Al atardecer ya estaba demasiado cansado para viajar así y decidí coger la autopista, ir tan lejos como pudiera y luego buscar un cámping.

Llegué hasta pasado Montélimar, donde paré a llenar otra vez el depósito. Miré en el GPS y ¡voilà! Había una camping a tan solo 12km de donde estaba. No me esperaba ninguna maravilla, sólo un sitio donde pasar la noche, pero la zona era muy bonita y una vez más me supo mal no tener el tiempo necesario para visitarla. Era casi de noche para cuando terminé de montar la tienda, así que pedí una cerveza en el bar, comí algo y me fui a la cama.

 

En casa

Día 70 – Lunes 2 de septiembre – De St. Thomé a Barcelona (611km)

Podría haberme ido del camping sin pagar. Me levanté temprano, pero no creí que fuese tan temprano que tanto la recepción como el bar aún estarían cerrados. Imaginé que era porqué ya había empezado la temporada baja, al menos a juzgar por el ambiente que se respiraba en el sitio. Había un aroma de melancolía post-vacacional en el aire: quedaban pocas caravanas, esparcidas entre los árboles de la extensa zona de acampada, no había niños correteando arriba y abajo, no coches llenos de veraneantes yendo y viniendo. Incluso el aire parecía más frío que en las primeras mañanas del viaje, pero quizá era solo porque era temprano y mi mente me estaba haciendo una jugarreta. Sea como fuere, el aspecto del lugar me tocó el ánimo y noté como la fría mano de la melancolía me acariciaba el alma. Sabía que cada uno de los gestos que estaban por venir ese día iba a ser el último: cargar la moto, salir a la carretera, sentir el olor de la mañana por las carreteras secundarias, buscar un sitio donde desayunar, parar a media mañana a quitarme ropa a medida que el día se volviera más cálido, encontrar una gasolinera, buscar un sitio donde comer, parar a ver si el GPS me daba una ruta más bonita si tenía tiempo…

La puerta del bar/recepción estaba abierta, pero sólo había una chica limpiando y preparando las cosas para abrir más tarde. Cuando le dije que me iba y que quería pagar me dijo que la recepción aún no estaba abierta, como tampoco lo estaba el bar, lo que significaba que si me tenía que esperar, iba a ser con el estómago vacío, cosa que no quería hacer. Le di a ella el dinero de la estancia, le dije que había estado acampado en la plaza 83 y que le diese el dinero a quien correspondiese.

Las motos tienen descuento en las autopistas francesas, y como había decidido que no quería entrar en mi país por la autopista de la costa sino por los Pirineos, cogí la autopista para la primera parte de la jornada de vuelta. Poco después de entrar en la autoroute, paré a desayunar en una de las maravillosas áreas de servicio francesas, donde me encontré de nuevo con mi viejo amigo, el viento.

Me había sentado en la terraza del restaurante para disfrutar de mi desayuno al sol, pero una vez había dado cuenta del bocadillo y el zumo sólo pude dar un par de sorbos al café antes de que una ráfaga de viento se llevase la taza entera. Bueno, al menos no me lo tiró encima…

No me había encontrado con vientos tan fuertes desde el principio del viaje a excepción de la tormenta de arena en Kazakstán que se llevó mis guantes de piel. Al cabo de unas horas de pelear con el viento en la autopista, llegué a la conclusión de que de todas las condiciones meteorológicas que me había ido encontrando durante el viaje, esta era, sorprendentemente, la que más detestaba. El fuerte viento se veía empeorado por las turbulencias provocadas por los camiones y furgonetas, y me al final me cansé del tema y dejé la autopista mucho antes de lo que tenía previsto y me volví a las carreteras secundarias esperando estar más protegido del viento y encontrar menos turbulencias del tráfico, que iría más lento.

La cosa no mejoró demasiado… Francia es un país genial con muchas cosas que ver, pero por desgracia la mayoría de ellas no están en el centro del país. Hice kilómetros y kilómetros a través de pueblos aletargados, campos, polígonos industriales, más campos y mas pueblos aletargados, acompañado todavía por el viento y teniendo que aguantar los centenares de abuelos que se pasean por esas carreteras de campo con sus Berlingos a 20km/h. Si uno va a Francia como turista, hay mucho que ver. En mi caso, estaba haciendo un tour muy largo saliendo desde Barcelona, lo que significaba que Francia era un país que tenía que atravesar para llegar a cosas más interesantes. Si vuelvo a hacer esto, creo que iré con ferry a Italia y luego a los Balcanes para evitarlo.

Finalmente llegué a Perpiñán, donde quería girar al oeste para enfilar hacia los Pirineos. Era ya la hora de comer, así que para cuando dejé la ciudad y sus políginos industriales detrás empecé a buscar un sitio donde comer. Quería encontrar un restaurante de pueblo y regalarme una buena última comida en la carretera, pero parece que no iba a ser posible. Me pregunto si era festivo o simplemente a los franceses no les gusta trabajar un lunes, pero no conseguí encontrar absolutamente nada abierto en ninguno de los pueblos por los que pasé. También necesitaba llenar el depósito, así que me dirigí a una gasolinera de supermercado que había encontrado en el GPS, y ya que no había ni un solo bar o restaurante abierto, decidí que compraría algo allí y me buscaría la vida en algún rincón agradable cerca de la carretera ahora que ya me acercaba a la montaña. Esa opción también quedó descartada en cuanto entré al parking del supermercado. No había ni alma a la vista, todas las persianas estaban bajadas y solo había un par de surtidores de los que funcionan con tarjeta a pleno sol para darme la bienvenida. Llené el depósito, y como aún llevaba la capa térmica del traje (hacía frío por la mañana) empecé a desmontarla sin ni tan solo apartar la moto del surtidor. Naturalmente, tan pronto como empecé a bajarme los pantalones, aparecieron no uno sino tres coches, una moto y un hombre a pie con un bidón de gasolina en la mano que querían usar el maldito surtidor. ¿¡De dónde salían!? ¡Acababa de atravesar un pueblo donde no había ni gatos! Empujé la moto para dejar sitio y terminé de cambiarme mientras una mademoiselle de cierta edad ponía a prueba la paciencia de los otros cuatro clientes mientras se tomaba su tiempo para descubrir cómo usar su tarjeta para pagar la gasolina.

Seguí mi camino intentando encontrar un sitio donde comer y al final me tuve que rendir y parar en el único lugar abierto que encontré. Un McDonald’s. Sí. Una hamburguesa del McDonald’s. En Francia. En mi último día. Yo tampoco podía creérmelo.

Al menos el día mejoró radicalmente a partir de ahí. Atravesé Prades y enfilé por la N116 en dirección a la frontera. Había estado incontables veces en esa carretera vinendo de mi lado de la frontera, ya que normalmente voy a esa zona a esquiar, y es una carretera fenomenal, pero nunca había pasado de Mont-Louis. En un día claro se puede ver el valle extendiéndose hasta la planicie y el mar al fondo, y siempre había querido hacer esta parte de la carretera hasta Perpiñán. ¡Que carretera y que forma de volver a mi tierra! Subí por la carretera serpenteante hasta el tramo que ya conocía, disfrutando de la tarde y del paisaje que me ofrecían estas montañas, viejas conocidas. Ya en la Cerdanya, en el otro lado, atravesé la última frontera del viaje y volví a mi tierra natal.

Como ya he dicho, normalmente vengo aquí en invierno a esquiar o en verano a hacer montaña. Desde Barcelona, hay un túnel que lleva hasta aquí más rápido, pero es de peaje y no es barato. Sin embargo, la mayoría de la gente, yo incluído, prefiere pagar y tomar ese camino que hacer el puerto que pasa por encima de la montaña, ya que es mucho más largo y cansado de conducir. Hacía tiempo que no pasaba por el puerto, pues, y se me había olvidado que maravilla de carretera es. Ya que era lunes, no había nadie más y la tuve para mi solito. Me lo pasé en grande subiendo la Collada, estirando el motor en cada cambio, tumbando en las curvas y disfrutando de la carretera y el paisaje.

Paré en lo alto del puerto a contemplar las vistas y pensé que no había un camino mejor para volver a casa.

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Es curioso como viajar distancias tan grandes pone las cosas en perspectiva. Cuando vengo aquí, le viaje de vuelta a casa al final de día parece largo, estás en la frontera, en la montaña, lejos de Barcelona. Cuando me volví a subir en la moto vi que el GPS indicaba que me quedaban 140km hasta mi casa. Durante todo el viaje, cuando veía en el GPS que me quedan 150-100km hasta el destino tenía la sensación de que ya había completado la jornada, y que sólo me quedaba hacer los pocos kilómetros que me separaban del centro y del sitio donde me tocaba dormir esa noche. Me reí y tomé la primera curva de bajada por esa carretera que tanto conocía.

Llegué a Barcelona muy rápido y me encontré con el tráfico de última hora de la tarde. La moto y el traje estaban cubiertos con la suciedad, el polvo y los insectos de los últimos 14 países, yo tenía la cara sin afeitar y requemada por el sol, y una sonrisa de felicidad tonta de lado a lado de la cara. En los semáforos la gente me miraba como si me hubiese perdido de camino al Dakar. Cogí la Gran Vía para ir hacia el centro, y cuando llegué a la rotonda elevada de la plaza de Glòries, donde se cruza con la Diagonal, el sol ya estaba bajo, bañando la ciudad en una cálida luz anaranjada. Me puse de pie en la moto, miré al sol que empezaba a descender más allá de la Sagrada Família y pensé “ya estoy en casa”.

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Un pensamiento en “El viaje – días 61 a 70

  1. Un gran viaje contado con pasión como merece este tipo de experiencias, enhorabuena y espero encontrarme alguna vez contigo por esas carreteras, yo al menos te reconoceré fácilmente, menuda cantidad de pegatinas, te las mereces. Felicidades, a los dos,
    Eduardo (Ceuta)

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