El Mercedes con 600.000 kilómetros

Día 22 – 21 de Agosto – de Osh a Bishkek (669km – en coche)

669 kilómetros entre la segunda ciudad más grande del país y la capital. Poco más que la distancia que separa la segunda ciudad más grande de España, Barcelona, de su capital, Madrid. En casa uno puede hacer ese trayecto en moto, coche, autocar, tren y avión. Aquí, no había ni autocares ni trenes, no quedaban asientos libres en los siguientes vuelos y la moto ya no era una opción. En casa, se tarda entre seis y siete horas en cubrir la distancia entre las dos ciudades. Aquí, entre 12 y 13.

El taxi que había reservado a través de la oficina de CBT en Osh apareció puntual delante del hostal a las ocho de la mañana. Era un Mercedes clase E negro de segunda generación, de los que alcanzan kilometrajes astronómicos haciendo de taxi en Stuttgart y, a juzgar por los kilómetros que este llevaba, probablemente lo habían mandado hacia Kyrgyzstan después de jubilarse de taxi en Alemania. Aquí le habían aplicado las modificaciones locales típicas: un montón de mantas en los asientos, funda de bolas de madera para el asiento del conductor y ventanas traseras tintadas con unas láminas de mala calidad que se habían vuelto traslúcidas y bloqueaban casi por completo la visibilidad hacia afuera. El cuadro tenía más luces encendidas que un árbol de navidad y numerosos mensajes de error, había conectores sueltos colgando bajo el asiento del acompañante, no había donde enganchar los cinturones en el asiento trasero y, por supuesto, el aire acondicionado había muerto hacía años. A medio camino vi de reojo en el cuadro los kilómetros que acumulaba el coche en ese momento: 618.739.

 

Sin embargo, la razón por la que el trayecto a Bishkek fue tan largo no era el coche, sino la carretera. A pesar de ser la que conecta las dos ciudades principales, solo era mejor respecto a las pistas que habíamos estado haciendo en que estaba asfaltada, pero seguía teniendo dos carriles, atravesando todas las poblaciones por el centro, tenía baches y socavones por doquier y el asfalto podía desaparecer en cualquier momento sin previo aviso.

Había tenido tiempo para recuperarme del dolor en la espalda, costillas y omoplato tras la primera caída hacía una semana, pero el ir saltando a todas partes con el pie enyesado y ahora la experiencia de batidora violenta en el coche, que mandaba los impactos de los socavones directos a mi columna a través del asiento, mandaron esa recuperación a la mierda.

Apenas bajé del coche cuando el conductor paraba a descansar, solamente estirar la pierna agarrado al marco de la puerta. No comí nada y fui una sola vez al baño. En lo único que pensaba era en la cama del hotel en Bishkek, el más cómodo y lujoso de todo lo que habíamos visto en lo que llevábamos de viaje.

A 40 kilómetros de nuestro destino entramos en los extensos alrededores de Bishkek y se terminó el asfalto. Estaban arreglando la carretera, y el tráfico avanzaba a velocidad de peatón envuelto en una espesa nube de polvo. Me había hecho esperanzas de llegar en la media hora siguiente, pero ahora veía claro que íbamos a tardar mucho más.

El coche se estaba calentando otra vez; ya había dado síntomas durante el ascenso a algunos puertos de montaña por el camino; así que el conductor se detuvo para hacer un último descanso a falta de 10 kilómetros en lo que parecía una estación de marshrutkas, donde conocía otros conductores. Tras un piti y una charlas con los colegas mientras se enfriaba el motor, se sentó al volante y giró la llave. Y no pasó nada. Absolutamente nada. Ni un solo ruido.

Lo intentó varias veces, pero el coche estaba muerto. Visiblemente avergonzado, se disculpó y, como solución para llevarme a mi destino, salió a la calle principal, buscó un taxi local y le pagó para que me llevara hasta el hotel.

Cuando me arrastré al vestíbulo la pobre chica que estaba de turno en recepción debió pensar que había empezado el apocalipsis zombi. Estaba claro que la temporada alta del transporte de motos se concentraba a principio y final de mes: el hotel estaba desierto y solo había un puñado de motos fuera, en contraste con el bullicio de actividad que se había apoderado del hotel cuando llegamos al inicio de nuestro viaje. Le dejé caer encima un montón de información: lo que me había pasado, que quería una habitación pero necesitaba un taxi para irme en tres horas, que mi moto llegaba al día siguiente pero yo ya no estaría, que tenía una maleta que había dejado para que me guardaran el hotel y si me la podía encontrar porque la necesitaba ya mismo, y si por favor me podían subir algo de comer a la habitación.

Un pareja de alemanes muy majos me ayudaron a subir a mi habitación y tras una dolorosa ducha me llegó una pizza a la puerta. Media hora más tarde, el encargado llegó y me aseguró que se encargarían de descargar y almacenar la moto al día siguiente. Limpio, con el estómago lleno y el transporte de la moto arreglado de este lado, me tumbé a descansar un poco antes de que llegara el taxi a llevarme al hotel al cabo de una hora.

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