Las capillas de carretera en Grecia

Nunca había estado a punto de tener un accidente en tantas ocasiones como en las carreteras de Grecia. Como cuento en la historia de mi viaje por los Balcanes, los conductores griegos son un compendio de todos los tipos de mal comportamiento en la carretera: no son conscientes de su entorno, usan los móviles mientras conducen, se saltan stops, ignoran las prioridades… y lo peor, son incompetentes al volante. Aceleran a fondo en las rectas pero son incapaces de trazar una curva a un ritmo decente, no parecen muy duchos a la hora de juzgar velocidad y distancia con precisión y les importan un comino los demás usuarios de las vías públicas.

Un testimonio de las consecuencias de todo esto se puede encontrar en todas partes por la red viaria griega. Crucé la frontera desde Bulgaria por un paso pequeño y tomé carreteras regionales en el lado griego, una ruta preciosa que descendía por las faldas de la montaña. Al cabo de poco encontré una pequeña capilla al lado de la carretera,  a la salida de una curva cerrada; parecía una iglesia en miniatura colocada sobre un pilar, y tenía un ramo de flores frescas. Las flores y el lugar donde se encontraba me hicieron pensar que eran un homenaje a una víctima o víctimas de un accidente de carretera, del mismo modo que en otros países la gente deja un ramo atado al poste de una señal o en un guardarraíl.

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Pero luego, unas pocas curvas más adelante, vi otra. Y otra. Y otra. Algunas eran bastante nuevas y estaban bien cuidadas, otras eran más viejas. Variaban en tamaño y complejidad, algunas eran de piedra, otras de madera o hierro, y todo lo que quedaba de algunas eran unos cachos de metal o madera colgando de un poste. Estaban por todas partes, prácticamente no había una curva o cruce donde no hubieran erigido una, y empecé a ir más lento y con más cuidado, temeroso de que si cada una representaba un accidente, me encontraba en la carretera más mortal del mundo.

Se convirtieron en una constante en mi periplo por las carreteras de Grecia. Más tarde descubrí que se llaman Kandylakia y que no siempre representan una víctima mortal; también se construyen para expresar gratitud por haber sobrevivido o escapado a un accidente, pero incluso si no están siempre asociadas a un final trágico, la enorme cantidad de ellas da fe de los peligros de conducir en ese país.

 

Fuentes:

About.com – Travel in Greece

Hellenic Communication Service

Bob Cromwell – International Travel

 

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Curiosidades – Luz de noche yugoslava

Cuando visitamos Croacia nos alojamos en una casa de huéspedes donde encontré esta perla:

Estaba enchufada en la pared al lado de la puerta del lavabo, así que imagino que su función era más guiar a huéspedes borrachos hacia el váter que ayudar a críos con miedo a la oscuridad. ¡Estuve muy tentado de llevármela a casa!

El monumento en Buzludzha podría ser restaurado

El pasado verano visité esta increíble reliquia del pasado comunista de Bulgaria y la encontré en un triste estado de abandono. La nieve y las bajas temperaturas del invierno habían dañado la cúpula que forma el tejado hasta tal punto que el peligro de derrumbe era inminente y las autoridades habían soldado todas las puertas y ventanas para evitar el acceso al interior del edificio.

La combinación de malos recuerdos de la era comunista y la falta de fondos para su mantenimiento habían dejado que el edificio fuese sufriendo un lento deterioro en la cumbre de la montaña, pero en contra de lo que mucha gente pensaba, no cayó en el olvido. En los últimos años se ha convertido en un destino turístico bastante popular entre viajeros independientes, aventureros, fotógrafos y toda clase de gente que siente la rara e inexorable atracción de los lugares abandonados con una historia interesante contenida en sus muros.

La titularidad del edificio fue transferida del estado al Partido Socialista Búlgaro en 2011, pero con el coste de la restauración estimado en 7,6 millones de euros más otros 75.000 euros anuales en mantenimiento, el partido tenía dudas sobre qué hacer con él.

buzludzha-32El reciente aumento del interés en el edificio llevó a un grupo de jóvenes búlgaros sin afinidades políticas a preguntarse cómo podía el país capitalizar ese interés y al mismo tiempo preservar una parte importante de su patrimonio histórico.

Dora Ivanova, una arquitecta de 26 años, ha diseñado un proyecto para restaurar el edificio y convertirlo en un museo de historia de Bulgaria bajo el nombre “Buzludzha, recuerdo del tiempo”. Calcula que el coste del proyecto ronda los 1,25 millones de euros, mucho menos que las cifras del Partido Socialista, y ya ha recibido apoyo de Nikolay Ovcharov, uno de los arqueólogos más prominentes de Bulgaria, que la presentó a Boyko Borissov, primer ministro del país.

Borissov prometió poner fin al deterioro del edificio, a pesar de que hay muchas voces en el país que lo ven como un recuerdo de una era de poder totalitario y preferirían dejar que cayera en ruinas.

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Fuentes:

BalkanInsight

Novinite.com

The Calvert Journal

 

Estadísticas

He aquí los números del viaje:

  • 5799,7km
  • 9 países
  • 35 días (25 días en la moto)
  • 232km de media diaria
  • Jornada más larga: 660km
  • Jornada más corta: 6,2km
  • Unos 307 litros de gasolina
  • 2 neumáticos montados dos días antes de salir, Heidenau K60, ambos aún en buen estado en la moto

Cosas que se rompieron:

  • ¡Nada! (es una Honda)
  • La bomba del hornillo Coleman dejó de funcionar, arreglado en el Motocamp en Bulgaria.

Cosas que perdí:

  • Una GoPro en Bulgaria, encontrada por una bellísima persona que me contactó y me la devolvió dos días después

Cosas que me robaron:

  • Una botella y una lata de cerveza de la nevera de una guest house en Dubrovnik

En casa

Día 35 – Jueves 1 de septiembre – Barcelona (6,2km)

Barcelona es una ciudad relativamente pequeña en extensión, su crecimiento se ha visto limitado por un río en cada lado, una cadena de colinas detrás y el mar delante, pero eso es una de las muchas cosas que la convierten en un lugar excepcional; tiene un tamaño que la hace cercana a habitantes y visitantes por igual, si no te importa andar uno puede llegar a la mayoría de lugares a pie en no más de una hora. La otra consecuencia positiva de su tamaño es que, para los viajantes, es una ciudad con una de las mejores llegadas que existen.

Cuando se llega a otras ciudades el avión suele sobrevolar extensiones de campos anónimos, zonas industriales y poblaciones satélite antes de aterrizar en un aeropuerto que está a bastantes kilómetros de la ciudad. Es imposible reconocer el destino desde el aire, y uno solo se da cuenta de que ha llegado tras atravesar una periferia que suele ser por lo general bastante gris. Para los que llegan en barco la historia es parecida. Los puertos no suelen ser lugares especialmente atractivos, y la preciosa ciudad que uno viene a ver se encuentra tras un páramo salpicado de depósitos de gas y petróleo, almacenes de contenedores marítimos y patios de vías.

Barcelona es otra historia. La ruta de aproximación al aeropuerto sigue la costa y pasa directamente por delante de la ciudad, y los que tengan la suerte de estar sentados a estribor del avión se ven recompensados con una de las mejores vistas de la ciudad que hace que sea fácil reconocer los edificios más emblemáticos que tantas ganas tiene de visitar. La experiencia de llegar por mar es parecida, y el puerto de pasajeros está en la ciudad mismo, de modo que al desembarcar uno ya se encuentra prácticamente en el centro, nada de atravesar polígonos.

Nunca había llegado a mi ciudad por mar, y cuando la tripulación anunció que estábamos a una hora del puerto subí a cubierta para intentar ver tierra y disfrutar de la aproximación. No tardó en aparecer una difusa línea de montañas en el horizonte, y antes de lo que pensaba ya pude reconocer la característica silueta de las montañas de Montserrat unos kilómetros tierra adentro.

img_1373El segundo hito que se hizo reconocible fue la torre de Collserola, seguida de la montaña de Montjuïc, la sierra del Montseny en la distancia y finalmente los primeros edificios altos de Barcelona en primera línea de la costa.

img_1376Poco a poco los edificios se fueron haciendo más reconocibles, y la torre Mapfre y el hotel Arts, la torre Agbar… un niño italiano que visitaba la ciudad por primera vez soltó un grito de emoción cuando su padre le señaló la Sagrada Familia y, mucho más rápido de lo que me esperaba, empezamos las maniobras de amarre en la terminal del puerto.

img_1387Saqué la moto del ferry y me vi rodeado al momento del tráfico de hora punta de la tarde. Tras tantos kilómetros en lugares donde no parece haber normas de tráfico, tuve que recurrir a grandes dosis de autocontrol para no empezar a adelantar donde no se podía e ir en contra dirección para llegar a casa más rápido.

img_1396Una vez vi este pequeño cartel en un hostel en Suecia, y al poner la cabeza sobre mi añorada almohada me vino la imagen a la cabeza y pensé ¡qué gran verdad!

Autostrada

Día 34 – Miércoles 31 de agosto – De Brindisi a Civitavecchia (660km)

El ferry llegó a Brindisi a las 6:00, justo cuando el sol salía por detrás de las gigantescas grúas del muelle. Salí de sus entrañas, aparqué junto a la verja de salida y regalé a los adormilados ojos de todos aquellos que desembarcaban un magnífico espectáculo de striptease mientras me quitaba la ropa que me había puesto para la travesía y me ponía de nuevo el equipo de moto.

img_1370Tenía que estar en Civitavecchia a las 20:00 como muy tarde para sacar los billetes y embarcar en el ferry de las 22:00 hacia Barcelona. Pero tras la experiencia en la terminal del puerto de Igoumenitsa prefería llegar más temprano, así que decidí que por primera y única vez en todo el viaje, hoy iba a ser día de autopista.

img_1369Salí del muelle, dejé atrás rápidamente esa zona fea que rodea todos los puertos y enseguida me encontré en la autopista. Ya empezaba el día cansado; no había dormido mucho en el ferry, hacía demasiado calor y había demasiado ruido, así que decidí parar a menudo y tomármelo con calma.

Comparada con las carreteras y autopistas que había usado en Grecia, la autostrada hacía que Italia pareciese Suiza: asfalto en perfecto estado, conductores civilizados (sí, en el sur de Italia), Wi-Fi gratis en todas las gasolineras y áreas de descanso… Hasta el paisaje no estaba mal, especialmente en la parte central del trayecto, cuando la autopista cruzaba entre dos parques naturales, el Parco Regionale di Monti Picentini y el Parco Nazionale di Cilento Vallo di Diano. De allí descendía hasta Nápoles, lo rodeaba e iba hacia Roma, como todos los caminos.

Paré muy a menudo a descansar, comer, leer del libro que llevaba conmigo y, al principio al menos, repostar. Pero la gasolina es tirando a cara en Italia, y decidí descubrir hasta dónde podía llegar con un depósito con la moto nueva. Teóricamente debería alcanzar los 400km, pero nunca había visto unos resultados de consumo tan buenos en un uso a diario. Esta vez, sin embargo, iba por autopista, en terreno principalmente llano y sin prisas. Estaba a unos 380km del puerto de Civitavecchia la segunda vez que paré a repostar, así que me impuse el reto de hacer el siguiente repostaje ya en Barcelona. Llené el tanque hasta el borde y me dispuse a recorrer el resto del camino aplicando todo lo que sabía de conducción económica, que eran nociones aprendidas con el coche, porque nunca se me había ocurrido eso de la conducción económica en una moto…

img_1371Mantuve unos 100km/h, sin acelerones para adelantar, dejando la moto ir con un punto de gas en las bajadas, anticipando las maniobras de los demás conductores para evitar frenadas, etc.

Fue una experiencia mortalmente aburrida, pero ir por la autopista siempre lo es, así que ir más rápido o de forma más agresiva no iba a mejorar mucho las cosas. Sea como fuere, a las 19:00 estaba a tan solo dos kilómetros de Civitavecchia cuando se encendió el chivato de la reserva. Habitualmente esto pasa entre los 270 y los 300km, según el uso. Esta vez fue a los 383km. Había logrado un consumo indicado de 4,4l/100km, y según el ordenador de a bordo, quedaba autonomía para otros 66km más, aunque este dato suele ser optimista.

El edificio de la terminal en Civitavecchia estaba mucho más tranquilo que el de Igoumenitsa, no había colas, las oficinas de Grimaldi estaban bien señalizadas, había sitio donde sentarse cómodamente por todas partes y había Wi-Fi gratis. Bueno, al menos los primeros 15 minutos. Saqué los billetes y me esperé más o menos una hora hasta que pude ir hacia el muelle.

De nuevo, las motos fuimos los primeros en embarcar, así que conseguí encontrar un rincón perfecto con un enchufe y me instalé cómodamente a ver una película antes de pasar la noche. Al día siguiente por la tarde vería Barcelona de nuevo.

La vuelta al Peloponeso II

Día 33 – Martes 30 de agosto – De Finikounta a Igoumenitsa (492km)

Me levanté tarde hoy y me di otra ducha antes de ponerme en camino, quería disfrutar las comodidades que me brindaba la habitación pues no iba tener ninguna durante las próximas 48 horas. Iba a pasar la noche en un ferry cruzando el mar Ionio desde Igoumenitsa hasta Brindisi, y no había reservado camarote. La segunda razón de levantarme tarde, además de estar cansado de la larga etapa del día anterior, era que el ferry salía a las 22:00, así que tenía todo el día por delante para hacer los casi 500km que me separaban del puerto. No había prisa.

La ruta de subida por la costa oeste del Peloponeso era mucho menos interesante que la de la costa este. La carretera hasta Patras, si bien no era autopista, era una vía más principal que las carreteritas que había estado haciendo el día anterior, de modo que no había mucho que ver. Imagino que la mejor idea para esta etapa hubiera sido cruzar la península por el centro y atravesar las montañas, pero no tenía tanto tiempo ni energía para otra mega etapa.

La poca autopista que encontré cerca de Patras era gratuita, y solo tuve que pagar por el puente que une los municipios de Rio, en las afueras de Patras, y Antirrio, en el otro lado del golfo de Corinto. Me esperaba un viaducto normal, con cuatro carriles construidos sobre pilares de cemento, pero me encontré con una obra maestra de la ingeniería. El puente, llamado Charilaos Trikoupis, es el puente totalmente suspendido más largo del mundo, y es una imagen digna de contemplar.

Del otro lado la carretera era más interesante, ascendiendo de nuevo por las colinas y luego bajando otro trecho antes de convertirse en una autopista. Iba bien de tiempo, así que cuando llegué a Amphilochia, a orillas del golfo de Arta decidí rodearlo por el oeste para ver un poco de paisaje en vez de coger la autopista que va dirección norte directa a Igoumenitsa. Paré a comer algo (un gyros excelente) en el pueblo mismo, que era precioso, y luego tomé una carretera muy interesante.

img_1363El golfo de Arta bien podría ser un lago si estuviera conectado al mar por una estrecha boca, y estaba disfrutando de unas vistas magníficas del mismo desde un tramo de carretera recto y sin tráfico cuando, tras volver mi atención a la carretera, me encontré con una imagen en los retrovisores que debe resultara familiar a conductores todo el mundo: los cuatro anillos de Audi a escasos milímetros de mi trasero. No sé por qué no me había adelantado, pero no tolero la gente que se pega al vehículo de delante, así que decidí dejar que corriera el aire entre los dos. En ese punto empezaban una serie de curvas ascendentes y el tipo desapareció de mis retrovisores bastante fácilmente sin tener yo que ir particularmente rápido.

Recordaréis que expliqué que parece que a los conductores griegos les cuesta digerir que los adelanten; bien, el Sr. Audi no era una excepción a ello (a pesar de que yo no lo había adelantado) y en el momento en que la carretera volvió a ser llana y recta, lo vi aparecer en la lejanía dándole a tope para atraparme. Lo hubiera dejado pasar, pero para cuando llegó a mi altura ya volvía a haber curvas, y al momento desapareció de nuevo.

Las estadísticas suelen dar Ucrania y Albania como los países con las carreteras más peligrosas de Europa, a menos en cuanto a número de muertos. Habiendo estado en ambos países en moto, no me pareció que los conductores fueran especialmente agresivos o temerarios, sino que están lastrados con algunas de las peores carreteras que existen, y la situación se ve empeorada por el hecho de que animales de todo tipo y tamaño, niños, carros tirados por caballos, ciclistas y muchas otras cosas que no deberían estar en la carretera la invaden constantemente. Los italianos también tienen mala reputación al volante, y sí, puedo confirmar que conducen muy rápido, pero la mayoría son excelentes conductores y saben lo que hacen. Grecia sin embargo es un tema aparte. Las carreteras, en general, no son malas, el problema son los conductores. Primero, no tienen respeto alguno por las normas de circulación o los demás usuarios de la vía. Son un compendio viviente de todas las posibles conductas negativas al volante. Teléfonos móviles, nada de usar casco, cero uso de los intermitentes, incorporaciones sin mirar y un larguísimo etcétera. Nunca había tenido tantos sustos en la carretera como aquí, y he ido en moto por Albania, Ucrania, Rusia y Kazajistán por nombrar los más peligrosos. Segundo, son fundamentalmente unos inútiles al volante. Cualquier idiota puede hundir el pie en el acelerador e ir rápido en recta, pero hay que saber conducir para trazar bien una curva y mantener el ritmo y podéis creerme cuando os digo que no vi un solo conductor en todo el país que fuese capaz de hacerlo. Y tercero, son terriblemente orgullosos al volante.

Así que, de vuelta al amigo del Audi, yo estaba aburrido, así que empecé a esperarlo en las rectas, dejar que se acercara y luego dejarlo atrás en las curvas. Imagino que conseguí cabrearlo bastante. Para cuando me cansé volví a mi velocidad de crucero normal y pronto llegué a la boca del golfo, donde no encontré un puente, como me esperaba, sino un túnel que cruzaba por debajo del agua, parecido al que conecta la isla donde está el cabo norte con el resto de Noruega.

Después de eso la carretera se volvió bastante aburrida y olvidable de nuevo hasta llegar cerca de Igoumenitsa, donde seguía la costa durante un rato y terminaba por conectar con la autopista que venía del interior para luego descender entre las colinas hasta llegar directa al puerto.

Este era un puerto importante, y como tal había mucha actividad. Seguí los indicadores hasta el edificio de la terminal y me encontré en medio de lo que parecía un campo de refugiados. El aparcamiento era un caos total, completamente lleno y con coches aparcados también en los pasillos molestando al tráfico, había gente por todas partes, todos con maletas, cajas de cartón, fardos, petates y bultos variopintos, muchos de ellos tirados por el suelo, no pocos durmiendo. Dejé la moto en la puerta misma, quité la bolsa de depósito y entré en la terminal, temeroso de dejarla sola allí, a intentar cambiar mi reserva por un billete.

El interior del edificio no era mejor, estaba a reventar de gente haciendo cola para conseguir billetes, para pasar el control de pasaportes y seguridad, etc. Busqué y busqué, pero no había ningún mostrador de la compañía de mi ferry, European Seaways. Me acerqué al que más se parecía, uno con un cartel que decía European Management Maritime Company, porque el nombre era algo similar y porque era el único con una ventanilla sin cola. Le di mi hoja de reserva a una chica que parecía Kate Winslet haciendo el papel de una chica con el trabajo más aburrido del mundo y le pregunté si eran la compañía que buscaba. Miró el papel todo un milisegundo, me lo devolvió y dijo ‘aquí no’. Le pregunté si sabía dónde estaban y dijo ‘no’ aún sin dignarse ni a mirarme. Bueno… muchas gracias. Me fui a por otro mostrador sin cola, en la otra punta del vestíbulo, y una chica mucho más atenta me dijo que era la empresa en la que acababa de estar, EMMC. Volví a mi amiga, le dije que me habían indicado específicamente su compañía y repitió ‘aquí no’. Bueno, si alguien de EMMC termina leyendo esto por alguna casualidad, que sepan que tienen un servicio de atención miserable en el mostrador de Igoumenitsa y que harían bien de sugerir a RRHH que trasladen a Kate Winslet a algún puesto donde no tenga que dedicarse a algo tan molesto como tratar con personas. A cargar contenedores, por ejemplo.

Al final fue un empleado de una empresa de carga el que me dijo que la oficina de European Seaways no estaba en el edificio de la terminal, sino al otro lado de la carretera, y que el nombre en los carteles no era European Seaways, sino algo completamente distinto. Fantástico.

Llevaba ya un rato corriendo arriba y abajo con todo el traje de moto puesto y cargando con el casco y la bolsa de depósito, así que para cuando entré en la oficina ya estaba empapado en sudor, impaciente y nervioso por haber dejado la moto desatendida en la terminal. Vi que solo había una pareja con dos críos delante de mí, y que ya les estaban dando los billetes. ‘Maravilloso’ pensé, ‘no hay cola’. Pero por desgracia pertenecían a esa especie que no parecen terminar de procesar información sencilla a no ser que se les repita diez o quince veces, así que tras varios minutos de ‘¿Muelle 13? ‘Sí, muelle 13, al final del puerto’ ‘¿Al final?’ ‘Sí, todo recto hasta el final’ ‘¿Número 13?’ ‘Sí señora, muelle 13’ ‘¿Al final del puerto?’ ‘Sí, al final’ ‘¿Embarcamos allí?’ ‘Sí, su barco está en el muelle 13’ ‘¿Muelle 13?’ etc. etc. etc. ya estaba yo más que dispuesto a asesinar a la familia entera, trocearlos y echarlos al agua desde el muelle 13.

img_1365Había llegado temprano al puerto, pero para cuando conseguí los billetes ya era hora de embarcar. Como no quería pasar un minuto más detrás de alguien con déficit de comprensión de instrucciones simples, me subí en la moto y me salté a la torera todas y cada una de las colas que encontré: la de salida del aparcamiento, la de entrada a la zona de embarque, la del control de seguridad y la de embarque mismo. Fui el segundo vehículo en subir a bordo (tras otra moto), aparqué la moto y me fui a buscar un rincón donde plantar la colchoneta.

Al contrario que el ferry de Grimaldi, donde el aire acondicionad suele estar alrededor de los 5ºC, en este ni había aire. Para cuando zarpamos docenas de personas habían acampado en cualquier superficie plana que habían podido encontrar, y el calor era insoportable. Decidí dejar la colchoneta allí y me fui a la cubierta superior a tomar el aire y ver como el puerto desaparecía lentamente en la noche. Adiós Grecia, me alegro de haber sobrevivido a tus carreteras, pero no creo que te eche mucho en falta.

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