Estadísticas

He aquí los números del viaje:

–          22,271km

–          70 días (48 días en la moto)

–          464km de media diaria

–          Jornada más larga: 783km

–          Jornada más corta: 237km

–          Unos 1,100 litros de gasolina

–          2 neumáticos delanteros (el ultimo sigue en uso)

–          3 neumáticos traseros (el ultimo sigue en uso)

–          1 kit de transmision

–          4 bujías

–          1 filtro de aire

–          1 juego de pastillas de freno traseras

–          2 filtros de aceite

Cosas que se rompieron:

–          Una fuga de aceite de la junta del tensor de cadena; arreglada en Volgogrado.

–          Los tornillos del soporte del GPS y del protector de la cadena se perdieron por las vibraciones.

–          La llanta trasera se abolló en Kazakstán; reparada en Astrakán.

–          El intermitente delantero izquierdo se rompió en Noruega.

–          Ni un pinchazo!

Cosas que perdí:

–          Un reloj

–          Una maquinilla de afeitar

–          Una toalla

–          Un cortaúñas

–          Dos botes de jabón multiuso concentrado

–          Un par de guantes de verano

Cosas que me robaron:

–          La bolsa interior de la maleta derecha que contenía:

–          Un kit de herramientas

–          Un compresor de aire

–          Un filtro de aire

–          Una lata de limpiacadenas

–          Eslavones de recambio

–          Pulpos

–          Un trípode pequeño

–          Una cámara GoPro

–          Un kit de reparación de pinchazos

–          Un hornillo Coleman de gasolina (roto)

–          Mapas

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Agradecimientos

Pasé 70 días en la carretera y durante ese tiempo conocí a mucha gente maravillosa a la cual estoy muy agradecido. Me ayudaron, me cuidaron, me entretuvieron, me hicieron compañía, me dieron consejo, comida y bebida, un lugar donde dormir y en general hicieron de esta experiencia algo irrepetible.

Es por ello que me gustaría darles las gracias a todos ellos aquí.

EN LA CARRETERA:

Gracias a

Mattia y Danilo por su hospitalidad, por un risotto delicioso y por las indicaciones para encontrar la mejor carretera hacia Eslovenia.

Metka y Franci por su hopitalidad, por el tour de Ljubljana y por descubrirme la tienda de cervezas, por una cena memorable en compañía de vuestros amigos, por las anécdotas de viajes en moto y especialmente por el CrampBuster, que resultó ser una ayuda inestimable en los largos tramos de carretera en Rusia.

Al personal del túnel de lavado de las afueras de Ljubljana, por enderezar mi maleta.

Al personal de BikerCamp en Budapest por tener un sitio tan agradable para los moteros y por dejarme las herramientas para arreglar mis maletas.

A Dalina, de Terra Mythica en Ighiu. Me alegré muchísimo de volver a verte, y entre todos me hicisteis sentir como en casa. Gracias por llevarme a cenar, y espero que disfrutases de la excursión al lago. Gracias también a toda tu familia y al resto del personal. Dile a tu padre que me sabe mal no haberme podido quedar una noche más y compartir algo de Palinca.

Al vigilante a cargo del parking en lo alto de la Transfagarasan, que no me quiso cobrar cuando le expliqué el viaje.

A Igor y su madre por su hospitalidad, por encontrarme un sitio seguro donde aparcar la moto y por no dejarme pagar por el parking y por una agradable conversación en su balcón.

A Luda y Sofia por su hospitalidad y por una maravillosa cena de comida tradicional Ucraniana, y especialmente a Luda por venir a buscarme a las afueras de Kiev, hacerme de guía en la ciudad, traducir por mí, lavar mi ropa y hacerme sentir como en casa.

A Denys por su hospitalidad, sus sabrosas verduras orgánicas y el paseo por el bosque al lado de su casa, me alegro de haber podido ayudar con tu español, que por cierto es fantástico (recuerda, “abejas”).

Al club de motos de Luhansk por escoltarme hasta el centro (¿hay una forma mejor de llegar a una ciudad?) y llamar a mi anfitriona y ayudarnos a encontrarnos.

A Anna por su hospitalidad, por dejarme estar en su apartamento un día más y enseñarme la ciudad, la fábrica de trenes, la escuela de pilotos militares y los aviones que había allí, por una cena genial y, en general, por convertir lo que iba a ser una noche de paso en una ciudad de la que no sabía nada en un fin de semana genial.

A Andrey y su novia por su hospitalidad y por un maravilloso tour nocturno de Volgogrado.

A Lex por inspirarme y por sus geniales historias de viajes, por su compañía en Volgogrado y Astrakán, antes de después del incidente de la llanta, y por venir conmigo de expedición nocturna un sábado a ayudarme a encontrar moteros para reparar mi moto. Me alegro de que completases tu viaje con éxito y estés de vuelta en casa, buena suerte en tu siguiente aventura.

A Martin por ser un compañero de viaje excepcional, por lo bien que lo pasamos entrando en Kazakstán y acampando la primera noche en el país. Espero que los Stans fuesen una aventura inolvidable (sí, estoy un poco celoso), querré toda la información que pueda sacarte sobre esa ruta, me encantaría intentarla en el futuro.

A Kate y a los chicos de BikerCity34, que se ocuparon de mi moto en Volgograd y me invitaron a comer en el taller.

A Vitali, del club de motos Ferrum de Volgograd, por recomendarme el taller. Me sabe muy mal no haber tenido el tiempo de vernos en persona y compartir una cerveza, los consejos me resultaron muy útiles.

A Valentin y Marina en Astrakhan. No puedo poner en palabras lo agradecido que os estoy por haberme dejado estar en vuestra casa hasta que mi moto estuvo reparada y pude continuar con mi viaje. Marina, gracias por toda la comida que preparaste, Valentin, tu ayuda para traducir tanto al teléfono como con Arkan no tiene precio. Estaré eternamente en deuda con vosotros.

A todos los camioneros rusos y ucranianos que pararon a ayudarme con la moto la borde de la carretera, por dejarme conectar la moto a los camiones para hinchar la rueda.

A Dasha por hacer mi larga espera en Astrakán mucho más llevadera, por las cervezas, los baños en el Volga, el tatuaje de henna, la noche que pasamos con tus amigos, por descubrirme música rusa y por traducir cuando encontramos a Arkan.

A Arkan por ayudarme a reparar la moto. Sin tu ayuda no hubiese podido seguir con el viaje, ni siquiera traer la moto de vuelta a casa. Estaré eternamente agradecido y debo decir que conocerte fue toda una experiencia.

A Ivan por su hopitalidad y por llevarme a escalar una chimenea de 120 metros de alto en una central rusa abandonada en Volgogrado. Fue una experiencia impresionante. Lo pasé genial contigo y con Sasha.

A Ilia por guiarme a través de un tráfico horrible entre Volgogrado y Voronezh, uno de los tramos más duros del viaje, y por alojarme en su apartamento en Moscú y enseñarme la ciudad. Te estoy muy agradecido por hospitalidad y por tomarte unos días libres y hacerme de guía, espero volver a vernos algún día, quizá en las montañas Altai.

A Sami por una agradable excursión en Finlandia por la frontera con Rusia y por un tour del memorial de la batalla de invierno y unas lecciones de historia muy interesantes (¡y por hacerme querer una KTM!)

Al ciclista que conocí en el cámping cerca de Ivalo por aconsejarme sitios no turísticos que visitar antes de ir hacia el Nordkapp, que sin dudarlo valían la pena (y un intermitente roto).

A Alf Tonny por su hospitalidad, la barbacoa de medianoche con su amigo Bjorn y por descubrirme música genial.

A Lenna por su hospitalidad, por llevarme a un festival de música genial en la playa, por enseñarme donde hacer la revisión de la moto yo mismo y por unas charlas nocturnas sobre grandes temas.

Al personal del concesionario de motos de las afueras de Estocolmo por aceptar mi moto ya tarde sin cita previa y quedarse hasta más tarde de la hora de cerrar para cambiarme el neumático y el kit de arrastre.

A Andrew, el Canadiense en mi habitación en el hostel de Estocolmo, por el tiempo que pasamos en la ciudad y las cervezas del sábado por la noche.

A Andrés, el colombiano que trabajaba en el hostel, por la barbacoa que organizó el fin de semana y por lavar mi ropa en el hostel por la mitad de lo que costaba en la lavandería.

A Nadia, nuestra anfitriona en Sarajevo, por cuidar de nosotros como si fuese nuestra abuela, por prepararnos la comida para el viaje hasta Belgrado, y por compartir la historia de su familia durante la guerra con nosotros a pesar de la barrera idiomática.

A la mujer que nos encontró pelados de frío buscando un sitio barato donde dormir en Sta. Maria tras bajar del Stelvio y nos ofreció una habitación en su casa.

 

EN CASA:

Gracias a

Stephen Stallebrass y Walter Colebatch por sus consejos e inspiración.

El personal del concesionario Suzuki Hamamatsu Motor por sus consejos técnicos y su apoyo.

Ignasi Calvo por sus consejos sobre Mongolia y Kazakstán.

Toda la gente del Club V-strom España, Stromtroopers, Adventure Rider y Horizons Unlimited por sus consejos y conocimientos técnicos. Estos foros son una fuente de conocimiento inagotable.

Montse, en mi trabajo, por dejarme marchar durante dos meses y hacer posible este viaje.

Diana, por poner en palabras la idea de este viaje, que llevaba demasiado tiempo dando vueltas por mi cabeza, y por animarme a hacerlo.

Mi compañero de piso y todos mis amigos por escuchar pacientemente mis divagaciones sobre el viaje, la ruta, la moto, la preparación…

Mis padres y mi hermana, por sus ánimos, su apoyo, y especialmente a mi padre por su ayuda y consejos en todo lo referente a la mecánica mientras preparaba la moto.

Nat, que apareció en mi vida cuando este proyecto ya estaba en marcha, por su amor, apoyo y comprensión, por unirse a mí en la carretera las tres últimas semanas y aguantar frío y calor extremos, días interminables sobre la moto, lluvia, hambre y sueño, todo sin experiencia de moto.

En casa

Día 70 – Lunes 2 de septiembre – De St. Thomé a Barcelona (611km)

Podría haberme ido del camping sin pagar. Me levanté temprano, pero no creí que fuese tan temprano que tanto la recepción como el bar aún estarían cerrados. Imaginé que era porqué ya había empezado la temporada baja, al menos a juzgar por el ambiente que se respiraba en el sitio. Había un aroma de melancolía post-vacacional en el aire: quedaban pocas caravanas, esparcidas entre los árboles de la extensa zona de acampada, no había niños correteando arriba y abajo, no coches llenos de veraneantes yendo y viniendo. Incluso el aire parecía más frío que en las primeras mañanas del viaje, pero quizá era solo porque era temprano y mi mente me estaba haciendo una jugarreta. Sea como fuere, el aspecto del lugar me tocó el ánimo y noté como la fría mano de la melancolía me acariciaba el alma. Sabía que cada uno de los gestos que estaban por venir ese día iba a ser el último: cargar la moto, salir a la carretera, sentir el olor de la mañana por las carreteras secundarias, buscar un sitio donde desayunar, parar a media mañana a quitarme ropa a medida que el día se volviera más cálido, encontrar una gasolinera, buscar un sitio donde comer, parar a ver si el GPS me daba una ruta más bonita si tenía tiempo…

La puerta del bar/recepción estaba abierta, pero sólo había una chica limpiando y preparando las cosas para abrir más tarde. Cuando le dije que me iba y que quería pagar me dijo que la recepción aún no estaba abierta, como tampoco lo estaba el bar, lo que significaba que si me tenía que esperar, iba a ser con el estómago vacío, cosa que no quería hacer. Le di a ella el dinero de la estancia, le dije que había estado acampado en la plaza 83 y que le diese el dinero a quien correspondiese.

Las motos tienen descuento en las autopistas francesas, y como había decidido que no quería entrar en mi país por la autopista de la costa sino por los Pirineos, cogí la autopista para la primera parte de la jornada de vuelta. Poco después de entrar en la autoroute, paré a desayunar en una de las maravillosas áreas de servicio francesas, donde me encontré de nuevo con mi viejo amigo, el viento.

Me había sentado en la terraza del restaurante para disfrutar de mi desayuno al sol, pero una vez había dado cuenta del bocadillo y el zumo sólo pude dar un par de sorbos al café antes de que una ráfaga de viento se llevase la taza entera. Bueno, al menos no me lo tiró encima…

No me había encontrado con vientos tan fuertes desde el principio del viaje a excepción de la tormenta de arena en Kazakstán que se llevó mis guantes de piel. Al cabo de unas horas de pelear con el viento en la autopista, llegué a la conclusión de que de todas las condiciones meteorológicas que me había ido encontrando durante el viaje, esta era, sorprendentemente, la que más detestaba. El fuerte viento se veía empeorado por las turbulencias provocadas por los camiones y furgonetas, y me al final me cansé del tema y dejé la autopista mucho antes de lo que tenía previsto y me volví a las carreteras secundarias esperando estar más protegido del viento y encontrar menos turbulencias del tráfico, que iría más lento.

La cosa no mejoró demasiado… Francia es un país genial con muchas cosas que ver, pero por desgracia la mayoría de ellas no están en el centro del país. Hice kilómetros y kilómetros a través de pueblos aletargados, campos, polígonos industriales, más campos y mas pueblos aletargados, acompañado todavía por el viento y teniendo que aguantar los centenares de abuelos que se pasean por esas carreteras de campo con sus Berlingos a 20km/h. Si uno va a Francia como turista, hay mucho que ver. En mi caso, estaba haciendo un tour muy largo saliendo desde Barcelona, lo que significaba que Francia era un país que tenía que atravesar para llegar a cosas más interesantes. Si vuelvo a hacer esto, creo que iré con ferry a Italia y luego a los Balcanes para evitarlo.

Finalmente llegué a Perpiñán, donde quería girar al oeste para enfilar hacia los Pirineos. Era ya la hora de comer, así que para cuando dejé la ciudad y sus políginos industriales detrás empecé a buscar un sitio donde comer. Quería encontrar un restaurante de pueblo y regalarme una buena última comida en la carretera, pero parece que no iba a ser posible. Me pregunto si era festivo o simplemente a los franceses no les gusta trabajar un lunes, pero no conseguí encontrar absolutamente nada abierto en ninguno de los pueblos por los que pasé. También necesitaba llenar el depósito, así que me dirigí a una gasolinera de supermercado que había encontrado en el GPS, y ya que no había ni un solo bar o restaurante abierto, decidí que compraría algo allí y me buscaría la vida en algún rincón agradable cerca de la carretera ahora que ya me acercaba a la montaña. Esa opción también quedó descartada en cuanto entré al parking del supermercado. No había ni alma a la vista, todas las persianas estaban bajadas y solo había un par de surtidores de los que funcionan con tarjeta a pleno sol para darme la bienvenida. Llené el depósito, y como aún llevaba la capa térmica del traje (hacía frío por la mañana) empecé a desmontarla sin ni tan solo apartar la moto del surtidor. Naturalmente, tan pronto como empecé a bajarme los pantalones, aparecieron no uno sino tres coches, una moto y un hombre a pie con un bidón de gasolina en la mano que querían usar el maldito surtidor. ¿¡De dónde salían!? ¡Acababa de atravesar un pueblo donde no había ni gatos! Empujé la moto para dejar sitio y terminé de cambiarme mientras una mademoiselle de cierta edad ponía a prueba la paciencia de los otros cuatro clientes mientras se tomaba su tiempo para descubrir cómo usar su tarjeta para pagar la gasolina.

Seguí mi camino intentando encontrar un sitio donde comer y al final me tuve que rendir y parar en el único lugar abierto que encontré. Un McDonald’s. Sí. Una hamburguesa del McDonald’s. En Francia. En mi último día. Yo tampoco podía creérmelo.

Al menos el día mejoró radicalmente a partir de ahí. Atravesé Prades y enfilé por la N116 en dirección a la frontera. Había estado incontables veces en esa carretera vinendo de mi lado de la frontera, ya que normalmente voy a esa zona a esquiar, y es una carretera fenomenal, pero nunca había pasado de Mont-Louis. En un día claro se puede ver el valle extendiéndose hasta la planicie y el mar al fondo, y siempre había querido hacer esta parte de la carretera hasta Perpiñán. ¡Que carretera y que forma de volver a mi tierra! Subí por la carretera serpenteante hasta el tramo que ya conocía, disfrutando de la tarde y del paisaje que me ofrecían estas montañas, viejas conocidas. Ya en la Cerdanya, en el otro lado, atravesé la última frontera del viaje y volví a mi tierra natal.

Como ya he dicho, normalmente vengo aquí en invierno a esquiar o en verano a hacer montaña. Desde Barcelona, hay un túnel que lleva hasta aquí más rápido, pero es de peaje y no es barato. Sin embargo, la mayoría de la gente, yo incluído, prefiere pagar y tomar ese camino que hacer el puerto que pasa por encima de la montaña, ya que es mucho más largo y cansado de conducir. Hacía tiempo que no pasaba por el puerto, pues, y se me había olvidado que maravilla de carretera es. Ya que era lunes, no había nadie más y la tuve para mi solito. Me lo pasé en grande subiendo la Collada, estirando el motor en cada cambio, tumbando en las curvas y disfrutando de la carretera y el paisaje.

Paré en lo alto del puerto a contemplar las vistas y pensé que no había un camino mejor para volver a casa.

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Es curioso como viajar distancias tan grandes pone las cosas en perspectiva. Cuando vengo aquí, le viaje de vuelta a casa al final de día parece largo, estás en la frontera, en la montaña, lejos de Barcelona. Cuando me volví a subir en la moto vi que el GPS indicaba que me quedaban 140km hasta mi casa. Durante todo el viaje, cuando veía en el GPS que me quedan 150-100km hasta el destino tenía la sensación de que ya había completado la jornada, y que sólo me quedaba hacer los pocos kilómetros que me separaban del centro y del sitio donde me tocaba dormir esa noche. Me reí y tomé la primera curva de bajada por esa carretera que tanto conocía.

Llegué a Barcelona muy rápido y me encontré con el tráfico de última hora de la tarde. La moto y el traje estaban cubiertos con la suciedad, el polvo y los insectos de los últimos 14 países, yo tenía la cara sin afeitar y requemada por el sol, y una sonrisa de felicidad tonta de lado a lado de la cara. En los semáforos la gente me miraba como si me hubiese perdido de camino al Dakar. Cogí la Gran Vía para ir hacia el centro, y cuando llegué a la rotonda elevada de la plaza de Glòries, donde se cruza con la Diagonal, el sol ya estaba bajo, bañando la ciudad en una cálida luz anaranjada. Me puse de pie en la moto, miré al sol que empezaba a descender más allá de la Sagrada Família y pensé “ya estoy en casa”.

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El principio del fin

Día 69 – Domingo 1 de setiembre – De Interlaken a Ginebra a St. Thomé (559km)

Hoy comenzó la larga vuelta a casa. Recogimos las cosas e intentamos ponernos en camino temprano, ya que quería cubrir tanta distancia como fuese posible después de dejar a Nat en el aeropuerto de Ginebra para evitar tener que pasar mucho rato sobre la moto al día siguiente, pues no quería tener que coger la autopista para mi último día en la carretera.

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Decidimos evitar la autopista que pasa por Berna y cortar por las montañas por la nacional 11, que nos llevóa a Aigle, y desde allí seguimos la orilla sur del lago Leman hasta Ginebra. Hacía una mañana precisa y había poco tráfico, lo que nos permitió disfrutar de las últimas horas de viaje juntos.

Llegamos al aeropuerto de Ginebra a buena hora y nos despedimos delante de la terminal. Bajé la vista hasta el GPS y en vez de introducir las coordenadas para el siguiente destino, como llevaba más de dos meses haciendo, esta vez pulsé la opción “ir a casa”. Como estaba programado para evitar autopistas y peajes me dio una ruta larga, pero tenía dos días por delante. Dije adiós y me puse en marcha. Que Nat me acompañase tanto tiempo había sido una grata sorpresa, y me sentí un poco solo mientras dejaba atrás Ginebra.

Me estaba quedando sin gasolina, pero pensé que pararía a repostar una vez hubiese salido de la ciudad. Resultó ser un error. Pasó bastante rato sin que viese ni una gasolinera, y empezaba a ponerme nervioso, el depósito estaba prácticamente vacío y no tenía gasolina en la lata, ya que la había usado toda cuando volví a Europa, pensando que aquí no iba a tener problemas. Programé el GPS para que buscase una gasolinera, incluso si tenía que dejar la carretera que estaba usando, y me mandó a un pueblo aletargado ya en Francia donde encontré una gasolinera de supermercado desierta. Por suerte, la máquina aceptó mi tarjeta y pude llenar el depósito. Sin embargo, al volver a subir a la moto vi que ahora el GPS me estaba dando una ruta mucho más larga que al principio. Intenté reprogramarlo, pero me decía que la ruta era demasiado larga y no podía calcularla. Salí del pueblo siguiendo la dirección general en la que sabía que tenía que ir, con la esperanza de poder programarlo más adelante, pero no hubo manera, se negaba a darme una ruta que no fuese por la autopista. No tenía un mapa en papel, y encontrar el camino por el laberinto de carreteras secundarias francesas sin dar mil vueltas es una pesadilla si no sabes dónde vas. Al atardecer ya estaba demasiado cansado para viajar así y decidí coger la autopista, ir tan lejos como pudiera y luego buscar un cámping.

Llegué hasta pasado Montélimar, donde paré a llenar otra vez el depósito. Miré en el GPS y ¡voilà! Había una camping a tan solo 12km de donde estaba. No me esperaba ninguna maravilla, sólo un sitio donde pasar la noche, pero la zona era muy bonita y una vez más me supo mal no tener el tiempo necesario para visitarla. Era casi de noche para cuando terminé de montar la tienda, así que pedí una cerveza en el bar, comí algo y me fui a la cama.

Hubiese sido más fácil subir a la Jungfrau a pie

Día 68 – Sábado 31 de agosto – Interlaken (0km)

La principal atracción turística en Interlaken es la Jungfrau. Con 4.185m por encima del nivel del mar, es el pico más alto de la región,  y a unos 600m por debajo hay un observatorio que ofrece a los visitantes unas vistas únicas de los picos de los alrededores y del glaciar que se extiende por el valle. Lo que hace este sitio especial, aparte del hecho de ser el edificio construido a más altura de toda Europa, es que los turistas no necesitan escalar ninguna montaña para llegar, hay un ferrocarril que sube hasta los 3.454m a través del interior de la montaña y lleva a la estación de Jungfraujoch, un complejo subterráneo digno de una película de James Bond. Desde allí, un trayecto en ascensor sube a la gente hasta el observatorio.

Es un sitio espectacular y sin duda vale la pena verlo, pero hay un par de cosas que uno debe tener en cuenta antes de animarse a subir. Primero, no es barato. Un billete de ida y vuelta cuesta algo más de 160€. Segundo, a esa altura el tiempo es muy caprichoso, lo que significa que uno puede terminar pagando una pequeña fortuna solo por un viaje en tren y descubrir que al llegar arriba la visibilidad es cero.

Yo ya había estado allí hace años (costaba unos 60€ entonces, lo que seguía siendo caro para un estudiante haciendo un Interrail), así que decidimos hacer algo diferente con el día que nos quedaba antes de volver a casa. El camping alquilaba kayaks, algo que no había hecho nunca, y pensamos que sería una buena forma de ver el lago.

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Nos dieron un par de chalecos salvavidas, un barril estanco para mantener nuestras cosas secas, y nos dijeron que no nos alejásemos de la orilla izquierda ya que los barcos y otras embarcaciones con las que íbamos a compartir las aguas no trataban con demasiada consideración a los turistas que se les cruzaban. Arrastramos el kayak al canal, lo metimos en el agua, atamos el barril y conseguimos subir sin que volcase, cosa que ya consideré todo un éxito.

Nos apartamos de la orilla de un empujón y empezamos a remar por el canal que lleva al lago. Habíamos decidido coger un kayak doble, ya que pensábamos que iba a ser más divertido que dos individuales, pero pronto se hizo patente que era un error. Sin ningún tipo de experiencia, el maldito trasto era imposible de llevar recto. Intentamos coordinar las remadas, pero era inútil, íbamos haciendo eses de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, todo el rato intentando mantenernos alejados de los barcos que pasaban.

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Cada vez que conseguíamos mantener el cacharro recto unos pocos metros, o Nat o yo dábamos una palada demasiado fuerte o del lado que no tocaba y el kayak giraba rápidamente en la dirección incorrecta. Después de experimentar un rato descubrimos que si sólo remaba uno era bastante fácil de mantener recto,  también descubrí que Nat remaba más fuerte con el brazo izquierdo que con el derecho, lo que significaba que sola iría dando vueltas en grandes círculos en el sentido de las agujas del reloj. También descubrimos que los dos habíamos estado intentando remar y dirigir el kayak, cuando lo correcto es dejar que el de delante sólo reme y el de detrás se encargue de remar y de girar.

Con la lección aprendida y tras aguantar la sonrisa condescendiente de otros kayakeros con más experiencia que nos cruzamos y de la gente que miraba el espectáculo desde la orilla, conseguimos avanzar bastante y empezamos a disfrutar del paisaje. La orilla del lago estaba llena de casitas típicas medio escondidas entre los árboles y la mayoría tenían un pequeño embarcadero y una barca. Hacía un día precioso y había mucha gente tomando el sol al lado de la orilla o lanzándose al lago desde su jardín. Al cabo de un par de horas llegamos a una zona pública de baño con una plataforma flotante y decidimos que era un buen lugar para nadar un rato antes de empezar a volver. El agua estaba bastante fría, pero daba gusto nadar en aguas tan cristalinas.

De vuelta hacia el camping conseguimos llevar el kayak recto como una flecha, como verdaderos profesionales, y avanzamos rápidamente, lo que hizo que nos sorprendiera aún más el darnos cuenta cuánto faltaba para llegar. Teníamos la sensación de que no habíamos hecho mucha distancia del camping a la plataforma, es cierto que habíamos tardado un par de horas, pero habíamos seguido una línea muy errática, sufriendo para ir recto, y ahora veíamos cuánta distancia habíamos recorrido, lo que nos hizo sentir más orgullosos.

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Nos hicimos unas fotos antes de devolver el kayak y luego fuimos a dar un paseo por Interlaken en lo que nos quedaba de tarde. En el centro vimos un convoy de Nissan Skylines antiguos que estaban participando en un rally de Kuwait a Marrecos, parecía que lo estaban pasando en grande.

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Compramos algo de comer y un par de cervezas para cenar y volvimos al camping a organizar las maletas y decidir qué se quedaba en la moto y qué se iba a llevar Nat en el avión.

Mientras hacíamos las maletas caí en la cuenta de que el viaje tocaba a su fin. Al principio Nat había planeado unirse solo para la etapa suiza el viaje, ya que yo pensaba que llegaría a Europa mucho más tarde, y como no quería hacer muchos kilómetros en su primer viaje en moto, había decidido volver en avión a Barcelona, así que iba a llevarla a Ginebra a la mañana siguiente. Al final, sin embargo, mi cambio de planes supuso que nos encontrásemos en Helsinki, e hicimos 4,400km juntos en la moto. No está mal, teniendo en cuenta que no tenía ropa de moto y tenía que llevar varias capas y un impermeable debajo de una chaqueta de moto de verano que le dejé, así como un par de botas de montaña que no eran exactamente impermeables. Fue muy, muy valiente.

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Puertos de montaña

Día 67 – Viernes 30 de agosto – De Sta. Maria a Interlaken (305km)

En mi último post dije que estaba de acuerdo con la conclusión de Top Gear que dejaba la Transfagarasan por delante del Stelvio, pero eso no significa que sea la carretera de la que más disfruté durante mi viaje. Ese honor recae en el trayecto que hicimos hoy desde Sta. Maria a Interlaken, que nos llevó a través de no menos de cinco puertos de montaña.

Comenzamos a subir el primero solo salir de Sta. Maria, era el Ofenpass, y a esa hora de la mañana no había tráfico en la carretera. Puede que no fuese tan visualmente espectacular como el Stelvio, pero como carretera para disfrutar en moto era perfecto. Curvas rápidas, un bonito paisaje, asfalto de calidad suiza… hay pocas carreteras mejores.

Llegamos al otro lado con el depósito casi vacío, así que paramos en una gasolinera en el primer pueblo que encontramos. Había unas cuantas motos haciendo cola, y parecía que no había nadie atendiendo los surtidores ni en la caja, teníamos que usar la tarjeta de crédito o billetes para pagar la gasolina. Varios moteros, incluyéndonos a nosotros, intentamos instertar diferentes tarjetas en la máquina, que las rechazaba todas y tampoco quería coger los billetes de nadie. Frustrados y con el depósito prácticamente vacío, seguimos con la esperanza de encontrar otra gasolinera antes de tomar el desvío hacia el siguiente puerto, que quedaba ya muy cerca. Programé el GPS para que buscase una (es una de las cosas que hace bien) y nos llevó a una que estaba a pocos metros pasado el desvío hacia la carretera del puerto.

Con el depósito lleno empezamos la subida al siguiente puerto, el Albulapass, que nos iba a llevar a la zona de Chur. Desde allí la carretera se tornó algo monótona, era agradable y con curvas, y el paisaje precioso, pero sin la diversión y las vistas de los puertos y con bastante más tráfico, pues era una carretera principal. El trayecto hasta los siguientes tres puertos era algo largo, pero se nos hizo entretenido gracias a la presencia de un convoy de coches clásicos que encontramos, cerrado por un Ferrari 575 que nos brindó una magnífica banda sonora para disfrutar del paisaje.

Paramos antes de subir al siguiente puerto, el Oberalpass, y me tomé una lata de bebida energética para mantener el ritmo, ya que estaba siendo un día largo. Hacía sol y buena temperatura, las carreteras eran excelentes y no íbamos a hacer demasiados kilómetros hasta Interlaken, pero ir por carreteras tan divertidas era agotador y aún nos quedaban tres puertos.

Poco después del Oberalpass empezamos a subir el Furkapass y el Grimselpass, que estaban uno tras otro. De subida al primero vimos un espeso humo negro ascendiendo del fondo del valle. Paramos a hacer unas fotos unas cuantas curvas más arriba y vimos que se trataba de un tren de vapor que estaba subiendo trabajosamente por el valle. Iba avanzando muy lentamente, escupiendo una densa columna de humo. Paramos a comer al coronar el puerto y lo vimos acercarse a la boca del túnel que lo iba a llevar al otro lado de la montaña, muchos metros por debajo nuestro. Había estado pensando en lo interesante que sería atravesar las montañas por esas vías en un viejo tren turísitico de vapor, pero al ver la cantidad de humo que salía de la chimenea de la máquina mientras se metía en el túnel pensé que no sería tan divertido para los pasajeros que iban a tener que respirar hollín durante la travesía.

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Comimos sobre la hierba en la ladera de la montaña por encima de la carretera, contemplando los magníficos coches que pasaban en ambas direcciones; cualquiera que se os pueda ocurrir, pasó por allí. Desde los típicos Ferraris, Porsches y Lamborghinis a Lotuses, Caterhams, TVRs y algunos deportivos artesanales que no fui capaz de identificar. En cuanto a las motos, había cientos de GSs, uno creería que son baratas de comprar vista la cantidad que pueblan las carreteras de toda Europa.

La carretera nos llevó por un valle profundo donde vimos una antigua estación de tren donde la línea que subia del otro valla terminaba y los pasajeros cambiaban a los trenes de vapor para el resto de la ascensión. La carretera que bajaba del Furkapass iba cruzándose con la vía del tren, y una vez llegaba al fondo del valle empezaba inmediatamente a ascender de nuevo hacia el Grimselpass, el último que íbamos a cruzar antes de Interlaken. Desde la parte de arriba de la última sección del Furkapass gozamos de una vista de conjunto privilegiada que incluía la vía hasta el fondo del valle, la estación, la carretera que subía al siguiente puerto e incluso parte del lago que había allí arriba, todo bañado en la luz de última hora de la tarde. Pasamos por otro lago de bajada del Furkapass, por una carretera que nos ofrecía aún más vistas magníficas en lo que era nuestro último tramo en el corazón de los Alpes.

Tras ese maravilloso trayecto puedo extraer mis propias conclusiones y elegir la carretera que va del Furkapass al Grimselpass como la mejor carretera que he hecho.

Sé que me perdí otros grandes nombres como el puerto de San Gothardo o el de San Bernardino, pero simplemente no teníamos tiempo de explorar la zona más en profundidad. Bueno, es una buena excusa para volver en el futuro.

Paramos en un pueblo llamado Innertkirchen para hacer un poco de compra para cenar y luego hicimos los últimos kilómetros hasta Interlaken, donde no tardamos mucho en encontrar un camping genial justo al lado del canal que conecta los dos lagos, a pocos minutos a pie del centro.

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El Stelvio

Día 66 – Jueves 29th of August – de Cortina d’Ampezzo a Sta. Maria (237km)

Los que seáis seguidores de Top Gear recordareis que Clarkson y compañía declararon que el paso Stelvio era la mejor carretera “in the wooooorld” hasta que descubrieron la Transfagarasan en su visita a Rumanía. Tuve el privilegio de hacer esa carretera hace casi dos meses y no puedo estar más de acuerdo con ellos, es una carretera increíble y un destino imprescindible para cualquier motero que viaje por Europa. Hoy, sin embargo, nuestra ruta iba a llevarnos a través del Stelvio y yo estaba ansioso por poder compararlo con la Transfagarasan y ver si merecía ese segundo lugar.

Tenía muchas ganas de hacer otra carretera mítica, lo que no sabía era que los dos días de viaje que nos quedaban hasta Interlaken iban a ser un festival de puertos de montaña maravillosos y que al final iba a ser difícil llegar a una conclusión y elegir uno como el mejor.

Había comprado un mapa en papel de los de toda la vida en Eslovenia que tenía un nivel de detalle excelente, e íbamos a usarlo para orientarnos en los días siguientes, usando el GPS sólo como ayuda extra para ir de un waypoint al siguiente y programándolo a medida que fuésemos avanzando, ya que no quería depender la ruta que el aparato decidiese de A a B y perderme alguna cran carretera.

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Salimos de Cortina bajo un cielo azul sin una sola nube, mi alergia había desaparecido completamente y al cabo de poco estábamos subiendo un puerto llamado Di Sella. El asfalto era excelente, no había mucho tráfico aparte de otras motos y la carretera ascendía haciendo eses a través de prados de verde intenso en una combinación de curvas rápidas y virajes lentos a 180º. Aquí fue donde vi por primera vez que los italianos numeran las curvas de sus puertos de montaña, para que la gente se entretenga a ver cuántas les quedan.

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Paramos en lo más alto del puerto, donde había cientos de coches aparcados. Estaba claro que era un punto de inicio importante de muchas rutas de excursionismo y escalada, y el sitio estaba lleno. Por suerte pudimos dejar la moto justo al lado de la carretera junto a un par de GSs, y decidimos andar un poco montaña arriba para disfrutar de las vistas. Nat tenía un poco de frío tras el trayecto en el aire frío de primera hora del día, per una caminata a ritmo ligero con toda la ropa de moto nos hizo entrar en calor rápido.

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Después de tomar unas cuantas fotos volvimos a la moto e hicimos el otro lado del puerto, que resultó ser aún mejor.

Carreteras así hacen que tengas una perspectiva diferente, y una vez al pie del puerto y de camino a Bolzano lo que en otro caso hubiese considerado un carretera bastante decente me pareció lo más aburrido del mundo. Dejamos atrás la ciudad, cogimos un tramo de autovía hasta Merano y luego volvimos a carreteras secundarias, rumbo al Stelvio. Faltaban unos 50km para el desvío donde comenzaba la carretera que ascendía al puerto, y el tráfico era bastante denso. Para empeorar las cosas, no había demasiados sitios donde poder adelantar, al menos no de forma legal, y empecé a preocuparme. Adelantamos algunos camiones fácilmente, pero no me gustaba nada el ver que había bastantes autocaravanas en la carretera. Imaginé que los camiones no tenían razón alguna para subir por el Stelvio, pero me daba miedo que los turistas pasando con sus caravanas decidiesen pasar a visitarlo y amargasen la experiencia al resto de aficionados en motos o deportivos que se verían atrapados detrás suyo arrastrándose carretera arriba a 20km/h.

Mientras adelantaba a tantos como podía no puede evitar pensar que estaba de acuerdo con Clarkson. Puede que un camión vaya lento, pero está desempeñando una función útil para la sociedad, mientras que una caravana no es más que un obstáculo móvil en la carretera conducido por alguien que se cree demasiado bueno para dormir en una tienda pero es demasiado tacaño para dormir en un hotel. Y lo que es más, esos trastos son caros, especialmente las autocaravanas, ¿¡por qué no se compran un coche decente, disfrutan de la carretera y se gastan la diferencia de precio en un hotel!?

Sea como sea, para cuando llegamos al desvío ya las habíamos dejado a todas detrás, y teníamos la carretera limpia por delante nuestro. Tras pasar un par de pueblos me tranquilizó ver señales que prohibían el acceso al puerto a vehículos que sobrepasasen cierto peso y longitud, lo que suponía que no iba a haber caravanas, autocaravanas o autocares llenos de turistas entorpeciendo en camino. ¡Genial! Bajé un par de marchas y me lancé a por la primera curva seria.

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¡Que carretera! Esto era muy diferente de la Transfarasan: una curva cerrada tras otra, todas a 180º, tenía que tomarlas en primera, usando toda la ancura de la carretera para mantener suficiente inercia para evitar que la moto se tumbase o se calase. Hay que recordar que no es una deportiva, sino una trail cargada hasta los topes y con dos personas a bordo. A pesar de ello estuvo más que a la altura de las circunstancias, el motor rugiendo carretera arriba y aguantando el tipo frente a máquinas mucho más potentes.

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Nat hizo un excelente trabajo de copilotaje, controlando la carretera en cada curva para ver si bajaba alguien y diciéndome si podía usar o no toda la anchura disponible, y los pocos coches lentos que nos encontramos fueron rápidamente adelantados en los tramos rectos entre horquillas. Oh, y hablando de coches lentos, sentí mucha lástima por un convoy de Lotus Elises espectaculares que se pasaron la última parte del puerto atascados sin remedio tras un RAV4 conducido a 10km/h por una familia de turistas que se miraban cada curva con horror dibujado en sus caras.

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Había cientos de moteros en el collado, y mientras que las GS parecían ser las máquinas más populares, la gente había subido hasta aquí en toda clase de monturas, incluyendo una abuela que había llegado en un Vespa clásica.

Compré una pegatina del Stelvio para poner en la moto y luego me senté a meditar sobre si esta carretera era mejor que la Transfagarasan o no.

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El paisaje era, sin duda alguna, espectacular: altísimas montañas rocosas cubiertas de nieve, valles profundos, bosques de abetos de un verde profundo en la parte más baja… pero las curvas eran demasiado cerradas para mi gusto, al menos en la vertiente este, lo que hacía que fuese menos divertido de conducir que la carretera rumana, que tenía curvas más rápidas. Esto era todo primera y segunda marcha. Naturalmente el Stelvio es un nombre mítico para los moteros Europeos, y tiene algo mágico, pero la fama tiene un precio, que me lleva a la segunda razón por la que prefiero la Transfagarasan. Al contrario que ésta, el Stelvio atrae a mucha gente, lo que no es ningún problema en cuanto a deportivos y motos se refiere, pero también hay mucha gente conduciendo muy lentamente en la carretera, lo que puede arruinar completamente la experiencia si te ves atrapado detrás de uno de ellos demasiado rato. Además, sufre de un mal que afecta a la mayoría de carreteras míticas en Europa occidental: ciclistas. Cientos de ellos, soñando con el mallot azul en el Giro. La Transfagarasan no tiene prácticamente nada de tráfico excepto unos cuantos aficionados al motor, y esa es razón suficiente para estar de acuerdo con los chicos de Top Gear y ponerla por delante del Stelvio.

Lo que no significa que sea la mejor carretera…

Para ser completamente justo, debo confesar que no hicimos la otra cara del Stelvio, así que mis impresiones pueden ser incompletas. Íbamos en dirección a la zona de Davos, así que una vez empezamos a bajar tomamos una carretera más pequeña que bajaba por un valle en dirección al norte, ya en Suiza. Era genial, sin tráfico, con curvas más rápidas, e incluso con un poco de offroad, ya que el asfalto desaparecía a medio camino y se convertía en una pista hasta el final. Las caras de unos moteros que iban de subida en deportivas y de la pareja que nos cruzamos en un Porsche no tenían precio.

Una vez en el valle empezamos a buscar un camping, pero sólo había uno en la zona y no tenía muy buena pinta. Además la noche iba a ser bastante fría a esa altura, así que decidimos ir hasta el primer pueblo e intentar encontrar alojamiento.

El pueblo se llamaba Santa María, y tenía un hotel y un albergue, pero para decepción nuestra el albergue estaba lleno y el hotel era demasiado caro. Estábamos al lado de la moto en el centro del pueblo, cansados y con frío, pensando que no iba a ser nada divertido pasar el resto de la tarde buscando dónde dormir cuando un camión enorme llegó y empezó a intentar pasar por el poco espacio que había entre dos de las casas más antiguas. Los laterales del camión estaban a pocos centímetros de las paredes en ambos lados, y estábamos mirando el espectáculo cuando oí una voz que decía “impresionante, ¿eh?” Me giré y vi una mujer contemplando la escena a nuestro lado. Empezamos a charlar del tema y nos explicó que pasaban camiones así por el centro bastante a menudo. Entonces se fijó en la moto y en el aspecto que teníamos y nos dijo: “¿buscáis dónde dormir?”

Resultó que vivía en una casa antigua justo a la vuelta de la esquina y había acondicionado una habitación en la planta baja para alquilarla a turistas. Nos hizo un buen precio para esa noche, así que metimos la moto en su jardín y pasamos la noche allí. Era mucho, mucho mejor que lo que nos esperábamos al llegar al pueblo. La habitación era grande y muy acogedora, el baño era casi tan grande como la habitación y lo mejor de todo… el suelo estaba calefactado. Era mejor que muchos hoteles en los que he estado.

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