El viaje – días 41 a 50

Nada es impermeable…

Día 41 – Domingo 4 de agosto – De Narvik a 10km al este de Mo i Rana (445km)

…si llueve lo suficiente. El sonido de la lluvia me despertó esta mañana, al mismo tiempo que Alf bajaba de su habitación y los dos nos dábamos cuenta de que teníamos un poco de resaca. La copa de vino se había convertido en un par de botellas que nos terminamos con Bjorn mientras disfrutábamos de lo que dijeron que era una noche inusualmente cálida en la terraza. Para aprovechar al máximo el buen tiempo, Alf puso en marcha la barbacoa y comimos carne a la brasa a medianoche, que estaba deliciosa. Luego el vino dio paso a licor destilado en casa, lo que llaman moonshine, y a eso de la 1, mientras empezaba ya a hacerse de día otra vez, empezó a chispear un poco, así que trasladamos la fiesta al interior hasta las 5 am. Lo pasé genial con Alf y Bjorn, y descubrí nueva música.

Alf me ofreció quedarme un día más, y estuve muy tentado de hacerlo, ya que llovía bastante esa mañana y no tenía muchas ganas de hacer otra jornada larga bajo la lluvia, pues significaría tener que pagar por algún tipo de alojamiento al final de día para secar el equipo antes de continuar y los precios eran demasiado altos. Comprobamos la previsión del tiempo y parecía que la lluvia no iba a durar, se supone que el sol iba a salir por la tarde y no iba a llover en Mo i Rana, 400km al sur, así que decidí esperar un rato y luego irme. Miramos un par de capítulos de una comedia que no conocía, Better Off Ted, que me gustó mucho. Cuando vuelva a casa la bajaré. (No bajéis cosas niños, es ilegal, comprad los DVDs)

A mediodía cargué la moto y me puse en camino bajo la lluvia, con la esperanza de que pararía pronto. 80km más al sur, seguía lloviendo con fuerza, e imaginé la escena en las oficinas del servicio meteorológico esa mañana: dos meteorólogos sentados delante de un ordenador, preparando la previsión del día, y uno le pregunta al otro “¿qué tiempo crees que va a hacer?” y el otro contesta “no tengo ni la más remota idea”, así que el primer dice “bueno, pues pondré el símbolo de sol-nube-lluvia, así seguro que uno de los tres es correcto”.

Así que cuando llegué al primer ferry de mi viaje por Noruega me pregunté cuánto tiempo iba a tener que esperar bajo la lluvia para que apareciese el ferry. Me alegré mucho de verlo venir nada más pararme en la rampa detrás de los únicos dos coches que estaban haciendo cola, y pensé que no tardaríamos mucho. Efectivamente, amarró, los coches desembarcaron y se nos acercó un chaval con un terminal de tarjetas de crédito en la mano para cobrarnos la travesía. Eran casi 8€, pero no había alternativa, la carretera terminaba allí. Mientras se iba hacia otros dos coches más que habían aparecido entretanto, me puse otra vez los guantes, preparado para embarcar, pero para mi desesperación, allí no se movía nadie. Parecía que el ferry iba a esperar a que hubiese suficientes coches para llenarlo antes de zarpar, y con el poco tráfico de  esa mañana, tuve que esperar media hora en la lluvia. Genial

Finalmente nos permitieron subir a bordo, y aparqué la moto casi delante del todo. Por razones de seguridad, no se permitía a los pasajeros quedarse en la cubierta para coches durante la travesía, así que bajé a la cubierta inferior, donde había un salón con mesas y bancos, esperando que el mar no estuviese demasiado agitado, ya que no me hacía nada de gracia la idea de que la moto se volviese a caer, especialmente contra la cubierta de metal. Entré en la cubierta para pasajeros con el traje chorreando de agua y la gente mirándome raro, busqué un rincón tranquilo enfrente de una abuela haciendo ganchillo y aproveché que estaba en un sitio cubierto y caliente para comer. Justo cuando acababa de recoger la comida, la gente se empezó a levantar y volver a los coches, ya estábamos en el otro lado del fjord. Subí, me puse el casco y los guantes mojados y desembarqué. Me sorprendió ver que el tiempo había mejorada en los 20 minutos que duró la travesía, aún estaba nublado pero ya no llovía. El traje estaba empapado, pero la capa impermeable estaba haciendo bien su trabajo y yo estaba seco y cómodo, pero lo mismo no podía decirse de los guantes. Se supone que eran impermables, pero en menos de una hora el agua ya los había traspasado. Puse los puños calefactados a tope para mantener las manos calientes y esperé que el sol saliese pronto.

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No lo hizo hasta que prácticamente había terminado la jornada, pasado Mo i Rana y cerca de la frontera sueca, donde paré a pasar la noche. Solo paré una vez a poner gasolina y otra en el punto en el que salía del círculo polar Ártico, donde había un monumento y una tienda de souvenirs. Estuve a punto de comprar una pulsera, pero la calidad de la impresión era pésima y el precio ridículamente caro, así que solo hice unas cuantas fotos, hablé con un chico que se dirigía al norte desde Alemania con una Harley y seguí mi camino.

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Había visto en el mapa que la frontera con Suecia estaba a unos pocos kilómetros de Mo i Rana, así que decidí cruzar y quizá buscar un camping en vez de acampar por libre, ya uqe los precios tenían que ser por fuerza más razonables que en Noruega, donde tenías que pagar como mínimo 20€ solo para plantar la tienda, y encima pagar la conexión a internet aparte… Al final sin embargo salió el sol y las nubes desaparecieron por completo, y la zona cerca de la frontera era preciosa, así que decidí buscasr un buen lugar y acampar. Encontré un área de picnic un poco apartada de la carretera, al lado de un estanco, y pasé allí la noche.

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Adiós Noruega

Día 42 – Lunes 5 de agosto – De 10km al este de Mo i Rana a Umeå (506km)

Quería limpiar y engrasar un poco la cadena otra vez esta mañana, ya que seguía haciendo un ruido que no me gustaba, y pensé que dedicaría un rato a ella cuando me levantase. Estaba nublado, pero no parecía que fuese a llover, así que desmonté y guardé la tienda y luego me dediqué a la cadena por si acaso. Fue una buena decisión, ya que poco después, mientras desayunaba, empezó a llover. Por suerte esta vez no duró mucho y al cabo de pocos kilómetros tuve que parar a quitarme capas, ya que empezaba a hacer calor.

El paisaje era precioso, y ya que mi anfitriona en Umeå trabajaba hasta las 5 pm me tomé mi tiempo para llegar hasta allí, parando a hacer fotos e incluso dando un pequeño rodeo para hacer un poco de offroad y explorar las pistas que hay en los bosques.

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Paré a comer en un área de picnic muy agradable con lo que seguramente era el lavabo más mono que he visto hasta el momento en el viaje, y a las 7 pm ya había llegado a mi destino, tras una última parada para llenar el depósito y descubrir que los precios volvían a ser razonables. Eso era algo que no iba a echar de menos de Noruega.

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Lena, mi anfitriona, era muy simpática y nos llevamos bien enseguida. Me ofreció un café y me recomendó algunos lugares que visitar al día siguiente, así como un sitio cercano donde podía alquilar espacio para hacer la revisión de la moto yo mismo y ahorrar algo de dinero.

 

Self service

Día 43 – Martes 6 de agosto – Umeå (0km)

Por la mañana fui a pie hasta la estación de servicio donde Lena me había dicho que seguramente podría hacer la revisión de la moto yo mismo para ver si era posible y preguntar cómo funcionaba. Llevaba todas las herramientas y recambio conmigo excepto el aceite, ya que originalmente contaba con hacer las revisiones a la moto yo mismo en medio de la nada, y ahora, a pesar de que sería más fácil y práctico buscar un taller, quería hacerlo yo mismo para ahorrar algo de dinero que vendría muy bien, pero el problema era desahacerme del aceite usado adecuadamente, no quería simplemente tirarlo en medio del campo.

Cuando llegué a la estación de servicio vi un edificio con seis puertas de garaje en la parte de detrás, un par de ellas abiertas, una con un hombre limpiando el coche con una manguera a presión y otra con un coche en un elevador hidráulico y dos hombre trabajando debajo, así que pensé que ese debía ser el lugar correcto. Entré a preguntar en la gasolinera y me dijeron que los garajes se alquilaban por minutos, y que contaban con instalaciones para reciclar aceite, así como agua y aire a presión. Estaba, no lo olvidemos, en el país que inventó Ikea, y el hágalo usted mismo es muy popular aquí. Se puede alquilar herramientas o espacio para hacer prácticamente cualquier cosa imaginable uno mismo. Me dieron las llaves para el garaje numero 2 pero había un problema con los cubos para el aceite, estaban pensados para poner debajo de un coche en un elevador, así no había forma posible de meterlo dabajo de la moto, y levantar la moto con el elevador tampoco serviría de nada, ya que el cárter está en medio de la moto longitudinalmente, no a lo ancho. El chico de la gasolinera se fue a intentar encontrar una solución y al cabo de poco rato volvió con un cubo viejo que cortó por la mitad para poder meterlo debajo de la moto. ¡Bien!

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Me pasé toda la mañana allí, ya que no solo tenía que cambiar el aceite, sino también el filtro del aire, lo que implica desmontar el depósito de gasolina. Esta es una de las cosas que no me gusta de la V-Strom y definitivamente algo que tendré en cuenta cuando llegue el momento de sustituirla: lleva demasiados plásticos y se tarda mucho en quitarlos todos cuando toca hacer la revisión.

Cuando hube terminado, limpié la moto, cosa que no había hecho desde Astrakán, y la pobre estaba cubierta en varias capas de polvo, barro, insectos y trozos de plantas. Al final salió por 88€, incluyendo el precio del aceite, un juego de fusibles y un par de guantes de goma que compré. No está mal.

Dejé la moto otra vez en casa de Lena y me fui a ver algunas de las cosas que me había recomendado por la ciudad. Justo pasada la gasolinera había una pequeña colina cubierta de bosque, y me había dicho que allí había un museo al aire libre con casas tradicionales suecas, y también campamentos Sami, que habían sido transportados de diferentes partes del país hasta allí.

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Era una visita muy interesante, había granjas tradicionales, graneros, establos, almacenes, un molino y tres campamentos Sami, todos ellos edificios originales.

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Las explicaciones estaban en tres idiomas, incluyendo inglés, y también había un sistema de audio guías muy inteligente. De vez en cuando te encontrabas con un aparato metálico redondo montado en un poste con una manivela que había que hacer girar durante unos 20 segundos; eso generaba suficiente electricidad para que el aparato reprodujese la explicación. No hacía falta instalación eléctrica, ni baterías que cargar, ni equipos de audio guía que la gente pudiese robar ni nadie para distribuirlos. Muy práctico para una exposición al aire libre.

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Después de esto bajé hasta la ciudad y paseé por las calles hasta encontrar el río, y al lado del río, el edificio del museo de arte moderno que Lena también me había recomendado. Era un edificio nuevo, de estilo muy escandinavo: madera y cristal por fuera, paredes blancas y espacios abiertos por dentro, muy agradable. Tenía seis pisos y al igual que el museo al aire libre de la colina, era completamente gratuito.

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Cuando estaba a punto de terminar el último piso, Lena me mandó un mensaje de texto invitándome a un conceirto que iba a tener lugar esa tarde-noche en la playa. El plan sonaba muy bien, así que regresé al apartamento, donde conocí a una colega de Lena de la Universidad de Umeå, una mujer de Colombia que llevaba más de 20 años en Suecia y trabajaba en el departamento de español. Nos llevó en coche hasta la playa donde había el concierto y buscamos un buen sitio para estirar unas mantas y sentarnos en la arena. Había bastante gente de todas las edades, sentados en mantas o en sillas de picnic, y el ambiente era muy agradable. Era una especia de festival de música, y vimos varios grupos con estilos que iban del folk al jazz, incluyendo rock y versiones.

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Volvimos a casa sobre las 11 pm y antes de acostarnos tomamos un café, que se convirtió en una larga conversación sobre política, clichés, la UE, la enseñanza, y muchos otros temas interesantes, y terminamos yendo a la cama bastante tarde. Como Lena tenía que madrugar para ir a trabajar al día siguiente, nos despedimos antes de dormir y le di las gracias por su hospitalidad.

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Al final había decidido bajar por la costa sueca hasta Estocolmo y cruzar a Finlandia desde allí por varias razones: no era tan caro como pensaba y aún podía viajar dentro de mi presupuesto, me habían dicho que el paisaje en la costa era muy bonito y quería tener unos días para que me mirasen la cadena en un taller, ya que seguí haciendo ruido a pesar de limpiarla y engrasarla a menudo.

 

Lluvia y tapones para los oídos

Día 44 – Miércoles 7 de agosto – de Umeå a Tronboholmen (370km)

He llegado a la conclusión de que sólo llueve cuando decido acampar. Hoy viajé hasta que estaba cansado y luego busqué un camping; hubiese acampado por libre, pero no había tenido tiempo de mirar qué le pasa al hornillo y me apetecía algo caliente para cenar, así que después de menos de 400km paré. Parece que me canso más rápido después de tantos días en la carretera.

Seguí las indicaciones hasta un camping al lado de un lago, el sitio parecía agradable, el precio era razonable y tenían wifi en el bar, así que decidí pasar la noche allí. Planté la tienda y luego fui a darme un baño en el lago, ya que hacía una tarde cálida y soleada. Evidentemente, tras apenas diez minutos en el agua, unas nuves negras aparecieron de la nada, comenzó a tronar y relampaguear y cayó un diluvio. Me retiré a mi tienda y me pasé una hora leyendo hasta que pasó la tormenta. Una vez terminó, me duché y luego, como me apetecía una cerveza fría, fui al bar.

Cuando llegué vi que estaban preparando un pequeño escenario para un concierto y que la entrada al bar desde el camping estaba vallada. Di la vuelta hasta la entrada principal y cuando intenté entrar en el bar me dijeron que tenía que pagar 100 kr por la entrada. Bueno, esa sí que era buena, no iba a gastarme ese dinero y eso significaba que no estaba recibiendo algunos de los servicios por los que había pagado. Me fui a hacer la cena y luego escribí un rato antes de meterme temprano en la tienda, ya que no quería levantarme tarde al día siguiente, pues quería encontrar algún taller para la moto antes de ir hacia el hostal que había reservado.

Estaba en la tienda, mirando una película, cuando escuché algo de ruido fuera. Estaba sólo en la zona de tiendas, apartado de las cabañas y las caravanas, así que esperaba poder descansar tranquilo. Miré fuera y vi horrorizado un autocar descargando chavales con tiendas y guitarras. Para cuando terminé de ver la película, ya tenían una hoguera encendida y estaban cantando, así que parecía que no iba a dormir… Por suerte, había traído tapones para los oídos, así que me los puse y conseguí descansar tranquilo.

 

Gastos inesperados

Día 45 – Jueves 8 de agosto – de Tronboholmen a Estocolmo (344km)

Mientras me dormía el día anterior, escuchando el sonido distante de los adolescentes cantando a través de los tapones, pensé que me levantaría temprano, recogería las cosas y luego arrancaría la moto y la dejaría en marcha un rato, solo para despertarlos antes de irme. Cuando me desperté estaba lloviendo otra vez, así que tuve que esperar y esperar a que parase, sobre las 10 am, y cuando salí de la tienda no había ni rastro de los chavales.

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Sequé la tienda lo suficiente para guardarla y me fui hacia Estocolmo después de programar en el GPS la dirección de un par de tiendas de motos que salían en el listado como concesionarios Suzuki.  Llegué a la primera, que estaba de camino hacia el centro, sobre las 3 pm, era un sitio enorme, con muchas otras marcas además de Suzuki. Entré en el taller y le expliqué al mecánico el ruido de la cadena, le echó un vistazo y me dijo que estaba completamente gastada y hacía falta cambiarla. También había decidido cambiar el neumático trasero, aún le quedaba algo de dibujo, pero definitivamente no lo suficiente como para llegar a Barcelona, y menos con una pasajera. Miraron y tenían un Metzeler en stock, así como un kit de transmisión para la V-Strom, lo que significaba que podía dejarlo todo listo antes de tirar hacia Helsinki. Les dije que volvería al día siguiente pero el mecánico me dijo que estaría demasiado ocupado y me ofreció que volviese en una hora y media, así que fui al hostal, dejé las maletas, conocí a un canadiense llamado Andrew que estaba en mi habitación y volví al taller.

A estas altura he pasado por muchos países diferentes, y si me preguntasen quiénes son los mejores y los peores conductores, seguramente podría dar una respuesta bastante certera, aunque sería probablemente algo sorprendente. Esperaba que los conductores suecos fuesen de los mejores, pero resulta que no es así. Evidentemente, obedecen las señales y respetan religiosamente los límites de velocidad, pero eso no los hace más seguros. Si tuviese que elegir los mejores conductores entre todos los que he visto, serían los Italianos. Sé que eso puede resultar sorprendente para muchos, pero permitidme explicar. Es cierto que los italianos conducen rápido, muy rápido, y también muy agresivamente, pero al contrario de lo que la mayoría de gente cree, no es la velocidad lo que es peligroso. En una buena carretera, con buenas condiciones meteorológicas y un coche en buen estado se puede ir rápido con total seguridad. No, no es la velocidad lo que es importante para la seguridad, lo que es realmente importante es ser consciente de lo que pasa alrededor del coche. Todo alrededor, delante, a los lados y detrás, y los italianos lo son, están al tanto de lo que pasa a su alrededor y se adaptan a ello. Los suecos no. Van con la mirada fija hacia adelante, demasiado ocupados leyendo las señales y hablando por el móvil para darse cuenta de lo que tienen alrededor, ocupando felizmente el carril central o el rápido mientras hay coches detrás que quieren pasar, y causan unos atascos tremendos para entrar en la capital.

Para empeorar las cosas, para cuando terminaron en el taller y era hora de volver al hostal estaba diluviando, y cuando llegué tenía el traje completamente empapado, y entré chorreando por todas partes.

Al final la broma salió bastante cara, pero tenía que hacerse… Ahora la moto está preparada para la última parte del viaje.

 

Crafoord Place

Día 46 – Viernes 9 de agosto – Estocolmo (0km)

Crooford place es el nombre del hostal en el que me alojaba y era uno de los mejores que había encontrado en este viaje. Estaba en la última planta de un edifico que solía ser un hospital, las otras plantas acogían actualmente la facultad de informática de la Universidad de Estocolmo y un escuela secundaria, así que el sitio y los servicios que ofrecía estaban dentro de la línea de muchos otros hostales, lo que hizo mi estancia allí tan agradable fue la gente que conocí allí.

Andrew, el canadiense que mencioné en el último post, era muy simpático y antes de salir por la mañana a explorar la ciudad quedamos en encontrarnos en el hostal más tarde para ir a tomar una cerveza. Fui a hacer un poco de compra para los días siguientes y luego cogí el metro para ir hasta el puerto para ver dónde estaba la terminal de ferries y descubrir qué tenía que hacer y dónde tenía que ir para embarcar mi moto. La noche anterior había comprado un billete online, pero la única cosa que me dieron era un número de referencia, nada de instrucciones, así que quería dejar el tema resuelto ya que el ferry salía a las 7 am y el embarque era a las 6 am y no quería estar dando vueltas tan temprano sin saber dónde tenía que ir. Una vez conseguí toda la información de una chica muy simpática en la terminal, me dirigí a Gamla Stan, la isla donde se encuentra la parte antigua de la ciudad, y me pasé toda la mañana dando vueltas, haciendo fotos, perdiéndome por sus calles.

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Después de eso crucé el río a una isla más pequeña que había sido una base naval y que en la actualidad había sido reconvertida para uso público.

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Al otro lado de la isla había amarrados muchos barcos históricos que habían sido comprados y restaurados por particulares y que estaban inscritos en una asociación para preservarlos.

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El día estaba bastante nublado y caía una lluvia fina de vez en cuando, así que a media tarde decidí volver al hostal y ver si podía limpiar toda la ropa sucia que había acumulado. El día anterior había conocido a Andrés, un colombiano que era parte del personal. Había emigrado originalmente a España, donde trabajó para Sony unos años antes de que la crisis se dejase sentir y lo despidieran. Me sorprendió mucho descubrir que había vivido en Santa Coloma, al igual que yo antes de irme de casa de mis padres, y que hablaba catalán muy bien. Era un chico muy simpático y me dijo que había una lavandería a unas diez calles del hostal que costaba 150 kr, pero que podía lavarme la ropa en la lavadora que tenían en las dependencias del personal.

Mientras la lavadora terminaba, Andrew llegó al hostal y me dijo que había fichado más fente para salir esa noche, unas chicas británicas que acababan de terminar el instituto y estaban viajando por el norte de Europa. De vuelta a la habitación que compartíamos con 4 chicos más, había parado de llover y había salido el sol, y descubrimos que había una escalera metálica que salía de justo al lado de nuestra ventana, así que decidimos salir a explorar a dónde llevaba. Ya no estaba en Rusia, donde las normas de seguridad son inexsistentes, pero la larga lista de reglas que nos habían dado al llegar no decía nada de subir al techo, así que nos encaramamos a la ventana y subimos por la escalera. Tenía un par de metros y luego daba a una estrecha pasarela de metal que llegaba hasta el vértice del tejado. El sol se estaba escondiendo detrás de los edificios y teníamos una vista maravillos de toda la ciudad, nos sentamos allí un rato a disfrutar del momento.

De dentro, estuvimos charlando con otros huéspedes, y conocimos a un chico de 17 años de Londres que estaba haciendo un Interrail, un diseñador de joyas francés, un par de italianos, un par de holandeses y dos chicas rusas, todos gente muy simpática y abierta, el tipo de persona que hace que la experiencia de viajar a hostales sea tan agradable.

Por la noche cogimos el metro y salimos a la búsqueda de un bar con precios razonables, cosa que no es nada fácil en Estocolmo, pero al final conseguimos encontrar uno con la cerveza bastante bien de precio, donde nos quedamos hasta que cerraron, que fue demasiado temprano, ya que lo estábamos pasando genial. Decidimos volver andando hasta el hostal para ahorrarnos el billete de metro, una de las chicas británicas tenía el pié inflamado, pero había bebido la suficiente cerveza para pensar que era una buena idea.

 

Barbacoa sueca

Dia 47 – Sábado 10 de agosto – Estocolmo (0km)

Un hecho curioso en el que me fijé por primera vez cuando vivía en el Reino Unido y que he visto confirmado cuanto más al este y al norte he ido en este viaje es que en los países con mal tiempo o clima frío la gente sabe aprovechar mucho mejor los días de sol que en España. Probablemente sea porque nosotros damos el buen tiempo por hecho y si no hacemos nada al aire libre hoy, habrá tiempo de sobra para hacerlo mañana y seguro que hará bueno. En los países fríos, un día soleado, el verano, sun acontecimiento, y no se dejan escapar.

Así que hoy, Andrés, el chico de Colombia, había organizado una barbacoa para toda la gente del hostal, cosa que estaba genial, ya que era una muy buena forma de relacionarse.

El día era perfecto, y pasé la mayor parte de él paseando por la ciudad antes de volver y hacer un poco de compra con Andrew.

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Nos procuramos unas hamburguesas, unos perritos calientes y cerveza, y cuando volvimos al hostal Andrés ya había encendido las barbacoas y la gente empezaba a reunirse en la terraza.  Todo el mundo traía su propia comida, y mucho también trajeron cosas para compartir, Cedric, el chico francés, preparó una sopa tailandesa que estaba deliciosa, y los chicos holandeses, un cubo enorme de helado para los postres.

Lo pasamos en grande y nos quedamos allí fuera hasta el anochecer, cuando empezó a refrescar y nos fuimos hacia dentro. Para entonces la mayoría de gente ya se había ido hacia el centro, ya que era sábado, y yo me quedé un rato en la cocina con Andrés y otros dos chicos antes de dar la noche por terminada, ya que me tenía que levantar a las 5 am para coger el ferry al día siguiente.

 

La Princesa del Báltico

Día 48 – Domingo 11 de agosto – De Estocolmo a Turku (241km – en ferry)

Había dormido apenas 4 horas para cuando sonó el despertador a las 5 am, pero tenía 11 horas de ferry por delante, así que pensaba que aparte de ponerme al día con el blog, también recuperaría algo de sueño. Terminé de guardar en la maleta las cuatro cosas que no recogí por la noche tan silenciosamente como pude para no despertar a nadie y mientras empaquetaba encontré una nota de despedida de Andrew, un bonito detalle. No había nadie despierto en el hostal, así que me tomé un café solo en la cocina y luego cogí la moto por las calles desiertas hasta la terminal de ferrys, preparado para embarcar en el Baltic Princess justo pasadas las 6 am.

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El sol ya había salido y no había ni una nube en el cielo, era un día perfecto para pasarlo en la cubierta de un barco. Lo bueno de ir en moto es que te embarcan de los primeros, así que apenas había llegado a la cola cuando me indicaron que pasase a la parte de delante del todo, al lado de un motero ruso, y embarcamos entre los primeros vehículos.

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Dejé la moto un poco preocupado por que se tumbase si hacía mala mar, y fui a buscar un buen lugar para sentarme. Desgraciadamente, no había ninguna sección de asientos, y como tampoco había reservado camarote, vi que no iba a dormir nada. El único sitio donde me podía sentar era en la cubierta superior, pero por suerte el tiempo era bueno, así que no era un problema. A las 7:10, puntual como un reloj, el barco soltó amarras y comenzamos la travesía de 11 horas.

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Al cabo de solo una hora ya estaba tremendamente aburrido, y me empecé a preguntar cómo demonios la gente podía pensar que un crucero era algo genial. Escribir el blog y leer el libro que levaba conmigo mataron alguna horas, pero lo que realmente me salvó fue descubrir que había WiFi, una conexión pobre, pero suficiente para conectar el Whatsapp y poder charlar con los míos. Pasarse el día en la carretera y luego socializando en los hostales o con los amfitriones de CouchSurf no le deja mucho tiempo a uno para chatear.

A mediodía, el ferry hizo escala en Aland, una isla grande entre Suecia y Finlandia, y desde la cubierta superior escuché el rugido de Harleys. Me levanté para ver qué estaba esperando para embarcar y vi un gran grupo de motos en el puerto. Era el MC de Turku, que habían pasado el fin de semana en Aland y estaban de vuelta a casa.

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El resto del día se me pasó más rápido de lo que me esperaba, y para cuando el barco se acercaba a Helsinki me sorprendí a mi mismo de haberlo pasado mejor de lo que esperaba a bordo. El mar había estado muy calmado, y no me mareé nada, a pesar de pasar buena parte del día pegado a la pantalla del ordenador, y de todos modos no pasamos mucho tiempo en mar abierto, unos dos tercios del viaje había transcurrido entre pequeñas islas en las costas de Suecia, Aland y Finlandia.

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Media hora antes de desembarcar llamaron a todos los conductores a la cubierta de vehículos y cuando las puertas empezaron a abrirse, unas 40 Harleys arrancaron sus motores al mismo tiempo. El trueno que eso provocó reverberó en el enorme espacio de la bodega, haciendo saltar las alarmas de todos y cada uno de los coches que había allí, un sonido de mil demonios.

Llegué al hostal en solo diez minutos, y ya que era tarde y Turku era una ciudad residencial sin gran cosa que ver, me duché y me acosté, contento de pensar que al día siguiente iba a recoger a mi novia en el aeropuerto de Helsinki.

 

Un feliz reencuentro

Día 49 – Lunes 12 de agosto – De Turku a Helsinki (302km)

Sólo había 155km, no 302, entre mi hostal en Turku y el que habíamos reservado en Helsinki, pero tenía que dejar el primero a las 10 am y no podía entrar en el segundo hasta las 3 pm. En vez de llegar allí tres horas temprano y tener que esperar en la puerta o en un café cercano, ya que no iba a ponerme a hacer turismo con toda la ropa de moto puesta, decidí tomar la ruta paisajística y seguir todas las carreteras secundarias que encontrase por la costa. El problema era que estaba lloviendo fuerte, pero una vez ya te has mojado, da igual si pasas una hora o tres de más en la carretera, así que me puse en marcha.

Por suerte, la lluvia paró al cabo de una hora, justo cuando dejaba la carretera principal y me metía por una carretera más pequeña hacía la costa. Tome lo que se conoce como The King’s Road, una ruta de correo del siglo 14 que iba desde Bergen, en Noruega, a Vyborg, en Rusia. Salió el sol, la carretera estaba seca y encontré una ruta por la costa que era una maravilla y compensó con creces la lluvia matinal. Si alguno de los moteros que sigue el blog está planeando viajar a Finlandia un día, no dudéis en pasar por esta ruta.

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Llegué a Helsinki a las 3 en punto y me registré en el hostal. Tenían un parking subterráneo que costaba 17€ al día, pero la chica de recepción, que era un verdadero encanto, me dijo que ya que era una moto, la podía dejar donde quisiera cerca de una pared siempre que no ocupase una plaza para coche y me dio las llaves. Mi novia llegaba a las 5 pm, así que tenía el tiempo justo para comprar algo de cenar y buscar un sitio donde cambiar dinero; algunas de las fronteras por donde había cruzado no tenían oficinas de cambio, en otras ocasiones había pasado con prisas y no había tenido tiempo de buscar una, y había acumulado dinero de Rumania, Rusia, Kazakstán y Noruega que necesitaba cambiar, así como algunos dólares americanos que llevaba en caso de emergencia y que no iba a necesitar ya. Fue una agradable sorpresa ver que una vez cambiado todo a euros, tenía un pellizco con el que no había contado.

Llegué al aeropuerto a las cinco y media y encontré a mi novia esperándome ya. Hacía un mes y medio desde la última vez que nos vimos, y a pesar de que viajar en solitario no había significado estar solo, pues había conocido a mucha gente especial durante el viaje, la había echado mucho en falta, y estaba más que contento de que mi cambio de ruta después del incidente de la llanta significase que podíamos pasar juntos más tiempo de vacaciones del que habíamos planeado al principio. Hasta el momento mi viaje había sido una aventura, pero yo no lo llamaría vacaciones, ya que había sido física y mentalmente agotador, y tenía la sensación de que ahora iban a empezar las verdaderas vacaciones.

Ella había estado en Helsinki ya dos veces, así que fue mi guía lo que quedaba de día y visitamos el centro de la ciudad, que era precioso. No llovía, pero la ciudad tenía aquella luz tan especial que solo se ve cuando el cielo está cubierto de nubes muy negras pero el sol ha empezado ya a bajar y brilla por debajo de las nubes, iluminándolo todo contra el cielo oscuro.

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De vuelta al hostal, redistribuimos todo el equipaje para aprovechar el espacio al máximo y prepararnos para encarar la carretera para la última etapa de mi viaje. Al día siguiente íbamos a tomar el ferry para pasar a Tallinn, Estonia, para visitar las repúblicas bálticas.

 

Lluvia en el Báltico

Día 50 – Martes 13 de agosto – De Helsinki a Tallinn (86km – en ferry)

Este iba a ser el primer viaje largo en moto para mi novia, de hecho, el su primer viaje en moto propiamente dicho, y cruzar Europa de norte a sur era un poco empezar la casa por el tejado. Iba a ser un viaje decisivo, así que estaba esperando que al menos el tiempo acompañase, a pesar de que no me sentía especialmente optimista después de ver las nubes del día anterior.

Evidentemente, al salir del hostal y meternos en el tráfico denso, empezó a llover. Había un atasco increíble de camino a la terminal de ferrys, y lo que tenía que ser un trayecto de diez minutes estaba siendo tan largo que empecé a temer que íbamos a perder el ferry. Si hubiese estado en Rusia hubiese subido a la acera y al demonio el atasco, pero estaba en Finlandia, un país de ciudadanos de pro que respetan las leyes, y no había espacio para colarse entre los coches, así que me tocó esperar y avanzar palmo a palmo como el resto de la gente. Al final llegamos a la terminal justo a tiempo de embarcar y dejar la moto enfrente de un camión. La lluvia estaba arreciando y este trayecto iba a ser en mar abierto, al contrario que el de Estocolmo, así que pedí unas cintas y amarré la moto por si acaso.

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Para cuando subimos a cubierta y el ferry estaba zarpando, estaba diluviando y el viento soplaba muy fuerte. Por surte, este barco tenía una zona cubierta más grande que el otro en la parte superior, así que estábamos protegidos de la lluvia a pesar de no tener camarote.

En menos de tres horas ya estábamos desembarcando en una lluvia mucho menos intensa y encontramos el hostal de Tallinn rápidamente, situado enfrente de una de las puertas en la muralla de la parte antigua de la ciudad. Tenían sitio para aparcar justo en la puerta, y como era una moto no nos cobraron por el espacio.

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Dejamos las bolsas y fuimos a explorar la parte antigua. Al contrario que otras ciudades europeas que constituyen destinos turísticos populares, no conocía a nadie que hubiese estado aquí antes, así que no tenía ni idea que esperarme de la ciudad. Siendo una república ex soviética, me esperaba algo bastante gris, de estilo ruso, pero resultó ser una ciudad preciosa, el casco antiguo era encantador, con calles estrechas serpenteando por una colina con vistas a una ciudad moderna, agradable y bien cuidada.

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Pasamos la tarde dando vueltas por esa zona y luego fuimos a un pub a probar una pinta de la cerveza negra local, que era deliciosa.

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Antes de volver al hostal hicimos algo de compras (incluyendo superglue para reparar mis sandalias) y luego buscamos un sitio barato donde salir a cenar. Esto era un lujo que no me permitía desde Rusia, ya que los precios en los países escandinavos eran ridículamente elevados, así que fue un placer encontrar un sitio muy acogedor donde cenamos empanadas, ensalada, pollo Kiev, una pinta de cerveza y postre por 7€. Me encanta Europa del este.

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