Portugal y sur de España 2015

¡Quiero mi moto!

Intro

Ya hacía bastante tiempo del último viaje largo con la moto, y tenía muchas ganas de empezar este. Quería ver el sur de España, ya que nunca había estado allí, y sabía que tenía nueve días de vacaciones para Semana Santa, pero lo que no sabía era cuántos días iba a tener mi novia. Al final sólo le dieron cuatro días, así que empecé a pensar en una ruta de cinco días para poder estar de vuelta en Barcelona a tiempo de pasar unos días juntos, pero aparte de que cinco días parecían pocos para cubrir tanta distancia y además tener tiempo de ver algo, ella también quería visitar el sur. Por unos momentos le di vueltas a la idea de montar un viaje de cuatro días al sur con alguna compañía aérea de bajo coste y aparte de eso irme unos días con la moto, pero aún así me hacía gracia tener una moto para explorar el sur. Miramos el tema de alquilar una en varias empresas, pero el precio por día era demasiado caro, incluso para el tipo de moto más básica para dos personas más equipaje, hasta que al final me di cuenta de que la respuesta al dilema estaba ahí mismo, en los números que me daban las empresas de alquiler.

Si había considerado la posibilidad de pagar lo que costaba alquilar una moto, más la fianza, más correr el riesgo de tener algún percance con la moto, o que la robaran, etc. ¿por qué no llevarme la mía, usarla hasta el último día de vacaciones, volver a casa en avión y hacer que me llevasen la moto a Barcelona? Seguro que aún así iba a salir más barato que alquilar una cuatro días.

Un amigo mío se había comprado hacía poco una moto de segunda mano en Valencia, pero como aún se estaba sacando el carnet, se la hizo traer con una empresa de transporte de motos hasta la puerta de su casa por sólo 90€. Podría irme cinco días, encontrarme con Nat en algún punto del sur, pasar cuatro días más juntos por allí y luego volver a casa en avión (y ahorrarme dos días de viaje de vuelta). ¡Gran idea!

Al principio parecía que la cosa iba a ser más complicada de lo que pensaba, ya que resultó que todas las empresas con las que contacté solo ofrecían servicio de puerta a puerta, es decir, que recogerían la moto en una dirección específica, ya que no tenían instalaciones en Granda (que era de dónde íbamos a volar) donde yo pudiera dejar la moto el último día antes de coger el avión y tampoco conocíamos a nadie allí a quien dejar la moto hasta que hubiera un transporte lleno y listo para salir hacia Barcelona. Parecía que pintaban bastos… Si al menos pudiera encontrar un taller o un concesionario en Granada que estuviese dispuesto a tener la moto uno o dos días hasta que la recogieran la cosa podría funcionar, así que decidí probar suerte y preguntar a los chicos de Hamamatsu Motor, que ya me habían ayudado con la preparación de otros viajes, y me dieron el contacto de la empresa que lleva sus motos y también trabaja para otras marcas. Me dijeron que tenían una flota propia de camiones y que trabajaban para concesionarios de todo el país. Les llamé y me confirmaron que tenían un agente colaborador en Granada donde podía dejar la moto. Así que con los detalles arreglados, ¡el viaje podía empezar!

Las llaves equivocadas

Día 1 – Sábado 28 de marzo – De Barcelona a Villarroya de los Pinares (415km) – [MAPA]

Eran las 8 de la mañana del sábado y estaba tardando más de lo previsto en cargar la moto… Además de todas mis cosas, tenía que llevarme el traje, las botas y el casco de Nat, y también había decidido coger el material de acampada por si acaso, ya que no había reservado hoteles ni hostales para todas las noches. Mi moto duerme en la calle, frente al portal, así que no podía dejarlo todo en la moto la noche anterior y simplemente levantarme y ponerme en camino. Para cuando estaba todo listo, ya llegaba tarde al encuentro con mi compañero de ruta para el primer día.

Un amigo mío acababa de comprarse una V-Strom y habíamos comentado la posibilidad de hacer algo juntos para Semana Santa, pero él sólo tenía cuatro días de vacaciones, así que le propuse venirse el primer día hasta la casa que mi familia tiene en Teruel, y luego volverse a Barcelona cuando yo siguiese hacia Hervás, al otro lado de la Sierra de Gredos.

Quedamos a las 8 de la mañana y yo llegué 20 minutos tarde… ¡para encontrarme con que no había nadie allí! Miré el móvil y vi que me había llamado y mandado un mensaje: se había dejado algunas piezas de su GoPro nueva y había vuelto a casa a por ellas. A mí también me habían regalado una GoPro para mi cumpleaños, y a diferencia de la que me robaron durante la gran ruta, esta tenía un mando a distancia que me había montado en el manillar para poder grabar en marcha sin arriesgarme a pegármela buscando el botón, y me moría de ganas de probarla en este viaje, así que no era quién para quejarme.

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Al final salimos sobre las nueve, un poco más tarde de lo previsto, pero no pasaba nada, teníamos donde dormir y todo el día por delante. Debo confesar que había sido excesivamente optimista a la hora de planear la ruta, y la idea inicial de usar sólo carreteras secundarias toda la ruta parecía exagerada ahora, sobre todo al no ir yo solo, ya que pararíamos a menudo a probar las cámaras, así que decidimos saltarnos la parte más cercana a Barcelona (siempre la podemos hacer cualquier finde) y coger la autopista de la costa para llegar más rápido a las partes interesantes.

Me arrepentí de esa decisión casi al instante… No era solamente que la autopista fuese mortalmente aburrida, sino que además hacía un viento tremendo, y tuvimos un par de sustos cuando una ráfaga imprevista casi nos tira de las motos. Finalmente llegamos a Reus, y de allí hasta Flix para comenzar con las primeras carreteras interesantes del día.

Pasado Flix hay una carretera que lleva a Riba-roja, primero bordeando el embalse con el mismo nombre, y luego subiendo por las montañas donde tuvieron lugar algunas de las batallas decisivas de la guerra civil. Es una carretera pequeña y revirada que no usa nadie, y después del aburrimiento de la autopista y ya sin viento, empezamos por fin a divertirnos. Al llegar a la parte alta de las montañas hay una pista forestal que sale a la derecha y lleva hasta los restos de unas trincheras que se construyeron para defender la zona durante la guerra. Parece ser que la falta de coordinación e información mala hicieron que nunca se llegaran a usar, a pesar de que las tropas franquistas penetraron las líneas por una zona cercana. El lugar bien vale una visita, no solo para ver las trincheras sino también para admirar las vistas al embalse.

Hicimos turnos para ir delante y grabarnos el uno al otro, y me alegré de ver que el invento del mando funcionaba. Al principio probé con la cámara montada en el top case, para que se me viese desde detrás sobre la moto, y luego la puse en el casco, que me gustó más, pues me daba más flexibilidad para encuadrar cosas distintas. Fue en una de estas paradas para comprobar las cámaras, mientras hurgaba en la bolsa del depósito, cuando me di cuenta de que me había llevado las llaves que no tocaban.

No podía creerlo… era casi la hora de comer, y estábamos demasiado lejos de Barcelona como para pensar en dar media vuelta. Llamé a mi padre por si algún vecino podía tener una copia de las llaves, pero nadie las tenía. Se lo expliqué a Gerard y decidimos seguir de todos modos y buscar un sitio donde dormir. Más aventura.

Su familia es de un pequeño pueblo en la zona donde estábamos llamado Bot, así que propuso parar a comer allí, ya que conocía un buen restaurante. Mientras dábamos cuenta de un asado excelente miramos algunos sitio as para pasar la noche con los móviles, pero todo era demasiado caro o estaba reservado ya. Al final conseguimos la dirección de un hostal en Teruel y decidimos hacer noche allí.

La copiosa comida nos pasó factura, y nos sentíamos un poco pesados sobre las motos bajo el sol de media tarde. Fuimos hasta donde empieza el Maestrazgo, un macizo que se extiende desde el sur de Cataluña hasta casi Teruel y que ofrece un laberinto de carreteras que suben y bajan por valles y gargantas y se elevan hasta planicies y puertos de montaña para ofrecer unas vistas excelentes. Es una zona muy despoblada, y uno puede pasar horas sin cruzarse con otro coche, lo que hace del lugar el sitio ideal para disfrutar a fondo de una moto.

Después de Valderrobres tomamos una carretera estrecha montaña arriba, donde cambiamos de moto. Era un experimento que tenía ganas de hacer, ya que ambas motos eran exactamente el mismo modelo de 2007 (incluso el color) pero la mía pasaba de los 130.000 km y la suya apenas estaba rodada (encontró un chollazo). Me alegré mucho de ver que aparte de que el acelerador y el embrague iban más suaves (mi culpa, debería haber cambiado o al menos lubricado esos cables hace mucho), no había apenas diferencias entre las motos. Me acordé de todos los artículos que había leído, alabando la “calidad” de materiales y acabados de otras motos y me pregunté qué sería de esa  calidad percibida si las trataran como ha vivdo la mía. Una diferencia que noté era que la suspensión de serie era mucho más blanda de lo que recordaba, hundiéndose de forma notable en las frenadas comparada con la mía que llevaba unos muelles Hyperpro más duros. Cambiar a unos mejores es sin duda una buena inversión en una V-Strom.

Nos las cambiamos de nuevo y seguimos hasta encontrarnos con las secuelas de las fuertes lluvias que habían afectado la zona. Por todas partes los campos estaban anegados, el barro había cubierto parte de la carretera, lo que hacía complicado el negociar curvas sin visibilidad, y había piedras y rocas en la carretera de vez en cuando. Al tomar una carretera aún más pequeña nos encontramos con un cartel que avisaba de que la carretera estaba cortada. Era sólo el cartel, no había ninguna barrera, así que decidimos arriesgarnos y pasar para evitar un largo rodeo. Fuimos con cuidado y al cabo de unos poco kilómetros vimos qué había pasado: había habido desprendimientos que tapaban la mitad de la ya de por sí estrecha carretera, así que un coche no hubiera podido pasar, solo un 4×4 con dos ruedas por el montón de barro. Al cabo de un rato también vimos un trozo de carretera que se había hundido en el torrente.

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Ya en una carretera más grande y de camino al sur, paramos en un lugar llamado Santuario de la Balma, un monasterio construido debajo de una roca enorme. Recuerdo cuando lo vi por primera vez en otro viaje por esta zona, pero en aquella ocasión había obras en la carretera de acceso y no pude visitarlo. Me temía que la situación se iba a repetir por culpa de la lluvia, pero esta vez estaba abierto.

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Al bajar de las motos casi nos damos una ducha por culpa del agua que goteaba de la montaña. Dentro del monasterio la situación era aún peor: el agua se filtraba a través de las paredes y goteaba del techo, sobretodo donde el techo se unía a la roca. Me sorprendió que mantuviesen el sitio abierto. De salida paramos a jugar con el perro “guardián” y a hacer algunas fotos y nos pusimos de nuevo en camino.

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A estas alturas estaba claro que no íbamos a llegar a Teruel de día, lo que era una lástima, ya que última parte del trayecto a través del Maestrazgo brinda unas vistas sensacionales de la puesta de sol. Nos dimos prisa, intentando conseguir algunas fotos del atardecer, pero poco después de Cantavieja, que está aproximadamente a medio camino, nos cogió la noche. La temperatura cayó rápidamente, y llegados a esta punto estábamos a suficiente altura para encontrar nieve en los bordes de la carretera. En un tramo largo y rápido de la carretera, yendo yo delante, un par de perros salieron de la nada justo delante de mí. Frené fuerte, y por suerte se dieron media vuelta y no se me cruzaron. Me fue de poco, los frenos de estas motos son poco más que una broma, y chocar contra un perro grande a esa velocidad es un accidente serio. Ese fue el momento de decidir que ya bastaba, nos quedaba aún una hora hasta Teruel, era negra noche y no tenía sentido seguir apretando en el primer día del viaje. Hora de buscar dónde dormir.

Pensaba que sería difícil, ya que hay sólo unos pocos pueblos en la zona y son todos pequeños, pero en el segundo que atravesamos después de tomar la decisión de parar a pasar la noche vi un cartel en la entrada del bar del pueblo que decía que tenían habitaciones, y paramos a preguntar. Los parroquianos nos miraron como si acabásemos de aterrizar de otro planeta, a esas horas de la noche y vestidos con todo el equipo de moto, entrando en un bar donde no había nadie aparte de los pocos que vivían en el pueblo. Conseguimos una habitación barata con dos camas y después de cenar la fritanga local, unas birras y un gintonic nos fuimos a dormir.

Una visita inesperada

Día 2 – Domingo 29 de marzo – De Villarroya de los Pinares a Toledo (384km) – [MAPA]

Me había costado mucho dormir la noche anterior por culpa de la cena pesada y del alcohol, y al levantarme para darme una ducha a las 7 de la mañana me prometí ser más responsable en la siguiente ocasión. Mi plan para el día era ir hasta Extremadura y dormir en un hostal llamado Vía de la Plata en Hervás que había visto en otro viaje y parecía interesante, pero el día anterior había llamado para asegurarme de que tuviesen sitio y descubrí que estaba cerrado, según parece porque había llegado el momento de renovar la concesión y no se la habían renovado al hombre que lo llevaba. Eso, el hecho de recibir un mensaje de un amigo mío explicando que había ido a Toledo a pasar unos días y el detalle final de tener que cubrir más de 100 km extras por no haber llegado a Teruel la noche antes me hicieron descartar Hervás y el Valle del Jerte y parar en Toledo. Al fin y al cabo, ya había visitado aquella zona hacía unos años, y todo lo que necesitaba era un punto intermedio de camino a Mérida, que era el lugar que realmente tenía ganas de visitar.

Nos pusimos en marcha con el frío de la mañana, todas las capas puestas en los trajes, y al cabo de poco de salir del pueblo llegamos al cruce donde nuestros caminos se separaban: Gerard se dirigía hacia el pueblo de Valdelinares, supuestamente el más alto de España, y yo me dirigía hacia el sur hasta Teruel y luego hacia el este hacia Toledo. Nos despedimos y nos deseamos buena ruta, y al cabo de poco menos de media hora ya estaba en Teruel.

No paré, he pasado incontables vacaciones de verano en esa zona y ya conozco bien la ciudad, pero al contrario de lo que mucha gente cree, es un lugar muy atractivo y hay un montón de sitios interesantes que visitar y muchas cosas que hacer en la zona, así que vale la pena pasar unos días allí.

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La carretera de Teruel a Cuenca estaba casi vacía y me regaló curvas rápidas y un asfalto excelente, así que me lo pasé en grande y al cabo de poco ya estaba dejando Cuenca atrás y entrando en la autovía para la segunda parte del viaje.

Esta autovía es testigo de cómo se derrochó dinero en infraestructuras completamente innecesarias cuando el país aún tenía acceso privilegiado a los fondos de la UE. No hay prácticamente nada entre Cuenca y Ocaña, pasado Tarancón, donde termina la autovía, y en todo el trayecto sólo vi dos coches.

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Huelga decir que fue mortalmente aburrido y que si no hubiese sido porque había quedado con mi amigo que llegaría a tiempo para comer la hubiese evitado e ido por carreteras secundarias.

Toledo es una ciudad con una historia y patrimonio riquísimos, y después de encontrarme con mi amig, dejar las maletas en el hotel y aparcar la moto, fuimos a buscar un buen sitio para comer y luego a pasear toda la tarde por sus callejuelas. La ciudad era un hervidero de actividad, con muchos turistas que habían venido a ver la festividad de Semana Santa, y había gente por todas partes. Caminamos hasta la noche, cuando nos sentamos en un pequeño bar en un callejón donde hacían unas hamburguesas excelentes con nombres inspirados en grupos de rock. Pedimos un par de AC/DC, que era una bastante apetecible, no demasiado eh… heavy. Curiosamente, la más sencilla se llamaba Bon Jovi.

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Ya me había olvidado de lo que me había prometido por la mañana y me apetecía un gintonic después de la cena, pero las calles estaban desiertas y la mayoría de bares estaban cerrando. Se me había olvidado que era domingo y que la mayoría de la gente trabajaba al día siguiente. Encontramos un bar abierto donde conseguimos un par de bebidas decentes antes de ir a dormir. Quería ponerme en camino antes de la salida del sol, mi intención era llegar a Mérida a mediodía para tener tiempo de visitar la ciudad y hacer algunas carreteras interesantes por la mañana, ya había tenido bastante autovía hoy.

Mis viejos amigos de Kazajstán

Día 3 – Lunes 30 de marzo – De Toledo a Mérida (342km) – [MAPA]

Cuando estaba planificando la ruta quería ver la zona al sur de Madrid, ya había estado al norte un par de veces con la moto y me apetecía ver algo nuevo. Al salir de Toledo podía tanto coger la autovía, terminar el día en un par de horas y pasar el resto del tiempo visitando Mérida o ir hacia el suroeste y tomar las carreteras a través de la reserva natural de Cijara, que parecía una opción mucho más atractiva que tener que aguantar más kilómetros de autovía; sin embargo eso significaba que si quería llegar a tiempo de ver Mérida tenía que madrugar.

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El despertador sonó a las 7 de la mañana y diez minutos más tarde ya estaba arrastrando las bolsas hasta la moto, aparcada a un par de calles, en una pequeña plaza reservada sólo para residentes. Aún era de noche y las calles estaban desiertas, en marcado contraste con la tarde anterior, cuando cientos y cientos de personas llenaban las calles para ver pasar las procesiones. La única gente que había en pie tan temprano un lunes eran los equipos de limpieza, barriendo a manguerazos las calles de adoquines. Esperaron pacientemente a que cargase la moto antes de terminar ese rincón de la plaza, y salí de la ciudad con la tenue luz del amanecer, con cuidado de no resbalar en las pronunciadas cuestas de calles mojadas, hacia una mañana que se antojaba interesante.

El sol salió cuando dejaba la carretera principal y entraba en los Montes de Toledo, abrí la visera del casco e saboreé los olores del bosque por la mañana mientras subía por una carretera perfecta con cero tráfico.

La carretera perfecta no duró mucho, sin embargo… Había empezado en la CM 4157, pero el asfalto bueno seguía bajo el nombre CR 701 y mi CM 4157 se convertía en poco más que una pista asfaltada, aparentemente sin más tráfico que camiones de troncos, con lo que no me extrañó que hubiese más parches y boquetes mal reparados que asfalto. Incluso a un ritmo muy moderado los saltos y las vibraciones eran muy molestos, así que me lo tuve que tomar con mucha calma y disfrutar del paisaje.

Me lo estaba pasando en grande, más o menos a medio camino entre la carretera principal y el embalse de Cijara cuando oí un ruido metálico que venía de detrás de la moto. Aflojé el ritmo y el ruido desapareció, pero en el momento en que volví a ganar velocidad y la moto empezó a vibrar por la mala carretera el ruido metálico volvió. No notaba nada raro a través del manillar ni del culo, así que imaginé que algo se había aflojado en las maletas. Paré para mirarlo, intentando encontrar qué era lo que vibraba, pero no fui capaz. Determiné que el ruido venía de la parte trasera izquierda de la moto, quizá debajo de la maleta, quizá detrás, pero no parecía haber nada suelto allí. El bidón de gasolina seguía bien atado, y no hacía ningún ruido al moverlo con la mano, igual que las botellas de agua delante, los herrajes de las maletas, el reposapiés del pasajero, la tapa, los candados y el petate atado a la tapa. Proseguí el camino, pero el ruido volvió tan buen punto gané algo de velocidad. Sonaba como si arrastrase una lata vacía detrás de la moto, y ya estaba empezando a mosquearme seriamente. Estaba en medio de la nada, con cero cobertura en el móvil y el único otro vehículo que me había cruzado en la carretera era un camión de troncos… no me apetecía nada pasarme la mañana entera esperando a que apareciese algo. Paré otra vez  y comprobé el caballete y la pata de cabra, sin encontrar nada raro. Entonces, al agacharme para mirar la cadena, lo vi. Con tanta vibración se había soltado uno de los dos tornillos que aguantan el protector de la cadena, y el protector estaba dando contra el soporte. Es una pieza de plástico (llevo el original) pero tiene una placa de metal en el soporte trasero, que era lo que hacía el misterioso ruido. Intenté engancharlo con una brida de plástico, pero me daba la sensación de que las vibraciones la romperían otra vez enseguida, así que lo desmonté del todo y lo até encima de uno de los petates hasta que llegase a un pueblo donde pudiera encontrar un tornillo.

Seguí mucho más tranquilo, disfrutando de la belleza del parque. Me di cuenta de que había carteles de “reserva natural” cada pocos kilómetros, pero me sorprendió ver que también había muchos carteles de indicaban los límites de reservas privadas de caza, y un poco más lejos me encontré con una zona de árboles cortados y maquinaria pesada, seguramente el camión de troncos venía de aquella zona. La caza y la tala de árboles me parecieron una manera bastante peculiar de proteger una reserva natural… en fin, España es un país peculiar, ya se sabe.

Me encontraba ya en Extremadura, y tras tomar una carretera todavía más pequeña alrededor del embalse de Cijara otro recuerdo de Kazajstán vino a visitarme: primero habían sido las vibraciones aflojatornillos, ahora era el socavón sorpresa de un palmo de hondo con bordes vivos. No quería cargarme una llanta otra vez, así que aflojé el ritmo hasta casi ir como andando y me dediqué a jugar al videojuego de esquivar agujeros.

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La mala carretera terminaba cerca de Helechosa, y desde allí la carretera que me llevó hasta la pared del embalse era maravillosa. Paré allí unos minutos a hacer fotos a la presa antes de volver a tomar la carretera para el último tramo antes de Mérida y descubrí sorprendido que me encontraba en la Siberia Extremeña.

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Llegué a Mérida a la hora de comer e hice el check in en el hostal que había reservado. Estaba a sólo 15 minutos a pie del centro histórico, tenía una habitación con baño propio para mi solito y había un garaje subterráneo gratis para la moto. ¡Bien!

Las ruinas romanas de Mérida son espectaculares, y a pesar del calor asfixiante estaba dispuesto a ver tanto como pudiera antes de la puesta de sol, así que empecé inmediatamente después de comer unas tapas en la plaza principal. Bajé hasta el río y lo crucé por el puente nuevo para tener unas buenas vistas del puente romano y hacer algunas fotos, pero parece que no era la mejor idea… eran las cuatro de la tarde, el puente era bastante largo y no había ni una sombra.

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No hace falta decir que era el único loco andando por el puente a esa hora. El camino de vuelta a través del puente romano me llevó hasta la Alcazaba, donde se puede comprar una entrada que da acceso a todos los monumentos de la ciudad por sólo 12€, y si uno no tiene tiempo de verlos todos, la entrada no tiene fecha de caducidad, así que se puede volver cualquier día más adelante y ver el resto.

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Comencé mi tour en esa fortaleza del siglo IX y dediqué más tiempo del que era estrictamente necesario a la visita del aljibe, una cisterna subterránea que filtraba y recogía agua del rio, donde la temperatura era mucho más agradable que en el exterior.

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Desde allí me dirigí al polo turístico de la ciudad, el anfiteatro y el teatro romanos, pero no sin antes pasar por el foro y el templo de Diana.

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El anfiteatro y el teatro romanos son dos de los edificios mejor preservados de su período y un buen ejemplo de hasta qué punto los romanos entendían la importancia de mantener entretenida a la población. Bajando entre las gradas y mirando el imponente escenario, era fácil imaginar el lugar lleno de ciudadanos, sentados en distintas secciones según su clase social, disfrutando de las obras.

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Se estaba haciendo tarde, pero aún hacía bastante calor. Hora de la última visita antes de regresar al centro en busca de más tapas i cerveza. Había dejado el Circo Máximo para el final porqué sabía que con 400 metros de longitud por 30 de anchura no iba a ser divertido andar al sol por la misma tierra donde Diocles obtuvo muchas de sus 1.462 victorias.

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Terminada la visita me di cuenta de que aún era temprano para cenar, así que decidí aprovechar la entrada e ir a terminar mi tour con una visita a la cripta de Santa Eulalia.

Con el sol por fin bajo, me busqué una mesa en la terraza de una callejuela y me regalé unas bien merecidas cervezas antes de pedir unas tapas y volver al hostal. Un último monumento me esperaba en el paseo de regreso: el acueducto, altivo sobre el pequeño rio justo a la salida del centro.

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Bacalao y tranvías

Día 4 – Martes 31 de marzo – De Mérida a Lisboa (289km) – [MAP]

¡Nuevo día, nuevo país! Siempre se siente, al entrar en un país donde no se ha estado nunca, cierta inquietud, curiosidad, emoción… Sólo tenía un día para visitar Lisboa, y decidido a sacarle el mayor partido posible me puse en camino con las primeras luces del día (y sin desayuno) y decidí aguantar el aburrimiento de la autopista a cambio de una llegada temprana a la capital Lusa. La salida de Mérida fue la rutina habitual: dirección del hostal en el GPS, moto cargada, depósito lleno antes de la frontera (más barato), maldición por enésima vez por no traer el iPod… y poco bombo y platillo al llegar a la frontera, de hecho nada de bombo y platillo, ni siquiera se veían las típicas casetas de control fronterizo ya sin usar, solamente una pequeña señal a un lado de la carretera y ya estaba en otro país.

Me encanta la sensación de cruzar a otro país, incluso dentro de la UE, donde muchas cosas son parecidas, aún me produce placer fijarme en las pequeñas diferencias que me dicen que no me encuentro ya en casa. Las señales de la autopista tienen una forma y color ligeramente distintos, la gente se mueve de otra forma, los anuncios al lado de la carretera tienen otro aire… No me refiero al idioma, eso es obvio, sino a los miles de otros pequeños detalles que conforman el paisaje de un país.

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Poco después de la frontera la mañana soleada se volvió brumosa y luego directamente se tornó en niebla espesa y la temperatura cayó tanto que tuve que parar en un área de servicio a cambiar los guantes por los de invierno, poner la capa térmica del traje y sacar la braga de las maletas. Aproveché la oportunidad para comprar un mapa regional del sur de Portugal que no había podido encontrar en Barcelona (no estaba en stock, me dijeron).

Para cuando el GPS me dijo que ya me estaba acercando a Lisboa el tiempo había vuelto a cambiar: el calor y el sol acompañaron mi primera vista del majestuoso Ponte 25 de Abril salvando el Tajo y extendiéndose hacia la capital. Paré en las casetas de peaje, donde se negaron a aceptar ni Visa ni MasterCard, así que me tuve que quitar los guantes y rascarme los bolsillos para encontrar el euro y poco que costaba cruzar, lo que causó un pequeño atasco tras de mí.

Al otro lado del puente me recibió una ciudad fascinante: calles empinadas, muchas de ellas todavía de adoquines, que subían y bajaban, edificios decrépitos pero preciosos, tranvías amarillos, el río asomando aquí y allí de vez en cuando.

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Encontré el hostal fácilmente y la chica de recepción fue muy amable y aceleró el proceso de check-in a pesar de que había llegado antes de lo esperado. También me indicó cómo llegar a un párquing al lado de la comisaria, a un par de calles de allí, donde la moto estaría segura.

Tras una ducha rápida y ropa limpia, salí a la calle con ganas de encontrar los ascensores y el restaurante que una amiga me había recomendado. El mapa gratuito que me habían dado en el hotel no servía de gran cosa, así que opté por andar en dirección al centro, perdiéndome en las callejuelas y disfrutando del ambiente. Me metí en un parque con vistas a la ciudad desde donde podía contemplar el Barrio Alto y el ascensor de Santa Justa. Lo que parecía un parque pequeño resultó ser bastante grande, y descubrí que podía acceder a la parte baja de la ciudad directamente desde allí, rodeando lo que parecía una escuela (¡parte del parque estaba en el techo!) y bajando por un par de callejones. Me quedé de una pieza cuando al llegar abajo torcí una esquina y prácticamente me dí de bruces con el Ascensor do Lavra, uno de los funiculares que unen la parte baja y la alta de la ciudad. Estaba ahí, sin más, al girar la esquina de una calle estrecha, sin ningún cartel que indicase cómo llegar hasta él, solo un pequeño horario junto al vagón y el conductor apoyado al lado, fumando un cigarro.

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Estaba completamente cubierto de graffiti, lejos del amarillo inmaculado que habitualmente aparece en las guías de viajes y catálogos de vacaciones, y yo no terminaba de decidir si eso era bueno o malo. Me encanta la decadencia urbana, me gusta que una ciudad tenga una personalidad marcada, que no esté todo arreglado y con la manicura hecha, sitios como Berlín, y esta ciudad parecía el Berlín de Europa del sur. Quiero sitios especiales, quiero que el turista típico diga “ugh, está viejo y sucio” y se largue y deje estos sitios a los viajeros. Así que decidí que era bueno.

Subí andando por la vía para hacer algunas fotos y, no sé cómo, me acordé que tenía una aplicación de Geocaching en el móvil, y pensé que sería divertido encontrar uno en Lisboa. Miré y efectivamente, había uno justo ahí junto a las vías del ascensor. Buen escondite.

Di un paseo hasta el otro lado de la Avenida da Liberdade hasta encontrar el Ascensor da Glória, en mejores condiciones que su hermano del otro lado de la avenida, que cogí para subir al Barrio Alto y el restaurante Sinal Vermelho, uno de los muchos que llenan las callejuelas del barrio, donde di cuenta de un magnifico bacalao. No os lo perdáis si pasáis por Lisboa.

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Tras la comida visité el Ascensor de Santa Justa, y luego, sin muchas ganas de caminar con el estómago lleno de tan fabulosa comida, busqué el famoso eléctrico 28, uno de los viejos tranvías conocido por su ruta a través de la ciudad y espacialmente por la parte que cruza el barrio de Alfama, por donde pasa a toda velocidad por calles muy estrechas, a escasos centímetros de las casas.

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Al igual que muchos otros que llegan a la ciudad por primera vez, yo daba por hecho que el 28 era una atracción turística, pero no lo es. Es uno más de los muchos tranvías que conforman en sistema de transporte público de la ciudad  y que muchos ciudadanos usan para ir y volver del trabajo, teniendo que enfrentarse a hordas de turistas armados con cámaras para conseguir sitio en el pequeño vagón. Subí en uno cerca del final de la línea y tuve la suerte de conseguir un asiento al lado de la ventana, pero con la hora punta de la tarde se llenó rápidamente y me sentí culpable cada vez que llegábamos a una parada y no había sitio para que subiese más gente. Ahí estaba yo, otro turista más haciendo fotos desde el tranvía, impidiendo a la gente volver a casa después de un día de trabajo.

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Me bajé en Alfama, después de un trayecto propio de una montaña rusa durante el cual la conductora había mostrado bien poca compasión por los peatones, que tenían que apartarse de un salto cuando llegaba el tranvía y apretarse contra las paredes de las casa para dejar que la bestia amarilla pasase volando a un palmo de sus narices.

Al perderse en Alfama es fácil olvidar que uno está en una capital. Es un laberinto de callejones y pasajes, viejas casas construidas una encima de otra, con los sonidos, colores y olores de un pueblecito de costa más de que una ciudad.

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Cuando oscureció me senté en una de las dos mesas que una pequeña taberna tenía en la calle en un callejón y pedí algo de cenar. Para mí, era el sitio perfecto: perdido en el laberinto de Alfama, lejos de los bares turísticos, hablando con el propietario de la taberna y disfrutando del silencio y calma de la noche.

Para terminar un gran día decidí volver andando al hostal a pesar de que quedaba bastante lejos, pero quería contemplar las calles de esta maravillosa ciudad una vez más antes de partir.

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Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina

Día 5 – Miércoles 1 de abril – De Lisboa a Carrapateira (286km) – [MAPA]

Hoy iba a ser, otra vez, un día sin desayuno. Llevé las bolsas hasta la moto, que había dejado en un párquing al lado de una comisaria. Me habían dicho que saldría por unos 5€ por 24h, pero cuando fui andando hasta la moto me di cuenta de que lo único que separaba el aparcamiento de la calle era la acera, y había una pequeña rampa para sillas de ruedas del aparcamiento hasta la misma, así que estuve muy tentado de coger la moto, salir por la acera y largarme de la ciudad con 5€ extra en el bolsillo, pero cuando fui a validar el ticket en la máquina para ver el precio me di cuenta de que a esa hora de la mañana ya había una trabajadora en la caseta de control, así que me olvidé del plan y pagué como buen ciudadano respetuoso de las normas. De todos modos no quería dejar una mala imagen de los moteros en una ciudad que me había resultado tan agradable.

Crucé el Ponte 25 de Abril de nuevo, contento de ver que si bien había tenido que pagar algo más de un euro para entrar en la ciudad, no había casetas de peaje para salir, a pesar de que que tuve que pagar por la autopista un poco más lejos. Unos 50km separan la capital de Setúbal, a donde me dirigía para tomar un ferry que me llevaría a Troia, una pequeña población en el estrecho brazo de tierra que se extiende desde Comporta y separa el Estuario do Sado del océano. Había un ferry a y media cada hora, y si me daba tiempo y el proceso de comprar el billete y embarcar no era demasiado largo calculaba que podría llegar a tiempo de embarcar en el de las 10:30, así que pagué por la autopista una vez más a regañadientes y me di prisa hasta el puerto.

Compré el billete en una caseta a la entrada del puerto y me encontré con la típica larga cola de vehículos esperando el ferry, que justo estaba llegando. Paré detrás del último camión, pero tres hombres que estaban intentando vender gafas de sol baratas y otros trastos a la gente que esperaba en sus coches me indicaron que fuese hasta el inicio de la cola. La ventaja de ir en moto… Había otra moto allí, un hombre de Lisboa que iba a pasar el día en la playa en la otra orilla con su novia, y estuvimos charlando un rato mientras los coches salían del ferry que ya había atracado y nos daban la señal para subir a bordo.

El día empezaba soleado, y la travesía me brindó unas vistas magníficas del estuario mientras pasábamos de una orilla a la otra, cruzándonos con enormes cargueros en el camino. Había pensado desayunar en el ferry, pero estba tan absorto admirando las vistas y haciendo vídeos y fotos, y la travesía era tan corta que al final se me escapó la oportunidad.

El ferry nos dejó en un pequeño embarcadero donde había cuatro coches esperando para subir a bordo, me despedí del otro motero y su novia y giré a la derecha dejando atrás unas instalaciones militares en dirección al norte, donde había unas ruinas romanas que quería visitar. El asentamiento está en una pequeña península dentro de la península, cerca de la punta norte, y estuvo habitado hasta el siglo VI. Tenía unos baños, viviendas de dos pisos e instalaciones para secar pescado, que era probablemente la principal fuente de comida e ingresos del lugar.

Al otro lado de la carretera los cascos medio podridos de unos barcos de pesca yacían en la playa, ofreciendo al fotógrafo unos planos excelentes.

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El sol ya estaba bien alto cuando volví a subir a la moto y me dirigí al sur, así que quité las capas térmicas de la chaqueta y los pantalones por primera vez en el viaje. ¡Íbamos a la playa!

La península de Troia tiene más de 10 km de longitud, pero sólo unos pocos cientos de metros de anchura, y desde la carretera se pueden entrever las playas de arena blanca entre los pinos, con unos pocos valientes nadando y mucha gente pescando.

Comporta es un pequeño pueblo de pescadores donde la península conecta con tierra, y desde allí una pequeña carretera resigue la costa hasta el sur. Mi plan era hacer esa carretera, tomando algunas más pequeñas en algunos puntos para acercarme más a la costa para ver playas y acantilados y visitar alguna punta y faros.

Al salir de Comporta y mientras me dirigía al sur a través de los primeros pueblos me sorprendió lo tranquila que era la zona. El paisaje es precioso, y la costa ofrece una espectacular combinación de playas y acantilados, pero parecía haber bien poca industria del turismo para un lugar tan idílico. Había unos pocos hoteles pequeños y algún cartel anunciando habitaciones encima de algún restaurante o café, pero no mucho más.

Mi primera parada fuera de la ruta principal fue para visitar la Lagoa de Santo André, una laguna de agua dulce en la playa, un buen sitio para darse un baño en aguas más calmadas que las del Atlántico. Era una lástima que a pesar del sol la temperatura era un poco baja para un baño… Desde ahí fui hacia Sines, con la intención de hacer la carretera que la bordea y ver los acantilados al oeste de la ciudad. Me sorprendió descubrir que la ciudad se encogía a la sombra de unas refinerías enormes y que había una autopista de oleoductos desde la costa hasta las refinerías. No había mucho más que ver, así que decidí continuar.

Al salir de Sines el paisaje mejoró considerablemente; una vez dejada atrás la zona industrial comenzaba la reserva natural del Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina, que llega hasta la punta más sur del país. Me alegré de ver que toda esta zona era un área protegida y que no había enormes complejos de apartamentos afeando la costa como en la mayor parte del lado mediterráneo de la Península Ibérica. Solo había algún pueblo de pescadores aquí y allí, y a la hora de comer paré en Porto Covo. Es un pueblo minúsculo de casas blancas y calles tranquilas que llevan a la playa. Aparqué en lo que parecía la calle principal, una calle peatonal que bajaba en suave pendiente hasta la playa con un par de restaurantes y una sola tienda de recuerdos, elegí uno de los dos restaurantes y me senté en una mesa en la calle.

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Era mi tercera comida en Portugal, y empezaba a darme cuenta de que si bien los precios son similares a España, la cantidad de comida no lo es. Un plato alimenta sin problemas a dos personas, y de hecho es bastante común que dos personas pidan uno y lo compartan. Para cuando había conseguido dar cuenta de la comida estaba demasiado lleno para volver a subir a la moto, así que saqué mi libro y dediqué una hora a disfrutar de un café y leer a la sombra.

Me lo tomé con mucha más calma por la tarde, combinando la carretera principal hacia el sur (que tampoco es que fuese muy principal, era una carretera estrecha que subía y bajaba tranquilamente por las colinas) con algunos desvíos para ver cosas: un pequeño chiringuito abandonado en lo alto de un acantilado con vistas a una playa magnífica pasado Longueira, el cabo Sardao en Cavaleiro, una pequeña iglesia al lado del mar cerca de Sardanito… Desde allí volví a la carretera principal en Sao Teotónio, de bajada de las colinas que daban al mar, y fui hasta Aljezur, donde me volví a desviar colina arriba para hacer una ruta circular por la M-1003-1, en la punta de la cual hay unas ruinas de un asentamiento romano construido en lo alto de un acantilado.

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Había una parada más que quería hacer antes del último tramo de la ruta del día hasta Sagres, un pequeño rodeo para ver una playa y otro cabo cerca de Carrapateira. Ya se estaba haciendo tarde para cuando llegué, y antes de empezar la carretera hasta la playa vi un pequeño restaurante con un porche delante cubierto de cañas de bamboo y con hamacas meciéndose en la brisa; había un cartel pintado a mano que decía “habitaciones”, así que decidí que era el sitio perfecto para pasar la noche. Había considerado la posibilidad de acampar, pero todas las baterías de la GoPro estaban agotadas, y necesitaba cargarlas para el día siguiente. Y qué demonios, el sitio parecía acogedor y alojarme allí me daría la oportunidad de ver la puesta de sol desde lo alto de los acantilados cercanos.

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Hice el check-in, fui a dar un paseo por la playa y luego subí en moto a los acantilados al atardecer. Para cuando volví al hotel ya era de noche. Me dí una ducha y luego disfruté de una sabrosa cena a base de pulpo a la brasa, pescado esa misma mañana, con verduras cosechadas en el huerto de detrás del restaurante.

El motero blasfemo

Día 6 – Jueves 2 de abril – De Carrapateira a Jerez (459km) – [MAPA]

Sabía que hoy iba a ser un día largo… No había llegado tan lejos como había planeado el día anterior (no me quejo, mi estancia en Carrapateira había sido maravillosa) lo que significaba que tenía un buen trecho por delante para llegar a Jerez a tiempo. Mi novia volaba desde Barcelona el primer día de sus vacaciones (y el día de su cumpleaños, además) y tenía que recogerla en el aeropuerto de Jerez después de haber pasado por el hotel a dejar las maletas y ponerme un poco presentable para recibirla; ya sabéis, ropa de civil, una ducha, afeitarme, quitarme los insectos de la barba…

El plan era pasar la mañana haciendo carreteras interesantes otra vez, visitar el Algarve y luego coger la autopista hacia España y llegar a Jerez lo antes posible.

Primero visité el faro en el Cabo de Sao Vicente. Está en la punta más al suroeste de Portugal, y a pesar de que era especialmente más bonito que cualquier cosa que hubiese visto el día anterior, el sitio mostraba más indicios de turismo de masas que todos los lugares de la costa de donde venía. Había una caseta de perritos calientes en el párquing al lado del faro, y un río constante de autocares vomitando hordas de turistas armados con selfie sticks que corrían a hacerse fotos con la costa tras de sí.

Las siguientes paradas fueron Sagres y Portimao, que eran aún más turísticos: muchos apartamentos, tráfico denso… no estaba disfrutando de esta parte de la ruta, y empezaba a tener dudas de si valdría la pena desviarme aún más de la ruta principal para visitar Albufeira y Faro. Al final, viendo que se me hacía tarde, decidí ceñirme a la ruta del interior, y resultó ser la elección correcta. Para mí el Algarve mostraba su mejor cara aquí. Colinas de rica vegetación, pueblos pequeños, sin tráfico, buenas carreteras… Lo pasé genial, incluyendo una parada en un restaurante de un pueblecito donde encontré la comida más barata de todo el viaje.

Cerca de Tavira la estimación de la hora de llegada que me daba el GPS empezaba a ser demasiado tarde, así que decidí finalmente entrar en la autopista por el resto de la jornada. Hay una línea más o menos recta siguiendo la costa hasta Jerez, pero el parque nacional de Doñana se encuentra en medio, con lo que hay que dar un largo rodeo vía Sevilla.

Tras casi 300 km de puro aburrimiento llegué a Jerez y seguí las indicaciones del GPS hasta el hotel. Eran las siete y media y las calles se encontraban sospechosamente desiertas. Unos minutos más tarde descubrí por qué. El jueves era el primer día de las vacaciones de Semana Santa en el sur de España, y para aquellos que no hayan visitado esta parte del país, se trata de una festividad religiosa que aquí se celebra a lo grande. Hay procesiones a distintas horas del día, especialmente por la tarde y noche, y ahí era donde estaba todo el mundo: en le centro de la ciudad, viendo las procesiones pasar justo por delante de la puerta de mi hotel. Me acerqué tanto como pude hasta la calle donde estaba el hotel, pero obviamente la policía había cerrado el tráfico; intenté convencer al policía de turno de que me dejara aparcar la moto un poco más cerca del hotel, pero había un montón de coches intentando pasar y no tenía tiempo para mí, así que me hizo gestos de que me largase de allí. Lo único que conseguí sacarle fue que las calles iban a estar cortadas durante al menos una hora y media o dos, así que decidí ir al aeropuerto y tomar un café y leer un rato mientras esperaba el avión de Nat. Ha, ha… El aeropuerto de Jerez es minúsculo, y a diferencia del de Barcelona no hay ningún sitio donde dejar la moto sin pagar, así que decidí intentar de nuevo acercarme al hotel, esta vez desde otra calle, con la esperanza de encontrar un policía un poco más comprensivo. Tuve suerte a la segunda intentona, y me dejaron aparcar la moto al otro lado de las barreras policiales para poder llevar las cosas a pie hasta el hotel, hacer el check in y luego meter la moto en algún otro sitio.

Imaginad la escena que siguió: una calle llena de acera a acera de abuelitas pías y respetables ciudadanos de bien enfundados en sus mejores galas, venidos a admirar la procesión en respetuoso silencio. Y de repente, un tío quemado por el sol y que huele a sudado, vestido como de astronauta sucio, con una mochila en un hombro y un casco colgando del otro, un petate impermeable rebozado de insectos aplastados en una mano y una bolsa de viaje en la otra, intentando abrirse paso entre la multitud, apartando abuelitas y chicas en vestidos de noche, que salta en medio de la calle y cruza por delante de la procesión mientras Jesús nuestro bendito redentor avanza solemnemente centímetro a centímetro al sonido de los tambores. Me miraron todos como si fuese el diablo mismo convertido en motorista, seguro que me gané unos cuantos billetes directos al infierno esa tarde…

Infierno o no, con tanto ir y venir e intentar llegar al hotel ya se había hecho la hora de ir al aeropuerto a recoger a Nat, así que no tuve tiempo para ducharme, afeitarme ni cambiarme. Ofendí a unas pocas abuelitas más intentando volver a la moto y me fui al aeropuerto con el cielo ya prácticamente oscuro.

Nat venía directa del trabajo y estaba encantada de estar ya de vacaciones, volvimos al hotel y a esa hora la procesión ya había terminado, así que no solo pudimos acercarnos al hotel, sino que pudimos dejar la moto en su párquing.

Tras una merecida ducha, salimos a la calle en busca de tapas y fino antes de que empezase la siguiente procesión. Iban a durar toda la noche, la última de ellas aún estaba terminando de recoger a la hora que saqué la moto del párquing a la mañana siguiente.

Calor, tapas y monos

Día 7 – Viernes 3 de abril – De Jerez a Ronda  (331km) – [MAPA]

Se acabó el ponerse en ruta sin desayunar al despuntar el día a partir de aquí; Nat dejó clarísimo que le daba igual si teníamos que hacer 900 km a través del Sahara antes de que se pusiera el sol o lo que fuese, no pensaba subir a la moto sin haber desayunado como Dios manda. Así que con esas salimos del hotel a desayunar como la gente normal y luego nos cambiamos, cargamos la moto y nos dirigimos al sur rumbo a Cádiz.

Llegamos enseguida, no había mucho tráfico, y aprovechando que íbamos en moto fuimos hasta la entrada del Fuerte de San Sebastián, aparcamos allí mismo y dimos un paseo. Construido en 1706, contiene un faro de metal que fue el segundo faro eléctrico que se construyó en el país. Puede que reconozcáis el lugar de algunas escenas de “Muere otro día”, una de las entregas de la saga James Bond, en la que Pierce Brosnan viaja a La Havana. Seguramente era mucho más sencillo rodar aquí que en Cuba.

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Dimos una vuelta rápida por el casco antiguo con la moto y luego pusimos rumbo a Conil de la Frontera, donde teníamos la intención de dejar la carretera principal y seguir la costa hasta Tarifa mismo, el punto más al sur de la Europa continental. Intentamos parar en Conil, pero el tráfico era infernal, un montón de turistas intentando acceder a la playa, y además empezaba a hacer demasiado calor para negociar un atasco así en la moto, así que tiramos hacia nuestra siguiente parada: Zahara de los Atunes.

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Esto ya era otra cosa, a pesar de que el día era soleado y la temperatura alta si parábamos, la brisa proveniente del mar era fresca, así que estábamos bastante cómodos sobre la moto en las maravillosas carreteras que recorren la costa. Hacía un poco de viento y vimos mucha gente practicando kite surf en la playa. Atravesamos Barbate, famoso por su “pescaito frito” y pudimos ver cómo descargaban pescado de varios barcos y había algunos chiringuitos al lado de la carretera de donde emanaba un tentador aroma, pero era un poco temprano para comer, así que seguimos. Para cuando llegamos a Zahara sí que era buena hora, y viendo que el sitio era mucho más tranquilo que Conil, decidimos parar a por unas tapas. Nos refugiamos en la sombra y pedimos unas cañas, salmorejo con tortilla de camarones y chicharrones con nubes cítricas. No tengo palabras para describir lo delicioso que estaba todo. Intentamos dar un paseo después, pero con 34ºC de temperatura, ropa de moto y botas no nos pareció la mejor idea, así que después de ver la playa volvimos a subir en la moto, contentos de sentir de nuevo la brisa.

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Al acercarnos a Tarifa la brisa se convirtió en fuertes ráfagas que a su vez se convirtieron en un viento huracanado para cuando llegamos alcanzamos la ciudad después de atravesar unas bonitas colinas. Aparcamos la moto tan bien como pudimos para protegerla del viento y asegurarnos que no se cayese de lado y fuimos a dar un paseo por el estrecho paso que conecta Tarifa con la Isla de las Palomas.

La isla es el punto más al sur de Europa (si no contamos con territorios como las Islas Canarias o las Falkland) y me pareció en cierto modo poético haber llegado allí en la misma moto que en 2013 me llevó al punto más al norte de Europa, el Cabo Norte.

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Se podía ver África sin problemas desde allí, pero mi idea de dar un paseo hasta el otro lado de la isla y tener mejores vistas del otro lado del estrecho se vio truncada cuando descubrí que el gobierno tenía la isla cerrada, la pasarela que la conectaba a tierra firme solo llevaba hasta una verja. Volvimos a la moto con el Mediterráneo a nuestra derecha y el Atlántico a nuestra izquierda y un fuerte viento azotándonos la cara y lanzándonos arena y agua que hacía difícil andar recto.

La siguiente y última parada del día era Gibraltar, lugar que tenía mucha curiosidad por ver. El peñón se cedió a Gran Bretaña en 1713, al terminar la Guerra de Sucesión, como parte del tratado de Utrecht, y ha permanecido en manos británicas desde entonces. Hay que cruzar la frontera para acceder, y es bien sabido que se forman unas longas colas de coches en horas punta, problema que se ve exacerbado por el extraño hecho de que la carretera atraviesa la pista de aterrizaje del aeropuerto del peñón y la cierran como un paso a nivel cada vez que un avión va a tomar tierra.

Nos escabullimos hasta la cabeza de la cola, el procedimiento habitual en moto, enseñamos los pasaportes a los guardas de la frontera y nos dejaron entrar; era una sensación rara atravesar una pista de aterrizaje de verdad con mi moto. Queríamos subir hasta lo alto del peñón, pero es una reserva natural y aquellos que quieran subir deben abonar 10 libras esterlinas por persona más 2 libras por vehículo, un total de 22, poco más de 30 euros al cambio del momento. Demasiado, pensamos, y en cualquier caso ya se estaba haciendo tarde y quedaba un buen trecho hasta el destino final del día, Ronda; así que fuimos a visitar la Punta Europa, que da al estrecho desde el otro lado del peñón, y al final no tuvimos que pagar nada para ver los famosos monos de Gibraltar, había un montón de ellos de camino a la Punta.

A pesar de que era tarde me negaba a coger ninguna autovía hasta Ronda, ni que fuese un trocito, así que subimos por la A-405 y la A-369 desde Miraflores, y de inmediato supe que había sido la decisión correcta. La carretera era lo suficientemente buena para mantener un ritmo ligero, lo que significaba que no íbamos a tardar demasiado en llegar a Ronda, pero al mismo tiempo era lo suficientemente interesante, con una combinación de buen paisaje (colinas verdes salpicadas de los típicos pueblos blancos andaluces), buenas curvas y poco tráfico.

Llegamos a Ronda con la puesta de sol, y esta vez estuvimos de suerte: el hotel no estaba en medio de ninguna procesión, a pesar de que tuvimos que rodear la ciudad y acceder desde el norte para alcanzarlo. Con la moto en el párquing, un ducha y ropa limpia, salimos a la calle a buscar dónde cenar.

Ronda es una ciudad preciosa que ha cautivado el corazón de muchos escritores que a lo largo de los siglos se enfrentaron a los duros caminos para cruzar las montañas y descubrir sus encantos, como atestigua un mural en el casco antiguo con citas de sus novelas y poemas.

La ciudad está situada en un alto dividido en dos por una profunda garganta, por el fondo de la cual discurre el rio Guadalevín. Tres puente conectan ambos lados de la ciudad, el más impresionante de ellos el Puente Nuevo, un nombre curioso teniendo en cuenta que se construyó en 1751… Es una mole de piedra de 120 metros de alto iluminado por la noche, así que pudimos disfrutar de su magnífica presencia a pesar de que era ya tarde. No solo pudimos ver el puente, sino que tuvimos la suerte de coincidir con una procesión que justo lo atravesaba cuando llegamos; la mejor vista posible del puente.

Corrupción en Marbella

Día 8 – Sábado 4 de abril – De Ronda a Granada (276km) – [MAPA]

Otro madrugón, otro desayuno en toda regla, y como no me iban a dejar subir a la moto hasta haber desayunado, estaba resuelto a hacerlo como Dios manda. Nos sentamos en una terraza en una de las calles peatonales del centro de Ronda y pedí un desayuno completo que incluía dos rebanadas del pan artesanal típico de la zona, una con lechuga y tomate, la otra con bacon y un huevo frito, café y zumo de naranja recién exprimido.

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Con el estómago lleno fuimos a visitar lo que ya habíamos visto la noche anterior, pero esta vez a plena luz del día para poder apreciar la profundidad de la garganta que salva el Puente Nuevo. Las vistas desde la mitad del puente, con más de 100 metros de caída a plomo bajo nuestros pies, eran impresionantes. A pesar de que la mayoría de fotos de la ciudad que uno puede encontrar por internet muestran un plano del puente a cierta distancia y desde abajo, cuando se llega a la ciudad por las carreteras principales el puente no se ve por ningún lado, yo que había esperado salir de una curva bajando de la montaña y ver aparecer el puente delante de mí… pero desde donde estábamos ahora vi una pequeña carretera que bajaba hasta el punto donde se abría la garganta, así que decidimos buscar la manera de llegar allí y disfrutar de la vista más famosa del puente.

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No costó mucho, al salir por una de las puertas en la antigua muralla hay una calle que sale a la derecha, la calle de los Molinos. Es una calle adoquinada y tuvimos que ir con cuidado ya que era empinada y resbalaba bastante. Cerca del fondo hay un poco de sitio donde aparcar y dejamos la moto y anduvimos un poco garganta arriba para admirar el puente desde debajo, que es una vista aún más impresionante si cabe, pues se puede apreciar en toda su enormidad. De vuelta al aparcamiento vimos un par de amigos que acababan de dejar el coche y se estaban preparando con material de escalada, y nos contaron que hay una via ferrata debajo del puente, además de muchas otras en la región. Tomé nota para una futura visita.

La carretera solo llevaba hasta unos campos y los molinos que dan nombre a la calle, así que tuvimos que subir de nuevo y esta vez la dificultad fueron los coches y peatones que iban de bajada, pues el sol ya estaba alto y animaba a la gente a salir a visitar el lugar.

Habíamos llegado a Ronda el dia anterior por la A-369, una carretera fantástica, y el plan hoy era tomar otra carretera principal desde el sur de la ciudad, la A-397 hasta Marbella. En el mapa aparecía marcada como más importante, así que no me esperaba gran cosa, pero resultó ser maravillosa, opinión que vino a confirmar la presencia de muchos moteros que nos encontramos de subida. Por suerte parecía que la mayoría de gente venían en esa dirección para visitar Ronda o hacer la carretera y el tráfico sería mucho más denso de bajada por la tarde, así que nos alegramos de no encontrar prácticamente a nadie en nuestro lado de la carretera.

Yo no tenía muchas ganas de visitar Marbella, un lugar famoso por aparecer en las noticias siempre en relación a historias de corrupción, y que da cobijo a la riqueza más hortera, decadente y turbia del país, pero Nat me acusó de tener prejuicios y dijo que no podía juzgar un lugar sin verlo primero. Tenía su parte de razón. Llegamos a Marbella, aparcamos la moto y fuimos a dar un paseo. Era exactamente como me esperaba. Un “te lo dije” y una hora perdida más tarde, volvíamos a estar en la carretera camino de Málaga.

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Fuimos por la carretera de la costa para disfrutar de las vistas, pero de todo lo que había visto hasta el momento, este era el único lugar donde no volvería a poner los pies en la vida. El paisaje (si es que merece ese nombre) era más o menos así: urbanización, urbanización, urbanización, polígono, urbanización, camping, urbanización, campo de golf, urbanización, camping, campo de golf, urbanización, polígono, camping, polígono, campo de golf, centro comercial, urbanización, camping, centro comercial, urbanización, urbanización, polígono, centro comercial, urbanización, campo de golf… Supongo que en algún momento debió ser una costa preciosa, pero el dinero fácil del negocio del ladrillo y una falta de respeto total por el entorno la habían destruido hacía mucho.

Llegamos a Málaga a la hora de comer y paramos en el primer sitio que vimos, llamado “La casita de la patata”. Tenía una terraza y podía aparcar la moto delante, así que ya bastaba. Servían unos bocadillos que son típicos de la ciudad, llamados “camperos”, hechos de un tipo concreto de pan que lleva el mismo nombre. Pedí uno de carne y Nat una pizza vegetariana “individual”. También quería algo para picar, así que pidió lo que pensaba que eran unas patatas bravas. Al cabo de poco me trajeron un bocadillo enorme con forma de döner, a ella una pizza que fácilmente daba de comer a dos personas y las patatas resultaron ser una patata enorme hecha al horno y rellena de carne, ensalada y salsa. Pues vaya con la comida ligera antes de volver a la moto… Intentamos terminarlo todo, pero era imposible, y los que me conocen pueden dar fe de cuánto como. Esto era demasiado. Evidentemente al terminar tuvimos que arrastrarnos al otro lado de la calle y estirarnos un rato en un parque que daba al puerto deportivo, Nat sumida en una profunda siesta y yo leyendo mi libro.

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Una vez capaces de montar en moto de nuevo, salimos de Málaga siguiendo aún la línea de la costa, pero la cosa estaba mucho mejor aquí. Los pueblos de pescadores no habían desparecido todos sustituidos sin piedad por bloques de apartamentos y la playa era visible desde la carretera. Cierto es que no era tan bonito como otras partes de la costa en el sur, pero era una mejora considerable después de Marbella. Sin embargo nuestro destino final del día era Granada, que está en el interior, pero yo no quería ir hasta Motril y tomar la autovía desde allí, así que cuando llegamos a Nerja nos apartamos de la costa y empezamos a ascender por una de las estrechas carreteras que cruzan la reserva natural de la Sierra de Tejeda.

Estos montes son bastante altos a pesar de su proximidad al mar, y la carretera que lleva hasta arriba era estrecha y serpenteante, resiguiendo la forma de cada saliente, valle y garganta del rocoso terreno. Era un paisaje fascinante, sobretodo al llegar arribar del collado y ver el otro lado. El contraste entre sur y norte era tan sorprendente como abrupto el paso de uno a otro; la cara sur prácticamente desnuda de vegetación, dura y agresiva, con afiladas formaciones rocosas, la norte una serie de suaves montículos cubiertos de hierba, con bosquecillos aquí y allí tornándose más densos a medida que bajábamos hacia Granada.

La carretera de montaña se unía a la autovía justo en las afueras de la ciudad, así que llegamos en cuestión de minutos, y conseguimos adentrarnos bastante cerca del centro antes de encontrar la calle cortada de nuevo al tráfico por las procesiones y de que nos informaran de que nuestro hotel estaba justo en medio de todo. Nos metimos por una calle lateral, aparcamos la moto a unas cinco calles del hotel y fuimos a pie. Por suerte las cosas estaban mejor organizadas que en Jerez y había puntos donde cruzar controlados por la policía local para permitir a la gente pasar de un lado a otro sin molestar a la procesión.

Ya se había hecho bastante tarde, así que justo tuvimos tiempo de darnos una buena ducha y ponernos algo de ropa decente antes de salir de nuevo para ir a ver la atracción turística por excelencia de la ciudad: la Alhambra. Nos habían advertido de la cantidad de turistas y aconsejado que reservásemos las entradas con tiempo, pero incluso así solo conseguimos encontrar entradas para una visita nocturna de los jardines, no la visita completa. Aun así, era mejor que no poder ver nada, y era un opción bastante romántica verlo por la noche.

No teníamos tiempo de ir a pie hasta la entrada, que es un agradable pero empinado paseo colina arriba desde el centro, y en el hotel nos dijeron que debido a las procesiones sería imposible coger un autobús, así que solo quedaba el taxi. El taxista también nos advirtió de que no podía hacer gran cosa más que los autobuses para cruzar el centro, y que tendría que salir de la ciudad, rodearla un poco por la autovía y entrar por el otro lado. Al final solo costó 12€ y llegamos a la entrada 10 minutos antes de empezar la visita, así que la cosa no salió tan mal.

El mundo es un pañuelo, y un amigo nuestro de Barcelona que estaba en Granada visitando una antigua amiga del instituto esas mismas fechas había reservado la misma visita que nosotros, así que nos encontramos con él, su amiga y su novio que nos hicieron un poco de guías locales durante la visita.

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Los jardines eran un rincón muy relajante, con una iluminación tenue, el sonido del agua corriendo por las fuentes y las luces de la ciudad a nuestros pies.

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Una vez terminada la visita y ya sin ninguna prisa pudimos pasear tranquilamente de bajada hasta el centro en busca de un buen lugar para disfrutar de las famosas tapas granadinas. Tener ayuda nativa fue vital una vez más, y nos llevaron a sus sitios favoritos, lejos de las trampas para turistas, donde gozamos en primera persona de lo que tantas veces nos habían contado: se puede vivir en Granada sin pagar una sola cena. Basta con pedir una caña y te sirven una tapa generosa y normalmente bastante elaborada completamente gratis, lo que significa que uno puede salir por la tarde o noche con los amigos, tomar algo y volver a casa cenado.

La amiga de nuestro amigo estaba embarazada y al día siguiente madrugaban para ir a la playa, así que se retiraron después de las tapas, pero él se quedó a tomar la última. Y como suele ser el caso cuando se dicen cosas como “la última birra”, “esta noche me lo tomo con calma” o “esta noche no bebo”, perdimos la cuenta de las cervezas, que luego pasaron a ser gintonics, y nos pasamos la noche bailando y bebiendo. Para cuando volvimos al hotel empezaba a amanecer y teníamos la sensación de llevar ya una semana en la ciudad.

Resaca, teterías y tapas

Día 9 – Domingo 5 de abril – Granada (0km)

El plan para el domingo era levantarse temprano, coger la moto y subir a Sierra Nevada, disfrutar de las vistas de la cordillera donde se encuentra el pico más alto de la Península y luego bajar por el otro lado a la región de Almería, visitar aquello y volver a Granada por la tarde a través de alguna ruta de montaña, porque el lunes iba a dejar la moto en un concesionario desde donde ya había arreglado el transporte hasta Barcelona y aprovecharíamos ese día para visitar la ciudad a pie. El problema era que después de “la última birra” de la noche anterior, teníamos una resaca monumental y nos levantamos bastante tarde… No solo eso, sino que después de 9 días de carretera, también me apetecía un día tranquilo sin moto, así para regocijo de Nat, decidimos tomarnos las cosas con calma y pasear por la ciudad.

Mucha gente me había hablado de Granada y de cuánto les había gustado, y puedo decir que supero con creces mis expectativas. Esa una ciudad con mucha vida y mucho que ofrecer: hay una vida estudiantil y nocturna muy activa, tiene una historia rica, un importante patrimonio cultural y arquitectónico, una gastronomía y ambiente excelentes, teterías acogedoras, callejones y pasajes pintorescos en el casco antiguo, y en general un carácter relajado que invita al viajero a disfrutarla con calma.

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Pasamos el día paseando por las estrechas calles del barrio histórico, subimos al mirador de San Nicolás en lo alto del barrio de Albaicín donde pasamos un buen rato contemplando la inolvidable vista de la Alhambra, paramos aquí y allí a tomar una caña y una tapa, la tarde se convirtió en noche y el desfilar de tapas pasó sin interrupción a ser la cena.

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Nos retiramos al hotel relativamente temprano, al menos comparado con la noche anterior, ya que habíamos decidido levantarnos temprano al día siguiente para hacer la visita a Sierra Nevada antes de dejar la moto en el concesionario.

Nieve y paella

Día 10 – Lunes 6 de abril – Sierra Nevada (82km) – [MAPA]

Sierra Nevada es la segunda cordillera más alta en Europa Occidental, solo superada en altura (por un amplio margen, todo sea dicho) por los Alpes. Es un hecho bastante curioso, especialmente si tenemos en cuenta su situación, al lado del mar, al sur de España, bastante cerca del norte de África. Deja a los Pirineos en tercer lugar por unos míseros 78 metros, los que el Mulhacen, de 3.482m, le saca al Aneto, de 3.404m, el pico más alto en la cordillera que separa España de Francia. Siendo montañero, este hecho siempre me ha parecido algo injusto, ya que era posible llegar casi hasta arriba del Mulhacen en coche hasta 1994, cuando se cerró la carretera para preservar el entorno, y aún hoy su ascensión no presenta ninguna dificultad, mientras que la del Aneto es larga y técnica y requiere experiencia y buena forma física.

Por otra parte, esto significaba que en esta ocasión en particular, de vacaciones como motero y no como montañero, la cordillera me brindaba la oportunidad de ir de las soleadas y cálidas terrazas de bar de Granada hasta el punto donde la carretera está cortada, bien por encima de la cota de nieve, en menos de una hora y disfrutar de una de las carreteras que los chicos de Top Gear  consideraron, junto a la Transfagarasan y el Stelvio, una de las mejores de Europa, a pesar de que termina abruptamente.

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La carretera principal lleva a las pistas de esquí de Sierra Nevada, que aún estaban abiertas en esa época del año, y justo antes de llegar al pueblo el mismo nombre a pie de las pistas, una pequeña carretera sale a la izquierda, al lado de un aparcamiento para uno de los remontes, y sube en una sucesión de curvas hasta una estación de montaña de la Guardia Civil, donde una barrera cierra el paso a todo vehículo no autorizado. A esa altura, incluso si la barrera hubiese estado levantada, era imposible ir más lejos con la moto, pues la carretera estaba completamente cubierta de nieve.

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Paramos allí y andamos un poco más arriba por la nieva para ver las vistas de las pistas a un lado y un paisaje imponente al otro, extendiéndose hasta donde abarcaba la vista.

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Después de hacer unas fotos volvimos a subir a la moto y bajamos hasta Granada de nuevo para encontrar el concesionario que trabajaba con la empresa de transporte de motos que iba a llevar la nuestra hasta Barcelona. Introduje la dirección en el GPS y una hora más tarde estábamos en la puerta, a una temperatura mucho superior a la de las montañas.

El sitio se llama JMoto, y es un concesionario Triumph. Javi, el propietario, era muy agradable, y nos dejó cambiarnos de ropa en la tienda, ya que el plan era mandar la ropa de moto, botas y cascos con la moto, llevarnos las maletas y volar a casa vestidos de civil. ¡Imaginad intentar embarcar vestido de motero y con un casco! Tuve que desmontar la visera de mi casco y llevármela en la maleta para poder meter los dos cascos en el baúl, pero al final entró todo ahí y en las maletas laterales. Firmamos los papeles, le dimos las llaves a Javi, las gracias por todo y nos despedimos de la moto. Ahora tocaba coger un autobús de vuelta al centro y encontrar un buen lugar para comer la paella que le había prometido a Nat.

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Lo bueno de Granada es que al contrario que Barcelona, es difícil equivocarse en lo que a comer se refiere. Un despiste en Barcelona puede significar que uno termina en una de las muchas trampas para turistas que sirven comida de pésima calidad a unos precios astronómicos, pero aquí todo era tan bueno y barato, que cualquier sitio parecía una apuesta segura. Encontramos un restaurante agradable con terraza al lado del río, desde donde teníamos una buena vista de la Alhambra mientras comíamos y pasamos allí la tarde.

Después de comer matamos el tiempo paseando por el barrio viejo una vez más y luego nos fuimos al centro a degustar una última cosa antes de ir al aeropuerto: el pastelito típico del lugar, que se llama Pionono.

Mientras lo disfrutábamos tuve tiempo de ponerme al día con el blog, pues había estado escribiendo muy poco los días anteriores, y también de investigar cómo llegar al aeropuerto. Los taxis iban a ser caros, y descubrimos que había un servicio de autocar con una parada bastante cerca de donde estábamos, así que decidido. Cogimos el autobús y en 40 minutos nos dejó en el aeropuerto.

El vuelo de vuelta a Barcelona fue rápido y sin incidentes, y lo único que me supo mas fue que para cuando despegamos y eran las 10 de la noche, así que me perdí un último vistazo a Granada desde el aire. Había pasado 10 días en la carretera esta vez, había descubierto sitios de los que sabía bien poco, y cada uno a su manera, me habían dejado todos grandes recuerdos.

Nos vemos en la carretera.

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Un pensamiento en “Portugal y sur de España 2015

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