Un merecido descanso

Día 56 – Lunes 19 de agosto – Budapest (0km)

Ya había estado en Budapest al principio del viaje, así que ahora que estaba de vuelta en la ciudad sólo había una cosa que quería hacer y no había tenido tiempo de hacer en mi visita anterior: ir a uno de los baños de la ciudad y pasar el día sin hacer nada más que relajarme.

Bueno, en realidad había un par de cosas más que quería hacer, pero al final sólo conseguí hacer una de ellas. Necesitaba cambiar las pastillas de freno traseras y tensar la cadena, y me había estado esperando a estar en BikerCamp para hacerlo, ya que tienen espacio para trabajar y herramientas (que yo ya no tenía después de Tallinn…). Dormir en tienda supone despertarse con el sol, así que estaba en pie temprano y tuve tiempo de hacerlo por la mañana.

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La segunda cosa que quería hacer era encontrar una tienda de equiamiento de moto y comprar una faja, ya que mi espalda empezaba a acusar los kilómetros y ya no podía hacer 200km del tirón, pero resultó ser imposible. Era fiesta nacional y además había una festival de folk en la ciudad, así que todo estaba cerrado excepto algunos supermercados. En vez de ir de compras fuimos a visitar la ciudad, pero no pudimos subir a la ciudadela, ya que estaba cerrada por el festival.

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Debo decir que fue un poco un alivio, ya que hacía demasiado calor para subir andando hasta allí. Fuimos a comer y después de regalarnos un excelente frapuccino, nos dirigimos a los baños.

Había varios sitios que elegir, y al final fuimos a los Gellert, que eran populares, situados en un edificio interesante y además los había recomendado un amigo. El sitio era enorme, con varias piscinas y baños interiores y exteriores, y después de que me echasen de la piscina de nado interior por no llevar gorro, fuimos a los baños exteriores. El agua termal estaba a 36ºC y había chorros de agua con los que pude dar un buen masaje a mi maltrecha espalda, así que nos quedamos allí toda la tarde, relajándonos hasta la hora de cerrar.

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Para cuando salimos y era de noche y el aire era fresco, así que decidimos volver a pie en lugar de coger el metro. Había sido uno de los mejores días del viaje.

Hicimos un poco de compra en el camino de vuelta y después de cenar buscamos un hostal para nuestro siguiente destino, Belgrado. Tenía muchas ganas de ponerme en camino al día siguiente, íbamos a salir otra vez de la UE hacia una parte de Europa que no había visto nunca.

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Un país de visto y no visto

Día 55 – Domingo 18 de Agosto – De Cracovia a Budapest (393km)

Pobre Eslovaquia. Es un país precioso, con algunas de las mejores carreteras y vistas que he encontrado en el viaje, pero solo le tocan unas pocas líneas y cuatro fotos que no le hacen nada de justicia.

Nuestra siguiente parada era Budapest, lo que significaba que íbamos a cruzar Eslovaquia de norte a sur para llegar allí, pero no íbamos a pasar una noche en el país, así que todo lo que vimos fue la carretera. Nos dejó muy buena impresión, el recorrido era muy agradable y casi no había tráfico, así que lo pasamos genial en el trayecto.

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Además, me gustaría felicitar al conductor de un Suzuki Gran Vitara por su excelente comportamiento al volante. Iba a decir “el 99,9% de conductores…” y la mayoría de gente que me conoce pensará que estoy exagerando, como normalmente hago, pero si tenéis en cuenta que llevo 15 años conduciendo y solo me he encontrado con dos conductores que hagan esto, quizá incluso 99,9% es una cifra baja. Bueno, el 99.9% de los conductores puede ir rápido en línea recta, cualquier idiota puede conducir un coche moderno rápido en línea recta, basta con pisar el acelerador y el coche corre, no tiene más. Sin embargo, en el momento en que ven que se acerca una curva, reducen la velocidad hasta un irritante paseo, aparentemente temerosos de que sus Audis de 60,000€ equipados con todas las letras del alfabeto en materia de sistemas de seguridad decidan de repente lanzarse a la cuneta y mandarlos a ellos y a sus familias a través de las puertas del infierno envueltos en llamas. Son la gente más desquiciante que puedes encontrar en la carretera, ya que no te queda otro remedio que esperar detrás suyo y sufrir su ineptitud, pero en el momento en que la carretera vuelve a ser recta y podrías tener la oportunidad de adelantarlos, la limitada parte de su cerebro que controla su pie derecho hace la conexión “línea recta – seguro” y pisan el pedal a fondo, desapareciendo hasta que encuentran la siguiente curva. Existe, sin embargo, un tipo de conductor extremadamente difícil de encontrar, que es consciente de que hay otra gente usando la carretera, gente que pueden querer ir más rápido que ellos en las curvas, y que intenta causar las mínimas molestias posibles. Este tipo de conductor tomará las curvas a una velocidad razonable para interferir lo mínimo con los demás usuarios de la vía pública, pero en cuanto llegue a una recta, adecuará la velocidad para permitir adelantarle. Desde aquí quiero felicitar a quien quiera que condujese aquel Suzuki, y decir que si hubiese más conductores así, las carreteras serían un lugar mejor.

Paramos unas cuantas veces en Eslovaquia a por gasolina, para comer, a por un helado, la obligada pegatina, etc. y llegamos a Budapest a última hora de la tarde. Volvimos a ese maravilloso lugar que es BikerCamp, y antes de montar la tienda o ni tan solo pensar en hacer algo de compra para cenar, me di una ducha y nos sentamos a hablar con unos moteros italianos y tomar unas cervezas.

Desafortunadamente, esto supuso que para cuando nos acordamos de la compra, el súper había cerrado ya, y tuvimos que ir a uno de esos badulaques 24h que siempre parecen tener unos cuantos individuos sospechosos en la puerta bebiendo cerveza también las 24h. Una vez llena la cesta de la compra fuimos a pagar y nos dijeron que no aceptaban tarjetas, y no teníamos moneda del país, así que tuvimos que dejar la comida allí e ir a buscar un cajero y volver, todo con el estómago vacío y cinco cervezas afectando nuestra capacidad de raciocinio.

Al final conseguimos preparar una cena que nos repuso las energías (bacon, mucho bacon), y luego volvimos a la cerveza y la conversación interesante.

Biker Camp

Día 5 – Sábado 20 de junio – Budapest (0km)

Biker Camp es, como dice el nombre, un cámping para moteros y ciclistas en el centro de Budapest.

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Fue fundado por Zsolt Vertessy, un motero, que desgraciadamente perdió la vida en un accidente en 2004. Desde entonces su viuda se ocupa del lugar, que ofrece espacio para acampar, lavabos y duchas, una lavadora, cocina, wifi, herramientas y la oportunidad de conocer otros moteros. Está a seis paradas de metro del centro de la ciudad y es un lugar fantástico donde pasar unos días.

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Llegué sobre las seis y media de la tarde y la propietaria me enseñó donde acampar. Hay sitio para unas diez o doce tiendas más las motos, pero solo había otra tienda, que pertenecía a una familia noruega que están haciendo un viaje en bici.

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Estuve hablando con ellos durante el desayuno y me contaron que se lo llevaron todo en avión hasta Venecia y están volviendo a casa desde allí, haciendo unos 50 o 60 kilómetros cada dia… ¡con dos niños! El pequeño solo tiene siete años. Cuando pienso que la mayoría de personas en España dice que prácticamente no se puede hacer nada con niños…

Tras el desayuno cogí el metro, que está a un par de calles del cámping y me fui a explorar Budapest.

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La ciudad tan bonita como esperaba por las historias de toda la gente que conozco que han estado aquí antes que yo, y hoy el tiempo era muy bueno. ¡Incluso demasiado caluroso a ratos!

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Me pasé la mañana andando por la ciudad, explorando los lugares más conocidos y haciendo muchas fotos, y a la hora de comer salí de la zona más turística en busca de un lugar decente donde comer. Encontré un pequeño pub donde me sirvieron una comida tradicional húngara completa por 11€: una pasta de paprika muy picante para untar en el pan, una sopa de goulash, pollo a la paprika y nata, ensalada, café, pan tradicional húngaro, un pastel de manzana enorme y una pinta de cerveza local. ¡Delicioso! Subir hasta la ciudadela fue bastante duro después…

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Estaba pensando que no había demasiados turistas en la ciudad, hasta que llegué a lo alto de la colina y me encontré de repente con un ejército de turistas japoneses alérgicos al sol, escondidos debajo de sus paraguas y apilándose juntos alrededor de sus respectivios guías, aparentemente temerosos de perderse irremediablemente si se alejaban demasiado solos.

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Después pasar bastante rato por allí haciendo más fotos, volví al centro y decidí explorar la parte no turística entre el centro y el lugar donde está el cámping. No muy lejos de donde se concentran los turistas, las calles cambiaban muy rápido y me encontré en una zona de edificios en mal estado, con una proporción muy alta de borrachos, vagabundos y personajes com muy mala pinta.

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Metí la cámara en su funda, ya que era lo único que me delataba como turista, ya que la ropa que llevo no es nada llamativa (no puedo llevar mucha variedad) y el pelo corto y la barba que ya tengo parecían ayudar a pasar desapercibido. Me paré en una pequeña frutería a comprar naranjas y manzanas y luego cogí el metro otra vez para hacer las tres últimas paradas, que los pies me estaban matando. Estaba contento de pasar un día andando para variar, pero no sé que es más cansado…

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Este ha sido un post más corto que los anteriores, dejaré que las fotos hablen por mí. Por cierto, ya que esto es un blog, y no un álbum, pondré fotos extras en la página de Facebook, así que a alguien le interesa, las puede ver allí.

Os dejo una selección:

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Tres países en un día

Día 4 – Viernes 28 de junio – De Smrjene a Budapest (532km)

¡Que día! Una de las cosas que te dicen sobre viajes así es que es cuando empiezas a tener problemas cuando empieza la verdadera aventura. Bueno, puede sonar a locura, pero es cierto: tuve la primera caída y a pesar de ello, fue otro día maravilloso.

La caída no fue grave, pero sí bastante humillante… Acababa de salir de Smrjene e iba de vuelta a la ciudad para atravesarla e ir hacia la frontera siguiendo las instrucciones en el GPS. El trafico era bastante denso otra vez, era hora punta por la mañana y estaba parado en un semáforo detrás de una furgoneta que me tapaba la vista hacia adelante. El semáforo cambió y el traficó empezó a moverse, cuando de repente la furgoneta clavó los frenos y yo también para evitar darme contra ella. Justo estaba empezando a moverme, de modo que la moto estaba un poco inclinada, no habiendo cogido aún suficiente velocidad para mantenerse derecha ella sola, así cuando frené de golpe se inclinó demasiado hacia un lado y pasado cierto ángulo, la caída era inevitable. Cayó estrepitosamente en medio de una calle principal llena de coches en el centro de la ciudad. Me levanté, comprobé que yo estuviese bien (lo estaba) e intenté levantar la moto para apartarla, pero enseguida descubrí que completamente cargada era demadiado pesada para para levantarla solo.

Por suerte, un chaval cruzó la calle rápidamente entre el tráfico y me ayudó a levantarla. La arranqué y la llevé a una parada de bus para ver si se había roto algo. Había aterrizado en los BarkBusters, que hicieron su trabajo muy bien y evitaron que se dañase la maneta del embrague, y en la maleta izquierda, que tenía una pequeña rascada. El botellero exterior se había soltado del tornillo inferior pero eso parecía ser todo. Arranqué y seguí mi camino.

Me han dicho que en viajes tan largos es necesario cierto tiempo para ir cogiendo el ritmo, y hoy empecé a verlo. Tenía otro largo día por delante, pero esta vez no me preocupaba perder tiempo si me paraba a hacer fotos a algo que me gustase o a descansar más a menudo. Sabía que tenía todo el día para llegar, y podía disfrutar de la carretera.

Con esta nueva mentalidad, me paré poco después de dejar la ciudad y descubrí que la maleta izquierda no estaba bien cerrada. Al inspeccionarla más de cerca me di cuenta de que la caía la había empujado contra el soporte, doblándola lo suficiente para deformar el labio de la apertura, de modo que ya no quedaba alineado con la tapa.

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Estaba bastante nublado, y Franci había mirado la previsión del tiempo para Hungría y había posibilidad de lluvia, así que me preocupaba que entrase agua en la maleta, sobretodo porque era la que contenía el material de acampada y de dormir. Decidí intentar encontrar un taller para ver si la podían enderezar. De vuelta en la carretera empecé a buscar y enseguida vi algo que parecía uno. Me acerqué y resultó ser una especie de estación de ITV. Como ya estaba allí, decidí preguntar dónde podía encontrar un lugar para repararla, así que me acerqué a un hombre que salía con los papeles de su coche en la mano. Le expliqué el problema, echó un vistazo a la maleta e inmediatamente sacó su móvil y llamó a un amigo suyo que tenía una planchistería. Desafortunadamente, no contestaba, así que me acompañó a la nave de al lado, donde había un lavado de coches.

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El hombre del lavado llamó a su colega, que tenía un pequeño taller detrás del edificio, y vino y me indicó con gestos que desmontase la maleta de la moto y se la diese. Lo hice, y diez minutos más tarde volvió con la maleta en la mano, lo suficientemente enderezada para que la tapa volviese a encajar bien. Les di mil gracias y seguí mi camino.

Un par de horas después encontré un taller desvencijado con estas maravillas en la puerta y me paré a hacer unas cuantas fotos.

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Las carreteras eran geniales otra vez, y me estaba preguntando si la gasolina sería más barata en Hungría o en Eslovenia cuando de repente, saliendo de una curva y subiendo una colina muy empinada, me encontré con una señal que me sorprendió.

Uno puede toparse con gente, con problemas, con una farola si no se anda con ojo, pero era la primera vez en mi vida que me topaba con un país. Aparentemente, me había encontrado con Austria por casualidad.

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Mirando el mapa había visto que había una línea bastante recta de Ljubljana a Budapest, pero aparentemente mi GPS había decidido que me gustaría más la ruta paisajística, y no se equivocó. Me había llevado hacia el norte, en dirección a Graz, y luego hacia el este por encima del parque natural Orségi Nemzeti y luego a Hungría. Disfruté mucho de esas horas en Austria y aproveché para conseguir otra pegatina y llenar el depósito, ya que la gasolina era más barata que incluso en España. Me parece que el viaje que algún día quería hacer por el norte de Italia se va a quedar en proyecto… ¡con esos precios prefiero visitar Europa central! El paisaje es mejor, también. Una vez crucé la frontera, sin embargo, todo cambió.

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La carretera seguía siendo estrecha, pero estaba en bastante mal estado, y todo parecía peor cuidado. Me paré en una gasolinera justo en la frontera para cambiar algo de dinero por primera vez y comprar otra pegatina.

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Había estado medio tapado todo el día, condiciones perfectas para ir en moto, no demasiado calor, sin lluvia… pero por la tarde el tiempo empeoró y parecía que iba a llover. Iba pensando que debería parar y poner la capa impermeable en el traje, pero eso suponía desmontar el petate y mi yo más optimista no dejaba de ver que más adelante el cielo estaba más claro. Eso sí a media mañana me había tenido que poner los guantes de invierno, que hacía frío.

Al final llegué a Budapest seco y encontré el lugar donde me quedo un par de días sin problemas. Si venís a Budapest en moto o en bici, ¡este es el lugar donde alojarse! Acampé, me dejaron un par de herramientas de precisión (también conocidas como martillos) y me dediqué a volver a darle forma a la maleta a base de golpes. Pero ya contaré más mañana, que hoy fue un día largo, unas diez horas en la moto, y ya es tarde.