Bacalao y tranvías

Día 4 – Martes 31 de marzo – De Mérida a Lisboa (289km) – [MAP]

¡Nuevo día, nuevo país! Siempre se siente, al entrar en un país donde no se ha estado nunca, cierta inquietud, curiosidad, emoción… Sólo tenía un día para visitar Lisboa, y decidido a sacarle el mayor partido posible me puse en camino con las primeras luces del día (y sin desayuno) y decidí aguantar el aburrimiento de la autopista a cambio de una llegada temprana a la capital Lusa. La salida de Mérida fue la rutina habitual: dirección del hostal en el GPS, moto cargada, depósito lleno antes de la frontera (más barato), maldición por enésima vez por no traer el iPod… y poco bombo y platillo al llegar a la frontera, de hecho nada de bombo y platillo, ni siquiera se veían las típicas casetas de control fronterizo ya sin usar, solamente una pequeña señal a un lado de la carretera y ya estaba en otro país.

Me encanta la sensación de cruzar a otro país, incluso dentro de la UE, donde muchas cosas son parecidas, aún me produce placer fijarme en las pequeñas diferencias que me dicen que no me encuentro ya en casa. Las señales de la autopista tienen una forma y color ligeramente distintos, la gente se mueve de otra forma, los anuncios al lado de la carretera tienen otro aire… No me refiero al idioma, eso es obvio, sino a los miles de otros pequeños detalles que conforman el paisaje de un país.

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Poco después de la frontera la mañana soleada se volvió brumosa y luego directamente se tornó en niebla espesa y la temperatura cayó tanto que tuve que parar en un área de servicio a cambiar los guantes por los de invierno, poner la capa térmica del traje y sacar la braga de las maletas. Aproveché la oportunidad para comprar un mapa regional del sur de Portugal que no había podido encontrar en Barcelona (no estaba en stock, me dijeron).

Para cuando el GPS me dijo que ya me estaba acercando a Lisboa el tiempo había vuelto a cambiar: el calor y el sol acompañaron mi primera vista del majestuoso Ponte 25 de Abril salvando el Tajo y extendiéndose hacia la capital. Paré en las casetas de peaje, donde se negaron a aceptar ni Visa ni MasterCard, así que me tuve que quitar los guantes y rascarme los bolsillos para encontrar el euro y poco que costaba cruzar, lo que causó un pequeño atasco tras de mí.

Al otro lado del puente me recibió una ciudad fascinante: calles empinadas, muchas de ellas todavía de adoquines, que subían y bajaban, edificios decrépitos pero preciosos, tranvías amarillos, el río asomando aquí y allí de vez en cuando.

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Encontré el hostal fácilmente y la chica de recepción fue muy amable y aceleró el proceso de check-in a pesar de que había llegado antes de lo esperado. También me indicó cómo llegar a un párquing al lado de la comisaria, a un par de calles de allí, donde la moto estaría segura.

Tras una ducha rápida y ropa limpia, salí a la calle con ganas de encontrar los ascensores y el restaurante que una amiga me había recomendado. El mapa gratuito que me habían dado en el hotel no servía de gran cosa, así que opté por andar en dirección al centro, perdiéndome en las callejuelas y disfrutando del ambiente. Me metí en un parque con vistas a la ciudad desde donde podía contemplar el Barrio Alto y el ascensor de Santa Justa. Lo que parecía un parque pequeño resultó ser bastante grande, y descubrí que podía acceder a la parte baja de la ciudad directamente desde allí, rodeando lo que parecía una escuela (¡parte del parque estaba en el techo!) y bajando por un par de callejones. Me quedé de una pieza cuando al llegar abajo torcí una esquina y prácticamente me dí de bruces con el Ascensor do Lavra, uno de los funiculares que unen la parte baja y la alta de la ciudad. Estaba ahí, sin más, al girar la esquina de una calle estrecha, sin ningún cartel que indicase cómo llegar hasta él, solo un pequeño horario junto al vagón y el conductor apoyado al lado, fumando un cigarro.

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Estaba completamente cubierto de graffiti, lejos del amarillo inmaculado que habitualmente aparece en las guías de viajes y catálogos de vacaciones, y yo no terminaba de decidir si eso era bueno o malo. Me encanta la decadencia urbana, me gusta que una ciudad tenga una personalidad marcada, que no esté todo arreglado y con la manicura hecha, sitios como Berlín, y esta ciudad parecía el Berlín de Europa del sur. Quiero sitios especiales, quiero que el turista típico diga “ugh, está viejo y sucio” y se largue y deje estos sitios a los viajeros. Así que decidí que era bueno.

Subí andando por la vía para hacer algunas fotos y, no sé cómo, me acordé que tenía una aplicación de Geocaching en el móvil, y pensé que sería divertido encontrar uno en Lisboa. Miré y efectivamente, había uno justo ahí junto a las vías del ascensor. Buen escondite.

Di un paseo hasta el otro lado de la Avenida da Liberdade hasta encontrar el Ascensor da Glória, en mejores condiciones que su hermano del otro lado de la avenida, que cogí para subir al Barrio Alto y el restaurante Sinal Vermelho, uno de los muchos que llenan las callejuelas del barrio, donde di cuenta de un magnifico bacalao. No os lo perdáis si pasáis por Lisboa.

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Tras la comida visité el Ascensor de Santa Justa, y luego, sin muchas ganas de caminar con el estómago lleno de tan fabulosa comida, busqué el famoso eléctrico 28, uno de los viejos tranvías conocido por su ruta a través de la ciudad y espacialmente por la parte que cruza el barrio de Alfama, por donde pasa a toda velocidad por calles muy estrechas, a escasos centímetros de las casas.

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Al igual que muchos otros que llegan a la ciudad por primera vez, yo daba por hecho que el 28 era una atracción turística, pero no lo es. Es uno más de los muchos tranvías que conforman en sistema de transporte público de la ciudad  y que muchos ciudadanos usan para ir y volver del trabajo, teniendo que enfrentarse a hordas de turistas armados con cámaras para conseguir sitio en el pequeño vagón. Subí en uno cerca del final de la línea y tuve la suerte de conseguir un asiento al lado de la ventana, pero con la hora punta de la tarde se llenó rápidamente y me sentí culpable cada vez que llegábamos a una parada y no había sitio para que subiese más gente. Ahí estaba yo, otro turista más haciendo fotos desde el tranvía, impidiendo a la gente volver a casa después de un día de trabajo.

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Me bajé en Alfama, después de un trayecto propio de una montaña rusa durante el cual la conductora había mostrado bien poca compasión por los peatones, que tenían que apartarse de un salto cuando llegaba el tranvía y apretarse contra las paredes de las casa para dejar que la bestia amarilla pasase volando a un palmo de sus narices.

Al perderse en Alfama es fácil olvidar que uno está en una capital. Es un laberinto de callejones y pasajes, viejas casas construidas una encima de otra, con los sonidos, colores y olores de un pueblecito de costa más de que una ciudad.

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Cuando oscureció me senté en una de las dos mesas que una pequeña taberna tenía en la calle en un callejón y pedí algo de cenar. Para mí, era el sitio perfecto: perdido en el laberinto de Alfama, lejos de los bares turísticos, hablando con el propietario de la taberna y disfrutando del silencio y calma de la noche.

Para terminar un gran día decidí volver andando al hostal a pesar de que quedaba bastante lejos, pero quería contemplar las calles de esta maravillosa ciudad una vez más antes de partir.

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