Soy de Barcelona

Pasan bastante de las dos de la madrugada casi en el otro lado del mundo y llevo las últimas cuatro horas pegado a la pantalla del teléfono siguiendo las noticias. Apenas una hora antes de enterarme del ataque terrorista en mi ciudad estaba hablando con un japonés que acababa de conocer y mencionó el problema de ISIS en Europa. Le dije que Barcelona se había librado hasta el momento. Hasta el momento.

Me siento profundamente triste por este acto de violencia sin sentido, pero al mismo tiempo orgulloso de las muestras de solidaridad que la gente de Barcelona ha dado en estos momentos tan duros, y más orgulloso aún de ver los mensajes de apoyo que llegan de todo el mundo. Aún tengo que encontrar el sitio donde al mencionar el nombre de mi ciudad no me hayan recibido con una sonrisa. Ese espíritu jamás será destruido. El mundo es bienvenido en Barcelona y Barcelona es bienvenida en el mundo.

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Framboise

Día 2 – Martes 1 de agosto – de Sahune a Bellcombe-en-Bauges (404km)

¿Un trayecto corto hasta el lago Leman?

No. Para nada. De hecho, mientras escribo estas líneas antes de acostarme estoy aún a casi 100km del lago, pero no me quejo de nada, la ruta de hoy ha sido maravillosa.

Mi colchón Exped murió y para cuando decidí montar este viaje ya era demasiado tarde para pedir uno nuevo, así que me llevé una de esas colchonetas auto hinchables. Ocupa el doble de espacio plegada que el Exped, y una vez hinchada es cinco veces más fina, de modo que si duermes de lado, como yo, es muy incómoda. Súmadle a eso que el suelo del cámping era tirando a duro y que el calor no dio tregua en toda la noche, y podéis imaginar cuánto dormí. A las 8:00 ya tenía todo empaquetado, había desayunado y estaba listo para partir.

La noche anterior había estado mirando el mapa y vi que a pesar de que según él la ruta pasa por 21 puertos, de hecho no es posible hacerlos todos sin tener que volver atrás en algunos puntos, pues hay rutas alternativas a la principal que llevan a esos otros puertos. Mientras planificaba la ruta el día anterior pensé que sería una pena perderme algunos de los míticos, como el Col de la Madeleine, así que decidí planear una ruta más paisajística.

El trayecto hasta Gap fue de lo mejor que hay; al poco de salir de Sahune la carretera era una maravilla, el aire fresco y la música en el iPod ideal para el momento. Este tramo de la D94 entre Sahune y Serres es una fiesta. Cuando llegué a Gap el GPS me llevó por la carretera de circunvalación, cosa que está muy bien, si no fuera porque no hay ninguna, así que se inventó una a través de barrios residenciales. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo ignoré sus instrucciones y seguí la ruta correcta (que pasa por el centro) con un poco de sentido común y leyendo las señales. Salí hacia el norte por la mítica Route Napoleón (sí, la misma de las películasa de James Bond, pero no el tramo de Cannes) que va hasta Grenoble, pero yo la dejé antes, en Corps, para tomar una carretera más pequeña que me llevó a Sainte-Luce y el primer puerto del día, el Col de l’Holme.

Desde allí un carretera más estrecha que subía y bajaba por el bosque me descubrió dos puertos más, Col de Parquetout y Col d’Ornon, antes de devolverme a la carretera principal en Allemond, desde donde empezaba la subida a los dos primeros puertos importantes: el Col du Glandon y el Col de la Croix de Fer.

Justo pasado Allemond estaba claro que estaba en el paraíso de las curvas. La carretera que ascendía por el valle dejando atrás el impresionante lago de Grand Maison y su presa era zona exclusiva de moteros y cicilistas.

Había algún coche de vez en cuando, pero nunca había visto un coche tan fuera de lugar en una carretera. En lo alto de ambos puertos, decenas de ciclistas agotados pero exultantes se hacían fotos junto a las señales. Yo también me hice algunas fotos pero viéndoles a ellos me sentía poco merecedor del recuerdo. Debo decir que tengo la más gran admiración y respeto por toda la gente que vi conquistar esos puertos a pedal.

Desde arriba del Col de la Croix de fer se veían nubes de tormenta congregándose sobre mi camino, así que me di prisa en bajar por el otro lado, esperando escapar la lluvia que parecía venir inexorablemente. La bajada hacia St-Jean-de-Maurienne era, si cabe, aún más impresionante que el ascenso, estrecha, pronunciada, con barrancos profundos. Había menos ciclistas intentando el ascenso por este lado, pero los pocos que me crucé debían ser superhombres.

Una vez al fondo del valle podría haber tomado la A43 e ir directo al norte a mi destino final, pues se empezaba a hacer tarde, el cielo se cerraba y yo ya acusaba el cansancio; además, los músculos del pectoral izquierdo me dolían, seguramente de dormir en mala postura la noche anterior, pero mi ruta paisajística no estaba terminada aún, me quedaban tres puertos más, entre ellos un nombre reconocible por todos: la Madeleine. Dejé la A43 y empecé el ascenso por una carretera de curvas a través de bosque denso. Las horquillas eran muy cerradas, pero la carretera no era tan estrecha como la de los primeros puertos de la mañana. Más arriba se abría en un suntuoso valle verde que la carretera atravesaba hasta llegar al collado, con unas vistas magníficas. Las nubes de tormenta me seguían persiguiendo, pero hasta ahora había conseguido esquivarlas.

Mientras hacía fotos en lo alto del puerto vi dos parejas en dos Super Ténéré con matrícula española, una de ellas una First Edition como la que me robaron. Me acerqué a hablar con ellos y cuando les conté la historia el tipo me dijo que le sonaba de algo. ¡Resulta que compró la moto en el mismo taller que me la vendió a mí, y el mecánico le había contado la mi historia! El mundo es un pañuelo.

Subir a la Madeleine me suponía un rodeo hasta Albertville y luego bajar un poco hacia el sur antes de volver a encarar hacia el norte y Annecy. Mientras bajaba vi cortinas de lluvia frente a mí; la lluvia de la que había estado escapando me estaba esperando allí delante. El asfalto estaba empapado, señal de que se trataba del clásico chubasco de verano que me iba a dejar empapado en cuestión de segundos. Por suerte, justo cuando llegaba a la lluvia, el GPS me indicó que girase a la derecha hacia otro valle donde el cielo no estaba tan negro. Era la subida a los dos últimos puertos del día, Col de Frêne y Col de Leschau. Eran parte de otro de los recorridos alternativos en la Route des Grandes Alpes, y estaban en una pequeña carretera sin tráfico. Tras pasar el Col de Frêne paré a repostar en el pueblo de Le Châtelard y, justo cuando terminaba de llenar el depósito y me preparaba para seguir los cielos se abrieron y la lluvia que hacía horas que me perseguía finalmente me atrapó. Corrí a refugiarme bajo el porche de la entrada de un Carrefour al lado de la gasolinera y esperé que pasara la tormenta mirando el radar meteorológico en el móvil.

Las nubes avanzaban rápido hacia detrás de mi posición, y podía ver que el cielo estaba más despejado hacia adelante, en dirección al siguiente puerto, así que en cuanto la lluvia paró me puse en marcha. Poco después de la salida del pueblo la carretera volvía a ascender entrando y saliendo del bosque y en una larga curva a la derecha que rodeaba un gran montículo cubierto de hierba vi un pequeño cámping por encima de mí. Aún me faltaban 90km hasta el lago Leman, pero generalmente confío en mi instinto en cuanto a elegir sitio para dormir se refiere, y algo me decía que ese lugar era el bueno. Además, eran ya las 18:00 y estaba cansado, así que di media vuelta y enfilé el camino al cámping.

Era un sitio diminuto, con tan solo un puñado de parcelas colgadas en lo alto de la loma con vistas a los valles del parque natural del Massif de Bauges. Planté la tienda casi al final, con unas vistas magníficas, y me fui a dar una ducha y disfrutar de los lujos que ofrecía el lugar.

Por lujos me refiero a que, al contrario que el cámping anterior, aquí había una mesa de picnic donde podía cenar, un enchufe para cargar baterías, wifi y una especie de sala de lectura donde podía sentarme a escribir.

Mientras cortaba el primer trozo de fuet de la cena noté una presencia cercana. Me giré, con el trozo de fuet aún en la mano y vi esto:

Quería convertirse en mi mejor amigo a sabiendas de que tenía fuet y queso, y no apartó sus ojos de mí ni un segundo. Hipnotizado, no pude evitar darle un poco, lo que no hizo más que empeorar la cosa. Un niña vino a buscarla (era una perra, me dijo la niña, y se llamaba Framboise), pero se negó a irse. Solo cuando hube acabado de cenar y guardado la comida respondió a las insistentes llamadas de su dueña.

Cuentapuertos:

1. Col de l’Holme 1207m

2. Col de Parquetout 1382m

3. Col de l’0rnon 1371m

4. Col du Glandon 1924m

5. Col de la Croix de Fer 2064m

6. Col de la Madeleine 1993m

7. Col du Frêne 950m

Escuela de calor

Día 1 – Lunes 31 de julio – de Barcelona a Sahune (555km)

 

Viajar en moto atrae buenas vibraciones. He descubierto que es sin duda una de las mejores maneras de conocer gente nueva e interesante y, mientras cargaba la moto, aparcada delante de mi portería, pensaba que tenía ganas de pasar los siguientes días en la carretera. Lo que no me esperaba era que el primer encuentro tendría lugar antes incluso de subirme a ella.

“¿Vives aquí, verdad?” oí que me preguntaban. Me volví algo sorprendido, pues la mayoría de la gente suele preguntar por la moto, y me encontré con un chico joven y alto con un casco bajo el brazo. Señaló a una KTM 1150 Adventure R aparcada del otro lado de la calle y me dijo “esa es la mía”. La había visto en la acera muchas veces y siempre me preguntaba de quién sería. Tenía ruedas de tacos y manchas de barro, lo que demostraba que se le había dado buen uso. El chico se presentó como Marc, y resulto que éramos vecinos del mismo bloque. Charlamos un rato y quedamos que haríamos alguna salida tras las vacaciones.

Me negaba a pagar peajes aquí, así que me puse en ruta hacia Ripoll para cruzar la frontera con Francia por Prats de Motlló, que es una ruta mucho más agradable que la que hacen todos los que parten de vacaciones por la A7. Los primeros kilómetros me llevaron exactamente por el mismo camino que hago para ir al trabajo, saliendo de la ciudad con la habitual marea de la hora punta de los lunes por la mañana pero, en lugar de ser un conductor anónimo más, noté que la gente se fijaba en la moto y en mí, sabían que iba a algún lugar más allá. Una vez lejos de la ciudad el sol salió y pensé que hacía un día perfecto: cielo claro, la temperatura subiendo suavemente pero siempre a un nivel agradable a medida que ganaba altura hacia los Pirineos… Estaba perdido en estos pensamientos cuando vi que un Alfa negro con dos chicas preciosas se había puesto en paralelo a mí. La pasajera me sonrió, hizo una foto y me deseó buen viaje con los pulgares levantados. ¡Eso es empezar bien!

Paré a repostar justo antes de enfilar la subida del Coll d’Ares, el puerto de montaña por el que miles de personas huyeron desesperadas hacia el exilio el invierno de 1939, huyendo del avance de las tropas fascistas en los últimos meses de la guerra. Enfrente de la estación, una patrulla ed de los Mossos multaba a un motorista francés pillado por un radar móvil escondido a la salida de una pueblo dos kilómetros más abajo. Por suerte, una furgoneta que venía en el otro sentido me había avisado y aflojé a tiempo.

Bajé hacia Francia por las gargantas del río Tech, una ruta que siempre es un placer. Cuando llegué a Ceret enfilé hacia el norte por carreteras locales para ir un poco más lejos antes de coger la autoroute, y descubrí unos cuantos pueblos preciosos. Tras comer en uno de ellos (Llauro) con unas vistas estupendas sobre la llanura que desemboca en el Mediterráneo empezó a hacer demasiado calor para disfrutar de la moto, así que entré en la autopista cerca de Perpiñán. El plan era ir hasta Grenoble, encontrar dónde dormir y hacer carreteras de montaña el resto del camino hasta Thonon-les-Bains, a orillas del lago Leman, donde empieza la Route des Grandes Alpes.

Sin embargo, cerca de Nîmes ya no tenía tan claro que pudiera llegar tan lejos. La temperatura había ido subiendo sin tregua y ya llevaba rato anclada por encima de los 40ºC, me encontré con el clásico atasco donde la autopista se bifurca hacia Marsella, y el calor, lejos de mejorar cuando tomé la A7 hacia el norte, empeoró. A la altura de Bolène ya estaba harto y decidí cortar hacia el este en dirección a Gap por carreteras secundarias. Buscaría un lugar para dormir y al día siguiente terminaría el camino hasta Thonon-les-Bains.

Al poco de dejar la autoroute la cosa cambió radicalmente. Entré en la zona del parque natural de las Baronnies Provençales, la temperatura bajó, el tráfico desapareció y la maravillosa Francia rural se desplegó ante mí. Normalmente digo que no me gusta tener que atravesar toda Francia para ir a cualquier destino más lejano, pero eso es solamente porque se hace por autopista. Viajando a través de estos pequeños pueblos irresistiblemente franceses recordé lo bello y variado que es este país.

Pasé de largo unos cuantos cámpings antes de encontrar lo que buscaba: un pequeño cámping municipal al lado del río en Sahune. Tranquilo, barato y al lado de un sitio para bañarse. Gap aún quedaba lejos, pero ya estaba sudado y cansado, así que decidí quedarme aquí.

Route des Grandes Alpes 2017 – Intro

Tras un mes de julio inusualmente ocupado en el trabajo, las vacaciones por fin habían llegado y me encontré con dos semanas para mí solo antes de que mi pareja empezara las suyas. No había tenido tiempo de planear nada, pero tenía una vaga idea rondándome por la cabeza acerca de un proyecto que hacía tiempo que quería llevar a cabo; una especie de recorrido y documental sobre una línea de tren jamás terminada en el sur de Aragón que había estado explorando. Pensé que tenía suficiente tiempo para hacer algo con ello ahora, pero dos cosas me frenaron: una, no había podido encontrar a alguien que me ayudase y, dos, la ola de calor que se había cernido sobe todo el sur de Europa con toda probabilidad habría convertido una zona ya cálida de por si en un infierno. No era la mejor época para ir a recorrer vías abandonadas, parecía.

Decidí dejar el tema aparcado por el momento y buscar un destino más fresco. Los Pirineos eran tentadores, pero es un lugar al que puedo acercarme cualquier fin de semana y ya los había recorrido de costa a costa, así que decidí ir más al norte: los Alpes.

Busqué una ruta interesante que pudiera hacer en una semana y poco y descubrí la Route des Grandes Alpes, una ruta que atraviesa todos los puertos de montaña en los Alpes franceses desde el lago Leman hasta la Riviera Francesa. También quería hacer algo de rutas por pistas, pero vi que la mayoría estaban cerradas al tráfico con la excepción de unas pocas rutas míticas en la zona de Briançon, así que quedó decidido: haría la ruta con el añadido de unos días de salidas offroad para hacer las cosas un poco más interesantes.

Los problemas con la llanta – el final de la historia

Una semana después de recibir la llanta, encontré por fin algo de tiempo el fin de semana para dedicarme a ella; era la semana de exámenes finales en el trabajo y esos días siempre son complicados.

Tenía que desmontar los discos de freno de la llanta dañada y ponerlos en la nueva, cosa que preveía difícil, pues los cinco tornillos que los fijan llevan cola para evitar que se aflojen. Luego estaba el tema de los cojinetes. La llanta que compré ya traía, pero no sabía si estaban en mejores o peores condiciones que los de la vieja.

El plan era pintar la llanta durante el fin de semana (recordad que era de color plata), ya que hacía falta una primera capa de imprimación que debía secarse 24 horas antes de dar al menos una capa de pintura negra mate, y luego el lunes llevar las dos llantas y el neumático al taller para que intercambiasen los discos de freno, mirasen los cojinetes y los cambiasen también si hacía falta y montaran el neumático.

Sin embargo, cuando llegué a casa de mis padres, mi padre, mecánico de precisión jubilado y genio del bricolaje, comprobó los cojinetes y descubrió que los de la llanta nueva estaban mucho mejor, de modo que nos ahorrábamos tener que sacarlos y cambiarlos, y también estaba seguro de que podíamos aflojar los tornillos de los discos de freno nosotros mismos. Viendo la oportunidad de dejarlo todo listo en un día empecé a dudar si pintar o no la llanta y alargarlo todo un par de días. Además, unas cuantas personas me habían dicho ya que preferían dejar la llanta de color plata, ya que la V-Strom ha tenido una vida larga e interesante, es una superviviente, así que llevar las llantas de colores diferentes no haría más que sumarle encanto. Al fin y al cabo, el intermitente delantero izquierdo está aguantado con cinta americana desde que el viento tumbó la moto una noche en un fiordo en 2013, así que me pareció que tenían razón.

Bastó con hacer una buena palanca con decisión para desbloquear los tornillos, y luego me puse a desmontar el disco del sensor del ABS. Cuando fui a montarlo en la llanta nueva, me llevé un buen chasco.

A pesar de que la llanta era para los modelos de 2007 a 2010, tenía exactamente los mismos códigos que la otra, tenía los puntos de montaje de los discos de freno en el lugar correcto para dejar sitio al disco del sensor del ABS y el disco encajaba perfectamente en el lugar previsto para ello… ¡no había agujeros para los tornillos que lo aguantan!

No me lo podía creer… Suzuki había modificado la llanta cuando empezó a ofrecer el ABS en 2007, pero parece que solo hacía los agujeros en los modelos que lo llevaban, cosa que creo que son ganas de complicar las cosas en la línea de producción. ¿Por qué no hacer todas las llantas iguales?

No íbamos a dejar que este imprevisto nos detuviera a estas alturas, así que sacamos la colección de herramientas que mi padre ha amasado a lo largo de décadas y atacamos el problema.

Taladramos tres agujeros y, con una herramienta especial, cortamos la rosca para los tornillos en ellos. El disco del sensor del ABS quedó perfectamente fijado en su sitio y a continuación montamos los discos de freno.

Conseguí encontrar un taller abierto un sábado por la tarde, me montaron el neumático al momento por 20€, y por fin pude volver a ponerlo en la moto. En total, había tardado poco menos de un mes, pero mi bolsillo se alegra de no haber tenido que pagar por una llanta nueva!

Il cerchio

Tras el fracaso de intentar reparar la llanta aquí en Barcelona, sopesé mis opciones:

  1. Atarla al portaequipaje de la AT, ir hasta Astrakán y que me la arreglaran allí.

Por muy tentador que sonara, no tenía el tiempo ni el dinero para ello (aún, pero quiero volver en el futuro).

  1. Comprar una llanta nueva.

El precio de venta de una llanta nueva supera los 500€, que debe ser más o menos la mitad de lo que vale mi moto con 160.000 kilómetros, así que eso tampoco era una opción.

  1. Encontrar una llanta de segunda mano.

Eso ya era una opción más realista. Primero fui a ver a Fabio en Hamamatsu Motor y le conté el percal. Estuvo de acuerdo que una llanta de segunda mano era la mejor alternativa y enseguida me encontró una online, pero venía de un desguace profesional y era un poco cara.

La opción más barata sería buscar una de un particular a través de los foros de motos y tiendas online, así que quedamos en que lo intentaría por mi parte y si no encontraba nada, me pediría la que habíamos visto.

El problema es que cualquier elemento en la parte delantera de una moto (llanta, horquilla, faro, etc.) es lo primero que se rompe en la mayoría de accidentes, así que encontrar una llanta en buen estado iba a ser una tarea complicada, sobre todo si la necesitaba rápido. Para empeorar la cosa, las ruedas de los modelos con y sin ABS no son intercambiables, y la de la V-Strom 1000 tampoco sirve. Me pasé una semana de página en página y conseguí encontrar hasta cuatro llantas, pero eran todas del modelo sin ABS. Di con una en el sur de España; estaba en buen estado y era barata, pero no sé por qué el tipo que la vendía me tuvo cuatro días esperando para confirmar finalmente que era sin ABS. ¡Argh!

Llamé a Fabio para que encargara la que habíamos visto, pero ya se había vendido. ¡Estas cosas vuelan! Volví a la búsqueda y finalmente encontré la adecuada: ABS, modelo 2007. El problema es que era plateada, no negra. Y estaba en Italia. Y era más cara que todas las anteriores… Pero llegados a este punto no me podía permitir seguir buscando algo mejor, y aun así era mucho más barata que una nueva, así que la pedí.

Una semana más tarde llegó. Me la llevé a casa, abrí el embalaje y comprobé que fuera la correcta.

Los códigos eran los mismos:

Y también los puntos de montaje de los discos de freno, que son la principal diferencia entre el modelo con ABS y el modelo sin. En el segundo van montados cerca del centro, en el primero tienen puntos de montaje más hacia el exterior para dejar espacio al disco del sensor del ABS:

¡Genial! El único pero era que a pesar de que las fotografías en el anuncio mostraban la llanta sin neumático, había llegado con uno viejo montado, imagino que para proteger el borde durante el transporte. Estaba en su sitio e hinchado, lo que significaba que me volvía a tocar destalonarlo y sacarlo otra vez… Y ahora sin la ayuda de un par de manos extra. Ah, y era la semana más calurosa en lo que llevábamos de año. ¡Hurra! Bueno, de nuevo, así practico para el futuro. Aquí podéis ver cómo destalonar el neumático con la pata de cabra si estáis solos:

Reparar una llanta – Barcelona vs. Astrakán

¡Hora de reparar la llanta! He pensado que es una buena ocasión para hacer una útil comparativa para aquellos que en algún momento se sus vidas se encuentren con la clásica disyuntiva de hacer reparar una llanta en España o en Rusia. Ya se sabe, el dilema habitual… ¿Dónde es más fácil? Astrakán, una ciudad de medio millón de habitantes en la desembocadura del Volga totalmente desconocida para mí y con un idioma del que no hablo ni una palabra, o Barcelona, mi ciudad natal. Vamos a comparar experiencias.

Encontrar un taller para reparar la llanta resultó mucho más fácil que en Astrakán. Una simple búsqueda en Google, comparar opiniones en foros de motos y a elegir uno. En Astrakán tuve que dar vueltas hasta encontrar un grupo de moteros, convencer a uno de ellos, Arkan, para que me ayudase y confiar ciegamente en que sabría lo que hacía, porque no hablaba ni una palabra de inglés. Así que el primer punto es para Barcelona.

Me puse en contacto con XR Llantas, que reparan y fabrican llantas de todo tipo, tanto para particulares como para equipos de competición. Tienen buena reputación y confiaba en que harían un buen trabajo.

Les mandé fotos de los desperfectos en la llanta para ver si era posible repararla o no. Dijeron que necesitaban ver la llanta en persona para asegurarlo, pero que parecía factible. Una vez hube desmontado el neumático, la llevé a su taller en Barcelona un lunes por la mañana.

El sitio era más pequeño de lo que me esperaba, y había llantas de todos los tipos y tamaños ocupando cada centímetro libre del espacio, pero parecía que eran expertos en la materia. Le dejé la llanta a un hombre que la inspeccionó meticulosamente y dijo que tendrían que hacer algunas pruebas (habló de infrarrojos y ultrasonidos) para ver si era reparable. Comparado con la chatarrería a la que me llevó Arkan, esto parecía la NASA. Barcelona 2 – Astrakán 0.

Me dijeron que tenían mucho trabajo y que no podrían hacer nada hasta el jueves. Entretanto tenía la AT para ir a trabajar, así que me pareció razonable. Al menos no estaba atrapado en el calor asfixiante del verano en Astrakán.

Una semana más tarde aún no había tenido noticias suyas, así que llamé. Dijeron que la habían estado mirando pero lo habían dejado porque tenían otros encargos más urgentes. Parece que el tipo con el que hablé por teléfono no estaba en el taller; me dijo que creía que estaría lista al día siguiente y que me llamaría para avisarme. Eso eran ya ocho días, mientras que en Astrakán la cosa estuvo solventada de lunes a viernes por la mañana. Barcelona 2 – Astrakán 1.

El martes llegó y pasó sin noticias de la llanta, y yo no me pude escapar de las clases en horario de oficina para llamar. En Astrakán Arkan llamó puntualmente como prometido. Barcelona 2 – Astrakán 2.

Llamé al taller el miércoles por la mañana y el hombre con quien hablé parecía sorprendido de que no me hubieran llamado el día anterior, pues creía que la llanta ya estaba lista. Prometió preguntar y volver a llamarme.

Media hora más tarde recibí la llamada prometida, pero no con las noticias que esperaba. Habían hecho sus pruebas y determinado que el golpe era demasiado serio para poder repararlo, intentar enderezarla debilitaría el aluminio en exceso y cabía el riesgo de que se agrietara y causara un accidente. Conclusión: no era reparable. En Astrakán cogieron una rueda en bastante peores condiciones, la repararon sin rechistar en cuatro días y siguió cumpliendo con su cometido a diario hasta dos años más tarde, cuando se formó un poro uqe dejaba escapar el aire y la cambié. Barcelona 2 – Astrakán 3.

Conclusión: si necesitáis una reparación, que os la haga un mecánico ruso.