El duro camino a Osh

Día 12 – 11 de agosto – de Tash Rabat a Kazarman (262km)

Me desperté renovado tras una buena noche de descanso en la yurta de lujo, aunque no podía decirse lo mismo de Marc, que se tuvo que levantar hasta cuatro veces para visitar el baño y la cosa no parecía ir a mejor.

Durante el desayuno el encargado del campamento seguía insistiendo, como llevaba haciendo desde la noche anterior, que probásemos la sauna, pero queríamos salir lo más temprano posible para hacer los seis kilómetros restantes hasta Tash Rabat y ver el caravanserai.

Un caravanserai es una especie de posada donde las caravanas podían descansar y pasar la noche en la ruta de la seda. A 3200 metros, Tash Rabat era la última edificación antes de alcanzar el paso de Touragart y la frontera con China y, a pesar de que data del siglo XV como caravanserai, hay estudios que creen que pudo se construido en el siglo X como un monasterio. Es uno de los ejemplos mejor conservados de este tipo de construicciones, y es increíble pensar lo difícil que debía ser construir una estructura así de grande con sus 31 estancias a esta altura.

Tras la visita teníamos dos opciones para seguir la ruta: la carretera principal de vuelta a Naryn hacia el noreste y luego dirigirnos hacia el oeste a Kazarman, nuestra parada intermedia antes de Osh, lo que suponía dar algo de vuelta; o cortar directos hacia el norte a través de las montañas para ir a empalmar con la carretera Naryn-Osh en Baetov, una ruta que nos habían dicho que tenía unas vistas espectaculares pero que podía ser difícil con mal tiempo.

En rojo oscuro, la ruta que pasa por Naryn, en verde, el atajo a través de las montañas. El marcador de la izquierda es Kazarman. Entre ese punto y donde la ruta verde empalma con la roja, hay ¡160km!

Marc pospuso la decisión sobre las rutas hasta poder hacer otra visita al lavabo del campamento de yurtas en el camino de bajada, y resultó que la decisión se tomó sola. Cuando llegamos al campamento vimos que su neumático delantero estaba dañado de haber ido sin aire el día anterior y luego haberlo manoseado tanto intentando meter una cámara dos veces, se había deformado y la cámara (milagrosamente intacta) asomaba por un lateral.

Llegados a ese punto no quedaba otra alternativa que conseguir un nemático nuevo, pero en este país no hay motos grandes, así que el único lugar donde conseguir uno era Osh, a dos días de camino a través de dos pasos de montaña.

Decidimos dejar la moto de Marc en el campamento de yurtas, donde el encargado la vigilaría, y que yo me llevaría la rueda e iría hasta Osh con Katja para montar un neumático nuevo. Marc buscaría alguien que lo bajara a Naryn y tendría al menos cuatro días para recuperarse del estómago.

Para cuando salimos ya eran las 2 de la tarde, así que tomamos la ruta a través de la montaña hacia Baetov. ¡Y menuda ruta! Era sin duda el mejor recorrido que había hecho hasta la fecha: 90 kilómetros de regiones remotas de montañpa y buenas pistas con algunos cruces de río fáciles.

A medida que nos acercamos a Baetov entendí porqué nos habían dicho que la ruta podía ser difícil con mal tiempo. Los ríos que cruzamos bajaban casi secos, pero el lecho era muy ancho, de modo que serían imposibles de cruzar si había llovido, y los últimos kilómetros hasta Baetov tenían pinta de ser un infierno de barro si estaba mojado.

Una vez en la carretera principal programé Kazarman en el GPS y vi que aún nos quedaban 160 kilómetros para llegar. Pensábamos que podíamos hacerlo con tiempo antes de la puesta de sol, pero entonces vimos que todos los 160 kilómetros eran tierra y teníamos que cruzar un paso de montaña.

Seguimos adelante a pesar de todo y, cuando estábamos a unos 40 kilómetros de Kazarman, desastre.

Salí de una curva y me encontra con el sol bajo directamente delante de mí, me cegó un instante y fue suficiente para meterme en un montón de gravilla acumulada enmedio de la pista. La moto empezó a irse hacia la derecha y antes de que pudiera hacer nada para corregirlo ambas ruedas se clavaron, volcó hacia el otro lado, me escupió por encima y aterricé sobre la espalda.
Me quedé en el suelo unos segundos, comprobando que pudiera mover brazos y piernas, me levanté y corté el contacto de la moto. Me dolía el lado izquierdo de las costillas, pero no demasiado, pero cuanto intenté levantar el brazo izquierdo sentí un aguijonazo de dolor en la base del omoplato y temí que algo podía estar roto o como mínimo fisurado.

No había forma humana de que levantara la moto yo solo, así que me quité el casco, recogí las cámaras que se habían roto de sus soportes, me senté a lado de la carretera y esperé a que Katj se diese cuenta de que ya no iba detrás suyo.

Levantamos la moto y comprobé los daños: había aterrizado sobre la parte superior del carenado izquierdo, que estaba arañado y roto en varios sitios, el soporte de la cúpula estaba doblado, cosa que era una putada porque forma parte integral de la araña, y había otras partes de plástico por la zona del intermitente también rotas. El intermitente había sobrevivido milagrosamente, al igual que el manillar, maneta de embrague, espejo, pedal del cambio y todas las demás partes importantes. La suspensión y el freno delantero tampoco presentaban daños y la cadena se había salido de detrás, pero la pude meter girando la rueda, así que la cosa parecía bien en general.

Me subía a la morto y vi que en la postura normal no me dolía demasiado la espalda, así que probablemente podía llegar a Kazarman, que era el único pueblo cercano.

Llegamos allí justo después de la puesta de sol, encontramos un alojamiento del CBT, me tomé un analgésico y caí muerto en la cama.

Tres países en un día

Día 4 – Viernes 28 de junio – De Smrjene a Budapest (532km)

¡Que día! Una de las cosas que te dicen sobre viajes así es que es cuando empiezas a tener problemas cuando empieza la verdadera aventura. Bueno, puede sonar a locura, pero es cierto: tuve la primera caída y a pesar de ello, fue otro día maravilloso.

La caída no fue grave, pero sí bastante humillante… Acababa de salir de Smrjene e iba de vuelta a la ciudad para atravesarla e ir hacia la frontera siguiendo las instrucciones en el GPS. El trafico era bastante denso otra vez, era hora punta por la mañana y estaba parado en un semáforo detrás de una furgoneta que me tapaba la vista hacia adelante. El semáforo cambió y el traficó empezó a moverse, cuando de repente la furgoneta clavó los frenos y yo también para evitar darme contra ella. Justo estaba empezando a moverme, de modo que la moto estaba un poco inclinada, no habiendo cogido aún suficiente velocidad para mantenerse derecha ella sola, así cuando frené de golpe se inclinó demasiado hacia un lado y pasado cierto ángulo, la caída era inevitable. Cayó estrepitosamente en medio de una calle principal llena de coches en el centro de la ciudad. Me levanté, comprobé que yo estuviese bien (lo estaba) e intenté levantar la moto para apartarla, pero enseguida descubrí que completamente cargada era demadiado pesada para para levantarla solo.

Por suerte, un chaval cruzó la calle rápidamente entre el tráfico y me ayudó a levantarla. La arranqué y la llevé a una parada de bus para ver si se había roto algo. Había aterrizado en los BarkBusters, que hicieron su trabajo muy bien y evitaron que se dañase la maneta del embrague, y en la maleta izquierda, que tenía una pequeña rascada. El botellero exterior se había soltado del tornillo inferior pero eso parecía ser todo. Arranqué y seguí mi camino.

Me han dicho que en viajes tan largos es necesario cierto tiempo para ir cogiendo el ritmo, y hoy empecé a verlo. Tenía otro largo día por delante, pero esta vez no me preocupaba perder tiempo si me paraba a hacer fotos a algo que me gustase o a descansar más a menudo. Sabía que tenía todo el día para llegar, y podía disfrutar de la carretera.

Con esta nueva mentalidad, me paré poco después de dejar la ciudad y descubrí que la maleta izquierda no estaba bien cerrada. Al inspeccionarla más de cerca me di cuenta de que la caía la había empujado contra el soporte, doblándola lo suficiente para deformar el labio de la apertura, de modo que ya no quedaba alineado con la tapa.

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Estaba bastante nublado, y Franci había mirado la previsión del tiempo para Hungría y había posibilidad de lluvia, así que me preocupaba que entrase agua en la maleta, sobretodo porque era la que contenía el material de acampada y de dormir. Decidí intentar encontrar un taller para ver si la podían enderezar. De vuelta en la carretera empecé a buscar y enseguida vi algo que parecía uno. Me acerqué y resultó ser una especie de estación de ITV. Como ya estaba allí, decidí preguntar dónde podía encontrar un lugar para repararla, así que me acerqué a un hombre que salía con los papeles de su coche en la mano. Le expliqué el problema, echó un vistazo a la maleta e inmediatamente sacó su móvil y llamó a un amigo suyo que tenía una planchistería. Desafortunadamente, no contestaba, así que me acompañó a la nave de al lado, donde había un lavado de coches.

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El hombre del lavado llamó a su colega, que tenía un pequeño taller detrás del edificio, y vino y me indicó con gestos que desmontase la maleta de la moto y se la diese. Lo hice, y diez minutos más tarde volvió con la maleta en la mano, lo suficientemente enderezada para que la tapa volviese a encajar bien. Les di mil gracias y seguí mi camino.

Un par de horas después encontré un taller desvencijado con estas maravillas en la puerta y me paré a hacer unas cuantas fotos.

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Las carreteras eran geniales otra vez, y me estaba preguntando si la gasolina sería más barata en Hungría o en Eslovenia cuando de repente, saliendo de una curva y subiendo una colina muy empinada, me encontré con una señal que me sorprendió.

Uno puede toparse con gente, con problemas, con una farola si no se anda con ojo, pero era la primera vez en mi vida que me topaba con un país. Aparentemente, me había encontrado con Austria por casualidad.

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Mirando el mapa había visto que había una línea bastante recta de Ljubljana a Budapest, pero aparentemente mi GPS había decidido que me gustaría más la ruta paisajística, y no se equivocó. Me había llevado hacia el norte, en dirección a Graz, y luego hacia el este por encima del parque natural Orségi Nemzeti y luego a Hungría. Disfruté mucho de esas horas en Austria y aproveché para conseguir otra pegatina y llenar el depósito, ya que la gasolina era más barata que incluso en España. Me parece que el viaje que algún día quería hacer por el norte de Italia se va a quedar en proyecto… ¡con esos precios prefiero visitar Europa central! El paisaje es mejor, también. Una vez crucé la frontera, sin embargo, todo cambió.

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La carretera seguía siendo estrecha, pero estaba en bastante mal estado, y todo parecía peor cuidado. Me paré en una gasolinera justo en la frontera para cambiar algo de dinero por primera vez y comprar otra pegatina.

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Había estado medio tapado todo el día, condiciones perfectas para ir en moto, no demasiado calor, sin lluvia… pero por la tarde el tiempo empeoró y parecía que iba a llover. Iba pensando que debería parar y poner la capa impermeable en el traje, pero eso suponía desmontar el petate y mi yo más optimista no dejaba de ver que más adelante el cielo estaba más claro. Eso sí a media mañana me había tenido que poner los guantes de invierno, que hacía frío.

Al final llegué a Budapest seco y encontré el lugar donde me quedo un par de días sin problemas. Si venís a Budapest en moto o en bici, ¡este es el lugar donde alojarse! Acampé, me dejaron un par de herramientas de precisión (también conocidas como martillos) y me dediqué a volver a darle forma a la maleta a base de golpes. Pero ya contaré más mañana, que hoy fue un día largo, unas diez horas en la moto, y ya es tarde.