El duro camino a Osh II

Día 13 – 12 de agosto – de Kazarman a Osh (268km)

El sol y el calor me desperaron antes de que sonara el despertador, el sol aquí ya luce antes de las 6 de la mañana, y lo primero que noté era que había dormido como un tronco a pesar de la espalda. Me giré con precaución esperando que el dolor fuera peor que el día anterior ahora que el analgésico y la adrenalina ya no hacían efecto y me había enfriado pero, inesperadamente, el dolor se mantenía al mismo nivel que la noche anterior. Descubrí que, si bien no podía levantar el brazo más de unos 10 grados de su posición de reposo estado de pie, si lo agarraba con la mano y lo movía con el otro brazo, podía hacer una rotación entera sin sentir dolor, lo que me dió esperanza de que no hubiera ninguna fractura, pues de otro modo dolería horrores.

Conseguí atar mi bolsa a la moto y ponerme todo el equipo sin tener que pedir ayuda a Katja, a pesar de tener una distracción seria.

Salimos y nos dirigimos a lo que esperábamos que sería una segunda mitad del trayecto a Osh dura. Bueno, al menos salíamos temprano. Sabíamos que teníamos unos 160 kilómetros de pista hasta la carretera principal que une Bishkek con Osh.

Estaba bastante cómodo en la moto, y la mayor parte del tiempo la espalda no me dolía. El ascenso al paso de montaña tenía algunos giros muy cerrados con tierra suelta que tenía que tomar con precaución y, de vez en cuando, bajaba algún camión enorme de cara, levantando tanto polvo en la pista estrecha que no me quedaba otra que parar al borde de la montaña y esperar que pasara, pero a pesar de todo pude disfrutar de las vistas.

A unos 40 kilómetros de la carretera principal cruzamos otro pueblecito más en el camino y encontramos asfaltao. No dejé que me enganñasen las esperanzas, pues ya había aprendido por las malas que aqui la calle principal de los pueblos está asfaltada, pero el asfalto desaparece tan buen punto termina el pueblo. Sin embargo, esta vez la fortuna se apiadó de nosotros y, tras 120 kilómetros de tierra, el asfalto llegó para quedarse hasta Osh.

Llegamos allí a una buena hora, sobre las 4 de la tarde, con un calor de casi 40 grados y rodeados del tráfico de locura habitual por estos lares. Pensaréis que me fui directo a un hospital, pero en lugar de ello fui a Muztoo, un taller que da servicio a todos los moteros que pasan por Osh de camino a Tajikistan, China, Mongolia, la India, el sudeste asiático, o dando la vuelta al mundo.

El taller era un hervidero de actividad, con un montón de gente reparando o haciendo mantenimiento en sus motos, pero en cuanto expliqué lo que necesitaba para la rueda de Marc, el mecánico me encontró un neumático Mitas E-07 nuevo y lo montó. Con el primer reto superado, me fui para las oficinas del CBT de Osh a ver si había algún transporte de turistas que saliera para Naryn y se pudiera llevar la rueda. Mi inteción original era volver con la rueda yo mismo, pero habiendo visto la carretera y depués del accidente no había manera de que pudiera hacer eso.

La chica de la oficina de CBT removió cielo y tierra para ayudarme y, a pesar de que no había ningún transporte de turistas en los próximos tres días, me puso en contacto con un taxista que dijo que se la daría a otro conductor que saldría a la mañana siguiente, conduciría todo el día hasta Bishkek y luego al día siguiente conduciría hacia el sur hasta Naryn y entregaría la rueda, todo por 2000 som (unos 26 euros). Le dí el dinero y la rueda, con la esperanza de que cumpliría con su palabra y por fin me fui hacia el hostal.

Crucé el centro de la ciudad siguiendo el GPS, pero cuando llegué a donde se supone que estaba el hostel lo único que había allí era una fábrica que se caía a pedazos. No pasa nada, estas cosas suelen pasar en países soviéticos, suele haber varias hileras de edificios una detrás de otra apartadas de la calle, así que probablemente solo tenía que dar la vuelta a la manzana y encontraría el hostal. El problema era que no había manzana, la calle era interminable. Di la vuelta y conduje en la dirección opuesta, pero era la misma historia. Volví a la fábrica y me dí cuenta de que en la puerta de acceso al recinto había un cartel diminuto que rezaba ‘hostel’ y un flecha que apuntaba a través de las puertas. Entré y, efectivamente, ahí estaba el hostal, al final de un callejón con mala pinta en la parte de detrás de la fábrica, pasado otro edificio en construcción.

Agotado una vez más, hice el check in y me derrumbé en la cama de una diminuta habitación del tercer piso, bajo un sol que había estado cociéndose al sol todo el día.

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