Mis viejos amigos de Kazajstán

Día 3 – Lunes 30 de marzo – De Toledo a Mérida (342km) – [MAPA]

Cuando estaba planificando la ruta quería ver la zona al sur de Madrid, ya había estado al norte un par de veces con la moto y me apetecía ver algo nuevo. Al salir de Toledo podía tanto coger la autovía, terminar el día en un par de horas y pasar el resto del tiempo visitando Mérida o ir hacia el suroeste y tomar las carreteras a través de la reserva natural de Cijara, que parecía una opción mucho más atractiva que tener que aguantar más kilómetros de autovía; sin embargo eso significaba que si quería llegar a tiempo de ver Mérida tenía que madrugar.

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El despertador sonó a las 7 de la mañana y diez minutos más tarde ya estaba arrastrando las bolsas hasta la moto, aparcada a un par de calles, en una pequeña plaza reservada sólo para residentes. Aún era de noche y las calles estaban desiertas, en marcado contraste con la tarde anterior, cuando cientos y cientos de personas llenaban las calles para ver pasar las procesiones. La única gente que había en pie tan temprano un lunes eran los equipos de limpieza, barriendo a manguerazos las calles de adoquines. Esperaron pacientemente a que cargase la moto antes de terminar ese rincón de la plaza, y salí de la ciudad con la tenue luz del amanecer, con cuidado de no resbalar en las pronunciadas cuestas de calles mojadas, hacia una mañana que se antojaba interesante.

El sol salió cuando dejaba la carretera principal y entraba en los Montes de Toledo, abrí la visera del casco e saboreé los olores del bosque por la mañana mientras subía por una carretera perfecta con cero tráfico.

La carretera perfecta no duró mucho, sin embargo… Había empezado en la CM 4157, pero el asfalto bueno seguía bajo el nombre CR 701 y mi CM 4157 se convertía en poco más que una pista asfaltada, aparentemente sin más tráfico que camiones de troncos, con lo que no me extrañó que hubiese más parches y boquetes mal reparados que asfalto. Incluso a un ritmo muy moderado los saltos y las vibraciones eran muy molestos, así que me lo tuve que tomar con mucha calma y disfrutar del paisaje.

Me lo estaba pasando en grande, más o menos a medio camino entre la carretera principal y el embalse de Cijara cuando oí un ruido metálico que venía de detrás de la moto. Aflojé el ritmo y el ruido desapareció, pero en el momento en que volví a ganar velocidad y la moto empezó a vibrar por la mala carretera el ruido metálico volvió. No notaba nada raro a través del manillar ni del culo, así que imaginé que algo se había aflojado en las maletas. Paré para mirarlo, intentando encontrar qué era lo que vibraba, pero no fui capaz. Determiné que el ruido venía de la parte trasera izquierda de la moto, quizá debajo de la maleta, quizá detrás, pero no parecía haber nada suelto allí. El bidón de gasolina seguía bien atado, y no hacía ningún ruido al moverlo con la mano, igual que las botellas de agua delante, los herrajes de las maletas, el reposapiés del pasajero, la tapa, los candados y el petate atado a la tapa. Proseguí el camino, pero el ruido volvió tan buen punto gané algo de velocidad. Sonaba como si arrastrase una lata vacía detrás de la moto, y ya estaba empezando a mosquearme seriamente. Estaba en medio de la nada, con cero cobertura en el móvil y el único otro vehículo que me había cruzado en la carretera era un camión de troncos… no me apetecía nada pasarme la mañana entera esperando a que apareciese algo. Paré otra vez  y comprobé el caballete y la pata de cabra, sin encontrar nada raro. Entonces, al agacharme para mirar la cadena, lo vi. Con tanta vibración se había soltado uno de los dos tornillos que aguantan el protector de la cadena, y el protector estaba dando contra el soporte. Es una pieza de plástico (llevo el original) pero tiene una placa de metal en el soporte trasero, que era lo que hacía el misterioso ruido. Intenté engancharlo con una brida de plástico, pero me daba la sensación de que las vibraciones la romperían otra vez enseguida, así que lo desmonté del todo y lo até encima de uno de los petates hasta que llegase a un pueblo donde pudiera encontrar un tornillo.

Seguí mucho más tranquilo, disfrutando de la belleza del parque. Me di cuenta de que había carteles de “reserva natural” cada pocos kilómetros, pero me sorprendió ver que también había muchos carteles de indicaban los límites de reservas privadas de caza, y un poco más lejos me encontré con una zona de árboles cortados y maquinaria pesada, seguramente el camión de troncos venía de aquella zona. La caza y la tala de árboles me parecieron una manera bastante peculiar de proteger una reserva natural… en fin, España es un país peculiar, ya se sabe.

Me encontraba ya en Extremadura, y tras tomar una carretera todavía más pequeña alrededor del embalse de Cijara otro recuerdo de Kazajstán vino a visitarme: primero habían sido las vibraciones aflojatornillos, ahora era el socavón sorpresa de un palmo de hondo con bordes vivos. No quería cargarme una llanta otra vez, así que aflojé el ritmo hasta casi ir como andando y me dediqué a jugar al videojuego de esquivar agujeros.

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La mala carretera terminaba cerca de Helechosa, y desde allí la carretera que me llevó hasta la pared del embalse era maravillosa. Paré allí unos minutos a hacer fotos a la presa antes de volver a tomar la carretera para el último tramo antes de Mérida y descubrí sorprendido que me encontraba en la Siberia Extremeña.

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Llegué a Mérida a la hora de comer e hice el check in en el hostal que había reservado. Estaba a sólo 15 minutos a pie del centro histórico, tenía una habitación con baño propio para mi solito y había un garaje subterráneo gratis para la moto. ¡Bien!

Las ruinas romanas de Mérida son espectaculares, y a pesar del calor asfixiante estaba dispuesto a ver tanto como pudiera antes de la puesta de sol, así que empecé inmediatamente después de comer unas tapas en la plaza principal. Bajé hasta el río y lo crucé por el puente nuevo para tener unas buenas vistas del puente romano y hacer algunas fotos, pero parece que no era la mejor idea… eran las cuatro de la tarde, el puente era bastante largo y no había ni una sombra.

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No hace falta decir que era el único loco andando por el puente a esa hora. El camino de vuelta a través del puente romano me llevó hasta la Alcazaba, donde se puede comprar una entrada que da acceso a todos los monumentos de la ciudad por sólo 12€, y si uno no tiene tiempo de verlos todos, la entrada no tiene fecha de caducidad, así que se puede volver cualquier día más adelante y ver el resto.

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Comencé mi tour en esa fortaleza del siglo IX y dediqué más tiempo del que era estrictamente necesario a la visita del aljibe, una cisterna subterránea que filtraba y recogía agua del rio, donde la temperatura era mucho más agradable que en el exterior.

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Desde allí me dirigí al polo turístico de la ciudad, el anfiteatro y el teatro romanos, pero no sin antes pasar por el foro y el templo de Diana.

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El anfiteatro y el teatro romanos son dos de los edificios mejor preservados de su período y un buen ejemplo de hasta qué punto los romanos entendían la importancia de mantener entretenida a la población. Bajando entre las gradas y mirando el imponente escenario, era fácil imaginar el lugar lleno de ciudadanos, sentados en distintas secciones según su clase social, disfrutando de las obras.

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Se estaba haciendo tarde, pero aún hacía bastante calor. Hora de la última visita antes de regresar al centro en busca de más tapas i cerveza. Había dejado el Circo Máximo para el final porqué sabía que con 400 metros de longitud por 30 de anchura no iba a ser divertido andar al sol por la misma tierra donde Diocles obtuvo muchas de sus 1.462 victorias.

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Terminada la visita me di cuenta de que aún era temprano para cenar, así que decidí aprovechar la entrada e ir a terminar mi tour con una visita a la cripta de Santa Eulalia.

Con el sol por fin bajo, me busqué una mesa en la terraza de una callejuela y me regalé unas bien merecidas cervezas antes de pedir unas tapas y volver al hostal. Un último monumento me esperaba en el paseo de regreso: el acueducto, altivo sobre el pequeño rio justo a la salida del centro.

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