Tizi n’Tichka y fin de año en Marrakech

Día 6 – 31 de diciembre – de Ouarzazate a Marrakech (221km)

A pesar de que el sol ya había salido para cuando empezamos a cargar las motos la temperatura que indicaba el cuadro era tan solo cuatro grados centígrados. Hoy iba a ser el gran día, el último reto antes de empezar la vuelta a casa. Había dos puntos en nuestra ruta que habíamos considerado potencialmente difíciles: cruzar el Atlas Medio de camino al sur hacia Merzouga, y cruzar el Alto Atlas en la subida hacia Marrakech. El primero no había planteado ningún problema, tuvimos buen tiempo y a pesar de haber encontrado nieve en los puntos más altos, las carreteras estaban limpias y las temperaturas eran bajas pero dentro de lo razonable. Esta vez, sin embargo, íbamos a subir más alto, a través del famoso puerto de Tizi n’Tichka. En los últimos días había ido recibiendo algunas fotos y vídeoimg-20161231-wa0000s de gente que estaba de ruta en distintos puntos del Atlas y el denominador común era nieve y frío. La habitual imagen de una carretera serpenteante sobre un trasfondo rocoso y ocre había sido sustituida por un manto blanco con una delgada línea negra haciendo eses montaña arriba. A pesar de que nos habían asegurado que la carretera era una ruta principal a través del Atlas y, como tal, se mantenía limpia de nieve, temíamos que las temperaturas pudieran ser demasiado bajas, así que por primera vez en el viaje saqué la artillería pesada: unas mallas de correr de invierno para llevar debajo de los pantalones de moto, calcetines de seda para llevar debajo de unos calcetines de esquí de lana gruesa, sotoguantes de seda y una capa extra entre el polar y la camiseta térmica.

Antes del asalto al puerto queríamos visitar Ait Benhaddou, la famosa ciudad de barro fortificada que ha aparecido en incontables películas.

img_1820Hacía muy buen día y, para cuando aparcamos las motos y cruzamos el río hacia la entrada de la ciudad, la temperatura era bastante alta.

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Lo primero que visitamos fue una kasbah, un frío y oscuro laberinto de corredores estrechos, escaleras y habitaciones, pero en cuanto salimos y empezamos a ascender por las callejuelas de la ciudad vestidos para el frío extremo nos arrepentimos de nuestra decisión de habernos puesto tanta ropa.

img_1834Al menos la visita bien valía sudar un poco, y no tardamos en volver a las motos, así que nos la dejamos puesta.

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Un par de días antes, un amigo me había recomendado una ruta con mejores paisajes como alternativa para subir al Tizi n’Tichka: en lugar de regresar a la carretera principal tras la visita a Ait Benhaddou, hay una pequeña carretera local que sigue pasada la ciudad y atraviesa varias aldeas de montaña antes de unirse a la nacional justo antes del puerto. Con tan buen tiempo pensamos que valía la pena arriesgarse y tomamos esta ruta.

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Al cabo de poco no quedaba ni rastro de lo más turístico y nos encontramos en una carretera estrecha y sin tráfico que subía a través de un valle rocoso con preciosos pueblecitos de barro que iban apareciendo y desapareciendo. En todos ellos, los niños salían corriendo a darnos la bienvenida en la carretera en cuanto oían las motos acercarse a sus casas; da igual en qué lugar del mundo se encuentre uno, a todos los críos les encantan estas máquinas. El paisaje cambiaba de polvo y rocas a arcilla oscura a medida que ganábamos altura y más adelante el valle se abría en una llanura fértil donde nuestra ruta viraba al oeste, permitiéndonos atisbar las montañas que íbamos a cruzar por primera vez.

img_1865Parecía haber mucha menos nieve de la que habíamos anticipado, y las temperaturas se mantenían dentro de un margen tranquilizador mientras íbamos ganando altura. Al cabo de poco empezamos a ver abetos al lado de la carretera y encontramos nieve aquí y allí, pero estaba claro que la mayor parte de lo que habíamos visto en fotos de las semanas anteriores ya se había fundido.

img_1894Estábamos ya cerca de la carretera principal cuando se me pasó por la cabeza una idea: ésta era una carretera muy pequeña y estaba seguro de que no quitaban la nieve tan a menudo como en la nacional del puerto. Lo único que haría falta llegados a este punto sería una placa de nieve que cruzara la carretera, simplemente unos 20 o 30 metros, y nos veríamos obligados a deshacer todo el camino hasta Ait Benhaddou para dar la vuelta por la nacional, perdiendo un tiempo precioso.

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Afortunadamente, llegamos al a nacional sin problemas y pronto estábamos culminando el Tizi n’Tichka.

img_1885Habíamos tenido mucha suerte y gozado de un tiempo inmejorable y unas de las mejores vistas de todo el viaje. Ahora era el momento de enfrentarnos al siguiente reto: el temido tráfico de Marrakech, una perspectiva nada halagüeña teniendo en cuenta que nuestro hotel estaba dentro del casco antiguo, un laberinto de callejuelas estrechas infestadas de escúteres suicidas.

Tras un largo descenso de la cara sur del Atlas y una breve parada para quitarnos varias capas de ropa llegamos a las afueras de la ciudad. Al principio el tráfico era bastante razonable; visto por primera vez puede parecer caótico y peligroso, pero hay cierto orden en ese caos, con escúteres, peatones, coches, camiones, autobuses y taxis avanzando a milímetros los unos de los otros pero, milagrosamente, sin tocarse.

Llegamos a una de las puertas en la muralla que cerca la medina y la cosa se puso mucho más interesante. El GPS nos enviaba por una calle estrecha llena de gente y escúteres, y nuestras motos parecían torpes elefantes avanzando en un río de frenético movimiento. Alcanzamos una pequeña plaza llena de coches aparcados y paramos a un lado un momento para localizar el riad.

Por suerte, éste se encontraba justo a la vuelta de la esquina, pero no nos alegró tanto que, cuando descargamos las motos y preguntamos dónde las podíamos aparcar, nos dijeran que no disponían de aparcamiento en el riad. No las queríamos dejar en la calle en un sitio tan caótico, y tras mucho discutir, el encargado de recepción nos dijo que siguiéramos a un amigo suyo que tenía otro riad con un patio accesible desde la calle y que había accedido a dejarnos meter las motos dentro. Bajamos por un callejón aún más estrecho donde nos abrieron una pequeña puerta de madera y nos hicieron gestos para meter la moto por ella. Era evidente que era claramente demasiado estrecha para meter el manillar y había un escalón bastante pronunciado, de modo que cuando intenté meter primero la rueda y girar el manillar para pasar primero un lado y luego otro, lo único que conseguí fue quedarme atascado.  El amigo tuvo que empujarme desde dentro mientras otros dos tiraban desde fuera para volver a sacar la moto al callejón. Era imposible dejar las motos allí, y la única alternativa era la plaza, donde teníamos que pagar 50 dirhams y una especie de vigilantes montaban guardia toda la noche. El vigilante del hotel, que nos había estado ayudando con todo este movimiento, nos garantizó que las motos estarían seguras, y los de la plaza nos enseñaron un par de motos grandes tapadas con mantas entre escúteres polvorientos, así que al final tuvimos que acceder a dejarlas allí.

La segunda decepción con el riad vino cuando les dijimos que habíamos pensado pasar una noche de más para tener tiempo de visitar la ciudad después de dejar a Nat en el aeropuerto y no mostraron interés alguno en nuestra solicitud. ‘Mira si hay sitio a través de Booking’, nos dijo el de recepción. Estábamos cansados después de un día largo en la carretera y de dar vueltas intentando aparcar las motos, así que decidimos darnos una ducha, cambiarnos y luego ya buscaríamos alternativas para la noche siguiente. Tras ponernos de acuerdo un par de sitios que tenían buena pinta, fuimos a buscar dónde cenar y visitar la medina.

Si las calles que llevaban al riad nos habían parecido caóticas, adentrarse en la medina era aún peor. Las calles eran más estrechas, había miles de tenderetes vendiendo de todo a los turistas, cada uno de ellos con un comerciante ansioso por hacer entrar a la gente en el suyo al son de ‘amigo, amigo’ o el equivalente en cualquiera que fuera el idioma que necesitaran, mientras los chavales del lugar pasaban zumbando con sus motillos de dos tiempos, haciendo el aire irrespirable. Encontramos un restaurante tranquilo y cenamos temprano antes de ir hacia la plaza principal a ver si había algo organizado para celebrar el año nuevo, pero resulta que la fiesta estaba en la parte nueva de la ciudad, no aquí. Intentamos esperar hasta la medianoche para celebrarlo en las calles, pero a medida que iba pasando el tiempo los tenderetes iban cerrando, los callejones se vaciaban y nos sentíamos cansados y con frío, así que decidimos volver al hotel a dar la bienvenida al nuevo año allí.

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La medina estaba completamente desierta a estas horas y las calles vacías tenían un aire inquietante. Era imposible identificar ningún punto de referencia para volver al riad ahora que las tiendas estaban cerradas y todas las persianas metálicas lucían el mismo aspecto. Para empeorar nuestra desorientación, algunas calles cerraban, lo que implicaba tener que dar largos rodeos simplemente para llegar al otro lado de un portalón de madera. Finalmente conseguimos salir y llegar al riad a tiempo de pillar las campanadas del Big Ben en una cadena extranjera, pero no teníamos champán para brindar por el nuevo año. Es complicado celebrar estas cosas en un país musulmán…

Las gargantas del lado sur del Atlas

Día 5 – 30 de diciembre – de Merzouga a Ouarzazate (424km)

El sonido de voces delante de nuestra habitación me despertó justo pasadas las siete y, cuando salí, vi un grupo numeroso de personas con pinta de tener mucho frío abalanzándose sobre el bufet del desayuno. ¿De dónde habían salido? El riad era bastante pequeño, de ningún modo había habitaciones para toda esa gente. Resulta que habían pasado la noche en el desierto para ver la puesta y la salida del sol; la mayoría de riads tienen un campamento en algún lugar del Erg Chebbi y los huéspedes pueden elegir pasar la noche allí en lugar del riad. Tras una hora a camello, la gente cena, ve la puesta de sol, duerme en una tienda bereber, ve la salida de sol y vuelve al riad a desayunar.

De camino a Merzouga habíamos tomado una carretera nueva que cortaba desierto a través y nos había ahorrado media hora de moto y la molestia de atravesar Rissani, pero nos habíamos perdido la población que había sido capital del país en el siglo XIV y una de las muchas recomendaciones que nos había hecho nuestro anfitrión de Errachidia: la pizza bereber. Sin embargo, la ruta hacia Ouarzazate nos llevaba de paso por allí, así que al menos hicimos un rápido tour en moto de la ciudad. La lástima fue no poder probar la pizza, pues en el único lugar que encontramos abierto a esa hora de la mañana nos dijeron que teníamos que esperar al menos una hora para poder tener una para llevar y, con una larga jornada aún por delante, decidimos continuar.

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Las vistas que encontramos en la carretera pasado Rissani nos lo compensaron con creces, sin embargo. El paisaje era imponente, con el Atlas cubierto de nieve a nuestra derecha y desierto pedregoso con preciosas formaciones rocosas y colinas bajas a nuestro alrededor.

Cuando llegamos a Alnif nos desviamos hacia el norte por una carretera regional más pequeña hasta Tinghir, desde donde enfilamos siguiendo el río Todra para llegar a las gargantas del mismo nombre, las Gorges du Todra. Son un estrecho cañón con la carretera serpenteando al fondo e impresionantes paredes de roca a ambos lados. Bordeamos el río hasta que el cañón se abría de nuevo y paramos a admirar las vistas y estudiar el camino hacía el siguiente destino, las Gorges du Dades.

img_1777Cuando miramos el mapa nos dimos cuenta de que la carretera seguía río arriba, se adentraba en las montañas y luego bajaba por las Gorges du Dades, lo que a todas luces iba a ser una ruta más interesante que regresar a la nacional y luego subir al cañón.

img_1775El problema era que habíamos contado con ello e íbamos justos de gasolina. Si queríamos hacer la ruta teníamos que volver a Tinghir a llenar los depósitos, lo que añadiría al menos media hora a un rodeo de casi dos horas, y ya íbamos contrarreloj para llegar de día a Ouarzazate, así que muy a nuestro pesar decidimos seguir adelante por la ruta normal.img_1782

Ya empezábamos a acusar el cansancio cuando nos adentramos en las Gorges du Dades, así que cuando encontramos un café con terraza y vistas a la formaciones rocosas al otro lado del río paramos a por un merecido descanso y un té caliente.

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Volvimos a la nacional, contentos de ver que solamente faltaban 90km hasta el hotel, pero poco sabíamos que iban a ser 90km duros… Íbamos directamente de cara a la puesta de sol y, a diferencia del primer día de viaje en España, aquí no había colinas ni curvas que nos diesen un descanso ni estábamos en la relativa seguridad de una autopista europea, así que nuestros ojos estaban expuestos a una tortura constante y a duras penas podíamos ver el tráfico que venía de frente, los socavones o lo que es peor, los peatones, ciclistas, ciclomotores y animales que invadían nuestro lado de la calzada. La moto de Esteve y la mía tienen cúpulas bajas, pero Gerard había puesto una más alta en la suya hacía poco, así que tenía que mirar a través de ella, cosa que le hacía prácticamente imposible ver la carretera. Para terminar de empeorar las cosas, la carretera atravesaba incontables pueblos, ralentizando aún más el ritmo.

Las cosas mejoraron al esconderse el sol, pero entonces nos quedaba media hora escasa de luz para llegar a destino. Por suerte llegamos a Ouarzazate justo a tiempo y encontrar el hotel fue muy sencillo, nada de tráfico ni callejear por el centro.

El último problema fue que las ‘instalaciones de aparcamiento’ que mencionaba la web era un descampado al otro lado de la calle.

img_1805Les dijimos que no queríamos dejar las motos allí y retiraron unas cuantas mesas y sillas de la terraza del bar del hotel para que pudiéramos aparcar debajo de la ventana de recepción y dentro del campo visual de una cámara de seguridad.

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La vuelta al Erg Chebbi

Día 4 – 29 de diciembre – de Errachidia a Merzouga y la vuelta al Erg Chebbi (239km)

Tras una noche bien fría en nuestra Gite d’Étape, nos levantamos con el sol y partimos hacia Merzuouga, el destino de todos aquellos que quieren vivir la experiencia sahariana por primera vez. Expediciones en 4×4, quads, motos, turistas a camello, gente que quiere pasar una noche en las dunas y ver la magia de la puesta y la salida del sol… todos convergen en esta pequeña población de calles polvorientas y riads familiares donde ha florecido todo un sector dedicado a dar respuesta a tal demanda.

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Tardamos un rato en encontrar nuestro riad, pero valía la pena. Este era el mejor sitio donde nos habíamos alojado hasta el momento, todo lujo e instalaciones de primera y, tras dejar los bártulos, nos dedicamos a planificar el día.

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Queríamos meternos en el desierto y quizá probar las dunas, así que quitamos todas las maletas de las motos y las chicas se fueron a alquilar unos quads. Llevábamos un track en el GPS que rodeaba las dunas del Erg Chebbi, una ruta que debía estar justo por debajo de los 50km, y nos pusimos en camino hacia el sur por la carretera y luego nos metimos por una pista de tierra dura y roca. Sin embargo, al cabo de tan solo un par de kilómetros encontramos arena blanda y las ruedas delanteras de nuestras pesadas motos se hundieron.

merzouga-2Siendo inexpertos en la materia como somos, decidimos volver a la carretera y seguir hacia el sur, en busca de terreno más duro para poder dar la vuelta completa a las dunas, que era nuestra intención.

Un poco más adelante encontramos otra pista que tenía buena pinta y que se adentraba en el desierto; era terreno fácil, y al cabo de poco ya estábamos disfrutando del imponente paisaje, con unas colinas muy suaves donde nos encontramos las ruinas de lo que debía haber sido un pueblo en medio de la nada. Al atravesarlo vimos que al menos una casa seguía habitada. Más allá del pueblo el paisaje se convertía en una vasta llanura con colinas rocosas en la distancia y, mucho más cerca, las majestuosas dunas del Erg Chebbi a nuestra izquierda.

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Íbamos hacia el norte por la cara este de las dunas y, al haber comenzado la ruta bastante más al sur de lo que habíamos previsto, nos marcamos un límite de tiempo y/o gasolina, llegados al cual deberíamos decidir si podíamos seguir y completar la vuelta o deshacer el camino.

Unos cuantos kilómetros más adelante encontramos terreno blando; no dunas, sino zonas donde la primera capa del suelo era arena gorda en vez de roca, que requerían más prudencia, y vimos algunas tiendas bereberes salpicando el paisaje. Un 4×4 que también iba hacia el norte, pero más rápido que nosotros, nos atrapó y aprovechamos para preguntar sobre la distancia y el tipo de terreno, y nos aseguraron que era factible pasar con nuestras motos. Cuando ya se había ido, apareció de la nada un bereber que iba en una moto pequeña y se puso a nuestro lado, mostrándonos el camino para evitar los trozos blandos y las ondulaciones en las partes más duras.

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Seguimos adelante durante lo que parecía horas y horas, y empezamos a encontrar cada vez más arena blanda, dificultando nuestro avance. Nuestro amigo bereber, en un francés muy básico, nos dio a entender que ya estaba cerca de casa (debía vivir en alguno de los campamentos que vimos) pero que si queríamos se ofrecía a guiarnos el resto del camino hasta encontrar la carretera de vuelta a Merzouga. Nos pusimos de acuerdo en que sería mejor tenerlo con nosotros, pues conocía el terreno y sabía por dónde ir para evitar lo peor de la arena, que cada vez era más abundante, y negociamos un precio que equivalía a unos 6 euros.

A partir de este punto había mucha arena, y empezábamos a acusar el cansancio. Todos tuvimos más de un susto en el que estuvimos a punto de comer arena, pero todos conseguimos mantener las motos de pie, con más o menos estilo. Finalmente, llegamos al extremo más al norte de la ruta y empezamos a girar hacia el sur. El terreno se fue endureciendo a medida que nos alejábamos de la punta norte del Erg Chebbi, pero cuando quedaban solamente unos pocos kilómetros para el final, Esteve se encontró con un trozo blando al final de una pequeña subida, la moto se le fue de detrás y terminó en el suelo. Al verlo, di gas a fondo para llegar a él y ayudarlo, pero ya estaba levantando la moto él solo. No se había hecho nada y los únicos desperfectos en la moto habían sido un pedal de freno doblado que intentamos enderezar lo mejor posible para que pudiera llevar bien la moto.

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Tras el incidente llegamos a la carretera que lleva a Merzouga en cuestión de minutos, nos despedimos del guía y fuimos hacia el pueblo a buscar un sitio donde enderezaran el pedal como es debido.

Preguntamos en nuestro Riad y nos mandaron a un taller de confianza donde repararon el pedal mientras Gerard y yo limpiábamos y engrasábamos las cadenas, que estaban completamente cubiertas de polvo.

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Las chicas nos habían escrito diciendo que ya habían terminado el tour en quad por el interior del Erg Chebbi, que lo habían pasado en grande y que se habían ido a dar una vuelta por el pueblo. Cuando la reparación estuvo terminada vimos que aún estábamos a tiempo de ver la puesta de sol desde las dunas detrás de Merzouga, así que arrancamos las motos y nos metimos un poco por el desierto hasta que encontramos una duna donde nos sentamos a contemplar el sol esconderse en el horizonte más allá del pueblo.

Cruzando el Atlas

Día 3 – 28 de diciembre – de Fez a Errachidia (356km)

La mayoría de gente cree que el mayor inconveniente de viajar en moto en invierno es el frío y razón no les falta, pero hay otro factor a tener en cuenta que muchos olvidan: las horas de luz. Si bien es posible aprovechar el día al máximo e ir de Fez hasta Merzouga directamente en primavera o verano, ahora teníamos que parar antes de las 5 de la tarde porque empezaba a anochecer y las temperaturas caían de forma notable, así que tuvimos que dividir el trayecto en dos días. Como queríamos pasar tanto tiempo como fuera posible del día siguiente en el desierto en Merzouga, decidimos ir tan lejos como fuera posible hoy y dejar solo un par de horas para la siguente jornada. Así que a madrugar otra vez.

El tráfico que habíamos encontrado al llegar a Fez la tarde anterior era el caos habitual por estos lares, pero hoy la cosa estaba bastante calmada a pesar de ser hora punta por la mañana. Dejamos el palacio, dirigiéndonos hacia el sur por la parte nueva de la ciudad, y nada más dejarla atrás, la carretera empezó a ganar altura hacia las montañas del Atlas Medio. Íbamos a pasar casi todo el día bien por encima de los 1.000 metros y, preocupados por el frío, nos habíamos equipado con varias capas adicionales.

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La siguiente población importante era Ifrane, conocida como la Suiza marroquí, y era fácil ver por qué. Si la palabra que te viene a la cabeza al pensar en Marruecos es “desierto”, piénsatelo de nuevo. A 1.600 metros sobre el nivel del mar encontramos un pintoresco lugar cubierto de nieve y con lujosas casas que no desentonarían en una ladera de los Alpes, con un resort de esquí pasado el pueblo.

Más allá de Ifrane, la carretera nos llevó cerca de Azrou y luego al bosque de los Cedros, un espeso bosque con una maravillosa carretera de montaña que nos regaló un buen rato de curvas y donde este fascinante país nos dio otra sorpresa: ¡monos! El bosque está lleno, y resulta que son una atracción turística en la zona, juntamente con un cedro llamado Cèdre Gouraud, que tiene más de 800 años.

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A medida que íbamos ganando altura el bosque fue desapareciendo hasta que no quedaban más árboles y una vasta extensión nevada se abría ante nuestros ojos. La temperatura fue cayendo hasta una mínima de 6 grados centígrados mientras cruzábamos el punto más alto de la jornada, el Col du Zad, a casi 2.200 metros sobre el nivel del mar.

img_1590La nieve formó parte del paisaje hasta que empezamos a perder altura y fue sustituida por llanuras de desierto rocoso de camino ya a Midelt, donde hicimos una parada rápida para tomar un muy necesario té caliente antes de afrontar la última etapa del día.

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Con el sol ya bajo seguimos el valle del río Ziz, que nos llevó a través del túnel del Legionario, cavado en la roca, y a las Gorges du Ziz, un cañón espectacular que desemboca en un embalse construido en 1976 para proteger de inundaciones los palmerales en la llanura más al sur.

Justo antes de la puesta de sol llegamos a las afueras de Errachidia, donde dejamos la carretera principal y nos adentramos por una pista hasta un puñado de casas de barro y paja; íbamos a pasar la noche en una de ellas: la Gite d’Étape Khettara Oasis.

img_1607Un grupo de niños, fascinados como siempre con las motos, nos indicó dónde estaba nuestra casa, y una pequeña puerta de madera se abrió y un hombre nos invitó a pasar a un bonito patio interior. Nos dejaron meter las motos dentro para pasar la noche y, tras maniobrar las tres bestias por la apertura, descargamos y vimos la habitación.

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Antes de instalarnos nos ocupamos del faro de la moto de Gerard, que había dejado de funcionar por la mañana. Por suerte, yo había sufrido el mismo problema en mi V-Strom hacía unos meses y sabía cómo arreglarlo: la culpa era de un problema en el interruptor de arranque, que necesitaba que se limpiara y se ajustara.

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El propietario de casa llegó al cabo de un rato y nos habló de la región y su historia. Había nacido en esa misma casa, pero tras varios años de duras sequías su familia se había visto forzada a trasladarse a la ciudad e intentar sobrevivir allí. Por suerte, su padre insistió en que no dejara la escuela, y años más tarde se graduó en física. Sintiendo que le debía algo a su pueblo natal, volvió y convirtió la casa familiar en un alojamiento que era parte de una red de turismo sostenible en la región del río Ziz. Dan trabajo a los lugareños, usan los productos locales y reinvierten los beneficios en desarrollar y mejorar las infraestructuras de agua y riego para la población.

img_1599Disfrutamos de una cena excelente delante de la chimenea en la estancia central de la casa y nos acostamos temprano, pensando en nuestra primera experiencia en el desierto, que nos aguardaba al día siguiente.

Primer contacto con África

Día 2 – 27 de diciembre – Ferry de Almeria-Melilla y de Melilla a Fez (317km)

Otro madrugón no era precisamente lo que Gerard necesitaba para recuperarse, y para cuando entramos en el puerto a las 6 de la mañana empezaba a dudar si comenzar o no el viaje, pero teníamos todos la esperanza que un buen chute de medicamentos comprados la noche anterior y cuatro horas extras de sueño durante la travesía hasta Melilla le ayudarían a encontrarse mejor.

img_1455El resto pasamos el tiempo en la cubierta superior, los únicos locos que se enfrentaban al frío y el viento para ver el sol salir sobre el mar.

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Cuando desembarcamos la temperatura era ya mucho más alta y, tras llenar los depósitos para aprovechar el régimen fiscal especial de Melilla, atravesamos la ciudad en busca de la frontera, donde entramos ya oficialmente en territorio africano.

Bueno, de hecho primero teníamos que meter las motos a través de una marea humana intentando cruzar la frontera. No los inmigrantes o refugiados que aparecen en las noticias, intentando poner pie en este pequeño enclave de territorio europeo en el norte de África, sino una horda de marroquíes que cruzan la frontera para comprar cosas que son más baratas aquí o imposibles de encontrar en Marruecos y luego se las llevan de vuelta a su país para venderlas. Para evitar que las instalaciones de la frontera se colapsen de gente cargada de cajas y fardos, los guardias solo abren el acceso para peatones cada cierto tiempo, y toda la gente que está esperando corre para intentar colarse antes de que vuelvan a cerrar. Íbamos con la moto detrás de una furgoneta cuando, cerca ya de la entrada de vehículos, vimos un gran número de personas sentadas por todas partes esperando. Entonces, con toda la mala suerte de la que las coincidencias son capaces, justo cuando la furgoneta pasaba por un paso de peatones, los guardias debieron abrir las puertas, porque todo el mundo se puso en pie de repente, agarraron sus bártulos y salieron a toda prisa hacia la entrada. En cuestión de segundos nos vimos rodeados por una masa humana y temí que alguien tropezara o le empujaran y se diese contra la moto, que cargada y con pasajero sería imposible de mantener de pie, y ya me veía de narices en el suelo en medio de semejante caos.

Una vez conseguimos atravesar el gentío y entrar en el recinto de la frontera el caos seguía; habíamos preparado los papeles de importación temporal de la moto, pero aún teníamos que rellenar un pequeño formulario de inmigración, hacer que nos sellaran el pasaporte y nos firmaran y sellaran el formulario de la moto en la frontera y en la aduana. Los formularios de inmigración no se veían por ninguna parte, y la razón era que los ‘ayudantes’ que pululan por la mayoría de fronteras los tenían todos ellos. Aquí eran especialmente persistentes, y la actitud del personal de fronteras no hacía sino fomentar la situación: no había señales, indicaciones ni explicaciones en ninguna parte.

Pasamos por el tubo con la ‘ayuda’ de uno de los tipos que nos entraron nada más parar la moto y en cuestión de minutos ya teníamos todos los papeles hechos y solo quedaba esperar al resto del grupo mientras presenciábamos un curioso espectáculo: un coche cargado a más no poder intentaba pasar la frontera con más bártulos que los que imagino que las normas de importación permiten, y un agente de aduanas se había puesto al volante para llevar el coche a un área aparte, mientras un grupo de hombres iba sacando fardos del maletero apresuradamente con el coche en movimiento y lanzándolos por encima de la verja que separaba el acceso peatonal a sus colegas para evitar que los confiscaran.

Cuando ya estábamos todos listos salimos del complejo fronterizo, cambiamos algo de dinero y tomamos la carretera hacia el sur. Había mucha policía, pero nadie nos paró y, una vez lo peor del tráfico de Nador quedó atrás, pudimos disfrutar de buenas carreteras hasta que empalmamos con la autopista hacia Fez.

img_1531Tras haber descansado y comido algo en el ferry Gerard se encontraba mejor y había decidido seguir adelante con el viaje. Nos habíamos puesto en camino bastante tarde a causa de todos los trámites en la frontera, y nos preocupaba que cayese la noche antes de llegar a la ciudad y encontrar el sitio donde íbamos a pasar la noche, pero conseguimos llegar justo tras la puesta de sol y sumergirnos en un laberinto de callejuelas por encima de la medina, buscando la casa donde nos teníamos que alojar.

Habíamos reservado habitaciones en una propiedad a través de AirBnB que estaba anunciada como ‘un palacio’, pero la puerta lisa de metal ante la que acabamos no parecía en absoluto lujosa. El propietario salió y nos dijo que íbamos a estar más abajo en la misma calle y nos indicó que le siguiéramos.

¡Y vaya si era un palacio! Ya había oscurecido y, tras atravesar una gran puerta metálica, dejamos las motos en el garaje de un edificio apartado y nos llevamos las maletas calle abajo, a través de un patio, por otra puerta grande, a lo largo de un callejón… tras pocas horas de sueño y muchas de moto, me sentía completamente desorientado y tenía la sensación de flotar de un lugar a otro, hasta que otra puerta enorme, esta vez de madera, se abrió y dimos a un patio que bien podría haber pertenecido a la Alhambra.

img_1552Lo atravesamos y subimos por unas escaleras que nos llevaron a la habitación, un vasto espacio de más de 100 metros cuadrados, con techos de por lo menos seis metros de altura decorados con madera tallada y pintada, tapices y espesas cortinas… era increíble.

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Según nos contó, el abuelo del propietario había sido el Pachá de Casablanca y esta era su segunda residencia, donde mantenía a sus cuatro esposas y 12 concubinas mientras se reunía con personajes de la talla de Winston Churchill y Theodore Roosvelt.

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Intentando aún procesar todo lo que habíamos vivido en las últimas 24 horas, caímos rendidos bajo varias capas de mantas y nos dormimos al instante.

Frío y aburrimiento

Día 1 – 26 de diciembre – De Barcelona a Almería (825km)

6 de la mañana. Cielo negro sobre la ciudad. Un par de turistas borrachos tambaleándose calle abajo cantando esta especie de himno que todos los turistas borrachos cantan en el extranjero. Un guarda de seguridad dormido en su caseta. De pronto, el sonido agudo de una sirena rebota por las paredes del garaje y el guarda abre los ojos sobresaltado. Una especie de astronauta raro está dándole al timbre, pidiendo que le abran la entrada. Se frota los ojos y ve que es un friki vestido con equipo de moto. ‘Por amor de Dios’, gruñe. ‘¿Qué hace este tío aquí a estas horas? Hoy es festivo, debería estar en la cama, intentando digerir la comilona de Navidad.’

Diez minutos más tarde la moto estaba cargada y salíamos de la ciudad de camino a encontrarnos con el primero de nuestros compañeros de viaje, Esteve, en Vallirana. Para hacer la ruta algo más interesante y barata combinamos nacionales y autopista durante las primeras horas hasta que salimos de Cataluña y nos reunimos con los dos miembros restantes de nuestra expedición en el área de descanso de Benicarló, Gerard y Raluca.

Con el grupo completo, todo lo que quedaba por hacer el resto de la jornada era cubrir la distancia que faltaba hasta Almería, donde haríamos noche antes de tomar el primer ferry hacia Melilla.

800km de autopista no iban a ser interesantes, y a pesar de que tuvimos suerte y el tiempo era bueno, hizo frío la mayor parte del día. Había estado pensando en cambiar el neumático trasero para esta viaje, pues tenía ya casi 12.000km, pero al final lo desestimé, no quería empezar una rueda nueva con tantos kilómetros de autopista con la moto cargada, así que iba con calma para ahorrar gasolina y preservar los tacos, cosa que hizo que el viaje se alargara. LA intención era llegar al hotel a media tarde, pero la puesta de sol nos encontró aún lejos de nuestro destino, cegándonos sin piedad durante media hora.

Tras interminables horas de viaje en la oscuridad, y con Gerard sufriendo una combinación de fuerte resfriado y alergia, conseguimos llegar a Almería, encontramos el hotel y nos dimos una ducha caliente. Gerard dijo basta y se retiró a la cama, con la esperanza de encontrarse mejor al día siguiente y poder continuar el viaje, y el resto salimos a disfrutar de unas merecidas cervezas y tapas.

Papeleo marroquí

El siguiente paso en la planificación del viaje: preparar el formulario de importación para las motos.

Según parece el paso fronterizo de Melilla es todo colas y caos, pero es posible agilizar el proceso si se llevan los formularios de importación temporal del vehículo con el que se viaja preparados de antemano. De este modo nos ahorramos las molestias de buscar la ventanilla correcta para conseguir los papeles, rellenarlos, tratar con los ‘asistentes’ que ofrecen ayuda, etc.

Se puede cumplimentar el formulario de importación temporal online e imprimir una copia para entregar directamente en la frontera en ésta página web.

Rellena todos los campos e imprime una copia. Salen tres copias del mismo formulario en una sola hoja DinA4, firma cada uno donde pone ‘signature du déclarant’ y en la frontera completarán la información que falta (fecha y número). La aduana se queda la copia inferior (Entrée), la segunda (Apurement) se tiene que entregar al salir del país y la tercera (Exemplaire déclarant) te la guardas.

Si no hablas francés y tienes dudas para rellenar el formulario online, aquí tienes la traducción/explicación de los campos:

Bureau d’entrée – La frontera por la que entras al país.

Date d’entrée au Maroc – Fecha de entrada a Marruecos

Prénom et nom – Nombre y apellidos (en ese orden)

Idéntifiant – Documento de identidad

  • El CIN es para marroquíes.
  • ‘Etrangers residant au Maroc’ –  para extranjeros que residen en Marruecos pero no tienen nacionalidad marroquí.
  • ‘Etrangers non resident ayant déjà visité le Maroc’ – para extranjeros que ya han visitado el país en ocasiones anteriores. En la primera visita se genera un número de visitante/turista que se puede usar de nuevo al volver. Al seleccionar esta opción aparece un casilla para introducir el número.
  • ‘Etrangers en première visite au Maroc’ – si no has estado nunca en Marruecos, ésta es la tuya.

Immatriculation – la matrícula del vehículo

Marque – La marca del vehículo. Si no aparece en la lista, selecciona la última opción (autre) e introduce la marca en la casilla que aparece a la derecha.

Type/Modèle – El modelo del vehículo. Aquí no hay lista, hay que escribir el modelo. Para evitar confusiones, lo mejor es escribir el modelo tal cual aparece en la ficha técnica.

Genre – El tipo de vehículo

  • Camping-car – Autocaravana
  • Fourgon – Camioneta, camión pequeño
  • Fourgonnette – Furgoneta
  • Motocycle – Moto (solo existe una categoría, sin distinción de tipo o cilindrada)
  • Vehicule de turisme – Turismo (de nuevo, solo una categoría para todoterrenos, familiares, deportivos, etc.)

Date de la première mise en circulation – Fecha de la primera matriculación como aparece en la ficha técnica (I)

Numéro de châsis – Numero de identificación (E) en la ficha técnica

Los preparativos son la mitad de la diversión

Dos semanas de vacaciones en Navidad significan que se acerca otro gran viaje. Esta vez, hacia el sur por primera vez: ¡Marruecos!

No tengo excusa para no haver visitado aún Marruecos. Viviendo en Barcelona, Marruecos pone la aventura africana a poco más de un día en moto de casa, haciendo del desierto otro de los grandes destinos para los moteros europeos juntamente con el Cabo Norte, el Stelvio, la Transfagarasan, etc. Bueno, de hecho sí que tengo una excusa: solo tengo vacaciones en verano, Semana Santa y Navidades, y no puedo coger días fuera de esas épocas. Semana Santa sería el momento ideal para visitar Marruecos, pero solo tengo una semana, lo que no es suficiente para bajar hasta allí, ver algo y volver a subir. Tengo mucho más tiempo en verano, pero las temperaturas son demasiado altas, cosa que nos deja el invierno. Hará frío y no podremos ver mucho en el Atlas, pero hay muchas otras cosas que descubrir.

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Esta vez no iré solo, seremos cinco personas en tres motos.

¡Os mantendremos informados!

Ruta – Off: Castellterçol a Orís (76km)

La ruta

Esta ruta está basada en un track de la web Moterus creado por miguel 650 con un tramo extra al principio entre Castellterçol y Collsuspina añadido por un compañero que es un todo un atlas andante del offroad. Gràcies Ricard!

A las 8:30 nos encontramos en un bar llamado Can Joan en la C-59 a la salida de Caldes. La quedada estaba prevista en el Bar Olimpo, un clásico punto de inicio de rutas tanto moteras como ciclistas, pero lo encontramos cerrado por vacaciones.Tras dar cuenta de un buen bocadillo, nos ponemos en camino.

La ruta que llevo programada en el GPS empieza en las afueras de Moià en dirección a Tona, pero Ricard propone enlazar por una pista que conoce para ir calentando motores. Al salir de Castellterçol hay un pequeño polígono industrial llamado El Vapor, desde donde la pista se inicia entre dos naves. Tras parar un instante para desconectar el ABS y el control de tracción, dos de los compañeros desaparecen tras una nube de polvo. Se nota que había ganas de tierra… Yo no he hecho nunca enduro ni salidas a complicarme la vida, por lo general me meto en pistas cuando me las encuentro, pero desde que cambié de moto he decidido exprimir un poco más las posibilidades de esta nueva máquina que, dicho sea de paso, son muy superiores a mis habilidades. Sin embargo, el grupo con el que he salido hoy tiene una extensa experiencia fuera del asfalto, así que esto va a ser un curso acelerado para mí.

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La pista une Castellterçol y Collsuspina a través de campos y es bastante llana y sin dificultad, de hecho es accesible a turismos sin problemas. Una vez allí salimos al asfalto y nos dirigimos hacia el oeste unos 5 kilómetros hasta llegar al inicio del recorrido que llevo en el GPS, justo a las afueras de Moià. El primer tramo de la ruta es una pista ascendente por dentro del bosque, que tras algunas curvas cerradas se abre a tramos más rápidos, siempre con el firme en muy buen estado y con buena visibilidad, que permiten un ritmo alegre. Al cabo de unos pocos kilómetros, sin embargo, nos vemos obligados a bajar un poco la marcha al encontrarnos con señales que indican lo que parece ser un evento de BTT, y efectivamente, más adelante empezamos a encontrar bicicletas que llegan de frente. Hacemos el tramo compartido con precaución, y tras una parada para admirar el paisaje, dejamos atrás el recorrido de las BTT y volvemos a disfrutar de las pista casi para nosotros solos hasta que va a morir en la carretera BV-4316 justo encima de unos túneles de la C-25.

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Tras cruzar la carretera, otro corto tramo de pista nos lleva hasta la carretera C-62. Parece que vamos a tener que hacer un tramo de asfalto, pero descubrimos que hay una pista de servicio que transcurra paralela a la carretera, cruzándola de vez en cuando, que nos permite seguir por lo marrón hasta la B-433, donde la ruta nos mete ya inevitablemente en asfalto hasta Sant Bartomeu del Grau.

Desde aquí empieza el tramo más aislado de la ruta, un pista ya más estrecha y revirada por dentro el bosque, donde ya estamos disfrutando de lo lindo. Al llegar a curva muy cerrada antes de que la pista empiece a perder desnivel, encontramos junto una antigua caseta de transformador eléctrico y una balsa de extinción de incendios un mirador que da a la Riera de Sorreig, desde donde disfrutamos de unas vistas fantásticas.

El camino baja a continuación hasta una laguna y luego asciende un poco y a medida que el bosque se va haciendo menos denso encontramos alguna masía aquí y allí. Justo al pasar por delante de una de ellas, en una curva cerrada y en bajada, la rueda de delante me patina y me voy al suelo. Debía ir a unos 30 o 40 kilómetros por hora y afortunadamente no he hago daño, pero ha sido una caída totalmente inesperada. Al levantar la moto y comprobar posibles daños vemos que las defensas se han movido y han llegado a tocar el carenado, pero un buen estirón entre tres las vuelve a poner en su sitio y no hay nada roto en la moto; intermitente, retrovisor, maneta de freno… todo correcto. Al examinar la moto con más detalle vemos que el golpe se ha repartido entre las defensas de motor primero, y las de carenado, cubrepuños y estribera del acompañante después. Buena cosa llevar protecciones.

La pista sigue, más llana y agradable, hasta desembocar en Sant Boi de Lluçanès, donde hacemos un cortísimo tramo de la BV-4608 antes de tomar una pista a la izquierda y adentrarnos de nuevo en el bosque. Al cabo de poco nos desviamos unos kilómetros de la ruta por una pista que sube hasta la ermita de Sant Salvador de Bellver, que cuenta con un monasterio habitado.

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El rodeo vale la pena, las vistas desde la ermita son espectaculares, en un día claro como hoy se puede ver hasta muy lejos desde aquí.

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Nos quedamos un rato a disfrutar de ellas, charlar y bromear, hasta que nos damos cuenta de que justo detrás nuestro, los monjes están dentro de la ermita, sentados en círculo y meditando, así que decidimos seguir con lo nuestro y no fastidiarles más el karma.

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Tras deshacer el camino hasta la pista, reprendemos la ruta, que tras un largo rodeo pasa por debajo de la colina donde estaba la ermita y va descendiendo en uno de los mejores tramos de la mañana. La confianza que había perdido en el neumático delantero va regresando poco a poco y voy aumentando el ritmo y disfrutando de este tramo final antes de llegar a Orís, donde la ruta termina.

Mapa

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Desde aquí se toma ya la C-17 para volver a casa, pero en nuestro caso Ricard sugiere un buen sitio para ir a comer y alargar la ruta un poco más esta vez por asfalto: subimos por la C-17 hasta Sant Quirze de Besora, donde nos desviamos hasta Santa Maria de Besora y luego nos metemos por una carretera que es poco más que una estrecha pista asfaltada hasta llegar al Hostal La Serra de Llaers, una masía en medio de la nada donde celebramos el final de la salida con unas butifarras a la brasa y una ensalada de dimensiones colosales. La pista asfaltada sigue pasada la masía, pero para evitar subir hasta la N-260a tomamos una pista, el último tramo de tierra, que empalma con la C-17 un poco más debajo de Ripoll.

Mapa

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Qué ver

Esta es una ruta offroad (aparte de los tramos de conexión por carretera), de modo que lo más interesante es el paisaje en sí. Sin embargo, vale la pena desviarse para visitar la ermita y monasterio de Sant Salvador de Bellver, cuyos orígenes datan del año 1100. Abandonado durante el siglo XX hasta quedar en estado de ruinas, en la actualidad ha sido ocupado por una comunidad que ha restaurado y ampliado el conjunto. Desde su privilegiado emplazamiento se pueden contemplar unas magníficas vistas que abarcan la Plana de Vic, el Montseny, Montserrat y hasta Pirineos.

Dónde comer

Al inicio de la ruta, el bar-restaurante Olimpo, en la C-59 al salir de Caldes es un punto de encuentro clásico de moteros y ciclistas para desayunar antes de ponerse en camino. Al terminar la ruta a mediodía, y si estamos dispuestos a añadir unos kilómetros (unos 30), la cocina a la brasa en el Hostal de la Serra de Llaers es excelente.