Tizi n’Tichka y fin de año en Marrakech

Día 6 – 31 de diciembre – de Ouarzazate a Marrakech (221km)

A pesar de que el sol ya había salido para cuando empezamos a cargar las motos la temperatura que indicaba el cuadro era tan solo cuatro grados centígrados. Hoy iba a ser el gran día, el último reto antes de empezar la vuelta a casa. Había dos puntos en nuestra ruta que habíamos considerado potencialmente difíciles: cruzar el Atlas Medio de camino al sur hacia Merzouga, y cruzar el Alto Atlas en la subida hacia Marrakech. El primero no había planteado ningún problema, tuvimos buen tiempo y a pesar de haber encontrado nieve en los puntos más altos, las carreteras estaban limpias y las temperaturas eran bajas pero dentro de lo razonable. Esta vez, sin embargo, íbamos a subir más alto, a través del famoso puerto de Tizi n’Tichka. En los últimos días había ido recibiendo algunas fotos y vídeoimg-20161231-wa0000s de gente que estaba de ruta en distintos puntos del Atlas y el denominador común era nieve y frío. La habitual imagen de una carretera serpenteante sobre un trasfondo rocoso y ocre había sido sustituida por un manto blanco con una delgada línea negra haciendo eses montaña arriba. A pesar de que nos habían asegurado que la carretera era una ruta principal a través del Atlas y, como tal, se mantenía limpia de nieve, temíamos que las temperaturas pudieran ser demasiado bajas, así que por primera vez en el viaje saqué la artillería pesada: unas mallas de correr de invierno para llevar debajo de los pantalones de moto, calcetines de seda para llevar debajo de unos calcetines de esquí de lana gruesa, sotoguantes de seda y una capa extra entre el polar y la camiseta térmica.

Antes del asalto al puerto queríamos visitar Ait Benhaddou, la famosa ciudad de barro fortificada que ha aparecido en incontables películas.

img_1820Hacía muy buen día y, para cuando aparcamos las motos y cruzamos el río hacia la entrada de la ciudad, la temperatura era bastante alta.

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Lo primero que visitamos fue una kasbah, un frío y oscuro laberinto de corredores estrechos, escaleras y habitaciones, pero en cuanto salimos y empezamos a ascender por las callejuelas de la ciudad vestidos para el frío extremo nos arrepentimos de nuestra decisión de habernos puesto tanta ropa.

img_1834Al menos la visita bien valía sudar un poco, y no tardamos en volver a las motos, así que nos la dejamos puesta.

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Un par de días antes, un amigo me había recomendado una ruta con mejores paisajes como alternativa para subir al Tizi n’Tichka: en lugar de regresar a la carretera principal tras la visita a Ait Benhaddou, hay una pequeña carretera local que sigue pasada la ciudad y atraviesa varias aldeas de montaña antes de unirse a la nacional justo antes del puerto. Con tan buen tiempo pensamos que valía la pena arriesgarse y tomamos esta ruta.

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Al cabo de poco no quedaba ni rastro de lo más turístico y nos encontramos en una carretera estrecha y sin tráfico que subía a través de un valle rocoso con preciosos pueblecitos de barro que iban apareciendo y desapareciendo. En todos ellos, los niños salían corriendo a darnos la bienvenida en la carretera en cuanto oían las motos acercarse a sus casas; da igual en qué lugar del mundo se encuentre uno, a todos los críos les encantan estas máquinas. El paisaje cambiaba de polvo y rocas a arcilla oscura a medida que ganábamos altura y más adelante el valle se abría en una llanura fértil donde nuestra ruta viraba al oeste, permitiéndonos atisbar las montañas que íbamos a cruzar por primera vez.

img_1865Parecía haber mucha menos nieve de la que habíamos anticipado, y las temperaturas se mantenían dentro de un margen tranquilizador mientras íbamos ganando altura. Al cabo de poco empezamos a ver abetos al lado de la carretera y encontramos nieve aquí y allí, pero estaba claro que la mayor parte de lo que habíamos visto en fotos de las semanas anteriores ya se había fundido.

img_1894Estábamos ya cerca de la carretera principal cuando se me pasó por la cabeza una idea: ésta era una carretera muy pequeña y estaba seguro de que no quitaban la nieve tan a menudo como en la nacional del puerto. Lo único que haría falta llegados a este punto sería una placa de nieve que cruzara la carretera, simplemente unos 20 o 30 metros, y nos veríamos obligados a deshacer todo el camino hasta Ait Benhaddou para dar la vuelta por la nacional, perdiendo un tiempo precioso.

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Afortunadamente, llegamos al a nacional sin problemas y pronto estábamos culminando el Tizi n’Tichka.

img_1885Habíamos tenido mucha suerte y gozado de un tiempo inmejorable y unas de las mejores vistas de todo el viaje. Ahora era el momento de enfrentarnos al siguiente reto: el temido tráfico de Marrakech, una perspectiva nada halagüeña teniendo en cuenta que nuestro hotel estaba dentro del casco antiguo, un laberinto de callejuelas estrechas infestadas de escúteres suicidas.

Tras un largo descenso de la cara sur del Atlas y una breve parada para quitarnos varias capas de ropa llegamos a las afueras de la ciudad. Al principio el tráfico era bastante razonable; visto por primera vez puede parecer caótico y peligroso, pero hay cierto orden en ese caos, con escúteres, peatones, coches, camiones, autobuses y taxis avanzando a milímetros los unos de los otros pero, milagrosamente, sin tocarse.

Llegamos a una de las puertas en la muralla que cerca la medina y la cosa se puso mucho más interesante. El GPS nos enviaba por una calle estrecha llena de gente y escúteres, y nuestras motos parecían torpes elefantes avanzando en un río de frenético movimiento. Alcanzamos una pequeña plaza llena de coches aparcados y paramos a un lado un momento para localizar el riad.

Por suerte, éste se encontraba justo a la vuelta de la esquina, pero no nos alegró tanto que, cuando descargamos las motos y preguntamos dónde las podíamos aparcar, nos dijeran que no disponían de aparcamiento en el riad. No las queríamos dejar en la calle en un sitio tan caótico, y tras mucho discutir, el encargado de recepción nos dijo que siguiéramos a un amigo suyo que tenía otro riad con un patio accesible desde la calle y que había accedido a dejarnos meter las motos dentro. Bajamos por un callejón aún más estrecho donde nos abrieron una pequeña puerta de madera y nos hicieron gestos para meter la moto por ella. Era evidente que era claramente demasiado estrecha para meter el manillar y había un escalón bastante pronunciado, de modo que cuando intenté meter primero la rueda y girar el manillar para pasar primero un lado y luego otro, lo único que conseguí fue quedarme atascado.  El amigo tuvo que empujarme desde dentro mientras otros dos tiraban desde fuera para volver a sacar la moto al callejón. Era imposible dejar las motos allí, y la única alternativa era la plaza, donde teníamos que pagar 50 dirhams y una especie de vigilantes montaban guardia toda la noche. El vigilante del hotel, que nos había estado ayudando con todo este movimiento, nos garantizó que las motos estarían seguras, y los de la plaza nos enseñaron un par de motos grandes tapadas con mantas entre escúteres polvorientos, así que al final tuvimos que acceder a dejarlas allí.

La segunda decepción con el riad vino cuando les dijimos que habíamos pensado pasar una noche de más para tener tiempo de visitar la ciudad después de dejar a Nat en el aeropuerto y no mostraron interés alguno en nuestra solicitud. ‘Mira si hay sitio a través de Booking’, nos dijo el de recepción. Estábamos cansados después de un día largo en la carretera y de dar vueltas intentando aparcar las motos, así que decidimos darnos una ducha, cambiarnos y luego ya buscaríamos alternativas para la noche siguiente. Tras ponernos de acuerdo un par de sitios que tenían buena pinta, fuimos a buscar dónde cenar y visitar la medina.

Si las calles que llevaban al riad nos habían parecido caóticas, adentrarse en la medina era aún peor. Las calles eran más estrechas, había miles de tenderetes vendiendo de todo a los turistas, cada uno de ellos con un comerciante ansioso por hacer entrar a la gente en el suyo al son de ‘amigo, amigo’ o el equivalente en cualquiera que fuera el idioma que necesitaran, mientras los chavales del lugar pasaban zumbando con sus motillos de dos tiempos, haciendo el aire irrespirable. Encontramos un restaurante tranquilo y cenamos temprano antes de ir hacia la plaza principal a ver si había algo organizado para celebrar el año nuevo, pero resulta que la fiesta estaba en la parte nueva de la ciudad, no aquí. Intentamos esperar hasta la medianoche para celebrarlo en las calles, pero a medida que iba pasando el tiempo los tenderetes iban cerrando, los callejones se vaciaban y nos sentíamos cansados y con frío, así que decidimos volver al hotel a dar la bienvenida al nuevo año allí.

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La medina estaba completamente desierta a estas horas y las calles vacías tenían un aire inquietante. Era imposible identificar ningún punto de referencia para volver al riad ahora que las tiendas estaban cerradas y todas las persianas metálicas lucían el mismo aspecto. Para empeorar nuestra desorientación, algunas calles cerraban, lo que implicaba tener que dar largos rodeos simplemente para llegar al otro lado de un portalón de madera. Finalmente conseguimos salir y llegar al riad a tiempo de pillar las campanadas del Big Ben en una cadena extranjera, pero no teníamos champán para brindar por el nuevo año. Es complicado celebrar estas cosas en un país musulmán…

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