Las gargantas del lado sur del Atlas

Día 5 – 30 de diciembre – de Merzouga a Ouarzazate (424km)

El sonido de voces delante de nuestra habitación me despertó justo pasadas las siete y, cuando salí, vi un grupo numeroso de personas con pinta de tener mucho frío abalanzándose sobre el bufet del desayuno. ¿De dónde habían salido? El riad era bastante pequeño, de ningún modo había habitaciones para toda esa gente. Resulta que habían pasado la noche en el desierto para ver la puesta y la salida del sol; la mayoría de riads tienen un campamento en algún lugar del Erg Chebbi y los huéspedes pueden elegir pasar la noche allí en lugar del riad. Tras una hora a camello, la gente cena, ve la puesta de sol, duerme en una tienda bereber, ve la salida de sol y vuelve al riad a desayunar.

De camino a Merzouga habíamos tomado una carretera nueva que cortaba desierto a través y nos había ahorrado media hora de moto y la molestia de atravesar Rissani, pero nos habíamos perdido la población que había sido capital del país en el siglo XIV y una de las muchas recomendaciones que nos había hecho nuestro anfitrión de Errachidia: la pizza bereber. Sin embargo, la ruta hacia Ouarzazate nos llevaba de paso por allí, así que al menos hicimos un rápido tour en moto de la ciudad. La lástima fue no poder probar la pizza, pues en el único lugar que encontramos abierto a esa hora de la mañana nos dijeron que teníamos que esperar al menos una hora para poder tener una para llevar y, con una larga jornada aún por delante, decidimos continuar.

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Las vistas que encontramos en la carretera pasado Rissani nos lo compensaron con creces, sin embargo. El paisaje era imponente, con el Atlas cubierto de nieve a nuestra derecha y desierto pedregoso con preciosas formaciones rocosas y colinas bajas a nuestro alrededor.

Cuando llegamos a Alnif nos desviamos hacia el norte por una carretera regional más pequeña hasta Tinghir, desde donde enfilamos siguiendo el río Todra para llegar a las gargantas del mismo nombre, las Gorges du Todra. Son un estrecho cañón con la carretera serpenteando al fondo e impresionantes paredes de roca a ambos lados. Bordeamos el río hasta que el cañón se abría de nuevo y paramos a admirar las vistas y estudiar el camino hacía el siguiente destino, las Gorges du Dades.

img_1777Cuando miramos el mapa nos dimos cuenta de que la carretera seguía río arriba, se adentraba en las montañas y luego bajaba por las Gorges du Dades, lo que a todas luces iba a ser una ruta más interesante que regresar a la nacional y luego subir al cañón.

img_1775El problema era que habíamos contado con ello e íbamos justos de gasolina. Si queríamos hacer la ruta teníamos que volver a Tinghir a llenar los depósitos, lo que añadiría al menos media hora a un rodeo de casi dos horas, y ya íbamos contrarreloj para llegar de día a Ouarzazate, así que muy a nuestro pesar decidimos seguir adelante por la ruta normal.img_1782

Ya empezábamos a acusar el cansancio cuando nos adentramos en las Gorges du Dades, así que cuando encontramos un café con terraza y vistas a la formaciones rocosas al otro lado del río paramos a por un merecido descanso y un té caliente.

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Volvimos a la nacional, contentos de ver que solamente faltaban 90km hasta el hotel, pero poco sabíamos que iban a ser 90km duros… Íbamos directamente de cara a la puesta de sol y, a diferencia del primer día de viaje en España, aquí no había colinas ni curvas que nos diesen un descanso ni estábamos en la relativa seguridad de una autopista europea, así que nuestros ojos estaban expuestos a una tortura constante y a duras penas podíamos ver el tráfico que venía de frente, los socavones o lo que es peor, los peatones, ciclistas, ciclomotores y animales que invadían nuestro lado de la calzada. La moto de Esteve y la mía tienen cúpulas bajas, pero Gerard había puesto una más alta en la suya hacía poco, así que tenía que mirar a través de ella, cosa que le hacía prácticamente imposible ver la carretera. Para terminar de empeorar las cosas, la carretera atravesaba incontables pueblos, ralentizando aún más el ritmo.

Las cosas mejoraron al esconderse el sol, pero entonces nos quedaba media hora escasa de luz para llegar a destino. Por suerte llegamos a Ouarzazate justo a tiempo y encontrar el hotel fue muy sencillo, nada de tráfico ni callejear por el centro.

El último problema fue que las ‘instalaciones de aparcamiento’ que mencionaba la web era un descampado al otro lado de la calle.

img_1805Les dijimos que no queríamos dejar las motos allí y retiraron unas cuantas mesas y sillas de la terraza del bar del hotel para que pudiéramos aparcar debajo de la ventana de recepción y dentro del campo visual de una cámara de seguridad.

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La vuelta al Erg Chebbi

Día 4 – 29 de diciembre – de Errachidia a Merzouga y la vuelta al Erg Chebbi (239km)

Tras una noche bien fría en nuestra Gite d’Étape, nos levantamos con el sol y partimos hacia Merzuouga, el destino de todos aquellos que quieren vivir la experiencia sahariana por primera vez. Expediciones en 4×4, quads, motos, turistas a camello, gente que quiere pasar una noche en las dunas y ver la magia de la puesta y la salida del sol… todos convergen en esta pequeña población de calles polvorientas y riads familiares donde ha florecido todo un sector dedicado a dar respuesta a tal demanda.

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Tardamos un rato en encontrar nuestro riad, pero valía la pena. Este era el mejor sitio donde nos habíamos alojado hasta el momento, todo lujo e instalaciones de primera y, tras dejar los bártulos, nos dedicamos a planificar el día.

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Queríamos meternos en el desierto y quizá probar las dunas, así que quitamos todas las maletas de las motos y las chicas se fueron a alquilar unos quads. Llevábamos un track en el GPS que rodeaba las dunas del Erg Chebbi, una ruta que debía estar justo por debajo de los 50km, y nos pusimos en camino hacia el sur por la carretera y luego nos metimos por una pista de tierra dura y roca. Sin embargo, al cabo de tan solo un par de kilómetros encontramos arena blanda y las ruedas delanteras de nuestras pesadas motos se hundieron.

merzouga-2Siendo inexpertos en la materia como somos, decidimos volver a la carretera y seguir hacia el sur, en busca de terreno más duro para poder dar la vuelta completa a las dunas, que era nuestra intención.

Un poco más adelante encontramos otra pista que tenía buena pinta y que se adentraba en el desierto; era terreno fácil, y al cabo de poco ya estábamos disfrutando del imponente paisaje, con unas colinas muy suaves donde nos encontramos las ruinas de lo que debía haber sido un pueblo en medio de la nada. Al atravesarlo vimos que al menos una casa seguía habitada. Más allá del pueblo el paisaje se convertía en una vasta llanura con colinas rocosas en la distancia y, mucho más cerca, las majestuosas dunas del Erg Chebbi a nuestra izquierda.

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Íbamos hacia el norte por la cara este de las dunas y, al haber comenzado la ruta bastante más al sur de lo que habíamos previsto, nos marcamos un límite de tiempo y/o gasolina, llegados al cual deberíamos decidir si podíamos seguir y completar la vuelta o deshacer el camino.

Unos cuantos kilómetros más adelante encontramos terreno blando; no dunas, sino zonas donde la primera capa del suelo era arena gorda en vez de roca, que requerían más prudencia, y vimos algunas tiendas bereberes salpicando el paisaje. Un 4×4 que también iba hacia el norte, pero más rápido que nosotros, nos atrapó y aprovechamos para preguntar sobre la distancia y el tipo de terreno, y nos aseguraron que era factible pasar con nuestras motos. Cuando ya se había ido, apareció de la nada un bereber que iba en una moto pequeña y se puso a nuestro lado, mostrándonos el camino para evitar los trozos blandos y las ondulaciones en las partes más duras.

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Seguimos adelante durante lo que parecía horas y horas, y empezamos a encontrar cada vez más arena blanda, dificultando nuestro avance. Nuestro amigo bereber, en un francés muy básico, nos dio a entender que ya estaba cerca de casa (debía vivir en alguno de los campamentos que vimos) pero que si queríamos se ofrecía a guiarnos el resto del camino hasta encontrar la carretera de vuelta a Merzouga. Nos pusimos de acuerdo en que sería mejor tenerlo con nosotros, pues conocía el terreno y sabía por dónde ir para evitar lo peor de la arena, que cada vez era más abundante, y negociamos un precio que equivalía a unos 6 euros.

A partir de este punto había mucha arena, y empezábamos a acusar el cansancio. Todos tuvimos más de un susto en el que estuvimos a punto de comer arena, pero todos conseguimos mantener las motos de pie, con más o menos estilo. Finalmente, llegamos al extremo más al norte de la ruta y empezamos a girar hacia el sur. El terreno se fue endureciendo a medida que nos alejábamos de la punta norte del Erg Chebbi, pero cuando quedaban solamente unos pocos kilómetros para el final, Esteve se encontró con un trozo blando al final de una pequeña subida, la moto se le fue de detrás y terminó en el suelo. Al verlo, di gas a fondo para llegar a él y ayudarlo, pero ya estaba levantando la moto él solo. No se había hecho nada y los únicos desperfectos en la moto habían sido un pedal de freno doblado que intentamos enderezar lo mejor posible para que pudiera llevar bien la moto.

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Tras el incidente llegamos a la carretera que lleva a Merzouga en cuestión de minutos, nos despedimos del guía y fuimos hacia el pueblo a buscar un sitio donde enderezaran el pedal como es debido.

Preguntamos en nuestro Riad y nos mandaron a un taller de confianza donde repararon el pedal mientras Gerard y yo limpiábamos y engrasábamos las cadenas, que estaban completamente cubiertas de polvo.

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Las chicas nos habían escrito diciendo que ya habían terminado el tour en quad por el interior del Erg Chebbi, que lo habían pasado en grande y que se habían ido a dar una vuelta por el pueblo. Cuando la reparación estuvo terminada vimos que aún estábamos a tiempo de ver la puesta de sol desde las dunas detrás de Merzouga, así que arrancamos las motos y nos metimos un poco por el desierto hasta que encontramos una duna donde nos sentamos a contemplar el sol esconderse en el horizonte más allá del pueblo.