Ruta – On/Off: Sierra de Javalambre II – Amanaderos, Fuente de la Miel, Alto de Barracas (95km)

La ruta

El punto de inicio de esta ruta circular es de nuevo la población de Ademuz. Sin embargo, si se accede a la zona desde Cuenca se puede comenzar desde Torrebaja y desde Teruel se puede comenzar en Villel, ambas poblaciones en la nacional 330.

Desde Ademuz tomo la nacional 330 en dirección Teruel. Lo que es una buena carretera de Ademuz hacia el sur, ancha y con buen asfalto, se convierte al poco de salir hacia el norte en una via estrecha más digna de ser considerada una regional que no una vía principal que enlaza Alicante con la frontera con Francia. Los 40 y pocos kilómetros que unen Teruel con Ademuz forman un tapón por el que circulan lentamente miles de camiones de gran tonelaje al año, pero la intención de proteger el valle del Turia y, en mucha mayor medida, el abandono político que sufre esta despoblada región se combinan desde hace décadas para evitar que se acondicione este tramo.

A medio camino de Teruel se encuentra la población de Villel, desde donde sale una carretera aún más estrecha y con firme irregular en dirección a Camarena de la Sierra y las pistas de esquí de Javalambre. De camino se pasa por un par de pequeños pueblos y, poco antes de llegar a Camarena, la carretera atraviesa una garganta donde encuentro una pequeña área de picnic y una fuente con numerosos chorros de abundante agua fresca. Tras una corta parada llego a Camarena, donde dejo la carretera principal justo al entrar en el pueblo para tomar la TE-34 hacia el aparcamiento de la cota baja de las pistas de Javalambre.

Al poco de abandonar la población, una pista asfaltada deja la carretera por la derecha y sigue el río de Camarena hasta un área de recreo. A partir de aquí la pista empieza a ascender y deja de estar asfaltada al cabo de poco, aunque sigue estando en suficiente buen estado para permitir el tránsito de turismos sin problema.

Esta pista desemboca en la fuente Matahombres, un área de picnic con varias barbacoas, fuente y una balsa, un rincón bonito pero bastante concurrido tanto por la facilidad de acceso en todo tipo de vehículos, como he mencionado antes, como por el atractivo del lugar, a pesar de que en los meses de más calor está prohibido hacer uso de las barbacoas.

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La ruta circular sigue por la pista pasada la zona de picnic, pero en este punto vale la pena desviarse hacia la derecha y seguir el barranco valle abajo para visitar Los Amanaderos y el salto de Yeguas. Esta pista está algo más rota y, aunque no presenta dificultades, ya no sería muy recomendable aventurarse por ella en un turismo. En época seca no presenta demasiados problemas, pero si ha habido lluvias recientemente el cauce normalmente seco del barranco puede dificultar el cruce de un par de puntos donde la pista lo atraviesa.

Poco antes de llegar al final de la pista un cartel del tipo que indica el nombre a la entrada de las poblaciones anuncia que me encuentro en los Amanaderos. Dejo la moto tan arrimada como puedo en un lateral de la pista para echar una ojeada a este punto del barranco, donde el agua mana de entre un caos de rocas para ir ganando caudal rápidamente y convertirse en el salto de Yeguas unos centenares de metros más abajo.

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Tras atravesar el cauce del barranco, esta vez con agua, llego a un punto donde la pista se ensancha y permite aparcar sin problemas. Tras esta zona de aparcamiento se entrevén unas barandillas de madera que protegen al despistado de una buena caída en el salto de Yeguas, el primero de una serie de saltos hasta llegar al molino de Montereta, pasado el cual la garganta se abre en una zona de huertos perteneciente al pueblo de Ríodeva. Es un recorrido a pie que vale mucho la pena, pero si no se tiene otro vehículo esperando al final para poder regresar al punto de inicio toca desandar los seis kilómetros de vuelta al salto de Yeguas, esta vez en subida.

Tras admirar el salto desde la parte de abajo, donde también hay una poza donde se puede disfrutar de un baño si se es lo suficientemente valiente para aguantar la temperatura del agua, regreso a la moto y deshago el camino hasta el área recreativa para seguir con la ruta.

La pista gana algo de altura a partir de aquí y transcurre entre pinos y abetos, aún sin dificultad si está seca. Al cabo de poco se llega a la fuente de la Miel, donde hay otra área recreativa, esta vez bastante abandonada.

A partir de aquí la pista asciende hasta que el bosque se abre en el Alto de Barracas, donde se bifurca – ambos caminos llevan a la Puebla de San Miguel, el de la izquierda directo, el de la derecha pasando por el Pico Calderón y el Pino Vicente Tortajada, una microrreserva de flora con un árbol centenario. Tomo la ruta de la derecha y tras sortear un par de curvas en bajada con el terreno bastante suelto por culpa de las últimas lluvias, la pista bordea el pico Calderón, el más alto de la zona, por su vertiente sur hasta llegar a otra bifurcación. Por la derecha la ruta rodea el pico por su vertiente norte y regresa al Alto de Barracas y por la izquierda se acerca al Pico Gavilán, accesible en moto y todo terreno, pues tiene un puesto de observación contra incendios en la cima.

Pasada esta bifurcación, la pista desciende rápidamente, con algunos de los tramos más empinados pavimentados con cemento, hasta que llego a la última bifurcación de la ruta.

Tenía pensado volver a la carretera desde aquí, pues me encuentro ya a la altura de La Puebla de San Miguel, a donde se llega en un kilómetro y poco por la pista de la izquierda y desde donde sale la carretera de vuelta a Ademuz vía un par de aldeas. Sin embargo, un indicador me informa de que si sigo a la derecha puedo llegar a Mas del Olmo, la primera de las dos aldeas por las que pasa la carretera de vuelta, por pista. Con ganas de seguir un poco más por lo marrón, tomo esta opción.

Este último tramo tampoco presenta dificultades, es una pista agradable que serpentea entre campos de almendros en bancales que roban terreno como pueden al agreste terreno, un reflejo de lo dura que debía ser la vida de nuestros abuelos en esta zona.

Llegado a Mas del Olmo, no me queda más que tomar la carretera de vuelta a Ademuz, el punto de inicio.

Mapa

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Qué ver

Ademuz – Con algo más de 1.000 habitantes, es la capital de comarca, construido en la ladera de la montaña con un entramado de estrechas calles que confirma las influencias árabes a la que apunta su nombre. En lo alto de la montaña se encuentran las ruinas de un castillo, anteriormente fortaleza árabe llamada Al-Damus. Desde la entrada del pueblo llegando desde Teruel se puede tomar una pista que accede al Pico Castro, desde donde se pueden disfrutar unas vistas excelentes del pueblo y sus alrededores, incluyendo el río Turia. La ermita de Nuestra Señora de la Huerta, del siglo XIV, merece también una visita.

Los Amanaderos – Este es el punto en el que nace la Rambla de los Amanaderos, que más adelante se convierte en el Río Ríodeva. En este punto de un barranco aparentemente seco el agua mana de varios puntos en un pequeño caos de rocas. No hay espacio para aparcar, por lo que hay que apartar la moto lo máximo posible en un lateral de la pista para permitir el paso de otros vehículos. Como alternativa, el lugar es accesible a pie en poco rato desde el aparcamiento del Salto de Yeguas, barranco abajo.

Salto de Yeguas y recorrido del Río Ríodeva – Este salto es el primero de varios que, juntamente con alguna poza, conforman un interesante recorrido por la garganta del río hasta llegar al Molino de Montereta. Si se dispone de otro vehículo en Ríodeva se puede hacer todo este recorrido de bajada y disfrutar de las vistas de los saltos que el río ha formado. Si no, se tendrá que desandar los 6km de camino, esta vez en subida. Vale la pena acercarse al menos hasta los primeros saltos.

Parque Natural de la Puebla de San Miguel – Parte del recorrido por pistas transcurre por el interior de este parque. En él encontramos el Pico Calderón, que con sus 1.837 metros es el pico más alto de la Comunidad Valenciana. Su ascenso no presenta dificultad alguna, y se puede llegar a la cumbre con un simple paseo si dejamos la moto en el Alto de Barracas. El parque cuenta también con microrreservas de flora, todas ellas señalizadas con paneles informativos.

Ermita en la Puebla de San Miguel – Si tomamos la ruta de bajada hacia este pueblo la pista desemboca en la carretera asfaltada cerca de este ejemplo de la típica arquitectura de las ermitas de la zona, con un porche que cubre la entrada.

Dónde comer

Casa Domingo, el principal hotel en Ademuz, cuenta con bar y restaurante. En Camarena de la Sierra, al tomar el camino del Balneario, la carretera que nos lleva al inicio de la parte off road del recorrido, encontramos el Hotel Esmeralada.

Las capillas de carretera en Grecia

Nunca había estado a punto de tener un accidente en tantas ocasiones como en las carreteras de Grecia. Como cuento en la historia de mi viaje por los Balcanes, los conductores griegos son un compendio de todos los tipos de mal comportamiento en la carretera: no son conscientes de su entorno, usan los móviles mientras conducen, se saltan stops, ignoran las prioridades… y lo peor, son incompetentes al volante. Aceleran a fondo en las rectas pero son incapaces de trazar una curva a un ritmo decente, no parecen muy duchos a la hora de juzgar velocidad y distancia con precisión y les importan un comino los demás usuarios de las vías públicas.

Un testimonio de las consecuencias de todo esto se puede encontrar en todas partes por la red viaria griega. Crucé la frontera desde Bulgaria por un paso pequeño y tomé carreteras regionales en el lado griego, una ruta preciosa que descendía por las faldas de la montaña. Al cabo de poco encontré una pequeña capilla al lado de la carretera,  a la salida de una curva cerrada; parecía una iglesia en miniatura colocada sobre un pilar, y tenía un ramo de flores frescas. Las flores y el lugar donde se encontraba me hicieron pensar que eran un homenaje a una víctima o víctimas de un accidente de carretera, del mismo modo que en otros países la gente deja un ramo atado al poste de una señal o en un guardarraíl.

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Pero luego, unas pocas curvas más adelante, vi otra. Y otra. Y otra. Algunas eran bastante nuevas y estaban bien cuidadas, otras eran más viejas. Variaban en tamaño y complejidad, algunas eran de piedra, otras de madera o hierro, y todo lo que quedaba de algunas eran unos cachos de metal o madera colgando de un poste. Estaban por todas partes, prácticamente no había una curva o cruce donde no hubieran erigido una, y empecé a ir más lento y con más cuidado, temeroso de que si cada una representaba un accidente, me encontraba en la carretera más mortal del mundo.

Se convirtieron en una constante en mi periplo por las carreteras de Grecia. Más tarde descubrí que se llaman Kandylakia y que no siempre representan una víctima mortal; también se construyen para expresar gratitud por haber sobrevivido o escapado a un accidente, pero incluso si no están siempre asociadas a un final trágico, la enorme cantidad de ellas da fe de los peligros de conducir en ese país.

 

Fuentes:

About.com – Travel in Greece

Hellenic Communication Service

Bob Cromwell – International Travel

 

Ruta – On/Off: Sierra de Javalambre I – Pico Javalambre por la cara sur (162km)

La ruta

El punto de inicio de esta ruta y las demás por esta zona es Ademuz, en el enclave del Rincón de Ademuz, un pedazo de tierra valenciana que los avatares de la historia dejaron en la línea de demarcación entre las provincias de Teruel y Cuenca. He elegido esta población por ser el núcleo principal de la zona y donde se puede encontrar más fácilmente lugares donde comer, dormir y aprovisionarse (aquí se encuentra una de las dos únicas gasolineras que hay en el Rincón) pero también porque aquí tengo mi base de operaciones para explorar la zona. La ruta es circular, de modo que se puede elegir cualquier otro punto de inicio según de dónde se llegue.

Tras llenar el depósito de la Pajarraca salgo de Ademuz hacia el sur siguiendo el cauce de río Turia por la antigua nacional en dirección a Casas Altas y Casas Bajas. La carretera tiene un buen firme, pero es muy estrecha, así que debo andarme con ojo y pegarme a la derecha en las curvas sin visibilidad, que son la mayoría, especialmente pasado Casas Bajas, donde encuentro una curva de prácticamente 90º a la izquierda dentro de un túnel sin iluminación alguna.

A partir de aquí la carretera se vuelve un poco más ancha y asciendo por las famosas Emes, una serie de horquillas muy cerradas que tengo que hacer en primera y que salvan una de las numerosas gargantas por las que transcurre el Turia. Parece increíble que el coche de línea que hace el recorrido desde Valencia capital hasta Ademuz sea capaz de pasar por aquí. Del otro lado hay menos curvas y son más abiertas, y tras una parada en un mirador para contemplar las vistas, llego enseguida a Santa Cruz de Moya.

A la derecha sale una carretera que lleva a la nueva nacional 330, una vía mucho más rápida, pero sin interés paisajístico alguno, pues en esta zona transcurre entre campos más o menos llanos. La carretera en la que estoy es mucho mejor. El Turia sigue a mi izquierda, pero ahora más abajo, en un agreste desfiladero, y al cabo de unos pocos kilómetros llego a una de las mejores vistas del recorrido: el puente que atraviesa el desfiladero en uno de sus puntos más estrechos y altos. No hay sitio donde parar, pero con una moto siempre se puede apurar un instante en la cuneta para admirar la vista del río al fondo de la garganta.

Pasado el puente la carretera, que habiendo abandonado el Rincón se llama ahora CV 35, asciende por la orilla izquierda del Turia entre espesos bosques de pinos. El paisaje contrasta con los campos de almendros que he dejado atrás hace apenas unos kilómetros, indicando que estoy ganando altura. Este tramo de carretera, como muchos otros perdidos en lo más profundo de esta zona, parece congelado en el tiempo. Sobreviven aquí unas pocas señales de tráfico de una época que hace ya mucho que pasó, así como aquellas protecciones de entramado metálico fijado a postes de cemento, que asoman en algunas curvas por detrás de los más recientes guardaraíles. No sé hasta qué punto aguantarían el impacto de mi cuerpo si fuese a parar contra ellas por culpa de la gravilla o las agujas de pino que se acumulan en algunos sitios, pero estoy seguro de que no me arrancarían una mano o una pierna, como los afilados y relucientes perfiles metálicos de sus modernos sucesores.

La carretera deja el bosque al alcanzar una llanura en la que encuentro el pueblo de Aras de los Olmos, desde donde tengo por primera vez una buena vista de la sierra de Javalambre, cuyo pico es mi meta hoy. Al llegar a Titaguas, población con más vida por encontrarse en un otrora importante cruce de caminos, dejo la carretera y giro a la izquierda justo a la salida del pueblo para enfilar la CV 345. Esta carretera combina tramos estrechos, aunque en buen estado, con otros recién estrenados y mucho más anchos que me permiten llevar un buen ritmo y disfrutar de lo lindo sobre la moto. Prácticamente no pasa nadie por esta ruta, y los moteros lo saben. En mi ascenso hacia Arcos de las Salinas me cruzo con bastantes grupos que han decidido evitar las nacionales y autovías para dirigirse hasta Alcañiz a la cita con el GP de Aragón, que se celebra al día siguiente. Este tramo de carretera es simplemente maravilloso y lo disfruto como se merece, deteniéndome solo en un mirador donde la carretera alcanza su punto más alto entre los cerros antes de perder algo de altura en Arcos de las Salinas. Mientras contemplo el agreste paisaje veo una construcción baja y alargada en una loma al otro lado del estrecho valle justo enfrente de mí. Su pintura blanca destaca fuertemente sobre los ocres, grises y verdes oscuros del paisaje a su alrededor, y me doy cuenta de que es una ermita con la construcción típica de la zona, con un porche en la entrada. De ella sale una pista que se esconde detrás del cerro y reaparece más adelante en una constante pendiente hacia el pueblo, o al menos me parece a mí que debe tratarse de la misma pista. Decido explorar, que a hacer un poco de pistas es a lo que he venido, al fin y al cabo, y justo a la entrada del pueblo encuentro un desvío a la izquierda y unos carteles de madera que indican que el camino lleva a dos ermitas y unas salinas que imagino son las que dan nombre al pueblo. Pues vamos allá.

Ha estado lloviendo todo el día y noche anteriores, cosa que me hacía temer que mis proyectos de explorar pistas hoy se fueran al traste, pero esta zona tiene un clima muy seco y aparte de algunos charcos en la parte umbría de la pista que transcurre cerca del río, el terreno está seco. Tras dejar atrás los edificios en ruinas de las salinas y una pequeña ermita, la pista gana altura con decisión y enseguida llego a la ermita que había visto. Es grande, con lo que parece un corral adosado en la parte trasera, dándole un aspecto inusualmente alargado para este tipo de construcciones. En la parte delantera encuentro un cartel con una pequeña explicación que me aclara el buen estado de la pista: la fiesta patronal es el primer fin de semana de junio y es popular en toda la región, los fieles llegan de todos los pueblos de la zona y muchos suben hasta aquí en coche, sustituyendo a las antiguas caballerías para las cuales se abriría el camino original. También dice que los peregrinos llegan a pie, pero me gustaría saber cuántos quedan en estos tiempos de comodidades y poco esfuerzo.

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Hay dos ramales en la pista que sube hasta Javalambre, uno que sale poco antes del pueblo de Torrijas y gana altura rápido y otro más largo que viene de Manzanera. Yo tomo el primero para no tener que hacer los 15 kilómetros de más hasta allí, pero si se empieza esta ruta desde la autovía de Teruel quizá sea mejor optar por ese ramal.

El primer tramo está en excelente estado y permite un buen ritmo sobre la moto hasta unirse a la pista que sube de Manzanera. A partir de aquí se cierra más el bosque, la pista se torna más pedregosa y las curvas más cerradas hasta que ganamos altura y salimos a los páramos de la parte superior de la sierra de Javalambre, donde los abetos ceden su lugar a arbustos bajos de sabinas y boj. El paisaje es imponente y aquí la pista atraviesa suaves montes hasta llegar a los 2020 metros del pico. La ruta no presenta dificultad para la moto salvo algún tramo poco antes del pico donde el terreno es mas negro y se ha reblandecido por las recientes lluvias. Atravieso estas partes con redoblada prudencia, pues en algún momento noto que la moto hace ademán de perder adherencia delante y estoy completamente solo aquí arriba.

El pico es accesible con la moto y desde él se tienen unas magníficas vistas en todas direcciones si el tiempo acompaña, con los Montes Universales y la Sierra de Gúdar en la distancia y justo delante de mí la enorme antena de la estación de radar, que pintada de rojo y blanco recuerda al cohete con el que Tintín fue a la luna.

La bajada más directa desde aquí lleva por la pista de acceso a la estación de radar y luego directamente por una de las pistas de la estación de esquí de Javalambre, pero en lugar de ello tomo otra pista a la derecha desde el collado entre el radar y uno de los telesillas y rodeo la Cruz del Negro, la colina que me tapa la base de la estación de esquí por la derecha. Esto me permite disfrutar un poco más de la tierra antes de volver a pisar asfalto, pues este camino desemboca bien pasado el aparcamiento de las pistas.

En vez de bajar hasta Camarena de la Sierra por la ruta habitual, que es ir a buscar la carretera que sube desde la autovía de Teruel en el collado de El Gavilán, me desvío hacia el aparcamiento de la cota más baja de la estación, desde donde sale una estrechísima carretera, poco más que una pista asfaltada, que baja hasta el pueblo entre abetos.

El pueblo de Camarena se encuentra enclavado en la confluencia del torrente que viene del collado del Gavilán y el río Camarena, que nace a las faldas del pico que acabamos de dejar para luego descender hacia el río Turia tras dejar atrás el pueblo. Si el tiempo apremia, desde aquí la carretera que sigue el río desemboca en la nacional 330 a medio camino entre Ademuz y Teruel. Si, como yo, aún quedan ganas de buen paisaje y algo más de pistas, se puede tomar una minúscula carretera nada más salir del pueblo que escala por la ladera sur del valle del río y se pierde entre bosques hasta descender de nuevo en el valle paralelo y el pueblo de Riodeva, hoy famoso por ser el lugar donde se encontraron unos de los restos más importantes del complejo Dinópolis de Teruel. Esta carretera tiene ese tipo de asfalto que con el tiempo se descompone y se convierte en gravilla, cosa que me obliga a concentrarme para no pisar ni demasiado cerca de las cunetas ni en el centro, pues solo por donde pasan las ruedas de los coches está limpio el terreno.

Al llegar a Riodeva es conveniente seguir las indicaciones de Dinópolis a la izquierda para evitar meterse en el pueblo y perderse en sus laberínticas calles. Una vez en la parte baja, al lado del río, vuelvo a tener dos opciones: sigo la carretera valle abajo hasta la nacional 330, o tomo una pista que pasa casi por dentro de las minas al aire libre donde se encontró el dinosaurio y voy por tierra hasta una aldea llamada Mas del Olmo, desde donde se baja ya directamente al punto de inicio, Ademuz.

Como aún tengo rato opto por esta segunda opción, y tras negociar una subida algo complicada a través de una parte de la mina que parece ya cerrada, la pista vuelve a ser bastante buena hasta Mas del Olmo, un núcleo minúsculo que no es pueblo, sino que pertenece a Ademuz, que se encuentra a unos 12 kilómetros más abajo por una carretera endemoniadamente estrecha y revirada. Cansado ya al final de mi ruta, este tramo requiere toda la concentración que me queda, pues al estar cualificado de camino rural asfaltado y no de carretera tiene muchos tramos sin guardarraíles que dan directamente a una caída considerable, además de numerosas curvas completamente ciegas, y aquí hay más posibilidades de encontrar tráfico, pues si bien hemos llegado a Mas del Olmo por pista, la carretera sigue más allá hacia otros pueblos.

Al llegar al fondo del valle se encuentra otra aldea perteneciente a Ademuz, y desde allí la carretera sigue más o menos llana a la derecha del valle hasta llegar al lugar donde empecé nuestra ruta horas antes.

Mapa

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Qué ver

Ademuz – Con algo más de 1.000 habitantes, es la capital de comarca, construido en la ladera de la montaña con un entramado de estrechas calles que confirma las influencias árabes a la que apunta su nombre. En lo alto de la montaña se encuentran las ruinas de un castillo, anteriormente fortaleza árabe llamada Al-Damus. Desde la entrada del pueblo llegando desde Teruel se puede tomar una pista que accede al Pico Castro, desde donde se pueden disfrutar unas vistas excelentes del pueblo y sus alrededores, incluyendo el río Turia. La ermita de Nuestra Señora de la Huerta, del siglo XIV, merece también una visita.

Arcos de las Salinas – La Ermita de San Salvador y las salinas hoy abandonadas. El acceso a estas últimas está cerrado a vehículos, pero a pesar del cartel que indica que es un terreno de propiedad privada, se puede acceder a ellas a pie.

Pico Javalambre – El pico más alto de la sierra de Javalambre, con 2.020 metros. En la vertiente noroeste encontramos la estación de esquí del mismo nombre, cuyas pistas están desiertas y son accesibles en moto en verano.

Riodeva – Minas a cielo abierto de sílices y caolines. Recientemente se descubrieron fósiles del dinosaurio más grande de Europa, que llevaron a la instalación de Titania, un museo perteneciente al parque temático Dinópolis de Teruel.

Dónde comer

Casa Domingo, el principal hotel en Ademuz, cuenta con bar y restaurante. En Casas Altas encontramos la Tasca Los Trillos, que ofrece unas excelentes tapas y en Ríodeva se puede degustar comida casera en el restaurante El Salón.

Deflector Puig

La cúpula alta que pedí cuando llevé la moto a la revisión de los 1,000km funciona bastante mejor que la original, pero seguía sin ser suficiente para evitar turbulencias en la parte superior del casco. Imagino que es lo bastante cómoda para mucha gente, pero yo ya me he acostumbrado a que me mime la V-Strom, que con una pantalla alta GIVI y más plástico en la parte delantera brinda una protección aerodinámica excelente. Para terminar de solventar el asunto, pedí un deflector como el que llevaba en la ST.

img_7971Puig fabrica dos versiones del deflector, una que requiere hacer agujeros en la cúpula para fijarlo y otra que lleva pinzas y no requiere taladrar. Si tienes pensado vender la moto y quedarte el deflector y no quieres dejar agujeros en la cúpula o te da pereza hacerlos, la segunda opción es la mejor, a pesar de que cuesta casi el doble: 90€ vs. 50€ (precios medios aproximados).

img_7974Yo elegí el de pinza porqué lo trasladaré a otras motos en el futuro y no quería hacer agujeros, así que la instalación es la mar de sencilla.

Instrucciones

Antes de colocarlo en la moto, es necesario montar los soportes en el deflector mismo.

img_7976 Quitar los tapones de plástico que cubren los tornillos Allen, quitar los tornillos, separar la pieza de plástico frontal, alinear los soportes con los agujeros en el deflector por la parte de atrás y las piezas de plástico frontales por la parte de delante, volver a meter los tornillos y apretarlos. Asegurarse de que las pinzas están montadas del lado correcto (mirando hacia abajo).

img_7979Volver a poner los tapones en los tornillos y ya está listo para montar en la moto.

Aflojar los tornillos que unen las dos mitades de las pinzas. No quitarlos del todo, solo lo suficiente para abrir las pinzas y poder colocarlas en la cúpula.

img_7980Asegurarse de que las patas están paralelas una con la otra, no en forma de “V”, centrar todo el conjunto respecto a la cúpula y apretar las pinzas. ¡Listo!

img_7982img_7981El deflector se puede ajustar en múltiples posiciones y alturas, así que ahora toca salir a probarlo hasta encontrar la más adecuada. Yo lo tengo a media altura para el día a día, mantiene el aire alejado del casco a velocidades normales y no entorpece la visión. Para hacer pistas lo pongo en la posición más baja y para la autopista lo subo un punto.

¡No intentes moverlo en marcha!

Estadísticas

He aquí los números del viaje:

  • 5799,7km
  • 9 países
  • 35 días (25 días en la moto)
  • 232km de media diaria
  • Jornada más larga: 660km
  • Jornada más corta: 6,2km
  • Unos 307 litros de gasolina
  • 2 neumáticos montados dos días antes de salir, Heidenau K60, ambos aún en buen estado en la moto

Cosas que se rompieron:

  • ¡Nada! (es una Honda)
  • La bomba del hornillo Coleman dejó de funcionar, arreglado en el Motocamp en Bulgaria.

Cosas que perdí:

  • Una GoPro en Bulgaria, encontrada por una bellísima persona que me contactó y me la devolvió dos días después

Cosas que me robaron:

  • Una botella y una lata de cerveza de la nevera de una guest house en Dubrovnik

En casa

Día 35 – Jueves 1 de septiembre – Barcelona (6,2km)

Barcelona es una ciudad relativamente pequeña en extensión, su crecimiento se ha visto limitado por un río en cada lado, una cadena de colinas detrás y el mar delante, pero eso es una de las muchas cosas que la convierten en un lugar excepcional; tiene un tamaño que la hace cercana a habitantes y visitantes por igual, si no te importa andar uno puede llegar a la mayoría de lugares a pie en no más de una hora. La otra consecuencia positiva de su tamaño es que, para los viajantes, es una ciudad con una de las mejores llegadas que existen.

Cuando se llega a otras ciudades el avión suele sobrevolar extensiones de campos anónimos, zonas industriales y poblaciones satélite antes de aterrizar en un aeropuerto que está a bastantes kilómetros de la ciudad. Es imposible reconocer el destino desde el aire, y uno solo se da cuenta de que ha llegado tras atravesar una periferia que suele ser por lo general bastante gris. Para los que llegan en barco la historia es parecida. Los puertos no suelen ser lugares especialmente atractivos, y la preciosa ciudad que uno viene a ver se encuentra tras un páramo salpicado de depósitos de gas y petróleo, almacenes de contenedores marítimos y patios de vías.

Barcelona es otra historia. La ruta de aproximación al aeropuerto sigue la costa y pasa directamente por delante de la ciudad, y los que tengan la suerte de estar sentados a estribor del avión se ven recompensados con una de las mejores vistas de la ciudad que hace que sea fácil reconocer los edificios más emblemáticos que tantas ganas tiene de visitar. La experiencia de llegar por mar es parecida, y el puerto de pasajeros está en la ciudad mismo, de modo que al desembarcar uno ya se encuentra prácticamente en el centro, nada de atravesar polígonos.

Nunca había llegado a mi ciudad por mar, y cuando la tripulación anunció que estábamos a una hora del puerto subí a cubierta para intentar ver tierra y disfrutar de la aproximación. No tardó en aparecer una difusa línea de montañas en el horizonte, y antes de lo que pensaba ya pude reconocer la característica silueta de las montañas de Montserrat unos kilómetros tierra adentro.

img_1373El segundo hito que se hizo reconocible fue la torre de Collserola, seguida de la montaña de Montjuïc, la sierra del Montseny en la distancia y finalmente los primeros edificios altos de Barcelona en primera línea de la costa.

img_1376Poco a poco los edificios se fueron haciendo más reconocibles, y la torre Mapfre y el hotel Arts, la torre Agbar… un niño italiano que visitaba la ciudad por primera vez soltó un grito de emoción cuando su padre le señaló la Sagrada Familia y, mucho más rápido de lo que me esperaba, empezamos las maniobras de amarre en la terminal del puerto.

img_1387Saqué la moto del ferry y me vi rodeado al momento del tráfico de hora punta de la tarde. Tras tantos kilómetros en lugares donde no parece haber normas de tráfico, tuve que recurrir a grandes dosis de autocontrol para no empezar a adelantar donde no se podía e ir en contra dirección para llegar a casa más rápido.

img_1396Una vez vi este pequeño cartel en un hostel en Suecia, y al poner la cabeza sobre mi añorada almohada me vino la imagen a la cabeza y pensé ¡qué gran verdad!

Autostrada

Día 34 – Miércoles 31 de agosto – De Brindisi a Civitavecchia (660km)

El ferry llegó a Brindisi a las 6:00, justo cuando el sol salía por detrás de las gigantescas grúas del muelle. Salí de sus entrañas, aparqué junto a la verja de salida y regalé a los adormilados ojos de todos aquellos que desembarcaban un magnífico espectáculo de striptease mientras me quitaba la ropa que me había puesto para la travesía y me ponía de nuevo el equipo de moto.

img_1370Tenía que estar en Civitavecchia a las 20:00 como muy tarde para sacar los billetes y embarcar en el ferry de las 22:00 hacia Barcelona. Pero tras la experiencia en la terminal del puerto de Igoumenitsa prefería llegar más temprano, así que decidí que por primera y única vez en todo el viaje, hoy iba a ser día de autopista.

img_1369Salí del muelle, dejé atrás rápidamente esa zona fea que rodea todos los puertos y enseguida me encontré en la autopista. Ya empezaba el día cansado; no había dormido mucho en el ferry, hacía demasiado calor y había demasiado ruido, así que decidí parar a menudo y tomármelo con calma.

Comparada con las carreteras y autopistas que había usado en Grecia, la autostrada hacía que Italia pareciese Suiza: asfalto en perfecto estado, conductores civilizados (sí, en el sur de Italia), Wi-Fi gratis en todas las gasolineras y áreas de descanso… Hasta el paisaje no estaba mal, especialmente en la parte central del trayecto, cuando la autopista cruzaba entre dos parques naturales, el Parco Regionale di Monti Picentini y el Parco Nazionale di Cilento Vallo di Diano. De allí descendía hasta Nápoles, lo rodeaba e iba hacia Roma, como todos los caminos.

Paré muy a menudo a descansar, comer, leer del libro que llevaba conmigo y, al principio al menos, repostar. Pero la gasolina es tirando a cara en Italia, y decidí descubrir hasta dónde podía llegar con un depósito con la moto nueva. Teóricamente debería alcanzar los 400km, pero nunca había visto unos resultados de consumo tan buenos en un uso a diario. Esta vez, sin embargo, iba por autopista, en terreno principalmente llano y sin prisas. Estaba a unos 380km del puerto de Civitavecchia la segunda vez que paré a repostar, así que me impuse el reto de hacer el siguiente repostaje ya en Barcelona. Llené el tanque hasta el borde y me dispuse a recorrer el resto del camino aplicando todo lo que sabía de conducción económica, que eran nociones aprendidas con el coche, porque nunca se me había ocurrido eso de la conducción económica en una moto…

img_1371Mantuve unos 100km/h, sin acelerones para adelantar, dejando la moto ir con un punto de gas en las bajadas, anticipando las maniobras de los demás conductores para evitar frenadas, etc.

Fue una experiencia mortalmente aburrida, pero ir por la autopista siempre lo es, así que ir más rápido o de forma más agresiva no iba a mejorar mucho las cosas. Sea como fuere, a las 19:00 estaba a tan solo dos kilómetros de Civitavecchia cuando se encendió el chivato de la reserva. Habitualmente esto pasa entre los 270 y los 300km, según el uso. Esta vez fue a los 383km. Había logrado un consumo indicado de 4,4l/100km, y según el ordenador de a bordo, quedaba autonomía para otros 66km más, aunque este dato suele ser optimista.

El edificio de la terminal en Civitavecchia estaba mucho más tranquilo que el de Igoumenitsa, no había colas, las oficinas de Grimaldi estaban bien señalizadas, había sitio donde sentarse cómodamente por todas partes y había Wi-Fi gratis. Bueno, al menos los primeros 15 minutos. Saqué los billetes y me esperé más o menos una hora hasta que pude ir hacia el muelle.

De nuevo, las motos fuimos los primeros en embarcar, así que conseguí encontrar un rincón perfecto con un enchufe y me instalé cómodamente a ver una película antes de pasar la noche. Al día siguiente por la tarde vería Barcelona de nuevo.

La vuelta al Peloponeso II

Día 33 – Martes 30 de agosto – De Finikounta a Igoumenitsa (492km)

Me levanté tarde hoy y me di otra ducha antes de ponerme en camino, quería disfrutar las comodidades que me brindaba la habitación pues no iba tener ninguna durante las próximas 48 horas. Iba a pasar la noche en un ferry cruzando el mar Ionio desde Igoumenitsa hasta Brindisi, y no había reservado camarote. La segunda razón de levantarme tarde, además de estar cansado de la larga etapa del día anterior, era que el ferry salía a las 22:00, así que tenía todo el día por delante para hacer los casi 500km que me separaban del puerto. No había prisa.

La ruta de subida por la costa oeste del Peloponeso era mucho menos interesante que la de la costa este. La carretera hasta Patras, si bien no era autopista, era una vía más principal que las carreteritas que había estado haciendo el día anterior, de modo que no había mucho que ver. Imagino que la mejor idea para esta etapa hubiera sido cruzar la península por el centro y atravesar las montañas, pero no tenía tanto tiempo ni energía para otra mega etapa.

La poca autopista que encontré cerca de Patras era gratuita, y solo tuve que pagar por el puente que une los municipios de Rio, en las afueras de Patras, y Antirrio, en el otro lado del golfo de Corinto. Me esperaba un viaducto normal, con cuatro carriles construidos sobre pilares de cemento, pero me encontré con una obra maestra de la ingeniería. El puente, llamado Charilaos Trikoupis, es el puente totalmente suspendido más largo del mundo, y es una imagen digna de contemplar.

Del otro lado la carretera era más interesante, ascendiendo de nuevo por las colinas y luego bajando otro trecho antes de convertirse en una autopista. Iba bien de tiempo, así que cuando llegué a Amphilochia, a orillas del golfo de Arta decidí rodearlo por el oeste para ver un poco de paisaje en vez de coger la autopista que va dirección norte directa a Igoumenitsa. Paré a comer algo (un gyros excelente) en el pueblo mismo, que era precioso, y luego tomé una carretera muy interesante.

img_1363El golfo de Arta bien podría ser un lago si estuviera conectado al mar por una estrecha boca, y estaba disfrutando de unas vistas magníficas del mismo desde un tramo de carretera recto y sin tráfico cuando, tras volver mi atención a la carretera, me encontré con una imagen en los retrovisores que debe resultara familiar a conductores todo el mundo: los cuatro anillos de Audi a escasos milímetros de mi trasero. No sé por qué no me había adelantado, pero no tolero la gente que se pega al vehículo de delante, así que decidí dejar que corriera el aire entre los dos. En ese punto empezaban una serie de curvas ascendentes y el tipo desapareció de mis retrovisores bastante fácilmente sin tener yo que ir particularmente rápido.

Recordaréis que expliqué que parece que a los conductores griegos les cuesta digerir que los adelanten; bien, el Sr. Audi no era una excepción a ello (a pesar de que yo no lo había adelantado) y en el momento en que la carretera volvió a ser llana y recta, lo vi aparecer en la lejanía dándole a tope para atraparme. Lo hubiera dejado pasar, pero para cuando llegó a mi altura ya volvía a haber curvas, y al momento desapareció de nuevo.

Las estadísticas suelen dar Ucrania y Albania como los países con las carreteras más peligrosas de Europa, a menos en cuanto a número de muertos. Habiendo estado en ambos países en moto, no me pareció que los conductores fueran especialmente agresivos o temerarios, sino que están lastrados con algunas de las peores carreteras que existen, y la situación se ve empeorada por el hecho de que animales de todo tipo y tamaño, niños, carros tirados por caballos, ciclistas y muchas otras cosas que no deberían estar en la carretera la invaden constantemente. Los italianos también tienen mala reputación al volante, y sí, puedo confirmar que conducen muy rápido, pero la mayoría son excelentes conductores y saben lo que hacen. Grecia sin embargo es un tema aparte. Las carreteras, en general, no son malas, el problema son los conductores. Primero, no tienen respeto alguno por las normas de circulación o los demás usuarios de la vía. Son un compendio viviente de todas las posibles conductas negativas al volante. Teléfonos móviles, nada de usar casco, cero uso de los intermitentes, incorporaciones sin mirar y un larguísimo etcétera. Nunca había tenido tantos sustos en la carretera como aquí, y he ido en moto por Albania, Ucrania, Rusia y Kazajistán por nombrar los más peligrosos. Segundo, son fundamentalmente unos inútiles al volante. Cualquier idiota puede hundir el pie en el acelerador e ir rápido en recta, pero hay que saber conducir para trazar bien una curva y mantener el ritmo y podéis creerme cuando os digo que no vi un solo conductor en todo el país que fuese capaz de hacerlo. Y tercero, son terriblemente orgullosos al volante.

Así que, de vuelta al amigo del Audi, yo estaba aburrido, así que empecé a esperarlo en las rectas, dejar que se acercara y luego dejarlo atrás en las curvas. Imagino que conseguí cabrearlo bastante. Para cuando me cansé volví a mi velocidad de crucero normal y pronto llegué a la boca del golfo, donde no encontré un puente, como me esperaba, sino un túnel que cruzaba por debajo del agua, parecido al que conecta la isla donde está el cabo norte con el resto de Noruega.

Después de eso la carretera se volvió bastante aburrida y olvidable de nuevo hasta llegar cerca de Igoumenitsa, donde seguía la costa durante un rato y terminaba por conectar con la autopista que venía del interior para luego descender entre las colinas hasta llegar directa al puerto.

Este era un puerto importante, y como tal había mucha actividad. Seguí los indicadores hasta el edificio de la terminal y me encontré en medio de lo que parecía un campo de refugiados. El aparcamiento era un caos total, completamente lleno y con coches aparcados también en los pasillos molestando al tráfico, había gente por todas partes, todos con maletas, cajas de cartón, fardos, petates y bultos variopintos, muchos de ellos tirados por el suelo, no pocos durmiendo. Dejé la moto en la puerta misma, quité la bolsa de depósito y entré en la terminal, temeroso de dejarla sola allí, a intentar cambiar mi reserva por un billete.

El interior del edificio no era mejor, estaba a reventar de gente haciendo cola para conseguir billetes, para pasar el control de pasaportes y seguridad, etc. Busqué y busqué, pero no había ningún mostrador de la compañía de mi ferry, European Seaways. Me acerqué al que más se parecía, uno con un cartel que decía European Management Maritime Company, porque el nombre era algo similar y porque era el único con una ventanilla sin cola. Le di mi hoja de reserva a una chica que parecía Kate Winslet haciendo el papel de una chica con el trabajo más aburrido del mundo y le pregunté si eran la compañía que buscaba. Miró el papel todo un milisegundo, me lo devolvió y dijo ‘aquí no’. Le pregunté si sabía dónde estaban y dijo ‘no’ aún sin dignarse ni a mirarme. Bueno… muchas gracias. Me fui a por otro mostrador sin cola, en la otra punta del vestíbulo, y una chica mucho más atenta me dijo que era la empresa en la que acababa de estar, EMMC. Volví a mi amiga, le dije que me habían indicado específicamente su compañía y repitió ‘aquí no’. Bueno, si alguien de EMMC termina leyendo esto por alguna casualidad, que sepan que tienen un servicio de atención miserable en el mostrador de Igoumenitsa y que harían bien de sugerir a RRHH que trasladen a Kate Winslet a algún puesto donde no tenga que dedicarse a algo tan molesto como tratar con personas. A cargar contenedores, por ejemplo.

Al final fue un empleado de una empresa de carga el que me dijo que la oficina de European Seaways no estaba en el edificio de la terminal, sino al otro lado de la carretera, y que el nombre en los carteles no era European Seaways, sino algo completamente distinto. Fantástico.

Llevaba ya un rato corriendo arriba y abajo con todo el traje de moto puesto y cargando con el casco y la bolsa de depósito, así que para cuando entré en la oficina ya estaba empapado en sudor, impaciente y nervioso por haber dejado la moto desatendida en la terminal. Vi que solo había una pareja con dos críos delante de mí, y que ya les estaban dando los billetes. ‘Maravilloso’ pensé, ‘no hay cola’. Pero por desgracia pertenecían a esa especie que no parecen terminar de procesar información sencilla a no ser que se les repita diez o quince veces, así que tras varios minutos de ‘¿Muelle 13? ‘Sí, muelle 13, al final del puerto’ ‘¿Al final?’ ‘Sí, todo recto hasta el final’ ‘¿Número 13?’ ‘Sí señora, muelle 13’ ‘¿Al final del puerto?’ ‘Sí, al final’ ‘¿Embarcamos allí?’ ‘Sí, su barco está en el muelle 13’ ‘¿Muelle 13?’ etc. etc. etc. ya estaba yo más que dispuesto a asesinar a la familia entera, trocearlos y echarlos al agua desde el muelle 13.

img_1365Había llegado temprano al puerto, pero para cuando conseguí los billetes ya era hora de embarcar. Como no quería pasar un minuto más detrás de alguien con déficit de comprensión de instrucciones simples, me subí en la moto y me salté a la torera todas y cada una de las colas que encontré: la de salida del aparcamiento, la de entrada a la zona de embarque, la del control de seguridad y la de embarque mismo. Fui el segundo vehículo en subir a bordo (tras otra moto), aparqué la moto y me fui a buscar un rincón donde plantar la colchoneta.

Al contrario que el ferry de Grimaldi, donde el aire acondicionad suele estar alrededor de los 5ºC, en este ni había aire. Para cuando zarpamos docenas de personas habían acampado en cualquier superficie plana que habían podido encontrar, y el calor era insoportable. Decidí dejar la colchoneta allí y me fui a la cubierta superior a tomar el aire y ver como el puerto desaparecía lentamente en la noche. Adiós Grecia, me alegro de haber sobrevivido a tus carreteras, pero no creo que te eche mucho en falta.

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La vuelta al Peloponeso I

Día 32 – Lunes 29 de agosto – De Atenas a Finikounta (610km)

El día anterior había programado una ruta en el GPS teniendo en cuenta las carreteras que mi mapa marcaba como panorámicas e información que encontré en la web de una empresa de tours en moto. Quería alejarme de las grandes urbes de nuevo y disfrutar de carreteras de costa perdidas a mi ritmo. El destino final era Finikounta, un pequeño pueblo de playa en la punta suroeste de la península, y el único lugar donde había encontrado alojamiento dentro de mi menguante presupuesto. Terminé de marcar los waypoints, el GPS calculó la ruta y me dijo que iba a tardar… diez horas.

Bueno, iba a salir temprano, si no sacaba la moto del párquing, a partir de las 7:00 me iban a cobrar otro día entero, así que pensé que me lo tomaría con calma, pararía a menudo y siempre podría tomar una ruta más directa si me cansaba.

El hombre del párquing no hablaba nada de inglés, pero cuando moví la moto señaló a la pegatina de Albania y levantó los pulgares, así que entendí que debía ser de allí.

img_1340El cielo empezaba a iluminarse mientras transitaba por las calles del centro, y el tráfico no estaba tan mal como me había temido (el chico del B&B nos había dicho que presenciaban un accidente a diario en el cruce de delante del edificio). Estaba decidido a evitar la autopista, y mientras bordeaba el golfo de Elefsina por la vieja carretera 8, justo pasada una zona deprimente de depósitos de petróleo, el sol asomó por detrás de Atenas.

img_1337Desde ahí en adelante el viaje mejoró, y mucho. No había nadie en la carretera, y menuda carretera era. Iba serpenteando a lo largo de la costa, ofreciéndome unas vistas estupendas del golfo de Elefsina y luego del mucho mayor golfo de Megara hasta llegar al pueblo de Isthmia, en la boca del canal de Corinto.

img_1341Pensaba que la península del Peloponeso estaba unida al resto del país en de este lado, pero resulta que no. Hay un canal construido por el hombre que conecta el golfo de Megara con el golfo de Corinto para permitir a los barcos cruzar, pero es muy estrecho, a penas algo más de 20m de ancho, lo que limita el tipo de embarcaciones que pueden usarlo; la mayoría de cargueros se ven obligados a circunnavegar la península. La autopista lo cruza a través de un puente que es lo bastante alto para que los barcos pasen por debajo, pero la carretera en la que yo me encontraba estaba mucho más cerca de la embocadura y por lo tanto mucho más baja, de modo que el puente tenía que dejar pasar los barcos. En vez de algún tipo de puente basculante o levadizo el puente de Isthmia es un puente sumergible; desaparece debajo del agua y reemerge una vez el barco ha pasado. La superficie de la carretera la forman una serie de vigas de acero longitudinales para permitir que el agua se evacue rápidamente, y esta combinación de acero, agua y huecos generosos lo hace extremadamente resbaladizo y peligroso para las motos. Crucé con mucha precaución, pero cuando estaba ya a solo dos metros del otro lado la moto empezó a patinar de lado sin previo aviso. Por suerte conseguí mantener el control y subir a la orilla opuesta.

Aquí podéis ver un vídeo (no mío) del funcionamiento del puente:

Pasado el pueblo la carretera se volvía más estrecha y los pueblos más pequeños y más dispersos. Las colinas eran bastante altas y bajaban hasta el mar con laderas empinadas, formando un paisaje precioso.

img_1343Cuando llegué a las afueras de Nafplion el lugar me recordó una vez más el duro contraste entre las ciudades y el campo en Grecia. Este fue el único lugar realmente feo que encontré en todo el día, y lo dejé atrás tan rápido como pude. Tras comer algo cerca de Leonidio empecé a dirigirme hacia el interior durante un rato para ahorrar tiempo (a este ritmo iba a tardar mucho más de diez horas) y elegí evitar del todo Sparta (¡basta de ciudades!).

img_1344Durante las dos horas siguientes la carretera de costa se convirtió en una carretera de montaña que me llevó a través de un cañón, a más de 1000m cerca del monte Parnon y de bajada por el otro lado de la cordillera. Era un recorrido maravilloso, y tan solo el temor a quedarme sin gasolina empañó un poco la diversión.

img_1355No había llenado el depósito en Leonidio, pensando que iba a encontrar una gasolinera en el siguiente pueblo, pero los pueblos eran aldeas de montaña remotas y no había ni rastro de gasolineras. No fue hasta que llegué al pie de las montañas en la otra vertiente que vi un cartel que indicaba una gasolinera en un pueblo a tan solo un kilómetro en dirección opuesta a la que yo iba.

img_1356Me desvié y encontré una pequeña y decrépita gasolinera. Un tipo joven con mala pinta que na hablaba nada de inglés me llenó el depósito y mientras estaba en ello, apareció un amigo suyo y empezó a andar alrededor de la moto. Cuando vio la pegatina de Albania la señaló y dijo ‘fuck Albania’, sin un rastro de humor en el tono de su voz. Pasaba con creces de los dos metros y no parecía especialmente inteligente, pero estaba seguro de que me podía arrancar la cabeza de los hombros de un solo mamporro con las manazas que tenía. Le dije ‘Claro, lo que tú digas’, pagué y me largué pitando de allí. Al menos tenía el depósito lleno y había visto una criatura extraña: un scooter Yamaha con transmisión por cardan.

img_1359En vez de ir directo a Kalamata bajé hasta encontrar de nuevo la costa en el pueblo de Gihtio y luego subí resiguiendo la orilla hasta Kalamata. Esta vuelta, juntamente con la carretera de montaña, fueron los dos mejores tramos del día.

img_1362En Velika, al oeste de Kalamata, dejé la carretera principal, aun siguiendo la costa, para el último tramo antes de Finikounta, y luego corté por las colinas y una carretera que era poco más que una pista asfaltada que atravesaba dos aldeas y terminaba justo en Finikounta.

El sol ya se había puesto y empezaba a anochecer, así que no tuve mucho tiempo de visitar el pueblo. Era un lugar minúsculo al lado de la playa, tranquilo y agradable, y el hotel era mucho mejor de lo que el precio daba a esperar.

Despedida final

Día 31 – Domingo 28 de agosto – Atenas (0km)

Hoy marcaba el inicio de mi vuelta a casa. Mi hermana y Alex iba a coger un ferry a Santorini por la tarde para empezar el resto de sus vacaciones en las islas y yo tenía que empezar el recorrido de vuelta.

Había reservado un ferry de Igoumenista a Brindisi el martes, pero cuando empecé a planear la ruta vi que se tardaba bastante menos de lo que había pensado, así que me quedaban aún un par de días para visitar Grecia en vez de ir directo al puerto.

Decidí pasar esa noche en la ciudad también, ya que no me apetecía buscar alojamiento en las afueras y de todos modos el párquing de la moto estaba pagado hasta las 7:00 del día siguiente, así que al menos lo aprovechaba.

IMG_1314Visitamos los barrios de Plaka y Monastiraki por la mañana, tomamos un gyros excelente para comer y tras un largo paseo de vuelta al B&B nos despedimos. No me apetecía volver a andar hasta el centro hasta la hora de cenar, así que me quedé a planificar los días siguientes. El ferry salía a las 22:00, lo que me dejaba dos días enteros, así que tras estudiar los mapas decidí dar la vuelta a la península del Peloponeso y ver si podía irme del país con una impresión más positiva.

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