Calor, miseria y mugre

Día 57 – Martes 20 de agosto – De Budapest a Belgrado (379km)

El trayecto de Budapest a Belgrado era bastante largo, de modo que habíamos decidido coger la autopista. Había hecho la mayor parte de este mismo camino cuando iba hacia Rumania, y ya que eran más de 500km hasta Ighiu y quería tomar las carreteras de montaña una vez en el lado Rumano de la frontera, también había cogido la autopista y pagado por la matrika, el distintivo que permite usarla. Ya que esta vez estábamos intentando ahorrar lo máximo posible, decidí jugármela y pagar por ella. En cualquier caso habíamos cruzado toda Polonia y la parte norte de Hungría (las motos no pagan impuestos de circulación en Eslovaquia) sin comprar una y nadie nos había parado. El camino hasta la frontera pasó sin mucho que contar, en un momento dado cayeron unas gotas, pero hacía sol hacia adelante, así que no paré a ponernos el equipo de lluvia, y en un par de horas nos plantamos en la frontera.

Había cruzado 9 fronteras desde que dejé Rusia y ya me había acostumbrado al lujo de viajar por la UE, así que casi se me habían olvidado las molestias de tener que esperar a que comprobasen los pasaportes y los papeles de la moto de pie al sol vestido con el traje. Por suerte no tardaron mucho y nos dieron los pasaportes sellados y un panfleto que advertía sobre la corrupción policial con un número de ayuda en caso de problemas si nos paraba la policía del país. Buena bienvenida.

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Había ido aprendiendo a confiar en las primeras impresiones al cruzar la frontera a un nuevo país basándome en muchos factores distintos; el paisaje, la policía de la frontera, el comportamiento de los conductores, y en general instinto, y me dio la impresión de que Serbia era un país que no iba a disfrutar demasiado. Paramos a por gasolina y un par de cafés en la primera gasolinera que vimos, y un hombre que llegó en un BMW se acercó a saludar. Era de Liverpool, e iba de camino a Bulgaria a pasar las vacaciones con su mujer y su suergra, que eran de allí. Se mostró muy entusiasmado con la idea del viaje y nos deseó mucha suerte. Durante el resto del camino hasta Belgrado, el paisaje consistía en campos llanos, anónimos y requemados por el sol, y el aburrimiento solo se vio interrumpido puntualmente por las obras ocasionales. Paramos a hacer una última pausa en otra estación de servicio donde compré la pegatina del país y charlé con los tres chicos que trabajaban allí, que también preguntaron sobre el viaje y dijeron, medio en broma medio en serio, que no sería una buena idea visitar Bosnia i Herzegovina y Croacia con una pegatina de Serbia en la moto.

Para cuando llegamos a Belgrado el cielo era de un color gris plomizo y hacía un calor insoportable, cosa que no contribuyó demasiado a mi primera impresión de la ciudad. Las cosas empeoraron rápidamente cuando, justo después de cruzar un puente sobre el Danubio, el GPS indicó que sólo faltavan unos metros para el hostal. Estábamos en una calle de cinco carriles, tres de subida y dos de bajada, con aceras muy estrechas, flanqueada por edificios altos cubiertos de mugre gris oscura del humo del tráfico, no había ningún sitio donde parar ni que fuese un instante y era imposible cambiar de sentido para llegar a la puerta del hostal, que estaba en el lado opuesto de la calle. Lo único que podía hacer era seguir adelante y buscar un lugar donde dar la vuelta.

Si alguien está pensando en visitar Belgrado en coche o moto, no lo hagáis. En serio. Es mucho peor que cualquier cosa que hubiese encontrado en Ucrania o Rusia. Allí por lo menos puedes esquivar el tráfico y hacer un poco lo que necesites para llegar a destino: cambios de sentido, cortar por la acera, parar en cualquier sitio… pero Belgrado tenía un tráfico muy denso, había policía por todas partes multando a cualquier conductor que parase ni que fuese un segundo en un lugar donde no estuviese permitido, y no estaba permitido parar en ningún lugar. Para empeorar las cosas, la distribución de las calles no seguía ninguna lógica, y era imposible volver a encontrar la forma de regresar a un sitio determinado una vez lo habías pasado de largo, todo era dirección prohibida, prohibido girar, prohibido parar, prohibido aparcar, prohibido pasar, zona peatonal, calle sin salida… Era una pesadilla. Tardamos mucho en encontrar una forma de volver a la calle del hostal en el sentido correcto, y para cuando lo conseguimos, subí la moto a la acera, bloqueando el paso a los peatones y escasos centímetros de los autobuses que se lanzaban calle abajo a velocidades de vértigo. Nat fue a comprobar que estuviésemos en la dirección correcta (al más puro estilo soviético, no había ni una sola indicación de que allí hubiese un hostal) y yo me quedé rogando que ningún policía decidiese multarme entretanto. Volvió al cabo del rato con malas noticias: no había ningún sitio donde dejar la moto cerca. Había un centro comercial al otro lado del río, pero la chica de recepción no tenía ni idea si se podía aparcar allí durante la noche. Agotado, asfixiado entre el calor y el humo de los coches, descargué la moto mientras los autobuses parecían apuntar a mi cabeza al pasar y programé el GPS para que me llevase al parking más cercano. Llegados a ese punto me daba igual cuánto me costase dejar allí la moto una noche. Me indicó que había uno en la calle de detrás del edificio, pero, como no, me llevó un buen rato encontrar una forma de acceder a la calle. Al final llegué a un parking de varias plantas que no parecía tener mucha vigilancia, me aseguré que todo lo cerrable estuviese cerrado y encadené la moto a una columna. Volví al hostal sudado, cansado y con una profunda aversión a la ciudad. Después de una ducha fría fuimos a dar una vuelta para pasar el resto de la tarde, pero llegué a la conclusión de que la ciudad no tenía nada que ofrecer que compensase la mísera experiencia de intentar conducir por sus calles. Y es la primera vez en todo el viaje que me he sentido así.

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Un merecido descanso

Día 56 – Lunes 19 de agosto – Budapest (0km)

Ya había estado en Budapest al principio del viaje, así que ahora que estaba de vuelta en la ciudad sólo había una cosa que quería hacer y no había tenido tiempo de hacer en mi visita anterior: ir a uno de los baños de la ciudad y pasar el día sin hacer nada más que relajarme.

Bueno, en realidad había un par de cosas más que quería hacer, pero al final sólo conseguí hacer una de ellas. Necesitaba cambiar las pastillas de freno traseras y tensar la cadena, y me había estado esperando a estar en BikerCamp para hacerlo, ya que tienen espacio para trabajar y herramientas (que yo ya no tenía después de Tallinn…). Dormir en tienda supone despertarse con el sol, así que estaba en pie temprano y tuve tiempo de hacerlo por la mañana.

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La segunda cosa que quería hacer era encontrar una tienda de equiamiento de moto y comprar una faja, ya que mi espalda empezaba a acusar los kilómetros y ya no podía hacer 200km del tirón, pero resultó ser imposible. Era fiesta nacional y además había una festival de folk en la ciudad, así que todo estaba cerrado excepto algunos supermercados. En vez de ir de compras fuimos a visitar la ciudad, pero no pudimos subir a la ciudadela, ya que estaba cerrada por el festival.

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Debo decir que fue un poco un alivio, ya que hacía demasiado calor para subir andando hasta allí. Fuimos a comer y después de regalarnos un excelente frapuccino, nos dirigimos a los baños.

Había varios sitios que elegir, y al final fuimos a los Gellert, que eran populares, situados en un edificio interesante y además los había recomendado un amigo. El sitio era enorme, con varias piscinas y baños interiores y exteriores, y después de que me echasen de la piscina de nado interior por no llevar gorro, fuimos a los baños exteriores. El agua termal estaba a 36ºC y había chorros de agua con los que pude dar un buen masaje a mi maltrecha espalda, así que nos quedamos allí toda la tarde, relajándonos hasta la hora de cerrar.

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Para cuando salimos y era de noche y el aire era fresco, así que decidimos volver a pie en lugar de coger el metro. Había sido uno de los mejores días del viaje.

Hicimos un poco de compra en el camino de vuelta y después de cenar buscamos un hostal para nuestro siguiente destino, Belgrado. Tenía muchas ganas de ponerme en camino al día siguiente, íbamos a salir otra vez de la UE hacia una parte de Europa que no había visto nunca.

Un país de visto y no visto

Día 55 – Domingo 18 de Agosto – De Cracovia a Budapest (393km)

Pobre Eslovaquia. Es un país precioso, con algunas de las mejores carreteras y vistas que he encontrado en el viaje, pero solo le tocan unas pocas líneas y cuatro fotos que no le hacen nada de justicia.

Nuestra siguiente parada era Budapest, lo que significaba que íbamos a cruzar Eslovaquia de norte a sur para llegar allí, pero no íbamos a pasar una noche en el país, así que todo lo que vimos fue la carretera. Nos dejó muy buena impresión, el recorrido era muy agradable y casi no había tráfico, así que lo pasamos genial en el trayecto.

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Además, me gustaría felicitar al conductor de un Suzuki Gran Vitara por su excelente comportamiento al volante. Iba a decir “el 99,9% de conductores…” y la mayoría de gente que me conoce pensará que estoy exagerando, como normalmente hago, pero si tenéis en cuenta que llevo 15 años conduciendo y solo me he encontrado con dos conductores que hagan esto, quizá incluso 99,9% es una cifra baja. Bueno, el 99.9% de los conductores puede ir rápido en línea recta, cualquier idiota puede conducir un coche moderno rápido en línea recta, basta con pisar el acelerador y el coche corre, no tiene más. Sin embargo, en el momento en que ven que se acerca una curva, reducen la velocidad hasta un irritante paseo, aparentemente temerosos de que sus Audis de 60,000€ equipados con todas las letras del alfabeto en materia de sistemas de seguridad decidan de repente lanzarse a la cuneta y mandarlos a ellos y a sus familias a través de las puertas del infierno envueltos en llamas. Son la gente más desquiciante que puedes encontrar en la carretera, ya que no te queda otro remedio que esperar detrás suyo y sufrir su ineptitud, pero en el momento en que la carretera vuelve a ser recta y podrías tener la oportunidad de adelantarlos, la limitada parte de su cerebro que controla su pie derecho hace la conexión “línea recta – seguro” y pisan el pedal a fondo, desapareciendo hasta que encuentran la siguiente curva. Existe, sin embargo, un tipo de conductor extremadamente difícil de encontrar, que es consciente de que hay otra gente usando la carretera, gente que pueden querer ir más rápido que ellos en las curvas, y que intenta causar las mínimas molestias posibles. Este tipo de conductor tomará las curvas a una velocidad razonable para interferir lo mínimo con los demás usuarios de la vía pública, pero en cuanto llegue a una recta, adecuará la velocidad para permitir adelantarle. Desde aquí quiero felicitar a quien quiera que condujese aquel Suzuki, y decir que si hubiese más conductores así, las carreteras serían un lugar mejor.

Paramos unas cuantas veces en Eslovaquia a por gasolina, para comer, a por un helado, la obligada pegatina, etc. y llegamos a Budapest a última hora de la tarde. Volvimos a ese maravilloso lugar que es BikerCamp, y antes de montar la tienda o ni tan solo pensar en hacer algo de compra para cenar, me di una ducha y nos sentamos a hablar con unos moteros italianos y tomar unas cervezas.

Desafortunadamente, esto supuso que para cuando nos acordamos de la compra, el súper había cerrado ya, y tuvimos que ir a uno de esos badulaques 24h que siempre parecen tener unos cuantos individuos sospechosos en la puerta bebiendo cerveza también las 24h. Una vez llena la cesta de la compra fuimos a pagar y nos dijeron que no aceptaban tarjetas, y no teníamos moneda del país, así que tuvimos que dejar la comida allí e ir a buscar un cajero y volver, todo con el estómago vacío y cinco cervezas afectando nuestra capacidad de raciocinio.

Al final conseguimos preparar una cena que nos repuso las energías (bacon, mucho bacon), y luego volvimos a la cerveza y la conversación interesante.

Camisa nueva

Día 54 – Sábado 17 de agosto – De Varsovia a Cracovia (297km)

Quizá la carretera de Vilnius a Varsovia era parte de una ruta principal que une Europa occidental con los países bálticos y de ahí con Escandinavia a través del ferry, pero la cuestión es que desde Varsovia a Cracovia había mucho menos tráfico y llegamos sin ningún otro incidente que una larga cola a la entrada de la ciudad provocada por unas obras que obligaban a alternar la circulación de ambos sentidos, y la situación fue rápidamente despachada con un poco de conducción por el arcén para colarnos hasta el principio, al estilo ruso.

El hostal estaba justo en el casco antiguo y el propietario nos dejó meter la moto a través de la portería y hasta el patio interior del edificio, donde tenía un sitio donde limpiar y engrasar la cadena. Pasar por la portería requirió desmontar las dos maletas de aluminio, pero era mejor que dejarla en la calle. Después de esto fuimos a visitar el casco antiguo y la plaza del mercado, y al ver que estaban de rebajas en una de mis tiendas favoritas, aproveché para comprarme una camisa, ya que la ropa que llevaba para el viaje no era exactamente la mejor para salir a tomar algo, ya que originalmente había planeado un viaje por zonas más despobladas.

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Había estado en Cracovia hacía mucho tiempo, recién terminado mi primer año de carrera y aún muy verde en el tema de viajes, y era curioso ver cómo cambian las impresiones con mucho más bagaje y experiencia en la maleta. Cuando vine aquí por primera vez, vi una ciudad que era muy diferente de lo que estaba acostumado a ver en Europa, me intimidó un poco y especialmente en la zona alrededor de la estación de tren, me pareció poco segura. Era Europa del este antes de la UE, del Euro, estábamos mucho menos conectados, sin móviles, sin internet… Al volver después de haber estado en Ucrania, Rusia y Kazakstán y haberlos encontrado perfectamente seguros y muy agradables de visitar, Cracovia me parecía una ciudad tan de Europa occidental como la que más. La plaza del mercado seguía siendo tan bonita como la recordaba, aunque con muchos más turistas, y había muchos más bares y restaurantes de moda por las callejuelas. Siendo sábado, salimos a cenar a un buen restaurante, pero fue muy diferente de la época en que mis dos amigos y yo éramos los únicos turistas cenando en un restaurante de la plaza del mercado.

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De vuelta al hostal fui a ver la moto y me encontré con que le había salido compañía, había otra V-Strom aparcada a su lado, con matrícula italiana. Imaginé que debía ser de alguien en el hostal, pero ya que sólo estábamos allí una noche no tuvimos ocasión de coincidir.

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Camioneros polacos

Día 53 – Viernes 16 de agosto – De Vilnius a Varsovia (477km)

Quizá fue porque el viajar empezaba a pasar factura a mi espalda, pero hoy fue uno de los peores días hasta el momento, y objetivamente no debería haberlo sido. El día comenzó muy bien, no llovía, las temperaturas habían subido y el sol brillaba. La carretera que salía de Lituania y llevaba hacia Polonia nos llevó a través de bosques profundos, así que el paisaje era genial y la carretera en sí estaba en excelentes condiciones, pero en el momento en que entramos en Polonia, el día empeoró rápidamente. El paisaje seguía siendo genial, y la carretera buena, el problema es que yo no la llamaría carretera, era más bien un patio de maniobras para camiones de 400km de largo. Nunca había visto tantos camiones en la carretera, ni siquiera en Rusia, parecía que el 90% de la población polaca fuesen camioneros, y estar atrapado detrás de ellos era horrible. Era la misma historia en el carril contrario, así que no podía adelantarlos, y estar encerrado entre ellos, con la atención puesta en mantener la distancia de seguridad, suponía no disfrutar para nada de paisaje, mientras se arrastraban por la carretera a un ritmo letárgico, escupiendo humo negro en mi cara, y lo peor de todo es que un camión tiene peor aerodinámica que un ladrillo, así que tenía que sufrir el ser sacudido de un lado a otro en las turbulencias que generaban.

El trayecto hasta Varsovia fue horrible, así que me alegré mucho de ver que no había nada de tráfico y fue muy fácil llegar al hostal a pesar del tamaño de la ciudad. Había sido un día muy largo y para cuando habíamos descargado las cosas y nos habíamos dado una ducha, empezaba a hacerse oscuro, con lo que no tuvimos mucho tiempo para ver la ciudad, y debo decir que es una pena.

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Era otra ciudad de la que no nos esperábamos demasiado, ya que cualquier Polaco con quien hablase recomendaba visitar Cracovia y saltarse Varsovia, pero mientras que quizá no tenía el encanto del casco antiguo de otras ciudades, era un sitio con mucha vida, con mucho que ofrecer, y me supo mal no tener un par de días para descubrir algunos de los bares y restaurantes de la zona donde estaba situado el hostal.

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El hostal en sí era un sitio muy agradable y cuando llegamos después de haber disfrutado una cena a base de comida tradicional Polaca nos encontramos con la chica del turno de noche de recepción fumando en la entrada; nos preguntó si éramos los que estábamos viajando en moto (estaba aparcada justo en la puerta) y nos dijo que había estado mirando las pegatinas de los países. Estuvimos charlando un rato con ella y comentó que era genial que hubiese parejas con las ganas de aventura de hacer un viaje así.

Vino francés en el jardín

Día 52 – Jueves 15 de agosto – De Riga a Vilnius (315km)

El tiempo iba mejorando gradualmente a medida que íbamos hacia el sur, hacia la última de las repúblicas bálticas, Lituania, pero aún cayó algo de lluvia antes de llegar a Vilnius. Las afueras de la ciudad y la carretera estaban un poco más en la línea de lo que esperaba de un país que había estado al otro lado del telón de acero, pero la ciudad en sí era moderna y grande, más grande que Tallinn o Riga, o al menos así lo parecía. Al igual que Astrakán, bastantes edificios tradicionales de madera habían sobrevivido en el centro, y nuestro hostal era uno de ellos, o más bien dicho varios de ellos; la recepción y unas cuantas habitaciones en el edificio principal, y las otras habitaciones, incluyendo la nuestra, en edificios de madera más antiguos. Pudimos dejar la moto en el patio del vecindario, apartada de la calle.

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Vilnius era posiblemente mi favorita de las tres ciudades que habíamos visitado, ya que combinaba todo lo que me había gustado de las otras dos en la proporción exacta: el casco antiguo era pintoresco y encantador, pero no tanto que resultase artificial, era una zona con vida, con muchos bares de vinos con terrazas en callejuelas de adoquines, tenía grandes parques, colinas cubiertas de bosques y un río y un canal que delimitaban la zona.

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Lo visitamos todo, encontramos un sitio para comer donde tenían comida tradicional lituana y de vuelta al hostal compramos una botella de vino blanco francés que degustamos en el jardín del hostal mientras anochecía.

Una sorpresa desagradable

Día 51 – Miércoles 14 de agosto – De Tallinn a Riga (315km)

En más de un mes y medio he aparcado la moto en muchos lugares diferentes, desde párquines con vigilancia 24h a callejones en Rusia pasando por el desierto en Kazakhstan, y nunca tuve ni un problema; fue de vuelta en la UE, y por culpa de un despiste estúpido, cuando por primera vez me robaron algo. Estaba lloviendo, estaba cansado y tenía ganas de llegar a una habitación seca y caliente… podría dar muchas excusas, pero no se puede negar que fue mi culpa el poner los candados en las maletas al llegar a Tallinn y olvidarme de comprobar si estaban cerrados o no. Cuando salimos del hostal con las maletas, listos para ponernos en ruta, vi que alguien se había llevado la bolsa interior de la maleta derecha. Contenía el kit de herramientas, el compresor de aire para los neumáticos, los cargadores a 12v para la cámara y el portátil, el hornillo roto, así como trastos varios tipo trapos, bolsas de plástico, pulpos… nada que no fuese fácilmente reemplazable, pero eso no quita que diese rabia que se lo llevasen.

Nos lo tomamos lo mejor posible, decididos a no dejar que nos estropease las vacaciones, y de camino a Riga compré algunas herramientas básicas en una gasolinera. El día estaba nublado, y la lluvia estuvo yendo y viniendo hasta que llegamos al hostal en la capital de Lituania, un edificio viejo que parecía el clásico bloque de apartamentos neoyorkino de película policiaca de serie B. A pesar del aspecto del lugar, había varias empresas de servicios informáticos basadas en el edificio, y el aparcamiento en el patio interior donde nos dijeron que podíamos dejar la moto tenía un circuito de video vigilancia, lo que resultaba tranquilizador después de los eventos de la noche anterior.

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La impresión que me dio Riga al compararla con Tallinn era un poco como comparar Brujas y Gante en Bélgica. La primera era un sitio pintoresco, con sus viejas calles y edificios, perfectamente mantenidos o restaurados, calles impolutas, casi como si se hubiese construidos como atracción turística, algo falto de vida real en la calle, mientras que la segunda es un sitio más animado, también vieja e histórica, pero con gente de verdad y vida real en sus calles. Probamos algo llamado Black Balsam, un licor de hierbas muy fuerte, en una terraza donde había un grupo tocando swing en directo, que luego dieron paso a otro grupo que tocaban jazz, pop y rock, con una cantante que tenía una voz aterciopelada que era perfecta para hacer del lugar y el momento uno de esos recuerdos que se atesoran de vuelta a casa, años más tarde.

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Como la compra de nuevas herramientas había hecho mella en mi presupuesto, cenamos una pizza en el hostal y nos acostamos temprano. Al día siguiente teníamos una jornada corta hasta Vilnius, menos de 300km, que era un cambio bienvenido respecto a las interminables jornadas que llevaba haciendo casi todo el verano.

Lluvia en el Báltico

Día 50 – Martes 13 de agosto – De Helsinki a Tallinn (86km – en ferry)

Este iba a ser el primer viaje largo en moto para mi novia, de hecho, el su primer viaje en moto propiamente dicho, y cruzar Europa de norte a sur era un poco empezar la casa por el tejado. Iba a ser un viaje decisivo, así que estaba esperando que al menos el tiempo acompañase, a pesar de que no me sentía especialmente optimista después de ver las nubes del día anterior.

Evidentemente, al salir del hostal y meternos en el tráfico denso, empezó a llover. Había un atasco increíble de camino a la terminal de ferrys, y lo que tenía que ser un trayecto de diez minutes estaba siendo tan largo que empecé a temer que íbamos a perder el ferry. Si hubiese estado en Rusia hubiese subido a la acera y al demonio el atasco, pero estaba en Finlandia, un país de ciudadanos de pro que respetan las leyes, y no había espacio para colarse entre los coches, así que me tocó esperar y avanzar palmo a palmo como el resto de la gente. Al final llegamos a la terminal justo a tiempo de embarcar y dejar la moto enfrente de un camión. La lluvia estaba arreciando y este trayecto iba a ser en mar abierto, al contrario que el de Estocolmo, así que pedí unas cintas y amarré la moto por si acaso.

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Para cuando subimos a cubierta y el ferry estaba zarpando, estaba diluviando y el viento soplaba muy fuerte. Por surte, este barco tenía una zona cubierta más grande que el otro en la parte superior, así que estábamos protegidos de la lluvia a pesar de no tener camarote.

En menos de tres horas ya estábamos desembarcando en una lluvia mucho menos intensa y encontramos el hostal de Tallinn rápidamente, situado enfrente de una de las puertas en la muralla de la parte antigua de la ciudad. Tenían sitio para aparcar justo en la puerta, y como era una moto no nos cobraron por el espacio.

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Dejamos las bolsas y fuimos a explorar la parte antigua. Al contrario que otras ciudades europeas que constituyen destinos turísticos populares, no conocía a nadie que hubiese estado aquí antes, así que no tenía ni idea que esperarme de la ciudad. Siendo una república ex soviética, me esperaba algo bastante gris, de estilo ruso, pero resultó ser una ciudad preciosa, el casco antiguo era encantador, con calles estrechas serpenteando por una colina con vistas a una ciudad moderna, agradable y bien cuidada.

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Pasamos la tarde dando vueltas por esa zona y luego fuimos a un pub a probar una pinta de la cerveza negra local, que era deliciosa.

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Antes de volver al hostal hicimos algo de compras (incluyendo superglue para reparar mis sandalias) y luego buscamos un sitio barato donde salir a cenar. Esto era un lujo que no me permitía desde Rusia, ya que los precios en los países escandinavos eran ridículamente elevados, así que fue un placer encontrar un sitio muy acogedor donde cenamos empanadas, ensalada, pollo Kiev, una pinta de cerveza y postre por 7€. Me encanta Europa del este.

Un feliz reencuentro

Día 49 – Lunes 12 de agosto – De Turku a Helsinki (302km)

Sólo había 155km, no 302, entre mi hostal en Turku y el que habíamos reservado en Helsinki, pero tenía que dejar el primero a las 10 am y no podía entrar en el segundo hasta las 3 pm. En vez de llegar allí tres horas temprano y tener que esperar en la puerta o en un café cercano, ya que no iba a ponerme a hacer turismo con toda la ropa de moto puesta, decidí tomar la ruta paisajística y seguir todas las carreteras secundarias que encontrase por la costa. El problema era que estaba lloviendo fuerte, pero una vez ya te has mojado, da igual si pasas una hora o tres de más en la carretera, así que me puse en marcha.

Por suerte, la lluvia paró al cabo de una hora, justo cuando dejaba la carretera principal y me metía por una carretera más pequeña hacía la costa. Tome lo que se conoce como The King’s Road, una ruta de correo del siglo 14 que iba desde Bergen, en Noruega, a Vyborg, en Rusia. Salió el sol, la carretera estaba seca y encontré una ruta por la costa que era una maravilla y compensó con creces la lluvia matinal. Si alguno de los moteros que sigue el blog está planeando viajar a Finlandia un día, no dudéis en pasar por esta ruta.

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Llegué a Helsinki a las 3 en punto y me registré en el hostal. Tenían un parking subterráneo que costaba 17€ al día, pero la chica de recepción, que era un verdadero encanto, me dijo que ya que era una moto, la podía dejar donde quisiera cerca de una pared siempre que no ocupase una plaza para coche y me dio las llaves. Mi novia llegaba a las 5 pm, así que tenía el tiempo justo para comprar algo de cenar y buscar un sitio donde cambiar dinero; algunas de las fronteras por donde había cruzado no tenían oficinas de cambio, en otras ocasiones había pasado con prisas y no había tenido tiempo de buscar una, y había acumulado dinero de Rumania, Rusia, Kazakstán y Noruega que necesitaba cambiar, así como algunos dólares americanos que llevaba en caso de emergencia y que no iba a necesitar ya. Fue una agradable sorpresa ver que una vez cambiado todo a euros, tenía un pellizco con el que no había contado.

Llegué al aeropuerto a las cinco y media y encontré a mi novia esperándome ya. Hacía un mes y medio desde la última vez que nos vimos, y a pesar de que viajar en solitario no había significado estar solo, pues había conocido a mucha gente especial durante el viaje, la había echado mucho en falta, y estaba más que contento de que mi cambio de ruta después del incidente de la llanta significase que podíamos pasar juntos más tiempo de vacaciones del que habíamos planeado al principio. Hasta el momento mi viaje había sido una aventura, pero yo no lo llamaría vacaciones, ya que había sido física y mentalmente agotador, y tenía la sensación de que ahora iban a empezar las verdaderas vacaciones.

Ella había estado en Helsinki ya dos veces, así que fue mi guía lo que quedaba de día y visitamos el centro de la ciudad, que era precioso. No llovía, pero la ciudad tenía aquella luz tan especial que solo se ve cuando el cielo está cubierto de nubes muy negras pero el sol ha empezado ya a bajar y brilla por debajo de las nubes, iluminándolo todo contra el cielo oscuro.

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De vuelta al hostal, redistribuimos todo el equipaje para aprovechar el espacio al máximo y prepararnos para encarar la carretera para la última etapa de mi viaje. Al día siguiente íbamos a tomar el ferry para pasar a Tallinn, Estonia, para visitar las repúblicas bálticas.

La Princesa del Báltico

Día 48 – Domingo 11 de agosto – De Estocolmo a Turku (241km – en ferry)

Había dormido apenas 4 horas para cuando sonó el despertador a las 5 am, pero tenía 11 horas de ferry por delante, así que pensaba que aparte de ponerme al día con el blog, también recuperaría algo de sueño. Terminé de guardar en la maleta las cuatro cosas que no recogí por la noche tan silenciosamente como pude para no despertar a nadie y mientras empaquetaba encontré una nota de despedida de Andrew, un bonito detalle. No había nadie despierto en el hostal, así que me tomé un café solo en la cocina y luego cogí la moto por las calles desiertas hasta la terminal de ferrys, preparado para embarcar en el Baltic Princess justo pasadas las 6 am.

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El sol ya había salido y no había ni una nube en el cielo, era un día perfecto para pasarlo en la cubierta de un barco. Lo bueno de ir en moto es que te embarcan de los primeros, así que apenas había llegado a la cola cuando me indicaron que pasase a la parte de delante del todo, al lado de un motero ruso, y embarcamos entre los primeros vehículos.

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Dejé la moto un poco preocupado por que se tumbase si hacía mala mar, y fui a buscar un buen lugar para sentarme. Desgraciadamente, no había ninguna sección de asientos, y como tampoco había reservado camarote, vi que no iba a dormir nada. El único sitio donde me podía sentar era en la cubierta superior, pero por suerte el tiempo era bueno, así que no era un problema. A las 7:10, puntual como un reloj, el barco soltó amarras y comenzamos la travesía de 11 horas.

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Al cabo de solo una hora ya estaba tremendamente aburrido, y me empecé a preguntar cómo demonios la gente podía pensar que un crucero era algo genial. Escribir el blog y leer el libro que levaba conmigo mataron alguna horas, pero lo que realmente me salvó fue descubrir que había WiFi, una conexión pobre, pero suficiente para conectar el Whatsapp y poder charlar con los míos. Pasarse el día en la carretera y luego socializando en los hostales o con los amfitriones de CouchSurf no le deja mucho tiempo a uno para chatear.

A mediodía, el ferry hizo escala en Aland, una isla grande entre Suecia y Finlandia, y desde la cubierta superior escuché el rugido de Harleys. Me levanté para ver qué estaba esperando para embarcar y vi un gran grupo de motos en el puerto. Era el MC de Turku, que habían pasado el fin de semana en Aland y estaban de vuelta a casa.

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El resto del día se me pasó más rápido de lo que me esperaba, y para cuando el barco se acercaba a Helsinki me sorprendí a mi mismo de haberlo pasado mejor de lo que esperaba a bordo. El mar había estado muy calmado, y no me mareé nada, a pesar de pasar buena parte del día pegado a la pantalla del ordenador, y de todos modos no pasamos mucho tiempo en mar abierto, unos dos tercios del viaje había transcurrido entre pequeñas islas en las costas de Suecia, Aland y Finlandia.

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Media hora antes de desembarcar llamaron a todos los conductores a la cubierta de vehículos y cuando las puertas empezaron a abrirse, unas 40 Harleys arrancaron sus motores al mismo tiempo. El trueno que eso provocó reverberó en el enorme espacio de la bodega, haciendo saltar las alarmas de todos y cada uno de los coches que había allí, un sonido de mil demonios.

Llegué al hostal en solo diez minutos, y ya que era tarde y Turku era una ciudad residencial sin gran cosa que ver, me duché y me acosté, contento de pensar que al día siguiente iba a recoger a mi novia en el aeropuerto de Helsinki.