Calor, miseria y mugre

Día 57 – Martes 20 de agosto – De Budapest a Belgrado (379km)

El trayecto de Budapest a Belgrado era bastante largo, de modo que habíamos decidido coger la autopista. Había hecho la mayor parte de este mismo camino cuando iba hacia Rumania, y ya que eran más de 500km hasta Ighiu y quería tomar las carreteras de montaña una vez en el lado Rumano de la frontera, también había cogido la autopista y pagado por la matrika, el distintivo que permite usarla. Ya que esta vez estábamos intentando ahorrar lo máximo posible, decidí jugármela y pagar por ella. En cualquier caso habíamos cruzado toda Polonia y la parte norte de Hungría (las motos no pagan impuestos de circulación en Eslovaquia) sin comprar una y nadie nos había parado. El camino hasta la frontera pasó sin mucho que contar, en un momento dado cayeron unas gotas, pero hacía sol hacia adelante, así que no paré a ponernos el equipo de lluvia, y en un par de horas nos plantamos en la frontera.

Había cruzado 9 fronteras desde que dejé Rusia y ya me había acostumbrado al lujo de viajar por la UE, así que casi se me habían olvidado las molestias de tener que esperar a que comprobasen los pasaportes y los papeles de la moto de pie al sol vestido con el traje. Por suerte no tardaron mucho y nos dieron los pasaportes sellados y un panfleto que advertía sobre la corrupción policial con un número de ayuda en caso de problemas si nos paraba la policía del país. Buena bienvenida.

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Había ido aprendiendo a confiar en las primeras impresiones al cruzar la frontera a un nuevo país basándome en muchos factores distintos; el paisaje, la policía de la frontera, el comportamiento de los conductores, y en general instinto, y me dio la impresión de que Serbia era un país que no iba a disfrutar demasiado. Paramos a por gasolina y un par de cafés en la primera gasolinera que vimos, y un hombre que llegó en un BMW se acercó a saludar. Era de Liverpool, e iba de camino a Bulgaria a pasar las vacaciones con su mujer y su suergra, que eran de allí. Se mostró muy entusiasmado con la idea del viaje y nos deseó mucha suerte. Durante el resto del camino hasta Belgrado, el paisaje consistía en campos llanos, anónimos y requemados por el sol, y el aburrimiento solo se vio interrumpido puntualmente por las obras ocasionales. Paramos a hacer una última pausa en otra estación de servicio donde compré la pegatina del país y charlé con los tres chicos que trabajaban allí, que también preguntaron sobre el viaje y dijeron, medio en broma medio en serio, que no sería una buena idea visitar Bosnia i Herzegovina y Croacia con una pegatina de Serbia en la moto.

Para cuando llegamos a Belgrado el cielo era de un color gris plomizo y hacía un calor insoportable, cosa que no contribuyó demasiado a mi primera impresión de la ciudad. Las cosas empeoraron rápidamente cuando, justo después de cruzar un puente sobre el Danubio, el GPS indicó que sólo faltavan unos metros para el hostal. Estábamos en una calle de cinco carriles, tres de subida y dos de bajada, con aceras muy estrechas, flanqueada por edificios altos cubiertos de mugre gris oscura del humo del tráfico, no había ningún sitio donde parar ni que fuese un instante y era imposible cambiar de sentido para llegar a la puerta del hostal, que estaba en el lado opuesto de la calle. Lo único que podía hacer era seguir adelante y buscar un lugar donde dar la vuelta.

Si alguien está pensando en visitar Belgrado en coche o moto, no lo hagáis. En serio. Es mucho peor que cualquier cosa que hubiese encontrado en Ucrania o Rusia. Allí por lo menos puedes esquivar el tráfico y hacer un poco lo que necesites para llegar a destino: cambios de sentido, cortar por la acera, parar en cualquier sitio… pero Belgrado tenía un tráfico muy denso, había policía por todas partes multando a cualquier conductor que parase ni que fuese un segundo en un lugar donde no estuviese permitido, y no estaba permitido parar en ningún lugar. Para empeorar las cosas, la distribución de las calles no seguía ninguna lógica, y era imposible volver a encontrar la forma de regresar a un sitio determinado una vez lo habías pasado de largo, todo era dirección prohibida, prohibido girar, prohibido parar, prohibido aparcar, prohibido pasar, zona peatonal, calle sin salida… Era una pesadilla. Tardamos mucho en encontrar una forma de volver a la calle del hostal en el sentido correcto, y para cuando lo conseguimos, subí la moto a la acera, bloqueando el paso a los peatones y escasos centímetros de los autobuses que se lanzaban calle abajo a velocidades de vértigo. Nat fue a comprobar que estuviésemos en la dirección correcta (al más puro estilo soviético, no había ni una sola indicación de que allí hubiese un hostal) y yo me quedé rogando que ningún policía decidiese multarme entretanto. Volvió al cabo del rato con malas noticias: no había ningún sitio donde dejar la moto cerca. Había un centro comercial al otro lado del río, pero la chica de recepción no tenía ni idea si se podía aparcar allí durante la noche. Agotado, asfixiado entre el calor y el humo de los coches, descargué la moto mientras los autobuses parecían apuntar a mi cabeza al pasar y programé el GPS para que me llevase al parking más cercano. Llegados a ese punto me daba igual cuánto me costase dejar allí la moto una noche. Me indicó que había uno en la calle de detrás del edificio, pero, como no, me llevó un buen rato encontrar una forma de acceder a la calle. Al final llegué a un parking de varias plantas que no parecía tener mucha vigilancia, me aseguré que todo lo cerrable estuviese cerrado y encadené la moto a una columna. Volví al hostal sudado, cansado y con una profunda aversión a la ciudad. Después de una ducha fría fuimos a dar una vuelta para pasar el resto de la tarde, pero llegué a la conclusión de que la ciudad no tenía nada que ofrecer que compensase la mísera experiencia de intentar conducir por sus calles. Y es la primera vez en todo el viaje que me he sentido así.

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2 pensamientos en “Calor, miseria y mugre

  1. Animo amigo, un mal dia lo tiene cualquiera, son muchas horas en la moto y algo tiene que aflorar fuera de ti, un abrazo y enhorabuena por el viaje.

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