Niebla, rayos y el Tour de France

Día 3 – Lunes 28 de Julio – Del Refugi de Conangles al Refugio Casa de Piedra (302km)

Había dos variantes de mi ruta principal por pistas que había planeado hacer el día anterior, pero había sido una jornada tan larga que no tuve tiempo de hacer la segunda, que describía otro largo arco al norte de Vielha saliendo desde el pueblo de Baguergue. La tarde anterior había estado planeando la ruta y creía que hoy sí que iba a tener tiempo, pero el día se había levantado gris y las nubes amenazaban con lluvia, así que no estaba del todo seguro. Desayuné en la terraza y mientras empaquetaba y metía todos los trastos en la moto, empezó a caer una lluvia fina.

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No quería sacar ya el mono de lluvia, primero porque me daba demasiada pereza, y segundo porque según la previsión del tiempo no había lluvia al otro lado del túnel, que es hacia donde me dirigía. Me subí a la moto y fui rápidamente hacia la boca sur del túnel al tiempo que la lluvia se volvía más intensa. Al otro lado no llovía, pero seguía estando nublado, así que era hora de tomar una decisión. Girar a la derecha, deshacer unos kilómetros del camino por donde había llegado el día anterior para tomar la pista y arriesgarme a que la lluvia convirtiese la pista en un barrizal en medio de la nada, o girar a la izquierda y seguir con el resto de la ruta planeada para ese día, todo por asfalto?

Me lo había pasado en grande el día anterior, y quería más. Al contrario que las pistas que no había encontrado al principio del viaje, esta zona me quedaba más lejos de casa, así que no iba a volver otro día solo para hacer esa parte. Por otro lado, no tenía ganas de tener que lidiar con tramos técnicos en el barro con una moto pesada, yo solo.

‘¡Demuestra que eres un hombre, Kilian!’ me dije a mí mismo. ‘Tienes barba, y eso no es simplemente algo que te sale en la cara, ¡tienes que ganártelo!’ Así que como podéis imaginar, tomé la decisión racional… y me metí hacia la pista.

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Para cuando llegué a Baguergue, el pueblo donde terminaba el asfalto, el día se veía húmedo y con niebla montaña arriba, pero aún no llovía. Crucé el pueblo y encontré una pista en muy buen estado que seguía la orilla derecha de un río. Al pasar unas granjas, un pequeño puente cruzaba el río y la pista se volvía más estrecha, más inclinada y más rocosa a medida que ascendía hacia la niebla en una serie de giros cerrados, y me tuve que poner de pie en la moto para superar algún trozo más complicado. Había mucha agua que bajaba de la montaña  en arroyos y pequeñas cascadas, y tuve que cruzar algunos puntos en que las bajantes pasaban a través de la pista.

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La subida se convirtió en un ascenso más gradual que desaparecía en la niebla algo más adelante, y paré para disfrutar de las vistas detrás de mí una última vez: desde donde estaba tenía una visión espectacular del verde valle por debajo. Había valido la pena venir por aquí.

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Seguí adelante y lo que había sido una niebla fina se fue espesando en cuestión de minutos y al cabo de poco había perdido completamente de vista el valle detrás de mí y el collado delante. Empezaron a caer algunas gotas de lluvia, y viendo que estaba claro que el tiempo no iba a mejorar esta vez, busqué un rincón para parar y ponerme el mono. En ese momento empezó a diluviar, y mientras me peleaba para ponerme el mono, hubo un destello de luz y oí un trueno ensordecedor. Había caído un rayo en algún lugar niebla adentro, y a juzgar por la diferencia entre el rayo y el trueno, que era nula, imaginé que había sido muy cerca. No tenía ni idea si estaba muy lejos del collado, pero me temía que seguramente ya había llegado y entonces caí en la cuenta de que estaba de pie al lado de 200kg de lo único metálico allí arriba. Nunca me había puesto el mono tan rápido, y puedo asegurar que no voy a lograr batir ese récord. Salté encima de la moto y salí echando leches con la esperanza de que la pista empezase a bajar rápido.

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Para entonces la pista estaba ya empapada, pero por suerte el terreno era rocoso, no había tanto barro como me había temido, y me alegré mucho de ver que empezaba a bajar casi inmediatamente. Oí más truenos, pero ya no sonaban para nada tan cerca, con lo que imaginé que la tormenta estaba del lado de la montaña que había dejado. En esta vertiente el problema ahora era la niebla, que se había vuelto tan espesa que solo veía unos pocos metros por delante de la moto, así que aflojé hasta ir casi andando.

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Acababa de hacer un par de curvas cerradas cuando creí oír algo por delante. Había visto un pickup aparcado hacía un rato que probablemente pertenecía a algún pastor o un cazador, y creí que quizá subía otro por la pista, así que aflojé aun más el ritmo e intenté ver algo a través de la niebla. De golpe, un monstruo amarilló emergió de la niebla frente a mí. Había una excavadora plantada en medio de la pista abriendo un canal de drenaje y había apilado medio metro de tierra y piedras a través de le pista. Paré, contento de haber estado yendo tan lento como podía sin calar la moto. Es curioso como la niebla distorsiona la percepción, especialmente del sonido. El operario empujó un poco de tierra y piedras montaña abajo para hacer sitio y dejarme pasar, y metí la moto con los dientes apretados por encima de tierra blanda, al lado de una caída hacia el arroyo que pasaba más abajo. Le dí las gracias y seguí bajando, pensando que si hubiese estado haciendo la ruta en un 4×4 eso hubiese significado dar media vuelta y volver por donde había venido. (También hubiese significado estar seco, caliente y sin tener que preocuparme de los rayos pero hey, ¿qué gracia tiene eso entonces?)

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Al cabo de un rato la pista me llevó hasta un pequeño puente que cruzaba un torrente caudaloso y luego ya se nivelaba hasta que pasé al lado de una cabaña y empezó el asfalto de nuevo. La carretera llevaba a través de un espeso bosque, y la combinación de espesa vegetación, la lluvia y un valle que en algunos puntos se volvía muy estrecho y profundo, me hizo pensar en la famosa carretera de Yuncas en Bolivia. Eso sí que tiene que ser un recorrido interesante…

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De vuelta a la carretera principal hice solo unos kilómetros antes de girar a la izquierda y dejar Catalunya por el oeste vía el Col du Portillon, el primero de una serie de puertos míticos en el lado francés de los Pirineos. La lluvia había parado y aunque seguía algo nublado, me quité el mono, pero la niebla seguía ahí, a veces más fina a veces más densa, pero siempre suficiente para tapar por completo el sol y no saber si estaba mirando al norte, sur, este u oeste. Es una pena, porque si bien disfruté mucho de las carreteras de este punto en adelante, lo mismo no se puede decir del paisaje.

Desde el Col du Portillon la ruta seguía hacia el Col de Peyresourde y descendía hacia Arreau, pero en lugar de llegar hasta allí, corté por carreteras locales entre Bordères-Louron y Ancizan, ya que quería ir por la D113 para hacer la Hourquette d’Ancizan en vez del Col d’Aspin. Cuando la coroné me encontré con un par de ciclistas valientes emulando sus ídolos del Tour de France y una vaca, y mi lado optimista pensó que si bien no podía disfrutar de las vistas, al menos el mal tiempo había dejado a la mayoría de ciclistas en casa, regalándome la carretera a mí solito. Hice una foto de los ciclistas, la vaca y mi bici (ésta no tiene pedales).

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Bajando hacia el valle de nuevo la niebla se abrió por fin un poco, a pesar de que las nubes seguían ahí. Al menos eso me daría la oportunidad de admirar las vistas desde el siguiente puerto: El Col du Tourmalet.

Sé que yendo en moto no tengo derecho a decir esto, pero subiendo al Tourmalet desde el este (aunque en ese momento la niebla me había hecho creer que iba hacia el norte) no parecía tampoco tan duro, ni tan bonito, ya que estamos. Había unas pistas de esquí que tenían ese aire triste que esos lugares tienen en verano, agravado por el hecho de que el tiempo era bastante invernal; la carretera atravesaba un pueblo con algunas tiendas de alquiler de esquís también cerradas y unas curvas más arriba, voilà, el puerto. Pasé al lado de una estatua que representaba un tío desnudo en bici (debía ser un atleta de la Grecia clásica) y busqué un sitio para aparcar la moto y descansar. Vi un hueco al lado de otras dos motos que estaban mirando hacia el otro lado del puerto, la dejé allí y entonces lo vi. El otro lado del Tourmalet era simplemente espectacular. Un extenso valle con una carretera estrecha y serpenteante que parecía la versión Pirenaica del Stelvio y la Transfagarasan. Ahora entendía por qué era tan difícil subir por esa cara.

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Me lo pasé en grande en la bajada hacia Luz-Saint-Sauveur, que era un pueblo precioso, y tirando hacia el norte por la Gorge de Luz (ya me había orientado ahora y sabía que estaba yendo al norte). Al cabo de unos kilómetros, la carretera viraba hacia el oeste de nuevo en Argelès-Gazost y tal y como ocurrió con el Stelvio, que en mi humilde opinión perdió la corona de “Best Road in the Wooooorld” frente a la Transfagarasan, lo que me esperaba delante iba a robarle la corona al Tourmalet como mi puerto favorito en esta zona: la combinación Col du Soulor/Col d’Aubisque.

He de confesar que puede que fuese porque el tiempo había mejorado, y quizá, puede que quizá, eso influyera en mi percepción del recorrido, pero estos dos puertos eran fantásticos. Paré al coronar el segundo y mientras comía algo vi un alemán llegar en una KTM 990 Adventure. Como sabéis, tengo debilidad por esa moto, así que naturalmente me acerqué a charlar con él. Su inglés era un poco justo, pero aparentemente había estado en las Canarias, pasado a África en ferry y ahora iba de camino a casa. Le pregunté qué pensaba de la moto como herramienta para hacer largas distancias, ya que se come la gasolina y los neumáticos traseros a un ritmo escalofriante, y me miró con una sonrisa de oreja a oreja y me dijo “¡mejorrr moto que he tenido!”

La carretera al otro lado del puerto era tan espectacular como la de subida: unas cuantas curvas estrechas que desembocaban en un corte en una pared casi vertical. Una pasada.

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El último pueblo importante por el que pasé en Francia era Laruns, y desde allí seguí el precioso Vallée d’Osseau hacia el Col de Portalet, donde paré a decidir qué hacer con lo que quedaba de día. Aún estaba nublado, así que no pude ver el Midi d’Osseau, un pico espectacular al que nos llevó mi padre cuando éramos pequeños. ¡Qué recuerdos!

No era muy tarde, pero hacía frío y el tiempo en el lado Español de la frontera parecía peor, así que decidí dejarlo ahí e ir a pasar la noche en otro refugio de montaña en lugar de un camping. Había uno muy agradable al final de una garganta precisa no muy lejos valle abajo llamado Casa de Piedra, así que me encaminé hacia allí y reservé una cama y, por primera vez en el viaje, una cena completa.

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No llovió más esa tarde, así que pude sentarme en la terraza y disfrutar de un par de cervezas mientras planificaba la ruta para el día siguiente. La cena era abundante y deliciosa, y teníamos un par de botellas de vino para compartir entre los seis que estábamos sentados en mi mesa. Conocí un par de alemanes y un chico catalán que estaban haciendo el GR-11, de una punta del Pirineo a la otra, como yo con la moto pero un poco más largo. El catalán lo estaba haciendo de una tirada, unos 40 días, mientras que los alemanes lo habían dividido en varias vacaciones y estaban en una tirada de 8 días en su segundo año. Disfruté de su compañía durante la cena, nos quedamos despiertos hasta tarde y cayeron unas cuantas cervezas más, cosa que iba a pasarme factura al día siguiente…

Tor, la montaña maldita

Día 2 – Domingo 27 de Julio – de Saillagouse al Refugio de Conangles (203km)

Me desperté con los primeros rayos de sol mucho antes de la hora a la que había puesto la alarma del despertador, y al arrastrarme fuera de la tienda una mañana luminosa y un cielo azul y despejado me dieron los buenos días, augurando un gran día de ruta.

Estaba muy emocionado por la ruta que había planeado por varias razones: tenía muchas ganas de hacer dos puertos de montaña interesantes – el Col de Puymorens y el Pas de la Casa/Port d’Envalira, pero lo más interesante era que para salir de Andorra, pero más había decidido no coger la carretera principal hacia la Seu d’’Urgell, sino dejar el país por la única otra vía de acceso para pasar con vehículo a Catalunya – el Port de Cabús, una carretera que llevaba hasta una pista con escaso mantenimiento que bajaba hasta el desgraciadamente conocido pueblo de Tor.

Dejé Saillagouse a ritmo tranquilo hacia la frontera para disfrutar del paisaje. Ya conocía esta zona bien, pues había estado aquí incontables veces para hacer montaña o esquiar, pero para aquellos que hayan estado nunca en la Cerdanya francesa, es un sitio que recomiendo sin dudarlo, especialmente en moto durante la primavera-verano. Hay muchísimas carreteras que explorar y las vistas son espectaculares. Además, no hay grandes ciudades cerca de la región en el lado francés, cosa que ha mantenido el numero de turistas razonablemente bajo, y los pueblos siguen teniendo ese aire galo en general, con sus casas pintorescas y sus pequeños comercios, a diferencia del lado catalán, donde se han construido miles de apartamentos para el turismo de Barcelona y Girona, que están mucho más cerca de los Pirineos.

Giré a la derecha en Bourg-Madame, justo antes de Puigcerdà, y subí por la carretera paralela a la frontera hasta Latour-de-Carol, a donde se puede llegar mediante una línea de tren que penetra en territorio francés unos pocos kilómetros, y donde los pasajeros pueden cambiar de tren y subir a Le Petit Train Jaune, una línea paisajística de turismo que serpentea a través de la región hasta Villefranche-de-Conflent. Pasado el pueblo paré a hacer unas fotos de las torres medievales que dan nombre al pueblo y luego empecé el ascenso al Col de Puymorens.

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Este puerto tiene 1,920m y desde él se pueden contemplar las pistas de esquí del mismo nombre, que estaban cerradas en esta época del año y tenían un aire un poco decadente comparado con la temporada de invierno, cuando se encuentran en plena actividad. El puerto está lejos de los que se encuentran en Suiza, se corona al cabo de unas pocas curvas en horquilla, pero las magníficas vistas compensan. En la parte superior había unas pocas otras motos y un autocar lleno de ciclistas extranjeros esperando que llegase la furgoneta que les traía las bicicletas, así que tras hacer algunas fotos me puse en camino antes de que invadiesen la carretera.

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Tras un corto descenso hacia un valle profundo donde la carretera se bifurcaba hacia Francia al norte y hacia Andorra al sur, empecé a ganar altura de nuevo, esta vez camino de Pas de la Casa. Había muchas motos en la carretera ahora, y a medida que me acercaba al pueblo de Pas de la Casa, ya en Andorra, vi también unos cuantos autocares de turistas. Decidí no parar en la gasolinera allí, ya que había una buena cola de coches franceses llenando el depósito de gasolina barata antes de volver a cruzar a su país, y seguí subiendo hasta culminar el Port d’Envalira, donde encontré otra gasolinera más tranquila donde hice el lleno, al lado de un grupo de tres moteros alemanes (en GSs, por supuesto).

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Empezaba a hacer algo de frío (estaba ya a 2.408m) pero decidí esperar antes de ponerme más ropa; iba a bajar hacia Andorra y el sol estaba empezando a ganar altura en el cielo, así que las temperaturas no podían sino subir.

El camino de bajada también era interesante, y al cabo de poco ya había dejado atrás las pistas de esquí y estaba pasando ya por poblaciones más grandes. Siempre es interesante ver el contraste entre el verano y el invierno en Andorra. Es un país pequeño y solo hay una carretera principal que lo atraviesa ya que no hay mucho sitio para construir otra, las ciudades crecen laderas arriba y las nuevas construcciones son obras de ingeniería vertical que se aferran a las empinadas paredes del valle. Esto significa que durante la temporada de esquí miles de personas tienen que pasar por estas poblaciones para llegar a las pistas, y el país entero se convierte en un atasco de pesadilla. Si se visita en verano, sin embargo, se tiene tiempo de apreciar la belleza del lugar.

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Dejé la carretera principal al llegar a Canillo y tomé una carretera empinada que me alejó del valle principal. Precisamente ese valle es la única cosa que la mayoría de gente llega a conocer de Andorra, y creedme, no tienen ni idea de lo que se pierden. Tomad cualquier carretera que se aleje de él y os encontraréis con unos de los paisajes de montaña más impresionantes de los Pirineos, y mucha menos gente, también.

Sin embargo no fue el caso en esta ocasión, no paraba de encontrarme coches en el puerto de Canillo a La Massana, mientras me preguntaba el porquè podía ser, dado que normalmente sólo hay unos pocos excursionistas por la zona, me encontré con la respuesta: estaban organizando una de las famosas competiciones de perros pastores en un campo al lado de la carretera.

El resto de la carretera hasta La Masana estaba más tranquilo, y desde allí subí hacia Pal y el Coll de la Botella y el Port de Cabús. Este último tramo de carretera era un sueño: bien por encima del país, con vistas panorámicas y muy poco tráfico aparte de algún ciclista lo suficientemente valiente como para enfrentarse a su temible ascenso hasta los 2.300m.

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La razón por la que no hay nada de tráfico en esta carretera se hace evidente al llegar arriba: la carretera no lleva a ninguna parte. La mayor parte de la gente que suben hasta aquí se preguntan por qué los andorranos se gastarían tal cantidad de dinero en contruir una carretera así para nada, pero yo sabía la respuesta, y era la razón por la que había venido hasta aquí. Permitidme desviarme momentánamente de mi crónica para explicaros la historia del pueblo de Tor.

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El minúsculo pueblo de Tor se encuentra en el lado catalán de las montañas. Es uno de los lugares más aislados del páis, siendo la única via de acceso una larga pista desde Alins, que a su vez está conectado con Llavorsí via una larga y estrecha carretera de un solo carril a través de una angosta garganta, y quedando aislado del resto del mundo a causa de la nieve durante la mayor parte del invierno. A finales del siglo 19 vivían allí trece famílias y, en 1896, firmaron un documento que constituía la comunidad de copropietarios de la montaña donde está situado el pueblo, que se extiende hasta la frontera con Andorra. Es esa situación privilegida lo que resultaría ser una maldición para sus habitantes.

Durante los años 40, la situacion aislada del pueblo lo convirtieron en un escondite ideal para los maquis, y en 1944, un enfrentamiento entre un grupo de maquis y la Guardia Civil terminó con tres casa quemadas. Parece ser que hubo acusaciones en el pueblo sobre quién había informado a la policía de la presencia de los maquis y quién los estaba albergando, y eso fue el inicio de una larga disputa entre dos familias que el aislamiento y la ambición fue alimentando década tras década.

Las tres famílias cuyas casas fueron destruidas dejaron el pueblo, y los durons inviernos y condiciones de vida (no había teléfono, luz ni agua corriente) llevaron a un pequeño éxodo que a lo largo de varias décadas hizo que llegados los 70 quedasen pocas personas que viviesen en el pueblo de forma ininterrumpida todo el año.

El documento que estableció la copropiedad de la montaña estipulaba que eran habitantes del pueblo aquellos en cuyo hogar hubiese un fuego todo el año, lo significaba que la poca gente que quedaba en el pueblo se consideraban a si mismos como los únicos legítimos propietarios. Para entonces dos hombres – Josep Montané, ‘Sansa’ y Jordi Riba, ‘El Palanca’ – estaban gravemente enfrentados por el uso de la montaña. Ambos habían abierto pistas montaña arriba para conectar con Andorra, y estaban sacando grandes beneficios del contrabando. Había (y aún hay) una sola carretera que conecte Andorra con Catalunya lo que significaba que los contrabandistas tenían que ir a pie o recurrir a mulas para cruzar las montañas, con lo que tener una pista accesible en 4×4 era de gran utilidad par ellos. Sansa y El Palanca cortaban y controlaban el acceso a sus pistas y exigían dinero, mercancías o vehículos a cambio.

El enfrentamiento continuó, y la lucha por la propiedad de la montaña y el aislamiento en el que vivían hicieron que la paranoia se instalase en sus mentes. Tanto para ‘protegerse’ como para asegurarse de que sus propiedades estuvieran siempre ocupadas (y de ese modo garantizar la propiedad según las disposiciones de la vieja ley), se rodearon de personajes oscuros que habían encontrado en el pueblo la forma de escapar de su pasado. Sansa montó una especie de campamento hippie en sus propiedades, y El Palanca contrató un par de gitanos como guardaespaldas.

Hacia el final de la década Sansa, viendo el turismo desarrollarse al otro lado de la montaña, y habiendo recibido sucesivas e insistentes ofertas de varios constructores, se volvió más ambicioso y empezó a imaginar la construcción de un complejo de esquí en la montaña. Fue contactado por un abogado y constructor andorrano de dudosa reputación (burdeles, clubes de striptease, contrabando…) que le presentó a unos inversores británicos y lo convenció a él y a tres de los otros propietarios originales para firmar una cesión del uso de la montaña por 99 años. El resto de los copropietarios y especialmente El Palanca, que quería proteger sus intereses en la montaña, se opusieron firmemente al proyecto, y la situación degeneró rápidamente. El proyecto quedó atascado durante un tiempo, ya que los inversores recelaban de la idea de la copropiedad de la montaña y querían clarificar la situación legal de los terrenos, y en algún momento durante esta época se construyó la carretera en el lado andorrano, probablemente con la esperanza de que se construiría el complejo de esquí (y para la alegría de los contrabandistas, a quienes hacía la vida más fácil).

La situación se había vuelto tan tensa que cuando el abogado visitaba Tor para tramitar papeles con Sansa también iba acompañado de abogados, un par de policías retirados. Fue durante una de estas visitas cuando se encontraron con El Palanca y sus dos gitanos y comenzó una acalorada discusión. Ambos bandos iban armados, y en el enfrentamiento que siguió los dos ex policías dispararon y mataron a los gitanos. Fueron detenidos y condenados a ocho años de cárcel.

A principio de los 80 los habitantes que quedaban iniciaron una batalla legal por la propiedad de la montaña que se alargó durante años, ahuyentando posibles inversores y poniendo fin al proyecto del complejo de esquí. El Palanca y Sansa siguieron extorsionando a los contrabandistas hasta que en 1995 un tribunal dictaminó que la montaña pertenecía a Sansa, basándose en el hecho de que era el único que residía en el pueblo todo el año. Su victoria duro poco: cinco meses más tarde fue hallado muerto en su casa.

Al principio todos los dedos apuntaban a los hippies que alojaba en el ‘Campamento Sansa’, pero poco después un testigo ocular, Antonio Gil, acusó a Josep Mont y Merli Pinto, un par de contrabandistas a quien Sansa supuestamente debía dinero. Fueron detenidos, pero el juez desestimó la declaración de Gil por tener éste un largo historial de problemas psiquiátricos y haberse contradicho en repetidas ocasiones en su relato. Mont y Pinto salieron sin cargos y el caso sigue sin resolverse a día de hoy.

En 2002 y de nuevo en 2005, un tribunal dictaminó que la propiedad de la montaña pertenecía a los herederos de las 13 familias originales, poniendo fin a un largo y sangriento conflicto. El Palanca aún vive en el pueblo, aunque no todo el año, y sigue explotando sus bosques y criando caballos, y las dos pistas que suben a Andorra están abiertas y bien cuidadas, probablemente por él.

TV3 emitió un documental sobre esta historia, y fascinó de tal manera a Carles Porta, el periodista que lo hizo, que terminó escribiendo un libro.

Quería hacer algunas pistas y la historia del pueblo me atraía, así que después de comer en una fuente de camino al Port de Cabús me encontré donde terminaba la carretera, mirando una pista rocosa e irregular con un indicador que, habiendo leído la historia, era un poco intimidante.

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La bajada por la pista era complicada y avancé con cuidado para asegurarme de no ir al suelo, ya que iba solo y sería complicado levantar la moto, y me paraba de vez en cuando a hacer alguna foto. El valle era precioso, un lugar virgen en el corazón de los Pirineos que gracias a su macabra historia había escapado de las garras del desarrollo inmobiliario, algo que imagino como una conclusión positiva a pesar de alto precio que se pagó por ello.

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La primera parte de la bajada era bastante vertical, con unos cuantos giros muy cerrados entrando en el bosque, y al cabo de un rato llegue a un llano donde la carretera se dividía en dos: la de la izquierda pertenecía al Palanca, la de la derecha a Sansa. Sabía que se volvían a unir al acercarse a Tor, y que en la de la izquierda había que cruzar el río si recordaba bien lo que había leído, así que me decanté por la de la derecha, y un poco más abajo me encontré con una sorpresa: los restos del campamento donde Sansa alojaba a sus hippies; debido al difícil acceso y a su historia, casi nadie se aventura en el valle, así que estaba casi intacto. Paré la moto, crucé un pequeño arroyo y me paseé un rato entre los restos de barracas y tiendas, intentando imaginar cómo había sido la vida allí y qué tipo de gente habían vivido en aquel lugar.

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Justo antes de que las dos pistas se unieran de nuevo vi unos corrales abandonados que seguramente habían pertenecido a Sansa, ya que se sabía que pedía a los contrabandistas Land Rovers y los usaba hasta que reventaban y luego los dejaba por ahí, y había unos cuantos adornando el terreno alrededor de las ruinas.

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Las pistas confluían en un puente y poco después llegué al pueblo, que era poco más que tres casas y una iglesia.

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Algunas casas estaban bien arregladas y había gente (era verano) y atravesar el pueblo vi emocionado al Palanca en el jardín de una de ellas jugando con unos niños, seguramente sus nietos, y al otro lado de la calle, sentado con otros pocos hombres delante de un bar improvisado, Lázaro Moreno, un matón que El Palanca había contratado como mozo de granja y que terminó casándose con una de las herederas del pueblo.

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Tras dejar Tor la pista seguía sin asfaltar y en malas condiciones durante un rato, de hecho un coche normal tendría problemas para llegar al pueblo (leí una historia sobre un grupo de estudiantes que destrozaron el cárter de un coche de alquiler intentando llegar allí, y los únicos coches en el pueblo eran 4×4 de verdad, no SUVs). Al llegar al pueblo de Alins comienza el asfalto, pero la carretera sigue siendo muy estrecha y nadie la debe limpiar en invierno hasta Llavorsí.

Seguí hacia Esterri d’Àneu, sintiéndome un poco raro en el asiento después de tanto rato de pie en la moto, pero no faltaba mucho para volver a levantarme. La carretera que estaba siguiendo llevaba al Port de la Bonaigua, otro puerto conocido, pero ya lo había hecho anteriormente y estaba buscando una ruta un poco más aventurera, así que giré hacia Isil, un pequeño pueblo en el valle del río Noguera Pallaresa, donde terminaba la carretera. A partir de allí empezaba otra pista que seguía el río al principio y luego ascendía por la montaña: era el antiguo camino, el que se usaba antes de que existiese la carretera que pasaba por el Port de la Bonaigua.

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La pista empeoraba (y se volvía más interesante) a medida que ganaba altura y dejaba atrás el río, y llegado a este punto ya le había cogido confianza a la moto y sobre todo a los neumáticos, que daban muy buen control y estabilidad en esas circunstancias y además funcionaban muy bien en asfalto, al menos para mí, que me gusta ir a buen ritmo pero tampoco rascando los estribos en las curvas, así que no echaba en falta unos de carretera.

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La carretera se nivelaba al cabo de un rato y disfruté de un tramo a través de espesos bosques de abetos hasta que llegué al refugio de Montgarri, que dejé a mi derecha. Al cabo de poco encontré algunos coches aparcados y familias de excursión, y luego el bosque se abrió y subí por unos extensos campos hasta encontrar el final de los remontes que pertenecían a la estación de Baqueira, una de las más exclusivas del país. Desde allí comenzaba una carretera asfaltada que una vez más, poco tenía que envidiar a los Alpes, y me lo pasé en grande de bajada a Vielha.

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Para cuando llegué allí lo que había sido un día cálido y soleado se había estropeado y ahora estaba nublado y hacía frío, y tuve que parar a ponerme la capa interior del traje. No solo eso, había nubes que amenazaban lluvia, y no quería plantar la tienda si llovía, pues no me gusta nada guardarla mojada a no ser que vaya para casa al día siguiente y la pueda secar en 24 horas, así que me dirigí al túnel para pasar la noche en un refugio de montaña que conocía al otro lado y al cual se puede llegar en moto.

Aún no llovía cuando llegué, así que aparqué la moto junto al río y caminé hasta el refugio para ver si quedaban camas. Sí que quedaban, y el guarda, que también era motero, se interesó por mi viaje y me dejó subir la moto hasta detrás del refugio, en vez de dejarla en el aparcamiento que había bajando hacia el río.

Pedí una cerveza y me senté en la terraza esperando que el tiempo aguantase y me dejase tiempo de terminar la cerveza y planear la ruta para el día siguiente.

Pistas cortadas y minas de hierro abandonadas

Día 1 – Sábado 26 de Julio – De Port de la Selva a Saillagouse (277km)

Había mirado en internet unos cuantos sitios donde pasar la primera noche y elegí este camping porque tenía muy buenas críticas y se suponía que era un lugar agradable y tranquilo, al contrario que mis prejuicios de que todos los campings de la costa son nidos de turistas ruidosos. Bueno, pues tendré prejuicios, pero por desgracia muchas veces son bien fundados, y esta ocasión no fue una excepción: el sitio estaba efectivamente lleno de turistas, era muy ruidoso toda la noche, no había cocina no zona de picnic, el bar tenía los precios hinchados y parecía que los lavabos y las duchas se habían construido en los años 70 y no habían visto ni una sola reforma desde entonces. Y lo peor, me cobraron 22,90€ por una persona, una tienda y una moto. Cuando pienso que había acampado en Finlandia por 15€ y tenía cobertura de WiFi gratis en la tienda, instalaciones de cocina totalmente equipadas, acceso a una sauna y por supuesto la paz y tranquilidad que solo se encuentra en países civilizados, solo puede describir el precio del camping en Port de la Selva como un atraco.

Desayuné algo y me puse en ruta hacia el primer paso fronterizo del día: Portbou, hogar de una de las dos estaciones internacionales principales en España. Aunque había estado lloviendo por la noche, el cielo estaba despejado por la mañana y las vistas desde la carretera de costa hasta Portbou eran fantásticas.

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La estación internacional y el patio de vías están encajados en uno de los muchos valles que dan a la costa, un complejo impresionante en un espacio tan limitado. Desde la carretera que sale del pueblo y sube hacia Francia se pueden ver los trenes maniobrando en la estación, cargando y descargando los muchos contenedores de mercancías que tienen que cambiar de tren a causa de la diferencia en el ancho de las vías entre España y el resto de Europa. También hay una vía que pasa por una pequeña nave algo alejada en dirección al lado francés. Ahí es donde los pocos trenes que tiene boogies de anchura variable hacen la conversión para poder circular de un país a otro sin detenerse. Es un proceso sin interrupciones que los pasajeros apenas notan y una obra de ingeniería fascinante para los pocos afortunados que tienen la oportunidad de verlo de cerca. Hace muchos años, cuando era pequeño, mi padre me llevó allí y convenció a un ingeniero del TALGO para que nos dejase ir con él y ver todo el proceso desde un foso debajo del tren. ¡Fue toda una experiencia!

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Al pasar por la última gasolinera en el lado Español me acordé de que llenar el depósito era mucho más caro al otro lado de la frontera, pero viendo que aún me quedaba bastante gasolina y que volvería a cruzar la frontera pronto, decidí no parar. En la parte de arriba del puerto había algunos edificios de aduanas, tiendas de recuerdos y un hotel, todos abandonados desde hacía tiempo, erguidos en la tierra de nadie entre los dos países como un recordatorio silencioso de una época en que los viajeros tenían que parar y sacar sus pasaportes antes de dejar el país.

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El paisaje cambió rápidamente al otro lado, las laderas de las colinas llenas de viñedos de los que se hace el famoso vino dulce de Banyuls. El terreno es muy inclinado y rocoso, de modo que es imposible usar máquinas para hacer la cosecha, de modo que se hace a mano y las uvas  se llevan en enormes cestas de mimbre colina abajo hasta la pista más cercana donde se espera el camión o, en el caso de algunos viñedos que solo son accesibles desde el mar, hasta una barca.

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Bajé hasta el pueblo de Banyuls y desde allí, dejando la carretera principal que sigue la costa, empecé a tirar hacia el oeste a través de campos de viñas en dirección al Coll de Banyuls, un paso poco conocido entre Portbou y la Jonquera. La carretera de subida estaba asfaltada a pesar de que el mapa indicaba lo contrario, y el trayecto de subida era genial: solo primera y segunda marcha, nadie más en la carretera, y unas vistas directas hasta el mar valle abajo. No había ningún indicador de dónde estaba la frontera, y en el otro lado la carretera bajaba mas suavemente, brindando la oportunidad de ir a un ritmo más ligero (¡y mas divertido!) a medida que me acostumbraba a los neumáticos nuevos.

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Llegué al pueblo de Espolla y buscando la pista que quería coger hasta Cantallops me encontré rápidamente en la otra punta del pueblo. Di media vuelta y le pregunté a un hombre que me dijo que tenía que cruzar el centro para encontrar la pista y me dio unas indicaciones que venían a ser algo así como derecha-izquierda-derecha-izquierda-izquierda-derecha-arriba-izqierda-abajo-derecha. Sonaba muy complicado para un pueblo tan pequeño. Me perdía rápidamente en el centro y tuve que volver a preguntar. Después de que me diesen indicaciones de nuevo y de que un abuelo muy simpático me acompañase hasta el inicio del camino, dejé el pueblo por una carreterilla asfaltada que muy rápidamente se convirtió en una pista. ¡Genial! Primer tramo offroad del día.

Era divertido hasta que se convirtió en el tipo de mezcla de rocas y arena fina en el que no me metería ni loco con un SUV. Pensé que quizá sería demasiado para mi V-Strom pero no quería dar media vuelta, así que me metí lentamente por el camino, solo para encontrarme con charcos y barro de la noche anterior más adelante. Me recordé a mi mismo los consejos que dicen que en estas situaciones tienes que echar el peso atrás y dar gas para pasar rápido, y pasé sin ningún problema. Mucho mejor que la última vez que metía la moto en barro con neumáticos de carretera; estos estaban empezando a demostrar que habían sido la elección adecuada.

Poco después la pista se convirtió en un camino asfaltado y al cabo de un rato salí a una carretera, pero vi decepcionado que no era la que yo quería… la pista me había llevado más al sur de lo que me esperaba y era evidente que no se trataba de la que yo había estado buscando en el mapa.

No importaba, ya estaba otra vez en la carretera de rumbo a la siguiente frontera: La Jonquera.

Me paré a llenar el depósito antes de Francia esta vez, y también a intentar encontrar un sitio para comprar una navaja (me había dejado la mía), lo que me brindó la oportunidad de apreciar lo decadentes y deprimentes que son las poblaciones de frontera: básicamente un puñado de burdeles, tiendas de licores, sex shops, tiendas de recuerdos, varios outlets y negocios de importación y exportación de dudosa legitimidad. No mucho que ver.

Justo después de la frontera estaba el equivalente francés de la Jonquera: Le Perthus, un pueblo pequeño por cuyo centro cruza la nacional, convirtiéndolo en un sitio siempre congestionado. Cientos de tiendecillas de recuerdos cutres se extienden a ambos lados de la calle principal, donde no hay ni un sitio para aparcar, pero aún así la gente intenta para a comprar cosas, lo que hace que el pueblo sea un atasco permanente.

En absoluto contraste con Le Perthus, hay una carretera que comienza a mano derecha nada más salir del pueblo, la D71, y  lleva en un recorrido circular a través de un denso bosque. Estaba solo de nuevo y me olvidé muy rápido del trafico de infierno que acababa de dejar atrás.

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La D71 me llevó de vuelta a Le Perthus un rato más tarde, y me encaminé hacia el Fort de Bellegarde, una vieja fortaleza fronteriza que se eleva sobre el pueblo y que quería visitar antes de seguir hacia un par más de pasos fronterizos en lo que parecían pistas en el bosque.

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Se supone que había una carretera o pista que llevaba hacia allí desde la fortaleza, la D13C, pero no conseguí encontrarla y la gente de Le Perthus a quienes pregunté me dijeron que siguiese un poco más abajo por la nacional. Así lo hice, pero la única carreta que parecía ir en esa dirección estaba cerrada solo para uso de los vecinos. Perdí más de dos horas subiendo y bajando a través de urbanizaciones perdidas en el bosque intentando encontrar la pista que llevaba a la frontera, pero todos los caminos terminaban en una cadena, señales de fincas privadas y pistas sin salida. Acalorado, sudado y con hambre, al final fui a parar a la D13F en el lado francés, no la carretera que quería, pero me llevó a Ceret, que era el siguiente destino tras los dos pasos que no pude encontrar. Ese tramo de carretera resultó ser bastante agradable, y encontré un rincón para descansar un rato y comer. A pesar de todo, me frustró no encontrar los pasos, y decidí volver a intentarlo otro día desde el lado catalán, que tenía pinta de ser más sencillo al menos el en mapa.

Después de Ceret tomé la D115, la carretera principal que va hasta Prats de Mollo, y había un par de pasos más que quería hacer en esa zona, casi todo por pistas, dos de ellos en una ruta circular empezando en Saint-Laurent-de-Cerdans y dos más en el Coll d’Ares, pero eso suponía desviarme, ya que mi ruta general seguía hacia el norte por la cara este del Canigó hasta encontrar el siguiente valle grande y la N116 hacia Puigcerdà. Había perdido mucho tiempo intentando encontrar la D13C, así que decidí dejar esas pistas para otra ocasión (al fin y al cabo, están a tan solo un par de horas de casa) y tomé la D44 y D43 hacia el Col de la Descargue.

La carretera no lleva a ningún otro sitio, así que no había nada de tráfico. Era media tarde, a temperatura había empezado a caer y había jirones de niebla fantasmagóricos deslizándose montaña abajo que hacían que el lugar pareciese mucho más remoto de lo que en realidad era. La sensación se vio incrementada al encontrarme con las instalaciones olvidadas de lo que parecían ser minas. Había excavadoras abandonadas y algunas naves en ruinas; unas curvas más arriba vi más edificios vacios que una vez de vuelta a casa descubrí que pertenecían a unas minas de hierro. Paré a hacer unas fotos y mientras estaba explorando uno de los edificios que contenía los restos de un taller para los camiones que tiempo atrás habían trabajado en las minas vi lo que parecía ser un foso para mecánicos. Estaba observando la suciedad y los deshechos acumulados al fondo cuando me sorprendió que había algo que tenía un aspecto más… orgánico. Incliné la cabeza para verlo mejor y me di cuenta de lo que estaba viendo cabeza abajo: el cuerpo medio descompuesto de un caballo. Al principio pensé que el pobre animal se había metido en el taller, se había caído en el foso y había sido incapaz de salir, pero luego vi que al fondo había unas escaleras y caí en la cuenta de que alguien debía haberlo matado y dejado el cuerpo ahí. Sentí un escalofrío al pensar qué tipo de persona llevaría un caballo hasta una mina abandonada para matarlo y qué otras cosas podrían haber sucedido entre las paredes de un sitio así, y se me quitaron las ganas de seguir haciendo fotos. Me subí a la moto y seguí carretera arriba hasta ir a parar a otro sitio inquietante.

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El asfalto terminaba ante un edificio de varias plantas en la ladera de la montaña que parecía haber sido un hotel o algo parecido en otros tiempos, pero que en realidad resultó ser donde se alojaban los trabajadores de la mina. Estaba abandonado a excepción de una pequeña parte en el lateral más alejado, donde había un refugio de montaña. Al pasar por delante del refugio justo antes de ver que la carretera terminaba allí mismo vi unas pocas personas sentadas en la terraza que daba a la carretera, y quizá fuese la combinación de la niebla, el aspecto del edificio, el ver el caballo muerto, y la mirada en las caras de esa gente (que seguramente solo estaban sorprendidos de ver llegar una moto allí), pero me pareció el último lugar del mundo donde quisiera quedarme, así que di media vuelta y enfilé carretera abajo antes de terminar haciendo compañía al caballo.

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Un par de curvas más abajo la carretera se bifurcaba y el único otro camino aparte de volver por donde había venido era una pista, que según el mapa y la ruta que había programado en el GPS, era la que me iba a llevar a la N116. La pista estaba en buenas condiciones y di rienda suelta a mis fantasías de Long Way Round dándo gas de pie sobre los estribos. A medio camino de la carretera principal había una torre de vigía medio derruida que seguramente era un punto magnífico para admirar las vistas en un día sin niebla, pero como no era el caso decidí no quedarme mucho rato.

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Justo al girar una curva tras la torre había una valla electrificada para el ganado, y en lugar de la típica puerta con un mango de goma para abrir, cruzar y volver a cerrar, había una especie de vara electrificada montada con un muelle a través de la carretera y una señal que decía que había que empujarla con el coche para pasar. Bueno, eso está muy bien si uno va en coche, pero ¿qué pasa con las motos? Ese trasto iba a darme en la pierna por mucho cuidado que le pusiera al pasar. Al final decidí empujar la moto a pie desde el lado contrario a donde iba a tocar la vara, por si acaso.

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El resto de la pista también estaba en buenas condiciones a pesar de la humedad de la niebla, y poco después llegué a la N116 y la niebla quedó atrás. El resto de la tarde fue genial; la carretera que sube hasta Mont Louis es una pasada, el paisaje precioso y en días despejados se puede ver el hasta el mar desde la parte de arriba del valle.

Al final de la tarde llegué a Saillagouse y vi una señal que indicaba un camping. Fui a recepción y me alegró mucho comprobar que era todo lo contrario al camping de Port de la Selva. Un césped frondoso donde plantar la tienda, unos bloques de duchas y lavabos casi a estrenar, tenían hasta secadores y planchas en la lavandería, el silencio por la noche era total y además era considerablemente más barato. Para rematarlo, el sitio donde puse la tienda daba al suroeste y pude disfrutar de la puesta de sol mientras me preparaba una sopa sentado en una de las maletas de la moto.

Una salida tardía

Día 0 – Viernes 25 de Julio – De Mollet del Vallès a Port de la Selva (203km)

Tenía que trabajar el viernes (¡último día!) y esperaba poder escaparme temprano para empezar la ruta desde la escuela en vez de salir el sábado. Quería hacer los Pirineos de este a oeste en el sentido estricto de la palabra, y eso quería decir salir desde el punto más al este: El Cap de Creus.

No tenía tantos días como hubiese sido ideal, pues mi hermana, que está viviendo en Puerto Rico por un par de años, volvía el miércoles y teníamos que encontrarnos al día siguiente en Benasque: acababa de cumplir 30 años y quería reunirse conmigo y nuestros padres para subir a un pico que hicimos todos juntos cuando ella era un bebé. Me había preparado una ruta y un calendario, y si quería tener suficiente margen para poder hacer cambios sobre la marcha y tomármelo con la debida calma para disfrutar del paisaje, tenía que salir el Cap de Creus el sábado por la mañana.

Ese mes estábamos haciendo los cursos de verano en mi escuela, lo que suponía trabajar de mañanas y, en mi caso, acabar las clases a las 12:30 los viernes. Era el plan perfecto: hacer las maletas el jueves, ir al trabajo con todo el equipo de moto, cambiarme allí, dar tres horas de clase y ¡listo! De vacaciones. Ponerme otra vez el equipo y para media tarde podía estar ya acampado en algún sitio cerca de la playa y hasta tendría tiempo de darme un baño.

Por desgracia, no iba a ser así. También trabajo como examinador para Cambridge y a pesar de que mis alumnos hacían el FCE en la escuela ese mismo viernes, se supone que yo no podía examinarlos. Sin embargo parece que iban cortos de examinadores y que no importaba si yo examinaba en mi propio centro siempre y cuando se cumpliesen ciertos criterios, así que me dijeron que me tocaba trabajar… hasta las 17:30

Pero no estaba todo perdido, no iba a haber baño en la playa, pero aún tenía tiempo de llegar allí antes de la puesta de sol, así que el jueves me quedé despierto hasta tarde haciendo las maletas.

Cuando me levanté el viernes estaba diluviando. Fantástico. Me puse el mono de lluvia y, esperando que el tiempo mejorase para media tarde, me fui hacia la escuela.

Unos días antes había cambiado los Bridgestone Battlewings casi nuevos de la moto por unos Mitas E-07 con la intención de hacer algunas pistas en el viaje. Había usado Heidenaus K60 antes y estaba muy contento con los resultados, pero quería probar algo nuevo. Estos Mitas son muy baratos, así que si funcionaban bien, podían ser una verdadera ganga para la moto. Había leído bastantes comentarios positivos sobre ellos, pero también había quien no estaba contento con el rendimiento sobre mojado, y mi mecánico no se mostró muy entusiasmado con ellos cuando los recibió en el taller para montarlos en mi moto.

Había estado usándolos para ir a diario al trabajo ya hacía unos días, y parecía que iban bien, pero hoy era el primer día con lluvia. Las calles de Barcelona estaban inundadas, y la moto tenía un tacto más nervioso que habitualmente. Entonces llegué a un semáforo en ámbar y frené algo más fuerte de lo normal: el ABS saltó enseguida en la rueda de atrás y la distancia de frenado fue poco más que pésima… Mal comienzo para los neumáticos, pues. Tendría que ir con especial cuidado con lluvia.

Por suerte, para cuando había terminado los exámanes ya no llovía e incluso las carreteras habían tenido tiempo de secarse un poco, buenas noticias dado cómo fue mi primera experiencia con los neumáticos en mojado.

Como no quería pagar la autopista, me fui por la misma ruta que había tomado un año atrás para empezar el gran viaje: en dirección a Vic por la C-17 y luego hacia el este por la C-37, la A-26 y luego la N-260. Buenas carreteras y ni un céntimo gastado en peajes.

Para cuando llegué a Figueres vi que había nubarrones negros y un arcoíris delante, y se veía claramente una densa cortina de lluvia. Debería haber parado a ponerme el mono, pero calculé que mi camino pasaba justo por el borde de la lluvia y parecía que más allá estaba claro, así que me la jugué. Naturalmente, a los dos minutos me estaba cayendo encima la de Dios. Apreté los dientes y seguí, pues era solo una tormenta de verano y esperaba que pasase rápido. Paró al cabo de poco y para cuando llegué a Roses ya estaba casi seco otra vez.

Siempre he dicho que la Costa Brava es un lugar precioso, y lo es, pero al entrar en Roses no pude evitar pensar el daño que hemos hecho persiguiendo el dinero fácil que trae el turismo. Intenté dejar atrás rápidamente los bloques de apartamentos, supermercados de vino y licores, casinos y cosas peores y enfilé por una carretera de curvas preciosa que me hizo olvidar rápidamente tanta decadencia.

La carretera de Roses a Cadaqués es una procesión de curvas que primero asciende hacia las colinas, brindando unas vistas magníficas al Golf de Roses y luego desciende hasta la costa de nuevo en una serie de curvas cerradas. Mi única queja es que las dos poblaciones que conecta son destinos bastante populares y hay bastante trafico para una carretera tan pequeña. Por suerte, la mayoría de conductores eran bastante considerados y se apartaban para dejarme pasar cuando había un poco de espacio.

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Desde Cadaqués una carretera aun más pequeña serpenteaba a través de un paisaje fascinante formado por afiladas rocas con vistas al mar entre curva y curva. Era ya el atardecer, yel cielo estaba nublado pero el sol estaba lo suficientemente bajo como para iluminar las nubes desde abajo, dando al lugar un aire místico. Al pasar por el lugar donde Salvador Dalí tenía su casa, era fácil imaginar cómo un paisaje así inspiró su obra.

La carretera terminaba en el faro que marca el punto más al este de los Pirineos, y me alegró constatar que a esa hora del día quedaban ya pocos coches en el aparcamiento, ya que parecía que durante el día llegaban a formar largas colas aparcados carretera arriba. De pie delante del faro, hice la foto que marcaba el verdadero inicio del viaje. En cinco días tenía planeado estar delante de otro faro en la otra punta de los Pirineos.

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El tiempo había mejorado bastante, pero había nubes oscuras acercándose de nuevo y ya empezaba a anochecer, así que me apresuré para llegar a un camping cercano antes de que volviese a llover. Hice el check in rápidamente y terminé de plantar la tienda justo cuando caían las primeras gotas.

Me cambié en la tienda y corrí hasta el bar bajo la lluvia para sentarme delante de una cerveza fría y planificar la ruta para el día siguiente.

Ruta transpirenaica – 6 días de los mejores puertos de montaña

Intro

Esta ruta era algo que quería hacer mucho antes del viaje que dio lugar a este blog, pero nunca encontré el momento y luego vino el viaje y ocupó todo el tiempo que tenía, primero planificando y luego en la moto. De vuelta, pasó un año con muchos trayectos diarios y alguna salida de fin de semana, pero no había ningún viaje largo a la vista. Siempre había pensado que la moto quizá no durase demasiado tras una experiencia tan exigente, y que sustituirla iba a implicar ser ahorrador, así que no había grandes viajes planeados para el verano de 2014.

Sin embargo, llegado el verano la moto pasaba ya de los 120.000 kilómetros y seguía funcionando perfectamente, y viendo que tenía una semana para mi solito antes de que mi pareja cogiera sus vacaciones y nos fuésemos a un viaje más largo juntos (del que hablaré más tarde), decidí quitarle el polvo a esta ruta.

La idea original era  ir hacia el oeste por la cara sur del Pirineo catalán (sobretodo por la N-260) hasta la Vall d’Aran y luego de vuelta hacia el este por el lado francés, que hubiese sido un fin de semana de puente o cuatro días, pero ahora quería hacer algo más largo y con carreteras más interesantes, así que me compré tres mapas de la serie Zoom de Michelin que cubrían toda la cordillera con un muy buen nivel de detalle y me puse a planificar una ruta que me llevase a través de tantos puertos de montaña como fuese posible.

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Estadísticas

He aquí los números del viaje:

–          22,271km

–          70 días (48 días en la moto)

–          464km de media diaria

–          Jornada más larga: 783km

–          Jornada más corta: 237km

–          Unos 1,100 litros de gasolina

–          2 neumáticos delanteros (el ultimo sigue en uso)

–          3 neumáticos traseros (el ultimo sigue en uso)

–          1 kit de transmision

–          4 bujías

–          1 filtro de aire

–          1 juego de pastillas de freno traseras

–          2 filtros de aceite

Cosas que se rompieron:

–          Una fuga de aceite de la junta del tensor de cadena; arreglada en Volgogrado.

–          Los tornillos del soporte del GPS y del protector de la cadena se perdieron por las vibraciones.

–          La llanta trasera se abolló en Kazakstán; reparada en Astrakán.

–          El intermitente delantero izquierdo se rompió en Noruega.

–          Ni un pinchazo!

Cosas que perdí:

–          Un reloj

–          Una maquinilla de afeitar

–          Una toalla

–          Un cortaúñas

–          Dos botes de jabón multiuso concentrado

–          Un par de guantes de verano

Cosas que me robaron:

–          La bolsa interior de la maleta derecha que contenía:

–          Un kit de herramientas

–          Un compresor de aire

–          Un filtro de aire

–          Una lata de limpiacadenas

–          Eslavones de recambio

–          Pulpos

–          Un trípode pequeño

–          Una cámara GoPro

–          Un kit de reparación de pinchazos

–          Un hornillo Coleman de gasolina (roto)

–          Mapas

Agradecimientos

Pasé 70 días en la carretera y durante ese tiempo conocí a mucha gente maravillosa a la cual estoy muy agradecido. Me ayudaron, me cuidaron, me entretuvieron, me hicieron compañía, me dieron consejo, comida y bebida, un lugar donde dormir y en general hicieron de esta experiencia algo irrepetible.

Es por ello que me gustaría darles las gracias a todos ellos aquí.

EN LA CARRETERA:

Gracias a

Mattia y Danilo por su hospitalidad, por un risotto delicioso y por las indicaciones para encontrar la mejor carretera hacia Eslovenia.

Metka y Franci por su hopitalidad, por el tour de Ljubljana y por descubrirme la tienda de cervezas, por una cena memorable en compañía de vuestros amigos, por las anécdotas de viajes en moto y especialmente por el CrampBuster, que resultó ser una ayuda inestimable en los largos tramos de carretera en Rusia.

Al personal del túnel de lavado de las afueras de Ljubljana, por enderezar mi maleta.

Al personal de BikerCamp en Budapest por tener un sitio tan agradable para los moteros y por dejarme las herramientas para arreglar mis maletas.

A Dalina, de Terra Mythica en Ighiu. Me alegré muchísimo de volver a verte, y entre todos me hicisteis sentir como en casa. Gracias por llevarme a cenar, y espero que disfrutases de la excursión al lago. Gracias también a toda tu familia y al resto del personal. Dile a tu padre que me sabe mal no haberme podido quedar una noche más y compartir algo de Palinca.

Al vigilante a cargo del parking en lo alto de la Transfagarasan, que no me quiso cobrar cuando le expliqué el viaje.

A Igor y su madre por su hospitalidad, por encontrarme un sitio seguro donde aparcar la moto y por no dejarme pagar por el parking y por una agradable conversación en su balcón.

A Luda y Sofia por su hospitalidad y por una maravillosa cena de comida tradicional Ucraniana, y especialmente a Luda por venir a buscarme a las afueras de Kiev, hacerme de guía en la ciudad, traducir por mí, lavar mi ropa y hacerme sentir como en casa.

A Denys por su hospitalidad, sus sabrosas verduras orgánicas y el paseo por el bosque al lado de su casa, me alegro de haber podido ayudar con tu español, que por cierto es fantástico (recuerda, “abejas”).

Al club de motos de Luhansk por escoltarme hasta el centro (¿hay una forma mejor de llegar a una ciudad?) y llamar a mi anfitriona y ayudarnos a encontrarnos.

A Anna por su hospitalidad, por dejarme estar en su apartamento un día más y enseñarme la ciudad, la fábrica de trenes, la escuela de pilotos militares y los aviones que había allí, por una cena genial y, en general, por convertir lo que iba a ser una noche de paso en una ciudad de la que no sabía nada en un fin de semana genial.

A Andrey y su novia por su hospitalidad y por un maravilloso tour nocturno de Volgogrado.

A Lex por inspirarme y por sus geniales historias de viajes, por su compañía en Volgogrado y Astrakán, antes de después del incidente de la llanta, y por venir conmigo de expedición nocturna un sábado a ayudarme a encontrar moteros para reparar mi moto. Me alegro de que completases tu viaje con éxito y estés de vuelta en casa, buena suerte en tu siguiente aventura.

A Martin por ser un compañero de viaje excepcional, por lo bien que lo pasamos entrando en Kazakstán y acampando la primera noche en el país. Espero que los Stans fuesen una aventura inolvidable (sí, estoy un poco celoso), querré toda la información que pueda sacarte sobre esa ruta, me encantaría intentarla en el futuro.

A Kate y a los chicos de BikerCity34, que se ocuparon de mi moto en Volgograd y me invitaron a comer en el taller.

A Vitali, del club de motos Ferrum de Volgograd, por recomendarme el taller. Me sabe muy mal no haber tenido el tiempo de vernos en persona y compartir una cerveza, los consejos me resultaron muy útiles.

A Valentin y Marina en Astrakhan. No puedo poner en palabras lo agradecido que os estoy por haberme dejado estar en vuestra casa hasta que mi moto estuvo reparada y pude continuar con mi viaje. Marina, gracias por toda la comida que preparaste, Valentin, tu ayuda para traducir tanto al teléfono como con Arkan no tiene precio. Estaré eternamente en deuda con vosotros.

A todos los camioneros rusos y ucranianos que pararon a ayudarme con la moto la borde de la carretera, por dejarme conectar la moto a los camiones para hinchar la rueda.

A Dasha por hacer mi larga espera en Astrakán mucho más llevadera, por las cervezas, los baños en el Volga, el tatuaje de henna, la noche que pasamos con tus amigos, por descubrirme música rusa y por traducir cuando encontramos a Arkan.

A Arkan por ayudarme a reparar la moto. Sin tu ayuda no hubiese podido seguir con el viaje, ni siquiera traer la moto de vuelta a casa. Estaré eternamente agradecido y debo decir que conocerte fue toda una experiencia.

A Ivan por su hopitalidad y por llevarme a escalar una chimenea de 120 metros de alto en una central rusa abandonada en Volgogrado. Fue una experiencia impresionante. Lo pasé genial contigo y con Sasha.

A Ilia por guiarme a través de un tráfico horrible entre Volgogrado y Voronezh, uno de los tramos más duros del viaje, y por alojarme en su apartamento en Moscú y enseñarme la ciudad. Te estoy muy agradecido por hospitalidad y por tomarte unos días libres y hacerme de guía, espero volver a vernos algún día, quizá en las montañas Altai.

A Sami por una agradable excursión en Finlandia por la frontera con Rusia y por un tour del memorial de la batalla de invierno y unas lecciones de historia muy interesantes (¡y por hacerme querer una KTM!)

Al ciclista que conocí en el cámping cerca de Ivalo por aconsejarme sitios no turísticos que visitar antes de ir hacia el Nordkapp, que sin dudarlo valían la pena (y un intermitente roto).

A Alf Tonny por su hospitalidad, la barbacoa de medianoche con su amigo Bjorn y por descubrirme música genial.

A Lenna por su hospitalidad, por llevarme a un festival de música genial en la playa, por enseñarme donde hacer la revisión de la moto yo mismo y por unas charlas nocturnas sobre grandes temas.

Al personal del concesionario de motos de las afueras de Estocolmo por aceptar mi moto ya tarde sin cita previa y quedarse hasta más tarde de la hora de cerrar para cambiarme el neumático y el kit de arrastre.

A Andrew, el Canadiense en mi habitación en el hostel de Estocolmo, por el tiempo que pasamos en la ciudad y las cervezas del sábado por la noche.

A Andrés, el colombiano que trabajaba en el hostel, por la barbacoa que organizó el fin de semana y por lavar mi ropa en el hostel por la mitad de lo que costaba en la lavandería.

A Nadia, nuestra anfitriona en Sarajevo, por cuidar de nosotros como si fuese nuestra abuela, por prepararnos la comida para el viaje hasta Belgrado, y por compartir la historia de su familia durante la guerra con nosotros a pesar de la barrera idiomática.

A la mujer que nos encontró pelados de frío buscando un sitio barato donde dormir en Sta. Maria tras bajar del Stelvio y nos ofreció una habitación en su casa.

 

EN CASA:

Gracias a

Stephen Stallebrass y Walter Colebatch por sus consejos e inspiración.

El personal del concesionario Suzuki Hamamatsu Motor por sus consejos técnicos y su apoyo.

Ignasi Calvo por sus consejos sobre Mongolia y Kazakstán.

Toda la gente del Club V-strom España, Stromtroopers, Adventure Rider y Horizons Unlimited por sus consejos y conocimientos técnicos. Estos foros son una fuente de conocimiento inagotable.

Montse, en mi trabajo, por dejarme marchar durante dos meses y hacer posible este viaje.

Diana, por poner en palabras la idea de este viaje, que llevaba demasiado tiempo dando vueltas por mi cabeza, y por animarme a hacerlo.

Mi compañero de piso y todos mis amigos por escuchar pacientemente mis divagaciones sobre el viaje, la ruta, la moto, la preparación…

Mis padres y mi hermana, por sus ánimos, su apoyo, y especialmente a mi padre por su ayuda y consejos en todo lo referente a la mecánica mientras preparaba la moto.

Nat, que apareció en mi vida cuando este proyecto ya estaba en marcha, por su amor, apoyo y comprensión, por unirse a mí en la carretera las tres últimas semanas y aguantar frío y calor extremos, días interminables sobre la moto, lluvia, hambre y sueño, todo sin experiencia de moto.

En casa

Día 70 – Lunes 2 de septiembre – De St. Thomé a Barcelona (611km)

Podría haberme ido del camping sin pagar. Me levanté temprano, pero no creí que fuese tan temprano que tanto la recepción como el bar aún estarían cerrados. Imaginé que era porqué ya había empezado la temporada baja, al menos a juzgar por el ambiente que se respiraba en el sitio. Había un aroma de melancolía post-vacacional en el aire: quedaban pocas caravanas, esparcidas entre los árboles de la extensa zona de acampada, no había niños correteando arriba y abajo, no coches llenos de veraneantes yendo y viniendo. Incluso el aire parecía más frío que en las primeras mañanas del viaje, pero quizá era solo porque era temprano y mi mente me estaba haciendo una jugarreta. Sea como fuere, el aspecto del lugar me tocó el ánimo y noté como la fría mano de la melancolía me acariciaba el alma. Sabía que cada uno de los gestos que estaban por venir ese día iba a ser el último: cargar la moto, salir a la carretera, sentir el olor de la mañana por las carreteras secundarias, buscar un sitio donde desayunar, parar a media mañana a quitarme ropa a medida que el día se volviera más cálido, encontrar una gasolinera, buscar un sitio donde comer, parar a ver si el GPS me daba una ruta más bonita si tenía tiempo…

La puerta del bar/recepción estaba abierta, pero sólo había una chica limpiando y preparando las cosas para abrir más tarde. Cuando le dije que me iba y que quería pagar me dijo que la recepción aún no estaba abierta, como tampoco lo estaba el bar, lo que significaba que si me tenía que esperar, iba a ser con el estómago vacío, cosa que no quería hacer. Le di a ella el dinero de la estancia, le dije que había estado acampado en la plaza 83 y que le diese el dinero a quien correspondiese.

Las motos tienen descuento en las autopistas francesas, y como había decidido que no quería entrar en mi país por la autopista de la costa sino por los Pirineos, cogí la autopista para la primera parte de la jornada de vuelta. Poco después de entrar en la autoroute, paré a desayunar en una de las maravillosas áreas de servicio francesas, donde me encontré de nuevo con mi viejo amigo, el viento.

Me había sentado en la terraza del restaurante para disfrutar de mi desayuno al sol, pero una vez había dado cuenta del bocadillo y el zumo sólo pude dar un par de sorbos al café antes de que una ráfaga de viento se llevase la taza entera. Bueno, al menos no me lo tiró encima…

No me había encontrado con vientos tan fuertes desde el principio del viaje a excepción de la tormenta de arena en Kazakstán que se llevó mis guantes de piel. Al cabo de unas horas de pelear con el viento en la autopista, llegué a la conclusión de que de todas las condiciones meteorológicas que me había ido encontrando durante el viaje, esta era, sorprendentemente, la que más detestaba. El fuerte viento se veía empeorado por las turbulencias provocadas por los camiones y furgonetas, y me al final me cansé del tema y dejé la autopista mucho antes de lo que tenía previsto y me volví a las carreteras secundarias esperando estar más protegido del viento y encontrar menos turbulencias del tráfico, que iría más lento.

La cosa no mejoró demasiado… Francia es un país genial con muchas cosas que ver, pero por desgracia la mayoría de ellas no están en el centro del país. Hice kilómetros y kilómetros a través de pueblos aletargados, campos, polígonos industriales, más campos y mas pueblos aletargados, acompañado todavía por el viento y teniendo que aguantar los centenares de abuelos que se pasean por esas carreteras de campo con sus Berlingos a 20km/h. Si uno va a Francia como turista, hay mucho que ver. En mi caso, estaba haciendo un tour muy largo saliendo desde Barcelona, lo que significaba que Francia era un país que tenía que atravesar para llegar a cosas más interesantes. Si vuelvo a hacer esto, creo que iré con ferry a Italia y luego a los Balcanes para evitarlo.

Finalmente llegué a Perpiñán, donde quería girar al oeste para enfilar hacia los Pirineos. Era ya la hora de comer, así que para cuando dejé la ciudad y sus políginos industriales detrás empecé a buscar un sitio donde comer. Quería encontrar un restaurante de pueblo y regalarme una buena última comida en la carretera, pero parece que no iba a ser posible. Me pregunto si era festivo o simplemente a los franceses no les gusta trabajar un lunes, pero no conseguí encontrar absolutamente nada abierto en ninguno de los pueblos por los que pasé. También necesitaba llenar el depósito, así que me dirigí a una gasolinera de supermercado que había encontrado en el GPS, y ya que no había ni un solo bar o restaurante abierto, decidí que compraría algo allí y me buscaría la vida en algún rincón agradable cerca de la carretera ahora que ya me acercaba a la montaña. Esa opción también quedó descartada en cuanto entré al parking del supermercado. No había ni alma a la vista, todas las persianas estaban bajadas y solo había un par de surtidores de los que funcionan con tarjeta a pleno sol para darme la bienvenida. Llené el depósito, y como aún llevaba la capa térmica del traje (hacía frío por la mañana) empecé a desmontarla sin ni tan solo apartar la moto del surtidor. Naturalmente, tan pronto como empecé a bajarme los pantalones, aparecieron no uno sino tres coches, una moto y un hombre a pie con un bidón de gasolina en la mano que querían usar el maldito surtidor. ¿¡De dónde salían!? ¡Acababa de atravesar un pueblo donde no había ni gatos! Empujé la moto para dejar sitio y terminé de cambiarme mientras una mademoiselle de cierta edad ponía a prueba la paciencia de los otros cuatro clientes mientras se tomaba su tiempo para descubrir cómo usar su tarjeta para pagar la gasolina.

Seguí mi camino intentando encontrar un sitio donde comer y al final me tuve que rendir y parar en el único lugar abierto que encontré. Un McDonald’s. Sí. Una hamburguesa del McDonald’s. En Francia. En mi último día. Yo tampoco podía creérmelo.

Al menos el día mejoró radicalmente a partir de ahí. Atravesé Prades y enfilé por la N116 en dirección a la frontera. Había estado incontables veces en esa carretera vinendo de mi lado de la frontera, ya que normalmente voy a esa zona a esquiar, y es una carretera fenomenal, pero nunca había pasado de Mont-Louis. En un día claro se puede ver el valle extendiéndose hasta la planicie y el mar al fondo, y siempre había querido hacer esta parte de la carretera hasta Perpiñán. ¡Que carretera y que forma de volver a mi tierra! Subí por la carretera serpenteante hasta el tramo que ya conocía, disfrutando de la tarde y del paisaje que me ofrecían estas montañas, viejas conocidas. Ya en la Cerdanya, en el otro lado, atravesé la última frontera del viaje y volví a mi tierra natal.

Como ya he dicho, normalmente vengo aquí en invierno a esquiar o en verano a hacer montaña. Desde Barcelona, hay un túnel que lleva hasta aquí más rápido, pero es de peaje y no es barato. Sin embargo, la mayoría de la gente, yo incluído, prefiere pagar y tomar ese camino que hacer el puerto que pasa por encima de la montaña, ya que es mucho más largo y cansado de conducir. Hacía tiempo que no pasaba por el puerto, pues, y se me había olvidado que maravilla de carretera es. Ya que era lunes, no había nadie más y la tuve para mi solito. Me lo pasé en grande subiendo la Collada, estirando el motor en cada cambio, tumbando en las curvas y disfrutando de la carretera y el paisaje.

Paré en lo alto del puerto a contemplar las vistas y pensé que no había un camino mejor para volver a casa.

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Es curioso como viajar distancias tan grandes pone las cosas en perspectiva. Cuando vengo aquí, le viaje de vuelta a casa al final de día parece largo, estás en la frontera, en la montaña, lejos de Barcelona. Cuando me volví a subir en la moto vi que el GPS indicaba que me quedaban 140km hasta mi casa. Durante todo el viaje, cuando veía en el GPS que me quedan 150-100km hasta el destino tenía la sensación de que ya había completado la jornada, y que sólo me quedaba hacer los pocos kilómetros que me separaban del centro y del sitio donde me tocaba dormir esa noche. Me reí y tomé la primera curva de bajada por esa carretera que tanto conocía.

Llegué a Barcelona muy rápido y me encontré con el tráfico de última hora de la tarde. La moto y el traje estaban cubiertos con la suciedad, el polvo y los insectos de los últimos 14 países, yo tenía la cara sin afeitar y requemada por el sol, y una sonrisa de felicidad tonta de lado a lado de la cara. En los semáforos la gente me miraba como si me hubiese perdido de camino al Dakar. Cogí la Gran Vía para ir hacia el centro, y cuando llegué a la rotonda elevada de la plaza de Glòries, donde se cruza con la Diagonal, el sol ya estaba bajo, bañando la ciudad en una cálida luz anaranjada. Me puse de pie en la moto, miré al sol que empezaba a descender más allá de la Sagrada Família y pensé “ya estoy en casa”.

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El principio del fin

Día 69 – Domingo 1 de setiembre – De Interlaken a Ginebra a St. Thomé (559km)

Hoy comenzó la larga vuelta a casa. Recogimos las cosas e intentamos ponernos en camino temprano, ya que quería cubrir tanta distancia como fuese posible después de dejar a Nat en el aeropuerto de Ginebra para evitar tener que pasar mucho rato sobre la moto al día siguiente, pues no quería tener que coger la autopista para mi último día en la carretera.

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Decidimos evitar la autopista que pasa por Berna y cortar por las montañas por la nacional 11, que nos llevóa a Aigle, y desde allí seguimos la orilla sur del lago Leman hasta Ginebra. Hacía una mañana precisa y había poco tráfico, lo que nos permitió disfrutar de las últimas horas de viaje juntos.

Llegamos al aeropuerto de Ginebra a buena hora y nos despedimos delante de la terminal. Bajé la vista hasta el GPS y en vez de introducir las coordenadas para el siguiente destino, como llevaba más de dos meses haciendo, esta vez pulsé la opción “ir a casa”. Como estaba programado para evitar autopistas y peajes me dio una ruta larga, pero tenía dos días por delante. Dije adiós y me puse en marcha. Que Nat me acompañase tanto tiempo había sido una grata sorpresa, y me sentí un poco solo mientras dejaba atrás Ginebra.

Me estaba quedando sin gasolina, pero pensé que pararía a repostar una vez hubiese salido de la ciudad. Resultó ser un error. Pasó bastante rato sin que viese ni una gasolinera, y empezaba a ponerme nervioso, el depósito estaba prácticamente vacío y no tenía gasolina en la lata, ya que la había usado toda cuando volví a Europa, pensando que aquí no iba a tener problemas. Programé el GPS para que buscase una gasolinera, incluso si tenía que dejar la carretera que estaba usando, y me mandó a un pueblo aletargado ya en Francia donde encontré una gasolinera de supermercado desierta. Por suerte, la máquina aceptó mi tarjeta y pude llenar el depósito. Sin embargo, al volver a subir a la moto vi que ahora el GPS me estaba dando una ruta mucho más larga que al principio. Intenté reprogramarlo, pero me decía que la ruta era demasiado larga y no podía calcularla. Salí del pueblo siguiendo la dirección general en la que sabía que tenía que ir, con la esperanza de poder programarlo más adelante, pero no hubo manera, se negaba a darme una ruta que no fuese por la autopista. No tenía un mapa en papel, y encontrar el camino por el laberinto de carreteras secundarias francesas sin dar mil vueltas es una pesadilla si no sabes dónde vas. Al atardecer ya estaba demasiado cansado para viajar así y decidí coger la autopista, ir tan lejos como pudiera y luego buscar un cámping.

Llegué hasta pasado Montélimar, donde paré a llenar otra vez el depósito. Miré en el GPS y ¡voilà! Había una camping a tan solo 12km de donde estaba. No me esperaba ninguna maravilla, sólo un sitio donde pasar la noche, pero la zona era muy bonita y una vez más me supo mal no tener el tiempo necesario para visitarla. Era casi de noche para cuando terminé de montar la tienda, así que pedí una cerveza en el bar, comí algo y me fui a la cama.

Hubiese sido más fácil subir a la Jungfrau a pie

Día 68 – Sábado 31 de agosto – Interlaken (0km)

La principal atracción turística en Interlaken es la Jungfrau. Con 4.185m por encima del nivel del mar, es el pico más alto de la región,  y a unos 600m por debajo hay un observatorio que ofrece a los visitantes unas vistas únicas de los picos de los alrededores y del glaciar que se extiende por el valle. Lo que hace este sitio especial, aparte del hecho de ser el edificio construido a más altura de toda Europa, es que los turistas no necesitan escalar ninguna montaña para llegar, hay un ferrocarril que sube hasta los 3.454m a través del interior de la montaña y lleva a la estación de Jungfraujoch, un complejo subterráneo digno de una película de James Bond. Desde allí, un trayecto en ascensor sube a la gente hasta el observatorio.

Es un sitio espectacular y sin duda vale la pena verlo, pero hay un par de cosas que uno debe tener en cuenta antes de animarse a subir. Primero, no es barato. Un billete de ida y vuelta cuesta algo más de 160€. Segundo, a esa altura el tiempo es muy caprichoso, lo que significa que uno puede terminar pagando una pequeña fortuna solo por un viaje en tren y descubrir que al llegar arriba la visibilidad es cero.

Yo ya había estado allí hace años (costaba unos 60€ entonces, lo que seguía siendo caro para un estudiante haciendo un Interrail), así que decidimos hacer algo diferente con el día que nos quedaba antes de volver a casa. El camping alquilaba kayaks, algo que no había hecho nunca, y pensamos que sería una buena forma de ver el lago.

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Nos dieron un par de chalecos salvavidas, un barril estanco para mantener nuestras cosas secas, y nos dijeron que no nos alejásemos de la orilla izquierda ya que los barcos y otras embarcaciones con las que íbamos a compartir las aguas no trataban con demasiada consideración a los turistas que se les cruzaban. Arrastramos el kayak al canal, lo metimos en el agua, atamos el barril y conseguimos subir sin que volcase, cosa que ya consideré todo un éxito.

Nos apartamos de la orilla de un empujón y empezamos a remar por el canal que lleva al lago. Habíamos decidido coger un kayak doble, ya que pensábamos que iba a ser más divertido que dos individuales, pero pronto se hizo patente que era un error. Sin ningún tipo de experiencia, el maldito trasto era imposible de llevar recto. Intentamos coordinar las remadas, pero era inútil, íbamos haciendo eses de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, todo el rato intentando mantenernos alejados de los barcos que pasaban.

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Cada vez que conseguíamos mantener el cacharro recto unos pocos metros, o Nat o yo dábamos una palada demasiado fuerte o del lado que no tocaba y el kayak giraba rápidamente en la dirección incorrecta. Después de experimentar un rato descubrimos que si sólo remaba uno era bastante fácil de mantener recto,  también descubrí que Nat remaba más fuerte con el brazo izquierdo que con el derecho, lo que significaba que sola iría dando vueltas en grandes círculos en el sentido de las agujas del reloj. También descubrimos que los dos habíamos estado intentando remar y dirigir el kayak, cuando lo correcto es dejar que el de delante sólo reme y el de detrás se encargue de remar y de girar.

Con la lección aprendida y tras aguantar la sonrisa condescendiente de otros kayakeros con más experiencia que nos cruzamos y de la gente que miraba el espectáculo desde la orilla, conseguimos avanzar bastante y empezamos a disfrutar del paisaje. La orilla del lago estaba llena de casitas típicas medio escondidas entre los árboles y la mayoría tenían un pequeño embarcadero y una barca. Hacía un día precioso y había mucha gente tomando el sol al lado de la orilla o lanzándose al lago desde su jardín. Al cabo de un par de horas llegamos a una zona pública de baño con una plataforma flotante y decidimos que era un buen lugar para nadar un rato antes de empezar a volver. El agua estaba bastante fría, pero daba gusto nadar en aguas tan cristalinas.

De vuelta hacia el camping conseguimos llevar el kayak recto como una flecha, como verdaderos profesionales, y avanzamos rápidamente, lo que hizo que nos sorprendiera aún más el darnos cuenta cuánto faltaba para llegar. Teníamos la sensación de que no habíamos hecho mucha distancia del camping a la plataforma, es cierto que habíamos tardado un par de horas, pero habíamos seguido una línea muy errática, sufriendo para ir recto, y ahora veíamos cuánta distancia habíamos recorrido, lo que nos hizo sentir más orgullosos.

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Nos hicimos unas fotos antes de devolver el kayak y luego fuimos a dar un paseo por Interlaken en lo que nos quedaba de tarde. En el centro vimos un convoy de Nissan Skylines antiguos que estaban participando en un rally de Kuwait a Marrecos, parecía que lo estaban pasando en grande.

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Compramos algo de comer y un par de cervezas para cenar y volvimos al camping a organizar las maletas y decidir qué se quedaba en la moto y qué se iba a llevar Nat en el avión.

Mientras hacíamos las maletas caí en la cuenta de que el viaje tocaba a su fin. Al principio Nat había planeado unirse solo para la etapa suiza el viaje, ya que yo pensaba que llegaría a Europa mucho más tarde, y como no quería hacer muchos kilómetros en su primer viaje en moto, había decidido volver en avión a Barcelona, así que iba a llevarla a Ginebra a la mañana siguiente. Al final, sin embargo, mi cambio de planes supuso que nos encontrásemos en Helsinki, e hicimos 4,400km juntos en la moto. No está mal, teniendo en cuenta que no tenía ropa de moto y tenía que llevar varias capas y un impermeable debajo de una chaqueta de moto de verano que le dejé, así como un par de botas de montaña que no eran exactamente impermeables. Fue muy, muy valiente.

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