Pistas cortadas y minas de hierro abandonadas

Día 1 – Sábado 26 de Julio – De Port de la Selva a Saillagouse (277km)

Había mirado en internet unos cuantos sitios donde pasar la primera noche y elegí este camping porque tenía muy buenas críticas y se suponía que era un lugar agradable y tranquilo, al contrario que mis prejuicios de que todos los campings de la costa son nidos de turistas ruidosos. Bueno, pues tendré prejuicios, pero por desgracia muchas veces son bien fundados, y esta ocasión no fue una excepción: el sitio estaba efectivamente lleno de turistas, era muy ruidoso toda la noche, no había cocina no zona de picnic, el bar tenía los precios hinchados y parecía que los lavabos y las duchas se habían construido en los años 70 y no habían visto ni una sola reforma desde entonces. Y lo peor, me cobraron 22,90€ por una persona, una tienda y una moto. Cuando pienso que había acampado en Finlandia por 15€ y tenía cobertura de WiFi gratis en la tienda, instalaciones de cocina totalmente equipadas, acceso a una sauna y por supuesto la paz y tranquilidad que solo se encuentra en países civilizados, solo puede describir el precio del camping en Port de la Selva como un atraco.

Desayuné algo y me puse en ruta hacia el primer paso fronterizo del día: Portbou, hogar de una de las dos estaciones internacionales principales en España. Aunque había estado lloviendo por la noche, el cielo estaba despejado por la mañana y las vistas desde la carretera de costa hasta Portbou eran fantásticas.

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La estación internacional y el patio de vías están encajados en uno de los muchos valles que dan a la costa, un complejo impresionante en un espacio tan limitado. Desde la carretera que sale del pueblo y sube hacia Francia se pueden ver los trenes maniobrando en la estación, cargando y descargando los muchos contenedores de mercancías que tienen que cambiar de tren a causa de la diferencia en el ancho de las vías entre España y el resto de Europa. También hay una vía que pasa por una pequeña nave algo alejada en dirección al lado francés. Ahí es donde los pocos trenes que tiene boogies de anchura variable hacen la conversión para poder circular de un país a otro sin detenerse. Es un proceso sin interrupciones que los pasajeros apenas notan y una obra de ingeniería fascinante para los pocos afortunados que tienen la oportunidad de verlo de cerca. Hace muchos años, cuando era pequeño, mi padre me llevó allí y convenció a un ingeniero del TALGO para que nos dejase ir con él y ver todo el proceso desde un foso debajo del tren. ¡Fue toda una experiencia!

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Al pasar por la última gasolinera en el lado Español me acordé de que llenar el depósito era mucho más caro al otro lado de la frontera, pero viendo que aún me quedaba bastante gasolina y que volvería a cruzar la frontera pronto, decidí no parar. En la parte de arriba del puerto había algunos edificios de aduanas, tiendas de recuerdos y un hotel, todos abandonados desde hacía tiempo, erguidos en la tierra de nadie entre los dos países como un recordatorio silencioso de una época en que los viajeros tenían que parar y sacar sus pasaportes antes de dejar el país.

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El paisaje cambió rápidamente al otro lado, las laderas de las colinas llenas de viñedos de los que se hace el famoso vino dulce de Banyuls. El terreno es muy inclinado y rocoso, de modo que es imposible usar máquinas para hacer la cosecha, de modo que se hace a mano y las uvas  se llevan en enormes cestas de mimbre colina abajo hasta la pista más cercana donde se espera el camión o, en el caso de algunos viñedos que solo son accesibles desde el mar, hasta una barca.

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Bajé hasta el pueblo de Banyuls y desde allí, dejando la carretera principal que sigue la costa, empecé a tirar hacia el oeste a través de campos de viñas en dirección al Coll de Banyuls, un paso poco conocido entre Portbou y la Jonquera. La carretera de subida estaba asfaltada a pesar de que el mapa indicaba lo contrario, y el trayecto de subida era genial: solo primera y segunda marcha, nadie más en la carretera, y unas vistas directas hasta el mar valle abajo. No había ningún indicador de dónde estaba la frontera, y en el otro lado la carretera bajaba mas suavemente, brindando la oportunidad de ir a un ritmo más ligero (¡y mas divertido!) a medida que me acostumbraba a los neumáticos nuevos.

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Llegué al pueblo de Espolla y buscando la pista que quería coger hasta Cantallops me encontré rápidamente en la otra punta del pueblo. Di media vuelta y le pregunté a un hombre que me dijo que tenía que cruzar el centro para encontrar la pista y me dio unas indicaciones que venían a ser algo así como derecha-izquierda-derecha-izquierda-izquierda-derecha-arriba-izqierda-abajo-derecha. Sonaba muy complicado para un pueblo tan pequeño. Me perdía rápidamente en el centro y tuve que volver a preguntar. Después de que me diesen indicaciones de nuevo y de que un abuelo muy simpático me acompañase hasta el inicio del camino, dejé el pueblo por una carreterilla asfaltada que muy rápidamente se convirtió en una pista. ¡Genial! Primer tramo offroad del día.

Era divertido hasta que se convirtió en el tipo de mezcla de rocas y arena fina en el que no me metería ni loco con un SUV. Pensé que quizá sería demasiado para mi V-Strom pero no quería dar media vuelta, así que me metí lentamente por el camino, solo para encontrarme con charcos y barro de la noche anterior más adelante. Me recordé a mi mismo los consejos que dicen que en estas situaciones tienes que echar el peso atrás y dar gas para pasar rápido, y pasé sin ningún problema. Mucho mejor que la última vez que metía la moto en barro con neumáticos de carretera; estos estaban empezando a demostrar que habían sido la elección adecuada.

Poco después la pista se convirtió en un camino asfaltado y al cabo de un rato salí a una carretera, pero vi decepcionado que no era la que yo quería… la pista me había llevado más al sur de lo que me esperaba y era evidente que no se trataba de la que yo había estado buscando en el mapa.

No importaba, ya estaba otra vez en la carretera de rumbo a la siguiente frontera: La Jonquera.

Me paré a llenar el depósito antes de Francia esta vez, y también a intentar encontrar un sitio para comprar una navaja (me había dejado la mía), lo que me brindó la oportunidad de apreciar lo decadentes y deprimentes que son las poblaciones de frontera: básicamente un puñado de burdeles, tiendas de licores, sex shops, tiendas de recuerdos, varios outlets y negocios de importación y exportación de dudosa legitimidad. No mucho que ver.

Justo después de la frontera estaba el equivalente francés de la Jonquera: Le Perthus, un pueblo pequeño por cuyo centro cruza la nacional, convirtiéndolo en un sitio siempre congestionado. Cientos de tiendecillas de recuerdos cutres se extienden a ambos lados de la calle principal, donde no hay ni un sitio para aparcar, pero aún así la gente intenta para a comprar cosas, lo que hace que el pueblo sea un atasco permanente.

En absoluto contraste con Le Perthus, hay una carretera que comienza a mano derecha nada más salir del pueblo, la D71, y  lleva en un recorrido circular a través de un denso bosque. Estaba solo de nuevo y me olvidé muy rápido del trafico de infierno que acababa de dejar atrás.

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La D71 me llevó de vuelta a Le Perthus un rato más tarde, y me encaminé hacia el Fort de Bellegarde, una vieja fortaleza fronteriza que se eleva sobre el pueblo y que quería visitar antes de seguir hacia un par más de pasos fronterizos en lo que parecían pistas en el bosque.

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Se supone que había una carretera o pista que llevaba hacia allí desde la fortaleza, la D13C, pero no conseguí encontrarla y la gente de Le Perthus a quienes pregunté me dijeron que siguiese un poco más abajo por la nacional. Así lo hice, pero la única carreta que parecía ir en esa dirección estaba cerrada solo para uso de los vecinos. Perdí más de dos horas subiendo y bajando a través de urbanizaciones perdidas en el bosque intentando encontrar la pista que llevaba a la frontera, pero todos los caminos terminaban en una cadena, señales de fincas privadas y pistas sin salida. Acalorado, sudado y con hambre, al final fui a parar a la D13F en el lado francés, no la carretera que quería, pero me llevó a Ceret, que era el siguiente destino tras los dos pasos que no pude encontrar. Ese tramo de carretera resultó ser bastante agradable, y encontré un rincón para descansar un rato y comer. A pesar de todo, me frustró no encontrar los pasos, y decidí volver a intentarlo otro día desde el lado catalán, que tenía pinta de ser más sencillo al menos el en mapa.

Después de Ceret tomé la D115, la carretera principal que va hasta Prats de Mollo, y había un par de pasos más que quería hacer en esa zona, casi todo por pistas, dos de ellos en una ruta circular empezando en Saint-Laurent-de-Cerdans y dos más en el Coll d’Ares, pero eso suponía desviarme, ya que mi ruta general seguía hacia el norte por la cara este del Canigó hasta encontrar el siguiente valle grande y la N116 hacia Puigcerdà. Había perdido mucho tiempo intentando encontrar la D13C, así que decidí dejar esas pistas para otra ocasión (al fin y al cabo, están a tan solo un par de horas de casa) y tomé la D44 y D43 hacia el Col de la Descargue.

La carretera no lleva a ningún otro sitio, así que no había nada de tráfico. Era media tarde, a temperatura había empezado a caer y había jirones de niebla fantasmagóricos deslizándose montaña abajo que hacían que el lugar pareciese mucho más remoto de lo que en realidad era. La sensación se vio incrementada al encontrarme con las instalaciones olvidadas de lo que parecían ser minas. Había excavadoras abandonadas y algunas naves en ruinas; unas curvas más arriba vi más edificios vacios que una vez de vuelta a casa descubrí que pertenecían a unas minas de hierro. Paré a hacer unas fotos y mientras estaba explorando uno de los edificios que contenía los restos de un taller para los camiones que tiempo atrás habían trabajado en las minas vi lo que parecía ser un foso para mecánicos. Estaba observando la suciedad y los deshechos acumulados al fondo cuando me sorprendió que había algo que tenía un aspecto más… orgánico. Incliné la cabeza para verlo mejor y me di cuenta de lo que estaba viendo cabeza abajo: el cuerpo medio descompuesto de un caballo. Al principio pensé que el pobre animal se había metido en el taller, se había caído en el foso y había sido incapaz de salir, pero luego vi que al fondo había unas escaleras y caí en la cuenta de que alguien debía haberlo matado y dejado el cuerpo ahí. Sentí un escalofrío al pensar qué tipo de persona llevaría un caballo hasta una mina abandonada para matarlo y qué otras cosas podrían haber sucedido entre las paredes de un sitio así, y se me quitaron las ganas de seguir haciendo fotos. Me subí a la moto y seguí carretera arriba hasta ir a parar a otro sitio inquietante.

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El asfalto terminaba ante un edificio de varias plantas en la ladera de la montaña que parecía haber sido un hotel o algo parecido en otros tiempos, pero que en realidad resultó ser donde se alojaban los trabajadores de la mina. Estaba abandonado a excepción de una pequeña parte en el lateral más alejado, donde había un refugio de montaña. Al pasar por delante del refugio justo antes de ver que la carretera terminaba allí mismo vi unas pocas personas sentadas en la terraza que daba a la carretera, y quizá fuese la combinación de la niebla, el aspecto del edificio, el ver el caballo muerto, y la mirada en las caras de esa gente (que seguramente solo estaban sorprendidos de ver llegar una moto allí), pero me pareció el último lugar del mundo donde quisiera quedarme, así que di media vuelta y enfilé carretera abajo antes de terminar haciendo compañía al caballo.

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Un par de curvas más abajo la carretera se bifurcaba y el único otro camino aparte de volver por donde había venido era una pista, que según el mapa y la ruta que había programado en el GPS, era la que me iba a llevar a la N116. La pista estaba en buenas condiciones y di rienda suelta a mis fantasías de Long Way Round dándo gas de pie sobre los estribos. A medio camino de la carretera principal había una torre de vigía medio derruida que seguramente era un punto magnífico para admirar las vistas en un día sin niebla, pero como no era el caso decidí no quedarme mucho rato.

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Justo al girar una curva tras la torre había una valla electrificada para el ganado, y en lugar de la típica puerta con un mango de goma para abrir, cruzar y volver a cerrar, había una especie de vara electrificada montada con un muelle a través de la carretera y una señal que decía que había que empujarla con el coche para pasar. Bueno, eso está muy bien si uno va en coche, pero ¿qué pasa con las motos? Ese trasto iba a darme en la pierna por mucho cuidado que le pusiera al pasar. Al final decidí empujar la moto a pie desde el lado contrario a donde iba a tocar la vara, por si acaso.

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El resto de la pista también estaba en buenas condiciones a pesar de la humedad de la niebla, y poco después llegué a la N116 y la niebla quedó atrás. El resto de la tarde fue genial; la carretera que sube hasta Mont Louis es una pasada, el paisaje precioso y en días despejados se puede ver el hasta el mar desde la parte de arriba del valle.

Al final de la tarde llegué a Saillagouse y vi una señal que indicaba un camping. Fui a recepción y me alegró mucho comprobar que era todo lo contrario al camping de Port de la Selva. Un césped frondoso donde plantar la tienda, unos bloques de duchas y lavabos casi a estrenar, tenían hasta secadores y planchas en la lavandería, el silencio por la noche era total y además era considerablemente más barato. Para rematarlo, el sitio donde puse la tienda daba al suroeste y pude disfrutar de la puesta de sol mientras me preparaba una sopa sentado en una de las maletas de la moto.

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