Tor, la montaña maldita

Día 2 – Domingo 27 de Julio – de Saillagouse al Refugio de Conangles (203km)

Me desperté con los primeros rayos de sol mucho antes de la hora a la que había puesto la alarma del despertador, y al arrastrarme fuera de la tienda una mañana luminosa y un cielo azul y despejado me dieron los buenos días, augurando un gran día de ruta.

Estaba muy emocionado por la ruta que había planeado por varias razones: tenía muchas ganas de hacer dos puertos de montaña interesantes – el Col de Puymorens y el Pas de la Casa/Port d’Envalira, pero lo más interesante era que para salir de Andorra, pero más había decidido no coger la carretera principal hacia la Seu d’’Urgell, sino dejar el país por la única otra vía de acceso para pasar con vehículo a Catalunya – el Port de Cabús, una carretera que llevaba hasta una pista con escaso mantenimiento que bajaba hasta el desgraciadamente conocido pueblo de Tor.

Dejé Saillagouse a ritmo tranquilo hacia la frontera para disfrutar del paisaje. Ya conocía esta zona bien, pues había estado aquí incontables veces para hacer montaña o esquiar, pero para aquellos que hayan estado nunca en la Cerdanya francesa, es un sitio que recomiendo sin dudarlo, especialmente en moto durante la primavera-verano. Hay muchísimas carreteras que explorar y las vistas son espectaculares. Además, no hay grandes ciudades cerca de la región en el lado francés, cosa que ha mantenido el numero de turistas razonablemente bajo, y los pueblos siguen teniendo ese aire galo en general, con sus casas pintorescas y sus pequeños comercios, a diferencia del lado catalán, donde se han construido miles de apartamentos para el turismo de Barcelona y Girona, que están mucho más cerca de los Pirineos.

Giré a la derecha en Bourg-Madame, justo antes de Puigcerdà, y subí por la carretera paralela a la frontera hasta Latour-de-Carol, a donde se puede llegar mediante una línea de tren que penetra en territorio francés unos pocos kilómetros, y donde los pasajeros pueden cambiar de tren y subir a Le Petit Train Jaune, una línea paisajística de turismo que serpentea a través de la región hasta Villefranche-de-Conflent. Pasado el pueblo paré a hacer unas fotos de las torres medievales que dan nombre al pueblo y luego empecé el ascenso al Col de Puymorens.

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Este puerto tiene 1,920m y desde él se pueden contemplar las pistas de esquí del mismo nombre, que estaban cerradas en esta época del año y tenían un aire un poco decadente comparado con la temporada de invierno, cuando se encuentran en plena actividad. El puerto está lejos de los que se encuentran en Suiza, se corona al cabo de unas pocas curvas en horquilla, pero las magníficas vistas compensan. En la parte superior había unas pocas otras motos y un autocar lleno de ciclistas extranjeros esperando que llegase la furgoneta que les traía las bicicletas, así que tras hacer algunas fotos me puse en camino antes de que invadiesen la carretera.

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Tras un corto descenso hacia un valle profundo donde la carretera se bifurcaba hacia Francia al norte y hacia Andorra al sur, empecé a ganar altura de nuevo, esta vez camino de Pas de la Casa. Había muchas motos en la carretera ahora, y a medida que me acercaba al pueblo de Pas de la Casa, ya en Andorra, vi también unos cuantos autocares de turistas. Decidí no parar en la gasolinera allí, ya que había una buena cola de coches franceses llenando el depósito de gasolina barata antes de volver a cruzar a su país, y seguí subiendo hasta culminar el Port d’Envalira, donde encontré otra gasolinera más tranquila donde hice el lleno, al lado de un grupo de tres moteros alemanes (en GSs, por supuesto).

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Empezaba a hacer algo de frío (estaba ya a 2.408m) pero decidí esperar antes de ponerme más ropa; iba a bajar hacia Andorra y el sol estaba empezando a ganar altura en el cielo, así que las temperaturas no podían sino subir.

El camino de bajada también era interesante, y al cabo de poco ya había dejado atrás las pistas de esquí y estaba pasando ya por poblaciones más grandes. Siempre es interesante ver el contraste entre el verano y el invierno en Andorra. Es un país pequeño y solo hay una carretera principal que lo atraviesa ya que no hay mucho sitio para construir otra, las ciudades crecen laderas arriba y las nuevas construcciones son obras de ingeniería vertical que se aferran a las empinadas paredes del valle. Esto significa que durante la temporada de esquí miles de personas tienen que pasar por estas poblaciones para llegar a las pistas, y el país entero se convierte en un atasco de pesadilla. Si se visita en verano, sin embargo, se tiene tiempo de apreciar la belleza del lugar.

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Dejé la carretera principal al llegar a Canillo y tomé una carretera empinada que me alejó del valle principal. Precisamente ese valle es la única cosa que la mayoría de gente llega a conocer de Andorra, y creedme, no tienen ni idea de lo que se pierden. Tomad cualquier carretera que se aleje de él y os encontraréis con unos de los paisajes de montaña más impresionantes de los Pirineos, y mucha menos gente, también.

Sin embargo no fue el caso en esta ocasión, no paraba de encontrarme coches en el puerto de Canillo a La Massana, mientras me preguntaba el porquè podía ser, dado que normalmente sólo hay unos pocos excursionistas por la zona, me encontré con la respuesta: estaban organizando una de las famosas competiciones de perros pastores en un campo al lado de la carretera.

El resto de la carretera hasta La Masana estaba más tranquilo, y desde allí subí hacia Pal y el Coll de la Botella y el Port de Cabús. Este último tramo de carretera era un sueño: bien por encima del país, con vistas panorámicas y muy poco tráfico aparte de algún ciclista lo suficientemente valiente como para enfrentarse a su temible ascenso hasta los 2.300m.

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La razón por la que no hay nada de tráfico en esta carretera se hace evidente al llegar arriba: la carretera no lleva a ninguna parte. La mayor parte de la gente que suben hasta aquí se preguntan por qué los andorranos se gastarían tal cantidad de dinero en contruir una carretera así para nada, pero yo sabía la respuesta, y era la razón por la que había venido hasta aquí. Permitidme desviarme momentánamente de mi crónica para explicaros la historia del pueblo de Tor.

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El minúsculo pueblo de Tor se encuentra en el lado catalán de las montañas. Es uno de los lugares más aislados del páis, siendo la única via de acceso una larga pista desde Alins, que a su vez está conectado con Llavorsí via una larga y estrecha carretera de un solo carril a través de una angosta garganta, y quedando aislado del resto del mundo a causa de la nieve durante la mayor parte del invierno. A finales del siglo 19 vivían allí trece famílias y, en 1896, firmaron un documento que constituía la comunidad de copropietarios de la montaña donde está situado el pueblo, que se extiende hasta la frontera con Andorra. Es esa situación privilegida lo que resultaría ser una maldición para sus habitantes.

Durante los años 40, la situacion aislada del pueblo lo convirtieron en un escondite ideal para los maquis, y en 1944, un enfrentamiento entre un grupo de maquis y la Guardia Civil terminó con tres casa quemadas. Parece ser que hubo acusaciones en el pueblo sobre quién había informado a la policía de la presencia de los maquis y quién los estaba albergando, y eso fue el inicio de una larga disputa entre dos familias que el aislamiento y la ambición fue alimentando década tras década.

Las tres famílias cuyas casas fueron destruidas dejaron el pueblo, y los durons inviernos y condiciones de vida (no había teléfono, luz ni agua corriente) llevaron a un pequeño éxodo que a lo largo de varias décadas hizo que llegados los 70 quedasen pocas personas que viviesen en el pueblo de forma ininterrumpida todo el año.

El documento que estableció la copropiedad de la montaña estipulaba que eran habitantes del pueblo aquellos en cuyo hogar hubiese un fuego todo el año, lo significaba que la poca gente que quedaba en el pueblo se consideraban a si mismos como los únicos legítimos propietarios. Para entonces dos hombres – Josep Montané, ‘Sansa’ y Jordi Riba, ‘El Palanca’ – estaban gravemente enfrentados por el uso de la montaña. Ambos habían abierto pistas montaña arriba para conectar con Andorra, y estaban sacando grandes beneficios del contrabando. Había (y aún hay) una sola carretera que conecte Andorra con Catalunya lo que significaba que los contrabandistas tenían que ir a pie o recurrir a mulas para cruzar las montañas, con lo que tener una pista accesible en 4×4 era de gran utilidad par ellos. Sansa y El Palanca cortaban y controlaban el acceso a sus pistas y exigían dinero, mercancías o vehículos a cambio.

El enfrentamiento continuó, y la lucha por la propiedad de la montaña y el aislamiento en el que vivían hicieron que la paranoia se instalase en sus mentes. Tanto para ‘protegerse’ como para asegurarse de que sus propiedades estuvieran siempre ocupadas (y de ese modo garantizar la propiedad según las disposiciones de la vieja ley), se rodearon de personajes oscuros que habían encontrado en el pueblo la forma de escapar de su pasado. Sansa montó una especie de campamento hippie en sus propiedades, y El Palanca contrató un par de gitanos como guardaespaldas.

Hacia el final de la década Sansa, viendo el turismo desarrollarse al otro lado de la montaña, y habiendo recibido sucesivas e insistentes ofertas de varios constructores, se volvió más ambicioso y empezó a imaginar la construcción de un complejo de esquí en la montaña. Fue contactado por un abogado y constructor andorrano de dudosa reputación (burdeles, clubes de striptease, contrabando…) que le presentó a unos inversores británicos y lo convenció a él y a tres de los otros propietarios originales para firmar una cesión del uso de la montaña por 99 años. El resto de los copropietarios y especialmente El Palanca, que quería proteger sus intereses en la montaña, se opusieron firmemente al proyecto, y la situación degeneró rápidamente. El proyecto quedó atascado durante un tiempo, ya que los inversores recelaban de la idea de la copropiedad de la montaña y querían clarificar la situación legal de los terrenos, y en algún momento durante esta época se construyó la carretera en el lado andorrano, probablemente con la esperanza de que se construiría el complejo de esquí (y para la alegría de los contrabandistas, a quienes hacía la vida más fácil).

La situación se había vuelto tan tensa que cuando el abogado visitaba Tor para tramitar papeles con Sansa también iba acompañado de abogados, un par de policías retirados. Fue durante una de estas visitas cuando se encontraron con El Palanca y sus dos gitanos y comenzó una acalorada discusión. Ambos bandos iban armados, y en el enfrentamiento que siguió los dos ex policías dispararon y mataron a los gitanos. Fueron detenidos y condenados a ocho años de cárcel.

A principio de los 80 los habitantes que quedaban iniciaron una batalla legal por la propiedad de la montaña que se alargó durante años, ahuyentando posibles inversores y poniendo fin al proyecto del complejo de esquí. El Palanca y Sansa siguieron extorsionando a los contrabandistas hasta que en 1995 un tribunal dictaminó que la montaña pertenecía a Sansa, basándose en el hecho de que era el único que residía en el pueblo todo el año. Su victoria duro poco: cinco meses más tarde fue hallado muerto en su casa.

Al principio todos los dedos apuntaban a los hippies que alojaba en el ‘Campamento Sansa’, pero poco después un testigo ocular, Antonio Gil, acusó a Josep Mont y Merli Pinto, un par de contrabandistas a quien Sansa supuestamente debía dinero. Fueron detenidos, pero el juez desestimó la declaración de Gil por tener éste un largo historial de problemas psiquiátricos y haberse contradicho en repetidas ocasiones en su relato. Mont y Pinto salieron sin cargos y el caso sigue sin resolverse a día de hoy.

En 2002 y de nuevo en 2005, un tribunal dictaminó que la propiedad de la montaña pertenecía a los herederos de las 13 familias originales, poniendo fin a un largo y sangriento conflicto. El Palanca aún vive en el pueblo, aunque no todo el año, y sigue explotando sus bosques y criando caballos, y las dos pistas que suben a Andorra están abiertas y bien cuidadas, probablemente por él.

TV3 emitió un documental sobre esta historia, y fascinó de tal manera a Carles Porta, el periodista que lo hizo, que terminó escribiendo un libro.

Quería hacer algunas pistas y la historia del pueblo me atraía, así que después de comer en una fuente de camino al Port de Cabús me encontré donde terminaba la carretera, mirando una pista rocosa e irregular con un indicador que, habiendo leído la historia, era un poco intimidante.

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La bajada por la pista era complicada y avancé con cuidado para asegurarme de no ir al suelo, ya que iba solo y sería complicado levantar la moto, y me paraba de vez en cuando a hacer alguna foto. El valle era precioso, un lugar virgen en el corazón de los Pirineos que gracias a su macabra historia había escapado de las garras del desarrollo inmobiliario, algo que imagino como una conclusión positiva a pesar de alto precio que se pagó por ello.

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La primera parte de la bajada era bastante vertical, con unos cuantos giros muy cerrados entrando en el bosque, y al cabo de un rato llegue a un llano donde la carretera se dividía en dos: la de la izquierda pertenecía al Palanca, la de la derecha a Sansa. Sabía que se volvían a unir al acercarse a Tor, y que en la de la izquierda había que cruzar el río si recordaba bien lo que había leído, así que me decanté por la de la derecha, y un poco más abajo me encontré con una sorpresa: los restos del campamento donde Sansa alojaba a sus hippies; debido al difícil acceso y a su historia, casi nadie se aventura en el valle, así que estaba casi intacto. Paré la moto, crucé un pequeño arroyo y me paseé un rato entre los restos de barracas y tiendas, intentando imaginar cómo había sido la vida allí y qué tipo de gente habían vivido en aquel lugar.

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Justo antes de que las dos pistas se unieran de nuevo vi unos corrales abandonados que seguramente habían pertenecido a Sansa, ya que se sabía que pedía a los contrabandistas Land Rovers y los usaba hasta que reventaban y luego los dejaba por ahí, y había unos cuantos adornando el terreno alrededor de las ruinas.

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Las pistas confluían en un puente y poco después llegué al pueblo, que era poco más que tres casas y una iglesia.

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Algunas casas estaban bien arregladas y había gente (era verano) y atravesar el pueblo vi emocionado al Palanca en el jardín de una de ellas jugando con unos niños, seguramente sus nietos, y al otro lado de la calle, sentado con otros pocos hombres delante de un bar improvisado, Lázaro Moreno, un matón que El Palanca había contratado como mozo de granja y que terminó casándose con una de las herederas del pueblo.

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Tras dejar Tor la pista seguía sin asfaltar y en malas condiciones durante un rato, de hecho un coche normal tendría problemas para llegar al pueblo (leí una historia sobre un grupo de estudiantes que destrozaron el cárter de un coche de alquiler intentando llegar allí, y los únicos coches en el pueblo eran 4×4 de verdad, no SUVs). Al llegar al pueblo de Alins comienza el asfalto, pero la carretera sigue siendo muy estrecha y nadie la debe limpiar en invierno hasta Llavorsí.

Seguí hacia Esterri d’Àneu, sintiéndome un poco raro en el asiento después de tanto rato de pie en la moto, pero no faltaba mucho para volver a levantarme. La carretera que estaba siguiendo llevaba al Port de la Bonaigua, otro puerto conocido, pero ya lo había hecho anteriormente y estaba buscando una ruta un poco más aventurera, así que giré hacia Isil, un pequeño pueblo en el valle del río Noguera Pallaresa, donde terminaba la carretera. A partir de allí empezaba otra pista que seguía el río al principio y luego ascendía por la montaña: era el antiguo camino, el que se usaba antes de que existiese la carretera que pasaba por el Port de la Bonaigua.

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La pista empeoraba (y se volvía más interesante) a medida que ganaba altura y dejaba atrás el río, y llegado a este punto ya le había cogido confianza a la moto y sobre todo a los neumáticos, que daban muy buen control y estabilidad en esas circunstancias y además funcionaban muy bien en asfalto, al menos para mí, que me gusta ir a buen ritmo pero tampoco rascando los estribos en las curvas, así que no echaba en falta unos de carretera.

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La carretera se nivelaba al cabo de un rato y disfruté de un tramo a través de espesos bosques de abetos hasta que llegué al refugio de Montgarri, que dejé a mi derecha. Al cabo de poco encontré algunos coches aparcados y familias de excursión, y luego el bosque se abrió y subí por unos extensos campos hasta encontrar el final de los remontes que pertenecían a la estación de Baqueira, una de las más exclusivas del país. Desde allí comenzaba una carretera asfaltada que una vez más, poco tenía que envidiar a los Alpes, y me lo pasé en grande de bajada a Vielha.

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Para cuando llegué allí lo que había sido un día cálido y soleado se había estropeado y ahora estaba nublado y hacía frío, y tuve que parar a ponerme la capa interior del traje. No solo eso, había nubes que amenazaban lluvia, y no quería plantar la tienda si llovía, pues no me gusta nada guardarla mojada a no ser que vaya para casa al día siguiente y la pueda secar en 24 horas, así que me dirigí al túnel para pasar la noche en un refugio de montaña que conocía al otro lado y al cual se puede llegar en moto.

Aún no llovía cuando llegué, así que aparqué la moto junto al río y caminé hasta el refugio para ver si quedaban camas. Sí que quedaban, y el guarda, que también era motero, se interesó por mi viaje y me dejó subir la moto hasta detrás del refugio, en vez de dejarla en el aparcamiento que había bajando hacia el río.

Pedí una cerveza y me senté en la terraza esperando que el tiempo aguantase y me dejase tiempo de terminar la cerveza y planear la ruta para el día siguiente.

Pistas cortadas y minas de hierro abandonadas

Día 1 – Sábado 26 de Julio – De Port de la Selva a Saillagouse (277km)

Había mirado en internet unos cuantos sitios donde pasar la primera noche y elegí este camping porque tenía muy buenas críticas y se suponía que era un lugar agradable y tranquilo, al contrario que mis prejuicios de que todos los campings de la costa son nidos de turistas ruidosos. Bueno, pues tendré prejuicios, pero por desgracia muchas veces son bien fundados, y esta ocasión no fue una excepción: el sitio estaba efectivamente lleno de turistas, era muy ruidoso toda la noche, no había cocina no zona de picnic, el bar tenía los precios hinchados y parecía que los lavabos y las duchas se habían construido en los años 70 y no habían visto ni una sola reforma desde entonces. Y lo peor, me cobraron 22,90€ por una persona, una tienda y una moto. Cuando pienso que había acampado en Finlandia por 15€ y tenía cobertura de WiFi gratis en la tienda, instalaciones de cocina totalmente equipadas, acceso a una sauna y por supuesto la paz y tranquilidad que solo se encuentra en países civilizados, solo puede describir el precio del camping en Port de la Selva como un atraco.

Desayuné algo y me puse en ruta hacia el primer paso fronterizo del día: Portbou, hogar de una de las dos estaciones internacionales principales en España. Aunque había estado lloviendo por la noche, el cielo estaba despejado por la mañana y las vistas desde la carretera de costa hasta Portbou eran fantásticas.

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La estación internacional y el patio de vías están encajados en uno de los muchos valles que dan a la costa, un complejo impresionante en un espacio tan limitado. Desde la carretera que sale del pueblo y sube hacia Francia se pueden ver los trenes maniobrando en la estación, cargando y descargando los muchos contenedores de mercancías que tienen que cambiar de tren a causa de la diferencia en el ancho de las vías entre España y el resto de Europa. También hay una vía que pasa por una pequeña nave algo alejada en dirección al lado francés. Ahí es donde los pocos trenes que tiene boogies de anchura variable hacen la conversión para poder circular de un país a otro sin detenerse. Es un proceso sin interrupciones que los pasajeros apenas notan y una obra de ingeniería fascinante para los pocos afortunados que tienen la oportunidad de verlo de cerca. Hace muchos años, cuando era pequeño, mi padre me llevó allí y convenció a un ingeniero del TALGO para que nos dejase ir con él y ver todo el proceso desde un foso debajo del tren. ¡Fue toda una experiencia!

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Al pasar por la última gasolinera en el lado Español me acordé de que llenar el depósito era mucho más caro al otro lado de la frontera, pero viendo que aún me quedaba bastante gasolina y que volvería a cruzar la frontera pronto, decidí no parar. En la parte de arriba del puerto había algunos edificios de aduanas, tiendas de recuerdos y un hotel, todos abandonados desde hacía tiempo, erguidos en la tierra de nadie entre los dos países como un recordatorio silencioso de una época en que los viajeros tenían que parar y sacar sus pasaportes antes de dejar el país.

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El paisaje cambió rápidamente al otro lado, las laderas de las colinas llenas de viñedos de los que se hace el famoso vino dulce de Banyuls. El terreno es muy inclinado y rocoso, de modo que es imposible usar máquinas para hacer la cosecha, de modo que se hace a mano y las uvas  se llevan en enormes cestas de mimbre colina abajo hasta la pista más cercana donde se espera el camión o, en el caso de algunos viñedos que solo son accesibles desde el mar, hasta una barca.

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Bajé hasta el pueblo de Banyuls y desde allí, dejando la carretera principal que sigue la costa, empecé a tirar hacia el oeste a través de campos de viñas en dirección al Coll de Banyuls, un paso poco conocido entre Portbou y la Jonquera. La carretera de subida estaba asfaltada a pesar de que el mapa indicaba lo contrario, y el trayecto de subida era genial: solo primera y segunda marcha, nadie más en la carretera, y unas vistas directas hasta el mar valle abajo. No había ningún indicador de dónde estaba la frontera, y en el otro lado la carretera bajaba mas suavemente, brindando la oportunidad de ir a un ritmo más ligero (¡y mas divertido!) a medida que me acostumbraba a los neumáticos nuevos.

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Llegué al pueblo de Espolla y buscando la pista que quería coger hasta Cantallops me encontré rápidamente en la otra punta del pueblo. Di media vuelta y le pregunté a un hombre que me dijo que tenía que cruzar el centro para encontrar la pista y me dio unas indicaciones que venían a ser algo así como derecha-izquierda-derecha-izquierda-izquierda-derecha-arriba-izqierda-abajo-derecha. Sonaba muy complicado para un pueblo tan pequeño. Me perdía rápidamente en el centro y tuve que volver a preguntar. Después de que me diesen indicaciones de nuevo y de que un abuelo muy simpático me acompañase hasta el inicio del camino, dejé el pueblo por una carreterilla asfaltada que muy rápidamente se convirtió en una pista. ¡Genial! Primer tramo offroad del día.

Era divertido hasta que se convirtió en el tipo de mezcla de rocas y arena fina en el que no me metería ni loco con un SUV. Pensé que quizá sería demasiado para mi V-Strom pero no quería dar media vuelta, así que me metí lentamente por el camino, solo para encontrarme con charcos y barro de la noche anterior más adelante. Me recordé a mi mismo los consejos que dicen que en estas situaciones tienes que echar el peso atrás y dar gas para pasar rápido, y pasé sin ningún problema. Mucho mejor que la última vez que metía la moto en barro con neumáticos de carretera; estos estaban empezando a demostrar que habían sido la elección adecuada.

Poco después la pista se convirtió en un camino asfaltado y al cabo de un rato salí a una carretera, pero vi decepcionado que no era la que yo quería… la pista me había llevado más al sur de lo que me esperaba y era evidente que no se trataba de la que yo había estado buscando en el mapa.

No importaba, ya estaba otra vez en la carretera de rumbo a la siguiente frontera: La Jonquera.

Me paré a llenar el depósito antes de Francia esta vez, y también a intentar encontrar un sitio para comprar una navaja (me había dejado la mía), lo que me brindó la oportunidad de apreciar lo decadentes y deprimentes que son las poblaciones de frontera: básicamente un puñado de burdeles, tiendas de licores, sex shops, tiendas de recuerdos, varios outlets y negocios de importación y exportación de dudosa legitimidad. No mucho que ver.

Justo después de la frontera estaba el equivalente francés de la Jonquera: Le Perthus, un pueblo pequeño por cuyo centro cruza la nacional, convirtiéndolo en un sitio siempre congestionado. Cientos de tiendecillas de recuerdos cutres se extienden a ambos lados de la calle principal, donde no hay ni un sitio para aparcar, pero aún así la gente intenta para a comprar cosas, lo que hace que el pueblo sea un atasco permanente.

En absoluto contraste con Le Perthus, hay una carretera que comienza a mano derecha nada más salir del pueblo, la D71, y  lleva en un recorrido circular a través de un denso bosque. Estaba solo de nuevo y me olvidé muy rápido del trafico de infierno que acababa de dejar atrás.

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La D71 me llevó de vuelta a Le Perthus un rato más tarde, y me encaminé hacia el Fort de Bellegarde, una vieja fortaleza fronteriza que se eleva sobre el pueblo y que quería visitar antes de seguir hacia un par más de pasos fronterizos en lo que parecían pistas en el bosque.

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Se supone que había una carretera o pista que llevaba hacia allí desde la fortaleza, la D13C, pero no conseguí encontrarla y la gente de Le Perthus a quienes pregunté me dijeron que siguiese un poco más abajo por la nacional. Así lo hice, pero la única carreta que parecía ir en esa dirección estaba cerrada solo para uso de los vecinos. Perdí más de dos horas subiendo y bajando a través de urbanizaciones perdidas en el bosque intentando encontrar la pista que llevaba a la frontera, pero todos los caminos terminaban en una cadena, señales de fincas privadas y pistas sin salida. Acalorado, sudado y con hambre, al final fui a parar a la D13F en el lado francés, no la carretera que quería, pero me llevó a Ceret, que era el siguiente destino tras los dos pasos que no pude encontrar. Ese tramo de carretera resultó ser bastante agradable, y encontré un rincón para descansar un rato y comer. A pesar de todo, me frustró no encontrar los pasos, y decidí volver a intentarlo otro día desde el lado catalán, que tenía pinta de ser más sencillo al menos el en mapa.

Después de Ceret tomé la D115, la carretera principal que va hasta Prats de Mollo, y había un par de pasos más que quería hacer en esa zona, casi todo por pistas, dos de ellos en una ruta circular empezando en Saint-Laurent-de-Cerdans y dos más en el Coll d’Ares, pero eso suponía desviarme, ya que mi ruta general seguía hacia el norte por la cara este del Canigó hasta encontrar el siguiente valle grande y la N116 hacia Puigcerdà. Había perdido mucho tiempo intentando encontrar la D13C, así que decidí dejar esas pistas para otra ocasión (al fin y al cabo, están a tan solo un par de horas de casa) y tomé la D44 y D43 hacia el Col de la Descargue.

La carretera no lleva a ningún otro sitio, así que no había nada de tráfico. Era media tarde, a temperatura había empezado a caer y había jirones de niebla fantasmagóricos deslizándose montaña abajo que hacían que el lugar pareciese mucho más remoto de lo que en realidad era. La sensación se vio incrementada al encontrarme con las instalaciones olvidadas de lo que parecían ser minas. Había excavadoras abandonadas y algunas naves en ruinas; unas curvas más arriba vi más edificios vacios que una vez de vuelta a casa descubrí que pertenecían a unas minas de hierro. Paré a hacer unas fotos y mientras estaba explorando uno de los edificios que contenía los restos de un taller para los camiones que tiempo atrás habían trabajado en las minas vi lo que parecía ser un foso para mecánicos. Estaba observando la suciedad y los deshechos acumulados al fondo cuando me sorprendió que había algo que tenía un aspecto más… orgánico. Incliné la cabeza para verlo mejor y me di cuenta de lo que estaba viendo cabeza abajo: el cuerpo medio descompuesto de un caballo. Al principio pensé que el pobre animal se había metido en el taller, se había caído en el foso y había sido incapaz de salir, pero luego vi que al fondo había unas escaleras y caí en la cuenta de que alguien debía haberlo matado y dejado el cuerpo ahí. Sentí un escalofrío al pensar qué tipo de persona llevaría un caballo hasta una mina abandonada para matarlo y qué otras cosas podrían haber sucedido entre las paredes de un sitio así, y se me quitaron las ganas de seguir haciendo fotos. Me subí a la moto y seguí carretera arriba hasta ir a parar a otro sitio inquietante.

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El asfalto terminaba ante un edificio de varias plantas en la ladera de la montaña que parecía haber sido un hotel o algo parecido en otros tiempos, pero que en realidad resultó ser donde se alojaban los trabajadores de la mina. Estaba abandonado a excepción de una pequeña parte en el lateral más alejado, donde había un refugio de montaña. Al pasar por delante del refugio justo antes de ver que la carretera terminaba allí mismo vi unas pocas personas sentadas en la terraza que daba a la carretera, y quizá fuese la combinación de la niebla, el aspecto del edificio, el ver el caballo muerto, y la mirada en las caras de esa gente (que seguramente solo estaban sorprendidos de ver llegar una moto allí), pero me pareció el último lugar del mundo donde quisiera quedarme, así que di media vuelta y enfilé carretera abajo antes de terminar haciendo compañía al caballo.

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Un par de curvas más abajo la carretera se bifurcaba y el único otro camino aparte de volver por donde había venido era una pista, que según el mapa y la ruta que había programado en el GPS, era la que me iba a llevar a la N116. La pista estaba en buenas condiciones y di rienda suelta a mis fantasías de Long Way Round dándo gas de pie sobre los estribos. A medio camino de la carretera principal había una torre de vigía medio derruida que seguramente era un punto magnífico para admirar las vistas en un día sin niebla, pero como no era el caso decidí no quedarme mucho rato.

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Justo al girar una curva tras la torre había una valla electrificada para el ganado, y en lugar de la típica puerta con un mango de goma para abrir, cruzar y volver a cerrar, había una especie de vara electrificada montada con un muelle a través de la carretera y una señal que decía que había que empujarla con el coche para pasar. Bueno, eso está muy bien si uno va en coche, pero ¿qué pasa con las motos? Ese trasto iba a darme en la pierna por mucho cuidado que le pusiera al pasar. Al final decidí empujar la moto a pie desde el lado contrario a donde iba a tocar la vara, por si acaso.

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El resto de la pista también estaba en buenas condiciones a pesar de la humedad de la niebla, y poco después llegué a la N116 y la niebla quedó atrás. El resto de la tarde fue genial; la carretera que sube hasta Mont Louis es una pasada, el paisaje precioso y en días despejados se puede ver el hasta el mar desde la parte de arriba del valle.

Al final de la tarde llegué a Saillagouse y vi una señal que indicaba un camping. Fui a recepción y me alegró mucho comprobar que era todo lo contrario al camping de Port de la Selva. Un césped frondoso donde plantar la tienda, unos bloques de duchas y lavabos casi a estrenar, tenían hasta secadores y planchas en la lavandería, el silencio por la noche era total y además era considerablemente más barato. Para rematarlo, el sitio donde puse la tienda daba al suroeste y pude disfrutar de la puesta de sol mientras me preparaba una sopa sentado en una de las maletas de la moto.