Niebla, rayos y el Tour de France

Día 3 – Lunes 28 de Julio – Del Refugi de Conangles al Refugio Casa de Piedra (302km)

Había dos variantes de mi ruta principal por pistas que había planeado hacer el día anterior, pero había sido una jornada tan larga que no tuve tiempo de hacer la segunda, que describía otro largo arco al norte de Vielha saliendo desde el pueblo de Baguergue. La tarde anterior había estado planeando la ruta y creía que hoy sí que iba a tener tiempo, pero el día se había levantado gris y las nubes amenazaban con lluvia, así que no estaba del todo seguro. Desayuné en la terraza y mientras empaquetaba y metía todos los trastos en la moto, empezó a caer una lluvia fina.

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No quería sacar ya el mono de lluvia, primero porque me daba demasiada pereza, y segundo porque según la previsión del tiempo no había lluvia al otro lado del túnel, que es hacia donde me dirigía. Me subí a la moto y fui rápidamente hacia la boca sur del túnel al tiempo que la lluvia se volvía más intensa. Al otro lado no llovía, pero seguía estando nublado, así que era hora de tomar una decisión. Girar a la derecha, deshacer unos kilómetros del camino por donde había llegado el día anterior para tomar la pista y arriesgarme a que la lluvia convirtiese la pista en un barrizal en medio de la nada, o girar a la izquierda y seguir con el resto de la ruta planeada para ese día, todo por asfalto?

Me lo había pasado en grande el día anterior, y quería más. Al contrario que las pistas que no había encontrado al principio del viaje, esta zona me quedaba más lejos de casa, así que no iba a volver otro día solo para hacer esa parte. Por otro lado, no tenía ganas de tener que lidiar con tramos técnicos en el barro con una moto pesada, yo solo.

‘¡Demuestra que eres un hombre, Kilian!’ me dije a mí mismo. ‘Tienes barba, y eso no es simplemente algo que te sale en la cara, ¡tienes que ganártelo!’ Así que como podéis imaginar, tomé la decisión racional… y me metí hacia la pista.

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Para cuando llegué a Baguergue, el pueblo donde terminaba el asfalto, el día se veía húmedo y con niebla montaña arriba, pero aún no llovía. Crucé el pueblo y encontré una pista en muy buen estado que seguía la orilla derecha de un río. Al pasar unas granjas, un pequeño puente cruzaba el río y la pista se volvía más estrecha, más inclinada y más rocosa a medida que ascendía hacia la niebla en una serie de giros cerrados, y me tuve que poner de pie en la moto para superar algún trozo más complicado. Había mucha agua que bajaba de la montaña  en arroyos y pequeñas cascadas, y tuve que cruzar algunos puntos en que las bajantes pasaban a través de la pista.

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La subida se convirtió en un ascenso más gradual que desaparecía en la niebla algo más adelante, y paré para disfrutar de las vistas detrás de mí una última vez: desde donde estaba tenía una visión espectacular del verde valle por debajo. Había valido la pena venir por aquí.

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Seguí adelante y lo que había sido una niebla fina se fue espesando en cuestión de minutos y al cabo de poco había perdido completamente de vista el valle detrás de mí y el collado delante. Empezaron a caer algunas gotas de lluvia, y viendo que estaba claro que el tiempo no iba a mejorar esta vez, busqué un rincón para parar y ponerme el mono. En ese momento empezó a diluviar, y mientras me peleaba para ponerme el mono, hubo un destello de luz y oí un trueno ensordecedor. Había caído un rayo en algún lugar niebla adentro, y a juzgar por la diferencia entre el rayo y el trueno, que era nula, imaginé que había sido muy cerca. No tenía ni idea si estaba muy lejos del collado, pero me temía que seguramente ya había llegado y entonces caí en la cuenta de que estaba de pie al lado de 200kg de lo único metálico allí arriba. Nunca me había puesto el mono tan rápido, y puedo asegurar que no voy a lograr batir ese récord. Salté encima de la moto y salí echando leches con la esperanza de que la pista empezase a bajar rápido.

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Para entonces la pista estaba ya empapada, pero por suerte el terreno era rocoso, no había tanto barro como me había temido, y me alegré mucho de ver que empezaba a bajar casi inmediatamente. Oí más truenos, pero ya no sonaban para nada tan cerca, con lo que imaginé que la tormenta estaba del lado de la montaña que había dejado. En esta vertiente el problema ahora era la niebla, que se había vuelto tan espesa que solo veía unos pocos metros por delante de la moto, así que aflojé hasta ir casi andando.

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Acababa de hacer un par de curvas cerradas cuando creí oír algo por delante. Había visto un pickup aparcado hacía un rato que probablemente pertenecía a algún pastor o un cazador, y creí que quizá subía otro por la pista, así que aflojé aun más el ritmo e intenté ver algo a través de la niebla. De golpe, un monstruo amarilló emergió de la niebla frente a mí. Había una excavadora plantada en medio de la pista abriendo un canal de drenaje y había apilado medio metro de tierra y piedras a través de le pista. Paré, contento de haber estado yendo tan lento como podía sin calar la moto. Es curioso como la niebla distorsiona la percepción, especialmente del sonido. El operario empujó un poco de tierra y piedras montaña abajo para hacer sitio y dejarme pasar, y metí la moto con los dientes apretados por encima de tierra blanda, al lado de una caída hacia el arroyo que pasaba más abajo. Le dí las gracias y seguí bajando, pensando que si hubiese estado haciendo la ruta en un 4×4 eso hubiese significado dar media vuelta y volver por donde había venido. (También hubiese significado estar seco, caliente y sin tener que preocuparme de los rayos pero hey, ¿qué gracia tiene eso entonces?)

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Al cabo de un rato la pista me llevó hasta un pequeño puente que cruzaba un torrente caudaloso y luego ya se nivelaba hasta que pasé al lado de una cabaña y empezó el asfalto de nuevo. La carretera llevaba a través de un espeso bosque, y la combinación de espesa vegetación, la lluvia y un valle que en algunos puntos se volvía muy estrecho y profundo, me hizo pensar en la famosa carretera de Yuncas en Bolivia. Eso sí que tiene que ser un recorrido interesante…

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De vuelta a la carretera principal hice solo unos kilómetros antes de girar a la izquierda y dejar Catalunya por el oeste vía el Col du Portillon, el primero de una serie de puertos míticos en el lado francés de los Pirineos. La lluvia había parado y aunque seguía algo nublado, me quité el mono, pero la niebla seguía ahí, a veces más fina a veces más densa, pero siempre suficiente para tapar por completo el sol y no saber si estaba mirando al norte, sur, este u oeste. Es una pena, porque si bien disfruté mucho de las carreteras de este punto en adelante, lo mismo no se puede decir del paisaje.

Desde el Col du Portillon la ruta seguía hacia el Col de Peyresourde y descendía hacia Arreau, pero en lugar de llegar hasta allí, corté por carreteras locales entre Bordères-Louron y Ancizan, ya que quería ir por la D113 para hacer la Hourquette d’Ancizan en vez del Col d’Aspin. Cuando la coroné me encontré con un par de ciclistas valientes emulando sus ídolos del Tour de France y una vaca, y mi lado optimista pensó que si bien no podía disfrutar de las vistas, al menos el mal tiempo había dejado a la mayoría de ciclistas en casa, regalándome la carretera a mí solito. Hice una foto de los ciclistas, la vaca y mi bici (ésta no tiene pedales).

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Bajando hacia el valle de nuevo la niebla se abrió por fin un poco, a pesar de que las nubes seguían ahí. Al menos eso me daría la oportunidad de admirar las vistas desde el siguiente puerto: El Col du Tourmalet.

Sé que yendo en moto no tengo derecho a decir esto, pero subiendo al Tourmalet desde el este (aunque en ese momento la niebla me había hecho creer que iba hacia el norte) no parecía tampoco tan duro, ni tan bonito, ya que estamos. Había unas pistas de esquí que tenían ese aire triste que esos lugares tienen en verano, agravado por el hecho de que el tiempo era bastante invernal; la carretera atravesaba un pueblo con algunas tiendas de alquiler de esquís también cerradas y unas curvas más arriba, voilà, el puerto. Pasé al lado de una estatua que representaba un tío desnudo en bici (debía ser un atleta de la Grecia clásica) y busqué un sitio para aparcar la moto y descansar. Vi un hueco al lado de otras dos motos que estaban mirando hacia el otro lado del puerto, la dejé allí y entonces lo vi. El otro lado del Tourmalet era simplemente espectacular. Un extenso valle con una carretera estrecha y serpenteante que parecía la versión Pirenaica del Stelvio y la Transfagarasan. Ahora entendía por qué era tan difícil subir por esa cara.

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Me lo pasé en grande en la bajada hacia Luz-Saint-Sauveur, que era un pueblo precioso, y tirando hacia el norte por la Gorge de Luz (ya me había orientado ahora y sabía que estaba yendo al norte). Al cabo de unos kilómetros, la carretera viraba hacia el oeste de nuevo en Argelès-Gazost y tal y como ocurrió con el Stelvio, que en mi humilde opinión perdió la corona de “Best Road in the Wooooorld” frente a la Transfagarasan, lo que me esperaba delante iba a robarle la corona al Tourmalet como mi puerto favorito en esta zona: la combinación Col du Soulor/Col d’Aubisque.

He de confesar que puede que fuese porque el tiempo había mejorado, y quizá, puede que quizá, eso influyera en mi percepción del recorrido, pero estos dos puertos eran fantásticos. Paré al coronar el segundo y mientras comía algo vi un alemán llegar en una KTM 990 Adventure. Como sabéis, tengo debilidad por esa moto, así que naturalmente me acerqué a charlar con él. Su inglés era un poco justo, pero aparentemente había estado en las Canarias, pasado a África en ferry y ahora iba de camino a casa. Le pregunté qué pensaba de la moto como herramienta para hacer largas distancias, ya que se come la gasolina y los neumáticos traseros a un ritmo escalofriante, y me miró con una sonrisa de oreja a oreja y me dijo “¡mejorrr moto que he tenido!”

La carretera al otro lado del puerto era tan espectacular como la de subida: unas cuantas curvas estrechas que desembocaban en un corte en una pared casi vertical. Una pasada.

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El último pueblo importante por el que pasé en Francia era Laruns, y desde allí seguí el precioso Vallée d’Osseau hacia el Col de Portalet, donde paré a decidir qué hacer con lo que quedaba de día. Aún estaba nublado, así que no pude ver el Midi d’Osseau, un pico espectacular al que nos llevó mi padre cuando éramos pequeños. ¡Qué recuerdos!

No era muy tarde, pero hacía frío y el tiempo en el lado Español de la frontera parecía peor, así que decidí dejarlo ahí e ir a pasar la noche en otro refugio de montaña en lugar de un camping. Había uno muy agradable al final de una garganta precisa no muy lejos valle abajo llamado Casa de Piedra, así que me encaminé hacia allí y reservé una cama y, por primera vez en el viaje, una cena completa.

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No llovió más esa tarde, así que pude sentarme en la terraza y disfrutar de un par de cervezas mientras planificaba la ruta para el día siguiente. La cena era abundante y deliciosa, y teníamos un par de botellas de vino para compartir entre los seis que estábamos sentados en mi mesa. Conocí un par de alemanes y un chico catalán que estaban haciendo el GR-11, de una punta del Pirineo a la otra, como yo con la moto pero un poco más largo. El catalán lo estaba haciendo de una tirada, unos 40 días, mientras que los alemanes lo habían dividido en varias vacaciones y estaban en una tirada de 8 días en su segundo año. Disfruté de su compañía durante la cena, nos quedamos despiertos hasta tarde y cayeron unas cuantas cervezas más, cosa que iba a pasarme factura al día siguiente…

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