No más carreteras rusas

Día 34 – Domingo 28 de julio – De San Petersburgo a Joensuu (419km)

Y no puedo decir que las echaré de menos… Hace unos días estaba yendo hacia San Petersburgo, un trayecto largo, y me di cuenta de que hacía bastante tiempo de la última vez que me había divertido en la carretera. Desde que entré en Ucrania me había ceñido a carreteras principales, porque las secundarias estaban en unas condiciones horribles o simplemente no existían. De disfrutar de las maravillosas carreteras de montaña en Europa había pasado a ir en línea casi recta todo el día, pasando calor, sudando, tragando polvo y humo de los camiones, vigilando las grietas y los socavones…. la carretera había pasado de ser algo que me divertía a algo con lo que lidiar antes de llegar al siguiente destino. Llevaba tanto tiempo haciendo así ¡que ya había olvidado que se suponía que tenía que disfrutar del trayecto! Hoy, la carretera que salía de San Petersburgo era una autovía de dos carriles muy buena, y después se convirtió en una carretera preciosa a través de bosques y campos que me recordó cuánto puede gozar uno en sitios así. El paisaje también cambió, y si no fuese por las señales, hubiese jurado que ya estaba en Finlandia, no en Rusia. Sin embargo, aún estaba en Rusia, y en Rusia no te puedes fiar de una carretera demasiado rato. En el momento en que piensas ‘uau, esta es genial’ y crees que va a ser así hasta llegar al destino, se convierte en una porquería. Y no creáis que sigue ninguna lógica, no es cuestión de límites de provincias, proximidad a una población o ningún otro criterio racional, simplemente pasa de autovía a carretera de gravilla, a asfalto roto, a no haber carretera, a asfalto nuevo sin pintar… nunca sabes que vas a encontrar más adelante.

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En mi caso, una carretera de gravilla polvorienta durante unos 100km. Para cuando estaba cerca de la frontera con Finlandia y volvió a aparecer el asfalto, estaba blanco de polvo y muy, muy contento de cruzar la frontera. Sin embargo, a pesar de las carreteras, echaré de menos Rusia. Ha sido una experiencia única, y la gente que he encontrado allí ha sido maravillosa.

De vuelta en la UE, la carretera era fantástica, lisa, asfalto nuevo. Entonces ocurrió algo extraño. El límite de velocidad era de 80km/h, y la gente lo respetaba. Nada de adelantamientos locos. Nadie me cerraba, todo el mundo esperaba pacientemente antes de incorporarse a la vía. Radares en todos los pueblos. Y pensé “esto es muy aburrido”. No podía adelantar cuando y como quisiera, o ir tan rápido como me hubiese gustado en esas carreteras… ¡De golpe echaba en falta la locura rusa!

El imponente paisaje, y el hecho de poder apreciarlo al no haber más socavones intentando matarme lo compensaba, y lo disfruté mucho de la última parte del día hasta que llegué al hostal donde iba a pasar la noche.

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Era un sitio muy bonito, aparqué la moto en el patio de atrás, donde había una barbacoa y un par de mesas de picnic, me preparé la cena y salí a sentarme fuera y terminar Las uvas de la ira con una taza de café en la mano.

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¡Y qué gran libro! Empecé a leerlo poco antes de entrar en Rusia y me caló hondo. Una historia dura, pero que definitivamente vale la pena. Os dejaré con un fragmento que leí, irónicamente, poco después de haber roto la llanta:

And his thought and his worry were not any more with rainfall, with wind and dust, with the thrust of crops. Eyes watched the tires, ears listened to the clattering motors, and minds struggled with oil, with gasoline, with the thinning rubber between air and road. Then a broken gear was a tragedy. Then water in the evening was the yearning, and food over the fire. Then health to go on was the need and the strength to go on and the spirit to go on. The wills thrust westward ahead of them, and the fears that had once apprehended drought or flood now lingered with anything that might stop the westward crawling.

El Hermitage

Día 33 – Sábado 27 de julio – San Petersburgo (0km)

Hoy me he pasado el dia en el Hermitage. Hay muchas cosas que ver y hacer en San Petersburgo, pero os puedo asegurar que si os gusta el arte, vale la pena pagar un billete de avión y un visado a Rusia sólo para ver este museo. Tienen una colección impresionante, y podría haberme pasado otro día entero aquí. No puedo compartir ninguna foto del sitio porqué no tenía permiso para hacer fotos, tengo un presupuesto bastante ajustado y preferí gastarme el dinero en una audio guía para aprovechar la visita al máximo en vez de pagar por un permiso para tomar fotos y pasarme el día haciendo lo mismo que los turistas asiáticos: correr de un cuadro a otro haciendo una foto de la pintura y otra del cartelito al lado. Me pregunto si realmente apreciaban las obras o simplemente estaban cazando trofeos para enseñarlos a sus amigos y familiares en casa. En fin, cualquier cosa que pudiera escribir sobre la colección o el edificio, que por si sólo ya justifica la visita, no le haría justicia a ninguna de las dos cosas, así que mejor venid a verlo vosotros mismos.

Un trago en el tejado

Día 32 – Viernes 26 de julio – San Petersburgo (0km)

Hoy me levanté tarde, necesitaba dormir mucho después de la jornada anterior, y luegohice inventario de la comida que tenía y preparé una lista de la compra para las dos siguientes semanas, ya que imagino que acamparé la mayor parte del tiempo en Finlandia y Noruega para abaratar costes. Hice algunas compras, mandé un par de solicitudes de CouchSurf y me fui a explorar la ciudad.

¡Y qué ciudad! Directa a las primeras posiciones de la lista de mis ciudades favoritas. Es preciosa, no tiene nada que ver con ninguna otra ciudad en Rusia, con sus canales, rio, edificios señoriales… Es imponente y al mismo tiempo acogedora, combina un aire de clasicismo con un una sensación innegable de cool y últimas tendencias, y la gente parecen más centroeuropeos que rusos. Me encantaría poder pasar unas semanas aquí, la ciudad vale definitivamente la pena.

Por la tarde subí al bar del tejado, que resultó ser un time café, donde se paga por el tiempo que uno está allí, no las bebidas, y puedes tomar tanto café, limonada o té como quieras. Me senté en una hamaca con mi libro mientras el sol se ponía sobre los tejados de la ciudad, tiñendo mi vaso de rojo. Se empezaba a notar que ya estaba más al norte, el sol se puso pasadas las diez y media y a las once aún había luz.

Os dejo con unas cuantas fotos, en la página de Facebook encontraréis el álbum entero.

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Nunca te fíes del hombre del tiempo

Día 31 – Jueves 31 de julio – De Moscú a San Petersburgo (708km)

Empezaré por lo mejor del día primero, ya que fue prácticamente la única cosa buena que pasó hoy. Esta mañana Ilia me dejó dar una vuelta en su KTM, ¡y me encantó! Siempre me ha gustado esta moto, y he estado pensando seriamente en una cuando llegue el día de sustituir my V-Strom. Di un paseo corto y las sensaciones fueron buenas, es una moto con buena respuesta, potente, cómoda y la suspensión absorbe los socavones sin inmutarse. Ilia me dijo que es tan buena que en carreteras en mal estado ni se molesta en ir mirando el piso, simplemente tira adelante.

Tenía entrenamiento hoy, y el campo de tiro al que iba estaba en la carretera hacia San Petesburgo, así que me dijo que vendría conmigo un rato. Me pareció genial tenerlo delante para salir de Moscú y del tráfico denso que rodea la ciudad. Hicimos una pequeña parada en el trabajo de su mujer para decir adiós y hacernos unas fotos, y luego seguimos. El tráfico era bastante malo, pero era de esperar; lo que no me esperaba era la carretera después de dejar a Ilia en el desvío hacia el campo de tiro y prometernos volver a vernos, en Rusia o en Barcelona. La carretera que venía del sur era una autopista bastante buena que hizo el largo camino más llevadero, así que confiaba en que la que conecta las dos ciudades más importantes del país sería aún mejor, haciendo fáciles los 700km que tenía por delante.

No entiendo qué tipo de planificación siguen las carreteras rusas. ¿Quién en su sano juicio puede pensar que es una buena idea que la carretera entre Moscú y San Petersburgo pase por dentro de cada ciudad, pueblo y aldea entre las dos ciudades? No podía creerme que fuese verdad. Tardé horrores en cubrir los primeros 200km del recorrido, era un atasco interminable, con los coches y camiones completamente parados en algunos tramos, con los conductores fuera de los vehículos charlando tranquilamente. Si no hubiese ido en moto, seguramente aún estaría allí. Un consejo: si venís a Rusia, usad una moto o el tren. NO cojáis un coche u os pasaréis las vacaciones enteras en un atasco.

Por suerte, a medio camino la carretera se convirtió en una autovía y por fin pude avanzar. El problema ahora sin embargo era la lluvia. Había mirado la previsión del tiempo antes de salir, y decía que estaría nublado en Moscú y soleado en San Petersburgo. Bueno, pues no lo estaba. No sé si la previsión del tiempo está oficialmente considerada una ciencia, pero claramente no lo debería ser. Al igual que los curanderos, adivinos y economistas, los meteorólogos son un atajo de charlatanes que la mayor parte del tiempo no tienen ni la más remota idea de lo que está pasando. Se les puede dar bastante bien estudiar el tiempo pasado y elaborar estadísticas, y de vez en cuando echar un vistazo a sus radares de última tecnología y decirte dónde hay nubes y hacia dónde sopla el viento, pero predecir el tiempo con exactitud? Para nada. Un pastor que se haya pasado la vida entera al aire libre y haya aprendido a interpretar las señales puede decirte si va a hacer sol o si habrá tormenta en su zona, pero ¿alguien sentado detrás de un ordenador en un despacho? No.

Diluvió todo el camino hasta San Petersburgo. Los 700km. Y para hacer las cosas más interesantes, se me había pasado por alto un pequeño pero importante detalle: mi GPS viene con unos mapas muy buenos para Europa, pero no para el resto del mundo, así que cuando estaba preparando el viaje compilé y descargué un mapa de Open Street Maps que cubría los países que iba a visitar fuera de Europa. No incluí toda Rusia, ya que es enorme y sólo iba a viajar por algunas partes, así que justo en las afueras de San Petersburgo, se me terminó el mapa. Tuve que parar, sacar el móvil, buscar la dirección del hostal en Google Maps y memorizar el camino hasta allí, ya que no tenía dónde poner el teléfono en la moto. Por suerte, el tráfico allí no era ni de cerca tan malo como en Moscú, de hecho estaba todo muy tranquilo, y llegué al hostal sin problemas.

Como he descubierto que es habitual en Rusia, no había ningún cartel que indicase dónde estaba el hostal, así que dejé la moto en la calle y subí por las escaleras del número 9, esperando que hubiese un hostal en algún piso. Había uno, y la chica en recepción muy amablemente bajó conmigo a la calle a enseñarme dónde estaba la puerta que llevaba a un patio interior dónde podía dejar la moto por la noche.

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El hostal era muy agradable, situado en un edificio antiguo en el centro de la ciudad. Los otros pisos estaban ocupados por un bar de jazz, un cine independiente, una escuela de baile y un bar en el tejado. Un buen sitio donde alojarse. Es una lástima que la experiencia quedase empañada por el personal, no las chicas, que eran muy simpáticas, sino los otros dos elementos a quienes no parecían importarles lo más mínimo los huéspedes: no me enseñaron las instalaciones, no me dieron nada de información de la zona o la ciudad e ignoraban por completo a los clientes. Uno de ellos estaba más interesado en jugar a videojuegos en el ordenador de la sala común y poner música hasta bien pasada la una de la madrugada y el otro en su novia hasta el punto que me pregunté si no eran una pareja pasando unos días allí más que parte del personal.

Fui a dar una vuelta por la zona, que tenía muy buena pinta, y pasé el resto de la tarde-noche planificando la ruta que me quedaba e intentando encontrar alojamiento en las siguientes ciudades.

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Hospitalidad rusa

Día 30 – Miércoles 24 de julio – Moscú (0km)

Me desperté sobre las 8 de la mañana tres una buena noche de descanso y mientras estaba plegando el sofá cama noté un olor delicioso que provenía de la cocina. Entré y me encontré con un almuerzo delicioso a base de huevos, salchichas, tostadas, café… Ilia me dijo que ha había llamado al trabajo y había pedido el día libre, así que me podía enseñar Moscú.

Hablamos de nuestros respectivos trabajos mientras desayunábamos y nos conocimos un poco mejor a pesar de la barrera idiomática. Me sorprendió descubrir que era mayor en el ejército ruso, al igual que su padre y su abuelo, que había combatido los alemanes en la segunda guerra mundial en el Mar Negro. Me enseñó sus medallas.

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Tras el desayuno cogimos el autobús y el metro y fuimos a ver el parque VDNKh, que era una especie de exposición universal pero sólo de los países que conformaban la URSS. La exposición abarca un espacio enorme, y para dar una idea del tamaño de la ciudad, esto se encontraba aún en el barrio de Ilia, que no era el centro. Dimos una vuelta por los pabellones, bebimos Kbac, vimos un cohete como el que puso a Gagarin en órbita, un Yak-42, la fuente que representa todas las repúblicas soviéticas y subimos a una noria que nos ofreció unas vistas excelentes de la zona. En la otra punta de la exposición, pasamos por delante del museo del espacio y del imponente hotel Cosmos, con una estatua de Charles DeGaulle enfrente.

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El metro nos llevó al centro, donde visitamos la galería Tretyakov, que contiene algunos de los trabajos de los mejores artistas rusos. Desde allí, cruzamos el río Moskva y vi el Kremlin por primera vez.

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Hay algunas ciudades tan incrustadas en la cultura popular que de algún modo han pasado a formar parte del subconsciente colectivo y cuando las vemos por primera vez nos resultan familiares, como si ya hubiésemos estado allí. Esa fue la sensación que me embargó al pasar por delante de la entrada principal del Kremlin y doblar la esquina para entrar en la Plaza Roja. La segunda cosa que me pasó por la cabeza fue “¿Cómo consiguió Mathias Rust plantar un avión aquí?” ya que la plaza parecía más pequeña de lo que había imaginado. La culpa la tenía en parte el hecho de que estaban preparando alguna especie de concierto de música religiosa en la plaza y habían levantado un escenario enorme que arruinaba por completo las vistas de la plaza. Menuda suerte la mía…

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Fuimos a comer a un sitio llamdo My-My (se pronuncia Mu-Mu) que es una cadena de comida rápida rusa, y luego visitamos el interior del Kremlin. De vuelta a casa, Ilia me llevó a hacer un tour de las estaciones de metro más espectaculares de la ciudad, con sus grandes vestíbulos, esculturas y lámparas.

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Había sido un día agotador pero maravilloso, y decidí partir hacia San Petersburgo al día siguiente, ya que ya había visto todo lo que quería ver en Moscú y quería asegurarme de tener tiempo para completar la ruta y visitar todo lo que quería visitar de bajada del Nordkapp. Sin embargo, después de cenar Ilia tenía reservada una última sorpresa. Esperó a que anocheciese y, sin tráfico en las calles, me llevó en su coche a hacer un tour nocturno de la ciudad. Fue genial, no sólo porque vi las calles principales que me había perdido, sino porque ir de pasajero significaba que podía apreciar lo que estaba viendo. El problema de ir en moto por Rusia es que uno tiene que concentrarse al 100% en lo que está haciendo. Aparta los ojos de la carretera para mirar el paisaje o un edificio, te das con un socavón, caes y mueres. Aparta los ojos del tráfico a tu alrededor, un camión cambia de carril, te aplasta y mueres. Suelta una mano del manillar para descansar o tocar el GPS, la rueda delantera atrapa una grieta, la moto colea, te tira y mueres. Todo esto implica que no tienes mucho tiempo de ver nada más que no sea la carretera o el tráfico durante kilómetros y kilómetros, así que la visita nocturna por la ciudad fue muy bienvenida.

Para culminar el paseo, Ilia me llevó a un lugar enfrente de la universidad donde se reúnen los moteros. Si alguna vez os dicen que hay muchos moteros en Moscú y creéis que puede que no sea cierto porqué no veis demasiados por las calles, pasad por este sitio. Hay cientos de ellos, cada noche de la semana, reunidos aquí.

Empezaba a hacer frío, así que nos retiramos hacia casa y nos tomamos una cerveza que ilia había comprado antes. Me supo muy mal tener que irme a la mañana siguiente, había sido un anfitrión maravilloso, pero tenía una jornada muy larga hasta la siguiente ciudad y aún más hacia el norte.

Tráfico de locura en Moscú

Día 29 – Martes 23 de julio – De Voronezh a Moscú (546km)

Mis planes de levantarme temprano y salir con tiempo de sobra por si había mucho tráfico para entrar en Moscú se vieron truncados por un mosquito que no me dejó dormir hasta las tantas. Al final salí sobre las 10 de la mañana, después de intercambiar contactos y hacerme unas fotos con los chicos de Serbia.

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Dejé las capas impermeables en el traje, ya que el cielo estaba muy nublado y hacía frío, y me puse los guantes de invierno. Salí de Voronezh sin problemas y pronto estaba en la autopista hacia Moscú, que era excelente: sin tráfico y con muy buen asfalto. Me sorprendió, sin embargo, encontrar un peaje poco después de Voronezh, pero eran solo 60 rublos, así que tampoco era un drama.

El camino hasta Moscú se me hizo más largo de lo que esperaba, en parte porque empezó a hacer más frío y la lluvia iba y venía, lo que no hacía el viaje muy agradable. Era raro pensar que sólo dos días atrás me estaba cociendo a 40ºC y hoy estaba a 14ºC. Al final tuve que parar y ponerme un polar, que igual que los puños calefactados, mejoró mucho las cosas.

Cuando el GPS indicó que faltaban 80km para la llegada, empecé a prepararme para el temido tráfico de Moscú, y efectivamente, no tardé en encontrarlo. Al entrar en las afueras el tráfico se volvió más denso y los conductores más temerarios, cerrándose los unos a otros a velocidades de infarto. El piso de mi anfitrión estaba en una zona residencial al norte de la ciudad, lo que significaba que tenía que dejar la autopista en la que estaba en algún momento y tomar el cuarto cinturón para evitar el centro. Cuando llegué a la rampa de salida que llevaba al cinturón que pasaba por debajo, el tráfico estaba completamente bloqueado. Coches y camiones ocupaban en fila de a tres la rampa de un solo carril, y ni un coche se movía más abajo en el cinturón. Pensé que si tenía que hacer 40km así, me llevaría horas. Decidí que la única manera de enfrentarse a un tráfico de locura, es conducir como un loco, así que empecé a lanzarme a por huecos minúsculos entre coches y camiones, intentando avanzar en el laberinto de metal inmóvil. Conseguí bajar por la rampa de salida y llegar al cinturón de cuatro carriles, y luego cruzar hasta el carril rápido. Los coches tampoco se movían allí, y mientras estaba calculando si cabía o no entre los coches sin arrancar ningún retrovisor con las maletas, vi una moto pasar volando entre el cuarto carril y la barrera que separaba el sentido contrario. Pensaba que no había espacio allí, nada de arcén, pero resulta que había el espacio justo para meter una moto, así que sin pensármelo dos veces me colé allí y empecé a adelantar coches. Unos 10km más tarde el tráfico se aclaró y pude volver a circular por el carril normal. Rodeé la ciudad y cuando llegué al punto en el que tenía que dejar el cinturón para buscar la calle de mi anfitrión, el panorama era el mismo. Todo el tráfico parado, con cientos de coches intentando entrar y salir del cinturón al mismo tiempo, bloqueándose los unos a los otros. Conseguí pasar usando la misma técnica y en 10 minutos llegué a mi destino.

Ilia bajó a recibirme, dejamos las cosas en su piso y me llevó al parking donde guardaba su KTM y dejamos mi moto allí. De vuelta al piso, me sentó frente a una comida deliciosa y luego esperamos que llegase su esposa mientras nos enseñábamos fotos, yo del viaje y és de su familia y sus viajes a las montañas Altay (cosa que me hizo mucha envidia).

Por la tarde fuimos a dar una vuelta y me enseñó su barrio. Era una zona residencial soviética clásica, pero a diferencia de todas las otras que había visto, esta era muy agradable. Todos los edificios eran nuevos o estaban bien cuidados, al igual que las calles, jardines, parques, etc. Parecía un buen lugar donde vivir, con muchos servicios y zonas verdes, e imaginé que era así como debería ser la idea original. Es una lástima que la falta de dinero, mantenimiento, la corrupción y otros factores la hayan destruido lentamente.

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Ilia me dijo que el  día siguiente  iba a ser un día largo, me llevaría a ver otras zonas de su barrio que tenían muy buena pinta y luego al centro, así que toca ir a cama temprano.

Blogging en Voronezh

Día 28 – Lunes 22 de julio – Voronezh (0km)

Esta mañana entré en la cocina y me encontré con dos chicas de Moscú que iban de camino a Azerbaiyán y Georgia. Empezamos a hablar y una de ellas me dijo que también tenía moto pero estaba en Moscú, una Triumph. Me dijo un par de webs muy activas en el mundo de la moto en Rusia, una de ellas para ayudar a moteros que tengan problemas en la carretera, y me dio su número por si necesitaba ayuda durante el viaje. Muy simpáticas.

Decidí pasar la mañana visitando la ciudad y luego volver al hostal por la tarde para escribir todos los posts que no había escrito estos últimos días. Como suele pasar, Voronezh era una ciudad mucho más bonita de lo que me esperaba, me paseé por sus calles, bajé hasta el río, volví al centro, encontré un sitio para comer y escaparme de la lluvia un rato, y volví al hostal.

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Cuando llegué a la puerta vi una GS con matrícula de Serbia. Era de una pareja que iban hacia el este, sin un plan fijo, seguramente tan lejos como Vladivostok. Pasamos mucho rato hablando de viajes y motos en la cocina y me dieron unos cuantos consejos sobre la ruta hacia el NordKapp, ya que algunos de sus amigos habían estado allí. Se fueron a dar una vuelta y yo me pasé el resto de la tarde escribiendo, lo que me tomó mucho más tiempo de lo que había previsto.

La etapa más larga

Día 27 – Domingo 21 de julio – De Volgograd a Voronezh (783km)

Ivan me había dicho que la carretera hacia Voronezh hacia el norte era muy mala, así que era mejor ir hacia el oeste para encontrar la M4, la autopista que conecta Moscú con la costa. Seguí su consejo y me puse en camino más tarde de lo que quería, pero la compañía era tan agradable que era difícil irse… estuvimos hablando y hablando durante el delicioso desayuno.

Fui hacia el oeste durante unos 350km, con el GPS negándose a darme una ruta hacia Voronezh, así que pensé que lo reprogramaría una vez llegase a la M4. A unos 80 km de allí, sin embargo, se colgó, y no importaba cuantas veces lo intentase reiniciar, se negaba a enseñarme el mapa o aceptar un destino. Paré para ver si lo podía arreglar de alguna forma y ponerme la capa impermeable de la chaqueta, ya que el cielo se estaba volviendo muy oscuro, pero no conseguí que el GPS funcionase. Bastante mosqueado, seguí y se puso a diluviar. Había pensado que no llovería mucho, así que no había puesto la capa impermeable en el pantalón, pero estaba lloviendo fuerte y estaba aún más negro hacia adelante. Además me estaba quedando sin gasolina, así que paré en la primera gasolinera que encontré y me puse la capa. Eran ya las 4 de la tarde, y cuando el pregunté a la mujer allí cuánto faltaba para Voronezh me dijo 700km. Me desanimé de golpe. Era imposible llegar hoy, pero había hecho una reserva en un hostal que Ivan me había recomendado, y ya estaba pagada. Sin GPS y sin saber cómo seria la carretera por delante, pensé que seguiría y pararía en el primer motel que encontrase a pasar la noche. Busqué alojamiento en el GPS y sorpresa, funcionaba. Me dio un hostal en la M4, la carretera que estaba buscando, y no estaba lejos.

Cuando encontré la M4 resulto ser una autovía de dos carriles por lado, no en muy buen estado, pero me permitía viajar más rápido, al menos. Dejó de llover y salió el sol, así que me volví a animar. Pronto vi una señal que decía 440 km a Voronezh. Iba a unos 120-130km/h, así que era factible. Decidí intentar llegar antes del anochecer.

Sin embargo, al cabo de pocos kilómetros, la autovía desapareció y me metí de cabeza en una pesadilla de atascos y obras. No podía creerme que la carretera que llevaba a la capital fuese una carretera de doble sentido miserable que atravesaba todos los pueblos hasta allí. Ya me estaba empezando a arrepentir de haber decidido dar un rodeo para ir por la M4, incluso si la carretera desde Volgogrado era mala, al menos no hubiese tenido tanto tráfico y me hubiese ahorrado casi 400km.

Un rato después, sin embargo, las cosas cambiaron. La autovía volvió a aparecer y el GPS volvió a funcionar milagrosamente. Creo que tenía problemas con la parte de la autovía en construcción. Ahora me daba una estimación de llegada a las 10 de la noche, que no estaba tan mal. Apreté el ritmo y al cabo de un rato vi una moto que se acercaba por detrás. Era una KTM blanca con matrícula rusa, y tras un rato de ir juntos, indicó para parar en una gasolinera. Paré y me acerqué a saludar. El hombre hablaba muy poco inglés, y me dijo como pudo que era de Moscú e iba hacia casa. Le dije que yo también iba hacia allí y que haría noche en Voronezh, así que decidió venir conmigo, ya que no iba a llegar a casa esa noche.

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La carretera era mejor y él iba bastante rápido, metiéndose en el arcén o en el carril contrario cuando había atascos, así que pensé “donde fueres haz lo que vieres, Sancho”, y lo seguí. Llegamos al hostal media hora después, a las nueve y media, y me alegré mucho de poderme dar una ducha y cenar.

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Mientras comíamos me dijo que se iba a las 4 de la madrugada, ya que tenía que trabajar a las 9. Yo me quedaba un día más para ponerme al día con el blog, así que me dio su dirección y me dijo que me iba a alojar en su casa y enseñarme la ciudad. ¡La hospitalidad rusa es increíble! Quedamos que le vería el martes y me fui a la cama temprano.

Decisiones, decisiones… a 80m del suelo

Día 26 – Sábado 20 de julio – De Astrakhan a Volgograd (450km)

¡De nuevo en la carretera! Era  genial volver a estar en la carretera esta mañana… El sol brillaba, la moto parecía funcionar bien y tenía un anfitrión en Volgograd, un chico llamado Ivan. Pero antes de ir a su casa, quería para un momento en Bike City 34, el taller donde me habían hecho la revisión en la moto la primera vez que estuve en la ciudad, para ver si tenían un par de tornillos para la cúpula y el soporte del GPS, que aún estaban enganchados con dos trozos de cable.

Había nubes amenazadoras en el horizonte, pero llegué a la ciudad justo después de la lluvia. Genial, pero también significaba que ahora hacía calor Y había humedad, no eran las mejores condiciones para enfrentarme al tráfico de la ciudad, y menos aún con las calles llenas de charcos escondiendo los socavones.

Volvía a encontrarme con Kate, que había leído mis problemas y estaba muy contenta de verme. No tenían los tornillos que necesitaba en el taller, pero uno de los mecánicos cogió un scooter y fue a comprarlos a algún sitio y entretanto compré un par de guantes de verano. Los míos se fueron volando en la tormenta de arena en Kazakstán, e intenté venir de Astrakán con los de invierno, pero hacía demasiado calor e hice el viaje con las manos desnudas.

El mecánico volvió enseguida y me pusieron no dos, sino cuatro tornillos aprovechando los puntos de montaje para regular la altura de la cúpula, así que ahora quedaba bien firme. Les di las gracias y me fui a buscar a mi anfitrión para esa noche, que vivía a un par de calles.

Ivan era un chico genial, y nos llevamos muy bien desde el principio. Dejé mis cosas en su piso, me di una ducha y enseguida descubrí que le gustaba escalar. Le hablé de las vías ferratas y le enseñé algunas fotos, y les interesó mucho el tema. Luego llamó a Sasha, un amigo suyo, y me dijo que nos llevaría a ver una fábrica abandonada, otro hobby que compartíamos.

Resultó que era una de las plantas que calientan el agua para toda la ciudad. Hoy en día hay muchas pequeñas por todo Volgogrado, pero me contó que en tiempos de la Unión Soviética todo se construía a lo grande y esta iba a ser una de las más grandes, pero estaba a medio construir cuando cayó la Unión Soviética y nunca la terminaron. Lo único que quedaba hoy era un enorme edificio vacío y una chimenea de 120 metros, uno de los puntos más altos de la ciudad.

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Siendo Rusia, el sitio estaba abierto y solo habían cortado los primeros 6 metros de la escalera de metal de la chimenea para evitar que la gente subiese, pero alguien había puesto una escalera de madera para llegar a los primeros escalones, y era fácil subir. Ivan dijo que había estado arriba muchas veces y que era seguro, así que nos encaramamos a la escalera de madera y empezamos a ascender.

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Solo llevaba pantalones cortos y sandalias, y cuando llegué a la escalera de metal vi que estaba completamente oxidada y doblada, así que tenía que subir con cuidado para evitar un corte. Mientas subíamos hacia el primer nivel de la chimenea, la escalera se movía y caían trozos de óxido, y me empecé a preguntar si era tan seguro como decía Ivan.

Llegamos al primer nivel, que estaba a unos 30 o 40 metros del suelo y tenía una pasarela alrededor de toda la chimenea. Ya estábamos más altos que los edificios cercanos, y alguien había construido una estructura de madera en la pasarela, en el lado opuesto a la escalera. Ivan nos dijo que había gente que se tiraban con una cuerda desde allí.

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Nos convenció para subir hasta el siguiente nivel con una pasarela completa, que estaba a tres niveles del que estábamos, los dos intermedios tenían solo pequeños balcones. No estaba muy seguro de ello, la escalera tenía peor pinta todavía a partir de allí, pero dijo que había subido muchas veces y no había problema, y pensé que uno no tiene la oportunidad de hacer algo así a menudo, así que decidí continuar.

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Paramos a descansar en los dos niveles siguientes, las vistas más y más espectaculares, y seguimos hasta el siguiente. Cuando llegamos estábamos a unos 80m del suelo, y el sol se estaba poniendo. Nos sentamos en la pasarela a disfrutar de las vistas.

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Era un buen momento para reflexionar sobre el resto de mi viaje. No podía volver a Kazakstán porque mi visado turístico sólo me permitía una entrada, y había perdido una semana esperando a que reparasen la llanta. Además, me dijeron que evitase carreteras malas si no quería arriesgarme a tener más problemas con la moto. Me di cuenta de que a pesar de haber cambiado los muelles la suspensión aún era demasiado baja y no tenía suficiente recorrido para enfrentarme a las peores carreteras con la moto completamente cargada, así que si quería llegar a Ulaanbaatar tendría que ser por carreteras buenas. Eso significaba ir por Rusia hasta Irkutsk y luego bajar a Ulaanbaatar. Era largo y muy posiblemente aburrido, con unos 600-800km por día para mantener el calendario programado. Cuando estaba preparando el viaje, Ulaanbaatar no era el destino final, era solo el punto que elegí para dar media vuelta. El viaje de verdad era todo lo que quería ver y vivir entre mi casa y aquello, y pensé que no tenía sentido ir con prisas hasta allí sólo para poder decir que había llegado. Además, durante las tres primeras semanas había estado viajando bastante rápido, parando solo una noche en la mayoría de sitios, y después de conocer a tanta gente fabulosa sentía que me estaba perdiendo lo más importante del viaje; el viaje en sí y la gente, eso era lo importante, no el destino final. Tenía dos meses para viajar, y daba igual hacia donde fuese. Quería variedad, no quería seguir un calendario. Así que decidí que me dirigiría hacia el norte, tomármelo con más calma y pasar más tiempo en los sitios que me gustasen.

Volvimos a bajar, y me di cuenta de que faltaban algunos de los tornillos que fijaban la escalera a la chimenea. Bien… Llegamos al suelo sanos y salvos, y luego Ivan y yo compramos una pizza y me llevó al centro, donde él y su mujer tenían un hostal que habían abierto hacía poco, y cenamos allí con una pareja de Astrakán que estaban haciendo excursionismo un par de semanas.

A la mañana siguiente empecé mi nueva ruta, destino: Moscú. Eran unos 1000km, así que tenía que cortarlo en dos etapas.

La llanta y una pistola

Día 25 – Viernes 19 de julio – Astrakhan (0km)

Advertencia – Este post puede contener lenguaje ofensivo y referencias a sexo y drogas.

Esta mañana sobre las diez recibí buenas noticias: Arkan llamó para decir que la llanta ya estaba reparada y que vendría en unos diez minutos a recogerme y llevarme al taller. Valentin, mi anfitrión, había estado haciendo de intérprete todo este tiempo, ya que Arkan no hablaba ni una sola palabra de inglés, pero hoy tenía que trabajar y no podía venir conmigo, así que me dijo que si necesitaba algo le llamase. Mientras estaba esperando que llegase, Dasha me escribió en Facebook y me dijo que ella y unos amigos iban a ir a nadar al río esta tarde, y me invitó a unirme a ellos. Quedamos que nos encontraríamos a las siete y media en la misma parada de autobús que la última vez. Parece que después de varios días de inactividad iba a tener planes otra vez.

Bajé a la calle y al cabo de cinco minutos apareció Arkan en su coche negro. Fuimos otra vez a la parte chunga de la ciudad y aparcó enfrente de un sitio que parecía más una chatarrería que un lugar que pudiese reparar y equilibrar una llanta de aluminio. Estaba un poco escéptico en cuanto al posible resultado, pero no había podido hacer demasiadas preguntas al respecto, en parte por culpa de la barrera idiomática, en parte porque no quería molestar más a mi anfitrión con el tema de la traducción, pues me parecía que estaba abusando de su hospitalidad, ya llevaba una semana en su casa. A estas alturas había aprendido que lo mejor en Rusia es dejarse llevar por la corriente, confiar en la gente y dejar que hagan lo que tengan que hacer, y efectivamente, a pesar de la pinta del sitio, la llanta estaba lista y la reparación tenía un aspecto muy profesional.

La llevamos a un taller de neumáticos que no tenía mucha mejor pinta para montar el neumático. El problema con la llanta estaba por fin solucionado, pero estaba un poco preocupado por si el neumático estaba dañado, ya que había hecho trozos largos sin aire en carreteras muy malas intentando volver a Astrakán. Buscar un neumático de esas medidas podía ser difícil y no tenía ganas de pasar más tiempo aquí. Por suerte, con el neumático montado e inflado, el hombre del taller lo comprobó con agua y jabón y no parecía perder aire por ningún sitio. Lo montó gratis, cosa de agradecer.

Llevamos la rueda de vuelta al parking donde había tenido la moto una semana entera. Meter la moto en un parking con vigilancia 24 horas puede sonar a lujo para un viajero con un presupuesto más bien exiguo como yo, pero solo costaba 20 rublos al día, que es menos de lo que se paga por una botella de agua. Arkan me ayudó a montar la rueda en la moto y cuando vio que faltaba el tapón de la válvula, cogió uno de los de su propio coche y me lo dio. También vio que no tenía montado el protector de la cadena, le expliqué que había perdido uno de los dos tornillos que lo aguantan por culpa de las vibraciones en Kazakstán. Mientras estaba limpiando y engrasando la cadena, llamó a Valentin y me lo pasó, y me dijo que Arkan le dijo que me dijese, que me llevaría a una tienda donde podía encontrar un tornillo de recambio.

Nos metimos de nuevo en el coche y me llevó no a una tienda, sino a su propia casa, donde encontró un par de tornillos de la medida correcta y me enseñó su moto, una Yamaha Fazer 1000. Me explicó que había tenido una Honda Fireblade, pero que la había estampado contra la parte de detrás de un coche. Vi que no tenía matrícula, en la moto, y me dijo que era para que la policía no le multase. Bueno, más que explicarlo así, hizo un gesto con la mano derecha, como abriendo gas a tope, y dijo “fuck police”.

Con el tornillo en el bolsillo, cogimos otra vez el coche y se volvió a poner al teléfono. Pensaba que íbamos de vuelta a casa de mi anfitrión, pero me volvió a pasar el teléfono. Era Valentin, que me dijo que Arkan me quería llevar a nadar con sus dos hijos. Le dije que me parecía perfecto siempre y cuando estuviese de vuelta a tiempo para quedar con Dasha y sus amigos más tarde.

Íbamos hacia las afueras cuando encontramos una larga cola de coches parados. Sin pensárselo dos veces, se metió en contra dirección y fue hasta el principio de la cola. Resulta que era un paso a nivel, están por todas partes en Rusia y a veces tardan mucho en abrirse, de ahí los atascos. Llevábamos un rato esperando cuando, probablemente aburrido de la espera, decidió enseñarme algo. Levantó el reposabrazos y sacó… una pistola. Con los dos niños en el asiento de detrás, que no parecían en absoluto sorprendidos. Imagino que no era la primera vez que la veían. Sacó el cargador, que llevaba balas de verdad, sacó la bala de la recámara y me la dio. Era la primera vez que sostenía una pistola, y pensé que para ser la primera vez, no estaba nada mal que fuese la de un motero ruso. Espero que no mate a nadie antes de que yo salga del país, ya que ahora tiene mis huellas.

Finalmente cruzamos el paso a nivel y paramos en una pequeña tienda a recoger a unos amigos suyos: un tío muy delgado con tatuajes enormes, que tenía peor pinta que Arkan, su novia Natasha, en un vestido muy corto, y otro tío que tartamudeaba y tenía los dientes medio podridos, que me hizo pensar en uno de esos memes de “Meth? Not even once” en internet.

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Fuimos a una playa entre un puente del ferrocarril y un astillero con un barco oxidado, que puede no sonar muy bien, pero que estaba bastante más limpio y con menos gente que la playa en el centro. Mientras estábamos allí hablamos del viaje y de motos, y comparamos precios de motos entre España, Rusia y Georgia. Resulta que Arkan no era ruso, sino de Georgia. Después, como pudo, usando gestos y dibujando en la arena, me explicó que iba a menudo a Alemania, por algún tema de drogas por lo que pude entender. A partir de ahí la conversación se volvió un poco, como decirlo, incómoda. Usando gestos y palabras sueltas en inglés, me dieron a entender que la tal Natasha hacía unas mamadas espectaculares (parecía que todos habían pasado por ahí) y luego dijeron “tonight, drugs –palabra rusa refiriéndose a sexo- Natasha”. Reí y les seguí la corriente un rato, pero cuando nos íbamos les dije que ya había quedado con otra gente más tarde, cosa que era cierto.

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Dejamos a los amigos de Arkan otra vez en la tienda y de camino al centro me dijo que practicaba boxeo y varios tipos de artes marciales, y se señaló la nariz, que era evidente que le habían roto varias veces. Señalando a los niños y a su anillo de casado, me dio a entender que era una buena manera de liberar tensión. También me dijo que antes se dedicaba a las carreras ilegales en la calle, y que había tenido un Impreza y un M5, pero que lo dejó cuando se casó.

De vuelta en casa de Valentin, le di las gracias por todo, había sido una persona genial y había hecho de todo para ayudarme.

Preparé las maletas para irme temprano el día siguiente y luego cogí uno de los micorbuses rusos con conductores locos para ir hacia el centro a encontrarme con Dasha, esta vez no tenía ganas de andar casi 7km otra vez. Compramos algo de cerveza y me llevó a una playa pequeña en el otro lado de la isla donde habíamos estado la última vez. Ya era tarde, y el sol se estaba poniendo, era una vista preciosa, una enorme bola de fuego rojo tras las fábricas en el otro lado del río mientras nadaba en el agua fría.

Tras la puesta de sol volvimos al puente, donde descubrí que los autobuses dejaban de funcionar a las 9 de la noche, lo que significaba una buena caminata hasta casa… Pero los amigos de Dasha dijeron que ni hablar de irme tan temprano, cogimos un taxi y fuimos a casa de uno de ellos, un edificio de madera muy antiguo, de antes de la revolución rusa. Tenía una galería que daba al patio interior, y estuvimos allí sentados al fresco de la noche bebiendo y tocando la guitarra. Me hizo pensar en la experiencia que estaba siendo este viaje hasta el momento, ahí estaba, sentado con gente que acababa de conocer, todos geniales, ofreciéndome sus bebidas, hablándome de las canciones rusas que estaban cantando.

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Me fui a medianoche, ya que quería madrugar a la mañana siguiente para el viaje de vuelta a Volgogrado. No era especialmente largo, y las carreteras eran buenas, pero aún no sabía cómo había quedado la llanta y si aguantaría, así que quería tener tiempo por si acaso. Dasha me acompañó hasta casa, nos dimos los contactos y me deseó buena suerte con el resto del viaje.