La Guerra de Invierno

Día 35 – Lunes 29 de julio – De Joensuu a 5km al norte de Ruka (539km)

Por primera vez desde que dejé Barlceona, me levanté esta mañana, arranqué la moto y salí a la carretera sin un destino fijado no un numero de kilómetros que cubrir durante la jornada. No me había sido posible encontrar un hostal barato en ningún sitio, y las solicitudes de couch que había mandado a Rovaniemi habían sido denegadas o no habían sido respondidas, así que decidí simplemente tirar y buscar un camping o acampar por libre cuando me cansase.

El día anterior había parado en una gasolinera en la esquina de la calle donde estaba el hostal y había comprado un mapa de carreteras. El GPS había sido una gran ayuda hasta el momento, pero me había mantenido en las vías principales, lo que está genial en Rusia, donde cualquier otra cosa que las vías principales sería una pesadilla de trayecto, pero ahora quería explorar las vías secundarias. Tenía que cubrir 400km al día para llegar al Norkapp bien de tiempo, lo que no era mucho teniendo en cuenta lo buenas que eran las carreteras en Finlandia, así que quería ver la red de carreteras en detalle y elegir una ruta alejada de las carreteras principales.

Poco después de dejar Joensuu vi que la carretera principal rodeaba un lago por la izquierda, y había una carretera más pequeña a la derecha que iba más cerca de la orilla, más aún si tomaba una carretera aún más pequeña que salía de la primera. Fui por allí y descubrí una carretera maravillosa.

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Hacía sol, la temperatura era perfecta, las vistas imponentes, tenía la música puesta y no había nadie más en la carretera. Hacía mucho que no disfrutaba tanto en la moto, y entonces la carretera se convirtió en una pista de gravilla, pero un una pista rusa, una pista finlandesa, que son muy buenas, y disfruté aún más, de pie en los estribos, levantando polvo a 100km/h.

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Había salido temprano, ya que me levanté sober las 7, imposible dormir más con lo que brilla el sol a esas horas tan al norte, y los primeros 200km parecieron más 20. Paré a por gasolina por primera vez en Finlandia, el último repostaje había sido en Rusia justo antes de la frontera, y me sorprendió gratamente descubrir que si bien era un poco más caro que en España, el precio aún estaba dentro del presupuesto calculado y por debajo de Italia, la gasolina más cara que había pagado hasta el momento. También miré los precios de la cafetería al lado de la gasolinera y también eran razonables, comí un menú por 8€.

Mientras estaba fuera de la cafetería poniéndome otra vez todo el equipo una KTM paró a mi lado. Era una Adventure S con los colores del Dakar, en un estado impecable. Le dije al motero “buena moto” y diez segundos más tarde ya estaba de vuelta dentro, tomando café con él y hablando de motos. Se llamaba Sami y era un fotógrado de Helsinki. Me dijo que estaba explorando las pistas de gravilla a lo largo de la frontera con Rusia y ya que iba hacia el norte desde Kuhmo, donde habíamos parado, me invitó a unirme a él. Como tenía tiempo de sobra y ningún horario que seguir ese día, me pareció genial tener un poco de compañía.

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Fuimos por carreteras secundarias durante unos 100km, pero no gravilla, ya que lo más cercano a la frontera estaba asfaltado en ese tramo, y al cabo de un rato me hizo señas para que parase. Acabábamos de pasar un edificio en un cruce y me preguntó “¿te interesa la historia?” “Por supuesto”, le dije. Resulta que el edificio detrás nuestro era una museo sobre la Guerra de Invierno, y la carretera que salía hacia la derecha, la carretera que llevaba hasta Rusia, donde la batalla más importante tuvo lugar.

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Aún quedaban piezas de artillería escampadas por la carretera  y Sami me dio una lección de historia muy interesante. Tenía un extenso conocimiento sobre el tema, e incluso había usado algunos de los cañones que los finlandeses capturaron de los rusos en esa batalla durante su servicio militar. Fuimos por la carretera e gravilla durante un rato, vimos un memorial y luego volvimos a la carretera principal. Al cabo de un rato llegamos a otro cruce y nuestros caminos se separaron, ya que yo quería intentar ir más hacia el norte antes del anochecer y buscar dónde acampar. Me dio su contacto y me dijo que le llamase cuando pasase por Helsinki.

Antes de irse me dio un último consejo: estaba cerca de la región de Laponia, y me dijo que había muchos renos sueltos y que era peligroso para los coches, y aún más para las motos. Le di las gracias y efectivamente, poco después vi el primero, trotando con calma por la carretera. Ralenticé la marcha y lo pasé, pero desapareció en el bosque antes de que pudiese hacerle una foto. Después de eso, vi docenas.

Sobre las 7 de la tarde paré a comprar algo de comida y luego empecé a buscar un sitio donde pasar la noche. Había lagos por todas partes, y me apetecía buscar un camping cerca de la orilla y quizá nadar un poco, y al cabo de unos kilómetros del último pueblo, vi la entrada a un camping. Pregunté y sólo costaba 7€, así que decidí parar allí, estaría bien poder darme una ducha. El camping era una extensión de césped sin delimitaciones  y podías plantar la tienda donde quisieras. Acampé y como aún era temprano, limpié y engrasé la cadena, desmonté las maletas de la moto y reorganicé mis cosas, deshaciéndome de algunos trastos que no había usado ni iba a usar, intentando reducir un poco el peso.

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También me dediqué a reparar las cintas que aguantan el depósito de reserva de gasolina. Las vibraciones habían conseguid cortar una de ellas y la otra estaba a punto de partirse, así que reparé una y reforcé la otra con cinta americana.

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Solo me había encontrado con vibraciones realmente malas en Kazakstán, así que me sorprendió ver que las cintas habían fallado. Después de descubrirlo cuando se rompió la llanta, até el bidón con pulpos a la espera de una solución mejor. Había comprado el conjunto, bidón, soporte y cintas en Touratech, y se supone que sus productos son de alta calidad y están pensados para este tipo de viajes. Dudo de que las cintas hubiesen aguantado más de una semana en Kazakstán, así que me sentí estafado. Hice alguna fotos y van a tener noticias mías en cuanto llegue a casa.

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Preparé la cena en mi hornillo y luego me senté al lado del lago antes de meterme en la tienda a escribir un rato. Era un momento mágico, y me sentí relajado como no lo había estado en semanas, en total harmonía con lo que me rodeaba. Esto era lo que estaba buscando. Con la mirada perdida en el lago, mi moto y mi tienda detrás de mí, sentí que no necesitaba nada más.

Era casi medianoche cuando me metí en la tienda, y aún había suficiente luz para poder estar sentado fuera y leer un libro sin problemas. Me pregunté si llegaría a oscurecer del todo esa noche.

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No más carreteras rusas

Día 34 – Domingo 28 de julio – De San Petersburgo a Joensuu (419km)

Y no puedo decir que las echaré de menos… Hace unos días estaba yendo hacia San Petersburgo, un trayecto largo, y me di cuenta de que hacía bastante tiempo de la última vez que me había divertido en la carretera. Desde que entré en Ucrania me había ceñido a carreteras principales, porque las secundarias estaban en unas condiciones horribles o simplemente no existían. De disfrutar de las maravillosas carreteras de montaña en Europa había pasado a ir en línea casi recta todo el día, pasando calor, sudando, tragando polvo y humo de los camiones, vigilando las grietas y los socavones…. la carretera había pasado de ser algo que me divertía a algo con lo que lidiar antes de llegar al siguiente destino. Llevaba tanto tiempo haciendo así ¡que ya había olvidado que se suponía que tenía que disfrutar del trayecto! Hoy, la carretera que salía de San Petersburgo era una autovía de dos carriles muy buena, y después se convirtió en una carretera preciosa a través de bosques y campos que me recordó cuánto puede gozar uno en sitios así. El paisaje también cambió, y si no fuese por las señales, hubiese jurado que ya estaba en Finlandia, no en Rusia. Sin embargo, aún estaba en Rusia, y en Rusia no te puedes fiar de una carretera demasiado rato. En el momento en que piensas ‘uau, esta es genial’ y crees que va a ser así hasta llegar al destino, se convierte en una porquería. Y no creáis que sigue ninguna lógica, no es cuestión de límites de provincias, proximidad a una población o ningún otro criterio racional, simplemente pasa de autovía a carretera de gravilla, a asfalto roto, a no haber carretera, a asfalto nuevo sin pintar… nunca sabes que vas a encontrar más adelante.

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En mi caso, una carretera de gravilla polvorienta durante unos 100km. Para cuando estaba cerca de la frontera con Finlandia y volvió a aparecer el asfalto, estaba blanco de polvo y muy, muy contento de cruzar la frontera. Sin embargo, a pesar de las carreteras, echaré de menos Rusia. Ha sido una experiencia única, y la gente que he encontrado allí ha sido maravillosa.

De vuelta en la UE, la carretera era fantástica, lisa, asfalto nuevo. Entonces ocurrió algo extraño. El límite de velocidad era de 80km/h, y la gente lo respetaba. Nada de adelantamientos locos. Nadie me cerraba, todo el mundo esperaba pacientemente antes de incorporarse a la vía. Radares en todos los pueblos. Y pensé “esto es muy aburrido”. No podía adelantar cuando y como quisiera, o ir tan rápido como me hubiese gustado en esas carreteras… ¡De golpe echaba en falta la locura rusa!

El imponente paisaje, y el hecho de poder apreciarlo al no haber más socavones intentando matarme lo compensaba, y lo disfruté mucho de la última parte del día hasta que llegué al hostal donde iba a pasar la noche.

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Era un sitio muy bonito, aparqué la moto en el patio de atrás, donde había una barbacoa y un par de mesas de picnic, me preparé la cena y salí a sentarme fuera y terminar Las uvas de la ira con una taza de café en la mano.

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¡Y qué gran libro! Empecé a leerlo poco antes de entrar en Rusia y me caló hondo. Una historia dura, pero que definitivamente vale la pena. Os dejaré con un fragmento que leí, irónicamente, poco después de haber roto la llanta:

And his thought and his worry were not any more with rainfall, with wind and dust, with the thrust of crops. Eyes watched the tires, ears listened to the clattering motors, and minds struggled with oil, with gasoline, with the thinning rubber between air and road. Then a broken gear was a tragedy. Then water in the evening was the yearning, and food over the fire. Then health to go on was the need and the strength to go on and the spirit to go on. The wills thrust westward ahead of them, and the fears that had once apprehended drought or flood now lingered with anything that might stop the westward crawling.