La llanta y una pistola

Día 25 – Viernes 19 de julio – Astrakhan (0km)

Advertencia – Este post puede contener lenguaje ofensivo y referencias a sexo y drogas.

Esta mañana sobre las diez recibí buenas noticias: Arkan llamó para decir que la llanta ya estaba reparada y que vendría en unos diez minutos a recogerme y llevarme al taller. Valentin, mi anfitrión, había estado haciendo de intérprete todo este tiempo, ya que Arkan no hablaba ni una sola palabra de inglés, pero hoy tenía que trabajar y no podía venir conmigo, así que me dijo que si necesitaba algo le llamase. Mientras estaba esperando que llegase, Dasha me escribió en Facebook y me dijo que ella y unos amigos iban a ir a nadar al río esta tarde, y me invitó a unirme a ellos. Quedamos que nos encontraríamos a las siete y media en la misma parada de autobús que la última vez. Parece que después de varios días de inactividad iba a tener planes otra vez.

Bajé a la calle y al cabo de cinco minutos apareció Arkan en su coche negro. Fuimos otra vez a la parte chunga de la ciudad y aparcó enfrente de un sitio que parecía más una chatarrería que un lugar que pudiese reparar y equilibrar una llanta de aluminio. Estaba un poco escéptico en cuanto al posible resultado, pero no había podido hacer demasiadas preguntas al respecto, en parte por culpa de la barrera idiomática, en parte porque no quería molestar más a mi anfitrión con el tema de la traducción, pues me parecía que estaba abusando de su hospitalidad, ya llevaba una semana en su casa. A estas alturas había aprendido que lo mejor en Rusia es dejarse llevar por la corriente, confiar en la gente y dejar que hagan lo que tengan que hacer, y efectivamente, a pesar de la pinta del sitio, la llanta estaba lista y la reparación tenía un aspecto muy profesional.

La llevamos a un taller de neumáticos que no tenía mucha mejor pinta para montar el neumático. El problema con la llanta estaba por fin solucionado, pero estaba un poco preocupado por si el neumático estaba dañado, ya que había hecho trozos largos sin aire en carreteras muy malas intentando volver a Astrakán. Buscar un neumático de esas medidas podía ser difícil y no tenía ganas de pasar más tiempo aquí. Por suerte, con el neumático montado e inflado, el hombre del taller lo comprobó con agua y jabón y no parecía perder aire por ningún sitio. Lo montó gratis, cosa de agradecer.

Llevamos la rueda de vuelta al parking donde había tenido la moto una semana entera. Meter la moto en un parking con vigilancia 24 horas puede sonar a lujo para un viajero con un presupuesto más bien exiguo como yo, pero solo costaba 20 rublos al día, que es menos de lo que se paga por una botella de agua. Arkan me ayudó a montar la rueda en la moto y cuando vio que faltaba el tapón de la válvula, cogió uno de los de su propio coche y me lo dio. También vio que no tenía montado el protector de la cadena, le expliqué que había perdido uno de los dos tornillos que lo aguantan por culpa de las vibraciones en Kazakstán. Mientras estaba limpiando y engrasando la cadena, llamó a Valentin y me lo pasó, y me dijo que Arkan le dijo que me dijese, que me llevaría a una tienda donde podía encontrar un tornillo de recambio.

Nos metimos de nuevo en el coche y me llevó no a una tienda, sino a su propia casa, donde encontró un par de tornillos de la medida correcta y me enseñó su moto, una Yamaha Fazer 1000. Me explicó que había tenido una Honda Fireblade, pero que la había estampado contra la parte de detrás de un coche. Vi que no tenía matrícula, en la moto, y me dijo que era para que la policía no le multase. Bueno, más que explicarlo así, hizo un gesto con la mano derecha, como abriendo gas a tope, y dijo “fuck police”.

Con el tornillo en el bolsillo, cogimos otra vez el coche y se volvió a poner al teléfono. Pensaba que íbamos de vuelta a casa de mi anfitrión, pero me volvió a pasar el teléfono. Era Valentin, que me dijo que Arkan me quería llevar a nadar con sus dos hijos. Le dije que me parecía perfecto siempre y cuando estuviese de vuelta a tiempo para quedar con Dasha y sus amigos más tarde.

Íbamos hacia las afueras cuando encontramos una larga cola de coches parados. Sin pensárselo dos veces, se metió en contra dirección y fue hasta el principio de la cola. Resulta que era un paso a nivel, están por todas partes en Rusia y a veces tardan mucho en abrirse, de ahí los atascos. Llevábamos un rato esperando cuando, probablemente aburrido de la espera, decidió enseñarme algo. Levantó el reposabrazos y sacó… una pistola. Con los dos niños en el asiento de detrás, que no parecían en absoluto sorprendidos. Imagino que no era la primera vez que la veían. Sacó el cargador, que llevaba balas de verdad, sacó la bala de la recámara y me la dio. Era la primera vez que sostenía una pistola, y pensé que para ser la primera vez, no estaba nada mal que fuese la de un motero ruso. Espero que no mate a nadie antes de que yo salga del país, ya que ahora tiene mis huellas.

Finalmente cruzamos el paso a nivel y paramos en una pequeña tienda a recoger a unos amigos suyos: un tío muy delgado con tatuajes enormes, que tenía peor pinta que Arkan, su novia Natasha, en un vestido muy corto, y otro tío que tartamudeaba y tenía los dientes medio podridos, que me hizo pensar en uno de esos memes de “Meth? Not even once” en internet.

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Fuimos a una playa entre un puente del ferrocarril y un astillero con un barco oxidado, que puede no sonar muy bien, pero que estaba bastante más limpio y con menos gente que la playa en el centro. Mientras estábamos allí hablamos del viaje y de motos, y comparamos precios de motos entre España, Rusia y Georgia. Resulta que Arkan no era ruso, sino de Georgia. Después, como pudo, usando gestos y dibujando en la arena, me explicó que iba a menudo a Alemania, por algún tema de drogas por lo que pude entender. A partir de ahí la conversación se volvió un poco, como decirlo, incómoda. Usando gestos y palabras sueltas en inglés, me dieron a entender que la tal Natasha hacía unas mamadas espectaculares (parecía que todos habían pasado por ahí) y luego dijeron “tonight, drugs –palabra rusa refiriéndose a sexo- Natasha”. Reí y les seguí la corriente un rato, pero cuando nos íbamos les dije que ya había quedado con otra gente más tarde, cosa que era cierto.

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Dejamos a los amigos de Arkan otra vez en la tienda y de camino al centro me dijo que practicaba boxeo y varios tipos de artes marciales, y se señaló la nariz, que era evidente que le habían roto varias veces. Señalando a los niños y a su anillo de casado, me dio a entender que era una buena manera de liberar tensión. También me dijo que antes se dedicaba a las carreras ilegales en la calle, y que había tenido un Impreza y un M5, pero que lo dejó cuando se casó.

De vuelta en casa de Valentin, le di las gracias por todo, había sido una persona genial y había hecho de todo para ayudarme.

Preparé las maletas para irme temprano el día siguiente y luego cogí uno de los micorbuses rusos con conductores locos para ir hacia el centro a encontrarme con Dasha, esta vez no tenía ganas de andar casi 7km otra vez. Compramos algo de cerveza y me llevó a una playa pequeña en el otro lado de la isla donde habíamos estado la última vez. Ya era tarde, y el sol se estaba poniendo, era una vista preciosa, una enorme bola de fuego rojo tras las fábricas en el otro lado del río mientras nadaba en el agua fría.

Tras la puesta de sol volvimos al puente, donde descubrí que los autobuses dejaban de funcionar a las 9 de la noche, lo que significaba una buena caminata hasta casa… Pero los amigos de Dasha dijeron que ni hablar de irme tan temprano, cogimos un taxi y fuimos a casa de uno de ellos, un edificio de madera muy antiguo, de antes de la revolución rusa. Tenía una galería que daba al patio interior, y estuvimos allí sentados al fresco de la noche bebiendo y tocando la guitarra. Me hizo pensar en la experiencia que estaba siendo este viaje hasta el momento, ahí estaba, sentado con gente que acababa de conocer, todos geniales, ofreciéndome sus bebidas, hablándome de las canciones rusas que estaban cantando.

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Me fui a medianoche, ya que quería madrugar a la mañana siguiente para el viaje de vuelta a Volgogrado. No era especialmente largo, y las carreteras eran buenas, pero aún no sabía cómo había quedado la llanta y si aguantaría, así que quería tener tiempo por si acaso. Dasha me acompañó hasta casa, nos dimos los contactos y me deseó buena suerte con el resto del viaje.

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