Tráfico de locura en Moscú

Día 29 – Martes 23 de julio – De Voronezh a Moscú (546km)

Mis planes de levantarme temprano y salir con tiempo de sobra por si había mucho tráfico para entrar en Moscú se vieron truncados por un mosquito que no me dejó dormir hasta las tantas. Al final salí sobre las 10 de la mañana, después de intercambiar contactos y hacerme unas fotos con los chicos de Serbia.

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Dejé las capas impermeables en el traje, ya que el cielo estaba muy nublado y hacía frío, y me puse los guantes de invierno. Salí de Voronezh sin problemas y pronto estaba en la autopista hacia Moscú, que era excelente: sin tráfico y con muy buen asfalto. Me sorprendió, sin embargo, encontrar un peaje poco después de Voronezh, pero eran solo 60 rublos, así que tampoco era un drama.

El camino hasta Moscú se me hizo más largo de lo que esperaba, en parte porque empezó a hacer más frío y la lluvia iba y venía, lo que no hacía el viaje muy agradable. Era raro pensar que sólo dos días atrás me estaba cociendo a 40ºC y hoy estaba a 14ºC. Al final tuve que parar y ponerme un polar, que igual que los puños calefactados, mejoró mucho las cosas.

Cuando el GPS indicó que faltaban 80km para la llegada, empecé a prepararme para el temido tráfico de Moscú, y efectivamente, no tardé en encontrarlo. Al entrar en las afueras el tráfico se volvió más denso y los conductores más temerarios, cerrándose los unos a otros a velocidades de infarto. El piso de mi anfitrión estaba en una zona residencial al norte de la ciudad, lo que significaba que tenía que dejar la autopista en la que estaba en algún momento y tomar el cuarto cinturón para evitar el centro. Cuando llegué a la rampa de salida que llevaba al cinturón que pasaba por debajo, el tráfico estaba completamente bloqueado. Coches y camiones ocupaban en fila de a tres la rampa de un solo carril, y ni un coche se movía más abajo en el cinturón. Pensé que si tenía que hacer 40km así, me llevaría horas. Decidí que la única manera de enfrentarse a un tráfico de locura, es conducir como un loco, así que empecé a lanzarme a por huecos minúsculos entre coches y camiones, intentando avanzar en el laberinto de metal inmóvil. Conseguí bajar por la rampa de salida y llegar al cinturón de cuatro carriles, y luego cruzar hasta el carril rápido. Los coches tampoco se movían allí, y mientras estaba calculando si cabía o no entre los coches sin arrancar ningún retrovisor con las maletas, vi una moto pasar volando entre el cuarto carril y la barrera que separaba el sentido contrario. Pensaba que no había espacio allí, nada de arcén, pero resulta que había el espacio justo para meter una moto, así que sin pensármelo dos veces me colé allí y empecé a adelantar coches. Unos 10km más tarde el tráfico se aclaró y pude volver a circular por el carril normal. Rodeé la ciudad y cuando llegué al punto en el que tenía que dejar el cinturón para buscar la calle de mi anfitrión, el panorama era el mismo. Todo el tráfico parado, con cientos de coches intentando entrar y salir del cinturón al mismo tiempo, bloqueándose los unos a los otros. Conseguí pasar usando la misma técnica y en 10 minutos llegué a mi destino.

Ilia bajó a recibirme, dejamos las cosas en su piso y me llevó al parking donde guardaba su KTM y dejamos mi moto allí. De vuelta al piso, me sentó frente a una comida deliciosa y luego esperamos que llegase su esposa mientras nos enseñábamos fotos, yo del viaje y és de su familia y sus viajes a las montañas Altay (cosa que me hizo mucha envidia).

Por la tarde fuimos a dar una vuelta y me enseñó su barrio. Era una zona residencial soviética clásica, pero a diferencia de todas las otras que había visto, esta era muy agradable. Todos los edificios eran nuevos o estaban bien cuidados, al igual que las calles, jardines, parques, etc. Parecía un buen lugar donde vivir, con muchos servicios y zonas verdes, e imaginé que era así como debería ser la idea original. Es una lástima que la falta de dinero, mantenimiento, la corrupción y otros factores la hayan destruido lentamente.

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Ilia me dijo que el  día siguiente  iba a ser un día largo, me llevaría a ver otras zonas de su barrio que tenían muy buena pinta y luego al centro, así que toca ir a cama temprano.

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¡Siga a ese taxi!

Día 9 – Miércoles 3 de Julio – De Lviv a Kiev (557km)

Hay un túnel en lo alto de la Transfagarasan que conecta ambos lados de la montaña. No es muy largo, quizá un kilometro y medio, pero es muy estrecho, con el espacio justo para dos coches, la carretera es de asfalto roto, que casi se ha convertido en gravilla con socavón correspondiente de vez en cuando, y oscuro como la boca de un lobo, no hay ni una sola luz. Cuando lo atravesé hace dos días, la niebla que cubría la montaña se había metido dentro, así que la visibilidad era casi nula. Con la cúpula empañada, tuve que ir de pie para mirar por encima, y no podía ver más allá de ocho o diez metros, con los faros intentando en vano atravesar la niebla. Si me hubieran preguntado por la mañana, hubiese dicho que esa es la experiencia más terrorífica que he vivido en la moto, pero lo que hice hoy es bastante peor.

Por la mañana Igor me llevó a aun cajero para poder sacar algo de dinero del país y luego a la moto. La cargué y comprobé el aceite, algo preocupado por una fuga que descubrí en Rumanía. Cuando empecé el viaje vi que había algo de aceite en el cubrecárter, pero ya que me habían mirado el reglaje de válvulas y eso requiere desmontar parte del motor, pensé que habría goteado entonces. Para asegurarme, lo volví a mirar en Budapest y parecía que no había caído más. Sin embargo, una vez en Rumanía me dí cuenta de que había más aceite, y al inspeccionar el motor más de cerca vi que se había acumulado aceite en la V del motor, donde se encuentran los cilindros, y parecía venir de algún sitio en la parte de detrás del cilindro delantero.

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Lo limpié para ver cuánto tardaba en volver a acumularse, y hoy, después de dos días y unos 1.200 km, ha salido bastante para gotear por el lado del motor. En condiciones normales tardaría semanas en perder esa cantidad de aceite, pues no uso la moto más de 20 km diarios, pero todo pasa más rápido en este viaje. Lo volvi a limpiar en Kiev para ver cuánto tarda esta vez. El nivel de aceite ha ido bajando al ritmo normal para los kilómetros que estoy haciendo, así que no sé cuánto debería preocuparme. Llegaré a Volgogrado en tres días (1.200 km más) y ya que allí tengo que hacerle la revisión a la moto, haré que lo comprueben. Espero que no empeore antes de llegar.

Me despedí de Igor, que se negó a dejar que pagase el parking, le di las gracias por su hospitalidad y crucé Lviv para coger la carretera hacia Kiev.

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Es una lástima que no tuviera más tiempo de visitar la ciudad, ya que lo poco que vi desde la moto era fantástico. Lo que no era tan fantástico era el rato que me cosó salir de allí, ya que las calles estaban llenas de tráfico, y los adoquines y los raíles del tranvía hacían las cosas más interesantes.

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El paisaje era precioso, grandes extensiones de campos verdes, pero fue uno de los días más aburridos hasta el momento. Tras mi última experiencia con la policía no tenía intención de darles ni una razón para pararme, así que respeté los límites (90) a rajatabla y no adelanté donde no debía. Ya que era el único que seguía las normas de tráfico, me convertí en el vehículo más lento de la carretera, y en carreteras que eran rectas y en buen estado en su mayor parte, me tuve que esforzar para mantenerme despierto. En el lado bueno, conseguí el mejor consumo que jamás he logrado en la moto: 4,1 litros a los 100 para la etapa completa.

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En cuanto llegué a Kiev las cosas cambiaron rápido, poco podía esperarme que me iba a meter en el trayecto más peligroso de mi vida. Luda, la secretaria de mi anfitriona  en Kiev, que habla inglés, se había ofrecido a venirme a buscar a una parada de metro en la carretera principal de entrada en la ciudad, ya que sería más fácil guiarme desde allí. Me alegré mucho de recibir su ayuda, ya que navegar por el tráfico de una ciudad grande suele ser complicado. Se metió en un taxi y me dijo que lo siguiese. Pensaba que no sería muy lejos, pero no podía estar más equivocado.

El taxista salió disparado y se metió en el tráfico de hora punta de Kiev en avenidas de ocho carriles a reventar de coches, autobuses y camiones, y me tocó espabilarme para no perderlos. Estaba decidido a que eso no me pasase, lo que suponía pegarme al parachoques, sin apenas distancia de seguridad e incluso así, en cuanto me separaba un par de metros alguien intentaba meterse en el hueco. Y todo ello a velocidades muy superiores a la que uno esperaría en una ciudad. No podía ni mirar los retrovisores, ya que apartar la mirada del coche de delante ni que fuese medio segundo podía significar un accidente. Y para terminar de rematarlo las calles estaban llenas de agujeros, lo que significaba que el ABS saltaba constantemente, haciendo las cosas más interesantes, y naturalmente, el ir tan pegado al coche de delante suponía no poder ver los socavones a tiempo, así que me los comía todos.

Después de una eternidad infernal, llegamos al apartamento, en el piso 14 de otro edificio de estilo ex-soviético, y me mandaron a la ducha antes de sentarme ante otra cena enorme a base de platos tradicionales del país.

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Luda hizo lo que pudo para traducir durante la cena y conseguí mantener una conversación con Sofía, mi anfitriona. Tras la cena, un amigo suyo me dijo que me guiaría hasta su parking, donde podía dejar la moto durante un par de días. Lo seguí esperando otro viaje de infarto, pero a esa hora las calles ya estaban vacías y fue más fácil. Dejamos la moto y me llevó de vuelta al apartamento. Sentado en el asiento del coche, casi me dormí después del subidón de adrenalina de la tarde.