Las playas del día D – Parte 3: El puerto Mulberry

Día 5 – Sábado 29 de agosto – De Arromanches a Caen (60km)

Me levanté con la salida del sol, me hice algo de desayuno mientras esperaba que la condensación de la noche se secara de la tienda antes de plegarla y subí al cine a tiempo para el pase de las 10 de la mañana.

La mayoría de museos tienen las exposiciones y la información en francés, inglés y alemán, lo que puede ser un problema para quien no hable o al menos entienda uno de los tres idiomas. Hay mucho que ver y aprender, y es una pena perderse parte por la barrera idiomática. Por eso la visita al cine de 360º en Arromanches vale mucho la pena. Como el nombre indica, es una sala circular sin asientos (hay que estar de pie para poder ir girando y ver todas las pantallas) y la película se proyecta en una serie de pantallas alrededor del espectador. Es una experiencia 100% visual, con la recopilación más extensa de imágenes de la época que he visto y muy buenas explicaciones gráficas del desembarco. Como no hay grabación de voz, es una visita perfecta para quien no hable los tres idiomas mencionados.

Tras la proyección bajé otra vez a Arromanches para ver el museo del pueblo, que se centra en el puerto Mulberry. Ya lo había mencionado hace dos posts, pero como descubrí mucho sobre el tema con la visita a este museo, había decidido guardar la explicación completa para este post.

Los Nazis habían invadido toda Europa, y en occidente lo que no era neutral estaba de su bando, o sin conexión por tierra con el continente, lo que significaba que arrebatarla de sus manos implicaría desplazar tropas por mar. Hacía falta un puerto para descargar los enormes números de tropas que una operación así requeriría, pero los Nazis no eran tontos y sabiendo esto, habían construido lo que se conoce como el Muro Atlántico, una línea de fortificaciones desde el sur de Francia hasta el norte de Noruega que inicialmente se centraba en la defensa de los puertos pero que en 1943 se expandió para cubrir toda la línea de costa. Los aliados necesitaban hacerse con el control de un puerto para invadir Francia, y con esa idea en mente se planificó un ataque para ver si era posible tomar y mantener un puerto por un período de tiempo corto. El puerto elegido fue Dieppe, y el ataque lo llevaron a cabo tropas principalmente canadienses en agosto de 1943. Fue un desastre absoluto: las tropas aliadas no consiguieron hacerse con el puerto y se perdieron más de la mitad de los hombres entre bajas y prisioneros de guerra. Esto hizo ver a los aliados que no iba a ser posible tomar Le Havre o Cherbourg y se inició la planificación de la operación Neptuno, el desembarco del día D. Si no se podía tomar un puerto, la guerra iba a empezar por las playas.

Pero ¿cuál era el siguiente paso una vez se hubiese penetrado el Muro Atlántico? Un ejército de semejante tamaño necesitaba muchos suministros: comida, municiones, material médico, combustible, vehículos, armas, y un larguísimo etcétera. Para la primera ola de la invasión, esto significaba entre 8.000 y 12.000 toneladas al día, más tarde esos números aumentarían entre 1.000 y 2.000 toneladas adicionales cada día. La única forma de transportar todo eso a Francia era construir un puerto, pero eso requería demasiado tiempo. Como ejemplo, el puerto de Douvres, con una superficies de 310 ha, podía descargar 6.000 toneladas y 1.250 vehículos en un día, una capacidad similar a la necesitada, pero ¡se tardaron siete años en construirlo! Dado que el tiempo era vital, en vez de construir un puerto, los aliados construyeron no uno, sino dos en Gran Bretaña y los transportaron a través del canal de la Mancha. Dos puertos enteros. Hechos de hormigón. Jamás se había hecho algo así y no se ha vuelto a repetir tal proeza desde entonces.

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Los puertos contaban con cuatro elementos principales:

Uno: Un primer rompeolas flotante, hecho de piezas llamadas Bombardas, era la primera línea de protección contra el oleaje. Consistía en unas estructuras flotantes de sección en forma de cruz, cada una de 60 metros de largo y 8 de alto, ancladas al fondo marino a una profundidad de 20 metros y unidas unas a otras a intervalos de 15 metros.

Dos: Tras esta primera línea y más cerca de la costa, unos rompeolas llamados Gooseberries, para proteger la zona de desembarco de las olas, construidos usando barcos viejos que llegaban a su destino por su propio impulso o remolcados y eran hundidos para formar una estructura en combinación con bloques de hormigón.

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Estos se construyeron en las cinco playas del desembarco, no solo las que iban a tener puertos, para facilitar la llegada de los anfibios y las barcazas de fondo plano que llegaban directamente sobre la playa.

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La parte más importante de esta estructura eran los bloques de hormigón, llamados Phoenix, unos cajones reforzados enormes construidos por diferentes empresas en Gran Bretaña. Se hicieron 212 de tamaños distintos dependiendo del lugar donde se iban a hundir – los más grandes medían 60 metros de largo, 17 de ancho y 18 de alto, con un peso de 6.044 toneladas. Se tuvieron que excavar dársenas especiales en el río Támesis para terminarlos, ya que todos los astilleros del país ya estaban al límite de sus capacidades construyendo las lanchas de desembarco.

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Una vez construidos, estas gigantescas estructuras fueron agrupadas en puertos al sur de Inglaterra y se hundieron para ocultarlas a los alemanes. Cuando llegó el momento, se reflotaron y se remolcaron a través del canal de la Mancha usando dos potentes remolcadores para cada una a una velocidad de tan solo 4 nudos. Como estaban vacíos, divididos en compartimentos, se aprovecharon también para llevar suministros durante la travesía, y muchos de ellos tenían una torre con un cañón antiaéreo Bofors para protegerse mientras navegaban y como defensa permanente del puerto una vez colocados en su sitio. Al llegar a su destino final, la tripulación, que había viajado dentro, abría una serie de válvulas y los inundaba, haciéndolos reposar sobre el fondo uno a uno y formando así un puerto.

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Tres: Unos muelles flotantes llamados muelles Loebnitz, que eran pontones de acero y hormigón con cuatro pilares cuadrados en las esquinas. Un vez en posición, los pilares de acero de 30 metros de altura y 40 toneladas de peso se soltaban, anclándose en el fondo por su propio peso.

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Un sistema de poleas garantizaba un movimiento vertical suave del muelle con las mareas, con lo cual los barcos ya no dependían de la marea alta y podían atracar a todas horas. Cada pontón tenía 18 salas en su interior para almacenaje y como camarotes para la tripulación. Para aumentar la capacidad del puerto, se colocaban pontones de cemento flotantes entre los muelles Loebnitz.

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Cuatro: Los malecones que conectaban los muelles a la playa, formados por unidades de 24 metros de largo llamadas Whales que estaban unidas entre sí para formar una carretera flotante que terminaba en la parte de la playa que la marea no cubría. Estas secciones iban montadas en flotadores que tenían que ser de acero, pero debido a la escasez del material muchos de ellos eran de hormigón. La carretera estaba diseñada para flotar con la marea, los segmentos más próximos a la playa reposaban sobre la arena durante la marea baja, y además eran torsionales, de modo que tenían un movimiento controlado con las corrientes de la marea pero no se rompían.

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Se construyeron dos puertos, uno en Gold y otro en Omaha, y tan solo tres días después del desembarco ya estaban parcialmente operativos. El de Omaha fue destruido por una de las tormentas más intensas que la cosa normanda había visto en décadas, dejando solo el Mulberry B en Gold operativo.

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Había sido diseñado para funcionar 80 días durante el verano, pero en 10 meses dos millones y medio de hombres, medio millón de vehículos y 4 millones de toneladas de suministros llegaron a Francia gracias al puerto. Se considera uno de los más importantes hitos de la ingeniería militar.

La toma de puertos importantes como Cherbourg, Brest, Amberes o Le Havre, juntamente con los desperfectos que el tráfico pesado causaron en las carreteras alrededor de Arromanches hicieron que para Navidad de 1944 comenzase el desmantelamiento del puerto, bautizado Port Winston en honor a Winston Churchill. Los restos de algunos de los cajones Phoenix aun pueden verse en Arromanches, el mejor sitio para contemplarlos es la colina al lado del pueblo, donde se encuentre el cine de 360º. Subí después de visitar el museo, desde allí se apreciaba bien el arco que había formado el rompeolas. En el parquing se podía ver un par de las whales. Parece que una vez se cerró el puerto estas whales se retiraron y se usaron para sustituir puentes destruidos por todas partes, algunas siguen ahí hoy.

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La marea estaba bajando, con lo que decidí volver a bajar a Arromanches para dar una vuelta por la playa y acercarme a las únicas estructuras accesibles con la marea baja: unos cuantos flotadores de hormigón de los que aguantaban las whales, que se habían almacenado en la playa como recambios.

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Ya era hora de comer, así subí una vez más al cine, comí algo allí ante las preciosas vistas al mar y me fui directo a Caen a pasar el resto de la tarde en el Museo Memorial.

Advertencia: si queréis visitar este museo, hacedlo con mucho tiempo. Con un precio de 19€ por una entrada normal (no hay descuentos para un varón blanco de treinta y tantos años, con trabajo y pleno uso de sus facultades psicomotrices…) puede parecer caro, pero es un museo enorme. Comienza con una visión general de Europa antes de la 1ª Guerra Mundial, los sucesos que la desencadenaron, cómo cambió en mapa de Europa y como fue decisiva para el inicio de la 2ª, hay una explicación completa de la 2ª Guerra Mundial y los detalles de la Operación Overlord, y toda una sección adicional dedicada a la Europa de postguerra y la guerra fría. Es muy extenso, exhaustivo y se tarda en visitar. Además hay un búnker donde el ejército alemán tenía instalado el puesto de mando de la región, y los jardines americano, británico y canadiense.

Más fotos aquí.

(Excepto las dos útimas, todas las fotografías de este post han sido tomadas del libro Arromaches, histoire d’un port de OREP Editions).

Las playas del día D – Parte 2: Bajo el sol

Día 4 – Viernes 28 de agosto – De Cherbourg-Octeville a Arromanches (165km)

El albergue en Cherbourg era fantástico. Para empezar, el edificio mismo ya era interesante, había pertenecido a la marina francesa, el personal era amable y atento, me dejaron aparcar la moto en la puerta mismo, el desayuno estaba incluido en el precio y me dieron una habitación compartida de cuatro camas para mí sólo, de modo que tuve espacio para colgar todo el equipo a secar (ocupaba toda la habitación). Tras un buen descanso y un mejor desayuno, estaba listo para ir a ver todo lo que me había saltado el día anterior.

Hacía muy buen día, cielo despejado, buena temperatura, ni una nube en el horizonte, ideal para ir en moto. El plan era ver las playas de nuevo y llegar a Caen a primera hora de la tarde para visitar el gran museo sobre la guerra allí, pero las cosas no iban a salir así. Para empezar, estaba más cansado de lo que creía y no escuché el despertador, así que la salida planeada para las 7 se convirtió en una salida a las 10. Además, con el buen tiempo que hacía, me iba a distraer por culpa de rincones interesantes todo el tiempo.

Me dirigí a Ravenoville, donde quería tirar a la izquierda, tomar la carretera que bordea el mar y hacer toda la playa de Utah hasta el memorial y el museo, pero justo pasado Fontenay-sur-Mer vi un cartel que indicaba ‘Crisbecq Battery’, así que me desvié a ver qué era.

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Era una de las muchas baterías que formaban el Muro Atlántico, con tres cañones, dos de ellos en casamatas, con un alcance de unos 30 km, que cubrían la playa entre la Pointe du Hoc y Saint-Vaast-la-Hougue. Una de las casamatas estaba parcialmente destruida, pero la otra, así como una red de trincheras, se habían preservado y eran ahora parte de un museo. Esta posición disparaba sobre la playa de Utah durante el desembarco, y no fue tomada hasta al cabo de 8 días.

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En lugar de volver a la carretera principal, seguí por el mismo camino y me llevó directo a la playa, donde encontré la que lleva directamente al museo, 12 km de carretera preciosa al borde del mar.

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Por esa ruta encontré otras ‘distracciones’: primero, el predecesor del Muro Atlántico, un fuerte del siglo XVII construido como parte de una línea de defensa de 25 kilómetros contra los ataques ingleses a la costa que contaba con 15 fuertes.

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Luego, más restos del Muro Atlántico, varios búnkeres en diferentes estados de conservación a lo largo de la playa, y finalmente un memorial con un tanque Sherman, pero este era especial.

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La 4ª División de Infantería de los EUA desembarcaron aquí, a 2.5 km al sur del punto planeado, un error de navegación que salvó muchas vidas. Las fortificaciones en este punto habían sido destruidas con eficacia por los bombardeos de la RAF, dejando esta zona fuera del alcance de las baterías de Crisbecq y Azeville. La playa fue tomada en una hora y los ingenieros establecieron vías para desembarcar más tropas. Entre ellas, la 2ª División Blindada del General Leclerc. Pertenecía al ejército de la Francia Libre y había estado combatiendo con éxito contra las fuerzas del eje en Libia, y tras volver al Reino Unido, se incorporaron al ejército de los EUA y fueron enviados a la playa de Utah, lo que los convirtió en las primeras tropas francesas en el avance hacia el interior para reconquistar su territorio. Más adelante liberarían Paris.

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Durante todas estas visitas, un cierto sentimiento de vergüenza había estado dando vueltas por mi interior. Durante la 2ª Guerra Mundial soldados del Reino Unido, los EUA, Canadá, Francia, Polonia, Australia, Bélgica, Nueva Zelanda, Holanda, Noruega, Checoslovaquia y Grecia habían luchado aquí para darle la vuelta a la guerra, y ¿qué estaba haciendo el ejército de mi país? Apoyando una dictadura fascista amiga de los Nazis y que iba a durar 40 años. No solo eso, eran tan viles, cobardes y oportunistas que en el momento en que las cosas empezaron a torcerse, a Franco le faltó tiempo para empezar a llevarse bien con los Americanos. Al menos aquí encontré cierto consuelo al descubrir que entre 300 y 350 soldados republicanos españoles habían formado parte de la 2ª División de Leclerc.

El Musée du Débarquement en la playa de Utah se encuentra junto a una fortificación alemana que una vez conquistada se usó como cuartel general de la 1ª Brigada Especial de Ingenieros, desde donde se dirigían todas las operaciones de desembarco. Gracias a su trabajo, todas las tropas, armas, vehículos, municiones, combustible y una larga lista de suministros necesarios para conquistar Europa llegaron a estas playas. El museo da una muy buena explicación del desembarco del día D y tiene una colección de vehículos muy interesante, entre ellos un anfibio, una lancha de desembarco y un bombardero B26.

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Después de visitar el museo me dirigí a Sainte-Mère-Église para ver el Airborne Museum, con una parada en Sainte-Marie-du-Mont de camino. Los alrededores de este pueblo fueron escenario del célebre asalto a Brécourt Manor el día D. Una estatua de Richard Winters, comandante de la Easy Company, está situada en la plaza. Fui hacia el museo para descubrir más sobre él y sus hombres.

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Sainte-Mère-Église tiene el honor de ser el primer pueblo de Francia liberado el día D. Aquí es donde todo empezó. El museo está en el centro, frente a la iglesia, y lo primero que destaca al llegar es que hay un paracaidista colgando del campanario. Es un memorial a John Steele, un miembro de la 82ª División cuyo paracaídas se enredó en una de las puntas de la iglesia. Estaba herido y no pudo librarse del lugar donde se encontraba, colgando en la fachada de la torre, testigo del combate por debajo suyo. Se hizo el muerto durante dos horas, hasta que finalmente los alemanes lo descolgaron y lo hicieron prisionero. Más tarde consiguió escapar y reunirse con su división para seguir luchando.

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La mayoría de la gente se refiere al desembarco del día D como la Operación Overlord, si bien eso no es técnicamente correcto. Ese nombre se refiere a toda la operación para invadir Normandía, que era mucho mayor que el desembarco del 6 de junio. El nombre del desembarco propiamente dicho era Operación Neptuno, y la 82ª y 101ª Divisiones Aerotransportadas representaron la primera maniobra de dicha operación. Estos hombres fueron lanzados en paracaídas por detrás de las líneas enemigas que defendían las playas, y su misión era asegurar las vías de salida de las playas para las tropas que desembarcaban, bloquear el avance hacia las playas de un posible contraataque alemán y establecer puentes sobre el río Douve para que las tropas americanas que llegaban a las playas de Utah y Omaha pudieran reunirse.

Los saltos quedaron esparcidos en una zona muy amplia debido a una serie de factores que afectaron la navegación de los C-47 que llevaban las tropas, y muchos de los soldados se encontraron solos o separados de sus unidades. Anticipando esta maniobra, los alemanes habían inundado grandes zonas detrás de la playa de Utah, dejando solo cinco corredores de acceso a la playa. Cargados con entre 40 y 50 kilos de equipo y enredados en su propio paracaídas, algunos soldados murieron ahogados.

Todo esto significa que tardaron tres días en establecer accesos seguros a las playas, pero consiguieron repeler contraataques alemanes y tomar sus posiciones fortificadas. Su misión ayudó a las tropas de la playa de Utah a romper por primera vez el Muro Atlántico.

Entre aquellos hombre se hallaba la Compañía Easy , liderada por el Capitán Richard Winters después de que su comandante hubiera perdido la vida en un C-47 antes de ni tan solo poder saltar. Cuando encontró a sus hombres y lograron reunirse con el resto de tropas, se les ordenó que se ocupasen de unos cañones alemanes en una zona cercana, Brécour Manor. Sin más información , él y sus hombres se desplazaron hasta allí y encontraron una posición artillada alemana con cuatro cañones de 105mm disparando sobre las tropas aliadas que intentaban salir de la playa Utah. A pesar de estar en inferioridad numérica consiguieron tomar la posición y destruir los cuatro cañones, salvando cientos de vidas y convirtiéndose así en un ejemplo de manual de asalto a una posición artillada que aún se estudia hoy en día en las principales academias militares.

Ya era media tarde y aún estaba en la zona de la playa de Utah… De ningún modo iba a llegar a Caen, así que decidí terminar el día en Arromanches con una visita al cine de 360º y luego acampar por la zona; hacía buen tiempo y había visto varios campings de camino al oeste el día anterior.

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Llegué al cine a las 6:45 de la tarde, y la última proyección era a las 6:40. Derrotado, bajé al pueblo y encontré el camping municipal justo al lado del centro. Era barato, agradable y tranquilo, así que acampé allí. Aún me quedaba un rato antes de la puesta de sol, así que volví a subir al cine y me senté en un banco solitario que daba al pueblo a ver el sol ponerse tras los restos del puerto.

Más fotos aquí.

Las playas del día D – Parte 1: Bajo la lluvia

Día 3 – Jueves 27 de agosto – De Caen a Cherbourg-Octeville (206km)

El zombie ya estaba en la cama cuando entré en la habitación a las 10 de la noche después de cenar y a las 7 de la mañana del día siguiente continuaba durmiendo y fuera continuaba lloviendo. Para cuando volví del desayuno se había esfumado, pero lo mismo no podía decirse de la lluvia, por desgracia.

Si no paraba pronto visitar las playas del día D iba a ser duro… Pero en esta zona hay dos tipos de tiempo: lluvioso o muy lluvioso, así que decidí ponerme en camino de todos modos.

Saliendo de Caen por la D514 el tiempo solo estaba lluvioso, y al cabo de pocos minutos llegué a la primera parada del día: la playa Sword. Esta era la playa más oriental de las cinco donde desembarcaron los aliados, las más cercana a Caen.

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Fue una visita un poco decepcionante. No queda casi rastro del desembarco aquí, la mayoría de edificios y búnkeres fueron destruidos en bombardeos y han desaparecido del todo hoy. Aparqué frente al museo del desembarco de la playa Sword, pero no abrían hasta al cabo de 40 minutos. El tiempo había evolucionado a muy lluvioso, y no quería esperarme de pie ahí fuera, así que seguí avanzando por la playa y parando cada vez que encontraba algo digno de visita: primero un memorial en una pequeña elevación desde donde pude contemplar la extensión de la playa. Era larga y ancha, al contrario que las playas rodeadas de acantilados que suelen aparecer en las películas.

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El desembarco aquí tuvo éxito y se saldó con relativamente pocas víctimas, con el avance aliado encontrando resistencia solo cuando empezaron a avanzar hacia el interior. También encontré un tanque británico Mk VII Cavalier al lado de la carretera y algo más adelante una pieza de artillería que curiosamente apuntaba hacia el interior, no al mar.

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Era un cañón anti tanque situado así para protegerlo de ataques desde el mar, y podía girar más de 180º para cubrir la playa en ambas direcciones.

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La siguiente parada era en Courseulles-sur-Mer, en la playa Juno. Esta playa estaba asignada a los canadienses y a los británicos, por lo que hay un museo canadiense del desembarco. Podéis pensar que visitar museos es un buen plan si está lloviendo, y tenéis razón si vas en coche. En la moto, mantenerse seco es un proceso que implica varias capas que se tarda en ponerse o quitarse. Dejarlas puestas implica ir chorreando por todo el museo y además morirse de calor en todo el equipo que lo mantiene a uno calentito en la carretera, quitárselo implica hacer un striptease en el aparcamiento o molestarse en encontrar un rincón donde poder hacerlo con algo de privacidad, y encima es laborioso. Pase una vez, a la hora de comer por ejemplo, pero no cuando hay algo que visitar cada 10 minutos, y ya que estamos secos dentro de tanta capa, se puede aprovechar y visitar cosas en el exterior. Total, que con ese razonamiento y el tiempo en modo lluvia intensa, visité la playa y los restos de unos búnkeres cerca del museo hasta con el casco puesto. No había nadie más por suerte, porque parecía una especie astronauta raro explorando un planeta Marte lluvioso.

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Tenía ganas de ver el siguiente pueblo: Arromanches. Estaba en la playa Gold Beach, donde tuvo lugar uno de los logros más sorprendentes de la ingeniería militar de todos los tiempos: el puerto Mulberry.

El pueblo está al borde de la playa entre dos acantilados, y sobre él se encuentra el cine de 360º de Arromanches. Desde el aparcamiento de éste se tiene un punto de vista perfecto para apreciar lo que queda de las estructuras que formaron el puerto. La marea estaba alta, así que no vi mucho. Algunos de los enormes rompeolas de cemento que se colocaron en un semicírculo para proteger el puerto de las olas seguían en su sitio, así como unas pocas estructuras cerca de la playa, pero eso era todo.

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De ahí fui hacia el interior para visitar Bayeux, la primera ciudad que fue tomada al día siguiente del desembarco, y que acoge el más grande de los 16 cementerios de la Commonwealth en Normandía. Estaba diluviando y el cementerio estaba lejos del aparcamiento, así que tampoco lo visité. Después de eso el tiempo pareció darme un respiro para la visita más imponente del día: la playa de Omaha.

En este punto la carretera no discurre pegada a la playa, ya que estamos en la zona donde se encuentran los famosos acantilados que han aparecido en tantas películas, pero hay muchos indicadores que apuntan hacia diferentes caminos que llevan hasta ella. Me metí por el primero que encontré en Colleville-sur-Mer y bajé hasta el tramo de playa donde la 1ª División de Infantería, la Big Red One, había desembarcado.

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Omaha fue asignada a los americanos, y sabían que iba a ser la más dura de tomar de entre las cinco playas. Estaba bien defendida, rodeada de acantilados y al oeste se encontraban las fortificaciones de Pointe du Hoc, que podían tirar sobre la playa. Estos hombres, juntamente con la 29ª División de Infantería en el tramo occidental de la playa, constituyeron la primera ola del ataque en Omaha.

Tras una travesía con un fuerte oleaje que inundó las barcazas y hundió 10 de ellas, alcanzaron la playa y la encontraron mejor defendida de lo esperado. Fuego de pistolas, ametralladoras, morteros y artillera llovía sobre ellos desde las posiciones altas dominadas por los alemanes. Muchos de ellos ni siquiera desembarcaron en la playa, las barcazas vararon en bancos de arena y tuvieron que cruzar casi 200 metros de agua y arena, cargados con armas y equipamiento. Los que desembarcaron a ambos extremos de la playa se llevaron la peor parte, al quedar más cerca de las defensas en los acantilados. Los bombardeos de los aliados en las horas previas a la operación habían caído demasiado al interior, dejando la mayoría de defensas alemanas intactas.

Justo detrás del primer ataque llegaban los cuerpos de ingenieros cuyo trabajo era despejar vías de paso entre los obstáculos para que pudieran desembarcar más tropas de infantería y artillería, pero debido al caos y el mal tiempo, la mayoría de ellos no terminaron en los lugares designados y tuvieron que hacer su trabajo sin prácticamente ninguna protección.

En total, hubo más de 3,000 bajas aliadas aquel día.

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Hay un memorial a la 1ª División de Infantería aquí, en el emplazamiento de la fortificación alemana WN62, la más importante de las 15 que defendían la playa de Omaha. Solo queda parte de ella hoy en día, pero viendo el tamaño de sitio y el armamento que tenía, uno no puede más que admirar profundamente la valentía de los hombres que conquistaron esta posición.

En lo alto de los acantilados que dan a la playa y que tanto costó tomar, se encuentre el Cementerio Estadounidense de Normandía. Hilera tras hilera de cruces blancas marcan las tumbas de 9,387 hombres que perdieron sus vidas aquí.

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La lluvia por fin paró del todo cuando estaba en el memorial de la playa de Omaha en Saint-Laurent-sur-Mer, lo que me dio tiempo para visitar el monumento y pasear por la playa. En este punto es muy ancha con la marea baja y no hay acantilados, pero sí que hay colinas y solo una vía de salida, a través de un valle que se estrecha a medida que avanza hacia el interior.

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Además, los que desembarcaron aquí estaban expuestos al fuego de artillería del siguiente lugar que iba a visitar, escenario de una de las batallas más sangrientas del día: La Pointe du Hoc.

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La Pointe du Hoc es un saliente entre la playa de Omaha, al este, y la de Utah, al oeste. Con unos acantilados de 30 metros, es el punto más alto entre ambas playas, y estando situada en tan crítica posición, los alemanes lo habían fortificado como parte del Muro Atlántico. Era una seria amenaza para la operación de los aliados, de modo que se diseño un plan especial para tomarla. Tres compañías de Rangers iban a desembarcar al pie de los acantilados antes del desembarco principal e iban a usar cuerdas y escaleras para escalar hasta la posición alemana y obtener el control de la misma.

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Al igual que otros desembarcos ese día, el mal tiempo diezmó las 12 lanchas y los cuatro camiones anfibios que formaban parte de la operación: dos lanchas y dos camiones se hundieron. Las tropas tenían lanzagranadas modificados para lanzar ganchos a la pared del acantilado y fijar cuerdas, pero éstas se habían empapado durante la travesía y pesaban demasiado para alcanzar la pared. Además, las escaleras de 30 metros que llevaban resultaron ser demasiado cortas.

El plan era que los Rangers mandaran una señal al llegar a las posiciones alemanas. Si la señal no se producía, las ocho compañías de Rangers que les tenían que servir de refuerzo virarían hacia la playa para ayudar con el desembarco allí. Al tardar tanto en escalar el acantilado, para cuando se mandó la señal el resto de los Rangers ya estaban en la playa, pensando que habían fracasado, lo que significa que se quedaron solos para conquistar la posición y despejar el terreno hacia el interior.

Cuando alcanzaron las fortificaciones vieron que los cañones habían sido retirados para protegerlos de los bombardeos aliados, resultó que el fuego de artillería que caía sobre la playa provenía de las baterías de Maisy, más al oeste. Dos patrullas encontraron los cañones unos kilómetros al interior, camuflados entre la maleza y preparados para abrir fuego sobre la playa, y los destruyeron de inmediato. Pero a pesar de haber tomado las fortificaciones, lo peor estaba por llegar.

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De los más de 225 hombres que lanzaron el ataque, solo quedaban 90 que fuesen capaces de combatir. Sin refuerzos ni comunicación por radio, tuvieron que repeler contraataques alemanes constantes que intentaban recuperar tan preciada posición. No fueron relevados hasta el cabo de dos días, cuando los tanques y la infantería por fin consiguieron llegar desde la playa.

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Aunque parcialmente destruidas, la mayoría de esas fortificaciones siguen hoy en la Pointe du Hoc. Es un laberinto de búnkeres, casamatas, trincheras y posiciones de artillería. Originalmente tenía seis cañones franceses de 155 mm de la 1ª Guerra Mundial, pero al darse cuenta de la importancia de la posición en caso de un ataque por mar, los alemanes habían empezado la construcción de seis casamatas. Usaron mano de obra forzada francesa, que trabajaban tan lento como podían para intentar sabotear la construcción, y el día del desembarco dos de ellas aún no estaban terminadas. Eso, junto con el hecho que de que se hubieran retirado los cañones hacia el interior para protegerlos de los bombardeos, evitó que el desembarco en Omaha y Utah fuese aún más mortífero.

Sin lluvia ya pero con el cielo todavía plomizo, llegué a la última de las cinco playas: Utah. Aquí hay un memorial, un museo, un tanque Sherman y una réplica de una de las lanchas de desembarco usadas el día D.

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Era tarde, tenía los guantes y las botas completamente empapados después de casi 9 horas bajo la lluvia, y aún me quedaba un rato de camino hasta Cherbourg, así que no visité gran cosa aquí ya. La previsión para el día siguiente era buena, así que decidí que desandaría el camino hasta Caen siguiendo la misma ruta y visitaría todo lo que hoy no había podido.

Más fotos aquí.

Le Mont de Huisines-sur-Mer

Día 2 – Miércoles 26 de agosto – De Saintes a Caen (562km)

Al igual que en la exitosa comedia francesa Bienvenidos al Norte, el viejo tópico sobre la lluvia y el norte se reveló acertado una vez más.

De camino a Cherbourg y el Cap de la Hague quería parar en el Mont Saint-Michel. Esperaba encontrarlo abarrotado de turistas en esta época del año y tampoco iba sobrado de tiempo, pero daba igual, ya lo había visitado cuando estuve en la Bretaña hacía años y solo quería pasar y ver su silueta hoy. A medida que me acercaba a la zona bajo el sol vi que el cielo estaba nublado por delante de mí, como si la línea de nubes marcara la frontera de Normadía. Pensé en parar y ponerme las capas impermeables, pero me dije que no tenía tan mala pinta y que seguramente podía llegar al Mont Saint-Michel antes de que empezara a llover, ya que quería parar a comer allí. A unos poco kilómetros del pueblo de La Grève empezaron a caer unas pocas gotas y paré en un área de picnic a ponerme las capas extra. Me tiré diez minutos peleándome con clips, cremalleras y un viento del demonio, y para cuando había terminado ya no llovía. Bueno, al menos ahora no pasaría frío, el viento era gélido, pero sigo pensando que este tipo de traje requiere mucha previsión. Hubiese quedado completamente empapado si la lluvia hubiese sido fuerte y hubiese llegado de golpe. Aprovechando que ya estaba allí y no llovía, comí algo antes de seguir.

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El Mont Saint-Michel estaba tal y como lo recordaba, pero con muchos más turistas, lo que significaba que se habían construido más párquings más cerca del pueblo, y ya no era posible acercarse con la moto. Naturalmente, eran todos de pago, así que simplemente seguí un poco más lejos por la carretera para verlo y poder hacer alguna foto, con la lluvia ya haciendo acto de presencia de forma más notoria.

La cosa empeoraba y volví a la moto con la intención de ir rápido a Cherbourg, pero me distrajo un cartel al lado de la carretera que indicaba hacia un cementerio militar alemán.

No tenía ni idea que el bando perdedor tenía algo así en Francia, y mucho menos allí, tan cerca de las costas donde tuvo lugar el día D, así que la curiosidad me pudo.

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Resultó que no era un cementerio, sino un mausoleo, y muy grande. Se llama Le Mont de Huisines-sur-mer, y es un edificio circular de caso 50 metros de diámetro con 34 criptas en dos niveles que dan a un patio central. Aquí se encuentran los restos de 11,956 soldados alemanes.

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La invasión aliada y las batallas que la siguieron dejaron grandes pérdidas en el ejército alemán en esta región, y en 1954, solamente 10 años tras el desembarco, franceses y alemanes firmaron un acuerdo para cuidarse de los distintos cementerios en la región. Este mausoleo fue construido por la Volksbund Deutsche Kriegsgräberfürsorge (la Asociación Popular Alemana para el Mantenimiento de las Tumbas Militares) con fondos del gobierno alemán. En 1961 se comenzó el traslado de los cuerpos enterrados en los cementerios de Morbihan, Ille-et-Vilaine, Mayenne, Sarthe, Loire-et-cher, Indre-et-Loire, Viene e Indre, y el mausoleo abrió en septiembre de 1963.

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La lluvia arreció mientras cruzaba las puertas que deban al patio circular. El circulo que forma la cripta está por debajo del nivel del terreno, pero mientras que el mausoleo no es visible desde lejos, la cruz que se yergue en el centro se puede ver desde el Mont Saint-Michel. Es difícil describir lo que sentía andando de una cripta a otra, completamente solo, el eco de mis pasos y el golpeteo de la lluvia sobre el suelo los únicos sonidos que llenaban el vacío del vasto lugar.

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La historia la escriben los vencedores, generalmente en blanco y negro, y la industria del entretenimiento se encarga de hacerla aún más blanca y negra. Es fácil percibir el mundo con fronteras claramente delimitadas entre el bien y el mal, y en caso de la 2ª Guerra Mundial el bando vencido era tan claramente malo que es difícil pensar de forma distinta. Pero ¿quién eran realmente estas personas cuyos centenares de nombres cubrían las paredes? La mayoría habían nacido a principios de los años 20, eran muchachos jóvenes, no oficiales, que perdieron sus vidas luchando por un país, como cualquier otro soldado. Simplemente habían nacido en el país con los líderes equivocados. No voy a entrar en el tema de cuánto sabían los soldados fuera de las SS o la población en general sobre las atrocidades que se estaban cometiendo no soy un experto en la materia, de modo que mejor dejo el debate a los que estén mejor informados que yo, pero visitando esas tumbas me horrorizó lo aleatorio que es. Uno nace en un país. Eso define tu nacionalidad, tu lengua, tu modo de pensar y, si ese país entra en guerra, por qué bando vas a luchar y perder la vida. Lógicamente hay gente que va más allá, que se hacen preguntas a ellos mismos y a los demás, que ven el mundo con distintos ojos y cuestionan las cosas, pero la mayoría de gente son seguidores. Esta gente hizo lo que la mayoría haría si su país entrara en guerra. Y probablemente no tenían una idea muy clara de lo que estaba pasando. Y murieron. Tuvieron la mala suerte de nacer en el momento equivocado en el lugar equivocado.

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Al final de la visita el día estaba tan oscuro como mi pensamiento. La lluvia no amainaba, al contrario, iba a peor, y el traje empezaba a empaparse, no tardaría mucho en dejar entrar el agua. Empezaba a ver claro que no iba a llegar a Cherbourg (unos 150 km más) así que me dirigí a Caen en busca del albergue allí. Cuando paré a repostar pensé que sería un buen momento para reprogramar la ruta en el GPS, pero aquí la lluvia cae de lado, así que incluso bajo la marquesina de la gasolinera notaba la lluvia golpeándome el casco. Volví a subirme a la moto, usé el viejo método de leer las indicaciones y llegué al albergue.

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El lado bueno es que el albergue solo costaba 13€. El negativo es que era por una habitación compartida, y cuando entré me encontré con el habitual zombie que uno encuentra de vez en cuando en estos sitios, un tío durmiendo en la litera a las 4 de la tarde. Seguía durmiendo para cuando yo había descargado la moto, usado la ducha, calculado los gastos del día, planificado la ruta para el siguiente y escrito esto. No fue hasta la hora de cenar que vi su litera vacía. Parecía que íbamos a ser solo los dos en la habitación… Rogué que no roncara.

Más fotos aqui.

Cruzamos los Pirineos tras los pasos de una antigua línea de tren

Día 1 – Martes 25 de agosto – De Barcelona a Saintes (782km)

Las 8:30 de la mañana no era la mejor hora para ponerse en camino, especialmente si quería llegar tan lejos como fuese posible el primer día, pero quería dejar a Nat en el trabajo y despedirme antes de iniciar la ruta, y su oficina viene de camino saliendo de Barcelona. Para ahorrarme los prohibitivos peajes de la costa, había planeado la ruta al oeste hacia Lleida y luego Huesca. La única ventaja de este camino hasta ahí es que es gratuito. Aparte de eso, me esperaban casi 300 km de aburrimiento. Una vez pasado Huesca y de camino a Jaca lacosa ya es más interesante.

Quería cruzar los Pirineos por el Somport, uno de mis puertos favoritos. La carretera que baja por el lado francés es preciosa y el paisaje imponente. No solo eso, también podemos encontrar la estación abandonada de Canfranc en el lado español y las vías de la línea francesa que conectaban con ella desde el otro lado del puerto, así como el fuerte de Portalet. En esta ocasión no tenía tiempo de parar a visitar todo esto, pero siempre me gusta darle un vistazo al pasar por aquí.

El día era precioso, pero a medida que iba ganando altura por la cara sur de los Pirineos la temperatura iba cayendo, y cuando llegué al puerto ya hacía bastante frío en movimiento. Era la hora de comer y me había imaginado que comería sentado en lo alto del puerto, contemplando las gigantescas montañas a mi alrededor, pero no había ningún sitio para sentarse aparte de un aparcamiento bastante gris, así que seguí en busca de un lugar decente para comer.

Por suerte, tras dejar atrás un par de áreas de picnic con demasiados coches aparcados, encontré una vacía en el lugar perfecto para un friki como yo a quien gusta explorar sitios abandonados. Pasado pueblecito de Urdos hay una de las viejas estaciones que alguien ha recuperado. No parecía un bar, albergue, oficina de turismo o cualquier otro de los usos que se les termina dando, sino una residencia privada. Qué raro. En cualquier caso, pasada la estación y junto a las vías había una zona de picnic muy agradable, con árboles y vistas a uno de los viejos viaductos. Hasta había un túnel del otro lado.

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Naturalmente, después de comer y viendo que el acceso al puente y al túnel no estaban de ningún modo cerrados, decidí explorar un poco. Los desvíos a la entrada de la estación estaban intactos, y a pesar de estar muy oxidados, con la suficiente fuerza se podían mover; casi me dejo la muñeca haciendo el tonto con uno.

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El puente también estaba completamente oxidado, pero los raíles descansaban en sólidas vigas de acero, así que mientras caminara por las vigas y no por las planchas que cubrían los huecos bajo los raíles no había problema para cruzar. Por debajo pasaba un río que nacía de las nieves más arriba, y delante, la oscura boca del túnel.

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Sobre la apertura una placa con la fecha de construcción, 1922, recordando al visitante aventurero que la línea funcionó durante solo 48 años. A pesar de haber estado mantenido desde 1970, el túnel aún se encontraba en buen estado, y se podía andar lejos por él. No se veía luz del otro lado, así que no sé si hay una sección hundida más adelante o si era uno de los túneles largos y tenía un curva en su interior. En cualquier caso eran ya las 2 de la tarde y aún me quedaban al menos 500 km, así que la expedición quedó pospuesta y volví a la moto.

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Un par de curvas más abajo tuve que frenar de golpe cuando me encontré con un coche prácticamente parado en la carretera, un Renault Clio con sirenas que iba a ritmo de peatón. Al principio pensé que era un transporte especial o quizá obras, pero resulta que era un grupo de visitantes que iban a pie hasta el Fort du Portalet. Parece que los trabajos de restauración ya han terminado y está abierto a visitas. Como solo es accesible por carretera y el punto donde está situado es el más estrecho de la garganta y no hay espacio para que pare ningún tipo de vehículo, un bus deja a la gente en la estación que acababa de dejar atrás (hay una parada de línea regular allí) y andan unos centenares de metros por la carretera mismo. El Clio está ahí para controlar el tráfico y evitar que atropellen a unos cuantos turistas. Me gustó ver que el viejo fuerte se puede visitar de nuevo, otra razón para volver por la zona.

Y desafortunadamente esa fue la parte más interesante del día. A partir de ahí intenté encontrar (sin demasiado éxito) la vía más rápida para conectar con Pau y una vez allí entré en la autopista. No es mi forma favorita de viajar, pero era un mal necesario para poder pasar de Burdeos a tiempo de encontrar dónde dormir.

Tenía una lista de albergues y decidí que lo más lejos que podía llegar razonablemente bien ese día era Saintes. No tenía ni idea de qué aspecto tenía la ciudad, y me gustó descubrir que en vez de una ciudad residencial rodeada de polígonos industriales me encontré con la clásica población rural francesa. El albergue estaba bastante cerca del centro pero en una zona tranquila, tenían un aparcamiento donde pude dejar la moto, el desayuno iba incluido en el precio y como estaba casi vacío me dieron una habitación para mi solito por el precio de una compartida. Maravilloso. A la cama temprano, que el plan era levantarse bien temprano para llegar al Cap de la Hague a primera hora de la tarde.

Más fotos aqui.

Normandía 2015

Intro

El viaje de vacaciones de este año me ha tenido alejado de la moto, a no ser que contemos un par de días con un scooter eléctrico chino. Fuimos dos semanas a Myanmar, mi primer viaje al sudeste asiático, mi primer viaje a Asia, de hecho, Kazajstán y Rusia no cuentan, pues no llegué a dejar lo que aún se considera Europa geográficamente hablando. Fue un viaje increíble, y espero encontrar el tiempo para escribir sobre ello.

De vuelta de ese viaje aún me quedaban unos días: gasté cinco de ellos yendo a visitar mi querida V-Strom y haciendo un poco de investigación para un futuro proyecto, lo que me dejaba 10 días antes de volver a la escuela. ¿Qué hacer con ellos? Saqué la lista de destinos pendientes: ¿Marruecos? Demasiado calor y me gustaría tener al menos 15 días. ¿Otra vez los Alpes? No me tentaba lo suficiente y quiero combinar ese con un poco de escalada en Dolomitas, tiene que coincidir con la vacaciones otra gente. ¿La Toscana? Interesante, pero Nat no me perdonaría que lo visitase sin ella. ¡Aha! Este año es el 70 aniversario del final de la 2ª Guerra Mundial, así que, ¿qué mejor destino que donde empezó el final? ¡Normandía!

El viaje ideal es visitar al mismo tiempo la Bretaña y Normandía, un recorrido ideal en moto, pero eso hubiese supuesto muchos más días y además ya he estado en la Bretaña, así que 10 días para ver Normandía eran ideales. Esta vez sin embargo hice muy poca planificación. Ya tengo todo lo que necesito para saltar en la moto en cualquier momento, así que compré una guía, un par de mapas y me eché a la carretera sin contactar con ningún couchsurfer, buscar campings ni reservar hoteles. ¡A la aventura!

El puente a ninguna parte

El pueblo de Riba-roja, en la provincia de Tarragona, se encuentra prácticamente en un callejón sin salida en lo que a comunicaciones por carretera se refiere.

La C12 es una carretera principal que siguiendo el Ebro deja atrás Ascó, con sus dos centrales nucleares, y llega a Flix, que hace una década hizo una triste aparición en los medios de comunicación cuando se descubrió que la planta química junto al río había estado contaminándolo con lodos altamente tóxicos, lo que dio pie a una operación de limpieza de la que aún hoy es visible el dique que se construyó para intentar contenerlos. Hacia el norte, la C12 lleva hasta la autopista y la autovía que conectan Barcelona y Madrid, la A2 y AP2. Hacia el noroeste, una carretera más pequeña sigue el río y las vías del tren Tarragona-Zaragoza hasta Riba-roja.

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El plan de emergencias nucleares de Tarragona, PENTA, preveía una ruta de evacuación hacia el norte en caso de que se produjera un incidente en las centrales de Ascó. Flix tiene la C12, pero el pueblo de Riba-roja no tiene nada más aparte de una estrecha carretera de montaña que serpentea hacia el oeste subiendo por la Serra de la Fatarella, por donde es complicado circular a más de 30 o 40 km/h, lo que implica que la única ruta de escape para los habitantes de Riba-roja es desandar el camino en dirección a las nucleares hasta Flix para poder tomar la C12.

Para resolver esta contradicción, en 1997 se construyó un nuevo puente. Con un coste de 800 millones de las antiguas pesetas, sus 350 metros de longitud salvan el Ebro y conducen hasta… nada. No se construyó absolutamente nada al otro lado del río, de modo que el único uso práctico del puente era que a partir de entonces los agricultores podían acceder fácilmente a sus huertos en la ribera norte sin tener que ir río abajo hasta el puente más cercano en Flix. Muy útil si uno vive en Riba-roja y tiene sus manzanos en la otra orilla, no tanto si lo que se quiere es salir pitando de la zona en caso de catástrofe nuclear en Ascó.

Yo había pasado por la zona varias veces, pero mi ruta siempre me llevaba hacia la carretera que sube a las montañas de Fatarella, y nunca había prestado atención a qué había al otro lado del puente, hasta que hace unos meses oí hablar de él en las noticias. Siento un tipo curioso, eché una ojeada a varios mapas y decidí que la próxima vez que estuviera por allí cruzaría el puente a ninguna parte e intentaría descubrir si de algún modo se podía conectar con Maials y de allí a Mequinenza sin tener que subir hasta Fraga. En los mapas parecía haber una serie de pistas y caminos al otro lado del río, del tipo que lleva a campos y huertos, así que imaginé que si encontraba la ruta adecuada, podría conseguirlo.

Unos meses más tarde estaba in situ, en la orilla norte del Ebro, contemplando el puente que acababa de cruzar y haciendo fotos para el blog. Desde debajo suyo se aprecia la magnitud de la obra y el desperdicio de dinero que había supuesto construirlo y no terminar la carretera al otro lado.

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Me sorprendió ver que al contrario de lo que había leído, la carretera no terminaba justo al final del puente, sino que seguía un medio kilómetro hasta encontrar una señal que advertía de que la carretera estaba sin pavimentar a partir de ese punto. Curiosamente, sí que lo estaba, simplemente era asfalto en muy estado, del tipo que se va desintegrando y convirtiéndose en gravilla, y un poco más adelante vi un indicador que confirmaba mis sospechas de que era posible conectar hasta Maials: un cartel que decía ‘Almatret’, que según los mapas es un pequeño pueblo en medio de la red de pistas que había visto.

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Sin embargo la cosa no iba a ser tan fácil, tras unos kilómetros de carretera estrecha y solitaria, el asfalto terminaba y desde aquel punto en adelante era sencillamente una pista en no demasiado buen estado, del tipo que un turismo ya no puede hacer. Avancé con cuidado, ya que iba solo con una moto pesada y sin cobertura de móvil por una pista que nadie parecía usar.

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El camino se fue empinando a medida que se alejaba del río y ascendía las colinas, y me empecé a preguntar cuánto faltaba para encontrar el pueblo o que el tema se tornase demasiado complicado y tuviera que dar la vuelta y regresar al puente. Por suerte la pista parecía haber llegado a una cota más alta y volvía a allanarse. Enfrente de mi vi una granja con un turismo aparcado en la entrada, lo que significaba que la pista a partir de allí tenía que ser más sencilla.

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Lo era. Unas curvas más adelante encontré una carretera bien asfaltada que empezaba a las afueras del pueblo que había estado buscando. En el centro pregunté a un abuelo sin camisa y una barriga imponente si era posible llegar a Mequinenza desde allí. Me alegré de escuchar que lo era y presté atención a las indicaciones, intentando recordar los detalles. Salí del pueblo por una buena carretera en dirección a Maials, que imaginé que era la carretera a la que tenía que llevar el puente algún día.

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Allí tenía que girar a la izquierda y encontrar una pista que llevase a un lugar llamado La Granja d’Escarp. En el GPS la pista que se supone que tenía que tomar era una de muchas entre Maials y donde yo quería ir, así que antes de llegar a Maials me la jugué y me metí en la primera pista que parecía en buen estado para atajar.

Mala idea. Me metí en un laberinto de pistas y caminos que no hacían más que empeorar hasta que se convertían en caminos que se perdían. Daba igual cuál tomara, ninguno parecía llevar a ninguna parte y mucho menos al pueblo que quería encontrar. No queriendo tener que desandar el camino hasta Almatret, tuve que meter la moto por algún paso complicado y seguí el mapa lo mejor que pude para llegar a la carretera principal justo pasado Maials.

Justo antes de llegar a esa carretera, encontré otra más pequeña y asfaltada y un poco más al oeste encontré un indicador a La Granja d’Escarp. Era la carretera que había estado buscando, debería haber ido hasta Maials en vez de meterme en las pistas.

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A pesar de estar asfaltada era poco más que una pista con algo de pavimento, pero era mucho mejor que los caminos por los que había llegado. Tras una suave y larga pendiente, llegué a La Granja d’Escarp, a orillas del Segre, que seguí hacia el sur hasta llegar al punto donde confluye con el Ebro y donde encontré Mequinenza.

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Había sido un recorrido emocionante, pero no podía imaginar que la ruta que había seguido por pistas forestales fuese de mucha ayuda en caso de un incidente nuclear, por mucho puente que hubiese. Afortunadamente, la razón por la que había oído hablar del puente en las noticias era que el proyecto para terminar la carretera se había reactivado y ya se habían hecho los estudios del terreno y ambientales necesarios para la aprobación del proyecto. Esperemos que Riba-roja no sea un callejón sin salida por mucho más tiempo.

Nieve y paella

Día 10 – Lunes 6 de abril – Sierra Nevada (82km) – [MAPA]

Sierra Nevada es la segunda cordillera más alta en Europa Occidental, solo superada en altura (por un amplio margen, todo sea dicho) por los Alpes. Es un hecho bastante curioso, especialmente si tenemos en cuenta su situación, al lado del mar, al sur de España, bastante cerca del norte de África. Deja a los Pirineos en tercer lugar por unos míseros 78 metros, los que el Mulhacen, de 3.482m, le saca al Aneto, de 3.404m, el pico más alto en la cordillera que separa España de Francia. Siendo montañero, este hecho siempre me ha parecido algo injusto, ya que era posible llegar casi hasta arriba del Mulhacen en coche hasta 1994, cuando se cerró la carretera para preservar el entorno, y aún hoy su ascensión no presenta ninguna dificultad, mientras que la del Aneto es larga y técnica y requiere experiencia y buena forma física.

Por otra parte, esto significaba que en esta ocasión en particular, de vacaciones como motero y no como montañero, la cordillera me brindaba la oportunidad de ir de las soleadas y cálidas terrazas de bar de Granada hasta el punto donde la carretera está cortada, bien por encima de la cota de nieve, en menos de una hora y disfrutar de una de las carreteras que los chicos de Top Gear  consideraron, junto a la Transfagarasan y el Stelvio, una de las mejores de Europa, a pesar de que termina abruptamente.

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La carretera principal lleva a las pistas de esquí de Sierra Nevada, que aún estaban abiertas en esa época del año, y justo antes de llegar al pueblo el mismo nombre a pie de las pistas, una pequeña carretera sale a la izquierda, al lado de un aparcamiento para uno de los remontes, y sube en una sucesión de curvas hasta una estación de montaña de la Guardia Civil, donde una barrera cierra el paso a todo vehículo no autorizado. A esa altura, incluso si la barrera hubiese estado levantada, era imposible ir más lejos con la moto, pues la carretera estaba completamente cubierta de nieve.

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Paramos allí y andamos un poco más arriba por la nieva para ver las vistas de las pistas a un lado y un paisaje imponente al otro, extendiéndose hasta donde abarcaba la vista.

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Después de hacer unas fotos volvimos a subir a la moto y bajamos hasta Granada de nuevo para encontrar el concesionario que trabajaba con la empresa de transporte de motos que iba a llevar la nuestra hasta Barcelona. Introduje la dirección en el GPS y una hora más tarde estábamos en la puerta, a una temperatura mucho superior a la de las montañas.

El sitio se llama JMoto, y es un concesionario Triumph. Javi, el propietario, era muy agradable, y nos dejó cambiarnos de ropa en la tienda, ya que el plan era mandar la ropa de moto, botas y cascos con la moto, llevarnos las maletas y volar a casa vestidos de civil. ¡Imaginad intentar embarcar vestido de motero y con un casco! Tuve que desmontar la visera de mi casco y llevármela en la maleta para poder meter los dos cascos en el baúl, pero al final entró todo ahí y en las maletas laterales. Firmamos los papeles, le dimos las llaves a Javi, las gracias por todo y nos despedimos de la moto. Ahora tocaba coger un autobús de vuelta al centro y encontrar un buen lugar para comer la paella que le había prometido a Nat.

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Lo bueno de Granada es que al contrario que Barcelona, es difícil equivocarse en lo que a comer se refiere. Un despiste en Barcelona puede significar que uno termina en una de las muchas trampas para turistas que sirven comida de pésima calidad a unos precios astronómicos, pero aquí todo era tan bueno y barato, que cualquier sitio parecía una apuesta segura. Encontramos un restaurante agradable con terraza al lado del río, desde donde teníamos una buena vista de la Alhambra mientras comíamos y pasamos allí la tarde.

Después de comer matamos el tiempo paseando por el barrio viejo una vez más y luego nos fuimos al centro a degustar una última cosa antes de ir al aeropuerto: el pastelito típico del lugar, que se llama Pionono.

Mientras lo disfrutábamos tuve tiempo de ponerme al día con el blog, pues había estado escribiendo muy poco los días anteriores, y también de investigar cómo llegar al aeropuerto. Los taxis iban a ser caros, y descubrimos que había un servicio de autocar con una parada bastante cerca de donde estábamos, así que decidido. Cogimos el autobús y en 40 minutos nos dejó en el aeropuerto.

El vuelo de vuelta a Barcelona fue rápido y sin incidentes, y lo único que me supo mas fue que para cuando despegamos y eran las 10 de la noche, así que me perdí un último vistazo a Granada desde el aire. Había pasado 10 días en la carretera esta vez, había descubierto sitios de los que sabía bien poco, y cada uno a su manera, me habían dejado todos grandes recuerdos.

Nos vemos en la carretera.

Resaca, teterías y tapas

Día 9 – Domingo 5 de abril – Granada (0km)

El plan para el domingo era levantarse temprano, coger la moto y subir a Sierra Nevada, disfrutar de las vistas de la cordillera donde se encuentra el pico más alto de la Península y luego bajar por el otro lado a la región de Almería, visitar aquello y volver a Granada por la tarde a través de alguna ruta de montaña, porque el lunes iba a dejar la moto en un concesionario desde donde ya había arreglado el transporte hasta Barcelona y aprovecharíamos ese día para visitar la ciudad a pie. El problema era que después de “la última birra” de la noche anterior, teníamos una resaca monumental y nos levantamos bastante tarde… No solo eso, sino que después de 9 días de carretera, también me apetecía un día tranquilo sin moto, así para regocijo de Nat, decidimos tomarnos las cosas con calma y pasear por la ciudad.

Mucha gente me había hablado de Granada y de cuánto les había gustado, y puedo decir que supero con creces mis expectativas. Esa una ciudad con mucha vida y mucho que ofrecer: hay una vida estudiantil y nocturna muy activa, tiene una historia rica, un importante patrimonio cultural y arquitectónico, una gastronomía y ambiente excelentes, teterías acogedoras, callejones y pasajes pintorescos en el casco antiguo, y en general un carácter relajado que invita al viajero a disfrutarla con calma.

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Pasamos el día paseando por las estrechas calles del barrio histórico, subimos al mirador de San Nicolás en lo alto del barrio de Albaicín donde pasamos un buen rato contemplando la inolvidable vista de la Alhambra, paramos aquí y allí a tomar una caña y una tapa, la tarde se convirtió en noche y el desfilar de tapas pasó sin interrupción a ser la cena.

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Nos retiramos al hotel relativamente temprano, al menos comparado con la noche anterior, ya que habíamos decidido levantarnos temprano al día siguiente para hacer la visita a Sierra Nevada antes de dejar la moto en el concesionario.

Corrupción en Marbella

Día 8 – Sábado 4 de abril – De Ronda a Granada (276km) – [MAPA]

Otro madrugón, otro desayuno en toda regla, y como no me iban a dejar subir a la moto hasta haber desayunado, estaba resuelto a hacerlo como Dios manda. Nos sentamos en una terraza en una de las calles peatonales del centro de Ronda y pedí un desayuno completo que incluía dos rebanadas del pan artesanal típico de la zona, una con lechuga y tomate, la otra con bacon y un huevo frito, café y zumo de naranja recién exprimido.

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Con el estómago lleno fuimos a visitar lo que ya habíamos visto la noche anterior, pero esta vez a plena luz del día para poder apreciar la profundidad de la garganta que salva el Puente Nuevo. Las vistas desde la mitad del puente, con más de 100 metros de caída a plomo bajo nuestros pies, eran impresionantes. A pesar de que la mayoría de fotos de la ciudad que uno puede encontrar por internet muestran un plano del puente a cierta distancia y desde abajo, cuando se llega a la ciudad por las carreteras principales el puente no se ve por ningún lado, yo que había esperado salir de una curva bajando de la montaña y ver aparecer el puente delante de mí… pero desde donde estábamos ahora vi una pequeña carretera que bajaba hasta el punto donde se abría la garganta, así que decidimos buscar la manera de llegar allí y disfrutar de la vista más famosa del puente.

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No costó mucho, al salir por una de las puertas en la antigua muralla hay una calle que sale a la derecha, la calle de los Molinos. Es una calle adoquinada y tuvimos que ir con cuidado ya que era empinada y resbalaba bastante. Cerca del fondo hay un poco de sitio donde aparcar y dejamos la moto y anduvimos un poco garganta arriba para admirar el puente desde debajo, que es una vista aún más impresionante si cabe, pues se puede apreciar en toda su enormidad. De vuelta al aparcamiento vimos un par de amigos que acababan de dejar el coche y se estaban preparando con material de escalada, y nos contaron que hay una via ferrata debajo del puente, además de muchas otras en la región. Tomé nota para una futura visita.

La carretera solo llevaba hasta unos campos y los molinos que dan nombre a la calle, así que tuvimos que subir de nuevo y esta vez la dificultad fueron los coches y peatones que iban de bajada, pues el sol ya estaba alto y animaba a la gente a salir a visitar el lugar.

Habíamos llegado a Ronda el dia anterior por la A-369, una carretera fantástica, y el plan hoy era tomar otra carretera principal desde el sur de la ciudad, la A-397 hasta Marbella. En el mapa aparecía marcada como más importante, así que no me esperaba gran cosa, pero resultó ser maravillosa, opinión que vino a confirmar la presencia de muchos moteros que nos encontramos de subida. Por suerte parecía que la mayoría de gente venían en esa dirección para visitar Ronda o hacer la carretera y el tráfico sería mucho más denso de bajada por la tarde, así que nos alegramos de no encontrar prácticamente a nadie en nuestro lado de la carretera.

Yo no tenía muchas ganas de visitar Marbella, un lugar famoso por aparecer en las noticias siempre en relación a historias de corrupción, y que da cobijo a la riqueza más hortera, decadente y turbia del país, pero Nat me acusó de tener prejuicios y dijo que no podía juzgar un lugar sin verlo primero. Tenía su parte de razón. Llegamos a Marbella, aparcamos la moto y fuimos a dar un paseo. Era exactamente como me esperaba. Un “te lo dije” y una hora perdida más tarde, volvíamos a estar en la carretera camino de Málaga.

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Fuimos por la carretera de la costa para disfrutar de las vistas, pero de todo lo que había visto hasta el momento, este era el único lugar donde no volvería a poner los pies en la vida. El paisaje (si es que merece ese nombre) era más o menos así: urbanización, urbanización, urbanización, polígono, urbanización, camping, urbanización, campo de golf, urbanización, camping, campo de golf, urbanización, polígono, camping, polígono, campo de golf, centro comercial, urbanización, camping, centro comercial, urbanización, urbanización, polígono, centro comercial, urbanización, campo de golf… Supongo que en algún momento debió ser una costa preciosa, pero el dinero fácil del negocio del ladrillo y una falta de respeto total por el entorno la habían destruido hacía mucho.

Llegamos a Málaga a la hora de comer y paramos en el primer sitio que vimos, llamado “La casita de la patata”. Tenía una terraza y podía aparcar la moto delante, así que ya bastaba. Servían unos bocadillos que son típicos de la ciudad, llamados “camperos”, hechos de un tipo concreto de pan que lleva el mismo nombre. Pedí uno de carne y Nat una pizza vegetariana “individual”. También quería algo para picar, así que pidió lo que pensaba que eran unas patatas bravas. Al cabo de poco me trajeron un bocadillo enorme con forma de döner, a ella una pizza que fácilmente daba de comer a dos personas y las patatas resultaron ser una patata enorme hecha al horno y rellena de carne, ensalada y salsa. Pues vaya con la comida ligera antes de volver a la moto… Intentamos terminarlo todo, pero era imposible, y los que me conocen pueden dar fe de cuánto como. Esto era demasiado. Evidentemente al terminar tuvimos que arrastrarnos al otro lado de la calle y estirarnos un rato en un parque que daba al puerto deportivo, Nat sumida en una profunda siesta y yo leyendo mi libro.

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Una vez capaces de montar en moto de nuevo, salimos de Málaga siguiendo aún la línea de la costa, pero la cosa estaba mucho mejor aquí. Los pueblos de pescadores no habían desparecido todos sustituidos sin piedad por bloques de apartamentos y la playa era visible desde la carretera. Cierto es que no era tan bonito como otras partes de la costa en el sur, pero era una mejora considerable después de Marbella. Sin embargo nuestro destino final del día era Granada, que está en el interior, pero yo no quería ir hasta Motril y tomar la autovía desde allí, así que cuando llegamos a Nerja nos apartamos de la costa y empezamos a ascender por una de las estrechas carreteras que cruzan la reserva natural de la Sierra de Tejeda.

Estos montes son bastante altos a pesar de su proximidad al mar, y la carretera que lleva hasta arriba era estrecha y serpenteante, resiguiendo la forma de cada saliente, valle y garganta del rocoso terreno. Era un paisaje fascinante, sobretodo al llegar arribar del collado y ver el otro lado. El contraste entre sur y norte era tan sorprendente como abrupto el paso de uno a otro; la cara sur prácticamente desnuda de vegetación, dura y agresiva, con afiladas formaciones rocosas, la norte una serie de suaves montículos cubiertos de hierba, con bosquecillos aquí y allí tornándose más densos a medida que bajábamos hacia Granada.

La carretera de montaña se unía a la autovía justo en las afueras de la ciudad, así que llegamos en cuestión de minutos, y conseguimos adentrarnos bastante cerca del centro antes de encontrar la calle cortada de nuevo al tráfico por las procesiones y de que nos informaran de que nuestro hotel estaba justo en medio de todo. Nos metimos por una calle lateral, aparcamos la moto a unas cinco calles del hotel y fuimos a pie. Por suerte las cosas estaban mejor organizadas que en Jerez y había puntos donde cruzar controlados por la policía local para permitir a la gente pasar de un lado a otro sin molestar a la procesión.

Ya se había hecho bastante tarde, así que justo tuvimos tiempo de darnos una buena ducha y ponernos algo de ropa decente antes de salir de nuevo para ir a ver la atracción turística por excelencia de la ciudad: la Alhambra. Nos habían advertido de la cantidad de turistas y aconsejado que reservásemos las entradas con tiempo, pero incluso así solo conseguimos encontrar entradas para una visita nocturna de los jardines, no la visita completa. Aun así, era mejor que no poder ver nada, y era un opción bastante romántica verlo por la noche.

No teníamos tiempo de ir a pie hasta la entrada, que es un agradable pero empinado paseo colina arriba desde el centro, y en el hotel nos dijeron que debido a las procesiones sería imposible coger un autobús, así que solo quedaba el taxi. El taxista también nos advirtió de que no podía hacer gran cosa más que los autobuses para cruzar el centro, y que tendría que salir de la ciudad, rodearla un poco por la autovía y entrar por el otro lado. Al final solo costó 12€ y llegamos a la entrada 10 minutos antes de empezar la visita, así que la cosa no salió tan mal.

El mundo es un pañuelo, y un amigo nuestro de Barcelona que estaba en Granada visitando una antigua amiga del instituto esas mismas fechas había reservado la misma visita que nosotros, así que nos encontramos con él, su amiga y su novio que nos hicieron un poco de guías locales durante la visita.

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Los jardines eran un rincón muy relajante, con una iluminación tenue, el sonido del agua corriendo por las fuentes y las luces de la ciudad a nuestros pies.

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Una vez terminada la visita y ya sin ninguna prisa pudimos pasear tranquilamente de bajada hasta el centro en busca de un buen lugar para disfrutar de las famosas tapas granadinas. Tener ayuda nativa fue vital una vez más, y nos llevaron a sus sitios favoritos, lejos de las trampas para turistas, donde gozamos en primera persona de lo que tantas veces nos habían contado: se puede vivir en Granada sin pagar una sola cena. Basta con pedir una caña y te sirven una tapa generosa y normalmente bastante elaborada completamente gratis, lo que significa que uno puede salir por la tarde o noche con los amigos, tomar algo y volver a casa cenado.

La amiga de nuestro amigo estaba embarazada y al día siguiente madrugaban para ir a la playa, así que se retiraron después de las tapas, pero él se quedó a tomar la última. Y como suele ser el caso cuando se dicen cosas como “la última birra”, “esta noche me lo tomo con calma” o “esta noche no bebo”, perdimos la cuenta de las cervezas, que luego pasaron a ser gintonics, y nos pasamos la noche bailando y bebiendo. Para cuando volvimos al hotel empezaba a amanecer y teníamos la sensación de llevar ya una semana en la ciudad.