Una de las primeras cosas que nos miramos una vez teníamos las fechas y una idea general de la ruta eran las opciones que teníamos para llegar hasta Marruecos. Hay más de 1.000 km de autopista y autovía hasta el ferry que cruza el estrecho de Gibraltar, demasiado para hacer en un día.
La primera alternativa que consideramos era el ferry de Barcelona a Tánger; nos ahorraríamos una larguísima jornada, gasolina, peajes, desgaste de neumáticos… pero el ferry no sale todos los días, y la mala suerte quiso que no hubiera ferry disponible para nuestra fecha de partida prevista, el 26 de diciembre.
La segunda alternativa era poner las motos en un remolque y conducir hasta Algeciras. Nos podríamos turnar al volante para mitigar el cansancio y pagar gasolina y peajes por un solo vehículo. Parecía un buen plan, si no fuera por un par de detalles… uno: no tenemos remolque y dos: ninguno de nuestros coches tiene bola. Entonces Gerard dijo que su familia tienen un remolque en el pueblo; no uno de motos, pero al menos uno grande, quizá lo bastante para llevar tres motos trail. Como no somos de los que se desaniman fácilmente nos fuimos a la otra punta de Cataluña para verlo y probar si las motos entraban. Si era así, entonces podríamos empezar a mirar precios para poner una bola en mi coche y repartir el coste entre los cinco.
El remolque era grande, sin duda, pero no pensado para motos. Era bastante alto y no tenía rampa, así que tuvimos que improvisar. Gerard encontró un escritorio que parecía suficientemente resistente para aguantar el peso de mi moto (la más grande) y poco a poco la hice subir jugando con el gas y el embrague andando desde el lado mientras el resto vigilaba que no se cayera.
Con ella en el remolque se hizo evidente que no iba a haber manera de meter tres motos allí.
Eso hubiera sido el final de la historia de los remolques, pero un amigo nos ofreció el suyo, que sí que era específico para motos. Con renovadas esperanzas, fui a pedir presupuestos para montar la bola en el coche, pero para desesperación mía, el coste era muy superior a lo que habíamos imaginado. No solo eso, sino que habría que sumarle el coste de homologarla en la ITV, ampliar el seguro, el papeleo, la placa de matrícula adicional… Además de todo eso, el remolque está diseñado para tres motos, pero no tan grandes (enduro, de circuito…); no teníamos la seguridad de que tres trails grandes fueran a caber. Todo eso, más el tiempo que nos iba a tomar encontrar un lugar donde dejar el coche y el remolque durante dos semanas en Algeciras y lo que podría costar, nos hizo desistir finalmente de la idea.
También pensamos en mandar las motos como hice cuando visité el sur hace un par de años, pero el precio de mandarlas de ida y vuelta más los billetes de avión era demasiado elevado comparado con la gasolina y peajes.
Finalmente, nos dijeron que hay otra línea de ferry que une Almería con Melilla y Nador, lo que nos ahorraría unos 300km, rebajando la primera etapa a unos 800, algo más razonable. Si salimos temprano podríamos estar en Almería a media tarde, a tiempo de descansar bien y disfrutar de unas tapas antes de tomar el ferry a primera hora del día siguiente.
Dos semanas de vacaciones en Navidad significan que se acerca otro gran viaje. Esta vez, hacia el sur por primera vez: ¡Marruecos!
No tengo excusa para no haver visitado aún Marruecos. Viviendo en Barcelona, Marruecos pone la aventura africana a poco más de un día en moto de casa, haciendo del desierto otro de los grandes destinos para los moteros europeos juntamente con el Cabo Norte, el Stelvio, la Transfagarasan, etc. Bueno, de hecho sí que tengo una excusa: solo tengo vacaciones en verano, Semana Santa y Navidades, y no puedo coger días fuera de esas épocas. Semana Santa sería el momento ideal para visitar Marruecos, pero solo tengo una semana, lo que no es suficiente para bajar hasta allí, ver algo y volver a subir. Tengo mucho más tiempo en verano, pero las temperaturas son demasiado altas, cosa que nos deja el invierno. Hará frío y no podremos ver mucho en el Atlas, pero hay muchas otras cosas que descubrir.
Esta vez no iré solo, seremos cinco personas en tres motos.
Como parte de la preparación del viaje de estas Navidades, esta es una salida con Nat a probar el equipo de invierno en una ruta matinal con muchas curvas y unos paisajes preciosos en esta época del año.
La ruta se inicia en Castellar del Vallés, desde donde tomamos la B-124 a través del parque natural de Sant Llorenç y la Serra de l’Obac. Estas carreteras combinan tramos con muchas curvas, un asfalto excelente y vistas magníficas, lo que juntamente con su proximidad a Barcelona y un buen número de núcleos urbanos importantes atrae a una gran cantidad de moteros y ciclistas cada fin de semana. Conviene disfrutar de esta parte de la ruta a un ritmo tranquilo para evitar sustos.
El siguiente tramo, de Calders a Moià por la N-141c es en carretera más rápida y abierta, aquí tenemos las primeras vistas a Pirineo si el día está despejado y podemos llevar un ritmo más alegre, aunque ojo, es un tramo favorito de los Mossos.
En Moià dejamos la carretera principal para encarar un tramo otra vez perdido y revirado, esta vez sin tráfico ni ciclistas, por la C-59 hasta llegar a la C-25 o Eix Transversal, que dejamos a los pocos kilómetros para tomar la C-62 hasta Sant Bartomeu del Grau, donde la ruta sigue por carreteras perdidas hasta Sant Agustí de Lluçanés. Todo este tramo se puede hacer por pistas, como hicimos en esta otra ruta, que transcurre casi paralela por unos parajes si cabe aún más bonitos.
Desde Sant Agustí la ruta baja hasta la C-17 a la altura de Sant Quirze de Besora. La prueba de frío ha sido todo un éxito, y para celebrarlo subimos hasta el Hostal de la Serra de Llaers a darnos el placer de una buena butifarra a la brasa y la especialidad de la casa, pato.
Si no se quiere desandar el camino de vuelta a Sant Quirze, la carretera, o más bien pista asfaltada, sigue hasta llegar cerca de Ripoll. También se puede tomar una pista a la izquierda a los pocos kilómetros del hostal que desemboca directamente en la C-17 (ver la ruta mencionada antes).
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Dónde comer
El Hostal Serra de Llaers es una masía perdida en medio de la montaña, a la que se accede por unos 9km de pista asfaltada desde Santa María de Besora. Otros 9km más desembocan en la N-260a cerca de Ripoll. La carne a la brasa es excelente, y la especialidad es el pato, con unos postres caseros para rematar la comida.
Yamaha presentó esta tan esperada moto (aunque aún es solamente un prototipo) ayer en el EICMA, y se convirtió en la noticia del día, al menos para los moteros de aventura.
Cuando la casa de Iwata introdujo por primera vez su motor tricilíndrico de 900cc en la exitosa MT-09 mucho esperábamos que entre las otras motos que se irían desarrollando alrededor de esa base habría una trail de aventura para ocupar el hueco entre la XT660 Ténéré y la XT1200Z Super Ténéré, algo lo suficientemente potente para cubrir largas distancias con abundante equipaje e incluso pasajero, pero al mismo tiempo lo bastante ligero para poder encararse con algo más que pistas fáciles.
Con todas las trails grandes creciendo y engordando, solo había dos motos de 800cc en ese segmento del mercado: la GS de BMW y la Tiger de Triumph. Un año más tarde, cuando Honda desveló su prototipo True Adventure, con un motor de 1000cc, se hizo obvio que Yamaha tenía que hacer algo con su motor de 900cc para llevarse un pedazo del pastel.
Sin embargo, a ellos no les debía parecer tan obvio, ya que lo que nos dieron fue la Tracer 900, una moto que era más la sucesora de la venerable TDM900 que una trail con aspiraciones offroad. Me llevé una decepción y compré una Super Ténéré de segunda mano.
Parece que ahora, por fortuna, Yamaha ha visto la luz y, después de conseguir unos envidiables beneficios con su MT-09 y Tracer, han decidido subirse al ring y presentar una trail de aventura como Dios manda.
El prototipo T7 no usa el motor de 900cc, que al final va a resultar ser la decisión adecuada, ya que haría la moto pesada y con una entrega de potencia inadecuada para una conducción más técnica (eso es precisamente lo que no me gustó de la Triumph Tiger). En su lugar encontramos el motor de 700cc de la MT-07, otro éxito de ventas.
Al igual que hizo Honda, parece que han estado haciendo los deberes y se han estudiado las listas de reyes de los varios foros de moto de aventura que corren por internet. El prototipo de la T7 cuenta con ruedas de radios de 21 y 18 pulgadas, suspensión KYB y se le estima un peso de unos 180kg y una potencia de 74cv.
Estas dos últimas cifras aún están por confirmar, pero si el resultado final se acerca, esta moto puede ser un duro rival para la Africa Twin.
Al igual que el prototipo de la True Adventure, la T7 deja entrever una moto en un estadio de desarrollo prácticamente terminado, de modo que no debería cambiar mucho para cuando entre en producción para 2018. Mi apuesta es que el asiento pasará a ser menos radical, el carenado frontal incorporará un faro más convencional y la instrumentación estilo Dakar dejará lugar a un cuadro normal, probablemente el que ya hemos visto en la Tracer y la segunda generación de la Super Ténéré.
Esta ruta está basada en un track de la web Moterus creado por miguel 650 con un tramo extra al principio entre Castellterçol y Collsuspina añadido por un compañero que es un todo un atlas andante del offroad. Gràcies Ricard!
A las 8:30 nos encontramos en un bar llamado Can Joan en la C-59 a la salida de Caldes. La quedada estaba prevista en el Bar Olimpo, un clásico punto de inicio de rutas tanto moteras como ciclistas, pero lo encontramos cerrado por vacaciones.Tras dar cuenta de un buen bocadillo, nos ponemos en camino.
La ruta que llevo programada en el GPS empieza en las afueras de Moià en dirección a Tona, pero Ricard propone enlazar por una pista que conoce para ir calentando motores. Al salir de Castellterçol hay un pequeño polígono industrial llamado El Vapor, desde donde la pista se inicia entre dos naves. Tras parar un instante para desconectar el ABS y el control de tracción, dos de los compañeros desaparecen tras una nube de polvo. Se nota que había ganas de tierra… Yo no he hecho nunca enduro ni salidas a complicarme la vida, por lo general me meto en pistas cuando me las encuentro, pero desde que cambié de moto he decidido exprimir un poco más las posibilidades de esta nueva máquina que, dicho sea de paso, son muy superiores a mis habilidades. Sin embargo, el grupo con el que he salido hoy tiene una extensa experiencia fuera del asfalto, así que esto va a ser un curso acelerado para mí.
La pista une Castellterçol y Collsuspina a través de campos y es bastante llana y sin dificultad, de hecho es accesible a turismos sin problemas. Una vez allí salimos al asfalto y nos dirigimos hacia el oeste unos 5 kilómetros hasta llegar al inicio del recorrido que llevo en el GPS, justo a las afueras de Moià. El primer tramo de la ruta es una pista ascendente por dentro del bosque, que tras algunas curvas cerradas se abre a tramos más rápidos, siempre con el firme en muy buen estado y con buena visibilidad, que permiten un ritmo alegre. Al cabo de unos pocos kilómetros, sin embargo, nos vemos obligados a bajar un poco la marcha al encontrarnos con señales que indican lo que parece ser un evento de BTT, y efectivamente, más adelante empezamos a encontrar bicicletas que llegan de frente. Hacemos el tramo compartido con precaución, y tras una parada para admirar el paisaje, dejamos atrás el recorrido de las BTT y volvemos a disfrutar de las pista casi para nosotros solos hasta que va a morir en la carretera BV-4316 justo encima de unos túneles de la C-25.
Tras cruzar la carretera, otro corto tramo de pista nos lleva hasta la carretera C-62. Parece que vamos a tener que hacer un tramo de asfalto, pero descubrimos que hay una pista de servicio que transcurra paralela a la carretera, cruzándola de vez en cuando, que nos permite seguir por lo marrón hasta la B-433, donde la ruta nos mete ya inevitablemente en asfalto hasta Sant Bartomeu del Grau.
Desde aquí empieza el tramo más aislado de la ruta, un pista ya más estrecha y revirada por dentro el bosque, donde ya estamos disfrutando de lo lindo. Al llegar a curva muy cerrada antes de que la pista empiece a perder desnivel, encontramos junto una antigua caseta de transformador eléctrico y una balsa de extinción de incendios un mirador que da a la Riera de Sorreig, desde donde disfrutamos de unas vistas fantásticas.
El camino baja a continuación hasta una laguna y luego asciende un poco y a medida que el bosque se va haciendo menos denso encontramos alguna masía aquí y allí. Justo al pasar por delante de una de ellas, en una curva cerrada y en bajada, la rueda de delante me patina y me voy al suelo. Debía ir a unos 30 o 40 kilómetros por hora y afortunadamente no he hago daño, pero ha sido una caída totalmente inesperada. Al levantar la moto y comprobar posibles daños vemos que las defensas se han movido y han llegado a tocar el carenado, pero un buen estirón entre tres las vuelve a poner en su sitio y no hay nada roto en la moto; intermitente, retrovisor, maneta de freno… todo correcto. Al examinar la moto con más detalle vemos que el golpe se ha repartido entre las defensas de motor primero, y las de carenado, cubrepuños y estribera del acompañante después. Buena cosa llevar protecciones.
La pista sigue, más llana y agradable, hasta desembocar en Sant Boi de Lluçanès, donde hacemos un cortísimo tramo de la BV-4608 antes de tomar una pista a la izquierda y adentrarnos de nuevo en el bosque. Al cabo de poco nos desviamos unos kilómetros de la ruta por una pista que sube hasta la ermita de Sant Salvador de Bellver, que cuenta con un monasterio habitado.
El rodeo vale la pena, las vistas desde la ermita son espectaculares, en un día claro como hoy se puede ver hasta muy lejos desde aquí.
Nos quedamos un rato a disfrutar de ellas, charlar y bromear, hasta que nos damos cuenta de que justo detrás nuestro, los monjes están dentro de la ermita, sentados en círculo y meditando, así que decidimos seguir con lo nuestro y no fastidiarles más el karma.
Tras deshacer el camino hasta la pista, reprendemos la ruta, que tras un largo rodeo pasa por debajo de la colina donde estaba la ermita y va descendiendo en uno de los mejores tramos de la mañana. La confianza que había perdido en el neumático delantero va regresando poco a poco y voy aumentando el ritmo y disfrutando de este tramo final antes de llegar a Orís, donde la ruta termina.
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Desde aquí se toma ya la C-17 para volver a casa, pero en nuestro caso Ricard sugiere un buen sitio para ir a comer y alargar la ruta un poco más esta vez por asfalto: subimos por la C-17 hasta Sant Quirze de Besora, donde nos desviamos hasta Santa Maria de Besora y luego nos metemos por una carretera que es poco más que una estrecha pista asfaltada hasta llegar al Hostal La Serra de Llaers, una masía en medio de la nada donde celebramos el final de la salida con unas butifarras a la brasa y una ensalada de dimensiones colosales. La pista asfaltada sigue pasada la masía, pero para evitar subir hasta la N-260a tomamos una pista, el último tramo de tierra, que empalma con la C-17 un poco más debajo de Ripoll.
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Qué ver
Esta es una ruta offroad (aparte de los tramos de conexión por carretera), de modo que lo más interesante es el paisaje en sí. Sin embargo, vale la pena desviarse para visitar la ermita y monasterio de Sant Salvador de Bellver, cuyos orígenes datan del año 1100. Abandonado durante el siglo XX hasta quedar en estado de ruinas, en la actualidad ha sido ocupado por una comunidad que ha restaurado y ampliado el conjunto. Desde su privilegiado emplazamiento se pueden contemplar unas magníficas vistas que abarcan la Plana de Vic, el Montseny, Montserrat y hasta Pirineos.
Dónde comer
Al inicio de la ruta, el bar-restaurante Olimpo, en la C-59 al salir de Caldes es un punto de encuentro clásico de moteros y ciclistas para desayunar antes de ponerse en camino. Al terminar la ruta a mediodía, y si estamos dispuestos a añadir unos kilómetros (unos 30), la cocina a la brasa en el Hostal de la Serra de Llaers es excelente.
El punto de inicio de esta ruta circular es de nuevo la población de Ademuz. Sin embargo, si se accede a la zona desde Cuenca se puede comenzar desde Torrebaja y desde Teruel se puede comenzar en Villel, ambas poblaciones en la nacional 330.
Desde Ademuz tomo la nacional 330 en dirección Teruel. Lo que es una buena carretera de Ademuz hacia el sur, ancha y con buen asfalto, se convierte al poco de salir hacia el norte en una via estrecha más digna de ser considerada una regional que no una vía principal que enlaza Alicante con la frontera con Francia. Los 40 y pocos kilómetros que unen Teruel con Ademuz forman un tapón por el que circulan lentamente miles de camiones de gran tonelaje al año, pero la intención de proteger el valle del Turia y, en mucha mayor medida, el abandono político que sufre esta despoblada región se combinan desde hace décadas para evitar que se acondicione este tramo.
A medio camino de Teruel se encuentra la población de Villel, desde donde sale una carretera aún más estrecha y con firme irregular en dirección a Camarena de la Sierra y las pistas de esquí de Javalambre. De camino se pasa por un par de pequeños pueblos y, poco antes de llegar a Camarena, la carretera atraviesa una garganta donde encuentro una pequeña área de picnic y una fuente con numerosos chorros de abundante agua fresca. Tras una corta parada llego a Camarena, donde dejo la carretera principal justo al entrar en el pueblo para tomar la TE-34 hacia el aparcamiento de la cota baja de las pistas de Javalambre.
Al poco de abandonar la población, una pista asfaltada deja la carretera por la derecha y sigue el río de Camarena hasta un área de recreo. A partir de aquí la pista empieza a ascender y deja de estar asfaltada al cabo de poco, aunque sigue estando en suficiente buen estado para permitir el tránsito de turismos sin problema.
Esta pista desemboca en la fuente Matahombres, un área de picnic con varias barbacoas, fuente y una balsa, un rincón bonito pero bastante concurrido tanto por la facilidad de acceso en todo tipo de vehículos, como he mencionado antes, como por el atractivo del lugar, a pesar de que en los meses de más calor está prohibido hacer uso de las barbacoas.
La ruta circular sigue por la pista pasada la zona de picnic, pero en este punto vale la pena desviarse hacia la derecha y seguir el barranco valle abajo para visitar Los Amanaderos y el salto de Yeguas. Esta pista está algo más rota y, aunque no presenta dificultades, ya no sería muy recomendable aventurarse por ella en un turismo. En época seca no presenta demasiados problemas, pero si ha habido lluvias recientemente el cauce normalmente seco del barranco puede dificultar el cruce de un par de puntos donde la pista lo atraviesa.
Poco antes de llegar al final de la pista un cartel del tipo que indica el nombre a la entrada de las poblaciones anuncia que me encuentro en los Amanaderos. Dejo la moto tan arrimada como puedo en un lateral de la pista para echar una ojeada a este punto del barranco, donde el agua mana de entre un caos de rocas para ir ganando caudal rápidamente y convertirse en el salto de Yeguas unos centenares de metros más abajo.
Tras atravesar el cauce del barranco, esta vez con agua, llego a un punto donde la pista se ensancha y permite aparcar sin problemas. Tras esta zona de aparcamiento se entrevén unas barandillas de madera que protegen al despistado de una buena caída en el salto de Yeguas, el primero de una serie de saltos hasta llegar al molino de Montereta, pasado el cual la garganta se abre en una zona de huertos perteneciente al pueblo de Ríodeva. Es un recorrido a pie que vale mucho la pena, pero si no se tiene otro vehículo esperando al final para poder regresar al punto de inicio toca desandar los seis kilómetros de vuelta al salto de Yeguas, esta vez en subida.
Tras admirar el salto desde la parte de abajo, donde también hay una poza donde se puede disfrutar de un baño si se es lo suficientemente valiente para aguantar la temperatura del agua, regreso a la moto y deshago el camino hasta el área recreativa para seguir con la ruta.
La pista gana algo de altura a partir de aquí y transcurre entre pinos y abetos, aún sin dificultad si está seca. Al cabo de poco se llega a la fuente de la Miel, donde hay otra área recreativa, esta vez bastante abandonada.
A partir de aquí la pista asciende hasta que el bosque se abre en el Alto de Barracas, donde se bifurca – ambos caminos llevan a la Puebla de San Miguel, el de la izquierda directo, el de la derecha pasando por el Pico Calderón y el Pino Vicente Tortajada, una microrreserva de flora con un árbol centenario. Tomo la ruta de la derecha y tras sortear un par de curvas en bajada con el terreno bastante suelto por culpa de las últimas lluvias, la pista bordea el pico Calderón, el más alto de la zona, por su vertiente sur hasta llegar a otra bifurcación. Por la derecha la ruta rodea el pico por su vertiente norte y regresa al Alto de Barracas y por la izquierda se acerca al Pico Gavilán, accesible en moto y todo terreno, pues tiene un puesto de observación contra incendios en la cima.
Pasada esta bifurcación, la pista desciende rápidamente, con algunos de los tramos más empinados pavimentados con cemento, hasta que llego a la última bifurcación de la ruta.
Tenía pensado volver a la carretera desde aquí, pues me encuentro ya a la altura de La Puebla de San Miguel, a donde se llega en un kilómetro y poco por la pista de la izquierda y desde donde sale la carretera de vuelta a Ademuz vía un par de aldeas. Sin embargo, un indicador me informa de que si sigo a la derecha puedo llegar a Mas del Olmo, la primera de las dos aldeas por las que pasa la carretera de vuelta, por pista. Con ganas de seguir un poco más por lo marrón, tomo esta opción.
Este último tramo tampoco presenta dificultades, es una pista agradable que serpentea entre campos de almendros en bancales que roban terreno como pueden al agreste terreno, un reflejo de lo dura que debía ser la vida de nuestros abuelos en esta zona.
Llegado a Mas del Olmo, no me queda más que tomar la carretera de vuelta a Ademuz, el punto de inicio.
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Qué ver
Ademuz – Con algo más de 1.000 habitantes, es la capital de comarca, construido en la ladera de la montaña con un entramado de estrechas calles que confirma las influencias árabes a la que apunta su nombre. En lo alto de la montaña se encuentran las ruinas de un castillo, anteriormente fortaleza árabe llamada Al-Damus. Desde la entrada del pueblo llegando desde Teruel se puede tomar una pista que accede al Pico Castro, desde donde se pueden disfrutar unas vistas excelentes del pueblo y sus alrededores, incluyendo el río Turia. La ermita de Nuestra Señora de la Huerta, del siglo XIV, merece también una visita.
Los Amanaderos – Este es el punto en el que nace la Rambla de los Amanaderos, que más adelante se convierte en el Río Ríodeva. En este punto de un barranco aparentemente seco el agua mana de varios puntos en un pequeño caos de rocas. No hay espacio para aparcar, por lo que hay que apartar la moto lo máximo posible en un lateral de la pista para permitir el paso de otros vehículos. Como alternativa, el lugar es accesible a pie en poco rato desde el aparcamiento del Salto de Yeguas, barranco abajo.
Salto de Yeguas y recorrido del Río Ríodeva – Este salto es el primero de varios que, juntamente con alguna poza, conforman un interesante recorrido por la garganta del río hasta llegar al Molino de Montereta. Si se dispone de otro vehículo en Ríodeva se puede hacer todo este recorrido de bajada y disfrutar de las vistas de los saltos que el río ha formado. Si no, se tendrá que desandar los 6km de camino, esta vez en subida. Vale la pena acercarse al menos hasta los primeros saltos.
Parque Natural de la Puebla de San Miguel – Parte del recorrido por pistas transcurre por el interior de este parque. En él encontramos el Pico Calderón, que con sus 1.837 metros es el pico más alto de la Comunidad Valenciana. Su ascenso no presenta dificultad alguna, y se puede llegar a la cumbre con un simple paseo si dejamos la moto en el Alto de Barracas. El parque cuenta también con microrreservas de flora, todas ellas señalizadas con paneles informativos.
Ermita en la Puebla de San Miguel – Si tomamos la ruta de bajada hacia este pueblo la pista desemboca en la carretera asfaltada cerca de este ejemplo de la típica arquitectura de las ermitas de la zona, con un porche que cubre la entrada.
Dónde comer
Casa Domingo, el principal hotel en Ademuz, cuenta con bar y restaurante. En Camarena de la Sierra, al tomar el camino del Balneario, la carretera que nos lleva al inicio de la parte off road del recorrido, encontramos el Hotel Esmeralada.
Nunca había estado a punto de tener un accidente en tantas ocasiones como en las carreteras de Grecia. Como cuento en la historia de mi viaje por los Balcanes, los conductores griegos son un compendio de todos los tipos de mal comportamiento en la carretera: no son conscientes de su entorno, usan los móviles mientras conducen, se saltan stops, ignoran las prioridades… y lo peor, son incompetentes al volante. Aceleran a fondo en las rectas pero son incapaces de trazar una curva a un ritmo decente, no parecen muy duchos a la hora de juzgar velocidad y distancia con precisión y les importan un comino los demás usuarios de las vías públicas.
Un testimonio de las consecuencias de todo esto se puede encontrar en todas partes por la red viaria griega. Crucé la frontera desde Bulgaria por un paso pequeño y tomé carreteras regionales en el lado griego, una ruta preciosa que descendía por las faldas de la montaña. Al cabo de poco encontré una pequeña capilla al lado de la carretera, a la salida de una curva cerrada; parecía una iglesia en miniatura colocada sobre un pilar, y tenía un ramo de flores frescas. Las flores y el lugar donde se encontraba me hicieron pensar que eran un homenaje a una víctima o víctimas de un accidente de carretera, del mismo modo que en otros países la gente deja un ramo atado al poste de una señal o en un guardarraíl.
Pero luego, unas pocas curvas más adelante, vi otra. Y otra. Y otra. Algunas eran bastante nuevas y estaban bien cuidadas, otras eran más viejas. Variaban en tamaño y complejidad, algunas eran de piedra, otras de madera o hierro, y todo lo que quedaba de algunas eran unos cachos de metal o madera colgando de un poste. Estaban por todas partes, prácticamente no había una curva o cruce donde no hubieran erigido una, y empecé a ir más lento y con más cuidado, temeroso de que si cada una representaba un accidente, me encontraba en la carretera más mortal del mundo.
Se convirtieron en una constante en mi periplo por las carreteras de Grecia. Más tarde descubrí que se llaman Kandylakia y que no siempre representan una víctima mortal; también se construyen para expresar gratitud por haber sobrevivido o escapado a un accidente, pero incluso si no están siempre asociadas a un final trágico, la enorme cantidad de ellas da fe de los peligros de conducir en ese país.
El punto de inicio de esta ruta y las demás por esta zona es Ademuz, en el enclave del Rincón de Ademuz, un pedazo de tierra valenciana que los avatares de la historia dejaron en la línea de demarcación entre las provincias de Teruel y Cuenca. He elegido esta población por ser el núcleo principal de la zona y donde se puede encontrar más fácilmente lugares donde comer, dormir y aprovisionarse (aquí se encuentra una de las dos únicas gasolineras que hay en el Rincón) pero también porque aquí tengo mi base de operaciones para explorar la zona. La ruta es circular, de modo que se puede elegir cualquier otro punto de inicio según de dónde se llegue.
Tras llenar el depósito de la Pajarraca salgo de Ademuz hacia el sur siguiendo el cauce de río Turia por la antigua nacional en dirección a Casas Altas y Casas Bajas. La carretera tiene un buen firme, pero es muy estrecha, así que debo andarme con ojo y pegarme a la derecha en las curvas sin visibilidad, que son la mayoría, especialmente pasado Casas Bajas, donde encuentro una curva de prácticamente 90º a la izquierda dentro de un túnel sin iluminación alguna.
A partir de aquí la carretera se vuelve un poco más ancha y asciendo por las famosas Emes, una serie de horquillas muy cerradas que tengo que hacer en primera y que salvan una de las numerosas gargantas por las que transcurre el Turia. Parece increíble que el coche de línea que hace el recorrido desde Valencia capital hasta Ademuz sea capaz de pasar por aquí. Del otro lado hay menos curvas y son más abiertas, y tras una parada en un mirador para contemplar las vistas, llego enseguida a Santa Cruz de Moya.
A la derecha sale una carretera que lleva a la nueva nacional 330, una vía mucho más rápida, pero sin interés paisajístico alguno, pues en esta zona transcurre entre campos más o menos llanos. La carretera en la que estoy es mucho mejor. El Turia sigue a mi izquierda, pero ahora más abajo, en un agreste desfiladero, y al cabo de unos pocos kilómetros llego a una de las mejores vistas del recorrido: el puente que atraviesa el desfiladero en uno de sus puntos más estrechos y altos. No hay sitio donde parar, pero con una moto siempre se puede apurar un instante en la cuneta para admirar la vista del río al fondo de la garganta.
Pasado el puente la carretera, que habiendo abandonado el Rincón se llama ahora CV 35, asciende por la orilla izquierda del Turia entre espesos bosques de pinos. El paisaje contrasta con los campos de almendros que he dejado atrás hace apenas unos kilómetros, indicando que estoy ganando altura. Este tramo de carretera, como muchos otros perdidos en lo más profundo de esta zona, parece congelado en el tiempo. Sobreviven aquí unas pocas señales de tráfico de una época que hace ya mucho que pasó, así como aquellas protecciones de entramado metálico fijado a postes de cemento, que asoman en algunas curvas por detrás de los más recientes guardaraíles. No sé hasta qué punto aguantarían el impacto de mi cuerpo si fuese a parar contra ellas por culpa de la gravilla o las agujas de pino que se acumulan en algunos sitios, pero estoy seguro de que no me arrancarían una mano o una pierna, como los afilados y relucientes perfiles metálicos de sus modernos sucesores.
La carretera deja el bosque al alcanzar una llanura en la que encuentro el pueblo de Aras de los Olmos, desde donde tengo por primera vez una buena vista de la sierra de Javalambre, cuyo pico es mi meta hoy. Al llegar a Titaguas, población con más vida por encontrarse en un otrora importante cruce de caminos, dejo la carretera y giro a la izquierda justo a la salida del pueblo para enfilar la CV 345. Esta carretera combina tramos estrechos, aunque en buen estado, con otros recién estrenados y mucho más anchos que me permiten llevar un buen ritmo y disfrutar de lo lindo sobre la moto. Prácticamente no pasa nadie por esta ruta, y los moteros lo saben. En mi ascenso hacia Arcos de las Salinas me cruzo con bastantes grupos que han decidido evitar las nacionales y autovías para dirigirse hasta Alcañiz a la cita con el GP de Aragón, que se celebra al día siguiente. Este tramo de carretera es simplemente maravilloso y lo disfruto como se merece, deteniéndome solo en un mirador donde la carretera alcanza su punto más alto entre los cerros antes de perder algo de altura en Arcos de las Salinas. Mientras contemplo el agreste paisaje veo una construcción baja y alargada en una loma al otro lado del estrecho valle justo enfrente de mí. Su pintura blanca destaca fuertemente sobre los ocres, grises y verdes oscuros del paisaje a su alrededor, y me doy cuenta de que es una ermita con la construcción típica de la zona, con un porche en la entrada. De ella sale una pista que se esconde detrás del cerro y reaparece más adelante en una constante pendiente hacia el pueblo, o al menos me parece a mí que debe tratarse de la misma pista. Decido explorar, que a hacer un poco de pistas es a lo que he venido, al fin y al cabo, y justo a la entrada del pueblo encuentro un desvío a la izquierda y unos carteles de madera que indican que el camino lleva a dos ermitas y unas salinas que imagino son las que dan nombre al pueblo. Pues vamos allá.
Ha estado lloviendo todo el día y noche anteriores, cosa que me hacía temer que mis proyectos de explorar pistas hoy se fueran al traste, pero esta zona tiene un clima muy seco y aparte de algunos charcos en la parte umbría de la pista que transcurre cerca del río, el terreno está seco. Tras dejar atrás los edificios en ruinas de las salinas y una pequeña ermita, la pista gana altura con decisión y enseguida llego a la ermita que había visto. Es grande, con lo que parece un corral adosado en la parte trasera, dándole un aspecto inusualmente alargado para este tipo de construcciones. En la parte delantera encuentro un cartel con una pequeña explicación que me aclara el buen estado de la pista: la fiesta patronal es el primer fin de semana de junio y es popular en toda la región, los fieles llegan de todos los pueblos de la zona y muchos suben hasta aquí en coche, sustituyendo a las antiguas caballerías para las cuales se abriría el camino original. También dice que los peregrinos llegan a pie, pero me gustaría saber cuántos quedan en estos tiempos de comodidades y poco esfuerzo.
Hay dos ramales en la pista que sube hasta Javalambre, uno que sale poco antes del pueblo de Torrijas y gana altura rápido y otro más largo que viene de Manzanera. Yo tomo el primero para no tener que hacer los 15 kilómetros de más hasta allí, pero si se empieza esta ruta desde la autovía de Teruel quizá sea mejor optar por ese ramal.
El primer tramo está en excelente estado y permite un buen ritmo sobre la moto hasta unirse a la pista que sube de Manzanera. A partir de aquí se cierra más el bosque, la pista se torna más pedregosa y las curvas más cerradas hasta que ganamos altura y salimos a los páramos de la parte superior de la sierra de Javalambre, donde los abetos ceden su lugar a arbustos bajos de sabinas y boj. El paisaje es imponente y aquí la pista atraviesa suaves montes hasta llegar a los 2020 metros del pico. La ruta no presenta dificultad para la moto salvo algún tramo poco antes del pico donde el terreno es mas negro y se ha reblandecido por las recientes lluvias. Atravieso estas partes con redoblada prudencia, pues en algún momento noto que la moto hace ademán de perder adherencia delante y estoy completamente solo aquí arriba.
El pico es accesible con la moto y desde él se tienen unas magníficas vistas en todas direcciones si el tiempo acompaña, con los Montes Universales y la Sierra de Gúdar en la distancia y justo delante de mí la enorme antena de la estación de radar, que pintada de rojo y blanco recuerda al cohete con el que Tintín fue a la luna.
La bajada más directa desde aquí lleva por la pista de acceso a la estación de radar y luego directamente por una de las pistas de la estación de esquí de Javalambre, pero en lugar de ello tomo otra pista a la derecha desde el collado entre el radar y uno de los telesillas y rodeo la Cruz del Negro, la colina que me tapa la base de la estación de esquí por la derecha. Esto me permite disfrutar un poco más de la tierra antes de volver a pisar asfalto, pues este camino desemboca bien pasado el aparcamiento de las pistas.
En vez de bajar hasta Camarena de la Sierra por la ruta habitual, que es ir a buscar la carretera que sube desde la autovía de Teruel en el collado de El Gavilán, me desvío hacia el aparcamiento de la cota más baja de la estación, desde donde sale una estrechísima carretera, poco más que una pista asfaltada, que baja hasta el pueblo entre abetos.
El pueblo de Camarena se encuentra enclavado en la confluencia del torrente que viene del collado del Gavilán y el río Camarena, que nace a las faldas del pico que acabamos de dejar para luego descender hacia el río Turia tras dejar atrás el pueblo. Si el tiempo apremia, desde aquí la carretera que sigue el río desemboca en la nacional 330 a medio camino entre Ademuz y Teruel. Si, como yo, aún quedan ganas de buen paisaje y algo más de pistas, se puede tomar una minúscula carretera nada más salir del pueblo que escala por la ladera sur del valle del río y se pierde entre bosques hasta descender de nuevo en el valle paralelo y el pueblo de Riodeva, hoy famoso por ser el lugar donde se encontraron unos de los restos más importantes del complejo Dinópolis de Teruel. Esta carretera tiene ese tipo de asfalto que con el tiempo se descompone y se convierte en gravilla, cosa que me obliga a concentrarme para no pisar ni demasiado cerca de las cunetas ni en el centro, pues solo por donde pasan las ruedas de los coches está limpio el terreno.
Al llegar a Riodeva es conveniente seguir las indicaciones de Dinópolis a la izquierda para evitar meterse en el pueblo y perderse en sus laberínticas calles. Una vez en la parte baja, al lado del río, vuelvo a tener dos opciones: sigo la carretera valle abajo hasta la nacional 330, o tomo una pista que pasa casi por dentro de las minas al aire libre donde se encontró el dinosaurio y voy por tierra hasta una aldea llamada Mas del Olmo, desde donde se baja ya directamente al punto de inicio, Ademuz.
Como aún tengo rato opto por esta segunda opción, y tras negociar una subida algo complicada a través de una parte de la mina que parece ya cerrada, la pista vuelve a ser bastante buena hasta Mas del Olmo, un núcleo minúsculo que no es pueblo, sino que pertenece a Ademuz, que se encuentra a unos 12 kilómetros más abajo por una carretera endemoniadamente estrecha y revirada. Cansado ya al final de mi ruta, este tramo requiere toda la concentración que me queda, pues al estar cualificado de camino rural asfaltado y no de carretera tiene muchos tramos sin guardarraíles que dan directamente a una caída considerable, además de numerosas curvas completamente ciegas, y aquí hay más posibilidades de encontrar tráfico, pues si bien hemos llegado a Mas del Olmo por pista, la carretera sigue más allá hacia otros pueblos.
Al llegar al fondo del valle se encuentra otra aldea perteneciente a Ademuz, y desde allí la carretera sigue más o menos llana a la derecha del valle hasta llegar al lugar donde empecé nuestra ruta horas antes.
Mapa
Qué ver
Ademuz – Con algo más de 1.000 habitantes, es la capital de comarca, construido en la ladera de la montaña con un entramado de estrechas calles que confirma las influencias árabes a la que apunta su nombre. En lo alto de la montaña se encuentran las ruinas de un castillo, anteriormente fortaleza árabe llamada Al-Damus. Desde la entrada del pueblo llegando desde Teruel se puede tomar una pista que accede al Pico Castro, desde donde se pueden disfrutar unas vistas excelentes del pueblo y sus alrededores, incluyendo el río Turia. La ermita de Nuestra Señora de la Huerta, del siglo XIV, merece también una visita.
Arcos de las Salinas – La Ermita de San Salvador y las salinas hoy abandonadas. El acceso a estas últimas está cerrado a vehículos, pero a pesar del cartel que indica que es un terreno de propiedad privada, se puede acceder a ellas a pie.
Pico Javalambre – El pico más alto de la sierra de Javalambre, con 2.020 metros. En la vertiente noroeste encontramos la estación de esquí del mismo nombre, cuyas pistas están desiertas y son accesibles en moto en verano.
Riodeva – Minas a cielo abierto de sílices y caolines. Recientemente se descubrieron fósiles del dinosaurio más grande de Europa, que llevaron a la instalación de Titania, un museo perteneciente al parque temático Dinópolis de Teruel.
Dónde comer
Casa Domingo, el principal hotel en Ademuz, cuenta con bar y restaurante. En Casas Altas encontramos la Tasca Los Trillos, que ofrece unas excelentes tapas y en Ríodeva se puede degustar comida casera en el restaurante El Salón.
Cuando visitamos Croacia nos alojamos en una casa de huéspedes donde encontré esta perla:
Estaba enchufada en la pared al lado de la puerta del lavabo, así que imagino que su función era más guiar a huéspedes borrachos hacia el váter que ayudar a críos con miedo a la oscuridad. ¡Estuve muy tentado de llevármela a casa!
El pasado verano visité esta increíble reliquia del pasado comunista de Bulgaria y la encontré en un triste estado de abandono. La nieve y las bajas temperaturas del invierno habían dañado la cúpula que forma el tejado hasta tal punto que el peligro de derrumbe era inminente y las autoridades habían soldado todas las puertas y ventanas para evitar el acceso al interior del edificio.
La combinación de malos recuerdos de la era comunista y la falta de fondos para su mantenimiento habían dejado que el edificio fuese sufriendo un lento deterioro en la cumbre de la montaña, pero en contra de lo que mucha gente pensaba, no cayó en el olvido. En los últimos años se ha convertido en un destino turístico bastante popular entre viajeros independientes, aventureros, fotógrafos y toda clase de gente que siente la rara e inexorable atracción de los lugares abandonados con una historia interesante contenida en sus muros.
La titularidad del edificio fue transferida del estado al Partido Socialista Búlgaro en 2011, pero con el coste de la restauración estimado en 7,6 millones de euros más otros 75.000 euros anuales en mantenimiento, el partido tenía dudas sobre qué hacer con él.
El reciente aumento del interés en el edificio llevó a un grupo de jóvenes búlgaros sin afinidades políticas a preguntarse cómo podía el país capitalizar ese interés y al mismo tiempo preservar una parte importante de su patrimonio histórico.
Dora Ivanova, una arquitecta de 26 años, ha diseñado un proyecto para restaurar el edificio y convertirlo en un museo de historia de Bulgaria bajo el nombre “Buzludzha, recuerdo del tiempo”. Calcula que el coste del proyecto ronda los 1,25 millones de euros, mucho menos que las cifras del Partido Socialista, y ya ha recibido apoyo de Nikolay Ovcharov, uno de los arqueólogos más prominentes de Bulgaria, que la presentó a Boyko Borissov, primer ministro del país.
Borissov prometió poner fin al deterioro del edificio, a pesar de que hay muchas voces en el país que lo ven como un recuerdo de una era de poder totalitario y preferirían dejar que cayera en ruinas.