El Forte Jafferau y la Strada dell’Assietta

Día 5 – Viernes 5 de agosto – Rutas offroad y vuelta a Briançon (259km)

 

En realidad, no me apetecía salir a hacer pistas hoy. Viajaba solo, lo que siempre conlleva un riesgo añadido, y en menos de dos semanas empezaba las vacaciones con mi pareja, un viaje que ella llevaba mucho tiempo planeando, así que sabía a ciencia cierta que, si sufría una caída en medio de la nada en los Alpes y me lesionaba, mi mayor problema no iba a ser cómo conseguir ayuda allí, sino tener que enfrentarme a su ira cuando descubriera que nuestra aventura asiática no iba a poder ser. Sin embargo, a las cuatro de la tarde estaba volando por una de las mejores pistas que he visto, con unas vistas magníficas a ambos lados de mí, y pensando que esto era sin duda alguna lo mejor que alguien puede hacer con una moto.

Casi todas las rutas offroad que había encontrado estaban en la misma zona de Italia, justo al otro lado de la frontera desde Briançon, todas ellas bien conocidas en el mundillo. De hecho, un par de alemanes que conocí más tarde ese día en la montaña me confirmaron que esta es la única zona donde se puede hacer pistas en moto, el resto de los Alpes está muy protegido.

Mi exhaustiva investigación online (media hora en ADVrider mientras mis alumnos del curso de verano hacían exámenes) había revelado seis rutas interesantes. Pensé que podía hacer tres que estaban cerca unas de las otras por la mañana y dos más en otra zona por la tarde, incluso una tercera si estaba inspirado.

Una vez más, como los chicos de Top Gear dicen (los buenos, no sus sustitutos), “ambitious but rubbish”.

La primera ruta que elegí era la subida al Forte Jafferau. El fuerte es una impresionante construcción en la cima de una montaña de 2.775 metros de altura, Monte Jafferau, fue construido por los italianos en 1896 y se mantuvo operativo hasta el fin de la segunda guerra mundial, cuando fue destruido por los franceses como parte de las condiciones del tratado de paz. No queda rastro del teleférico que subía provisiones desde el valle, pero la carretera militar que llevaba hasta él sigue ahí y aún pertenece al ejército italiano. Abierta al tráfico, es una ruta por pista hasta uno de los puntos más altos que uno puede alcanzar con un vehículo.

Hay tres vías posibles para llegar al fuerte: dos salen del pueblo de Millaures, una mediante las pistas de servicio de una estación de esquí y la otra a través de la carretera militar, la strada militare n.218. La otra vía es la otra punta de al strada militare, que sale del pueblo de Moncellier. Quería hacer esta última porque tiene un elemento que la hace particularmente interesante: un poco antes de conectar con la pista que sube de Millaures, esta ruta atraviesa un túnel cavado en la roca bajo unos impresionantes acantilados, un túnel sin asfaltar y con un fuerte desnivel que siempre está mojado y resbaladizo, con una buena reputación por su dificultad, conocido como la Galleria del Siguret.

Fui hasta el pueblo de Moncellier a primera hora de la mañana para evitar el calor que parecía haberse instalado por todos los Alpes y, justo en el desvío que marcaba el inicio de la ruta, me encontré con esta señal:

Mi italiano es bastante limitado, pero entendí que el túnel estaba cerrado a todo tipo de tránsito, incluyendo peatones, por riesgo de hundimiento. Lo que no tenía tan claro era lo de “divieto di transito” entre los kilómetros 13 y 14. ¿Se refería a la parte que estaba cerrada en el túnel? ¿Quería decir que había un desvío que lo evitaba? No tenía cobertura, así que no podía usar Google para traducirlo, ni escribir a mi hermana, que domina el italiano. Pensé que, ya que había ido hasta allí, al menos podía subir y descubrir por mí mismo si la ruta estaba cortada del todo o no.

Como con cualquier otro deporte, necesito un rato para calentarme y sentirme cómodo haciendo pistas. Desconecté el ABS y el control de tracción y enfilé por el camino, pensando que era un poco más complicado de lo que me apetecía. Era estrecho, algunas partes empinadas y había bastante piedra suelta. Pero eso era solo porque estaba frío y necesitaba estirar un poco.

Al cabo del rato me fui sintiendo más cómodo y empecé a disfrutarlo. La mayor parte de la pista transcurría por dentro del bosque, pero de vez en cuando se entreveía el fondo del valle y podía intuir el calibre de la caída. ¡Suerte que el bosque era denso! Mi mente ya estaba en pleno modo offroad cuando alcancé un pequeño collado donde una hilera de piedras bloqueaba el paso y otra señal más anunciaba que la carretera estaba cortada (esta era la tercera que encontraba, por si aún no lo había pillado) así que, en un arranque de valentía, decidí ignorar las piedras y la señal y, arriesgándome a ser multado por el ejército italiano (los carteles decían que se había cortado por orden suya), seguí adelante para ver si el túnel era transitable.

Al pasar las rocas vi de inmediato que esa parte de la pista no había sido mantenida igual: había más surcos, piedras y algunos árboles caídos, probablemente derribados por avalanchas, que se metían un poco en la pista en algunos puntos. Fui avanzando tan lejos como pude, pero a medio camino de la entrada del túnel, un pequeño desprendimiento bloqueaba la pista. Si hubiese ido con más gente probablemente podríamos habernos ayudado unos a otros a superarlo. Lo intenté yo solo, pero el paso estaba demasiado cerca del borde de la pista para mi gusto, un pequeño error supondría una buena caída por la ladera de la montaña, y sin cobertura y sin haber visto ni un alma en este lado de la ruta en toda la mañana (la gente debía de hacer más caso a las señales que yo) no era una idea que me resultara especialmente atractiva, así que le di la vuelta a la moto como pude y abandoné esa vía, volviendo a la carretera mucho más rápido ahora que ya iba suelto offroad.

Menos de una hora más tarde me encontraba en un desvío en Millaures mirando la misma señal: Galleria del Siguret chiusa, pericolo crollo, bla bla… pero el camino por este lado llegaba al fuerte sin tener que pasar por el túnel así que, ¡para arriba! Una buena señal era que aquí había mucha más actividad: bicis de montaña, varios 4×4 aparcados por la pista, un equipo de mantenimiento trabajando en la pista… El primer tramo ya imponía un poco, unas cuantas curvas de 180º muy empinadas que, si bien no eran demasiado problema a la subida, podían ponerme en aprietos a la bajada. En el punto en que el bosque empezaba a clarear había un pequeño fuerte que dominaba el valle, y paré a hacer algunas fotos. Mientras husmeaba por el lugar, un tipo en una Africa Twin de primera generación apareció pista abajo, entró en el fuerte, enfiló por una pendiente imposible en la colina tras de él, bajó por un camino aún más imposible y se marchó por donde yo había llegado. Me sentí un novato total.

Seguí y al cabo de poco me encontré con un grupo de cuatro motos, dos alemanes y dos italianos, que se habían parado en el desvío donde la pista bajaba hacia el túnel. Desde allí tenía una vista perfecta del collado a donde había llegado por la mañana, la carretera que atravesaba la ladera y la entrada al túnel, con una pila de tierra que bloqueaba la entrada de modo que, aunque hubiese podido pasar del desprendimiento, no hubiese podido cruzar el túnel. Me uní al grupo para el resto de la subida hasta el fuerte, que era más sencilla que el primer tramo en el bosque.

La parte alta de la montaña estaba bastante ocupada: varios 4×4, muchas bicis de montaña y un rebaño de ovejas cuyos enormes mastines intentaron llevarse mi pierna de trofeo al pasar. El último trecho hasta el fuerte había estado pavimentado con piedras en su día, pero ahora estaba tan roto que era horrible circular por él, la moto sacudiéndose con tal violencia que pensaba que se iba a desmontar, pero aguantó como una campeona y llegué al collado sin problemas.

Siendo montañero además de motero pensé que lo decente era hacer a pie los últimos metros hasta la cumbre, así que aparqué la moto allí y llegué andando hasta el pico del Mont Jafferau a pie.

Desde arriba era fácil ver por qué los italianos habían construido esta fortificación aquí. Se dominaba un panorama de 360º y sus ocho cañones debían haber llegado lejos dentro de territorio francés. Mientras disfrutaba de las vistas llegaron una KTM y una Africa Twin y oí a los moteros hablar catalán. Si hay una cosa de la que se puede estar seguro, es que vayas donde vayas, vas a encontrar algún turista catalán, pero ¡no esperaba encontrarlos también aquí arriba! Resulta que eran de Tarragona, y ya llevaban unos días haciendo algunas de las pistas de la zona. También habían intentado meterse en el túnel, pero por este lado, sin más éxito que yo.

Al despedirnos llegó un gran grupo de quads por la otra ladera. Habían subido por las pistas de esquí por esa vertiente, una ruta que yo estaba considerando para no tener que volver por donde había venido, así que les pregunté por el estado de la pista, pues los alemanes que me había encontrado antes me habían dicho que ellos la recordaban muy vertical y con mucha roca suelta cuando la habían hecho algunos años atrás, pero estos me dijeron que hacía poco que la habían nivelado con excavadora y que no había problema para bajar por ahí.

Vale, la pala la podría haber nivelado, o sea que no había piedras de por medio, pero eso no la hacía menos vertical. No solo eso, sino que la tierra estaba suelta del paso de quads y 4×4, así que la bajada era de infarto. Usé la primera, frené con la rueda trasera, toqué lo menos posible el freno delantero, y sudé y solté tacos casi todo el camino. No soy para nada un experto en offroad, más bien al contrario, y estoy seguro de que todo el mérito de llegar abajo de una pieza es de la moto y los neumáticos Mitas, que se comportaron ambos de maravilla en esas condiciones.

Encontré una mesa de picnic a la sombra justo a la entrada de Millaures y me miré la lista de rutas offroad que había hecho mientras comía. Mis piernas, brazos y espalda acusaban la bajada, y por un segundo estuve tentado de dejarlo ahí, pero aún tenía tiempo y sería una pena no hacer al menos otra ruta, así que elegí una que no estaba demasiado lejos y no parecía complicada en base a lo que había leído: la Strada dell’Assietta, una pista a lo largo de las crestas entre los valles de Val Chisone y Val di Susa, también construida por el ejército. Mas o menos en las montañas enfrente de donde estaba, decían que tenía unas de las mejoras vistas de la zona.

 

Fui hasta la estación de esquí de Sestriere y, justo donde empezaba la ruta, me encontré con otra señal anunciando que la pista estaba cerrada. ¡Maldita sea! Leí la letra pequeña (solo en italiano) y me pareció entender que lo que decía era que estaba cerrada los miércoles y sábados. ¿O era de miércoles a sábado? En cualquier caso, nada me impedía el acceso, así que me metí.

Las crónicas que había encontrado sobre esta pista la ponían al mismo nivel de dificultad que la del Forte Jafferau, pero no era para nada así. Quizá es que ya estaba en modo offroad total, pero me pareció una pista muy sencilla con algunas de las mejores vistas de los Alpes. Con más de 30km, también había tiempo de sobra de disfrutarlas, y eso es lo que hice. Me paré a menudo a ver el paisaje, me lo pasé en grande en los tramos más rápidos y, para cuando había terminado, era el tío más feliz del planeta.

Volví a la carretera en Pourrieres, bajé de vuelta a Sestriere y desde allí a Francia por el Col de Mongenèvre de nuevo. De bajada a Briançon me encontré atrapado detrás de un Audi A4 Allroad con un conductor muy, muy lento y mientras me aburría tuve una idea: debería fundar una ONG que se dedique a rescatar coches buenos de conductores pésimos. Es una pena que tantos coches magníficos terminen en manos de conductores desastrosos que nunca los conducirán como se merecen, así que esta organización se dedicaría a quitarles estos coches, encontrarles un nuevo hogar con un conductor entusiasta que se asegure de darle el uso y el cuidado adecuados, y sustituirlos por algo más coherente con su nivel de talento al volante, un utilitario coreano, por ejemplo, un Kia Truño o un Daewoo Larva. ¿Qué os parece?

En el cámping me esperaba una última sorpresa para redondear el día. Justo cuando me sentaba en la terraza del bar, preparado para disfrutar una merecida cerveza, vi a Harald, el alemán que había conocido en Séez y que me había recomendado este sitio. Se sentó en mi mesa y compartimos unas cuantas cervezas e historias.

Cuentapuertos:

21.Col de Montegenèvre 1850m

22. Colle Basset (off) 2424m

23. Colle Bourget (off) 2299m

24. Colle Costa Plana (off) 2313m

25. Colle Blegier (off) 2381m

26. Colle Lauson (off) 2497m

27. Colle della Assietta (off) 2474m

La Route des Grandes Alpes

Día 3 – Miércoles 2 de agosto – de Bellecombe-en-Bauges a Séez (292km)

 

El cámping, llamado Les Framboisiers (de ahí el nombre del perro), era maravillosamente tranquilo y dormir sobre césped mullido era mucho más cómodo que la tierra seca y dura de la noche anterior, así que me desperté fresco y preparado para un día largo sobre la moto.

Primero tenía que recorrer los 90km restantes hasta Thonon-les-Bains, donde la ruta en sí empieza. Tras dejar el cámping atravesé el segundo puerto en la zona, el Col de Leschaux, y luego bajé hasta Annecy. La ciudad era preciosa (una vez más mi GPS decidió tomar la ruta turística a través del centro) pero el tramo desde allí hasta Thonon-les-Bains tenía mucho menos interés; principalmente autopista y luego un trayecto lento por una route nationale atiborrada de camiones de reparto, caravanas y abuelos en Peugeots pequeños.

Esta vez el GPS hizo lo correcto y me llevó directamente al punto de inicio de la ruta, en la D902, en lugar de algún barrio residencial en Thonon-les-Bains (¿quizá no lo estoy programando bien?)

Estaba ansioso por empezar la ruta al fin pero, comparado con las carreteras que había hecho hasta entonces, el inicio era algo decepcionante; la D902 es una vía relativamente importante y, al menos hasta Montriond, había mucho tráfico. Pero no desesperéis si venís a hacer esta ruta, las cosas mejoran rápido. Tened paciencia e id con cuidado, hay muchos lugareños usando esta carretera y algunos de ellos con prisas; en unos pocos kilómetros vi adelantamientos bastante al límite, así que no os arriesguéis.

Este tramo de la carretera atraviesa el Col de Gets, el primero de la ruta, pero es más bien poco destacable (de hecho no me di cuenta de que lo había cruzado hasta más tarde, de modo que no tengo ninguna foto). La carretera desciende entonces hasta Cluses, donde la mayor parte del tráfico desaparece en dirección a la A40 hacia Ginebra o Chamonix. Desde ese punto, la ruta pasa a una carretera mucho más pequeña, la D4, en ascenso hacia el Col de la Colombière. Una vez más, esto era terreno de motos y bicicletas, los pocos coches que se interponían en mi camino despachados rápidamente con un golpe de gas en cuanto tenía unos metros de carretera libre por delante. En vías tan estrechas es importante asegurarse de que los coches sepan que estás detrás suyo y tienes intención de sobrepasarles, pues no hay mucho espacio, justo en el borde de la carretera suele haber una ladera casi vertical sin protección alguna y los conductores suelen estar absortos contemplando las imponentes vistas, de modo que podrían echarte de la carretera fácilmente mientras les adelantas. Usad siempre los intermitentes, haced ráfagas e incluso dad un toque a la bocina antes de empezar la maniobra, siempre en la marcha más corta posible y vigilando que no hay ciclistas.

El puerto en sí era bastante estrecho y había muchos coches aparcados en lo más alto, pues es el punto de inicio de muchas rutas a pie. Paré a descansar un poco y comer algo de fruta mientras disfrutaba de las vistas antes de empezar la bajada por el otro lado.

El siguiente puerto era Col des Aravis, también un punto de inicio de muchas excursiones y, en la distancia, cubierto con sus nieves perpetuas, vi cómo se alzaba majestuoso el Montblanc.

La bajada por el otro lado era suave, a través de vastos campos de hierba con ganado y casas de madera salpicando el paisaje. Al fondo del valle atravesé el pueblo de Notre-Dame-de-Bellecombe y empecé la subida hacia el Col des Saisies.

Este era amplio y abierto, y tenía una estación de esquí que, a diferencia de otras que había visto, estaba abierta y hervía de actividad con excursionistas y bicicletas de descenso. Paré a la sombra de un abeto para leer el mapa y estudiar la situación. Ya había pasado el mediodía y empezaba a acusar el cansancio, estas carreteras pasan factura, hacer 500km al día no es una opción por aquí. Había estado dando vueltas a la idea de dividir el trayecto hasta Briançon en dos días, y concluí que eso me daría más tiempo para tomármelo con calma y tener más tiempo para escribir al final del día, así que decidí hacer un puerto más y buscar cámping.

De bajada del Col des Saisies vi que me quedaba solamente una barra en el indicador de combustible, así que tenía que encontrar una gasolinera cuando llegara al fondo del valle. Una vez llegué, sin embargo, no había ni rastro de la gasolinera que indicaba mi GPS ni ninguna otra, al menos en la dirección en la que yo iba, así que decidí arriesgarme y enfilar el siguiente puerto con la gasolina que me quedaba. Para mi sorpresa, atravesé el precioso Lac de Roseland, el puerto de Cormet de Roseland y llegué a Bourg-de-St-Maurice con gasolina de sobra. Esperaba que la reserva se encendiera de bajada, pues ya pasaba de 300km, pero no lo hizo. No solo eso, cuando fui a llenar el depósito solo entraron algo más de 14 litros, así que aún quedaban más de cuatro dentro.

Era media tarde cuando dejaba atrás Bourg-de-St-Maurice, pero el calor por debajo de 1000m era considerable y el siguiente puerto de la lista era el Col de l’Iseran, el más alto de la ruta y uno que quería disfrutar, así que decidí dejarlo allí y paré en un cámping en Séez. Era un sitio grande, el primero con bar, así que me regalé una cerveza, cosa que no ayudó con el blog.

Cuentapuertos:

8. Col de Leschaux 897m

9. Col des Gets 1170m

10. Col de la Colombière 1613m

11. Col des Aravis 1486m

12. Col des Saisies 1650m

13 .Cormet de Roseland 1967m

Framboise

Día 2 – Martes 1 de agosto – de Sahune a Bellcombe-en-Bauges (404km)

¿Un trayecto corto hasta el lago Leman?

No. Para nada. De hecho, mientras escribo estas líneas antes de acostarme estoy aún a casi 100km del lago, pero no me quejo de nada, la ruta de hoy ha sido maravillosa.

Mi colchón Exped murió y para cuando decidí montar este viaje ya era demasiado tarde para pedir uno nuevo, así que me llevé una de esas colchonetas auto hinchables. Ocupa el doble de espacio plegada que el Exped, y una vez hinchada es cinco veces más fina, de modo que si duermes de lado, como yo, es muy incómoda. Súmadle a eso que el suelo del cámping era tirando a duro y que el calor no dio tregua en toda la noche, y podéis imaginar cuánto dormí. A las 8:00 ya tenía todo empaquetado, había desayunado y estaba listo para partir.

La noche anterior había estado mirando el mapa y vi que a pesar de que según él la ruta pasa por 21 puertos, de hecho no es posible hacerlos todos sin tener que volver atrás en algunos puntos, pues hay rutas alternativas a la principal que llevan a esos otros puertos. Mientras planificaba la ruta el día anterior pensé que sería una pena perderme algunos de los míticos, como el Col de la Madeleine, así que decidí planear una ruta más paisajística.

El trayecto hasta Gap fue de lo mejor que hay; al poco de salir de Sahune la carretera era una maravilla, el aire fresco y la música en el iPod ideal para el momento. Este tramo de la D94 entre Sahune y Serres es una fiesta. Cuando llegué a Gap el GPS me llevó por la carretera de circunvalación, cosa que está muy bien, si no fuera porque no hay ninguna, así que se inventó una a través de barrios residenciales. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo ignoré sus instrucciones y seguí la ruta correcta (que pasa por el centro) con un poco de sentido común y leyendo las señales. Salí hacia el norte por la mítica Route Napoleón (sí, la misma de las películasa de James Bond, pero no el tramo de Cannes) que va hasta Grenoble, pero yo la dejé antes, en Corps, para tomar una carretera más pequeña que me llevó a Sainte-Luce y el primer puerto del día, el Col de l’Holme.

Desde allí un carretera más estrecha que subía y bajaba por el bosque me descubrió dos puertos más, Col de Parquetout y Col d’Ornon, antes de devolverme a la carretera principal en Allemond, desde donde empezaba la subida a los dos primeros puertos importantes: el Col du Glandon y el Col de la Croix de Fer.

Justo pasado Allemond estaba claro que estaba en el paraíso de las curvas. La carretera que ascendía por el valle dejando atrás el impresionante lago de Grand Maison y su presa era zona exclusiva de moteros y cicilistas.

Había algún coche de vez en cuando, pero nunca había visto un coche tan fuera de lugar en una carretera. En lo alto de ambos puertos, decenas de ciclistas agotados pero exultantes se hacían fotos junto a las señales. Yo también me hice algunas fotos pero viéndoles a ellos me sentía poco merecedor del recuerdo. Debo decir que tengo la más gran admiración y respeto por toda la gente que vi conquistar esos puertos a pedal.

Desde arriba del Col de la Croix de fer se veían nubes de tormenta congregándose sobre mi camino, así que me di prisa en bajar por el otro lado, esperando escapar la lluvia que parecía venir inexorablemente. La bajada hacia St-Jean-de-Maurienne era, si cabe, aún más impresionante que el ascenso, estrecha, pronunciada, con barrancos profundos. Había menos ciclistas intentando el ascenso por este lado, pero los pocos que me crucé debían ser superhombres.

Una vez al fondo del valle podría haber tomado la A43 e ir directo al norte a mi destino final, pues se empezaba a hacer tarde, el cielo se cerraba y yo ya acusaba el cansancio; además, los músculos del pectoral izquierdo me dolían, seguramente de dormir en mala postura la noche anterior, pero mi ruta paisajística no estaba terminada aún, me quedaban tres puertos más, entre ellos un nombre reconocible por todos: la Madeleine. Dejé la A43 y empecé el ascenso por una carretera de curvas a través de bosque denso. Las horquillas eran muy cerradas, pero la carretera no era tan estrecha como la de los primeros puertos de la mañana. Más arriba se abría en un suntuoso valle verde que la carretera atravesaba hasta llegar al collado, con unas vistas magníficas. Las nubes de tormenta me seguían persiguiendo, pero hasta ahora había conseguido esquivarlas.

Mientras hacía fotos en lo alto del puerto vi dos parejas en dos Super Ténéré con matrícula española, una de ellas una First Edition como la que me robaron. Me acerqué a hablar con ellos y cuando les conté la historia el tipo me dijo que le sonaba de algo. ¡Resulta que compró la moto en el mismo taller que me la vendió a mí, y el mecánico le había contado la mi historia! El mundo es un pañuelo.

Subir a la Madeleine me suponía un rodeo hasta Albertville y luego bajar un poco hacia el sur antes de volver a encarar hacia el norte y Annecy. Mientras bajaba vi cortinas de lluvia frente a mí; la lluvia de la que había estado escapando me estaba esperando allí delante. El asfalto estaba empapado, señal de que se trataba del clásico chubasco de verano que me iba a dejar empapado en cuestión de segundos. Por suerte, justo cuando llegaba a la lluvia, el GPS me indicó que girase a la derecha hacia otro valle donde el cielo no estaba tan negro. Era la subida a los dos últimos puertos del día, Col de Frêne y Col de Leschau. Eran parte de otro de los recorridos alternativos en la Route des Grandes Alpes, y estaban en una pequeña carretera sin tráfico. Tras pasar el Col de Frêne paré a repostar en el pueblo de Le Châtelard y, justo cuando terminaba de llenar el depósito y me preparaba para seguir los cielos se abrieron y la lluvia que hacía horas que me perseguía finalmente me atrapó. Corrí a refugiarme bajo el porche de la entrada de un Carrefour al lado de la gasolinera y esperé que pasara la tormenta mirando el radar meteorológico en el móvil.

Las nubes avanzaban rápido hacia detrás de mi posición, y podía ver que el cielo estaba más despejado hacia adelante, en dirección al siguiente puerto, así que en cuanto la lluvia paró me puse en marcha. Poco después de la salida del pueblo la carretera volvía a ascender entrando y saliendo del bosque y en una larga curva a la derecha que rodeaba un gran montículo cubierto de hierba vi un pequeño cámping por encima de mí. Aún me faltaban 90km hasta el lago Leman, pero generalmente confío en mi instinto en cuanto a elegir sitio para dormir se refiere, y algo me decía que ese lugar era el bueno. Además, eran ya las 18:00 y estaba cansado, así que di media vuelta y enfilé el camino al cámping.

Era un sitio diminuto, con tan solo un puñado de parcelas colgadas en lo alto de la loma con vistas a los valles del parque natural del Massif de Bauges. Planté la tienda casi al final, con unas vistas magníficas, y me fui a dar una ducha y disfrutar de los lujos que ofrecía el lugar.

Por lujos me refiero a que, al contrario que el cámping anterior, aquí había una mesa de picnic donde podía cenar, un enchufe para cargar baterías, wifi y una especie de sala de lectura donde podía sentarme a escribir.

Mientras cortaba el primer trozo de fuet de la cena noté una presencia cercana. Me giré, con el trozo de fuet aún en la mano y vi esto:

Quería convertirse en mi mejor amigo a sabiendas de que tenía fuet y queso, y no apartó sus ojos de mí ni un segundo. Hipnotizado, no pude evitar darle un poco, lo que no hizo más que empeorar la cosa. Un niña vino a buscarla (era una perra, me dijo la niña, y se llamaba Framboise), pero se negó a irse. Solo cuando hube acabado de cenar y guardado la comida respondió a las insistentes llamadas de su dueña.

Cuentapuertos:

1. Col de l’Holme 1207m

2. Col de Parquetout 1382m

3. Col de l’0rnon 1371m

4. Col du Glandon 1924m

5. Col de la Croix de Fer 2064m

6. Col de la Madeleine 1993m

7. Col du Frêne 950m

Escuela de calor

Día 1 – Lunes 31 de julio – de Barcelona a Sahune (555km)

 

Viajar en moto atrae buenas vibraciones. He descubierto que es sin duda una de las mejores maneras de conocer gente nueva e interesante y, mientras cargaba la moto, aparcada delante de mi portería, pensaba que tenía ganas de pasar los siguientes días en la carretera. Lo que no me esperaba era que el primer encuentro tendría lugar antes incluso de subirme a ella.

“¿Vives aquí, verdad?” oí que me preguntaban. Me volví algo sorprendido, pues la mayoría de la gente suele preguntar por la moto, y me encontré con un chico joven y alto con un casco bajo el brazo. Señaló a una KTM 1150 Adventure R aparcada del otro lado de la calle y me dijo “esa es la mía”. La había visto en la acera muchas veces y siempre me preguntaba de quién sería. Tenía ruedas de tacos y manchas de barro, lo que demostraba que se le había dado buen uso. El chico se presentó como Marc, y resulto que éramos vecinos del mismo bloque. Charlamos un rato y quedamos que haríamos alguna salida tras las vacaciones.

Me negaba a pagar peajes aquí, así que me puse en ruta hacia Ripoll para cruzar la frontera con Francia por Prats de Motlló, que es una ruta mucho más agradable que la que hacen todos los que parten de vacaciones por la A7. Los primeros kilómetros me llevaron exactamente por el mismo camino que hago para ir al trabajo, saliendo de la ciudad con la habitual marea de la hora punta de los lunes por la mañana pero, en lugar de ser un conductor anónimo más, noté que la gente se fijaba en la moto y en mí, sabían que iba a algún lugar más allá. Una vez lejos de la ciudad el sol salió y pensé que hacía un día perfecto: cielo claro, la temperatura subiendo suavemente pero siempre a un nivel agradable a medida que ganaba altura hacia los Pirineos… Estaba perdido en estos pensamientos cuando vi que un Alfa negro con dos chicas preciosas se había puesto en paralelo a mí. La pasajera me sonrió, hizo una foto y me deseó buen viaje con los pulgares levantados. ¡Eso es empezar bien!

Paré a repostar justo antes de enfilar la subida del Coll d’Ares, el puerto de montaña por el que miles de personas huyeron desesperadas hacia el exilio el invierno de 1939, huyendo del avance de las tropas fascistas en los últimos meses de la guerra. Enfrente de la estación, una patrulla ed de los Mossos multaba a un motorista francés pillado por un radar móvil escondido a la salida de una pueblo dos kilómetros más abajo. Por suerte, una furgoneta que venía en el otro sentido me había avisado y aflojé a tiempo.

Bajé hacia Francia por las gargantas del río Tech, una ruta que siempre es un placer. Cuando llegué a Ceret enfilé hacia el norte por carreteras locales para ir un poco más lejos antes de coger la autoroute, y descubrí unos cuantos pueblos preciosos. Tras comer en uno de ellos (Llauro) con unas vistas estupendas sobre la llanura que desemboca en el Mediterráneo empezó a hacer demasiado calor para disfrutar de la moto, así que entré en la autopista cerca de Perpiñán. El plan era ir hasta Grenoble, encontrar dónde dormir y hacer carreteras de montaña el resto del camino hasta Thonon-les-Bains, a orillas del lago Leman, donde empieza la Route des Grandes Alpes.

Sin embargo, cerca de Nîmes ya no tenía tan claro que pudiera llegar tan lejos. La temperatura había ido subiendo sin tregua y ya llevaba rato anclada por encima de los 40ºC, me encontré con el clásico atasco donde la autopista se bifurca hacia Marsella, y el calor, lejos de mejorar cuando tomé la A7 hacia el norte, empeoró. A la altura de Bolène ya estaba harto y decidí cortar hacia el este en dirección a Gap por carreteras secundarias. Buscaría un lugar para dormir y al día siguiente terminaría el camino hasta Thonon-les-Bains.

Al poco de dejar la autoroute la cosa cambió radicalmente. Entré en la zona del parque natural de las Baronnies Provençales, la temperatura bajó, el tráfico desapareció y la maravillosa Francia rural se desplegó ante mí. Normalmente digo que no me gusta tener que atravesar toda Francia para ir a cualquier destino más lejano, pero eso es solamente porque se hace por autopista. Viajando a través de estos pequeños pueblos irresistiblemente franceses recordé lo bello y variado que es este país.

Pasé de largo unos cuantos cámpings antes de encontrar lo que buscaba: un pequeño cámping municipal al lado del río en Sahune. Tranquilo, barato y al lado de un sitio para bañarse. Gap aún quedaba lejos, pero ya estaba sudado y cansado, así que decidí quedarme aquí.

Route des Grandes Alpes 2017 – Intro

Tras un mes de julio inusualmente ocupado en el trabajo, las vacaciones por fin habían llegado y me encontré con dos semanas para mí solo antes de que mi pareja empezara las suyas. No había tenido tiempo de planear nada, pero tenía una vaga idea rondándome por la cabeza acerca de un proyecto que hacía tiempo que quería llevar a cabo; una especie de recorrido y documental sobre una línea de tren jamás terminada en el sur de Aragón que había estado explorando. Pensé que tenía suficiente tiempo para hacer algo con ello ahora, pero dos cosas me frenaron: una, no había podido encontrar a alguien que me ayudase y, dos, la ola de calor que se había cernido sobe todo el sur de Europa con toda probabilidad habría convertido una zona ya cálida de por si en un infierno. No era la mejor época para ir a recorrer vías abandonadas, parecía.

Decidí dejar el tema aparcado por el momento y buscar un destino más fresco. Los Pirineos eran tentadores, pero es un lugar al que puedo acercarme cualquier fin de semana y ya los había recorrido de costa a costa, así que decidí ir más al norte: los Alpes.

Busqué una ruta interesante que pudiera hacer en una semana y poco y descubrí la Route des Grandes Alpes, una ruta que atraviesa todos los puertos de montaña en los Alpes franceses desde el lago Leman hasta la Riviera Francesa. También quería hacer algo de rutas por pistas, pero vi que la mayoría estaban cerradas al tráfico con la excepción de unas pocas rutas míticas en la zona de Briançon, así que quedó decidido: haría la ruta con el añadido de unos días de salidas offroad para hacer las cosas un poco más interesantes.

Preparados, listos… ¡ya!

Día 12 – 6 de enero – de Algeciras a Barcelona (1151km)

Eso es más o menos lo que Esteve quería hacer en el momento en que bajara la rampa del ferry: retorcer el puño del acelerador y no soltarlo hasta llegar a Barcelona. Era un trayecto muy largo, más de lo que habíamos hecho hasta Almería al inicio del viaje, que habían sido poco más de 800km y nos había llevado más de lo esperado. Estábamos hablando de casi 1.200km, una distancia que habíamos previsto cubrir en dos días, con una parada en Ademuz, donde tenemos una casa de la familia, cosa que nos permitiría ahorrarnos el coste de una noche de alojamiento.

Esteve, sin embargo, ya estaba cansado de tantos días sobre la moto e insistió en que quería llegar a casa lo antes posible, y si eso suponía hacerlo del tirón, pues que así fuera, tendría todo el fin de semana para deshacer las maletas, relajarse y prepararse para la vuelta al trabajo el lunes, una vuelta que preveía estresante. Intenté disuadirlo, pero había otros factores a tener en cuenta. ¿Os acordáis del problema con la suspensión de Gerard? Tanto él como Raluca no estaban demasiado entusiasmados con la idea del largo camino de regreso, incluso si era en dos jornadas, así que le estaban dando vueltas a la idea de llamar al seguro de la moto con el pretexto de la chapuza de la reparación, mandarla de vuelta a casa y viajar hasta Barcelona a cargo del seguro, incluso pasar un día visitando Granada antes de todo ello. Además, debo confesar que en este punto yo tenía parte de culpa de los planes que estaban haciendo tanto Gerard como Esteve, pues unos días atrás había descubierto que me había dejado las llaves de la casa, de modo que si volvíamos en dos etapas nos teníamos que costear una noche de hotel de todos modos.

La noche anterior Esteve ya había decidido que volvía del tirón, y yo empezaba a plantarme hacer lo mismo. Gerard y Raluca dijeron que tomarían la decisión al bajar del ferry, de modo que decidimos que lo mejor sería despedirnos en el barco y empezar la vuelta nada más salir del puerto.

Teníamos ya las tarjetas de embarque que recogimos el día anterior, de modo que esta vez no fue necesario madrugar tanto; el ferry salía a las 9am y solo era necesario estar en el puerto media hora antes. Además, era el día de reyes, así que todo el mundo estaría en casa abriendo los regalos con la familia, con lo que no esperábamos colas para embarcar ni tráfico para cruzar la península.

Una vez atravesadas las cabinas de control de las tarjetas de embarque me esperaba ir directo a la cola para subir al ferry, pero en lugar de ello vimos que había que pasar un control de aduanas. Pensé que este tema ya estaba zanjado al haber atravesado la frontera de entrada a Ceuta pues, al fin y al cabo, ya estábamos en España y territorio comunitario, pero parece que las autoridades tenían otro punto de vista.

La barrera estaba bajada y no parecía que hubiera nadie en la caseta, así que nos tocó esperar hasta que apareció un guardia civil medio dormido y claramente frustrado por tener que trabajar en tan señalada fecha en lugar de estar en casa con los niños. El único vehículo delante nuestro era una furgoneta grande con matrícula belga y con un solo ocupante de aspecto árabe. Creí que la policía iba a hacer un control rutinario rápido, pues faltaban 10 minutos para la salida del ferry, había muy pocos coches en la fila y, como ya he dicho, ya estábamos en España. Sin embargo, de dentro de la caseta apareció otro policía con un perro y le pidieron al de la furgoneta que abriera la parte posterior, hicieron subir al perro y éste se dedicó a olisquear toda la caja. En ese preciso momento recordé que la noche anterior había dejado lo poco que sobró del bocadillo en el bolsillo de mi chaqueta, que estaba plegada y guardada en la maleta izquierda. ‘Vale’, pensé. ‘No pasa nada, es una minucia, para uso propio y tal puedo decir si el perro huele algo… esas cantidades se toleran habitualmente en España.’

El perro terminó con la furgoneta, el conductor arrancó y se fue hacia el barco. El policía con el perro miró las tres motos, el perro estaba mirando al mar, el policía miró al resto de coches en la corta cola, nos volvió a mirar y nos hizo el gesto de que pasáramos. El perro no dejó de mirar al mar en ningún momento.

Con un suspiro de alivio seguimos adelante hasta topar con otro control antes del maldito barco, esta vez con una empleada de la naviera y otro agente de aduanas, comprobando los pasaportes. Ya había guardado el mío, y cuando paré la moto y empecé a abrir cremalleras para sacarlo de nuevo, el policía me miró, yo con el casco y las gafas de sol puestas, solo con el bigote asomando un poco, y me preguntó con un espeso acento del sur: ‘¿Tu eres español?’ ‘Sí’, le dije, y me respondió ‘pues tira’. Seguridad de la buena.

El ferry era un catamarán rápido y en menos de una hora de trayecto bien movido a través del estrecho estábamos en Algeciras. Nos habíamos despedido ya y estábamos listos para salir, al final iba a volver del tirón con Esteve.

Bajaron la rampa, abrimos gas y salimos al muelle, listos para lanzarnos a la carretera y devorar kilómetros lo antes posible, eran las 10 de la mañana y teníamos al menos unas 12 horas de moto por delante. Giramos hacia la salida del puerto y encontramos… otro control de aduanas. ¡Otra vez! Esta vez había cinco o seis coches delante de mí, y el policía con el perro (sí, había otro perro) lo estaba haciendo olisquear cada coche en la fila. Cuando hubo terminado con el coche de delante, miró la moto y me hizo el ya familiar gesto de que pasara, tras lo cual se puso a examinar el coche siguiente. Pasar fronteras en moto es lo mejor.

Finalmente salimos del puerto y comenzamos la larga vuelta a casa. Usamos una combinación de autopistas y autovías en busca de la forma más rápida y barata de volver a Barcelona, y decidimos que pararíamos solo a repostar y una vez para comer a mediodía. El cielo estaba nublado y había posibilidad de lluvia en el sur de España, pero en cuanto dejamos atrás la costa el cielo se aclaró y nos dejó un día perfecto para ir en moto, si bien la temperatura no subió en ningún momento de los 12ºC. En la segunda parada para llenar el depósito me tuve que poner toda la ropa que había usado en el trayecto de bajada, llevábamos una hora a 1.000m por encima del nivel del mar y me estaba congelando. La cosa mejoró a medida que volvimos a acercarnos a la costa pasado Murcia, pero duró poco. La noche nos cogió al sur de Valencia, y finalmente llegué a la puerta de casa a las 10:20pm, tras haberme separado de Esteve en Vilafranca. Habíamos hecho 1151km en 10 horas y 26 minutos según el GPS, el trayecto más rápido en las dos semanas de viaje.

Al levantar la vista del GPS vi a Nat, que llegaba a casa con pizza y cerveza como regalo de bienvenida. ¡Eso sí que es amor!

Espejito, espejito

Día 11 – 5 de enero – de Chefchaouen a Ceuta (104km)

Visitamos de nuevo la medina por la mañana para ver más con luz natural; ofrecía un contraste interesante con la tarde anterior. Era temprano y casi todas las tiendas estaban aún cerradas o empezaban a abrir, y las calles estaban muy tranquilas.

Esta vez la atravesamos hasta el límite este de la ciudad, donde hay unas pequeñas cascadas con un sistema de captación de aguas muy antiguo, un buen ejemplo de ingeniería hidráulica por la que destacó en su día la cultura árabe, y un par de fregaderos públicos. Estas instalaciones se encuentran aún con relativa facilidad en muchos pueblos de España, aunque casi ninguno cumple ya su función original. Algunos están en secos y en ruinas, otros han sido restaurados como parte del patrimonio del pueblo, pero aquí seguían en uso: unas pocas mujeres estaban lavando a mano mantas, sábanas y alfombras en el agua helada.

Poco después de tomar la carretera principal hacia la frontera con Ceuta encontramos gente al borde de la carretera gesticulando y haciendo ofrecimientos obvios a que les compráramos material para bocadillos. El día anterior había leído en un blog una advertencia contra una estafa común: esa gente ofrecía cantidades considerables del producto a precios muy bajos, de modo que los turistas caían en la tentación de comprarlo, sobre todo los que iban hacia el sur a empezar su periplo marroquí, no hacia la frontera como nosotros. Una vez han escondido el material en el vehículo y siguen con su ruta, el vendedor llama por teléfono o por radio a una patrulla policial con la que tiene un acuerdo y que paran al iluso turista en un control un poco más adelante. Encuentran el material de inmediato, cuya cantidad es suficiente para suponer problemas serios, incluso una visita a un calabozo, y exigen un soborno a cambio dejar en libertad a la víctima. Los turistas suelen tener que aflojar entre 300 y 400 euros a cambio de poder seguir con su camino, y la policía devuelve el material requisado al vendedor para volver a iniciar la estafa con el siguiente grupo de chavales en búsqueda de la experiencia marroquí.

Yo me había olvidado por completo de nuestro propio material; tan solo queríamos comprar un poco, lo justo para la noche anterior, porque sabíamos que hoy íbamos a la frontera y, naturalmente, no queríamos arriesgarnos, pero nos habían dado suficiente para varios bocadillos y tras el primero nos habíamos ido todos a la cama sin pensar más en el asunto.

Entretanto, en la carretera principal de camino a Tetuán, mi moto acusó finalmente el estado de las carreteras de Marruecos. Hasta el momento habíamos tenido incidentes con la moto de Gerard (el tema del guardabarros y del faro) y con la de Esteve (su cuentarrevoluciones había decidido recalibrarse a sí mismo 2.000rpm por encima de donde debería estar durante buena parte del viaje). El país estaba resulto a no dejarme ir sin pasar por el tubo yo también, y a pocos kilómetros de la frontera, mientras iba el último del grupo, se me aflojó el retrovisor izquierdo. Era como llevar una banderola en el manillar y no podía ver el tráfico detrás de mí, algo bastante peligroso en estas carreteras, así que adelanté al grupo y paramos para apretarlo.

Tetuán fue larga de cruzar, y eso que íbamos por una avenida que la rodeaba, ni siquiera nos acercamos al centro, pero el denso tráfico y controles policiales cada pocos cientos de metros ralentizaban nuestro avance. Decidimos evitar la autopista hasta la frontera para ahorrar algo, ya que la nacional suponía tan solo unos minutos de más, y la ruta que tomamos nos brindó unos contrastes interesantes. A lo largo de unos 40km fuimos paralelos a la costa, con vistas a algunas de las edificaciones con diferencia más caras que habíamos visto en todo el viaje. Eran resorts de playa encadenados uno tras otro a ambos lados de la carretera, nada que ver con los edificios decrépitos en la zona de la frontera en Melilla, pero el contraste más fuerte estaba en las colinas a nuestra izquierda, más allá de los resorts. En algún lugar de esas montañas, en condiciones infrahumanas en campos improvisados, miles de personas que habían cruzado gran parte del continente africano en busca de una vida mejor aguardaban con la esperanza de poder cruzar la frontera con Ceuta y pisar territorio de la UE. Habíamos visto en la prensa que tan solo unos días antes de llegar nosotros un grupo de más de 1.000 subsaharianos habían asaltado la valla que separa Ceuta de Marruecos, situación que había requerido la intervención de la policía de ambos países. La técnica es intentar saltar la valla en grandes números, de modo que al menos algunos tengan la oportunidad de llegar al otro lado. La cosa terminó con varios heridos en ambos bandos y tan solo dos inmigrantes logrando superar la valla, para terminar en el hospital a causa de las heridas.

En estas fechas, al menos en España, todo el mundo compra lotería; es una tradición muy extendida y la gente intenta conseguir boletos de todas partes, víctimas de esa especie de chantaje psicológico: “¿y si cae aquí, y si cae allí…?” Se compran boletos en el trabajo, en el bar de toda la vida, en la escuela de los chavales, a dónde sea que viajan en las semanas previas al sorteo, en todo tipo de clubes y agrupaciones… Hace tiempo que yo he dejado de malgastar dinero en ello porque me di cuenta de que ya me ha tocado el gordo en la lotería de la vida. Mientras avanzaba hacia la frontera de Ceuta pensaba que yo no era distinto de toda la gente que había encontrado viajando por países menos afortunados que el mío. Podría haber nacido en cualquier lugar del mundo, pero tuve la increíble suerte de ir a parar al primer mundo, a una buena ciudad, a una maravillosa familia. No somos conscientes del enorme privilegio que eso supone, de que la realidad que vivimos no es la realidad del planeta Tierra. Somos una minoría afortunada y lo olvidamos demasiado a menudo. Todos deberíamos tomarnos unos instantes para apreciar lo que tenemos.

Esta vez la frontera estaba mucho mejor organizada que en Melilla. También encontramos tipos intentando vendernos formularios de inmigración y conseguir dinero para ayudarnos a rellenarlos, pero teníamos todos los papeles listos y pasamos de largo hacia el interior del recinto, donde, a diferencia de Melilla, no se les permitía la entrada, de modo que pudimos hacer cola en paz hasta que nos sellaron los pasaportes y tramitamos la salida de las motos del país.

El trámite completo duró una media hora, y la entrada en España tan solo requirió enseñar el pasaporte. No fue hasta ese momento cuando, con un destello de pánico, me acordé del material para bocadillos y me pregunté si Gerard lo había cogido o lo había abandonado en el apartamento para evitar riesgos en la frontera. Por suerte, nadie parecía interesado en registrar a cuatro tipos en moto y con cara de cansado, y pasamos sin incidente alguno. Cansado y con ganas de pillar la ducha del hotel, se me olvidó de nuevo rápidamente preguntar por el asunto.

El día siguiente era 6 de enero, y encontramos la ciudad preparada para dar la bienvenida con el habitual desfile por sus calles a los Reyes Magos de Oriente, que vienen a traer regalos al niño Jesús o algo así. Resulta que sus Majestades ya habían llegado a Ceuta a media tarde y se alojaban con todo su séquito en nuestro hotel, de modo que a nuestra llegada encontramos una horda de críos y padres haciéndose fotos con ellos en el vestíbulo antes del desfile. Tras una merecida ducha nos escapamos a cenar, a por unas cervezas y un bocadillo.

Fue entonces, mientras celebrábamos el fin de nuestro viaje con las muy ansiadas cervezas y sentados  en una terraza con vistas al mar desde donde se adivinaba la silueta de las colinas que rodean Chefchaouen en el horizonte, cuando le pregunté a Gerard qué había hecho con los ingredientes. Me dijo que lo había escondido en la punta del dedo meñique del guante de la moto.

Volubilis y Chefchaouen

Día 10 – 4 de enero – de Moulay Idriss a Chefchaouen (181km)

Los cortos días de invierno hacían que pasáramos la mayor parte de las horas de luz en la moto con poco o nada de tiempo para visitar cosas una vez llegados a destino, de modo que desde Marrakech habíamos empezado a hacer jornadas más cortas y hacer turismo durante el recorrido.

Hoy teníamos un tramo particularmente corto y teníamso previsto ver dos cosas. La primera eran las ruinas de Volubilis, un importante asentamiento romano dos kilómetros a las afueras de Moulay Idriss, antigua capital del reino de Mauritania y el sitio exacto en el que Moulay Idriss I llegó en el siglo VIII y estableció el Islam en Marruecos, pues la actual ciudad de Moulay Idriss Zerhoun no se construiría hasta dos siglos más tarde.

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Gran parte del material empleado en la construcción de la nueva ciudad se tomó de Volubilis, y actualmente los restos más importantes que han quedado son la basílica y el templo de Júpiter Capitolino, así como el arco de triunfo.

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La ciudad pasó a formar parte del Patrimonio Mundial de la UNESCO en 1997, y a la hora en que llegamos nosotros se encontraba desierta, sin otros turistas ni nadie ofreciéndose a hacernos de guía. Pasamos más de una hora deambulando entre las ruinas, apreciando la extensión del lugar, la situación privilegiada al pie de las colinas, entre dos arroyos (llamados wadis aquí), con una amplia extensión de tierra fértil más allá de sus muros.

El sol iba ganando altura y con toda la ropa de moto que llevábamos encima decidimos que empezaba a hacer demasiado calor para la visita y enfilamos la carretera hacia nuestro próximo destino; Chefchaouen, la ciudad azul.

Durante la siguiente hora la carretera era bastante monótona, pero pasado Ouzzane entramos en la zona del Riff y las cosa mejoró mucho: valles verdes, carreteras de curvas, buen paisaje… todo lo necesario para un trayecto interesante hasta Chefchaouen.

img_0045Una vez a las afueras, viendo que era solo la una del mediodía y que Ceuta, donde se supone que íbamos a pasar la siguiente noche antes de tomar el ferry de vuelta a casa, estaba a tan solo 100km más, tuvimos un debate entre seguir con el plan establecido y quedarnos en Chefchaouen o visitarla rápido y seguir hasta Ceuta. Gerard y Esteve estaban ya cansados de tantos días sobre la moto y la idea de llegar a casa un día antes les resultaba tentadora, pero yo quería visitar Chefchaouen sin prisas y descansar un poco. En cualquier caso, avanzar el plan un día suponía cancelar la reserva en Chefchaouen, avanzar la de Ceuta y cambiar el billete de ferry, sin garantías de que pudiéramos recuperar el dinero en ninguno de los tres casos. Esto pareció razón suficiente para convencerlos de seguir con el plan y entramos en Chefchaouen en busca de nuestro alojamiento.

Esta vez habíamos reservado en un sitio llamado Villa Rita, una casa de huéspedes a 15 minutos a pie de la medina. Tardamos un buen rato en encontrarla, pues no teníamos una dirección exacta y la situación en el GPS era aproximada. Además, cuando llamamos a la puerta no había nadie. Por suerte, tras una llamada, el encargado apareció y la cosa mejoró muy rápido. Teníamos sitio para aparcar las motos dentro de la casa, en lugar de habitaciones teníamos un apartamento entero para nosotros, había calefacción, una chimenea en el comedor, wifi que funcionaba bien en todas las habitaciones y agua caliente en el baño. De lejos el mejor sitio de todo el viaje.

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Con unas cuantas horas de sol aún por delante bajamos a visitar la famosa ciudad azul, llamada así porque prácticamente todas las casas están pintadas de este color y algo de blanco, dándole un aire único y precioso a la medina. Nos contaron que el motivo es porque se supone que el color azul repele los mosquitos, mientras que el blanco cumple la ya conocida función de mantener los edificios frescos durante el calor del verano.

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La medina era mucho más grande de lo que nos esperábamos y, a pesar de ser una de las atracciones más grandes de la parte del país donde nos encontrábamos, no había demasiada gente en la calle, así que disfrutamos de un agradable paseo hasta el anochecer.

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Chefchaouen también es conocida por ser el centro de una de las principales regiones productoras de cannabis del país, y los turistas reciben ofrecimientos sin tapujos para comprar el producto por todas partes de la medina, así como la posibilidad de visitar las plantaciones.

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Al contrario de lo que cree la mayoría de la gente, no es fácil, por no decir imposible, encontrar cannabis fuera de esta región, y no es legal plantarlo ni venderlo en Marruecos. Sin embargo, siglos atrás, algunas familias obtuvieron un permiso especial del rey en el Riff, y en la actualidad la región se sigue valiendo de ello.

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Como parte de nuestra experiencia en Marruecos decidimos comprar un poco de… ¡Epaaaa! Un momento. Se supone que esto es un blog para todos los públicos. OK, a modo de guiño a How I Met Your Mother, digamos que decidimos comprar “bocadillos” de uno de los tipos en la plaza principal.

Se fue a buscar a un amigo, que nos dijo que le siguiéramos a un rincón menos concurrido e inmediatamente empezó a charlar. Nos contó que era algo así como la celebrity local, ya que había aparecido en un clásico del cine español de finales de los 80, ‘Bajarse al moro’. Para aquellos que no lo recuerden, en la película una jovencísima Verónica Forqué, que se gana la vida vendiendo bocadillos en Madrid viaja a Chefchaouen a por ingredientes. Nuestro amigo había hecho el papel del niño que se ofrece a llevarla a la montaña a ver las plantaciones y comprar material. Como hablaba español, el director encargó además al chaval la tarea de encontrarle todos los extras para las escenas con gente, y desde entonces, los turistas españoles asocian su cara con los bocadillos, así que, según él, se vio ‘forzado por la vida a dedicarse a ese negocio’.

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No queríamos comprar mucho, solamente para probarlo, pues íbamos ya de vuelta y al día siguiente pasábamos la frontera, así que conseguimos convencerle para comprar poca cantidad y de vuelta al apartamento vimos que era tan bueno que con solo bocadillo tuvimos suficiente y caímos rendidos en la cama.

La ciudad sagrada

Día 9 – 3 de enero – de Kasba Tadla a Moulay Idriss (308km)

Hoy teníamos una jornada corta por delante, así que armados con las recomendaciones de nuestro huésped partimos temprano y dejamos la carretera principal para adentrarnos en el Atlas Medio a través de unas carreteras muy atractivas. Esto no quiere decir que la nacional fuese aburrida como el día anterior, esta vez atravesaba campos verdes, tenía más curvas y mejor paisaje, haciendo del inicio del día una experiencia especialmente agradable.

Cuando alcanzamos la ciudad de Kenifra nos desviamos a la derecha y empezamos a ganar altura por carreteras estrechas en busca de a nuestra primera parada, un lago llamado Aguelmame Azigza. Los espacios abiertos de campos verdes dejaron lugar a bosques de cedros, y el paisaje estaba salpicado de placas de nieve aquí y allí, incluso encontré hielo al parar en un cruce para comprobar si íbamos por buen camino.

img_1974Me detuve en el espacio sin asfaltar en medio de la bifurcación entre las dos carreteras sin advertir que había una placa de hielo debajo de mí y al poner el pie en el suelo casi caemos la moto y yo. Por suerte, salvé el resbalón a tiempo y avancé unos metros hacia terreno más seguro.

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Encontramos el lago unos pocos kilómetros más adelante por una carretera aún más estrecha que terminaba por convertirse en una pista sin asfaltar unos centenares de metros antes del agua. Estaba al fondo de un valle abierto con unas pocas tiendas de pastores nómadas en sus laderas, desde donde nos llegaban los balidos de algunas ovejas. Dejamos las motos en la pista y bajamos a pie hasta la orilla. Enseguida vimos que había sido una buena idea no intentar meter las motos hasta allí, pues lo que a primera vista parecía terreno seco era en realidad una arcilla grisácea muy resbaladiza, tanto que incluso a pie casi vamos al suelo en numerosas ocasiones.

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Cuando volvimos a las motos descubrimos que teníamos visita. Un mono había salido del bosque y estaba curioseando alrededor de las motos, probablemente buscando comida. Gerard le dio unos dátiles que había comprado en Ouarzazate y cuando fuimos a subir a las motos nos dimos cuenta de que se había subido a las tres, dejando manchas de barro en los asientos. Suerte que no habíamos dejado los guantes, bragas, cascos, etc. sueltos en la moto, o seguramente se los hubiera llevado.

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Una vez dejado el lago atrás, la carretera se volvía peor, aún con asfalto, pero con la superficie tan rota que nos obligaba a ir lentos. En uno de los peores socavones la suspensión delantera de la moto de Gerard se comprimió por completo y el guardabarros se enganchó en la barra que une ambos lados de las defensas, de modo que no podía extenderse de nuevo. En un momento de puro pánico, sintió que había perdido la dirección casi por completo, pero, afortunadamente, iba bastante lento y se pudo detener sin problemas. Cuando estaba a punto de bajar de la moto, el guardabarros se liberó y la suspensión se extendió de golpe, haciéndole perder el equilibrio y casi tirándole a él y a Raluca al suelo.

Unos meses atrás, había tenido un accidente en esa misma moto. Nada serio, pero tras reparar la moto notaba vibraciones en el manillar y la había llevado a dos mecánicos distintos que habían comprobado la rueda y no habían encontrado nada. En el viaje de bajada a Marruecos, sin embargo, yendo a su lado en rectas mientras hacíamos vídeos, se podía apreciar a simple vista que la rueda no giraba como debería. Mientras arreglaba el problema con el faro en Errachidia estudié las barras de la suspensión desde arriba y estoy bastante seguro de que estaban ligeramente dobladas hacia atrás. El incidente con el guardabarros confirmó mi sospecha. La suspensión se había doblado lo justo para que el guardabarros se acercara demasiado a la barra de las defensas.

Estábamos a tan solo unos kilómetros de nuestro siguiente destino, los manantiales de Oum-er-Rbia, así que decidimos seguir con precaución y ocuparnos del problema allí.

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Los manantiales están situados en unas gargantas rocosas y hay 47 puntos distintos de donde mana el agua. 40 de ellos son de agua dulce, y los otros 7 son de agua salada por los minerales en esa parte de la montaña.

img_2008Había algo de infraestructura de cara a los turistas, con paradas hechas de madera y paja, pero la mayoría estaban vacías; era un lugar apartado de las rutas principales y parecía que no estábamos en temporada alta. Había un par de mujeres vendiendo pan y algunos sitios ofrecían un Tajín que olía a cielo, pero habíamos desayunado abundantemente y no íbamos a comer de nuevo hasta llegar al destino final de día, así que tuvimos que rechazar educadamente las insistentes ofertas de nuestro guía, un tipo que había insistido en enseñarnos el lugar desde el momento en que habíamos aparcado las motos.

De vuelta a ellas, sacamos las herramientas y nos pusimos manos a la obra para desmontar el guardabarros de Gerard. Se supone que hay que sacar la rueda delantera para hacer esto en una V-Strom, pero con un poco de estira y afloja y fuerza de voluntad, salió sin demasiados problemas, y lo amarramó a una de sus maletas para el resto del viaje, furioso con los mecánicos que no habían visto nada raro con la suspensión. A mí también me sorprendió, era un problema serio, potencialmente peligroso y una de las primeras cosas a comprobar tras un accidente… O bien ambos mecánicos eran tremendamente incompetentes, o bien habían decidido, juntamente con el perito de la aseguradora, que los daños no eran para tanto y habían dejado la moto tal cual, cosa que me parece aún peor.

Tras comprobar que la rueda ya no tocara con la barra, seguimos por carreteras aún más bonitas, atravesando de nuevo el Forêt des Cèdres, esta vez algo más al oeste que en nuestra ruta de bajada, cuando lo cruzamos por primera vez de camino a Errachidia. En Azrou giramos hacia el noroeste, atravesamos Meknes y con las últimas luces del día llegamos a Moulay  Idriss, donde habíamos encontrado alojamiento para esa noche.

Moulay Idriss es un lugar muy importante para el pueblo marroquí, pues se considera el lugar donde se originó el Islam en Marruecos. Es aquí donde Moulay Idriss I, que da nombre a la ciudad, llegó trayendo con él la religión del Islam. Al ser considerado un lugar sagrado, los turistas no tenían permitido quedarse tras la puesta de sol hasta 2005. En la práctica, esto significa que aún hoy hay pocos sitios donde alojarse, y el lugar no está infestado de las habituales trampas para turistas que uno encuentra en las medinas de Fez o Marrakech. Teníamos una reserva en un pequeño hotel y los habíamos contactado para preguntar si había lugar para dejar las motos y, cuando llegamos a la plaza donde se supone que se encontraba el hotel, un hombre ya nos estaba esperando para indicarnos donde aparcar. El hotel estaba en realidad en un callejón y solo se podía acceder a él por unas escaleras, así que las motos se tenían que quedar en la plaza, que también cumplía las funciones de estación de taxi y bus de la ciudad. Era un sitio bastante transitado, y había un tipo que se ocupaba de vigilarlas por 50 dirhams, así que no nos preocupó demasiado dejarlas allí, especialmente porque el lugar daba mucha mejor impresión que Marrakech.

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A estas alturas del viaje teníamos muy claro ya que el país no está preparado para el invierno. Las casas están diseñadas para un clima mucho más cálido la mayor parte del año, de modo que las ventanas no ajustan, los edificios tienen grandes espacios abiertos, hay cortinas en lugar de puertas en muchos sitios, no hay calefacción y apenas hay agua caliente. Al menos este hotel tenía una bomba de calor en condiciones en las habitaciones, pero el tema del agua caliente en la ducha era el mismo que en el resto de sitios: agua fría.

Ya había oscurecido, pero aún tuvimos tiempo de visitar la medina y el mercado antes de cenar, y descubrimos que, al igual que el día anterior en Kasba Tadla, eran auténticos y muy agradables, sin otros turistas ni tiendas de recuerdos ni gente acosándonos para que compráramos algo.

Las cascadas de Ouzud y el motero solitario

Día 8 – 2 de enero – de Marrakech a Kasba Tadla (276km)

Tras la experiencia de Marrakech decidimos que lo mejor era evitar las ciudades, así que en lugar de pasar la siguiente noche en Beni-Mellal encontramos un riad en una pequeña población llamada Kasba Tadla, 30 kilómetros más al norte. A pesar de ello teníamos una jornada más corta sobre la moto, así que por primera vez en el viaje íbamos a aprovechar para parar a visitar cosas en vez de ver el país desde la moto.

Dejamos las estrechas calles del casco antiguo en formación cerrada y nos zambullimos en el tráfico de hora punta de la mañana sin desayunar, pues no estaba incluido y nuestro escritor bohemio pedía demasiado por él. Al entrar en la avenida principal de salida de la ciudad las dos otras motos quedaron un poco rezagadas detrás de algunos coches, de modo que cuando vi una gasolinera un poco más adelante me detuve a un lado, esperé a ver el faro de Gerard y entré hasta los surtidores. Cuando bajé de la moto y vi que Esteve no estaba con nosotros le pregunté a Gerard, que dijo que lo acababa de ver detrás suyo. Esperamos un rato, pero parecía que no nos había visto girar y había seguido adelante. Fui un rato a ver si lo encontraba, pero no lo vi y cuando volví a la gasolinera, donde Gerard se había quedado esperando, tampoco había aparecido allí de modo que, por si acaso, desandamos el camino hasta la rotonda anterior para asegurarnos de que no hubiera pasado nada.

Estaba claro que estaba delante nuestro, así que tarde o temprano pararía cuando viese que iba solo. Decidimos tirar hasta la intersección donde íbamos a dejar la nacional para iniciar la ruta paisajística, a unos 7 kilómetros a las afueras de Marrakech.

Tampoco estaba allí, y mientras debatíamos qué hacer recibí un SMS suyo en el que decía que estaba bien y que nos encontraríamos en las cascadas de Ouzud, a medio camino de Kasba Tadla.

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Lo encontramos esperando al lado de la carretera, con cara de haber disfrutado de una mañana entera con la carretera para él solito, apoyado en la moto y escuchando a un tipo que le estaba hablando de sus dos casas, su mujer y cómo tenía una para él y guardaba la mujer en la otra.

Llegamos a las cascadas en un momento, y empezamos el ritual habitual de los lugares turísticos: los tipos que te guían hasta un lugar donde aparcar, elegir uno, pagar al que te dice que te va a vigilar la moto y el casco, declinar las ofertas de los que te quieren guiar, encontrar el camino a lo que quieres ver tu solito e ir hacia el sitio.

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A pesar de que los lugareños nos ofrecían excursiones guiadas de dos horas, las cascadas estaban a cinco minutos del aparcamiento. Me las esperaba al final de una estrecha garganta, pero en realidad el camino llevaba a la parte superior, y la garganta se abría a nuestros pies. Había tres cascadas distintas vertiendo agua al río al fondo y, a juzgar por el aspecto del terreno, debía haber unas cuantas más en época de lluvias. Anduvimos alrededor de la parte superior de las cascadas para tener otra vista y luego volvimos a las motos para seguir con el viaje.

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Había sido un placer estirar las piernas un rato, incluso en ropa de moto, y ahora teníamos una buena carretera y un día cálido, así que disfrutamos de la vuelta hasta la nacional. Usamos carreteras secundarias durante un buen rato, incluyendo el ascenso de una serie de horquillas que ni tan solo aparecían en el mapa de papel que llevábamos.

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Las cosas cambiaron al llegar a la nacional, y a pesar de que quedaba poca distancia hasta nuestro destino, el tráfico era denso y la carretera monótona, así que teníamos unas ganas locas de terminar el día. La carretera tenía otras intenciones, y nos hizo atravesar Beni Mellal antes de dejarnos llegar a Kasba Tadla. Quizá era porque ya estábamos cansados, pero atravesar esta ciudad se me hizo más largo que cualquier otra, y nos alegramos mucho de llegara destino.

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Kasba Tadla era un lugar pequeño y de aspecto amable, con poco tráfico, y encontramos el riad enseguida. Me gustaba el sitio y, tras Marrakech, la amabilidad de nuestro huésped fue muy bienvenida. Aparcamos las motos dentro del riad, descargamos y como aún nos quedaban un par de horas de luz (por primera vez en el viaje) nos fuimos a visitar el centro.

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Estaba claro que no estábamos en un sitio turístico, cosa que se agradecía tras la gran ciudad. Este era el Marruecos que habíamos encontrado en Errachidia, una visión más realista del país. Fuimos hasta el mercado y el contraste con Marrakech no podía ser mayor: era un sitio pequeño, con la gente del pueblo haciendo sus compras y preocupándose de sus asuntos, sin nadie que intentara vendernos algo a cada paso.

img_1962De hecho, aquí la atracción turística éramos nosotros, todo el mundo parecía mirarnos y preguntarse qué hacíamos allí. Encontré una pequeña tienda que vendía accesorios para los escúteres y ciclomotores que forman la mayor parte del parque móvil del país y fui hacia ella a ver si tenían una pegatina del país para la moto. El chico de detrás del mostrador no hablaba francés, inglés ni español, pero tras señalar y gesticular un rato me entendió y sacó una pegatina de debajo del mostrador. Era mucho mejor que las que había visto el día anterior, con purpurina y otras horteradas, que parecían ser la única opción disponible en todo Marrakech, y tenía forma de bandera ondeando al viento, de modo que encajaría a la perfección el hueco entre Bulgaria y Kosovo, que era demasiado pequeño para una normal. Gerard y Ralu querían comprar especias desde hacía unos días, y encontraron una tienda de alimentación con un hombre que había vivido en España y que les estuvo explicando los distintos tipos que había.

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De vuelta al riad, cenamos mientras nuestro anfitrión nos daba algunos consejos de cosas que visitar al día siguiente. ¡Y tenía cerveza!