¡Siga a ese taxi!

Día 9 – Miércoles 3 de Julio – De Lviv a Kiev (557km)

Hay un túnel en lo alto de la Transfagarasan que conecta ambos lados de la montaña. No es muy largo, quizá un kilometro y medio, pero es muy estrecho, con el espacio justo para dos coches, la carretera es de asfalto roto, que casi se ha convertido en gravilla con socavón correspondiente de vez en cuando, y oscuro como la boca de un lobo, no hay ni una sola luz. Cuando lo atravesé hace dos días, la niebla que cubría la montaña se había metido dentro, así que la visibilidad era casi nula. Con la cúpula empañada, tuve que ir de pie para mirar por encima, y no podía ver más allá de ocho o diez metros, con los faros intentando en vano atravesar la niebla. Si me hubieran preguntado por la mañana, hubiese dicho que esa es la experiencia más terrorífica que he vivido en la moto, pero lo que hice hoy es bastante peor.

Por la mañana Igor me llevó a aun cajero para poder sacar algo de dinero del país y luego a la moto. La cargué y comprobé el aceite, algo preocupado por una fuga que descubrí en Rumanía. Cuando empecé el viaje vi que había algo de aceite en el cubrecárter, pero ya que me habían mirado el reglaje de válvulas y eso requiere desmontar parte del motor, pensé que habría goteado entonces. Para asegurarme, lo volví a mirar en Budapest y parecía que no había caído más. Sin embargo, una vez en Rumanía me dí cuenta de que había más aceite, y al inspeccionar el motor más de cerca vi que se había acumulado aceite en la V del motor, donde se encuentran los cilindros, y parecía venir de algún sitio en la parte de detrás del cilindro delantero.

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Lo limpié para ver cuánto tardaba en volver a acumularse, y hoy, después de dos días y unos 1.200 km, ha salido bastante para gotear por el lado del motor. En condiciones normales tardaría semanas en perder esa cantidad de aceite, pues no uso la moto más de 20 km diarios, pero todo pasa más rápido en este viaje. Lo volvi a limpiar en Kiev para ver cuánto tarda esta vez. El nivel de aceite ha ido bajando al ritmo normal para los kilómetros que estoy haciendo, así que no sé cuánto debería preocuparme. Llegaré a Volgogrado en tres días (1.200 km más) y ya que allí tengo que hacerle la revisión a la moto, haré que lo comprueben. Espero que no empeore antes de llegar.

Me despedí de Igor, que se negó a dejar que pagase el parking, le di las gracias por su hospitalidad y crucé Lviv para coger la carretera hacia Kiev.

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Es una lástima que no tuviera más tiempo de visitar la ciudad, ya que lo poco que vi desde la moto era fantástico. Lo que no era tan fantástico era el rato que me cosó salir de allí, ya que las calles estaban llenas de tráfico, y los adoquines y los raíles del tranvía hacían las cosas más interesantes.

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El paisaje era precioso, grandes extensiones de campos verdes, pero fue uno de los días más aburridos hasta el momento. Tras mi última experiencia con la policía no tenía intención de darles ni una razón para pararme, así que respeté los límites (90) a rajatabla y no adelanté donde no debía. Ya que era el único que seguía las normas de tráfico, me convertí en el vehículo más lento de la carretera, y en carreteras que eran rectas y en buen estado en su mayor parte, me tuve que esforzar para mantenerme despierto. En el lado bueno, conseguí el mejor consumo que jamás he logrado en la moto: 4,1 litros a los 100 para la etapa completa.

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En cuanto llegué a Kiev las cosas cambiaron rápido, poco podía esperarme que me iba a meter en el trayecto más peligroso de mi vida. Luda, la secretaria de mi anfitriona  en Kiev, que habla inglés, se había ofrecido a venirme a buscar a una parada de metro en la carretera principal de entrada en la ciudad, ya que sería más fácil guiarme desde allí. Me alegré mucho de recibir su ayuda, ya que navegar por el tráfico de una ciudad grande suele ser complicado. Se metió en un taxi y me dijo que lo siguiese. Pensaba que no sería muy lejos, pero no podía estar más equivocado.

El taxista salió disparado y se metió en el tráfico de hora punta de Kiev en avenidas de ocho carriles a reventar de coches, autobuses y camiones, y me tocó espabilarme para no perderlos. Estaba decidido a que eso no me pasase, lo que suponía pegarme al parachoques, sin apenas distancia de seguridad e incluso así, en cuanto me separaba un par de metros alguien intentaba meterse en el hueco. Y todo ello a velocidades muy superiores a la que uno esperaría en una ciudad. No podía ni mirar los retrovisores, ya que apartar la mirada del coche de delante ni que fuese medio segundo podía significar un accidente. Y para terminar de rematarlo las calles estaban llenas de agujeros, lo que significaba que el ABS saltaba constantemente, haciendo las cosas más interesantes, y naturalmente, el ir tan pegado al coche de delante suponía no poder ver los socavones a tiempo, así que me los comía todos.

Después de una eternidad infernal, llegamos al apartamento, en el piso 14 de otro edificio de estilo ex-soviético, y me mandaron a la ducha antes de sentarme ante otra cena enorme a base de platos tradicionales del país.

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Luda hizo lo que pudo para traducir durante la cena y conseguí mantener una conversación con Sofía, mi anfitriona. Tras la cena, un amigo suyo me dijo que me guiaría hasta su parking, donde podía dejar la moto durante un par de días. Lo seguí esperando otro viaje de infarto, pero a esa hora las calles ya estaban vacías y fue más fácil. Dejamos la moto y me llevó de vuelta al apartamento. Sentado en el asiento del coche, casi me dormí después del subidón de adrenalina de la tarde.

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Pasos fronterizos y sobornos policiales

Día 8 – Martes 2 de julio – De Ighiu a Lviv (607km)

El haber estado en Rumania en vez de ir directo a Ucrania desde Hungría significaba que había roto una de las reglas que me impuse: pasar la noche anterior a cruzar una frontera importante cerca de ella para poder llegar relativamente temprano por la mañana en caso que hubiese problemas con el papeleo y el proceso se alargase más de lo esperado. Otra consecuencia de esa decisión era que en lugar de pasar por una de las principales fronteras internacionales, tenía que hacerlo por una pequeña en una zona rural, y algunas de esas solo permiten el paso a los habitantes de la zona, no al tráfico internacional.

Así pues, habiendo roto también otra regla (que las jornadas serían más cortas conforme fuese hacia el este), me dispuse a hacer otro viaje de 10 horas a través de una frontera que no estaba seguro de que estuviese abierta. Llegué allí sobre las 2 de la tarde y, por suerte, ¡me dejaron entrar en Ucrania! Estaba bastante nervioso al respecto, salía ya de la UE y temía que buscasen problemas con mi documentación o la de la moto, pero no hubo ninguno. Lo bueno de los pasos fronterizos pequeños es que no se forman largas colas, solo había cuatro coches delante de mí, aunque se tomaron su tiempo y me freí al sol durante más de media hora. Una vez en Ucrania, descubrí lo malo de un paso fronterizo pequeño: la carretera.

¿Recordáis el socavón rumano? Pues es una mera imperfección en el asfalto comparado con esto. No solo eran profundos, sino que había miles de ellos, por todas partes, lo que hacía que coches y camiones tuvieran que avanzar en zigzag para esquivarlos, usando todo el ancho de la carretera y muy a menudo circulando en sentido contrario. Tuve que ponerme de pie y solo podía usar primera y segunda. Hacía calor, estaba sudando de mala manera y tragando polvo. Esto es el tipo de carretera que me esperaba en Kazakstán, no conectando dos países en Europa. Duró unos 50 km, después de los cuales la carretera se convirtió en lo que en Rumania hubiese llamado mala, pero aquí era un alivio. Estoy listo para este tipo de cosas, pero no como parte de una jornada de 600 km.

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Una vez me encontré con la carretera principal que venía desde Polonia las cosas cambiaron; la carretera se volvió mucho, mucho mejor y empecé a avanzar más. No iba rápido, pues había oído un montón de historias sobre la policía Ucraniana y lo estrictos que son con los conductores extranjeros, pero sí que hacía lo que llevaba haciendo los últimos cuatro o cinco días: adelantar donde había espacio y era seguro, independientemente de las señales.

Bueno, esto es una práctica habitual y absolutamente todo el mundo lo hace por estos lares, y no pasa nada, siempre y cuando no adelantes al jefe de policía del siguiente pueblo mientras se dirige a su casa vestido de civil en su coche particular. No hace falta decir que se encargó de que sus colegas me estuviesen esperando en el siguiente control, y en cuanto llegué me pararon. El agente no hablaba ni una sola palabra de inglés, pero dejó claro a base de gestos que había adelantado en una línea continua, y cuando llegó el jefe de policía lo subrayó con los mismos gestos antes de volver a meterse en su coche y dejarme en las competentes manos de su subordinado. Me pidió los papeles de la moto y me preguntó si entendía el portugués, pues parece que conocía a alguien en el consulado portugués e iba llamarlo para que me contasen lo que tenía que hacer. Me pasó su móvil y hablé con una chica que hablaba inglés, y me explicó que la multa eran cien euros. Antes de salir me habían dado consejos sobre cómo tratar con la policía por estos países, pero en este caso era innegable que había cometido una infracción, con lo que la única opción que tenía era pagar. Esto iba a dejar un buen agujero en mi presupuesto… Sin embargo, la chica me dijo que tenía dos opciones: podían darme una multa oficial por escrito, que debería pagar en Kiev antes de poder recuperar los papeles de la moto, o podía pagar al momento, lo que suponía la mitad de dinero y poder seguir con mi camino al momento. Le devolví el teléfono al agente y me hizo gestos para que lo acompañase a una sala más pequeña. Entramos, se sentó y sacó unos formularios oficiales, que eran la multa, y su móvil, puso las dos cosas sobre la mesa y las señaló. Yo señalé el teléfono, y entonces me dio un trozo de papel y un bolígrafo. Escribí “50€”, asintió, se puso de pie, levantó el cojín en el que estaba sentado y señaló debajo. Dejé el dinero allí, volvió a poner el cojín en su sitio y a partir de ahí se convirtió en el poli más majo del mundo, todo sonrisas y curiosidad acerca del viaje, consejos sobre no dejar la moto en la calle en Lviv porque era peligroso, e incluso se escribió los límites de velocidad en la palma de la mano para explicarlos.

Bueno, después del dinero ahorrado estos últimos dos días, al final solo supuso unos pocos euros de descuadre en el presupuesto diario, me había salido barata la cosa y además había experimentado de primear mano el proceso de soborno a la policía Ucraniana. ¡Vaya día!

Tras esto aún me quedaban más de 200 km para llegar a Lviv, y una vez allí, cansado y maloliente, me costó encontrar el sitio donde iba a pasar la noche. Al final Igor, mi huésped, salió a la calle y me encontró preguntando a tres individuos que no parecían entender muy bien lo que les explicaba.

Cogió su coche y me llevó hasta un parking dos calles más abajo donde dejé la moto por la noche. Me llevó de vuelta a su piso, un pequeño apartamento en uno de esos bloques de pisos soviéticos enormes y grises que se caen a trozos, para terminar de completar la experiencia ucraniana. Fue un huésped maravilloso, me preparó una cena fabulosa, y luego, intentando superar la barrera idiomática, hablamos del viaje y de motos. Me contó que había tenido una hacía años, y fue algo de lo que pudimos hablar con pocas palabras mientras contemplábamos el crepúsculo desde su balcón.

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