Puertos de montaña

Día 67 – Viernes 30 de agosto – De Sta. Maria a Interlaken (305km)

En mi último post dije que estaba de acuerdo con la conclusión de Top Gear que dejaba la Transfagarasan por delante del Stelvio, pero eso no significa que sea la carretera de la que más disfruté durante mi viaje. Ese honor recae en el trayecto que hicimos hoy desde Sta. Maria a Interlaken, que nos llevó a través de no menos de cinco puertos de montaña.

Comenzamos a subir el primero solo salir de Sta. Maria, era el Ofenpass, y a esa hora de la mañana no había tráfico en la carretera. Puede que no fuese tan visualmente espectacular como el Stelvio, pero como carretera para disfrutar en moto era perfecto. Curvas rápidas, un bonito paisaje, asfalto de calidad suiza… hay pocas carreteras mejores.

Llegamos al otro lado con el depósito casi vacío, así que paramos en una gasolinera en el primer pueblo que encontramos. Había unas cuantas motos haciendo cola, y parecía que no había nadie atendiendo los surtidores ni en la caja, teníamos que usar la tarjeta de crédito o billetes para pagar la gasolina. Varios moteros, incluyéndonos a nosotros, intentamos instertar diferentes tarjetas en la máquina, que las rechazaba todas y tampoco quería coger los billetes de nadie. Frustrados y con el depósito prácticamente vacío, seguimos con la esperanza de encontrar otra gasolinera antes de tomar el desvío hacia el siguiente puerto, que quedaba ya muy cerca. Programé el GPS para que buscase una (es una de las cosas que hace bien) y nos llevó a una que estaba a pocos metros pasado el desvío hacia la carretera del puerto.

Con el depósito lleno empezamos la subida al siguiente puerto, el Albulapass, que nos iba a llevar a la zona de Chur. Desde allí la carretera se tornó algo monótona, era agradable y con curvas, y el paisaje precioso, pero sin la diversión y las vistas de los puertos y con bastante más tráfico, pues era una carretera principal. El trayecto hasta los siguientes tres puertos era algo largo, pero se nos hizo entretenido gracias a la presencia de un convoy de coches clásicos que encontramos, cerrado por un Ferrari 575 que nos brindó una magnífica banda sonora para disfrutar del paisaje.

Paramos antes de subir al siguiente puerto, el Oberalpass, y me tomé una lata de bebida energética para mantener el ritmo, ya que estaba siendo un día largo. Hacía sol y buena temperatura, las carreteras eran excelentes y no íbamos a hacer demasiados kilómetros hasta Interlaken, pero ir por carreteras tan divertidas era agotador y aún nos quedaban tres puertos.

Poco después del Oberalpass empezamos a subir el Furkapass y el Grimselpass, que estaban uno tras otro. De subida al primero vimos un espeso humo negro ascendiendo del fondo del valle. Paramos a hacer unas fotos unas cuantas curvas más arriba y vimos que se trataba de un tren de vapor que estaba subiendo trabajosamente por el valle. Iba avanzando muy lentamente, escupiendo una densa columna de humo. Paramos a comer al coronar el puerto y lo vimos acercarse a la boca del túnel que lo iba a llevar al otro lado de la montaña, muchos metros por debajo nuestro. Había estado pensando en lo interesante que sería atravesar las montañas por esas vías en un viejo tren turísitico de vapor, pero al ver la cantidad de humo que salía de la chimenea de la máquina mientras se metía en el túnel pensé que no sería tan divertido para los pasajeros que iban a tener que respirar hollín durante la travesía.

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Comimos sobre la hierba en la ladera de la montaña por encima de la carretera, contemplando los magníficos coches que pasaban en ambas direcciones; cualquiera que se os pueda ocurrir, pasó por allí. Desde los típicos Ferraris, Porsches y Lamborghinis a Lotuses, Caterhams, TVRs y algunos deportivos artesanales que no fui capaz de identificar. En cuanto a las motos, había cientos de GSs, uno creería que son baratas de comprar vista la cantidad que pueblan las carreteras de toda Europa.

La carretera nos llevó por un valle profundo donde vimos una antigua estación de tren donde la línea que subia del otro valla terminaba y los pasajeros cambiaban a los trenes de vapor para el resto de la ascensión. La carretera que bajaba del Furkapass iba cruzándose con la vía del tren, y una vez llegaba al fondo del valle empezaba inmediatamente a ascender de nuevo hacia el Grimselpass, el último que íbamos a cruzar antes de Interlaken. Desde la parte de arriba de la última sección del Furkapass gozamos de una vista de conjunto privilegiada que incluía la vía hasta el fondo del valle, la estación, la carretera que subía al siguiente puerto e incluso parte del lago que había allí arriba, todo bañado en la luz de última hora de la tarde. Pasamos por otro lago de bajada del Furkapass, por una carretera que nos ofrecía aún más vistas magníficas en lo que era nuestro último tramo en el corazón de los Alpes.

Tras ese maravilloso trayecto puedo extraer mis propias conclusiones y elegir la carretera que va del Furkapass al Grimselpass como la mejor carretera que he hecho.

Sé que me perdí otros grandes nombres como el puerto de San Gothardo o el de San Bernardino, pero simplemente no teníamos tiempo de explorar la zona más en profundidad. Bueno, es una buena excusa para volver en el futuro.

Paramos en un pueblo llamado Innertkirchen para hacer un poco de compra para cenar y luego hicimos los últimos kilómetros hasta Interlaken, donde no tardamos mucho en encontrar un camping genial justo al lado del canal que conecta los dos lagos, a pocos minutos a pie del centro.

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El Stelvio

Día 66 – Jueves 29th of August – de Cortina d’Ampezzo a Sta. Maria (237km)

Los que seáis seguidores de Top Gear recordareis que Clarkson y compañía declararon que el paso Stelvio era la mejor carretera “in the wooooorld” hasta que descubrieron la Transfagarasan en su visita a Rumanía. Tuve el privilegio de hacer esa carretera hace casi dos meses y no puedo estar más de acuerdo con ellos, es una carretera increíble y un destino imprescindible para cualquier motero que viaje por Europa. Hoy, sin embargo, nuestra ruta iba a llevarnos a través del Stelvio y yo estaba ansioso por poder compararlo con la Transfagarasan y ver si merecía ese segundo lugar.

Tenía muchas ganas de hacer otra carretera mítica, lo que no sabía era que los dos días de viaje que nos quedaban hasta Interlaken iban a ser un festival de puertos de montaña maravillosos y que al final iba a ser difícil llegar a una conclusión y elegir uno como el mejor.

Había comprado un mapa en papel de los de toda la vida en Eslovenia que tenía un nivel de detalle excelente, e íbamos a usarlo para orientarnos en los días siguientes, usando el GPS sólo como ayuda extra para ir de un waypoint al siguiente y programándolo a medida que fuésemos avanzando, ya que no quería depender la ruta que el aparato decidiese de A a B y perderme alguna cran carretera.

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Salimos de Cortina bajo un cielo azul sin una sola nube, mi alergia había desaparecido completamente y al cabo de poco estábamos subiendo un puerto llamado Di Sella. El asfalto era excelente, no había mucho tráfico aparte de otras motos y la carretera ascendía haciendo eses a través de prados de verde intenso en una combinación de curvas rápidas y virajes lentos a 180º. Aquí fue donde vi por primera vez que los italianos numeran las curvas de sus puertos de montaña, para que la gente se entretenga a ver cuántas les quedan.

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Paramos en lo más alto del puerto, donde había cientos de coches aparcados. Estaba claro que era un punto de inicio importante de muchas rutas de excursionismo y escalada, y el sitio estaba lleno. Por suerte pudimos dejar la moto justo al lado de la carretera junto a un par de GSs, y decidimos andar un poco montaña arriba para disfrutar de las vistas. Nat tenía un poco de frío tras el trayecto en el aire frío de primera hora del día, per una caminata a ritmo ligero con toda la ropa de moto nos hizo entrar en calor rápido.

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Después de tomar unas cuantas fotos volvimos a la moto e hicimos el otro lado del puerto, que resultó ser aún mejor.

Carreteras así hacen que tengas una perspectiva diferente, y una vez al pie del puerto y de camino a Bolzano lo que en otro caso hubiese considerado un carretera bastante decente me pareció lo más aburrido del mundo. Dejamos atrás la ciudad, cogimos un tramo de autovía hasta Merano y luego volvimos a carreteras secundarias, rumbo al Stelvio. Faltaban unos 50km para el desvío donde comenzaba la carretera que ascendía al puerto, y el tráfico era bastante denso. Para empeorar las cosas, no había demasiados sitios donde poder adelantar, al menos no de forma legal, y empecé a preocuparme. Adelantamos algunos camiones fácilmente, pero no me gustaba nada el ver que había bastantes autocaravanas en la carretera. Imaginé que los camiones no tenían razón alguna para subir por el Stelvio, pero me daba miedo que los turistas pasando con sus caravanas decidiesen pasar a visitarlo y amargasen la experiencia al resto de aficionados en motos o deportivos que se verían atrapados detrás suyo arrastrándose carretera arriba a 20km/h.

Mientras adelantaba a tantos como podía no puede evitar pensar que estaba de acuerdo con Clarkson. Puede que un camión vaya lento, pero está desempeñando una función útil para la sociedad, mientras que una caravana no es más que un obstáculo móvil en la carretera conducido por alguien que se cree demasiado bueno para dormir en una tienda pero es demasiado tacaño para dormir en un hotel. Y lo que es más, esos trastos son caros, especialmente las autocaravanas, ¿¡por qué no se compran un coche decente, disfrutan de la carretera y se gastan la diferencia de precio en un hotel!?

Sea como sea, para cuando llegamos al desvío ya las habíamos dejado a todas detrás, y teníamos la carretera limpia por delante nuestro. Tras pasar un par de pueblos me tranquilizó ver señales que prohibían el acceso al puerto a vehículos que sobrepasasen cierto peso y longitud, lo que suponía que no iba a haber caravanas, autocaravanas o autocares llenos de turistas entorpeciendo en camino. ¡Genial! Bajé un par de marchas y me lancé a por la primera curva seria.

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¡Que carretera! Esto era muy diferente de la Transfarasan: una curva cerrada tras otra, todas a 180º, tenía que tomarlas en primera, usando toda la ancura de la carretera para mantener suficiente inercia para evitar que la moto se tumbase o se calase. Hay que recordar que no es una deportiva, sino una trail cargada hasta los topes y con dos personas a bordo. A pesar de ello estuvo más que a la altura de las circunstancias, el motor rugiendo carretera arriba y aguantando el tipo frente a máquinas mucho más potentes.

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Nat hizo un excelente trabajo de copilotaje, controlando la carretera en cada curva para ver si bajaba alguien y diciéndome si podía usar o no toda la anchura disponible, y los pocos coches lentos que nos encontramos fueron rápidamente adelantados en los tramos rectos entre horquillas. Oh, y hablando de coches lentos, sentí mucha lástima por un convoy de Lotus Elises espectaculares que se pasaron la última parte del puerto atascados sin remedio tras un RAV4 conducido a 10km/h por una familia de turistas que se miraban cada curva con horror dibujado en sus caras.

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Había cientos de moteros en el collado, y mientras que las GS parecían ser las máquinas más populares, la gente había subido hasta aquí en toda clase de monturas, incluyendo una abuela que había llegado en un Vespa clásica.

Compré una pegatina del Stelvio para poner en la moto y luego me senté a meditar sobre si esta carretera era mejor que la Transfagarasan o no.

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El paisaje era, sin duda alguna, espectacular: altísimas montañas rocosas cubiertas de nieve, valles profundos, bosques de abetos de un verde profundo en la parte más baja… pero las curvas eran demasiado cerradas para mi gusto, al menos en la vertiente este, lo que hacía que fuese menos divertido de conducir que la carretera rumana, que tenía curvas más rápidas. Esto era todo primera y segunda marcha. Naturalmente el Stelvio es un nombre mítico para los moteros Europeos, y tiene algo mágico, pero la fama tiene un precio, que me lleva a la segunda razón por la que prefiero la Transfagarasan. Al contrario que ésta, el Stelvio atrae a mucha gente, lo que no es ningún problema en cuanto a deportivos y motos se refiere, pero también hay mucha gente conduciendo muy lentamente en la carretera, lo que puede arruinar completamente la experiencia si te ves atrapado detrás de uno de ellos demasiado rato. Además, sufre de un mal que afecta a la mayoría de carreteras míticas en Europa occidental: ciclistas. Cientos de ellos, soñando con el mallot azul en el Giro. La Transfagarasan no tiene prácticamente nada de tráfico excepto unos cuantos aficionados al motor, y esa es razón suficiente para estar de acuerdo con los chicos de Top Gear y ponerla por delante del Stelvio.

Lo que no significa que sea la mejor carretera…

Para ser completamente justo, debo confesar que no hicimos la otra cara del Stelvio, así que mis impresiones pueden ser incompletas. Íbamos en dirección a la zona de Davos, así que una vez empezamos a bajar tomamos una carretera más pequeña que bajaba por un valle en dirección al norte, ya en Suiza. Era genial, sin tráfico, con curvas más rápidas, e incluso con un poco de offroad, ya que el asfalto desaparecía a medio camino y se convertía en una pista hasta el final. Las caras de unos moteros que iban de subida en deportivas y de la pareja que nos cruzamos en un Porsche no tenían precio.

Una vez en el valle empezamos a buscar un camping, pero sólo había uno en la zona y no tenía muy buena pinta. Además la noche iba a ser bastante fría a esa altura, así que decidimos ir hasta el primer pueblo e intentar encontrar alojamiento.

El pueblo se llamaba Santa María, y tenía un hotel y un albergue, pero para decepción nuestra el albergue estaba lleno y el hotel era demasiado caro. Estábamos al lado de la moto en el centro del pueblo, cansados y con frío, pensando que no iba a ser nada divertido pasar el resto de la tarde buscando dónde dormir cuando un camión enorme llegó y empezó a intentar pasar por el poco espacio que había entre dos de las casas más antiguas. Los laterales del camión estaban a pocos centímetros de las paredes en ambos lados, y estábamos mirando el espectáculo cuando oí una voz que decía “impresionante, ¿eh?” Me giré y vi una mujer contemplando la escena a nuestro lado. Empezamos a charlar del tema y nos explicó que pasaban camiones así por el centro bastante a menudo. Entonces se fijó en la moto y en el aspecto que teníamos y nos dijo: “¿buscáis dónde dormir?”

Resultó que vivía en una casa antigua justo a la vuelta de la esquina y había acondicionado una habitación en la planta baja para alquilarla a turistas. Nos hizo un buen precio para esa noche, así que metimos la moto en su jardín y pasamos la noche allí. Era mucho, mucho mejor que lo que nos esperábamos al llegar al pueblo. La habitación era grande y muy acogedora, el baño era casi tan grande como la habitación y lo mejor de todo… el suelo estaba calefactado. Era mejor que muchos hoteles en los que he estado.

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Un Spritz en Cortina

Día 65 – Miércoles 28 de agosto – de Ljubljana a Cortina d’Ampezzo (296km)

Tenía muchas ganas de volver a los Alpes y  poder pasar un poco más de tiempo en las algunas de las mejores carreteras de Europa, ya que mi primera experiencia allí se me quedó corta, pero no pude evitar sentir cierto arrepentimiento al dejar Ljubljana. Eslovenia es un país precioso y hay muchas cosas que dejábamos atrás sin descubrir: el Castillo de Predjama y su cueva, las montañas del Triglav, Ljubljana, donde me hubiese quedado tranquilamente un par de días más… Es sin duda un lugar donde podría pasar unas vacaciones enteras. Sin embargo, lo que más mal me supo fue no haber tenido la oportunidad de volver a ver a Metka y Franci, mis anfitriones la primera vez que pasé por la ciudad. Nuestra agenda de viaje era bastante improvisada, lo que suponía que no estábamos seguros cuándo íbamos a llegar allí, y había sido bastante difícil tener conexión a internet en los días previos a nuestra llegada  a la ciudad, así que no había podido ponerme en contacto a tiempo de confirmar si iban a estar allí o de vacaciones, y para terminar de arreglarlo solo pasamos una noche allí antes de seguir la ruta.

De camino a la frontera paramos a visitar el castillo de Bled, construido en un acantilado sobre el lago que lleva el mismo nombre. Era un sitio precioso, fue una pena que hubiésemos perdido tanto tiempo intentando entrar y salir del pueblo por culpa de los atascos causados por los enormes camiones que intentaban atravesar el centro.

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Mi lengua maternal es el catalán, y como la ruta que habíamos estado siguiendo Nat y yo nos había mantenido alejados de los principales centros turísticos europeos nos habíamos acostumbrado ya a poder hablar sobre cualquier cosa sin preocuparnos demasiado que la gente a nuestro alrededor nos pudiese entender, ya que las posibilidades de toparse con paisanos eran más bien bajas. Sin embargo, de bajada por el camino que llevaba de la puerta del castillo al aparcamiento estábamos enfrascados en una conversación sobre temas digamos “interesantes” cuando nos cruzamos con un grupo de turistas que iban hacia arriba. En el punto álgido de la conversación, uno de ellos nos soltó “¡bon dia!” en tono jocoso y callamos de golpe antes de partirnos de risa. Bueno, parece que estamos por todas partes.

Volvimos a tomar la autopista durante un rato antes de girar a la izquierda por una carretera más pequeña que seguía el río Belca para evitar pasar por Austria y tener que pagar peajes. Tardaríamos un poco más en llegar a la frontera italiana, pero valía la pena. Fuimos rodeando las montañas del Triglav por el norte, y el paisaje era imponente. Por desgracia, la lluvia nos atrapó justo en la frontera y tuvimos que hacer una parada de emergencia para ponernos el material impermeable.

Sin embargo, una vez en Italia, la lluvia paró al cabo de poco rato, así que decidimos aprovechar la oportunidad para comer y descansar antes de que el tiempo se volviese a girar.

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Por suerte aguantó, y pudimos disfrutar del recorrido a lo largo del rio Fella; había una autopista, pero como teníamos tiempo de sobra decidimos tomar la SS13, que ofrecía un camino mucho más interesante. Al acercarnos a Tolmezzo la cosa se tornó algo aburrida, pasamos por una zona industrial y luego hicimos un tramo de carretera bastante aburrido, pero al cabo de no mucho llegamos a Dolomitas y enfilamos carreteras mucho mejores hasta Cortina.

El paisaje en esta zona era maravilloso. Podría haberme pasado semanas recorriendo estas carreteras en moto una y otra vez, por no hablar de las múltiples vías ferratas que se pueden encontrar en estas montañas o las posibles excursiones. Es un sitio fantástico y estoy completamente seguro de que volveré a pasar unos días en el futuro.

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Llegamos a Cortina y empezamos a buscar un sitio donde dormir. Ya que los hoteles eran tremendamente caros y no había hostales, decidimos buscar un camping. Sin embargo yo estaba bastante cansado (el último tramo de carreteras de montaña había sido divertido pero agotador), el tener que buscar un sitio donde dormir estaba resultando frustrante y para terminar de arreglarlo había empezado a tener algo de alergia que me hacía estornudar constantemente y no me dejaba pensar con claridad.

Encontramos un par de campings, pero no eran tampoco exactamente baratos, yo necesitaba un buen descanso y una ducha caliente y Nat había cogido frío tras cruzar las montañas. Al final, dada la pequeña diferencia de precio entre un sitio donde plantar la tienda y alquilar una habitación en el edificio de recepción y disfrutar de una cama como dios manda y una ducha, optamos por la segunda opción. Cuando ya habíamos pagado y estábamos esperando a que nos diesen las llaves, el hombre del camping nos dijo que su hermana ya había alquilado la habitación pero no lo había actualizado en el sistema, así que hizo un par de llamadas y nos mandó hacia una bonita casa en la loma de la colina que llevaba a la ciudad, donde una abuelita alquilaba una habitación, y nos dijo que había quedado en que podíamos dormir allí por el mismo precio.

Un vez instalados en casa de la sra. Maria me di una ducha rápida y nos fuimos a terminar el día en un bar del centro de Cortina con un Spritz.

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Relatividad

Día 64 – Martes 27 de agosto – De Omis a Ljubljana (577km)

Algunos días parecen tener menos de 24 horas, otros parecen tener muchas más. Imagino que depende de dónde estés, lo que estés haciendo y con quién estás compartiendo tu día. Hoy fue uno de esos días que parecen tener 36 horas o más, no porque se hiciese largo, sino por al final de la jornada, con una copa de vino para relajarme, parecía increíble que hubiésemos tenido tiempo para hacer tantas cosas en un solo día.

Para empezar, fue uno de los días largos en la moto. Ya hacía tiempo que había olvidado el límite de 300km al día que me impuse al principio y estaba acostumbrado a ir más lejos, pero Nat, para quien éste era el primer viaje en moto de su vida, había insistido en no superar ese límite. Sin embargo, por mucho que quisiéramos tomarnos las cosas con calma y tener tiempo de ver cosas, la vida real nos esperaba de vuelta en casa, y teníamos un calendario que seguir. Eso significaba que si queríamos tener tiempo para disfrutar de los Alpes nos tocaba dejar Croacia hoy y llegar hasta Ljubljana en un día.

Yo quería seguir una línea lo más recta posible, tanto para ahorrar kilómetros como para disfrutar de mejor paisaje, pero el GPS indicaba que tardaríamos todo el día y habiendo visto hacía unos años las carreteras en la península de Istria, no tenía razón para dudar de la información. Ir por autovías y autopistas reducía la jornada a siete horas, pero añadía más de 100km, ya que hacía falta ir hasta Zagreb. Era un buen rodeo, y no me hacía gracia pasar el día en la autopista, pero al final decidimos tomar esa ruta.

Nos pusimos en camino por la mañana, algo tristes de dejar atrás el confort del apartamento y los días de playa, pero con ganas de volver a estar en las montañas. Habían alargado la autopista desde la última vez que estuve aquí, y no tuvimos que perder tanto tiempo por la carretera de la costa para cogerla. Hacía un día precioso, pero había nubes grises  de aspecto amenazador tras las montañas, que era hacia donde nos dirigíamos. Visto lo visto, empecé el día con las fundas de lluvia puestas, pero me las tuve que quitar la primera vez que paramos a repostar, ya que me estaba cociendo. Mientras estaba la lado de la moto en calzoncillos, paró al lado una pareja en una Yamaha; eran de Eslovenia e iban camino a casa después de un viaje de dos semanas por los Balcanes. Estuvimos hablando de Serbia y Bosnia i Herzegovina y nos recomendaron visitar Albania y Macedona también. Más países a la lista de cosas por ver.

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Pasamos el resto del trayecto hasta Zagreb jugando al juego de intentar anticiparnos a la lluvia, leyendo el cielo e intentado y hacer coincidir las paradas para repostar o descansar con el ponernos o quitarnos el equipo de lluvia para no tener que hacer paradas de más. Tuvimos bastante suerte y nos escapamos de lo peor, aunque hubo un momento en el que nos pilló lluvia fuerte sin estar preparados y tuve que salir rápido de allí, viendo que el cielo estaba despejado por delante. Por suerte no duró mucho y nos secamos rápido.

Paramos por última vez a por un café en la frontera con Eslovenia, habiendo pasado por las afueras de Zagreb. Yo ya había vist ola ciudad, pero era una pena no tener tiempo de pasar una noche allí para que Nat la conociese también. Compramos la única viñeta de todo el viaje para poder usar la autopista hasta la capital y en un par de horas, entre lluvia intensa y el tráfico de la hora punta de la tarde, llegamos a Ljubljana.

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El hostal parecía sacado de una sitcom adolescente de los 90 (al estilo Parker Lewis Can’t Lose) y quedaba un poco lejos del centro, pero era agradable y había sitio para aparcar la moto en la entrada. Como sólo íbamos a quedarnos una noche, elegimos lo más barato y nos quedamos con una habitación compartida. Aún era temprano, la lluvia había parado y teníamos un par de horas hasta el anochecer, así que dejamos las cosas y dimos un largo paseo hasta el centro.

A Nat le encantó la ciudad, y a mí me produjo una sensación extraña volver a estar aquí por segunda vez. Había llegado a Ljubljana en lo que era el tercere día de mi viaje, con mi equipo nuevo y reluciente, y aquí estaba de nuevo, después de miles de quilómetros. Paseamos un rato disfrutando de la vida que había en las calles y cuando oscureció nos sentamos en uno de los bares que había a la orilla del río a tomar una copa de vino.

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La lluvia volvió a hacer su aparición mientras estábamos allí, pero al final paró el tiempo suficiente para dejarnos volver al hostal a pie. Nos fuimos a la cama tarde, con la mente puesta en los Alpes.

¡Corre al ferry!

Día 63 – Lunes 26 de agosto – De Omis a Hvar a Omis (199km – 150 en ferry)

No nos levantamos exactamente temprano, para ser sinceros. Para cuando llegamos a la terminal de ferries en Split eran casi las 11 am y no las teníamos todas de poder coger el ferry que salía a esa hora. Paré la moto en la parada de taxis de delante de las taquillas, justo enfrente de cuatro guardias urbanos que se afanaban a indicar a los coches que se dirigiesen a la zona de embarque del ferry o saliesen de allí para no provocar atascos, pero no pareció importarles la moto. Nat fue a por los billetes y volvió corriendo, le habían dicho que aún podíamos embarcar en el ferry de las 11 si nos dábamos prisa. Fuimos con la moto a la zona de embarque y directamente al hombre que controlaba los billetes. Había una cola de coches embarcando, pero cuando le pregunté si aún nos daba tiempo nos preguntó si teníamos billetes, y al decir que si señaló a la rampa de embarque y dijo “bye-bye”. Entramos directamente en la cubierta de vehículos, saltándonos la cola de coches que aún no habían embarcado, pero no pareció molestar a nadie, otra de las ventajas de ir en moto. La dejamos en un lado, un miembro de la tripulación la amarró para la travesía y subimos a la cubierta superior mientras el ferry se alejaba lentamente de la ciudad. Hacía un día precioso y teníamos una vista privilegiada de la ciudad desde el mar.

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Había varios barcos que conectaban las islas con el continente, pero el ferry solo iba oa Brac o a Hvar, así que teníamos que elegir. Nos habían dicho que Hvar era más bonita, y también la que tenía mejores playas, pero una vez allí costó encontrar una, ya que la costa era casi toda rocas. El paisaje era precioso sin embargo, pueblos muy pequeños con casas de piedra, una carretera muy estrecha que subía y bajaba por valles y colinas y la isla tenía muy poca población y aún menos turistas. Paramos en un pequeño pueblo con una playa de piedras tranquila y tomamos el sol un rato y nos dimos un baño. El agua era muy diferente aquí, ya estábamos de frente a mar abierto, y se notaba que la costa no tenía delante la protección de las islas. Las olas eran más altas y el color del agua ya no era completamente transparente, sino un tono más oscuro debido a las algas que el oleaje levantaba del fondo.

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Nos quedamos en el mismo pueblo después del baño y comimos pescado en un restaurante con una terraza encantadora que daba a la playa antes de ir hacia Hvar, donde visitamos la fortaleza que dominaba el pueblo desde la colina y disfrutamos de las vistas. Después fuimos al pico más alto de la isla, donde había un observatorio. Me imaginé que, lejos de la costa y con tan poca población, la vista del cielo por la noche debía ser espectacular desde allí.

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Estaba oscureciendo, así que empezamos a tirar hacia los dos otros pueblos principales de la isla, pero tras ver que no había mucho que visitar tras la puesta de sol en el primero, decidimos volver a Stari Grad, donde estaba la terminal del ferry, e intentar coger el de las 8:30, ya que no había otro (de hecho el último) hasta casi medianoche.

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Para cuando llegamos al puerto ya pasaban unos minutos de la hora de salida, pero el ferry seguía amarrado con las puertas abiertas y con dos miembros de la tripulación de pie frente a ellas. Había un par de coches terminando de embarcar, así que fui directo hasta ellos con la moto y les pregunté si podíamos comprar los billetes a bordo. Negaron con la cabeza y señalaron al edificio de la terminal, indicando que teníamos que comprarlos allí. Crucé la explanada y Nat se fue corriendo a las oficinas, mientras yo esperaba fuera con la moto. Quedaba un vehículo que aún no había embarcado, a unos veinte metros de donde yo estaba parado, en la punta opuesta de la explanada respecto al ferry. Era un furgoneta azul hecha polvo, con un par de hombres que parecían una mezcla de viejos hippies y gitanos, y por lo que vi, el ferry les estaba esperando a ellos cuando nosotros llegamos. Se les acercó una mujer mayor con una muleta, que deduje que iba con ellos y venía de comprar los billetes, pero cuando intentaron poner en marcha la furgoneta, el motor no arrancaba. Lo intentaron una y otra vez, pero no había manera. Mientras los dos hombres seguían intentando revivir la furgoneta, la mujer empezó a cruzar lentamente la explanada con la muleta en una mano y los billetes en la otra; Nat aún no había vuelto con nuestros billetes, los dos hombres decidieron empezar a empujar la furgoneta para subirla al ferry y en ese momento comenzó una extraña carrera que parecía sacada de uan película de los hermanos Cohen. La mujer iba cojeando ya a dos tercios de la distancia que nos separaba del ferry, los hombre habían empujado la furgoneta aproximadamente un tercio, y por el rabillo del ojo vi a Nat salir de las oficinas con los billetes en una mano y el casco en la otra y empezar a correr hacia la moto. Me dio los billetes, que me metí directamente en la boca mientras arrancaba y ella saltaba detrás de mí. Abrí el gas de golpe y salimos disparados a través de la explanada mientras la mujer le daba los billetes a la tripulación y los dos hombres se acercaban ya a la rampa empujando la furgoneta. Me metí con la moto delante de ellos, le di los billetes al de la rampa (con las marcas de mordiscos incluidas) y entramos en un ferry medio vacío que cerró las puertas justo detrás nuestro mientras los gitanos conseguían empujar la furgoneta a bordo en el último segundo.

Para entonces ya era negra noche sobre el mar, y tal como me había imaginado esa misma tarde en el observatorio de la colina, el cielo nocturno era espectacular, con miles de estrellas parpadeando sobre nuestras cabezas mientras navegábamos hacia Split.

Soprendente belleza

Dia 62 – Domingo 25 de agosto – De Omis a Split a Omis (50km)

Las expectativas no suelen ser algo bueno, especialmente cuando uno viaja. Cuando nos dicen una y otra vez lo bonito que es un lugar no crean unas expectativas tan altas que a menudo cuando llega el momento de ver el lugar con nuestros propios ojos nos sentimos, sin no decepcionados, poco impresionados. “Parece Bellvitge”, observó Nat mientras entrábamos en Split a primera hora de la tarde después de haber pasado otra mañana relajándonos en la playa. Y tenía razón. Años atrás esa había sido exactamente mi primera impresión cuando conducíamos a través de las afueras de la ciudad, a pesar de que en aquella ocasión teníamos cero expectativas pues nadie nos había dicho una palabra sobre el lugar.

Es de justicia decir entonces, que cuando un sitio verdaderamente tan bonito que aún consigue impresionar al visitante a pesar de las expectativas, tiene que ser algo especial, y Split es sin duda uno de esos sitios. El hecho de que se tenga que atravesar unas afueras tan grises y anodinas no hace más que incrementar la sorpresa. El casco antiguo se construyó sobre las ruinas del palacio de Diocleciano, que era un complejo enorme, y es un lugar único e impresionante. No se escapa de ser un lugar bastante turístico, evidentemente, pero no tanto como Dubrovnik, menos cruceros hacen escala allí y el turismo es principalmente local. Disfrutamos de un paseo por el centro y luego nos acercamos a la terminal de ferries para pedir información sobre precios y horarios de los barcos que iban a Brac y Hvar, las dos islas enfrente de la ciudad, que eran una de las cosas que me perdí en mi anterior viaje y que tenía muchas ganas de ver. Los precios resultaron ser muy razonables, así que decidimos volver a la mañana siguiente para visitarlas.

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Playas rocosas y marisco

Día 61 – Sábado 24 de agosto – Omis (0km)

Nos levantamos muy tarde, contentos de no tener que despertarnos al son del despertador a las 7 am para otra jornada encima de la moto, y pasamos el día haciendo lo que había venido a hacer a Croacia: nada.

Cogimos las colchonetas de la tienda y los nuestros respectivos libros y bajamos a la playa. Estábamos en una zona a sólo dos kilómetros de Omis, con muchos apartamentos, y teníamos un poco de miedo de encontrar la playa abarrotada, ya que las playas son algo difíciles de encontrar en Croacia, la mayor parte de la costa son rocas escarpadas que hacen difícil encontrar un sitio donde darse un baño, pero por suerte descubrimos que había mucha menos gente de la que nos habíamos temido y el ambiente era muy tranquilo y relajado. Extendimos las colchonetas y nos pasamos el día tomando el sol, leyendo y nadando en las aguas del mar Adriático.

Por la noche fuimos hasta el centro en moto para buscar un sitio donde cenar una mariscada. Había pasado unas de las mejores vacaciones de mi vida en Croacia hacía años, y una de las cosas que recordaba con más cariño era una cena así en Omis.

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Encontramos un restaurante en una de las callejuelas estrechas del casco antiguo y nos dimos el gusto de una cena a base de pescado y marisco. Tras la cena compramos un par de helados y subimos por un camino estrecho y empinado cortado en la roca hasta la fortaleza del pueblo, donde justo terminaba un concierto. Ya era oscuro y desde allí arriba teníamos una vista privilegiada de la ciudad.

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De vuelta al apartamento en la moto recordé como, cuando estaba preparando el viaje y ya no me quedaba presupuesto para unas luces extra para la moto, me dije que no iba a conducir por la noche, y sin embargo aquí estaba, no solo conduciendo por la noche, sino conduciendo en pantalones cortos, sandalias, camisa de manga corta y con pasajera. Tras tantos días de calor asfixiante y frío intenso metido en el aparatoso traje, sentir la cálida brisa del mar en mis brazos y piernas era un verdadero placer.

El puente de Mostar

Día 60 – Viernes 23 de agosto – De Sarajevo a Omis (290km)

Croacia no quedaba muy lejos, pero nos pusimos en camino temprano porque queríamos parar a visitar Mostar y su famoso puente, y también porque no habíamos reservado ningún lugar donde alojarnos en Croacia, el plan era llegar a la costa y luego ir subiendo hacia el norte hasta encontrar un lugar que nos gustase e intentar encontrar un apartamento o una habitación allí, como hay mucho oferta no debería ser difícil encontrar alguna cosa.

Saliendo de Sarajevo descubrimos que era una ciudad mucho más grande de lo que habíamos imaginado cuando visitamos el centro, se extendía hacia el sur en barrios residenciales y polígonos industriales, hasta que las colinas se cerraron de nuevo y nos encontramos en carreteras reviradas, disfrutando del buen tiempo. Al cabo de un rato la carretera nos llevó a un cañón que seguía el río cuyas aguas pasarían más adelante bajo el puente en Mostar. El paisaje era precioso, una carretera serpenteante a lo largo de un río de color esmeralda flanqueado por acantilados de roca blanca y gris en ambos lados. Cuando el cañón finalmente se abrió para dar paso a un valle más amplio, encontramos la ciudad. Era más grande de lo que había esperado, de hecho es la quinta ciudad del país y, como es habitual, pasamos por unos barrios sin gran interés antes de encontrar el casco antiguo. Nos metimos por una callejuelea adoquinada siguiendo las señales que indicaban el camino al Stari Most hasta que llegamos a un punto donde no podíamos seguir avanzando. Estaba dándole la vuelta a la moto cuando un chico me hizo gestos indicando que aparcase la moto en la terraza de un bar donde ya había cuatro motos aparcadas. Parece que el propietario del bar, viendo que el país era un destino popular para las motos, se había olido la oportunidad de sacarse un dinero y había decidido usar la terraza como aparcamiento. Dejamos la moto en la sombra bajo la vigilancia del barman  por un par de Euros (era el precio para un día entero si hubiésemos decidido pasar más tiempo allí) y anduvimos los pocos metros que nos separaban del puente.

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La primera impresión fue que era un lugar muy lleno de turistas, había mucha gente en el puente, de hecho tanta que era difícil acceder a él, pero entonces vimos la razón por la que tanta gente se había congregado al mismo tiempo en el puente y en los dos lados del río: un joven en bañador se estaba preparando para saltar a las aguas heladas del río. Se remojó con agua fría de una manguera para prepararse, pasó por encima de las barandillas, dio unas cuantas palmadas para hacer que la gente lo animase y flexionó las piernas al tiempo que el silencio caía sobre la multitud. Entonces saltó hacia arriba y hacia adelante, extendiendo sus brazos como alas y arqueando la espalda mientras se quedaba suspendido en el aire por una fracción de segundo antes de precipitarse hacía el río más de 20 metros más abajo. Según parece es una tradición que los jóvenes de la ciudad salten del puente al río, se organizan competiciones oficiales cada verano, existe un club de saltadores con sede justo al lado del puente y se remonta a la época de la construcción del puente, en el siglo XVI.

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Visitamos el resto del casco antiguo, incluyendo una exposición con fotografías de la ciudad antes, durante y después de la guerra, y un vídeo que mostraba la destrucción del puente. Durante la guerra de Bosnia, la ciudad fue escenario de combates entre el ejército de Bosnia y Herzegovina y el ejército croata en un bando, y el ejército popular yugoslavo en el otro. El ejército croata bombardeó el puente alegando que era un objetivo de importancia estratégica, aunque la acción se considera principalmente un acto contra el patrimonio cultural Bosnio. Tras la guerra fue reconstruido y hoy se alza como un símbolo de la unión entre culturas en el país.

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Dejamos la ciudad bajo el intenso calor del verano y paramos una última vez antes de cruzar la frontera para gastar el poco dinero Bosnio que nos quedaba en gasolina y una botella de agua; comimos algo a la sombra de unos árboles cercanos a la gasolinera y seguimos hasta la frontera. Fue la más fácil que había cruzado fuera de la UE: les di los pasaportes y en el momento que vieron que eran pasaportes de la UE nos indicaron que pasáramos. Al cabo de poco rato vimos por fin el mar, y empezamos a subir por la costa. Habíamos decidido saltarnos Dubrovnik, ya que significaba bajar casi 90km y luego volver a subir, yo ya había visto la ciudad y además suele estar infestada de turistas en estas épocas, ya que todos los cruceros por el mediterráneo hacen escala allí. En lugar de ello, decidimos intentar llegar tan cerca de Split como pudiéramos. A última hora de la tarde habíamos alcanzado Omis, un precioso pueblo de pescadores a pocos kilómetros de Split, antaño refugio de piratas, donde intentamos encontrar alojamiento. La idea era intentar alquilar una habitación en el centro para poder volver a pie a la cama si salíamos a cenar o a tomar algo, pero todos los sitios en los que preguntamos superaban nuestro escaso presupuesto. Al final salimos del pueblo y en dos kilómetros encontramos un apartamento con vistas al mar, a dos minutos a pie de la playa y con conexión a internet por un precio más que razonable, así que nos lo quedamos para cuatro noches.

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Sarajevo

Día 59 – Jueves 22 de agosto – Sarajevo (0km)

El día anterior llegamos a Sarajevo tarde, cansados y con frío, y me había resignado a no tener tiempo para visitra la ciudad a pesar de que me hacía mucha ilusión, así que no fue nada difícil tomar la decisión de quedarnos un día extra durante la cena.

A la mañana siguiente avisamos a la mujer que se ocupaba de la casa de que nos quedaríamos una noche más y nos dijo que no había ningún problema. Fuimos a visitar la ciudad que tanto quería ver y no me decepcionó; se confirmó la buena primera impresión del día anterior y me enamoré rápidamente del lugar: el aspecto, la historia, la gente, el ambiente… me cautivó en pocos minutos y quedé enganchado y decidido a volver en el futuro y pasar unas vacaciones enteras descubriendo el país.

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Visitamos el casco antiguo, una exposición permanente sobre la masacre de Srebenica, el cementerio memorial de los mártires, algunos de los puentes sobre el río Milijacka…

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Viendo la vida que tenía la ciudad, era difícil imaginar que no hace tanto, entre 1992 y 1995, la ciudad sufrió el sitio más largo en la historia bélica moderna, un sitio que mantuvo a sus habitantes bajo el yugo del miedo constante de perder la vida, pasando día sí día también bajo el fuego de la artillería y los francotiradores serbios escondidos en las colinas que rodean la ciudad. Aún quedan cicatrices fácilmente visibles si se buscan, todos y cada uno de los edificios de la ciudad sufrieron daños durante ese período y las reparaciones son visibles en algunos de ellos, mientras que otros visten claramente en sus paredes las cicatrices dejadas por el sitio.

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La mujer que regentaba la casa en la que nos alojamos, Nadia, nos dijo que había perdido siete miembros de su familia durante el sitio, pero que antes de la guerra todas la culturas habían coexistido pacíficamente en la ciudad durante años, según ella todo el odio que alimento la guerra fue causado únicamente por los políticos.

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Por la tarde subimos a una colina para ver la ciudad a la luz del atardecer y encontramos un mirador en una vieja fortaleza donde varias personas de la ciudad se habían congregado a ver la puesta de sol. Pasamos un rato allí y de bajada un gato que salía de una casa nos llamó la atención. Me paré y vino directo a mí, lo que es raro para la mayoría de gatos.  Era una de esas gatas (porqué era una gata) que se comportan más como un perro, y se dejó recoger y acariciar.

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Nos la llevamos a dar una vuelta con nosotros, y estaba tan más contenta imposible, ronroneando todo el rato. La llamamos Sara, por Sarajevo, e incluso consideramos seriamente la idea de quedarnos otro día en la ciudad para llevarla a un veterinario a que nos hiciese los papeles pertinentes para llevarla con nosotros a Barcelona, pero se veía limpia y cuidada, estaba claro que vivía en la casa de la que había salido de un salto, así que al final la dejamos volver a su propietario.

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Cenamos fuera esa noche también, y después de cenar fuimos a tomar una cerveza y encontramos un lugar con shishas, donde pasamos un buen rato riendo y pensando en la última etapa importante al día siguiente, tras la cual pararíamos por fin a descansar unos días.

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La noche y el día

Día 58 – Miércoles 21 de agosto – De Belgrado a Sarajevo (388km)

388 kilómetros. No es mucho si lo comparamos a otros días. Había estado viajando lo suficiente y encontrado carreteras los suficientemente malas como para saber que no se puede ser demasiado optimista calculando distáncias y tiempo, pero confiaba en poder llevar a Sarajevo en un tiempo razonable para poder visitar la ciudad. Es un lugar con una historia que es perturbadora y al mismo tiempo extrañamente fascinante, y tenía muchas ganas de poder ver con mis propios ojos un lugar sobre el que había leído tanto. Desgraciadametne, no iba a poder ser.

Ya he comentado que entre las cosas que nos robaron en Tallinn había los cargadores para la cámara. Llevaba tres baterías, y a lo largo del viaje había descubierto que duraban mucho, mucho más de lo que me esperaba, pero el día anterior la última de ellas se estaba agotando, así que estaba a punto de quedarme sin cámara para una de las partes más interesantes del viaje. Tras dejar el hostal intentamos encontrar una parte del centro donde el chico que llevaba el hostal nos había dicho que quizá podíamos encontrar una tienda que vendiese lo que necesitábamos, pero como era de esperar, fue imposible llegar allí con la moto. Nos rendimos y decidimos dejar la ciudad, ya que se estaba haciendo tarde. Justo después de cruzar el puente vimos el centro comercial que la chica de recepción había mencionado el día anterior, así que decidimos parar para intentar por última vez encontrar un cargador. Sólo había una tienda de electrónica y me dijeron que las dos únicas cosas que podía hacer era buscar en Google el distribuidor de Canon para Serbia o ira una tienda en el centro donde podían… atención al detalle… hacerme un cargador. Resignado a no tener cámara de momento, y viendo que era casi mediodía, decidí irnos.

Salir de Belgrado resultó ser una experiencia tan indeseable como entrar, y perdimos mucho tiempo. Una vez en carretera abierta, las cosas no mejoraron demasiado, no había mucho tráfico, pero los Serbios se toman las cosas con calma al volante, y nadie tenía excesiva prisa por adelantar a los camiones, así que avanzamos muy lentamente los primeros 150km, hasta que llegamos un cruce donde paré a por gasolina y después, siguiendo el consejo del personal de la gasolinera sobre la ruta con menos tráfico, tomé una carretera más pequeña hasta la frontera. Pasamos por varios pueblos y ciudades pequeñas que parecían más parte de Siberia que de Europa y el único tramo interesante llegó cuando por fin nos acercamos al tipo de paisaje de colinas que esperaba encontrar en este país, ya cerca de la frontera. Me lo pasé mejor allí, pero el día estaba nublado y hacía demasiado frío y yo estaba demasiado cansado para disfrutarlo de verdad, y Nat se estaba congelando. Para empeorar las cosas, a unos pocos kilómetros de la frontera nos pasamos un desvío que no era ni de cerca tan claro como debiera haberlo sido una carretera que lleva a un paso fronterizo internacional, ya que estaba concentrado en intentar adelantar con seguridad a un idiota en un Polo gris que había estado reteniendo una fila de diez coches y al llegar a una subida con un carril de adelantamiento había decidido de golpe que le apetecía conducir mucho más rápido. A resultas de ello fuimos varios kilómetros en la dirección equivocada antes de encontrar un sitio donde parar, comparar el mapa en papel con el GPS, determinar dónde estábamos y deshacer el camino hasta el desvío correcto.

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Para cuando llegamos a la frontera ya era tarde, nos quedaban aún 150km para Sarajevo y los dos teníamos frío y estábamos cansados. Sin embargo, al igual que al cruzar de Hungría a Serbia las vibraciones que me transmitían los países cambiaron, las cosas cambiaron de nuevo al entrar en Bosnia y Herzegovina, esta vez a mejor, a pesar del aspecto del lado bosnio de la frontera, que no era gran cosa mas que cuatro barracas metálicas.

Nos encontramos con una pareja alemana en una GS650 y charlamos un rato mientras esperábamos a cruzar la frontera, cosa que siempre ayuda a animar un poco el viaje, luego salió el sol y el policía Bosnio volvió con nuestros papeles, nos regaló una amable sonrisa y nos dejó pasar a través de las barreras hacia un paisaje precioso. La carretera a partir de la frontera era simplemente espectacular: seguía el río Drina serpenteando por un cañón y me enamoré inmediatamente del lugar. Al cabo de un rato nos separamos del río y subimos hacia un paisaje de colinas ondulantes. Este era el último país que me quedaba por descubrir en el viaje, y se colocó directo en las primeras posiciones de la lista de mis países más bonitos en Europa juntamente con Rumanía. Hicimos una última parada en una gasolinera y cuando Nat fue a pagar y a comprar la pegatina del país el personal, que había visto todas las otras pegatinas, le preguntó si había estado en todos los países. Continuamos hacia Sarajevo con la puesta de sol, devolviendo los saludos de los niños en los pueblecitos que hacían gestos para que diésemos gas. Un ligero tirón al puño despertaba las más amplias sonrisas.

Llegamos a Sarajevo al anochecer, y me encantó ver que era un lugar mucho más relajado que Belgrado en lo referente al tráfico. Mientras que las calles estaban llenas de coches, los conductores no parecían para nada estresados, y había coches y motos aparcados en todas pares y ni un solo policía a la vista. Me fascinó de inmediato la imagen de la ciudad, tenía una mezcla de culturas musulmana y occidental que no había visto en ningún otro lugar en Europa y no llevaba más de cinco minutos parado antes de que se acercase gente a ofrecer ayuda e indicaciones. Nat fue a hacer el check in al hostel y volvió con una mujer que apenas hablaba inglés y me hizo gestos para que la siguiese en moto y empezó a andar a buen ritmo, con Nat detrás suyo. Le di la vuelta a la moto en la acera, arranqué y la seguí en dirección contraria por la calle por donde había llegado, lo que no pareció molestar a nadie, ni conductores ni peatones. Fui tras ella a través de una plaza, un par de calles y un puente mientras paraba el tráfico con más autoridad que muchos urbanos que he visto. Al fina llegamos a una pequeña casa y me indicó que diese la vuelta a la parte de detrás, donde encontré una puerta de garaje que abrió desde dentro para dejarme entrar en un patio y aparcar la moto justo debajo de la ventana de la que iba a ser nuestra habitación esa noche.

Había sido un día intenso, y Nat estaba cansada y con tanto frío que se dejó caer  en la moqueta de la habitación y se tapó con todas las mantas que encontró mientras yo iba a buscar algo de comida para llevar para poder traer al hostal para cenar antes de ir a dormir. El hostel estaba justo al lado del río en el casco antiguo, así que salí por la puerta, crucé un puente y me encontré con una calle peatonal con tanta vida y cafés, bares y restaurantes con terraza que no me quedó más remedio que ir a desenterrar a Nat de las mantas y salir a cenar fuera.