De los lagos canadienses a los Monegros

Día 28 – Jueves 25 de agosto – Del lago Batak a Vergina (389km)

Mis días sobre la moto iban alargándose ahora uqe viajaba solo, y a estas alturas ya tenía puesto el chip de larga distancia. Éste iba a ser el día más largo hasta el momento, pero no tenía intención de hacer grandes tiradas seguidas, la AT es menos cómoda que la V-Strom o la Super Ténéré como moto de turismo, así que me prometí parar a descansar cada 100km.

Había estado lloviendo toda la noche y no me gusta plegar la tienda cuando está mojada, pero no había salido el sol por la mañana, así que de poco servía esperar a que se secara. Le quité todo el agua que pude, la desmonté y me puse en camino con todas las capas del traje puestas, ya que hacía bastante frío.

En honor a Robert Frost tomé el camino menos transitado hacia el sur hasta un paso fronterizo pequeño, y una vez más Bulgaria me ofreció sus mejores paisajes: bosques densos y lagos con superficie de espejo que bien podrían haber estado en Canadá.

20160825032650_1Cuando llegué a la frontera solamente había unos pocos coches y dos camiones delante de mí, pero como ya había experimentado al entrar en el país, la policía de fronteras en Bulgaria deben ser de lo más lento del mundo. Con todo el papeleo comprobado, recorrí la corta distancia hasta el lado griego, donde tras echar un vistazo al pasaporte y hacer el comentario de rigor sobre el Barça me dejaron pasar a lo que parecía otro mundo.

20160825062942_1Si me dicen que me habían teletransportado a los Monegros me lo hubiera creído al instante. Donde hacía apenas una hora había lagos y bosques verdes ahora había colinas ocres con muy pocos árboles, el olor a vegetación seca en el aire y una temperatura que subía por momentos.

A pesar del contraste el paisaje era precioso, especialmente en la ruta que había elegido, evitando poblaciones grandes y carreteras principales. Llegué cerca de una ciudad llamada Drama, pero giré al sur antes de alcanzarla, y no fue hasta cerca de Serres cuando empecé a encontrar carreteras más grandes.

Mis primeras buenas impresiones de Grecia cambiaron rápidamente. El paisaje era ahora principalmente llanuras quemadas por el sol, todo tenía un aire de abandono y las carreteras no eran mejores de lo que había encontrado en otros países. La carretera de circunvalación alrededor de Serres parecía sacada de Rusia: un asfalto catastrófico, cruces con semáforos cada pocos metros que hacían imposible avanzar rápido, y los peores conductores que me había encontrado hasta el momento en este viaje. Parece que los conductores griegos son muy resentidos: adelantaba a alguien en un coche con más de 15 años y luego los veía por el retrovisor acelerando, haciendo lo posible para volver a alcanzarme. Avanzaba hasta el principio de la cola en un semáforo en rojo y el coche de al lado estaba con la marcha puesta, haciendo patinar el embrague, listo para no dejarme salir delante suyo en cuanto el semáforo cambiara a verde. Por amor de Dios, si hasta señoras en utilitarios que se caían a pedazos lo hacían… ¿Cómo demonios esperaban salir más rápido que una moto?

Al cabo de poco entré en la autopista para intentar ahorrar algo de tiempo visto que no había paisaje que contemplar y que las carreteras principales se estaban degradando, y me sorprendió encontrar casetas de peaje al cabo de unos pocos kilómetros. No había visto ni un solo indicador en ningún lugar de acceso a la autopista que anunciara que era de peaje. Era la primera vez que me encontraba algo así. No era mucho dinero, pero lo pagué a regañadientes viendo el deplorable estado del asfalto, que formaba ondulaciones de palmo por la combinación del calor y el peso de los camiones, y las hordas de conductores agresivos. Ah, y no aceptaban tarjetas en el peaje.

Un buen rato después me alegré de dejar la autopista y dirigirme al pueblecito de Vergina, donde había encontrado una habitación barata en un pensión. Al menos esto supuso un final positivo al día: el sitio era tranquilo, la habitación estaba bien, la chica de recepción era muy agradable y me dejaron entrar la moto al jardín, donde la veía desde mi balcón. La única nota negativa fue que tampoco querían saber nada de tarjetas de crédito, y todo lo que llevaba encima eran lev búlgaros, así que tuve que ir en busca del único cajero automático del pueblo.

20160825103754_1Me llevó un buen rato, ya que el lugar parecía estar formado por casas con jardín y no tener centro, pero al final conseguí encontrarlo, así como un pequeño supermercado donde compré la cerveza que marca el final del día.

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El lago Batak

Día 27 – Miércoles 24 de agosto – De Idilevo al lago Batak (259km)

Bulgaria, que al principio solo debía ser el sitio donde Nat cogía el avión de vuelta a casa y donde yo empezaba también el camino de vuelta, resultó ser mucho, mucho más interesante de lo que me había esperado. El siguiente paso en mis vagos planes era llegar a Atenas el viernes para encontrarme con mi hermana y su marido, que empezaban sus vacaciones entonces, de modo que tenía unos dos días y medio para pasar entre Bulgaria y Grecia.

Decidí no apretar demasiado y, tras pedir consejo en el Motocamp, decidí dirigirme directo al sur en vez de al oeste para volver a la arteria principal que baja de Sofía. Esa autopista pasa por el valle de Blagoevgrad, donde habíamos llegado a estar a 37 grados la semana anterior, y no tenía intención de repetir la experiencia. La ruta hacia el sur me llevaría por carreteras de montaña, una frontera mucho menos transitada y zonas bastante despobladas en el norte de Grecia. Un plan perfecto.

No me gusta llegar a una frontera hacia el final de día, y no parecía haber mucha oferta de donde elegir en cuestión de cámpings o alojamiento del lado griego, así que siguiendo el consejo de Peachy, otro expatriado Británico de Idilevo que se conocía la zona, decidí quedarme del lado Búlgaro e ir a un cámping en un lago llamado Batak.

20160824050038_1Salí de Idilevo con las capas de lluvia puestas en el traje, pues parecía que iba a llover y hacía bastante frío. La temperatura cayó aún más cuando crucé el macizo de los Montes Balcanes y al llegar al paso Beklemeto, a 1.520m, había tanta niebla que no pude disfrutar en absoluto de las vistas. De lo que sí disfruté fue de la carretera, otra de las grandes, y del descenso por la vertiente sur de la montaña, donde el sol asomó por fin y la temperatura subió rápidamente. Para cuando llegué a Kamare, la primera población al pie de la montaña, ya hacía tanto calor que tuve que parar a quitármelo todo y abrir las ventilaciones del traje.

20160824051130_1Desde allí el trayecto se volvió mucho más monótono. Hacía calor y el paisaje no era más que una extensa llanura de campos ocre. La carretera era buena y recta, lo que significaba más coches yendo más rápido, y poca diversión en una moto. En las afueras de Plovdiv atravesé un lugar llamado Trud, al que le otorgué el premio El Pueblo Más Feo Del Planeta.

Como podéis intuir, la calor y el paisaje anónimo no le hacían demasiado favores a mi estado de ánimo, pero la cosa cambió rápidamente al dejar Plovdiv en dirección oeste y girar al sur en Pazardzhik hacia las montañas de nuevo. El indicador de altura en mi GPS iba aumentando y empecé a temer que si el lago estaba más arriba de lo que pensaba, las iba a pasar canutas en el saco por la noche…

El lago Batak era preciso, y el cámping tenía una pequeña isla delante. Paré en recepción, que no era más que una minúscula cabaña de madera, pero no había nadie. El cámping estaba medio vacío, solo había unas pocas caravanas y ninguna tienda, y las pocas personas que vi estaban lejos, paseando por la orilla o pescando. Me estaba preguntando que hacer cuando vi un pequeño letrero en la ventana de la cabaña con un número de teléfono y un aviso de que llamáramos si no había nadie. Me respondió un chico que me dijo que plantara la tienda donde quisiera y me dio la clave de la wifi. ¿Wifi? Había unas duchas y baños detrás de la cabaña, pero no había ni bar, ni una sala común, ni cocina… pero había wifi, y luego descubrí que llegaba hasta mi tienda. ¡Menudo lujo! Me recordó a un cámping en el que estuve en Finlandia hace unos años.

20160824101611_1Planté la tienda y me senté a escribir en una mesa de madera cuando aparecieron los dueños e hicimos el registro en un momento. Me dijeron que supuestamente tenía que rellenar un formulario bastante completo porque las autoridades estaban bastante preocupadas por la posibilidad de que hubiera refugiados de paso por la zona, pero se conformaron con mi nombre y me hicieron un 15% de descuento cuando les dije que había encontrado el sitio a través de Motocamp.

20160824094118_1Pensé en ir a dar una vuelta por la orilla del lago, pero para entonces ya se estaban formando nubarrones negros otra vez y empezaba a tronar, así que me puse a preparar una cena temprana con el hornillo para estar listo para enroscarme en el saco dentro de la tienda cuando llegara la tormenta.

20160825025243_1La tormenta hizo acto de presencia tras hacerse de noche, y con ella llegó lluvia torrencial y un viento que sacudió la tienda toda la noche, pero estaba tan cansado que, con los tapones de los oídos, dormí sin casi enterarme toda la noche.