Crafoord Place

Día 46 – Viernes 9 de agosto – Estocolmo (0km)

Crooford place es el nombre del hostal en el que me alojaba y era uno de los mejores que había encontrado en este viaje. Estaba en la última planta de un edifico que solía ser un hospital, las otras plantas acogían actualmente la facultad de informática de la Universidad de Estocolmo y un escuela secundaria, así que el sitio y los servicios que ofrecía estaban dentro de la línea de muchos otros hostales, lo que hizo mi estancia allí tan agradable fue la gente que conocí allí.

Andrew, el canadiense que mencioné en el último post, era muy simpático y antes de salir por la mañana a explorar la ciudad quedamos en encontrarnos en el hostal más tarde para ir a tomar una cerveza. Fui a hacer un poco de compra para los días siguientes y luego cogí el metro para ir hasta el puerto para ver dónde estaba la terminal de ferries y descubrir qué tenía que hacer y dónde tenía que ir para embarcar mi moto. La noche anterior había comprado un billete online, pero la única cosa que me dieron era un número de referencia, nada de instrucciones, así que quería dejar el tema resuelto ya que el ferry salía a las 7 am y el embarque era a las 6 am y no quería estar dando vueltas tan temprano sin saber dónde tenía que ir. Una vez conseguí toda la información de una chica muy simpática en la terminal, me dirigí a Gamla Stan, la isla donde se encuentra la parte antigua de la ciudad, y me pasé toda la mañana dando vueltas, haciendo fotos, perdiéndome por sus calles.

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Después de eso crucé el río a una isla más pequeña que había sido una base naval y que en la actualidad había sido reconvertida para uso público.

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Al otro lado de la isla había amarrados muchos barcos históricos que habían sido comprados y restaurados por particulares y que estaban inscritos en una asociación para preservarlos.

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El día estaba bastante nublado y caía una lluvia fina de vez en cuando, así que a media tarde decidí volver al hostal y ver si podía limpiar toda la ropa sucia que había acumulado. El día anterior había conocido a Andrés, un colombiano que era parte del personal. Había emigrado originalmente a España, donde trabajó para Sony unos años antes de que la crisis se dejase sentir y lo despidieran. Me sorprendió mucho descubrir que había vivido en Santa Coloma, al igual que yo antes de irme de casa de mis padres, y que hablaba catalán muy bien. Era un chico muy simpático y me dijo que había una lavandería a unas diez calles del hostal que costaba 150 kr, pero que podía lavarme la ropa en la lavadora que tenían en las dependencias del personal.

Mientras la lavadora terminaba, Andrew llegó al hostal y me dijo que había fichado más fente para salir esa noche, unas chicas británicas que acababan de terminar el instituto y estaban viajando por el norte de Europa. De vuelta a la habitación que compartíamos con 4 chicos más, había parado de llover y había salido el sol, y descubrimos que había una escalera metálica que salía de justo al lado de nuestra ventana, así que decidimos salir a explorar a dónde llevaba. Ya no estaba en Rusia, donde las normas de seguridad son inexsistentes, pero la larga lista de reglas que nos habían dado al llegar no decía nada de subir al techo, así que nos encaramamos a la ventana y subimos por la escalera. Tenía un par de metros y luego daba a una estrecha pasarela de metal que llegaba hasta el vértice del tejado. El sol se estaba escondiendo detrás de los edificios y teníamos una vista maravillos de toda la ciudad, nos sentamos allí un rato a disfrutar del momento.

De dentro, estuvimos charlando con otros huéspedes, y conocimos a un chico de 17 años de Londres que estaba haciendo un Interrail, un diseñador de joyas francés, un par de italianos, un par de holandeses y dos chicas rusas, todos gente muy simpática y abierta, el tipo de persona que hace que la experiencia de viajar a hostales sea tan agradable.

Por la noche cogimos el metro y salimos a la búsqueda de un bar con precios razonables, cosa que no es nada fácil en Estocolmo, pero al final conseguimos encontrar uno con la cerveza bastante bien de precio, donde nos quedamos hasta que cerraron, que fue demasiado temprano, ya que lo estábamos pasando genial. Decidimos volver andando hasta el hostal para ahorrarnos el billete de metro, una de las chicas británicas tenía el pié inflamado, pero había bebido la suficiente cerveza para pensar que era una buena idea.

Gastos inesperados

Día 45 – Jueves 8 de agosto – de Tronboholmen a Estocolmo (344km)

Mientras me dormía el día anterior, escuchando el sonido distante de los adolescentes cantando a través de los tapones, pensé que me levantaría temprano, recogería las cosas y luego arrancaría la moto y la dejaría en marcha un rato, solo para despertarlos antes de irme. Cuando me desperté estaba lloviendo otra vez, así que tuve que esperar y esperar a que parase, sobre las 10 am, y cuando salí de la tienda no había ni rastro de los chavales.

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Sequé la tienda lo suficiente para guardarla y me fui hacia Estocolmo después de programar en el GPS la dirección de un par de tiendas de motos que salían en el listado como concesionarios Suzuki.  Llegué a la primera, que estaba de camino hacia el centro, sobre las 3 pm, era un sitio enorme, con muchas otras marcas además de Suzuki. Entré en el taller y le expliqué al mecánico el ruido de la cadena, le echó un vistazo y me dijo que estaba completamente gastada y hacía falta cambiarla. También había decidido cambiar el neumático trasero, aún le quedaba algo de dibujo, pero definitivamente no lo suficiente como para llegar a Barcelona, y menos con una pasajera. Miraron y tenían un Metzeler en stock, así como un kit de transmisión para la V-Strom, lo que significaba que podía dejarlo todo listo antes de tirar hacia Helsinki. Les dije que volvería al día siguiente pero el mecánico me dijo que estaría demasiado ocupado y me ofreció que volviese en una hora y media, así que fui al hostal, dejé las maletas, conocí a un canadiense llamado Andrew que estaba en mi habitación y volví al taller.

A estas altura he pasado por muchos países diferentes, y si me preguntasen quiénes son los mejores y los peores conductores, seguramente podría dar una respuesta bastante certera, aunque sería probablemente algo sorprendente. Esperaba que los conductores suecos fuesen de los mejores, pero resulta que no es así. Evidentemente, obedecen las señales y respetan religiosamente los límites de velocidad, pero eso no los hace más seguros. Si tuviese que elegir los mejores conductores entre todos los que he visto, serían los Italianos. Sé que eso puede resultar sorprendente para muchos, pero permitidme explicar. Es cierto que los italianos conducen rápido, muy rápido, y también muy agresivamente, pero al contrario de lo que la mayoría de gente cree, no es la velocidad lo que es peligroso. En una buena carretera, con buenas condiciones meteorológicas y un coche en buen estado se puede ir rápido con total seguridad. No, no es la velocidad lo que es importante para la seguridad, lo que es realmente importante es ser consciente de lo que pasa alrededor del coche. Todo alrededor, delante, a los lados y detrás, y los italianos lo son, están al tanto de lo que pasa a su alrededor y se adaptan a ello. Los suecos no. Van con la mirada fija hacia adelante, demasiado ocupados leyendo las señales y hablando por el móvil para darse cuenta de lo que tienen alrededor, ocupando felizmente el carril central o el rápido mientras hay coches detrás que quieren pasar, y causan unos atascos tremendos para entrar en la capital.

Para empeorar las cosas, para cuando terminaron en el taller y era hora de volver al hostal estaba diluviando, y cuando llegué tenía el traje completamente empapado, y entré chorreando por todas partes.

Al final la broma salió bastante cara, pero tenía que hacerse… Ahora la moto está preparada para la última parte del viaje.