Istambul

Día 2 – Jueves 1 de agosto – Istambul (0 km)

El trayecto hasta Istambul fue uno de los más relajados que he vivido en todos estos años viajando; el vuelo fue cómodo, el control de pasaportes sencillo y rápido, cuando llegamos a recogida de equipajes nuestras maletas ya estaban allí y nuestro transfer ya nos estaba esperando a la salida. El nuevo aeropuerto es impresionante, claramente diseñado a una escala pensando en el futuro en un contexto en que el crecimiento de los viajes por aire no parece que vaya a menguar. El único aspecto negativo es que queda mucho más lejos de la ciudad, pero por suerte habíamos reservado transporte y a la salida nos esperaba una furgoneta Mercedes a todo lujo; de momento, ¡esto de viaje de aventura no tenía nada!

A la mañana siguiente nos despertamos temprano para aprovechar al máximo nuestro único día en Istambul; no teníamos mucho tiempo, así que decidimos ir a ver lo imprescindible. Dejamos el hotel a pie, cruzamos el puente Galata y subimos colina arriba hasta la torre del mismo nombre, que se alza sobre el Cuerno de Oro, el brazo de mar más grande en el estrecho del Bósforo. Desde arriba de la torre teníamos una vista perfecta del brazo, del estrecho y, al otro lado, Asia. Os podría contar muchas cosas sobre la torre, como que la antigua torre alojaba un mecanismo para levantar una cadena gigante que, cuando estaba levantada, bloqueaba a los barcos la entrada al brazo de mar (ahora ya sabemos de dónde sacó el sr. Martin la idea para la batalla de la Bahía de Blackwater), o que cuando se construyó era la estructura más alta de la ciudad, pero lo que más me impresionó mientras estaba en lo alto era el pensamiento de que todo un continente distinto empezaba ahí mismo, del otro lado del estrecho, y era hacia allí a donde nos íbamos a dirigir pronto.

Tras la visita a la torre comimos temprano y fuimos a visitar la Mezquita Azul. La decepción fue encontrarla en obras de mantenimiento y no poder ver la cúpula en su interior, además del hecho de que más de la mitad del recinto estaba reservado al rezo, pero no me importó demasiado, ya que hacía poco que había visitado la Mezquita de Alabastro en El Cairo, que es una copia exacta de esta, construida por el mismo arquitecto.

A continuación nos dirigimos hacia el momento que yo había esperado con ansia, Santa Sofía. Esdtudié historia del arte en el instituto y desde entonces me ha fascinado, así que estaba muy emocionado de poder visitarla al fin después de más de 20 años.
Nunca conozcas a tus héroes, dicen, pero en este caso me alegro de haberlo hecho: estuvo más que a la altura de las expectativas. Sé que he dicho esto antes pero en este caso es especialmente cierto: es difícil describirla en palabras que hagan justicia a su majestuosidad. De repente ya no me importaba lo más mínimo que Turkish Airlines nos hubiera robado un día de nuestro viaje, era un precio pequeño a pagar por la oportinidad de atravesar las puertas de un lugar así. Id a verla si tenéis la oportunidad.

Nuestro día de visita terminó con la visita a la Basílica de la Cisterna, una increíble obrade ingeniería construida bajo tierra capaz de almacenar 80.000 metros cúbicos de agua, y una cena a base de kebab turco tradicional.

Istambul es una ciudad fascinante y sentía lástima de tener que dejarla cuando no habíamos hecho más que vislumbrar brevemente todo lo que tiene que ofrecer, pero era hora de coger nuestro vuelo a Bishkek y enfrentarnos a nuestro primer obstáculo: cuando intentamos hacer el check-in online durante la comida nos encontramos con que la app nos indicaba que no podíamos elegir asiento porque el vuelo ya estaba completo. Nos temíamos que ya que el del día anterior había sido cancelado o reprogramado, este iba sufrir overbooking y por muy bonito que fuese Istambul, no queríamos retrasarnos más en nuestro objetivo. Fuimos al aeropuerto y corrimos hacia los mostradores para intentar asegurarnos dos asientos, ya que en estos casos la premisa suele ser que el primero que llega es el que los consigue. La mujer que nos atendió no puso buena cara al ver nuestros pasaportes e hizo una llamada, cosa que nunca es buena señal, pero al final conseguimos dos asientos en el vuelo. Otros no fueron tan afortunados, sin embargo: mientras esperábamos para embarcar Marc vió al menos tres personas que, según ponía en sus tarjetas de embarque, estaban a la espera de asiento.

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