Una última salida

Moto nueva. Así que ¿qué pasa con la otra? A diferencia de un coche, una de las muchas ventajas de las motos es que existe un mercado de segunda mano muy activo, de modo que es muy fácil cambiar de moto a menudo y disfrutar de un poco de variedad. No solo eso, también significa que hay muchas motos en buen estado a la venta y que es fácil vender la propia y costear una buena parte del precio de la siguiente.

El problema era que la mía era muy especial para mí. Había sido mi primera moto grande y a pesar de que empezó como una moto para ir al trabajo, pronto ascendió a moto de fin de semana, moto de puentes, moto de vacaciones y finalmente moto de aventura. Me llevó a través de Europa a Rusia y Kazajstán. Al cabo Norte y hacia el sur hasta el Adriático. A través de los Alpes. De punta a punta de los Pirineos. Por toda España y Portugal…

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Para cuando llegó la Yamaha y decidí jubilarla, se había convertido en una compañera de viaje y no tenía ninguna intención de desprenderme de ella. Me decía a mi mismo que era demasiado vieja, que con casi 140,000 km no tenía prácticamente ningún valor en el mercado de segunda mano, pero eso no era más que una pésima excusa. Podía venderla a piezas, hay mucha demanda para recambios de V-Strom en España. También podía vender los accesorios, me había gastado una pequeña fortuna preparándola para los viajes de aventura. Pero la verdad era que sencillamente no quería desprenderme de ella. Así que hice lo que sabía que iba a hacer desde el principio: guardarla.

Así las cosas, a finales de junio la preparé para su último viaje; un viaje por un camino que había recorrido muchas veces ya, que yo había hecho incontables veces en coche antes de ella, un camino que para mí siempre ha ejemplificado el placer de conducir.

Mis abuelos paternos nacieron en una aldea remota perdida en el campo en una región con muy poca población. Su casa aún sigue en pie y a veces pasamos puentes o vacaciones allí, es un lugar maravilloso, tranquilo, precioso y lo más importante, alejado de carreteras principales. Hay mil rutas diferentes para llegar allí desde Barcelona, yo he llegado a tardar desde cinco horas a dos días en hacer el viaje, y más que el tiempo que pasó allí, lo que realmente disfruto es el llegar hasta allí.

Mi primer viaje largo en moto fue allí, tardé unas seis horas en una época en que no había pasado más de una hora seguida encima de la moto. Acababa de comprarla y un viaje de esa envergadura era todo un reto, no tenía ni idea cómo aguantaría o qué haría si me cansaba a medio camino. Fue una gozada. Me enamoré de la moto, de ir en moto, y no me he bajado de ella desde entonces.

Así que con un lugar donde guardarla y una excusa para hacer el viaje de vez en cuando y visitarla, nos pusimos en camino por esas carreteras tan familiares una última vez.

No se le notaban para nada los kilómetros. Cargada de equipaje para un fin de semana, todos los recambios y herramientas específicos para ella que ya no iba a necesitar para la Yamaha y una pasajera, aún podía mantener una velocidad de crucero decente y dar guerra en las carreteras de curvas. Era como si me dijese “¿ves? Puedo hacer otros 100,000 km como si nada, estoy hecha para esto”.

11888054_936788876382659_5627847432064108372_nSé que las V-Strom pueden durar más de 140,000 km, pero no quería usar la mía hasta romperla. Sabía que a la mía aún le quedaban unos cuantos miles de kilómetros, la idea era llevarla allí y dejarla almacenada hasta que decidiese usarla de nuevo para proyectos futuros y la minúscula aldea era el lugar perfecto: el clima es muy seco, así que no hay problemas de que se oxide nada.

Meter la moto en la casa ya era harina de otro costal… No hay una garaje propiamente dicho en la casa, solo un sótano al que se accede desde un patio. Oh, y la casa tampoco está terminada… está lo que se dice en proyecto, no es la casa de mis abuelos, es una que compramos hace unos años. En resumen, cuando llegué y abrí el portalón de madera que a al patio me encontré con malas hierbas y zarzas hasta la cintura. Metí la moto hacia la puerta trasera ayudándome con los pies, la rueda trasera patinando sobre la hierba, hasta que conseguí alcanzar el sótano, donde encontré el siguiente obstáculo. Avancé centímetro a centímetro entre herramientas y material de construcción hasta llegar a los dos altos escalones que daban al único espacio despejado donde podía guardar la moto, al fondo del sótano. Usamos unos tablones de madera con un ladrillo debajo para evitar que se partieran por la mitad bajo el peso de la moto y conseguimos meterla allí arriba.

Bien, hay una serie de operaciones que hay que hacer para dejar una moto parada en buenas condiciones durante períodos largos de tiempo, pero era un fin de semana normal, lo que significaba que teníamos que volver a Barcelona al día siguiente, y esta vez en autocar, lo que lleva mucho, mucho más tiempo que en moto, así que desconecté la batería y levanté la moto con el caballete y unas maderas para que ninguna de las dos ruedas apoyase en el suelo. Para mediados de agosto ya volvería con todo lo que necesitaba para prepararla para hibernar.

La mañana siguiente pedimos un taxi que nos dejó en el pueblo por donde pasa el autocar. Hacía más de diez años desde la última vez que había hecho ese viaje de vuelta de 8 horas en autocar, y la combinación de recuerdos de adolescencia y el haber dejado mi moto atrás hizo que me invadiese la melancolía mientras disfrutaba de las vistas convertido esta vez en pasajero.

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