En busca de la pegatina

 

Día 2 – Miércoles 26 de junio – De Vizille a Brogliano (580km)

Quiero conseguir una pegatina de cada país que visite. Ya sabéis, una de esas con la inicial del país y/o la bandera, para pegar en la parte de atrás del coche. Parece una cosa bastante fácil de encontrar, cuando uno piensa en la de coches que van por ahí con una o más de una pegadas en el maletero. Pues bueno, resulta que no, ¡tuve dificultades hasta para encontrar la de mi propio país! Probé en gasolineras, tiendas de accesorios, papelerías, tiendas de souvenirs… todo el mundo sabía lo que era, pero nadie las tenia. Al final me dieron una comprada en una librería. En Francia era la misma historia. En todo el país. Ahora estoy en Italia y me he ido de Francia sin haber sido capaz de conseguir una. Bueno, al menos volveré a atravesar el país a la vuelta, lo intentaré de nuevo entonces.

Pegatinas o no, hoy ha sido un gran día. Me levanté alrededor de las 7am, recogí todo y me fui a desayunar al café del camping. No me preparé mi propio desayuno (según el plan cuando acampo) por dos motivos: uno, aún me quedaba dinero sobrante del presupuesto de ayer, así que pensé que me tomaría un desayuno completo; dos, se me había olvidado llenar la lata de gasolina en cada una de las gasolineras donde paré, así que no tenía con qué cocinar. Sí, muy inteligente.

Con el estómago lleno y después de hacer una parada en un supermercado para comprar unas pocas cosas que me faltaban (chicles, pan y pilas de recambio) y preguntar si tenían pegatinas, empecé a ascender por la carretera que lleva al Col du Lautaret. Casi no había tráfico aparte de algunos ciclistas (muchos, de hecho) pero no eran ningún problema para adelantar con la moto. La carretera se retorcía montaña arriba a través de valles glaciales cubiertas de bosques frondosos y pronto empecé a poder divisar los picos cubiertos de nieve entre una curva y otra.

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A medida que la carretera subía las vistas se volvieron más imponentes y estaba muy ocupado intentando no perderme detalle y al mismo tiempo disfrutar de la carretera, que es una de las mejores que he hecho. ¡Normal que hubiese tantas otras motos!

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Me detuve arriba del todo del col para ver si tenían pegatinas en las tiendas de souvenirs que había, pero sin suerte. Al volver a la moto ví un trío de moteros alemanes con Yamahas naked y me acerqué a charlar con ellos. Eran de Frankfurt, y me dijeron que venían a la zona a menudo y también habían estado en España. Le pedía a uno de ellos que me hiciese una foto y les conté el viaje. Se pusieron un poco celosos.

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De bajada paré a repostar y esta vez me acordé de llenar la lata de gasolina a pesar de que hoy tenía un bocadillo para comer e iba a pasar la noche en casa de una pareja que había encontrado en CouchSurfing. Y pregunté por la pegatina. Otra vez nada.

Atravesé Briançon, donde tampoco había pegatinas y pasé a Itaia. Había pasado toda la mañana en los Alpes, mucho más de lo que esperaba, pero cada momento había valido la pena; si quería llegar a Vicenza a una hora razonable ahora, tendría que coger la autopista. Y creedme, fue una decisión de la que me arrepiento… Fueron horas y horas de puro aburrimiento. Prácticamente no había paisaje que mirar, solo una enorme extensión de asfalto que me llevó de gira por la Italia del norte industrial, con cientos de conductores italianos locos para mantenerme entretenido, peajes automáticos que se negaban a darte un recibo aunque lo quisieses y no mostraban el precio y un par de atascos en los que tuve la oportunidad de comparar la cortesía francesa para con las motos: se apartan para dejarte pasar cuando hay un atasco; con la italiana: básicamente no existe, ni se molestan en apartarse o simplemente se meten en tu camino para cortarte, porque si ellos no pueden volar por la autopista a todo gas, por qué deberías poder tú, piltrafilla. Y para rematarlo, la gasolina es mucho más cara que en Francia. Bueno, al menos tenían pegatinas en el primer lugar donde pregunté.

Para cuando dejé la autopista solo me quedaban 20km para llegar y había pagado más de lo que esperaba, destruyendo completamente mi presupuesto diario. Llegué a Brogliano, donde iba a alojarme, a una buena hora, pero a un precio alto. Tendré que ceñirme a carreteras secundarias mañana hasta Ljubljana y esperar que el depósito de hoy me dure hasta la frontera.

En el lado positivo, el paisaje una vez dejé la autopista era increíble, el sol brillaba bajo entre los árboles en la campiña italiana que siempre había imaginado: campos verdes y dorados extendiéndose entre colinas bajas, pueblos pintorescos y carreteras serpenteantes. Y más conductores locos.

Seguí las instrucciones del GPS hasta el pueblecito de Brogliano, metiéndome en calles que cada vez eran más estrechas y empinadas hasta que llegué a un punto al final de una rampa muy pronunciada donde parecía que la calle se dividía en tres caminos de entrada y terminaba allí. Sin embargo, el GPS insistía en que tenía que girar a la izquierda y seguir unos 150m más. Como no quería meterme en el jardín de nadie, empecé a dar la vuelta a la moto en el poco espacio que tenía, pensando cuán ridículo sería que me primera caída fuese en una callejuela en la Italia rural. Cuando llevaba un cuarto de vuelta, un hombre mayor, que seguramente había oído el motor dando acelerones y debía estar acostumbrado a encontrarse turistas perdidos detrás de su casa, me hizo señas desde una ventana y señaló el camino de la izquierda. Resulta que era una calle que se abría hacia una más grande, donde encontré a Mattia, mi anfitrión, esperándome.

Me ayudó a meter la moto en el garaje y me presentó a Danilo, su pareja, que estaba preparando un risotto de los que hacen la boca agua para cenar. Aprovechando la oportunidad de tener un sitio donde trabajar, engrasé la cadena y puse algo de aceite y luego me duché y me uní a ellos para la cena. Fueron unos anfitriones geniales, y Danilo es un cocinero excelente: los antipasti, el risotto y la mermelada de pimiento rojo casera hecha por Mattia estaban deliciosos. Me hablaron un poco sobre sus viajes y sobre ellos y yo les enseñé la ruta en un atlas.

Me dejaron su conexión a internet para poder actualizar el blog y ponerme en contacto con mi siguiente anfitrión y me fui a la cama, agotado pero feliz. Y con una pegatina nueva en la moto.

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4 pensamientos en “En busca de la pegatina

  1. Hola Kilian,
    Has començat el viatge com a ‘Stroming the World’ i quan l’acabis potser l’hi posaràs el subtítol ‘En busca de la pegatina’,no? Sembla més aventura trobar això que la pròpia ruta. Abraçades, Dulce

  2. Mmmm… qué envidia… toda esa comida Italiana…
    Sé que es complicado encontrar pegatinas, a mí me pasa lo mismo con los parches de mochila.
    Un beso pelón!!
    Vane

    • Parece que la única complicada fue Francia, y raro es, con lo suyos que son… casi no se ve un coche sin ella. El resto están siendo fáciles, siempre en la frontera.

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